Un "imposible" llamado Josemaría

Parto normal en un grave caso de incompatibilidad Rh
(marzo de 1993)

Corría el mes de noviembre de 1993. Por aquellos días, Mons. Álvaro del Portillo, Obispo Prelado del Opus Dei, realizaba un viaje pastoral a tierras de Andalucía, en España. El día 20 mantuvo un encuentro con varios millares de fieles de la Prelatura, Cooperadores y otras personas que frecuentan los apostolados de la Obra. La reunión, de carácter familiar aunque participara mucha gente, se celebró en Pozoalbero, casa de Convivencias y retiros espirituales situada cerca de Jerez de la Frontera.

En el transcurso de aquel encuentro tomó la palabra una señora que llevaba en brazos a un niño de pocos meses. Vale la pena reproducir el diálogo que se entabló entre Mons. del Portillo y aquella madre que era profesora en un colegio de Puerto de Santa María (Cádiz).

—Padre, soy la segunda de once hermanos y mi padre está ahora mismo al lado de usted. Nos encantaría a toda la familia que le diera un abrazo fuerte, porque con ese abrazo nos abraza a todos...

—Ya lo he hecho.

—Muchas gracias, Padre. Soy madre, por ahora, de cuatro hijos y quiero contarle un milagro que me ha hecho nuestro Padre20

Al tener el tercer niño, quedé sensibilizada con alto riesgo ante un nuevo embarazo, tanto de mi hijo como mío. Quedé embarazada y tuve un aborto. Por haber aumentado el grado de sensibilización en la sangre, los médicos me prohibieron tener más hijos. Dejé todo en manos de Dios y a los pocos meses tuve un nuevo embarazo. Desde el primer momento, supe que Dios me mandaba directamente ese hijo y a partir de entonces lo encomendé a la Virgen y a nuestro Padre. Tras multitud de análisis, los médicos aceptaron que la sensibilización había desaparecido, lo cual era científicamente imposible. Pero a los tres meses volví a tener una fuerte amenaza de aborto y me encomendé ya sólo a nuestro Padre colocando su estampa directamente sobre mi vientre, con su cara mirando al niño, y pidiéndole con mucha fuerza que me lo salvara diciéndole: ¡por lo que más quieras, sálvamelo! Le pongo Josemaría, te lo llevas al Zaire, ¡donde tú quieras!, pero ahora, déjamelo.

—Muy bien, muy bien.

—Después de otras dificultades, el niño nació felizmente y de mi sangre desapareció todo. Aquí lo traigo, Padre.

Levantó al niño que llevaba en brazos.

—¡Gracias a Dios, gracias a Dios!, respondió Mons. del Portillo. Te lo bendigo con todo cariño.

—Se llama Josemaría.

—Muy bien.

—Y quiero pedirle que me lo bendiga, porque estoy segura de que algún día Dios tomará el ofrecimiento que un día le hice. ¿Qué le diría, Padre, a las madres que tienen miedo a tener hijos, y a las que, teniéndolos, les ponen trabas para entregárselos a Dios?

—Hija mía, pido que el Señor les ilumine, porque la maternidad es una cosa muy hermosa. La maternidad responsable, lo mismo que la paternidad responsable, consiste en tener los hijos que Dios mande y en formarlos bien. Evitar los hijos no es paternidad.

Y después, adelante... Estás tan lejos que no puedo ver al niño, pero le querría dar un beso. Al final, si es posible, me lo acercas y lo besaré. Ahora lo bendigo: en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Tranquila, adelante, adelante. Dale gracias al Señor, con tu marido, por la fe que os ha dado: esta fe que hace superar las montañas como se derrite la cera con el calor. Así ocurre con las dificultades. Cuando obramos con fe, desaparecen, porque el Señor es más poderoso que nosotros, y es Padre: un Padre infinitamente bueno.

Peligros de la incompatibilidad Rh entre madre e hijo

La protagonista de este diálogo, V., tenía 34 años en el momento en que recibió de Dios, por intercesión del Beato Josemaría, la gracia de que ese hijo naciera sano. Se había casado diez años antes con E., un profesor de otro colegio, también del Puerto de Santa María. Componían un matrimonio feliz, educados cristianamente y dispuestos a formar una familia numerosa, si Dios lo quería.

Esos planes se vieron ensombrecidos cuando se descubrió que existía una incompatibilidad hemática que podría comportar notables consecuencias en la gestación y nacimiento de los hijos. Pero, antes de seguir con el relato, es necesario hacer un paréntesis para explicar brevemente lo que tal incompatibilidad supone desde el punto de vista médico.

Cuando una persona contrae una enfermedad infecciosa, el sistema inmunitario produce unas proteínas especiales (los "anticuerpos") que tienen la misión de neutralizar y destruir los gérmenes (los "antígenos") causantes de la enfermedad. En esta reacción natural de todo organismo sano se basa la prevención de enfermedades infecciosas mediante vacunación: la inyección de una pequeñísima cantidad de antígeno provoca la aparición de anticuerpos que impiden que se contraiga la enfermedad en cuestión, pues destruyen los gérmenes patógenos en cuanto penetran en el organismo sensibilizado frente a tal agresión. Gracias a las vacunaciones en masa, es posible prevenir y evitar gran número de enfermedades, hasta el punto de que algunas (la poliomielitis, la viruela, por poner algunos ejemplos) se encuentran prácticamente extinguidas.

Algo análogo sucede cuando una mujer que pertenece al grupo sanguíneo Rh negativo concibe un hijo que —como herencia paterna— tiene Rh positivo. Los glóbulos rojos o hematíes del feto, que es donde se localiza el factor Rh, al entrar en contacto con el organismo materno (y esto sucede normalmente en el momento del parto), son vistos por el sistema inmunitario de la madre como agentes agresores e inducen la formación de anticuerpos anti-Rh. Por eso, tras el parto, la madre queda sensibilizada al factor Rh. Como la sensibilización se produce sólo durante el nacimiento, el primer hijo Rh positivo no corre ningún peligro; pero, en los sucesivos embarazos, los anticuerpos formados por la madre pasan al sistema circulatorio del feto produciendo una hemólisis, una destrucción de sus hematíes. Naturalmente, cuanto mayor sea el grado de sensibilización de la madre contra el factor Rh, mayor será el daño causado al feto. Como el grado de sensibilización está en relación al número de embarazos Rh positivos, el peligro va aumentando con las sucesivas gestaciones. El niño puede nacer afectado por la enfermedad hemolítica del recién nacido, que se caracteriza por ictericia (color amarillo de la piel y de las mucosas) y alteraciones más o menos graves de diversos órganos, según la intensidad de la hemólisis. En los casos extremos, esta enfermedad llega a causar la muerte del niño en el seno materno. Como es lógico, si el feto es Rh negativo no se producen estas lesiones.

Cuando nace un niño afectado por esta enfermedad, hay que tratar de disminuir enseguida la cantidad de bilirrubina en sangre (la bilirrubina es el producto de la destrucción de los hematíes), responsable de la ictericia y de las lesiones en los diversos órganos. En los casos más graves es indispensable recurrir a la transfusión, es decir, a un recambio completo de la sangre del recién nacido. Aun así, no es raro que se produzcan daños graves de diversos órganos.

La única manera de prevenir la enfermedad hemolítica del recién nacido consiste en desensibilizar a la madre tras el nacimiento del hijo Rh positivo. Esto se consigue —aunque no es eficaz en todos los casos— mediante la inyección de gamma-globulinas anti-D, un tipo de proteínas que tiene la propiedad de neutralizar los antígenos (en este caso, los antígenos Rh) que hayan pasado de la sangre del feto a la de la madre.

La clínica médica dispone de una prueba específica para diagnosticar si la madre está sensibilizada o no frente al factor Rh. Es el llamado "test de Coombs" que —repetido durante la gestación— permite evaluar los potenciales peligros para el niño.

Una historia clínica cada vez más complicada

Los dos primeros hijos (o mejor, hijas, porque se trata de dos niñas) de V. y E. nacieron respectivamente en 1985 y en 1987, tras una gestación sin problemas. En los dos casos, nada más nacer las niñas, V. se sometió a una vacunación con gamma-globulina anti-D, para evitar la sensibilización, pues las dos hijas eran Rh positivas.

En cambio, en 1988, el tercer embarazo resultó problemático, pues la madre —a pesar de la vacunación recibida en los partos anteriores— comenzó a manifestar síntomas de isoinmunización: el test de Coombs indirecto dio resultado positivo. En agosto nació un niño que fue hospitalizado inmediatamente porque presentaba cifras altas de bilirrubina en sangre. Al cabo de tres días, después de recibir el tratamiento adecuado, el niño quedó fuera de peligro. La madre, sin embargo, había resultado sensibilizada, por lo que los médicos ya no la vacunaron en esta ocasión. Advirtieron al matrimonio de los graves riesgos que sucesivos embarazos tendrían para la madre y la posible prole. V. y E. se negaron a seguir cualquier conducta anticonceptiva y reafirmaron su confianza en Dios.

A principios de 1992, la esposa quedó de nuevo encinta. A partir de la segunda semana comenzó a tener complicaciones, que culminaron en un aborto espontáneo. Fue internada en el Departamento de Obstetricia y Ginecología de un hospital de Cádiz, donde le efectuaron un legrado uterino. El grado de sensibilización frente al factor Rh aumentó de modo alarmante, pero la fe de los esposos no decayó. Junto a los medios sobrenaturales pusieron también los medios humanos disponibles; la mujer insistió en que le suministrasen una tercera dosis de gamma-globulinas anti-D, aunque teóricamente —como se había demostrado en el embarazo que acababa de concluir trágicamente— no hubieran producido un resultado positivo. Así se hizo.

Teniendo en cuenta las dificultades encontradas en la tercera gestación y el sucesivo aborto espontáneo, los médicos les recomendaron vivamente que no tuvieran más hijos. Llegaron a barajar incluso la hipótesis de una esterilización de la mujer, hipótesis que los interesados rechazaron tajantemente y por el contrario, renovaron su decisión de abandonarse completamente en las manos de Dios.

El nacimiento de Josemaría

Llegamos así a junio de 1992, menos de tres meses después del aborto sufrido. V. queda de nuevo encinta. Antes de someterse al test de Coombs, para valorar el grado de sensibilización frente al factor Rh, puso al hijo que llevaba en su seno bajo la protección del Beato Josemaría Escrivá, que había sido elevado a los altares pocas semanas antes, el 17 de mayo. Se lo comunicó al médico que seguía sus embarazos y, por tanto, conocía bien su situación. Escribe en su declaración: "Comenté al médico que iba a poner a los niños [los niños a los que daba clases en el colegio] a rezar, para que las pruebas diesen resultado negativo. Él me respondió que rezaran para que el niño saliera bien, porque el resultado negativo era imposible".

En efecto, desde el punto de vista médico no era posible que una mujer con una historia clínica como la de V., altamente inmunizada frente al factor Rh en el curso de los cuatro embarazos precedentes, culminados con un aborto espontáneo, pudiera resultar así, de repente, inmune de toda sensibilización. Lo que pedía era, sencillamente, un imposible, como afirmaba tajantemente el médico.

Toda la familia participaba de lleno en esas preocupaciones y recurría confiadamente al Beato Josemaría. Una hermana de V., entonces estudiante de un curso avanzado de Medicina, que siguió muy de cerca las vicisitudes, escribe: "Durante una temporada larga —más que por el tiempo, larga por la intensidad: así ha quedado grabado en mi memoria— repetía constantemente a lo largo del día: "¡Padre, lúcete! Esto es un imposible. ¡Haz una de las tuyas!"".

Contra todas las previsiones, el test de Coombs dio resultado negativo. Esto era señal de que había desaparecido la sensibilización frente al factor Rh, algo inexplicable desde el punto de vista de la Medicina. Como hace notar uno de los especialistas que han estudiado la historia, "esto, médicamente, no tiene explicación. Es más, va en contra de los principios básicos de la inmunología. Cuando una persona crea anticuerpos frente a un determinado antígeno —en este caso, el antígeno es el grupo Rh de los eritrocitos—, al ponerse en contacto con ese antígeno, aparece una respuesta inmunológica mayor, por lo que aumenta el título de anticuerpos frente a ese antígeno y, por decirlo de una manera coloquial, aumenta la intensidad del rechazo". Esto es precisamente lo que mide el test de Coombs. El hecho de que de repente fuera negativo, tras una historia como la que nos ocupa, desde un punto de vista científico tenía una sola explicación: que había habido un error en la ejecución del test y, por tanto, había que repetirlo.

Ésta fue exactamente la reacción de los especialistas interesados en el caso. "Cuando llamé a mi médico -comenta V.-, siendo una persona muy serena, dio un grito y dijo que era imposible".

Una reacción análoga tuvo la hermana, que estaba terminando los estudios de Medicina y tenía muy frescos —también por interés personal— los conocimientos sobre esta materia específica. Recordando el momento en que V. le comunicó que el test de Coombs había salido negativo, escribe: "Mi primera reacción fue de profunda pena, pues pensé que los líquidos del laboratorio estaban en mal estado y por eso habían dado un resultado erróneo. Me pesaba que mi hermana alimentara la falsa esperanza de la desaparición de la inmunización (...). Le dije seriamente que el resultado podía estar equivocado, que no se hiciera ilusiones. Le apremié a que repitiera los análisis en otro laboratorio que no estuviera relacionado con el anterior. "Lo que tú ves tan natural —le dije—, no tiene explicación médica. Es como si me dices que estás segura de haber visto a un burro volar"".

No una, sino dos veces se repitió el test: en Sevilla y Barcelona, y en ambos laboratorios el resultado fue el mismo: negativo.

Sin embargo, como si Dios quisiera probar la fe de la madre, cuando todo procedía con absoluta normalidad, V. comenzó a manifestar síntomas muy semejantes a los que habían precedido el reciente aborto. En aquellos momentos la acompañaba otra hermana suya, que le ofreció inmediatamente una estampa del Beato Josemaría. "La cogí, contemplé su mirada y me la puse en el vientre con la imagen (...) al revés, mirando al niño (...). Le invoqué sólo a él, diciéndole: Padre, por lo que más quieras, sálvamelo. Me encomiendo a ti para que lo hagas, sácamelo adelante (...).

"Los dolores persistían; comencé junto con mi madre y mi hermana a rezar la oración de la estampa; cuando terminamos la primera vez de rezarla, noté un intenso calor en el vientre, se pasaron los dolores de contracción así como la hemorragia. A partir de ese momento no volví a tener ningún síntoma más. Al día siguiente fui al médico y me encontró totalmente normal, lo mismo que al niño".

El 8 de marzo de 1993 nació Josemaría, con toda normalidad. A pesar de que el test de Coombs había dado repetidas veces resultado negativo —la última prueba se había hecho en el mes de octubre—, en el hospital estaba todo preparado para realizar transfusiones de sangre al niño, en cuanto naciese. Pero no hubo ninguna necesidad. Se comprobó que el recién nacido era, efectivamente, Rh positivo. El test de Coombs, tanto en la sangre de la madre como en la del cordón umbilical, seguía siendo negativo.

Un "paréntesis" inexplicable

El ginecólogo que seguía los últimos embarazos, tras haber leído el testimonio escrito por su paciente, concuerda: "Es verdad: era imposible". Y expone por escrito su parecer y dice que: "Existen dos hechos que hacen extraordinaria esta historia de la quinta gestación: el Test de Coombs indirecto negativo tras la isoinmunización del tercero y cuarto embarazos y tras el aborto y legrado; y la no afectación fetal en paciente portadora de feto Rh+.

Y termina diciendo: "Tengo que manifestar que, en mi larga experiencia clínica, no he conocido ningún caso semejante".

Como para garantizar que en la historia de esta gestación y este nacimiento estuvo claramente presente el poder de Dios, invocado con fe por intercesión del Beato Josemaría, el siguiente embarazo de V. volvió a seguir su curso habitual. El feto era Rh positivo y así, durante la gestación, el test de Coombs dio de nuevo resultado positivo. En junio de 1995 nació una niña con intensa ictericia, a la que hubo que hacer un recambio completo de la sangre (exanguino-transfusión) y someter a muchos cuidados; también a la madre, que quedó bastante anémica después de este último parto.

Evidentemente, las cosas habían vuelto a la "normalidad". Lo verdaderamente "anormal" había sido ese paréntesis de nueve meses, durante la gestación del niño Josemaría, en los que sucedió lo que "no podía suceder". Pero es que para Dios no hay imposibles.

Otro médico, después de estudiar atentamente este caso, concluye de la siguiente manera: "La madre comenta que, ante la feliz evolución del embarazo y parto de su hijo Josemaría, pensaba que sucedería otro tanto en la sexta gestación, por lo que no se le ocurrió hacer ninguna petición extraordinaria al Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, solicitando su intercesión. Y —en mi opinión— esto ha valido precisamente para confirmar que el "paréntesis" o intervalo de isoinmunización ausente, tiene un carácter extraordinario o, al menos, no explicable científicamente.

"Quiero hacer hincapié en que lo fundamental de este milagro —para mí— es el lapso, intervalo o paréntesis, o como se quiera llamar, a la negativización de los anticuerpos anti-Rh en la madre y, por ende, en la sangre del cordón del niño, máxime cuando el niño fue Rh +".

Josemaría es un niño sano y vivaracho, que hace las delicias de toda la familia. La madre afirma que el embarazo y el nacimiento de este hijo ha sido un "paréntesis" en sus dificultades durante los embarazos, y lo atribuye sin sombra de duda a la intercesión del Beato Josemaría Escrivá. "Me da mucha pena —escribe— que esta nueva hija [la que sigue a Josemaría] haya tenido que sufrir tanto para confirmar el milagro de Josemaría. Hoy es un niño muy alegre e inteligente, y el más sociable de mis hijos; es lo que se dice comúnmente: la alegría de la casa".


PRESENTACIÓN
Un tumor del tamaño de una naranja
Se había quedado ciego
Pudo seguir con su vocación
Ya come sin dificultad
Un atentado y un cáncer
No podía tener más hijos
No hizo falta amputar
Una claridad tremenda
Dejó las muletas al cabo de diez años
La fe de una madre
Desapareció sin dejar rastro
Una pesadilla que duró once horas
No perdió la mano
Un "imposible" llamado Josemaría
En estado terminal
Sucedió en una noche
Le daban tres meses de vida
Las manos de un cirujano