En estado terminal

Una miocarditis fulminante que se resuelve en dos días
(mayo de 1993)

Desde el 22 de mayo al 31 de agosto de 1974, el Beato Josemaría Escrivá realizó un viaje por América del Sur: Brasil, Argentina, Chile, Perú, Ecuador y Venezuela. No fue un itinerario de placer o de descanso, sino una catequesis, como el Fundador del Opus Dei denominaba a los frecuentes desplazamientos que llevó a cabo durante los años 70, por diversos países de Europa y de América, con el fin de confirmar en la fe a los fieles del Opus Dei y a muchos otros millares de personas. Transcurrían por entonces los años difíciles del inmediato postconcilio, y en algunos lugares se difundía la falsa idea de que la Iglesia estaba cambiando aspectos esenciales de la doctrina y normas morales que hasta entonces se habían considerado intangibles. Ante el peligro que la generalización de estas ideas suponía para el pueblo cristiano, el Beato Josemaría no dudó en emprender varios agotadores viajes apostólicos por medio mundo, para dar seguridad en la fe y en la moral de la Iglesia a millares de personas.

Parecía conveniente comenzar con esta breve anotación, antes de relatar un hecho de carácter extraordinario atribuido a la intercesión del Fundador del Opus Dei, porque el beneficiario de esta gracia conoció al Beato Josemaría precisamente en el curso de aquella catequesis, cuando contaba 16 años. Entre las numerosas reuniones, hubo varias con jóvenes; este muchacho asistió a una de ellas y tuvo ocasión de dar un beso al Beato Josemaría. Este beso, como se verá, fue muy importante en su vida.

Una enfermedad fulminante

Corría el año 1993. Paulo, ya con 34 años, era un hombre que gozaba de buena salud. Sin embargo, a principios de mayo comenzó a sufrir una tos persistente, acompañada de dificultades de respiración cuando hacía algún esfuerzo. No concedió más importancia a tales síntomas, hasta que el 18 de ese mismo mes notó gran cansancio y dolor precordial. Hacia el final de la jornada acudió al director clínico del Hospital Incor (Instituto del Corazón de São Paulo), que le diagnosticó una arritmia cardiaca, probablemente ocasionada —así lo pensó en un primer momento— por la preocupación del paciente ante la salud de una de sus hermanas, que había sufrido una operación quirúrgica en aquellos mismos días.

Sin embargo, como la situación de arritmia no se regularizaba, el médico dispuso el ingreso del paciente en la sección de urgencias del hospital, donde le diagnosticaron una fibrilación auricular aguda. Los primeros exámenes evidenciaron un pulso irregular y rápido (140 pulsaciones por minuto) y elevación de la presión arterial. Se sometió al paciente a una desfibrilación, y enseguida recuperó el ritmo cardíaco.

Sin embargo, tras esa intervención, el enfermo entró en estado de shock: brusca caída de la presión arterial, depresión respiratoria con cianosis y notable pérdida del grado de consciencia. No hubo más remedio que proceder a la intubación traqueal para ayudarle a respirar, al tiempo que se iniciaba un tratamiento enérgico contra la grave hipotensión que ponía en peligro inmediato la vida del paciente.

Ante este cuadro clínico, los médicos diagnosticaron un shock cardiogénico, es decir, un shock causado por un fallo agudo del corazón. La causa, en esos momentos, permanecía desconocida; análisis posteriores dictaminarían que se debía a una infección viral aguda del miocardio (probablemente una infección por el virus Coxackie del grupo B), contraída en las semanas anteriores. El diagnóstico de miocarditis aguda fue plenamente confirmado por los resultados del cateterismo cardíaco con angiocinecardiografía que se practicó al enfermo el mismo día de su ingreso en el hospital.

Aunque se pusieron en práctica todas las medidas terapéuticas indicadas en estos casos, la situación de Paulo fue agravándose con inusitada rapidez, hasta el punto de que los médicos se plantearon la posibilidad de llevar a cabo un trasplante cardíaco o la aplicación de un corazón artificial.

Una propuesta casi desesperada

Dejemos la palabra a la madre de Paulo, que el 19 de mayo por la tarde acompañaba al hijo en el hospital. Su marido, se había marchado a descansar un poco.

"A las 16 horas fui llamada por el equipo médico para proponerme la realización de un trasplante de corazón a mi hijo Paulo. Respondí que me ponía en sus manos, pero que desearía firmar la autorización para el trasplante junto con mi marido, que había marchado a casa a descansar.

"Inmediatamente comencé a invocar la intercesión de Mons. Josemaría Escrivá repitiendo la jaculatoria que tanto le gustaba rezar: Señor, lo que Tú quieras, yo lo quiero. Pero como yo no tenía tanta fortaleza como ese Siervo de Dios, añadí a la jaculatoria: Pero ayúdame a querer lo que Tú quieras. Yo no quería un trasplante: me daban miedo sus consecuencias. Yo quería que mi hijo se curase.

"Mi marido llegó a las 18 horas o poco después. Los médicos nos llamaron. Estaban redactando la carta de autorización [del trasplante], al tiempo que nos instruían sobre la necesidad de una medicación coagulante de la que no disponían en Incor. Tendríamos que buscarla en el Hospital Einstein o en el Hospital de Beneficencia Portuguesa.

"Al cabo de unos minutos, noté las carreras del equipo médico, que era llamado a la Unidad de Cuidados Intensivos junto al lecho de mi hijo. Corrí hacia otro lado y me encontré con un médico pálido como una sábana. Le pregunté: ¿Ha muerto? El médico, sin saber quién era yo, me respondió: Todavía no, pero le falta poco.

"Al volver, vi que el equipo hablaba con mi marido y le decían que era imposible realizar el trasplante, porque nuestro hijo presentaba fallos del hígado y de múltiples órganos. Era cuestión sólo de esperar. ¿Llegaría a reaccionar? Todo indicaba que el fallecimiento se produciría aquella misma noche. Nos dejaron permanecer más tiempo en el hospital, hasta las 23.30 horas".

En efecto, las condiciones del enfermo se habían agravado notablemente. Al fracaso de la función cardíaca originado por la miocarditis, se fueron añadiendo —uno tras otro— fallos en otros sistemas orgánicos. Primero fracasó la función renal, que llevó a una situación de anuria; luego aparecieron signos de insuficiencia hepática; finalmente, los análisis pusieron de manifiesto una preocupante disminución de las constantes hemáticas ligadas a la coagulación de la sangre, lo que preludiaba la instauración de un cuadro de coagulación intravascular diseminada. Todos estos síntomas eran de muy mal pronóstico.

La literatura médica consultada muestra que la mortalidad en los cuadros de fracaso multiorgánico (Multiorgan failure, MOF) que afectan a más de tres órganos (en este caso, el fracaso afectaba a cuatro: corazón, riñón, hígado y sistema hematopoyético) es del 80% cuando esa situación se prolonga durante 24 horas, y del 100% cuando supera los cuatro días de duración. En los casos no letales, la recuperación es lenta y habitualmente quedan lesiones en los órganos afectados.

La situación de Paulo era, pues, crítica, terminal: se preveía un desenlace fatal inminente. Así lo confirma en su informe clínico el médico que le asistía: "Por la noche dejé el hospital esperando que el paciente muriese al día siguiente. Sugerí a la familia que regresase a su casa, y les hice comprender lo que me esperaba".

Por su parte, la madre de Paulo anota: "Nos marchamos a casa llorando y nos abandonamos en las manos de Dios". Y una de las amigas que la acompañaban, escribe en su testimonio: "Fueron unas horas de desesperación total. Pedíamos un milagro". Y añade: "Yo llegué a comentar que los milagros no eran nunca para nosotros".

"¡Padre, devuélvele aquel beso!"

En cuando se difundió la noticia de que Paulo estaba muy grave, parientes y amigos comenzaron a pedir a Dios su curación. Varios lo hicieron recurriendo a la intercesión del Beato Josemaría. Unos rezaban la oración que figura en la estampa, otros lo hacían con sus propias palabras, sin sujetarse a ninguna fórmula determinada; pero todos rezaban con fe y confianza, con la certeza de que también hoy día el Señor realiza milagros, como había escrito el Beato Josemaría: "sí, ahora hay también milagros: ¡nosotros los haríamos si tuviéramos fe!" (Camino, n. 583).

Alguien puso en la cabecera de la cama, junto al enfermo, una estampa del Beato y una medallita de la Santísima Virgen.

Entre las personas que rezaban con mayor intensidad se encontraban, como es lógico, sus padres. Como ya se ha dicho, por aquellos días habían operado a una hija, por lo que la familia se hallaba dividida entre los dos hospitales, para acompañar a los enfermos. Junto a la cabecera de Paulo estaba casi siempre su padre. Cuando el médico le confirmó la grave situación de su hijo, no se desanimó: continuó pidiendo al Beato Josemaría la curación del joven, al tiempo que —como buen cristiano— solicitó que le administrasen el sacramento de la Unción de los enfermos, cosa que un sacerdote hizo en la noche del 18 al 19 de mayo.

En medio de esta aflicción tan grande, un recuerdo afloró a la memoria del padre de Paulo: el recuerdo de un encuentro con el Beato Josemaría, en 1974. Como se ha dicho, durante su estancia en São Paulo, el Fundador del Opus Dei mantuvo reuniones con toda clase de gente. Dejemos que lo cuente él mismo:

"Al final de una de las tertulias con jóvenes, vi que mi hijo daba un beso a nuestro Padre en la cara, cuando ya se disponía a marcharse. Entonces, en mis oraciones, comencé a pedirle que intercediese ante Dios, que le diera un beso y le restituyera la salud".

Al día siguiente, 20 de mayo, el cuadro clínico comenzó a cambiar de modo sorprendente e inesperado. "Llegamos al hospital a las 6.30 —recuerda la madre— y recibimos la noticia de que Paulo estaba reaccionando milagrosamente con su propio organismo: no habría necesidad de trasplante y tendríamos que aguardar los acontecimientos".

En efecto, de modo inexplicable —pues, como ya se ha dicho, se esperaba el fallecimiento esa misma noche— los riñones habían empezado a funcionar, la tensión arterial había comenzado a subir y las condiciones del sistema de coagulación estaban mejorando. La temida situación comenzaba a ser superada. Dos días después retiraron al enfermo la intubación traqueal, pues ya respiraba por sí mismo. Una semana más tarde abandonó la unidad coronaria de cuidados intensivos y fue trasladado a la sección de medicina interna, para la convalecencia inmediata.

El juicio de los especialistas

"Como médico que ha acompañado toda la evolución del paciente —escribe el especialista que lo siguió—, considero esto un caso excepcional y de desarrollo no común. No he observado nada semejante a lo largo de mis doce años de experiencia como cardiólogo de una institución que atiende casos muy numerosos y variadísimos de pacientes cardiópatas. En suma, es el caso de un paciente que, habiendo alcanzado un estado de gravedad que hacía prever fundadamente una evolución fatal, se recupera plenamente en pocos días; y —lo que tampoco es común— permanece normal y sin secuelas hasta el momento". Hasta tal punto se consideró extraordinaria una evolución tan favorable, que "el caso de este paciente fue objeto de una demostración durante la reunión anatomo-clínica llevada a cabo en esta institución (...) el 24 de noviembre de 1993, y la discusión clínica fue publicada en la revista "Arquivos Brasileiros de Cardiologia", en mayo de 1994".

Varios especialistas en cardiología han examinado este cuadro clínico en orden a encontrar una explicación natural de su feliz desenlace. Uno de ellos, destacado especialista en un hospital de Madrid, afirma: "En el caso que nos ocupa, las probabilidades que tenía de morir eran muy altas: en mi opinión, el paciente fue muy correctamente tratado y controlado y presentó una evolución favorable, hasta su curación. Sin embargo, y desde mi experiencia de intensivista, tengo que decir que el favorable resultado de este caso es verdaderamente sorprendente y llamativo". En su opinión, lo extraordinario no está tanto en la curación de la enfermedad, cuanto en el modo sorprendentemente llamativo como se llevó a cabo.

Lo mismo afirma otro especialista, esta vez de Roma, a quien se pidió que estudiase esta curación. He aquí sus palabras: "Pienso que hay elementos suficientes para afirmar que el shock había alcanzado la fase de irreversibilidad o que se encontraba muy cerca de ella: estado de coma (...), insuficiencia respiratoria, anuria, necrosis hepática con un consistente aumento enzimático y coagulopatía (...). Además, dada la gravedad de la miocarditis, de curso tan fulminante, habría que esperarse algún daño permanente. Sin embargo, los análisis efectuados seis meses después evidencian la absoluta normalidad anatómica y funcional [del corazón]. Comparto, pues, el estupor de los colegas que siguieron de cerca este caso: no parece que pueda ser explicado de modo exhaustivo a la luz de los actuales conocimientos científicos".

La resolución positiva de esta miocarditis fulminante, cuyo pronóstico era infausto a un plazo cortísimo, es claramente una gracia obtenida por la intercesión del Beato Josemaría que, siendo una persona enormemente agradecida mientras vivía en la tierra, continúa siéndolo en el Cielo. En 1974, durante su breve estancia en Brasil, había recibido un cariñoso beso de un muchacho de 16 años; se lo devolvió en mayo de 1993, al año justo de haber sido beatificado, alcanzándole de Nuestro Señor la curación completa e inesperada de una gravísima enfermedad. Llama la atención, en efecto, la concomitancia entre la petición que el padre de Paulo hizo al Beato Josemaría de que devolviera a su hijo el beso que de él había recibido en 1974, y la detención de un proceso que parecía irreversible y que normalmente debería haber conducido a la muerte: "Tengo la certeza, como la tiene nuestro médico, de que se trata de un milagro; y atribuyo tal gracia al "beso" de nuestro Padre y a todas las peticiones y oraciones de amigos y parientes".

Para terminar este relato, recojo una frase de la declaración de una de las amigas de la madre de Paulo; aquella misma que —en un momento de desesperanza— había comentado que los milagros son siempre "para los demás", nunca "para nosotros": "Han pasado cinco años —escribe— y cada día que lo encuentro [a Paulo] en el club, haciendo gimnasia y practicando deportes, lo miro feliz de saber que los milagros existen también para nosotros".


PRESENTACIÓN
Un tumor del tamaño de una naranja
Se había quedado ciego
Pudo seguir con su vocación
Ya come sin dificultad
Un atentado y un cáncer
No podía tener más hijos
No hizo falta amputar
Una claridad tremenda
Dejó las muletas al cabo de diez años
La fe de una madre
Desapareció sin dejar rastro
Una pesadilla que duró once horas
No perdió la mano
Un "imposible" llamado Josemaría
En estado terminal
Sucedió en una noche
Le daban tres meses de vida
Las manos de un cirujano