Sucedió en una noche

Recuperación instantánea de una parálisis del nervio radial
(febrero de 1994)

El 19 de noviembre de 1493, en el curso de su segundo viaje a América, Cristóbal Colón fondeó por vez primera en la isla de Puerto Rico. La silueta montuosa y el verde brillante de sus bosques le llamaron tan poderosamente la atención, que dejó constancia de ello en sus cartas. Cuando tomó posesión de la isla de Borinquen —así la llamaban sus habitantes—, le asignó el nombre de San Juan Bautista, mientras que la capital, fundada en 1508 por Juan Ponce de León, el primer colonizador, pasó a llamarse Puerto Rico. Sólo más tarde, por uno de esos inexplicables caprichos de la historia, ciudad e isla intercambiaron el topónimo.

A los puertorriqueños les gusta llamar familiarmente a su país la isla del encanto o, simplemente, la Isla. Y bien merece este nombre. Tropical por su situación geográfica, Puerto Rico es el eslabón central en la cadena de islas que une la península de Florida con Venezuela, reteniendo en su arco al Mar Caribe. Pero gracias a la constante brisa de los alisios, que le llegan desde el nordeste, su clima es muy moderado y el más sano y agradable del archipiélago. La temperatura media anual en la costa norte, por ejemplo, ronda los 26 grados centígrados, punto del que apenas se aparta la columna de mercurio en todo el año. Ese clima suave, unido a la pluviosidad natural y al elevado número de cursos de agua, explica que Puerto Rico se hiciera proverbial por la calidad de su tabaco, de su café y de su azúcar. En tiempos recientes ha experimentado un fuerte desarrollo industrial, técnico y urbanístico. Para los millares de turistas que la visitan, sigue siendo la isla del encanto.

En este lugar paradisíaco se sitúa el siguiente relato, que recoge una gracia extraordinaria obtenida por la intercesión del Beato Josemaría Escrivá. Antes de referirlo, conviene hacer notar un hecho en apariencia irrelevante, pero de gran significación en nuestra historia: Puerto Rico fue el último país al que llegó el Opus Dei en vida de su Fundador. Efectivamente, los primeros fieles de la Obra se establecieron en San Juan el 17 de junio de 1969, llevando consigo la bendición y el impulso del Fundador. Puerto Rico es, de algún modo, el benjamín de los desvelos del Beato Josemaría mientras aún vivía en la tierra.

La Perla del Sur

El crecimiento de la labor apostólica del Opus Dei en Puerto Rico motivó que, en 1983, se erigieran Centros en otra ciudad de la isla, Ponce, más conocida por sus habitantes como la Perla del Sur por su situación en la costa meridional del país. En Ponce se ubica la Residencia Guajiles, que aloja a estudiantes universitarios de varios lugares del país. Como en todas las obras de apostolado corporativo dirigidas a los estudiantes, el Opus Dei ofrece a los residentes de Guajiles, además de un ambiente de familia que facilita el estudio, la posibilidad de recibir una profunda formación cristiana.

Y llegamos así al comienzo de nuestra historia. Corría el mes de agosto de 1993. Entre los residentes de Guajiles se contaba Alberto, un muchacho de 24 años, buen deportista, que gozaba de óptima salud. El día 1 de ese mes, el automóvil en el que viajaba con otras personas de la Residencia tuvo un accidente. Alberto se fracturó el húmero izquierdo en su tercio medio. Las radiografías demostraron que se trataba de una fractura conminuta (es decir, con esquirlas desprendidas del hueso). El herido manifestaba pérdida de sensibilidad del brazo izquierdo y parálisis parcial del antebrazo y casi completa de la mano. Se sospechó ya entonces una afectación del nervio radial, que gobierna los movimientos de la mano.

Tras dos semanas de inmovilización provisional mediante férula, el brazo fue enyesado durante mes y medio, tiempo habitual para la consolidación de ese tipo de fracturas. Cuando le quitaron el yeso, se comprobó la persistencia de una parálisis fláccida de la muñeca izquierda y la consiguiente pérdida funcional de la mano, signos evidentes de lesión del nervio radial. Además, el paciente acusaba fuertes dolores, sobre todo al intentar mover la mano, y una extensa inflamación de mano y muñeca.

Como el cuadro clínico no mejoraba, dos meses y medio después del accidente Alberto acudió al Departamento de Medicina Física y Rehabilitación del Hospital Damas, de Ponce. Fue reconocido por el director del Departamento, con el fin de valorar el grado de parálisis de la mano e iniciar el oportuno tratamiento. Para ello efectuaron una electromiografía, prueba específica que sirve para determinar el grado de funcionalidad de los nervios motores. Esta prueba, como figura en el informe clínico, estableció la existencia de "una severa lesión axonal en los músculos correspondientes a la distribución del nervio radial, con ausencia de potenciales activos. Estos elementos indicaban un pronóstico negativo en lo que se refiere a la recuperación de la capacidad funcional".

Traduciendo a palabras corrientes el lenguaje médico, ese dictamen significaba que se veía difícil que Alberto pudiera recuperar el uso de la mano, a causa de la lesión del nervio radial. La literatura médica registra que el 10 por ciento de los casos de fractura cerrada del húmero producen parálisis radial. De estas lesiones, la inmensa mayoría (el 90 por ciento) son trastornos funcionales y, en consecuencia, curan espontáneamente, aun sin tratamiento, en el arco de tres a seis meses. En el 10 por ciento restante, la parálisis producida es duradera, debido a la existencia de una neuronotmesis, es decir, a causa de una destrucción física de las fibras nerviosas. Este hecho ensombrece notablemente el pronóstico: la experiencia clínica enseña que el proceso de recuperación se lleva a cabo muy lentamente y dura muchos meses; no raramente, aun siguiendo un correcto programa de rehabilitación y tratándose de gente joven, deja secuelas para toda la vida. Éste era el caso que nos ocupa, como había demostrado la electromiografía y como se comprobaría luego en el curso de una intervención quirúrgica.

En efecto, con la esperanza de que la parálisis fuera funcional, debida a una posible compresión del nervio, Alberto fue operado el 24 de noviembre de 1993. La intervención puso de manifiesto que el nervio radial había sido englobado dentro del callo óseo formado en el proceso de curación de la fractura. Se comprobó también que, desde el momento mismo del accidente, una esquirla del hueso se había incrustado en el nervio. El cirujano procedió a liberar el radial de las múltiples adherencias que lo oprimían y a extraer la astilla ósea que lo atravesaba.

La operación no trajo consigo ninguna mejoría: Alberto seguía experimentando dolores y, sobre todo, era incapaz de mover la mano izquierda. Le aplicaron una férula para evitar la caída de la mano y favorecer la recuperación, al tiempo que comenzaba un programa de rehabilitación que, al menos, le permitiera conservar la movilidad de la articulación de la muñeca.

Dos meses después, el 2 de febrero de 1994, se sometió a un nuevo análisis electromiográfico del nervio. El mismo paciente testimonia el resultado de la prueba: "El fisiatra me volvió a examinar y mediante unos análisis de estimulación eléctrica determinó que el nervio estaba seriamente dañado y que no iba a recobrar ya el movimiento en la mano".

Hasta este momento, Alberto no había rezado por su curación, quizá confiado en los recursos del arte médica. Ahora se hallaba seriamente preocupado por el cariz que tomaban los acontecimientos. A esa edad no es fácil aceptar la idea de una invalidez total y permanente de una mano.

Una novena que trae fruto

En enero de 1994, un sacerdote puertorriqueño que vivía en la Residencia y viajaba en el mismo automóvil del accidente realizó un viaje a Roma. Allí habló de Alberto a Mons. Álvaro del Portillo, entonces Obispo Prelado del Opus Dei, que le aseguró sus oraciones por la plena recuperación del estudiante y le facilitó una estampa del Beato Josemaría con reliquia ex indumentis (de los vestidos). Al regresar a Puerto Rico, el sacerdote entregó al estudiante esa estampa y le animó a acudir con fe a la intercesión del Fundador del Opus Dei.

A mediados de febrero, Alberto comenzó a invocar al Beato Josemaría con la oración de la estampa. Lo hizo durante nueve o diez días, colocando además cada noche la reliquia en contacto con la cicatriz de la operación. Una mañana, al despertarse, se dio cuenta de que podía mover la mano. Dejemos que él mismo nos lo cuente:

"Un sacerdote de la Obra, amigo mío, estuvo por esos días en Roma y me trajo una estampa del Beato Josemaría con reliquia. Inmediatamente comencé a rezarla y una noche, mientras dormía, sentí unas molestias en la mano que, por estar cansado, no les presté atención. A la mañana siguiente quise mover la mano e increíblemente respondió. Podía hacer todos los movimientos que indican recuperación del nervio radial, como me lo había dicho el neurocirujano".

Es fácil imaginar la sorpresa de las personas que vivían con Alberto en la Residencia Guajiles, al verle aparecer esa mañana sin la férula que habitualmente llevaba para sostener la mano y al comprobar que realizaba normalmente todos los movimientos que antes no podía hacer. La mayor sorpresa provenía del sector médico, ya que no es explicable la curación completa de una parálisis consiguiente a una causa orgánica (la destrucción física de parte del nervio) sin haber sido precedida por alguna señal que indicase la puesta en marcha de un proceso de recuperación funcional.

En efecto, pocos días antes de la imprevista curación, el director del Departamento de Medicina Física y Rehabilitación que seguía el caso, tras un nuevo reconocimiento del enfermo, había emitido el siguiente pronóstico: "Mi parecer, fundado en los datos clínicos, electrodiagnósticos y científicos, es que este desafortunado joven quedará con una significativa disfunción del 40% de la extremidad superior izquierda, y una invalidez total del 25% según las Guías de Valoración de la Invalidez Permanente. Esta invalidez repercutirá en la dificultad para llevar a cabo actividades manuales que requieren fuerza y destreza, y dañará la realización de los ejercicios deportivos en los que siempre ha participado".

El mismo interesado describe la reacción del médico, al verlo curado: "Cuando fui al hospital y el fisiatra vio los movimientos que podía hacer con la mano, me dijo que tenía que aceptar que aquello era obra de un milagro. Tengo la certeza de que este favor se me concedió a través del Beato Josemaría".

Hoy su situación sigue siendo completamente normal. Tanto el brazo como la mano realizan todos sus movimientos normales, y el joven practica todo tipo de deportes y actividades sin el más mínimo impedimento.


PRESENTACIÓN
Un tumor del tamaño de una naranja
Se había quedado ciego
Pudo seguir con su vocación
Ya come sin dificultad
Un atentado y un cáncer
No podía tener más hijos
No hizo falta amputar
Una claridad tremenda
Dejó las muletas al cabo de diez años
La fe de una madre
Desapareció sin dejar rastro
Una pesadilla que duró once horas
No perdió la mano
Un "imposible" llamado Josemaría
En estado terminal
Sucedió en una noche
Le daban tres meses de vida
Las manos de un cirujano