Una claridad tremenda

Recuperación instantánea de la vista en un caso de ceguera secundaria a tumor hipofisario (marzo de 1992)12

El protagonista de esta historia es, desde hace muchos años, hermano lego en una comunidad masculina de vida contemplativa, donde se ocupa del cuidado de la vaquería aneja al monasterio. Siempre había gozado de una salud óptima, pero a comienzos del año 1991, cuando contaba 59 años, empezó a notar una pérdida progresiva del sentido del gusto, hasta el punto de no ser capaz de distinguir los sabores de los diferentes alimentos.

Siguió enseguida la pérdida del sentido del olfato. Se decidió entonces a ir al médico. Los dos profesionales consultados achacaron la causa de esas pérdidas sensoriales a una simple afección rinofaríngea. No le dieron ninguna importancia y no prescribieron tratamiento alguno.

A mediados de ese mismo año, 1991, se sumó una pérdida progresiva y rápida de la agudeza visual, hasta el punto de que el hermano lego se vio obligado a suspender su trabajo, pues llegó un momento en que no era capaz de contar las vacas que pastaban en el prado. En una relación escrita, el interesado expone así su situación en aquellos meses: "¿Qué tipo de vida hacía durante el tiempo que estuve con la enfermedad? Normal, sólo que no veía nada para leer, ni siquiera con las gafas que me habían mandado. Sólo manchas negras. Y estaba en el coro con los otros, y lo que me sabía de memoria lo cantaba, y lo que no, me callaba. Y en mi trabajo de la vaquería hacía algo —daba órdenes a los obreros...—, pero no podía ordeñar, tropezaba con cosas y me caía...".

Un diagnóstico laborioso

La ceguera del hermano lego fue progresando inexorablemente. En un primer momento, para seguir a las vacas en los pastos, utilizaba un catalejo, pero pronto lo abandonó. La pérdida de visión, en los dos ojos, era especialmente acentuada en los campos laterales: no lograba distinguir los objetos situados a derecha e izquierda. Al principio conservaba una pequeña franja de visión frontal, que poco a poco fue haciéndose cada vez más estrecha. En un breve plazo de tiempo sólo conseguía distinguir manchas negras.

En noviembre de 1991 acudió a un oftalmólogo. Tras cuidadosos exámenes, el especialista descartó que la ceguera tuviese causa ocular y recomendó que fuese a la consulta de un internista. Por fin, en enero de 1992, el enfermo fue ingresado en un centro policlínico y sometido a diversos exámenes: radiografías de base de cráneo, TAC (tomografía axial computerizada, vulgarmente conocido como "scanner") y Resonancia Magnética Nuclear. Estas pruebas evidenciaron la existencia de un tumor en la región hipofisaria (diámetro máximo de 1,5 x 2 cm.) con ensanchamiento de la silla turca, que provocaba la compresión del quiasma óptico.

A la vista de este diagnóstico, el paciente fue ingresado en un centro oncológico. Ante la posibilidad de que se tratase de un tumor maligno de la cavidad rinofaríngea con destrucción de base del cráneo e infiltración de la silla turca, los médicos trataron por dos veces (3 y 19 de febrero de 1992) de tomar muestras del tumor para realizar una biopsia, pero fracasaron en los dos intentos, dada la dificultad de acceso a la zona afectada.

Como pensaban que podía tratarse de un tumor maligno con invasión de la silla turca, los médicos ofrecieron al enfermo dos posibles pautas terapéuticas: intervención quirúrgica o irradiación de la base del cráneo y de la silla turca. El interesado rechazó con decisión la hipótesis quirúrgica.

En esta situación, el superior y el enfermero del monasterio consultaron a un especialista en Neurología, buen amigo de la Comunidad, que sugirió la posibilidad de que no se tratase de un tumor invasivo de la base del cráneo, sino de un tumor hipofisario benigno ("prolactinoma") que, con su desmesurado crecimiento, fuese responsable de la compresión del quiasma óptico. En caso de que se confirmase esta presunción, el pronóstico de la enfermedad cambiaría radicalmente, pues sería posible tratarla con medios farmacológicos.

En fecha 11 de marzo, un análisis de sangre demostró valores muy elevados de prolactina, hormona producida por el lóbulo anterior de la hipófisis. Se confirmaba así la hipótesis del último médico consultado: el tumor que afectaba al hermano lego era, muy probablemente, un adenoma hipofisario secretante conocido como prolactinoma. El especialista prescribió una pauta terapéutica a base de bromocriptina, fármaco utilizado en el tratamiento de macroadenomas no operables y también como alternativo a la cirugía en pacientes portadores de microadenomas. El tratamiento habría de iniciarse el 26 de marzo de 1992.

Invocación del Venerable Josemaría Escrivá

Por aquellas fechas, era inminente la beatificación del Venerable Josemaría Escrivá: la ceremonia estaba fijada para el 17 de mayo, en la Plaza de San Pedro de Roma.

Algunos medios de comunicación se habían hecho eco de calumnias lanzadas por un pequeño grupo de presión, contrario a la beatificación del Fundador del Opus Dei, que acusaba de graves irregularidades a los organismos eclesiásticos que habían intervenido en los diversos pasos de la Causa de Beatificación. Las polémicas habían tenido eco incluso en el seno de aquella comunidad.

El protagonista de nuestra historia se hallaba profundamente entristecido por estos hechos. En primer lugar, consideraba esas discusiones como una injustificada desconfianza hacia la Iglesia y el Santo Padre. No tenía ninguna relación con el Opus Dei, pero lo apreciaba, por tratarse de una institución aprobada por la Iglesia y porque, en su juventud, había sacado indudables frutos espirituales de la meditación del libro Camino. Lo afirma en su primera relación, escrita en diciembre de 1992, varios meses después de la prodigiosa curación: "¿Por qué me encomendé a Mons. Escrivá? Porque yo de Mons. Escrivá había leído alguna cosa. De chaval había leído Camino. Y como había esa polémica sobre la beatificación, entonces me encomendé a él por eso".

El hecho prodigioso sucedió en la noche del 26 al 27 de marzo de 1992. El enfermo había comenzado aquel mismo día a tomar la medicina recetada por el médico. Cuando llegó a su celda para acostarse, pensando en las polémicas referidas, que tanto le dolían, se dirigió interiormente al entonces Venerable Josemaría Escrivá con estas palabras: "Si me consigues la vista, prometo publicarlo para la causa de beatificación (...). Esto lo dije mentalmente, sin pronunciar palabra. Era un sábado; y al día siguiente era domingo y había una fuerte borrasca aquí, de viento y lluvia. Y yo, al levantarme, suelo encender una luz, y vi una claridad tremenda. Y dije: Esto es los cables que se han cruzado y hay mucha más descarga eléctrica. Pero no era eso. Era que los ojos se me habían clarificado. Y desde aquel día veo muy bien. Hasta leo el periódico sin gafas y en el coro las letras pequeñas las veo bien sin gafas".

La curación de la ceguera fue, pues, instantánea, inmediatamente después de invocar la intercesión de Josemaría Escrivá: la noche del 26 de marzo, el hermano lego estaba casi completamente ciego; en la mañana del día siguiente había recuperado la vista. Hasta tal punto, que enseguida se lo contó al enfermero. "Le dije al enfermero: Mira, yo ya veo bien y no me hace falta tomar medicinas. Y él me dijo: No, eso es una cosa psicológica; y a lo mejor mañana dices que estás ciego del todo. Y le dije yo: No, yo ahora veo bien. Pero, en fin, obedecí".

En un primer momento, el interesado no quiso comunicar a nadie que había invocado la intercesión del ya próximo Beato Josemaría. No quería ser ocasión de polémicas dentro de la Comunidad. Sólo a finales de ese mismo año 1992 se decidió a comunicarlo, porque estaba "con remordimiento de conciencia", al no haber hecho público el gran favor que se le había concedido.

Pero volvamos al momento de la curación. Transcurrió el día 27 de marzo. El hermano lego volvió a decir al enfermero que veía bien, y le pidió que se lo comunicase al especialista. La reacción del médico fue de incredulidad; según testimonio del enfermo, exclamó: "No, no; eso no estaba previsto, eso será el efecto placebo de las pastillas".

El efecto placebo consiste en atribuir una mejoría subjetiva de la propia enfermedad a la asunción de productos en los que se confía plenamente, cuando en realidad son objetivamente ineficaces. Esta técnica se utiliza principalmente cuando se desea experimentar la eficacia de un nuevo fármaco. Se toma un número determinado de pacientes y se divide en dos grupos: a uno de los grupos se le trata con el producto que se desea experimentar, mientras que al otro grupo se le administra una sustancia inerte, naturalmente sin que sepan que se trata de un placebo. Así se logra determinar cuáles son los verdaderos efectos del fármaco en examen, con exclusión de factores de tipo psicológico.

En algunas enfermedades, sobre todo de tipo psicosomático, es posible invocar el efecto placebo para explicar algunas mejorías obtenidas. Pero en una enfermedad orgánica como la que estamos considerando, perfectamente comprobada, no se puede proponer científicamente la producción de un efecto placebo que sea responsable de la remisión instantánea y completa de una ceguera causada por la compresión física del quiasma óptico.

Aun sabiéndose prodigiosamente curado de su ceguera, el hermano lego, obediente a sus superiores, siguió con el tratamiento apenas comenzado. Los controles realizados tres meses después (TAC y Resonancia Magnética), demostraron que el tumor hipofisario se había reducido en un 75%. Desde que se produjo la prodigiosa curación, goza de buena salud y no ha manifestado ninguna recaída.

Es indudable que nos encontramos ante un hecho naturalmente inexplicable. Un especialista en Radioterapia y Radiodiagnóstico, tras un detenido estudio del caso y un cuidadoso reconocimiento de la persona sanada, afirma que la curación no puede atribuirse a los fármacos que había empezado a tomar sólo algunas horas antes: "Una regresión tan espectacular del prolactinoma en tan poco tiempo (menos de 24 horas) no se puede achacar solamente al empleo de Bromocriptina (DCI), ya que el paciente tomó únicamente 10 mgrs. en 24 horas (4 comp. de 2,5 mgrs.), dosis claramente insuficiente y desproporcionada para el resultado conseguido". Y aun concordando plenamente con la pauta terapéutica seguida, al comprobar la notable disminución del tamaño del tumor (75% en menos de tres meses), añade: "Hasta la fecha no se ha publicado en la literatura médica una evolución y curación tan espectacular de un macroadenoma hipofisario, como el que comentamos".

Para el hermano lego, no hay ninguna duda en lo ocurrido: Dios le escuchó por intercesión del Fundador del Opus Dei. Como el ciego de nacimiento sanado por Jesucristo (cfr. Jn 9, 1-41), él repite una vez y otra lo sucedido, escribiendo en tercera persona: "La recuperación de la visión no fue progresiva y gradual, sino toda de repente. Se acostó el día 26 sin ver casi nada, y el día 27, al levantarse, empezó a ver como veía antes de que comenzara la enfermedad".

"Yo... me emociono cuando hablo de esto", reconoce. "Por las mañanas, en cuanto me levanto para vigilias, siempre digo a Nuestro Señor que sea glorificado por medio de Mons. Escrivá... Como es un santo, ya no se puede rezar por él. Yo eso le pido, que sea glorificado por él y que la Iglesia se honre y se edifique. Yo pienso que Mons. Escrivá ha hecho una gran obra en la Iglesia". 


PRESENTACIÓN
Un tumor del tamaño de una naranja
Se había quedado ciego
Pudo seguir con su vocación
Ya come sin dificultad
Un atentado y un cáncer
No podía tener más hijos
No hizo falta amputar
Una claridad tremenda
Dejó las muletas al cabo de diez años
La fe de una madre
Desapareció sin dejar rastro
Una pesadilla que duró once horas
No perdió la mano
Un "imposible" llamado Josemaría
En estado terminal
Sucedió en una noche
Le daban tres meses de vida
Las manos de un cirujano