Desapareció sin dejar rastro

Desaparición repentina de un gran quiste parauterino en una mujer embarazada
(septiembre de 1992)

La historia de Maria Grazia y Claudio es la de una pareja de recién casados deseosos de edificar —con la ayuda de Dios— un hogar cristiano. Contrajeron matrimonio en junio de 1991 y pocos meses después, en enero, descubrieron que el primer hijo estaba en camino. Llenos de alegría, intensificaron las gestiones que venían haciendo para adquirir una vivienda más adecuada a sus necesidades.

Recorrieron diversos barrios de Roma, pero la casa de sus sueños no aparecía por ninguna parte; sobre todo porque el precio de mercado era exorbitante, muy por encima de sus posibilidades. "Pensamos entonces —cuentan— que la única solución, la sola arma en nuestro poder, era dirigirnos al Fundador de la Obra para que nos ayudase a adquirir nuestra casa, entendida como un lugar donde podríamos comenzar y llevar a término nuestra "vocación a la vida matrimonial"".

Dicho y hecho. Empezaron una novena recurriendo a la intercesión de quien la Iglesia se disponía a beatificar al cabo de pocos meses. Al séptimo día de la novena firmaron un compromiso de compra que satisfacía todas sus exigencias.

Llenos de agradecimiento a Dios, sintieron reforzarse su confianza en el poder de la oración y en la intercesión de los santos. Esta gracia fue el prólogo de otra —mucho más importante— que recibirían pocos meses después, también por intercesión del Beato Josemaría.

Un quiste durante el embarazo

El embarazo de Maria Grazia seguía su curso normal. El 10 de marzo, después de ocho semanas de gestación, acudió a hacerse una ecografía de control. Junto a la imagen del feto, perfectamente normal, se evidenciaba la imagen de un quiste de materia líquida homogénea, cuyas dimensiones eran 116 x 105 x 75 mm., de probable origen anexial (ovario o trompa). El ginecólogo decidió no intervenir por el momento, para no dañar al feto, y advirtió a los esposos que el quiste iría creciendo poco a poco, al mismo tiempo que el niño, "por lo que hacia el octavo mes de embarazo habría que realizar una intervención quirúrgica para reducir el volumen del quiste y dar a luz mediante operación cesárea".

Desde aquel momento, la joven esposa se sometió a análisis regulares. Las sucesivas ecografías demostraron que la previsión del ginecólogo era certera. El 30 de marzo, tres semanas después de haber sido descubierto, el quiste medía ya 8 cm. de diámetro antero-posterior. El 2 de julio, en la 26ª semana de gestación, una nueva ecografía mostró que la formación quística había alcanzado ya una dimensión de 15 x 10 cm. El ginecólogo decidió que no convenía esperar más y, de acuerdo con los esposos, planeó para cinco días después la aspiración del contenido del quiste, bajo guía ecográfica, y la realización de la operación cesárea.

Sorpresa en el quirófano

Los acontecimientos no se desarrollaron como estaba previsto. El 25 de agosto, la sesión comenzó con una nueva ecografía, que serviría para orientar al cirujano en la operación prevista. Sin embargo, con gran sorpresa de todos, el ecografista constató que el quiste había desaparecido sin dejar huella: "No se halla rastro de la formación quística observada precedentemente", escribe lacónicamente en su informe. Y, sin embargo, el quiste había sido una realidad, comprobada repetidamente en cada ecografía.

Naturalmente, se suspendió la operación y el embarazo continuó con normalidad. El 24 de septiembre de 1992 nació felizmente Francesca mediante parto espontáneo.

Desde el punto de vista médico, la desaparición de un quiste tan grande, comprobado y medido cinco días antes, no se puede explicar por causas solamente naturales. En efecto, si se hubiese reventado espontáneamente —cosa improbable, aunque no imposible—, puesto que era muy voluminoso, habrían quedado restos que la ecografía habría puesto de manifiesto. Sin embargo, no era así. El ginecólogo que atendía a Maria Grazia es explícito: "La ecografía realizada en fecha sucesiva (25 de agosto) mostró la desaparición del quiste que se había observado repetidamente en los meses anteriores. En la misma ocasión no se encontró esparcimiento de líquido libre, ni en el peritoneo ni en el saco de Douglas. No se observó ninguna acumulación de líquido ni se presentó sintomatología clínica alguna en los días sucesivos". Y concluye: "Se consideró muy singular la coincidencia de la rotura del quiste sin ninguna sintomatología y sin esparcimiento de líquido cístico en el peritoneo, teniendo en cuenta su tamaño".

En ausencia de una explicación natural de un hecho tan insólito, Maria Grazia y Claudio no dudan en atribuir la completa y repentina desaparición del quiste a la intercesión del Beato Josemaría, a quien habían empezado a invocar con fe desde que fue diagnosticado, en el mes de marzo. "Inmediatamente —escriben— acudimos con confianza al Beato Josemaría, rezando insistentemente y pidiendo para nuestra hija todo el bien posible".

Cuando, el 25 de agosto, los médicos les comunicaron la desaparición inesperada e inexplicable del quiste, y por tanto la inutilidad de la operación a la que Maria Grazia estaba a punto de ser sometida, los esposos descubrieron inmediatamente la prueba de que su oración había sido escuchada: "Creemos firmemente que esos favores se nos han concedido por la intervención extraordinaria del Beato Josemaría Escrivá, a quien seguimos dirigiéndonos incesantemente, con filial confianza, en todas nuestras necesidades".


PRESENTACIÓN
Un tumor del tamaño de una naranja
Se había quedado ciego
Pudo seguir con su vocación
Ya come sin dificultad
Un atentado y un cáncer
No podía tener más hijos
No hizo falta amputar
Una claridad tremenda
Dejó las muletas al cabo de diez años
La fe de una madre
Desapareció sin dejar rastro
Una pesadilla que duró once horas
No perdió la mano
Un "imposible" llamado Josemaría
En estado terminal
Sucedió en una noche
Le daban tres meses de vida
Las manos de un cirujano