Esperando el fin de la guerra

Índice. Biografía de San Josemaría. Tomo II. Andrés Vázquez de Prada

Las fechas corrían veloces para el Padre, pero el esperado acontecimiento del fin de la guerra se retrasaba. Se le veía inquieto por la situación creada en los últimos meses, en que ni podía ir al frente a visitar a su gente, ni sus hijos disfrutaban de permiso para presentarse en Burgos.

Se habla mucho —escribía a Ricardo— de que la guerra está para acabarse de un momento a otro; pero, si se prolonga, soy partidario de poner casa aquí o en el Congo; pero, ¡ponerla! Tal como estamos, se gasta un dineral y no se puede hacer el trabajo. Pienso que es un accidente el lugar: si no en Burgos, aunque sea en Belchite. Se pasa de la raya esto de vivir un año en hoteles.

Hoy comienzo una novena de oración y sacrificio (poquito sacrificio), para obtener del Señor luces inmediatas, medios: porque hay que acabar con esta interinidad que esteriliza muchos esfuerzos... y sale cara. Ayúdame |# 286|.

A Burgos llegaban noticias sobre el derrotismo que reinaba en la zona republicana. Esto no le servía al Padre de mucho consuelo, cuando consideraba los padecimientos de la población de Madrid, y de todos los de su familia, después de dos años de cerco. Tampoco podía imaginarse el hambre cruel que pasaban en la actualidad. Porque desde que salieron de Madrid en 1937 para pasarse por los Pirineos, la situación había empeorado considerablemente. Ahora Isidoro y Santi, como dos mendigos, iban de cuartel en cuartel, haciendo cola en los repartos de rancho. Afortunadamente José María González Barredo se las ingeniaba para conseguir en las oficinas militares unos vales, para soldados de tránsito en Madrid; y gracias a eso podía llevar algún panecillo a casa. Mientras por otro lado, Carmen, que también arrastraba una vida dura, hacía horas de cola para obtener una miserable ración de comestibles |# 287|.

Si en el mes de octubre estuvo el Padre bien acompañado, en diciembre se hallaba solo con Paco Botella. José María Albareda residía ahora en Vitoria; y Álvaro se había ido a Fuentes Blancas, cerca de Burgos, a hacer unos cursillos de Alféreces Provisionales. También seguían otros cursos similares Vicente y Eduardo. En cuanto a Pedro Casciaro, al ser nombrado el general Orgaz Jefe del Ejército de Levante, se había trasladado con el Cuartel General a Calatayud, provincia de Zaragoza.

Tan pronto se enteró el hotelero de que en aquel cuarto del hotel Sabadell no dormirían más que dos señores, sin hacer indagaciones, ni dar aviso, puso inmediatamente a otros dos huéspedes en las dos camas vacías. En vista de lo cual, a la mañana siguiente, que era la del 10 de diciembre, escribía el Padre a José María Albareda —son sus palabras— una carta breve, pero muy divertida. He aquí el meollo de la situación:

Vino Paco, le conté lo que había, y se indignó... Realmente no había motivo, pero yo también tenía una rabieta soberana.

Mi rabieta procedía de pensar que, si se hubiera enviado a su tiempo, cuando yo lo dije, a Ávila, el montón de cosas que de momento no necesitamos, ahora tendría más libertad de movimientos. Porque, ¿dónde voy con tanta impedimenta de libros, ropa y —como diría Juan— marranaditas?

Nos acostamos antes de que vinieran los huéspedes y nos hemos levantado a las siete: no sé, por tanto, qué cara tienen.

Esto no podía seguir así: ni trabajar, ni llevar nuestra correspondencia, ni tener con libertad una visita, ni dejar confiadamente los papeles de nuestros negocios en la habitación..., ni un minuto de esa bendita soledad que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior... Además: cada día gente distinta. ¡Imposible! |# 288|.

Ante lo insostenible de la situación, una semana antes de la Navidad se mudaron con todos sus bártulos a una casa de huéspedes, un tercer piso de la calle Concepción, número 9; vivienda vieja y sin ninguna comodidad. La zona de que disponían era un cuartito de estar, el dormitorio del Padre y una alcoba con la cama de Paco. Pagaban cinco pesetas al día, más veinticinco céntimos para el carbón del brasero de una mesa camilla. La decoración era horrenda. Lo peor era la inexistencia de un cuarto de aseo. Por las mañanas tenían que utilizar el grifo de la cocina, después de un arreglo de horario con la patrona, mujer de trato áspero y nombre excepcional. (Se llamaba María de la Iglesia, aunque, para abreviar, la conocían como María de la I.).

En vísperas de Navidad se dedicó el Padre a felicitar las Pascuas a sus hijos:

Jesús te me guarde, Juanito.

[...] Hoy escribo a toda la familia. Pocas cartas, porque somos pocos. Me acongoja pensar que por mi culpa. ¡Oh, qué buen ejemplo quiero —eficazmente— dar siempre! Ayúdame a pedir perdón al Señor, por todos los que di malos, hasta ahora.

No te olvides de nuestra gente de la zona roja. ¿Quieres creer que me dan envidia, en su plan de catacumbas? No sabemos nada.

¡Felices Pascuas!

Mi bendición

Mariano |# 289|.

Y, en la carta a Ricardo, con toda sencillez, echaba una rápida ojeada a su vida interior:

Ya estoy optimista, contento, lleno de confianza. ¡Es tan bueno!

En estos días, ayúdame a pedirle: perseverancia, alegría, paz, espíritu de sangre, hambre de almas, unión...: para todos.

¡Ay, Ricardo, qué bien andaría la cosa si tú y yo —¡y yo!— le diéramos todo lo que nos pide!

Oración, oración y oración: es la mejor artillería |# 290|.

En la mesa camilla, al calor del brasero de María de la I., continuaba ampliando el Padre las Consideraciones espirituales, escribiendo cartas o pasando a máquina notas, hojas de noticias o el relato manuscrito de Álvaro: "De Madrid a Burgos, por Guadalajara", al que puso un hermoso prólogo:

Aventuras que apenas llenan cinco meses, pero que tienen el jugo y la plenitud de tres vidas jóvenes, que pusieron empeño en salir del infierno de la España roja, para mejor servir en este lado Nacional los designios de Dios.

Alguna palabra de miliciano marxista se escapa, en el curso de la relación. La dejaremos, como autenticidad del relato.

Que la fe sobrenatural, que acompañó firme a los protagonistas, se meta en el corazón de quienes esto lean.

Y todos habremos salido ganando.

Burgos, enero de 1939 |# 291|.

Cuando el Padre releía ese diario de evasión, al tocar constantemente la ayuda sobrenatural que habían recibido sus hijos, se pasmaba. Hacía oración. Le venían lágrimas de arrepentimiento: le he dicho al Señor —escribía a Álvaro y Vicente— que no consienta que yo deshaga con mis malos ejemplos —¡pecador!— lo que Él tan hermosamente ha hecho en vosotros |# 292|.

Se cumplía justamente un año desde su llegada a Burgos cuando, con fecha 9 de enero de 1939, escribía otra Carta Circular a sus hijos, haciendo balance de su actuación y del fruto apostólico.

Pero, antes —les dice—, quiero anticiparos en una palabra el resumen de mi pensamiento, después de bien considerar las cosas en la presencia del Señor. Y esta palabra, que debe ser característica de vuestro ánimo para la recuperación de nuestras actividades ordinarias de apostolado, es Optimismo.

Es verdad que la revolución comunista destruyó nuestro hogar y aventó los medios materiales, que habíamos logrado al cabo de tantos esfuerzos.

Verdad es también que, en apariencia, ha sufrido nuestra empresa sobrenatural la paralización de estos años de guerra. Y que la guerra ha sido la ocasión de la pérdida de algunos de vuestros hermanos...

A todo esto, os digo: que —si no nos apartamos del camino— los medios materiales nunca serán un problema que no podamos resolver fácilmente, con nuestro propio esfuerzo: que esta Obra de Dios se mueve, vive, tiene actividades fecundas, como el trigo que se sembró germina bajo la tierra helada: y que, los que flaquearon, quizá estaban perdidos antes de estos sucesos nacionales |# 293|.

Señala luego la buena acogida de la Obra por las autoridades eclesiásticas y los avances en el apostolado:

¿Qué ha hecho el Señor, qué hemos hecho con su ayuda, durante el año que ha transcurrido? Se ha mejorado la disciplina de todos vosotros, innegablemente. Se está en contacto con toda la gente de San Rafael, que responde de ordinario mejor de lo que podíamos esperar. Se han hecho amistades que han de servir, sin prisa, a su hora, para la formación de centros de S. Gabriel. Los Prelados acogen con cariño la labor nuestra que pueden conocer. Y mil cosas pequeñas: petición de libros, hojas mensuales, ornamentos y objetos para el Oratorio. Y más: mayores posibilidades de proselitismo; conocimiento del ambiente de ciertas poblaciones, que facilitará la labor de S. Gabriel; amistad —con algunos honda— con bastantes catedráticos, a quienes antes no se trataba.

Les declara a continuación los medios: ¿Medios? Vida interior: Él y nosotros; y cómo obtenerlos:

Tendremos medios y no habrá obstáculo, si cada uno hace de sí a Dios en la Obra un perfecto, real, operativo y eficaz entregamiento.

Hay entregamiento, cuando se viven las Normas; cuando fomentamos la piedad recia, la mortificación diaria, la penitencia; cuando procuramos no perder el hábito del trabajo profesional, del estudio; cuando tenemos hambre de conocer cada día mejor el espíritu de nuestro apostolado; cuando la discreción —ni misterio, ni secreteo— es compañera de nuestro trabajo... Y, sobre todo, cuando de continuo os sentís unidos, por una especial Comunión de los Santos, a todos los que forman vuestra familia sobrenatural.

Finalmente, les pide un recuerdo lleno de cariño para los que continúan en zona republicana:

Y me despido con palabras de San Pablo a los de Filipo, que parecen escritas para vosotros y para mí: "Doy gracias a Dios cada vez que me acuerdo de vosotros, rogando siempre con gozo por todos vosotros, en todas mis oraciones, al ver la parte que tomáis en el Evangelio de Cristo desde el primer día hasta el presente, porque yo tengo una firme confianza, que quien ha empezado en vosotros la buena obra, la llevará a cabo..." (I, 3-6) |# 294|.

¿Qué amarguras, qué obstáculos podían detenerlos si estaban bien unidos, Padre y hermanos, plenamente por Cristo, con Cristo y en Cristo? Y, sin embargo, para el Fundador era una auténtica necesidad física tener a su lado un par de hijos suyos que colaborasen con él para hacer la Obra. Ya antes de mudarse a la pensión, cuando corría el riesgo de quedarse solo en Burgos, esperaba que algunos de ellos fueran destinados allí; y si fueran Juan y Álvaro a Valladolid, yo me iría también, aseguraba |# 295|. Conocía a fondo a cada uno de sus hijos y buscaba en ellos apoyo. Nada tiene, por tanto, de sorprendente que sintiera llegado el momento de escoger a uno de ellos para formarle en las tareas de gobierno. En cambio, es en extremo conmovedor el ver, por entre la correspondencia de esos primeros meses de 1939, cómo asoma la mano de Dios, que conduce, ágil y certeramente, la voluntad del Fundador al encuentro de un firme apoyo filial |# 296|.

Mientras Álvaro estuvo en Fuentes Blancas y, más tarde, en Cigales, un pueblecito de Valladolid, se escapaba con frecuencia a Burgos para ver al Padre. De paseo por la ribera del Arlanzón, o arrimados a la camilla del cuarto, reanudaban aquellas largas conversaciones sobre la Obra, de colchoneta a colchoneta, mantenidas en las largas noches del Consulado de Honduras. Buscaba el Padre su compañía:

Burgos — 19-I-939

Jesús te me guarde.

Mi muy querido Álvaro: Casi no puedo coger la pluma, porque tengo las manos heladas. Pero me he propuesto escribirte y lo hago.

[...] No sé qué decirte por carta: en cambio, cuando te vea, te diré muchas cosas que te gustarán. ¡Hay tantas cosas grandes por hacer! No es posible poner obstáculos, con puerilidades, impropias de hombres hechos y derechos. Te aseguro que de ti y de mí espera Jesús muchos y buenos servicios. Se los haremos, sin dudar |# 297|.

A Álvaro le bautizó Saxum, esto es, Roca |# 298|. Lo de roca era algo más que epíteto feliz. Era una palabra con alma, cuyo sentido desmenuzaba, saboreaba y reconocía el Padre, como se lee en carta de marzo:

Jesús te me guarde, Saxum.

Y sí que lo eres. Veo que el Señor te presta fortaleza, y hace operativa mi palabra: saxum! Agradéceselo y séle fiel, a pesar de... tantas cosas.

[...] ¡Si vieras, qué ganas más grandes tengo de ser santo, y de haceros santos! Te abrazo y te bendigo.

Mariano |# 299|.

* * *

Si la decisión de salir de Madrid en 1937 le costó sangre, y no podía evitar que le siguiera dando vuelcos el corazón, ¿qué no sentiría al avecinarse el regreso? Le comía la impaciencia. Se le adelantaban la imaginación y el deseo. Y hasta se le escapaba algún que otro: ¡Qué harto estoy de Burgos! |# 300|.

Esto se acaba, repetía esperanzado, de tiempo atrás. Porque Madrid se había convertido para él en una atrayente obsesión, en la puerta de entrada al futuro prometido: ¡Madrid!: incógnita, que miro con optimismo, porque todo lo mueve mi Padre-Dios. Fiat. Aun viviendo esta certeza, sospechaba que allí, en la capital, se iba a encontrar con un verdadero desastre, humanamente hablando |# 301|.

Doña Dolores, como todo el mundo, estaba ya harta de la guerra. Así lo daba a entender Isidoro en la primavera de 1938: la abuela «está un poco disgustada y nerviosa con la tardanza del abuelo en venir» |# 302|. ¿Qué no sentiría ahora? Pero don Josemaría, en ese duro período de separación, estuvo siempre unido a los suyos y los tenía a todos presentes a diario en su misa y oraciones. Es más, previendo la instalación de una nueva residencia en Madrid, escribía a Paco Botella:

Pienso en todos: en los de la zona roja, de modo especialísimo. Cuando escribas a los demás —a todos— di que pidan al Señor que nos conserve a la abuela: veo, con luz meridiana, que la necesitamos |# 303|.

Y con la misma fecha de esta carta —13 de febrero, víspera del aniversario de la fundación de mujeres— hacía llegar desde Vitoria el latido de su corazón a todos sus hijos:

Para Álvaro y Vicente.13 de febrero — 1939.

Jesús bendiga y me guarde a mis hijos.

¡Criotes! Hoy, vísperas de uno de los días de acción de gracias —quizá pase inadvertido, para casi todos—, me acuerdo de cada uno con más intenso pensar y querer: siento en mis entrañas ansias de pediros perdón, por los malos ejemplos que he podido daros y las flaquezas y miserias de este abuelo, que os hayan podido escandalizar. Pasaré la noche entera junto al Señor, en la capilla de Palacio, y... no queráis saber las locuras que nos vamos a decir y lo que he de murmurar de todos vosotros.

¡Vicentín!: pide por tu Padre.

Saxum!: confío en la fortaleza de mi roca.

Os bendice

Mariano |# 304|.

Las locuras que nos vamos a decir... Nunca mejor descrita su avidez de enamorado en conversación con el Señor: de tú a Tú, como explica a Ricardo en carta de la misma fecha:

¡Jesús te me guarde!

Tengo necesidad de escribiros a todos, hoy, vísperas de un día de acción de gracias... ¿Quién se acordará? Pasaré la noche entera junto al Señor, en la capilla de este Palacio Episcopal, ya que ha sido tan bueno Él, que... se me ha puesto a tiro. ¡Ojalá le en el Corazón! |# 305|.

Con esa fecha concluía también la campaña de Cataluña. El presidente de la República, Manuel Azaña, y la mayor parte de las autoridades civiles, habían abandonado España poco antes. El ejército republicano de Cataluña había repasado la frontera y estaba internado en los campos franceses de refugiados. Comenzaban los tanteos oficiales para la rendición.

Previendo la entrada en Madrid, el Padre había hecho con tiempo sus preparativos. En el palacio episcopal de Ávila tenía ya depositadas cajas de libros y un baúl con objetos y ornamentos litúrgicos |# 306|. Con un año de anticipo había obtenido permiso de las autoridades eclesiásticas para entrar en Madrid "inmediatamente" después de su liberación; asunto que le arregló el Vicario General, don Casimiro Morcillo |# 307|. Por lo que hace a los salvoconductos militares, su encuentro con Enrique Giménez-Arnau, compañero de la Facultad de Derecho en Zaragoza, y con José Lorente, Subsecretario del Interior, facilitaron la obtención de salvoconductos para él y para Paco, Álvaro y José María Albareda. Los de Ricardo y Juan se los proporcionó el general Martín Moreno |# 308|.

Y no se olvidó del hambre madrileña. Compró unas cestas de mimbre y las fue llenando de latas de conserva |# 309|.

Notas

286. Carta a Ricardo Fernández Vallespín, desde Burgos, en EF-381010-3.

287. Santiago Escrivá de Balaguer y Albás, RHF, T-07921, p. 28.

288. Carta a José María Albareda Herrera, desde Burgos, en EF-381210-1. "Marranaditas" llamaba Juan Jiménez Vargas a los objetos de uso personal, no estrictamente necesarios en el frente.

289. Carta a Juan Jiménez Vargas, desde Burgos, en EF-381224-1.

290. Carta a Ricardo Fernández Vallespín, desde Burgos, en EF-381223-2.

291. RHF, D-15376.

292. Carta a Vicente Rodríguez Casado y a Álvaro del Portillo, desde Burgos, en EF-390323-8.

293. Carta circular a sus hijos, desde Burgos, en EF-390109-1.

294. Ibidem.

295. Cfr. Cartas a José María Albareda Herrera y a Mons. Santos Moro Briz, las dos desde Burgos, en EF-381210-1 y EF-381224-2, respectivamente.

296. Es precisamente en esta época, y no en otra, cuando el cariño del Padre para con sus hijos desborda en epítetos y apelativos. Cfr. Cartas a Pedro Casciaro Ramírez, desde Vitoria, a Ricardo Fernández Vallespín, y a Juan Jiménez Vargas, desde Burgos, en EF-390213-3, EF-390200-2 y EF-381013-3, respectivamente; etc.

297. Carta a Álvaro del Portillo, desde Burgos, en EF-390119-1.

298. El Padre buscaba en los epítetos algo que tuviese "alma", como él decía: cfr. Carta a Álvaro del Portillo, desde Burgos, en EF-390224-4.

299. Carta a Álvaro del Portillo, desde Burgos, en EF-390323-5.

300. Carta a Pedro Casciaro Ramírez, desde Burgos, en EF-390111-1.

301. Cartas a Pedro Casciaro Ramírez y a Amparo Rodríguez Casado, desde Burgos las dos, en EF-390224-3 y EF-390310-4.

302. Carta de Isidoro a los refugiados en la Legación de Honduras, 29-IV-1938, en IZL, D-1213, 348.

303. Carta a Francisco Botella Raduán, desde Vitoria, en EF-390213-2.

304. Carta a Álvaro del Portillo y Vicente Rodríguez Casado, desde Vitoria, en EF-390213-4.

305. Carta a Ricardo Fernández Vallespín, desde Vitoria, en EF-390213-5.

306. Desde Vitoria escribía a don Santos Moro: quería preguntarle, si puedo enviar a su palacio unos cajones y un baúl, para recogerlos después de entrar en Madrid (EF-390213-8). Y en Carta a Amparo Rodríguez Casado, desde Burgos (EF-390221-1), se da noticia del traslado y lista de paños blancos de altar; cfr. también EF-390321-1, dirigida a la misma persona.

307. Cfr. Cartas a don Juan Francisco Morán Ramos y a Ricardo Fernández Vallespín, desde Burgos, en EF-380303-3 y EF-380406-1.

308. Cfr. Cartas a Ricardo Fernández Vallespín y a Juan Jiménez Vargas, desde Burgos, en EF-390303-1 y EF-390303-2.

309. Cfr. Francisco Botella Raduán, RHF, T-00159/1, p. 86; Carta a Pedro Casciaro Ramírez, desde Burgos, en EF-390224-3.

 
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