Otros aspectos de la espiritualidad del Opus Dei

LA OBRA ESCRITA DE SAN JOSEMARÍA

Muy copiosa es la obra escrita del Fundador del Opus Dei. "Me llamo Escrivá y escribo", solía decir con humor.

Su talento y su buen gusto literarios son evidentes. Sus escritos revelan que cuidaba mucho la corrección gramatical y sintáctica. Su estilo era vigoroso y conciso a la vez; no trataba de deslumbrar y evitaba los recursos excesivamente afectivos. Su vocabulario era rico y utilizaba imágenes llenas de vida que recuerdan, a veces, las parábolas evangélicas.

En sus escritos, solía partir de la Sagrada Escritura (Antiguo o Nuevo Testamento), meditados con "voluntad de meterse en las escenas del Santo Evangelio para ser un personaje más" (Mons. Álvaro del Portillo). Así obtenía luces nuevas y enseñanzas prácticas directamente relacionadas con la vida de cada uno y accesibles a todos.

 

Sus textos están salpicados de citas de los Santos Padres. La mayor parte de sus obras llevan, al final, índice de citas de las Sagradas Escrituras, de los Padres y Doctores de la Iglesia y de los documentos del Magisterio, así como una tabla detallada de materias.

Camino

3.818.228 ejemplares; 272 ediciones en 39 idiomas (además de los más usuales, en árabe, armenio, vasco, catalán, croata, danés, finlandés, gaélico, griego, hebreo, húngaro, japonés, lituano, maltés, polaco, quéchua, rumano, tagalo, checo, etc.). Se han hecho también algunas ediciones en braille, para invidentes.

Publicado por primera vez en Cuenca con el título de Consideraciones espirituales (febrero de 1934), vuelve a ser editado en Valencia el año 1939 con el título de Camino y considerablemente aumentado.

La obra consta de 999 puntos de meditación (tres cifras múltiplo de tres), en honor de la Santísima Trinidad. Muchos de ellos tienen su origen en cartas escritas o recibidas por el autor, en consejos que solía dar, en confidencias de amigos o de personas que acudían a él, en consideraciones formuladas en la oración o en la lectura espiritual, en pensamientos surgidos tras la lectura de la Sagrada Escritura, etc. Es decir, que Camino es fruto de la vida interior y de la actividad pastoral del Beato Josemaría.

Con estilo directo y a menudo dialogado, presenta el cristianismo como algo vivo, no como algo "recibido", como un hecho "dado". Es decir, como una llamada que compromete toda la existencia.

El primero de los cuarenta y seis capítulos en que está dividido el libro trata del carácter, es decir, de la personalidad humana, de la necesidad de tomarse la vida en serio con ayuda de la dirección espiritual, tema del capítulo segundo. Introduciendo al lector por caminos de oración (capítulo tercero), el autor presenta la vida cristiana y humana desde los distintos ángulos que ofrece la existencia cotidiana de un cristiano corriente: presencia de Dios, vida interior, el plano de la santidad, lucha interior, estudio y trabajo, formación, virtudes humanas y sobrenaturales, cosas pequeñas... Los diferentes capítulos trazan, en suma, un itinerario de fe que culmina en las últimas páginas, que presentan la vida del cristiano como la de un hijo de Dios que se sabe llamado a participar en la misión de Cristo: vida de infancia, vocación, el apóstol, el apostolado y perseverancia.

"Monseñor Escrivá de Balaguer ha escrito más que una obra maestra" (L'Osservatore Romano): Camino, en efecto, ha sido llamado "El Kempis de los tiempos modernos". Su enorme difusión le ha permitido desempeñar un importante papel en la potenciación del valor sobrenatural de las realidades temporales y en la formación y el desarrollo de la espiritualidad secular.

Santo Rosario

(Primera edición: 1934).- 626.469 ejemplares; 99 ediciones en 19 idiomas. Consta de una serie de breves comentarios, para facilitar la meditación de los quince misterios (gozosos, dolorosos y gloriosos) que constituyen el rezo completo del Rosario. Concluye con unas breves consideraciones sobre la letanía lauretana.

El autor redactó de un tirón esta pequeña obra, durante la acción de gracias de la Santa Misa, con objeto de ayudaral lector a compartir las penas y alegrías de sus hermanos los hombres y a dirigirse con sencillez y confianza a la Virgen María, y, a través de Ella, a la Santísima Trinidad.

Porque -como dice en el prólogo- "el principio del camino que tiene por final la completa locura por Jesús es un confiado amor hacia María Santísima".

Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer

(Primera edición: 1968).- 320.390 ejemplares; 51 ediciones en ocho idiomas.

El libro recoge siete entrevistas que concedió el Fundador del Opus Dei, entre 1966 y 1968, a Le Figaro, The New York Tintes, la revista Time, L'Osservatore della Dom.enica y a varias revistas españolas (Palabra, Gaceta Universitaria, Telva).

San Josemaría responde, a menudo extensamente, a las preguntas que le hacen -a veces un tanto críticassobre la Iglesia y el Concilio -que acababa de concluir-, el Opus Dei, los derechos y libertades individuales, la vida universitaria, la mujer y la sociedad, etc.

El libro concluye con la homilía Amar al mundo apasionadamente, pronunciada por el Fundador en el campus de la Universidad de Navarra ante 40.000 personas. Esta homilía, de gran aliento espiritual, expresa de manera clara, condensada y directa, el espíritu en que se inspiran las respuestas dadas por el Beato Josemaría a los diferentes entrevistadores. En ella dice, entre otras cosas:

"El auténtico sentido cristiano -que profesa la resurrección de toda carne- se enfrenta siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu".

Es Cristo que pasa

(Primera edición 1973).- 416.061 ejemplares; 70 ediciones en doce idiomas.

El libro agrupa dieciocho homilías pronunciadas entre 1951 y 1971 en diversas fiestas distribuidas a lo largo del ciclo litúrgico. Exponen, de manera sugerente y profunda, diversos aspectos de la doctrina y de la vida cristiana. El hilo conductor es la filiación divina, que implica la llamada universal a la santidad, la santificación por el trabajo ordinario, la dignidad de la vida secular, la contemplación en medio del mundo, la unidad de vida, etc.

Amigos de Dios

(Primera edición: 1977).- 303.331 ejemplares; 49 ediciones en ocho idiomas.

Primera obra póstuma del Beato Josemaría, agrupa dieciocho homilías pronunciadas entre 1941 y 1968. Su objetivo es ayudar a vivir "la amistad con Dios" -un Dios cercano al lector-, utilizando como punto de referencia una serie de virtudes humanas y sobrenaturales.

El autor ofrece a los laicos que, por vocación específica, buscan la santidad en la vida corriente, una vida interior fundada en la presencia de Dios, la humildad, la filiación divina, la mortificación interior y de los sentidos, la transformación del trabajo en oración, la pureza y todo un conjunto de virtudes destinado a enriquecer el alma del creyente y a ayudarle a santificarse y a santificar a quienes le rodean.

En el prólogo, Mons. Álvaro del Portillo precisa que estas homilías "no son ni un tratado teórico, ni un prontuario de buenas maneras del espíritu. Contienen doctrina vivida, donde la hondura del teólogo va unida a la transparencia evangélica del buen pastor de almas... Son, pues, estas homilías una catequesis de doctrina y de vida cristiana donde, a la vez que se habla de Dios, se habla con Dios".

Vía Crucis

(Primera edición: 1981).- 334.559 ejemplares; 52 ediciones en doce idiomas.

Además de la presentación tradicional de las catorce estaciones del Vía Crucis, el libro lleva cinco puntos de meditación en cada una, sacados de la predicación del Fundador; se advierte la presencia constante de textos del Evangelio y de los Profetas.

La obra no sólo ayuda a vivir el Vía Crucis, sino que, al hilo de la Pasión del Señor, ofrece abundante material para la meditación y la vida contemplativa, con arreglo a la vía seguida por el Beato Josemaría a lo largo de su existencia terrena, que "le condujo a las más altas cimas de la espiritualidad" (Mons. Álvaro del Portillo, en el prólogo).

Surco

(Primera edición: 1986).- 325.781 ejemplares; 39 ediciones en once idiomas.

Compuesto como Camino por puntos de meditación, fruto de la vida interior del Fundador y de su conocimiento de las almas. Las virtudes humanas, presentadas como virtudes de los hijos de Dios, constituyen la trama de este libro.

El corazón de este libro puede resumirse por su punto n° 125: "No todos pueden llegar a ser ricos, sabios, famosos... En cambio, todos -sí, `todos'- estamos llamados a ser santos". Como escribió Mons. del Portillo, "Su autor va delineando el perfil del cristiano que vive y trabaja en medio del mundo, comprometido en los afanes nobles que mueven a los demás hombres y, al mismo tiempo, totalmente proyectado hacia Dios" (presentación).

Forja

(Primera edición: 1987).- 321.951 ejemplares; 28 ediciones en diez idiomas.

Consta de 1.055 pensamientos y es "un libro de fuego, cuya lectura y meditación puede meter a muchas almas en la fragua del Amor divino, y encenderlas en afanes de santidad y de apostolado".

Constituyendo una trilogía con Camino y Surco, "Forja, en definitiva, acompaña al alma en el recorrido de su santificación, desde que percibe la luz de la vocación cristiana hasta que la vida terrena se abre a la eternidad" (A. del Portillo, (presentación).

Homilías

Las homilías agrupadas en los dos títulos ya citados, así como otras sobre la Iglesia, el sacerdocio, etc., han sido editadas también por separado. La tirada global rebasa los 2.981.500 ejemplares, con 594 ediciones en doce idiomas.

La Abadesa de las Huelgas

Se trata de un estudio teológico y jurídico publicado en 1944 y reeditado en 1974 y 1988. Es una investigación profunda, realizada a partir de fuentes y documentos originales, sobre un caso extraordinario de jurisdicción cuasi-episcopal ejercida por las abadesas del célebre Monasterio de Las Huelgas (1187-1874), cerca de Burgos.

Amar a la Iglesia

(Primera edición: 1986).- 29.077 ejemplares; 9 ediciones en cinco idiomas.

Reúne homilías sobre la Iglesia y el sacerdocio.

Escritos inéditos

Son muy numerosos y tienen gran importancia para conocer más a fondo el pensamiento del Fundador y la espiritualidad del Opus Dei. Están compuestos porlibros que Monseñor Escrivá no tuvo tiempo de publicar en vida e irán apareciendo como otras tantas obras póstumas, y por cartas y otros documentos dirigidos a los miembros del Opus Dei para ayudarles en sus labores apostólicas e impulsar su vida interior.

En cuanto a la correspondencia de Monseñor Escrivá es particularmente copiosa: son miles las cartas del Fundador dirigidas a personas de toda clase, con las cuales mantuvo a lo largo de su vida un auténtico "apostolado epistolar".

Hay que añadir también cientos de homilías y charlas pronunciadas ante miembros del Opus Dei y otras muchas personas.

Películas

Lugar aparte -por su originalidad y modernidad ocupan las películas filmadas con motivo de las tertulias verdaderas catequesis- que el Fundador celebró con miles y miles de personas durante los últimos años de su vida. Constituyen un auténtico tesoro audiovisual que permite "reencontrar" al Beato Josemaría Escrivá sin haberle conocido personalmente. Lo mismo puede decirse de las filmaciones de las tertulias que también tuvo su primer sucesor, Monseñor Álvaro del Portillo.

LÍNEAS DIRECTRICES

Junto a las ideas fundamentales descritas en el cap. 2, la lectura de los diversos escritos del Fundador permite perfilar otros aspectos de la espiritualidad del Opus Dei, que, aunque pertenecientes al patrimonio común de la Iglesia Católica, tienen tonalidades y matices propios que acentúan la presencia secular en el mundo, una presencia activa y contemplativa a la vez'.

Filiación divina

Todas las enseñanzas del Beato Josemaría están impregnadas de una convicción profunda: el hombre es hijo de Dios. El Fundador experimentó personalmente esta realidad un día de verano de 1931, en un tranvía de Madrid. Mientras se preguntaba cómo podría llevar a cabo la misión que Dios le había encomendado tres años antes, el 2 de octubre de 1928, tuvo una respuesta nítida-que quedó grabada a fuego en su alma- a través de unas palabras del Salmo II: "Tú eres mi Hijo; hoy te he engendrado Yo".

Con el alma inundada de gozo, empezó a repetir en voz alta, como un niño: "Abba, Pater, Abba, Pater! Abba! Abba! Abba!".

Más tarde escribiría: "La filiación divina es una verdad gozosa, un misterio consolador. La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual, porque nos enseña a tratar, a conocer, a amar a nuestro Padre del Cielo, y así colma de esperanza nuestra lucha interior y nos da la sencillez confiada de los hijos pequeños. Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios, Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos en medio del mundo, amando al mundo".

La filiación divina se convierte así en la base sobre la que se apoya la espiritualidad del Opus Dei, de tal forma que cuando se refiere a la fe, Monseñor Escrivá habla de la fe de los hijos de Dios; cuando se refiere a la fortaleza, se trata de la fortaleza de los hijos de Dios; cuando habla de conversión, es la conversión de los hijos de Dios; etc.

Devoción a María Santísima

San Josemaría sentía una viva devoción por la Sagrada Familia de Nazaret, a la que solía llamar "la trinidad de la tierra". Veía en ella el camino que lleva a la unión con la Santísima Trinidad en cada una de las tres Personas divinas: San José nos conduce a María, María nos lleva a Jesús, quien nos eleva al Padre y al Espíritu Santo.

En San José, Patrón de la Iglesia y de los trabajadores, el Fundador veía también el patrón de ese "trabajo de Dios" había iniciado el 2 de octubre de 1928. Subrayaba vigorosamente el papel de primera importancia que el Santo Patriarca había tenido en la Sagrada Familia: "Maestro de vida interior: porque nos enseña a conocer a Jesús, a convivir con El, a sabernos parte de la familia de Dios. San José nos da esas lecciones siendo, como fue, un hombre corriente, un padre de familia, un trabajador que se ganaba la vida con el esfuerzo de sus manos".

Muy cerca de José se encuentra María, su esposa. No cabe duda de que, si hay un rasgo que domina toda la personalidad de Monseñor Escrivá de Balaguer, ese rasgo es el amor a la Santísima Virgen. Toda su vida y toda la existencia del Opus Dei están marcados por la intervención de quien es a la vez Madre de Dios y Madre de los hombres. Convencido de que "Jesús no puede negar nada a María, ni tampoco, a nosotros, hijos de Su misma Madre", el Fundador invitaba a "poner a María en todo y para todo" y a pasar siempre por Ella para ir y volver a Jesús.

En María, el Fundador veía también a la mujer que llevó una vida semejante a la de miles de mujeres entregadas a las faenas domésticas y a la educación de sus hijos. "Eso hace que María santifique hasta el más pequeño detalle, hasta lo que muchos consideran equivocadamente como insignificante y sin valor: el trabajo de cada día, la atención a las personas amadas, las conversaciones y las visitas de parientes y amigos". Lo cual hacía exclamar al Beato Josemaría: " Bendita normalidad, que puede estar llena de tanto amor de Dios!".

Unidad de vida

Ser cristiano no es sólo un título de nobleza; implica ser sal y luz para todos los hombres (llamada al apostolado). No es algo accidental, sino una realidad divina surgida del bautismo que ayuda a comportarse como Dios quiere (llamada a la santidad); no obrar movidos por la ambición o por otros motivos más nobles, como la filantropía o la compasión, sino "discurrir hacia el término último y radical del amor que Jesucristo ha manifestado al morir por nosotros" (libertad y responsabilidad).

Sería impropio reducir el cristianismo a un conjunto de prácticas de piedad "sin percibir su relación con las situaciones de la vida corriente, con la urgencia de atender a las necesidades de los demás y de esforzarse por remediar las injusticias".

El cristiano consecuente, tal como el Fundador del Opus Dei lo ve, no lleva una doble vida: una vida de fe en ciertos momentos, unas cuantas prácticas de piedad a salto de mata, y luego, por otra parte, una vida pagana: la del trabajo, el descanso, las diversiones... Debe lograr una "unidad de vida sencilla y fuerte" que le haga cristiano "de una pieza". Así podrá afrontar los problemas sociales con competencia profesional, sin improvisaciones ni diletantismo, y, mediante la conversión interior, influir sobre las estructuras sociales y reformarlas si se juzga necesario. Con este espíritu, Monseñor Escrivá aconsejaba formar bien a los más necesitados, para que fueran ellos los propios artífices de su promoción social, respetando íntegramente su dignidad personal. "Es con nuestro esfuerzo por ser mejores, por vivir un amor que aspira a ser puro, por dominar el egoísmo, por entregarse del todo a los demás y hacer de nuestra existencia un servicio constante" como se manifiesta Cristo y se alcanza la contemplación. Se llega a no poder distinguir "dónde acaba la oración y dónde comienza el trabajo, porque nuestro trabajo es también oración, contemplación".

Santa Misa

La presencia de Dios continua en medio de las ocupaciones ordinarias proviene, sobre todo, de la participación en el santo sacrificio de la Misa, considerado no sólo como la renovación incruenta del Sacrificio de Cristo en el Calvario, sino también como una acción de cada bautizado, estrechamente unido a su Redentor. Del sacerdocio común de los fieles -esencialmente distinto del sacerdocio ministerial-, participación del sacerdocio de Cristo, se deriva el que éstos tengan "alma sacerdotal", capaz de transformar toda la vida en una continua alabanza a Dios, de tal forma "que nuestra vida sea una continuación de la última Misa, y una preparación para la siguiente", una Misa "que dura veinticuatro horas".

La Misa se convierte así en "el centro y la raíz de la vida interior", expresión que el Concilio Vaticano II hará suya y que pone de relieve que toda la vida debe transformarse en un verdadero sacrificio para alcanzar la identificación con Cristo. La Misa suministra energía divina para el trabajo, para la santidad y para el apostolado.

Los miembros del Opus Dei se esfuerzan por armonizar su alma sacerdotal con su mentalidad laical: "Con mentalidad plenamente laical, ejercitáis este espíritu sacerdotal, al ofrecer a Dios el trabajo, el descanso, la alegría y las contrariedades de la jornada, el holocausto de vuestros cuerpos rendidos por el esfuerzo del servicio constante", con el alma siempre orientada hacia el Sagrario, "prisión de amor", donde Jesús nos "espera desde hace veinte siglos".

Oración

La oración es la única arma, el medio más poderoso para vencer en las batallas de la vida interior. Sin ella, sería imposible obtener nada.

San Josemaría Escrivá quería que fuese "la auténtica oración de los hijos de Dios, no la palabrería de los hipócritas"; es decir, una conversación con Dios, presente en el centro del alma, impregnada de sencillez y de amor: "Los hijos de Dios no necesitan un método cuadriculado y artificial, para dirigirse a su Padre". Se advierte aquí también el eco de ese "i viva la libertad!" que acentuaba tantas afirmaciones del Fundador. "El amor es inventivo, ingenioso; si amamos, sabremos descubrir caminos personales, íntimos, que nos lleven a este diálogo continuo con el Señor".

A veces, la oración se alimenta de actos de amor, de oraciones jaculatorias, de un pasaje del Evangelio. Es preciso frecuentar a Cristo en el Pan y en la Palabra, en la Eucaristía y en la oración, "y tratarlo -insistía el Beato Josemaría- como se trata a un amigo, a un ser real y vivo como Cristo lo es, porque ha resucitado". ¡Y el Amigo no puede esperar! No hay ocupación más urgente que permanecer fiel a una cita de amor.

San Josemaría Escrivá presenta la mortificación como la oración del cuerpo; una mortificación y una penitencia que son indispensables para obrar rectamente, que constituyen "la sal de nuestra vida". Sin ellas es imposible ser alma de oración. El Fundador invitaba a establecer la siguiente jerarquía de valores: "Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en "tercer lugar, acción".

Aunque San Josemaría practicó mortificaciones muy severas, solía decir que la mejor mortificación se encuentra en pequeñas cosas que surgen a lo largo de la jornada y que hacen la vida más agradable a los demás.

"Tú no serás mortificado -dejó escrito- si eres susceptible, si estás pendiente sólo de tus egoísmos, si avasallas a los otros, si no sabes privarte de lo superfluo y, a veces, de lo necesario; si te entristeces, cuando las cosas no salen según las habías previsto. En cambio, eres mortificado si sabes hacerte todo para todos, para ganar a todos".

El Fundador puso infinidad de ejemplos prácticos: cumplir con exactitud el horario previsto; no retrasar, sin motivo, las tareas más duras; dedicar el tiempo justo a cada cosa; tratar a los demás con la mayor caridad, empezando por los que nos rodean; responder con paciencia a los cargantes y a los inoportunos; ocuparse con alegría de los enfermos y de los afligidos; interrumpir y modificar los propios planes cuando lo requiere el bien de los demás; soportar con buen humor las pequeñas contrariedades de cada jornada; terminar bien el trabajo emprendido, aunque haya desaparecido el entusiasmo inicial; no aferrarse a los propios proyectos; reprender siempre que sea preciso, en proporción a la naturaleza del error y a las características de quien necesita esa ayuda...

Invitaba también a vivir la mortificación interior, "para que nuestras conversaciones no giren en torno a nosotros mismos, para que la sonrisa reciba siempre los detalles molestos, (que puede ser, a veces, la mejor muestra de espíritu de penitencia), para hacer la vida agradable a quienes nos rodean".

A ejemplo del Fundador, los miembros del Opus Dei procuran cultivar el espíritu de mortificación para purificarse y obtener un progreso espiritual seguro y duradero; para prepararse a hacer apostolado y que sea eficaz; y para mostrar con hechos su amor a Cristo, que quiso morir en la Cruz por amor a los hombres. La mortificación así concebida es algo alegre; la lucha interior se convierte en un "ascetismo sonriente", pues la renuncia al propio yo conduce a la Cruz, donde se encuentra Cristo con los brazos abiertos para acoger a todo el mundo: "Si buscas a Cristo, ¿quieres señal más segura que la Cruz para saber que le has encontrado?". Cuando la Cruz se concibe no como instrumento de tortura, sino como "trono triunfal" sobre el que el Redentor vence a la muerte, al pecado y al demonio, el horizonte cambia por completo.

"¿No es verdad que en cuanto dejas de tener miedo a la Cruz, a eso que la gente llama cruz, cuando pones tu voluntad en aceptar la Voluntad divina, eres feliz, y se pasan todas las preocupaciones, los sufrimientos físicos o morales?".

Vida oculta

El espíritu del Opus Dei tiende a imitar los treinta años de la vida oculta del Señor, en los cuales se pone especialmente de manifiesto la santísima Humanidad de Cristo; unos años que fueron ya redentores y abarcaron la mayor parte de la vida terrena de Jesús. El Evangelio habla poco de ellos y, tal vez por eso, a primera vista pudiera parecer que no tienen importancia. Sin embargo, el Beato Josemaría insiste en. que "fueron años intensos de trabajo y de oración en los que Jesucristo llevó una vida corriente -como la nuestra, si queremos- divina y humana a la vez". Lo cual pone de manifiesto que nada es inútil o indiferente en la vida del cristiano. La vida de la Sagrada Familia, en Belén o en Nazaret, estaba constituida por pequeñas y humildes tareas domésticas, pero hechas con amor. Así, pues, -decía Monseñor Escrivá- hay que hacerlo todo por amor: "Así no hay cosas pequeñas: todo es grande. La perseverancia en las cosas pequeñas por Amor, es heroísmo".

Durante aquellos años, Jesús permanece sometido a María y a José, dos criaturas, las más perfectas sin duda que hayan existido, pero inferiores a El. Actitud de obediencia cristiana que el Beato Josemaría percibe claramente y que le lleva a escribir: "Obedecer siempre es ser mártir sin morir".

Para obedecer hace falta ser humilde. La grandeza de Dios se oculta en un establo, bajo unos pañales. "Dios se humilla para que nosotros podamos acercarnos a Él (...), para que nuestra libertad se rinda no sólo ante el espectáculo de su poder, sino ante la maravilla de su humildad". De aquí el que la humildad sea como la piedra de toque de la vida interior; de quien aprende a conocerse un poco y sabe que, a menudo, no es más que un instrumento rebelde en manos de Dios.

La vida oculta de Jesús estuvo marcada también por la pobreza. El Fundador del Opus Dei señaló cuáles habían de ser sus características para personas que, permaneciendo en el mundo, tienen que servirse de los bienes materiales. Invitando a sus hijos a tomar como norma práctica de conducta la de "un padre de familia numerosa y pobre", les decía que "no consiste la verdadera pobreza en no tener, sino en estar desprendido, en renunciar voluntariamente al dominio sobre las cosas". Y precisaba que no hay que confundir pobreza con suciedad o con mal gusto, como no lo confundió el Señor: "El Salvador usaba una túnica de una sola pieza, comía y bebía igual que los demás (...) y a nadie se le ocultaba que se había ganado el sustento durante muchos años, trabajando con sus propias manos (...) Te diría, en pocas palabras, que hemos de ir con la ropa limpia, con el cuerpo limpio y, principalmente, con el alma limpia".

La Iglesia y el Papa

"Cristo. María. El Papa. ¿No acabamos de indicar, en tres palabras, los amores que compendian toda la fe católica?". Así escribía el Fundador del Opus Dei en 1934.

Cuando llegó a Roma por primera vez, Monseñor Escrivá se alojó en un inmueble desde el que podía distinguir la ventana del despacho donde trabajaba el Papa Pío XII y, viéndola iluminada, pasó toda la noche rezando por el Santo Padre, del cual se sentía muy próximo. Todos los papas fueron conscientes -y agradecieron- ese afecto, avalado con la oración y las privaciones. Pablo VI, por ejemplo, en una carta autógrafa dirigida al Fundador, hablaba del "ferviente amor a la Iglesia y a su cabeza visible" que caracteriza al Opus Dei.

La veneración que sentía por el "vice-Cristo" le llevaba a pedir con insistencia oraciones por el Papa "sea quien sea", a instalarse en Roma y a abrir centros internacionales de formación para "romanizar" a sus hijos y a todo el Opus Dei, poniendo así de manifiesto su universalidad, inscrita ya en el carisma fundacional.

"¡Qué alegría poder decir con todas las veras de mi alma: amo a mi Madre, la Iglesia Santa!". Muchas personas que conocieron al Beato Josemaría han testimoniado la realidad de esta convicción profunda, vivida hasta sus últimas consecuencias, que le llevó a ofrecer su vida para que el Señor se dignara poner término al período de pruebas que la Iglesia estaba atravesando.

Había inculcado a sus hijos un principio básico: "servir a la Iglesia como ella quiere ser servida", estando siempre muy unidos a los obispos en comunión con la Sede Apostólica. Reprendía a los que criticaban a la Iglesia -sobre todo cuando formaban parte de ella-, cometiendo así la grave injusticia de "airear como culpa de la Madre, las miserias de algunos de los hijos".

EL MATRIMONIO, VOCACIÓN CRISTIANA

Dignidad del matrimonio

Aunque defendió siempre las enseñanzas de la Iglesia respecto a la superioridad del celibato apostólico, el Fundador del Opus Dei abrió de hecho una vía nueva: "¡Qué ojos llenos de luz he visto más de una vez, cuando -creyendo, ellos y ellas, incompatibles en su vida la entrega a Dios y un amor humano noble y limpio- me oían decir que el matrimonio es un camino divino de la tierra!". Así hablaba Monseñor Escrivá, consciente de que "el Opus Dei ha hecho del matrimonio un camino divino, una vocación".

Para un cristiano, el matrimonio no es una simple institución social y menos aún un remedio para las debilidades humanas. Es una auténtica vocación sobrenatural, santificable en todos sus aspectos. Dios ha otorgado al cuerpo la posibilidad de participar de Su poder creador y ha querido servirse del amor conyugal para traer nuevos seres al mundo. Por eso, el Beato Josemaría afirmaba que la sexualidad "no es una realidad vergonzosa, sino una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida, al amor, a la fecundidad". En este marco, la vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, los esfuerzos por mejorar las condiciones materiales del hogar, las relaciones con los demás, son tantas situaciones humanas corrientes a las que los esposos cristianos deben imprimir un carácter sobrenatural.

Matrimonio y vida cotidiana

El Fundador soñaba con unos "hogares cristianos, luminosos y alegres" no turbados por las inevitables dificultades de la vida, porque el cariño mutuo era capaz de superarlas, pues es precisamente en la adversidad cuando el afecto y la entrega a los demás se fortalecen y se muestran con todo su vigor.

Para que se dieran cuenta de las implicaciones prácticas del amor conyugal, el Fundador del Opus Dei, cuando recibía a un matrimonio, solía preguntar al marido -y luego a la mujer- si amaba a su cónyuge también con sus defectos, siempre que éstos no ofendieran a Dios. Si la respuesta era dudosa o poco convincente, les hacía notar, sonriendo, que su amor era todavía imperfecto.

Por otra parte, San Josemaría exhortaba incansablemente a sus oyentes "a no cegar las fuentes de la vida, a tener sentido sobrenatural y valentía para llevar adelante una familia numerosa, si Dios se la manda".

En su predicación, subrayaba siempre el papel insustituible que tienen los padres en la educación de sus hijos, una tarea que no pueden cargar sobre los demás, ni siquiera sobre la escuela, ya que los padres educan fundamentalmente con su ejemplo. El Fundador les exhortaba, por eso, a que sus hijos, desde pequeños, les vieran conducirse con arreglo a la fe que profesaban. Así, "el niño aprende a colocar al Señor en la línea de los primeros y más fundamentales afectos; aprende a tratar a Dios como Padre y a la Virgen como Madre".

Respeto a la vocación de los hijos

El Fundador solía llamar al cuarto mandamiento de la Ley de Dios "dulcísimo precepto del Decálogo", poniendo así de relieve la importancia que se da, en la espiritualidad del Opus Dei, a las obligaciones de los hijos respecto a quienes los han engendrado.

Por otra parte, la libertad de los hijos y sus propias obligaciones pueden a veces contrariar los proyectos legítimos de sus padres. Estos deben orientarlos en la vida y aconsejarlos en la elección de la profesión y de su estado, pero deben también respetar la vocación de sus hijos. Un cristiano que trata de santificarse en su propio estado, como esposo o como esposa, y que es consciente de la grandeza de su propia vocación, debe ser consciente también de la grandeza de la llamada a vivir el celibato apostólico y alegrarse si alguno de sus hijos recibe esa vocación.

Los padres, añadía San Josemaría, tienen que evitar la tentación de querer proyectarse indebidamente en sus hijos y aceptar que se desvanezca la "novela" que habían forjado en torno a ellos. Cuando los padres son incapaces de comprender y aceptar la entrega a Dios de sus hijos, "pienso -decía- que han fracasado en su misión de formar una familia cristiana, que ni siquiera son conscientes de la dignidad que el cristianismo da a su propia vocación matrimonial".

Por otra parte, estaba convencido de que la mayoría de los hijos deben su propia vocación a sus padres. Y lo explicaba así: "Si les hubieseis educado para que fuesen criminales, estarían en la cárcel. Pero les habéis educado para que sean hijos de Dios y Dios los ha tomado, y los ha aceptado".

EL SACERDOCIO Y LA SANTIDAD

Dignidad del sacerdocio

Durante toda su vida, el Beato Josemaría prestó una atención particularísima a los sacerdotes convencido de que nunca se iban solos al cielo o al infierno. Preocupado por su formación, no ahorraba esfuerzos para ayudar a sus hermanos en el sacerdocio ni para preparar para el sacerdocio a algunos de sus hijos, hasta tal punto que llegó a preparar cerca de mil, número en verdad notable.

El sacerdocio es un estado que tiene una dignidad única, incomparable. Mediante el Sacramento del Orden, el sacerdote puede "prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser", celebrar la Santa Misa in persona Christi, ser instrumento inmediato y cotidiano de la gracia salvífica ganada por Cristo en la Cruz. El sacerdote es el intermediario indispensable entre Dios y los hombres para que éstos puedan santificarse. Ahora bien, no debe olvidar jamás que también él está llamado a la santidad, lo mismo que los laicos.

Misión del sacerdote

Sin tratar jamás de ponerse como ejemplo, el Beato Josemaría solía decir que era un sacerdote que no hablaba más que de Dios. Tal era, para él, la misión fundamental del sacerdote: hablar de Dios y llevarlo a los hombres. A aquellos miembros del Opus Dei que recibían las sagradas órdenes tras una vida profesional a menudo cuajada de frutos, les recordaba que se habían hecho sacerdotes para servir y no para brillar o para mandar.

Ya ordenados, los sacerdotes del Opus Dei abandonan su propia profesión para entregarse de lleno a su nueva "labor profesional, a la que dedican todas las horas del día, que siempre resultarán pocas".

Tras precisar que no conocía malos sacerdotes -admitía a lo sumo que algunos estaban un poco "enfermos"-, el Fundador lamentaba que hubiese "sacerdotes que, en lugar de hablar de Dios, que es de lo único que tienen obligación de tratar, hablan de política, de sociología, de antropología. Como no saben una palabra, se equivocan; y además, el Señor no está contento. Nuestro ministerio es predicar la doctrina de Jesucristo, administrar los sacramentos y enseñar el modo de buscar a Cristo, de encontrar a Cristo, de alcanzar a Cristo, de amar a Cristo, de seguir a Cristo. Lo demás no es cosa de nuestra incumbencia".

Es la única manera de evitar caer en el partidismo. Actuar de otra forma sería traicionar a Cristo, fabricar una Iglesia nueva en que los fines sobrenaturales serían trocados por fines temporales, perdiendo así el respeto y la confianza del pueblo y destruyendo a la Iglesia desde dentro.

JUAN PABLO II CONSAGRA LA PARROQUIA DEL BEATO JOSEMARÍA ESCRIVÁ

El domingo 10 de marzo de 1996, pocas semanas antes de concluir los trabajos de edición de este libro, Juan Pablo II celebró la ceremonia de dedicación de la parroquia del Beato Josemaría Escrivá

El origen de la parroquia se remonta al 17 de mayo de 1992 cuando, con ocasión de la beatificación del fundador del Opus Dei, el entonces prelado de la Obra, Mons. Álvaro del Portillo, ofreció como regalo al Papa la construcción en Roma de una iglesia dedicada al Beato Josemaría Escrivá. El templo se construiría con la aportación económica de personas de todo el mundo.

El proyecto fue muy bien recibido, pues si bien en Roma hay abundantes iglesias en el centro histórico, faltan en los barrios periféricos donde vive la mayoría de las familias jóvenes. Hasta el punto de que meses antes se había lanzado la campaña "50 iglesias en Roma para el año 2000", a fin de sensibilizar a los fieles sobre este problema. El Vicariato de Roma asignó un territorio en el barrio Ardeatino, de reciente construcción, en el que viven en torno a 2.500 familias, lo que supone actualmente unas ocho mil personas.

La homilía de Juan Pablo II

Damos gracias al Señor porque tenemos la alegría de inaugurar esta iglesia, que constituye un lugar privilegiado de unión humana además de cristiana, ya que en el barrio faltan incluso los servicios esenciales y estructuras que puedan favorecer el encuentro y el trato mutuo entre los habitantes. Que este templo sea cada vez más el lugar de la oración y del encuentro, de la fraternidad y de la comunión.

Con la Liturgia de la Dedicación, este edificio se convierte en un lugar sagrado, una iglesia, morada de Dios entre los hombres. A los creyentes les sucede una cosa todavía más profunda al recibir el sacramento del bautismo. Hechos hijos adoptivos de Dios mediante la regeneración espiritual operada por el agua y el Espíritu Santo, se insertan en el Cuerpo Místico de Dios que es la Iglesia. El Espíritu vive en los bautizados como en un templo. Por eso, cada cristiano está llamado a ser santo como lo es el Padre celestial.

Esta verdad, proclamada claramente por Jesús en el Evangelio, ha sido testimoniada por el Beato Josemaría Escrivá con la vida y con una enseñanza constante. "Dios nos espera cada día", le gustaba repetir. "Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir". Y añadía: "No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca" (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 114).

Dedicarnos hoy vuestra parroquia al Fundador del Opus Dei, que tanto hizo para difundir el ideal de la santidad. Queridísimos hermanos y hermanas, que sepáis hacer vuestro su programa de vida y de empeño pastoral: vivir tendiendo hacia la santidad y hacer que cada persona con la que os encontréis, hombre o mujer, comprenda que está llamada a la plena comunión con Dios.

Sé que con la ayuda de vuestros sacerdotes se está creando un grupo de animadores deseosos de sostener la evangelización dentro de vuestra parroquia, después de haber profundizado en la doctrina y la moral de la Iglesia y de haber adquirido mayor conciencia de la responsabilidad de los laicos en el apostolado. Os expreso mi vivo aprecio por esta iniciativa pastoral. Hago votos para que este celo crezca cada vez más y lo hagan propio muchos habitantes del barrio, en unión con el esfuerzo apostólico y misionero de toda la diócesis por la misión ciudadana de cara al Gran Jubileo del dos mil.

Sabernos bien que el diálogo con las almas, si se hace de modo profundo, se desarrolla lentamente. No desistáis de este apostolado fundamental. Los frutos concretos, aunque tal vez puedan tardar, ciertamente no dejarán de llegar. Os confío a todos a las manos maternales de la Bienaventurada Virgen María y a la intercesión del Beato Josemaría He aquí un tema particularmente significativo durante el tiempo de Cuaresma. Es necesaria la luz del corazón para poder prepararse bien a la celebración de la Pascua, también mediante el sacramento de la Penitencia.

Todos los fieles están invitados a profundizar, especialmente durante la Cuaresma, en el valor de la Confesión como momento fundamental para reconocer el mal y el pecado presentes en sus vidas, para reconciliarse con Dios y con los hermanos y para renovar su adhesión a Cristo y al Evangelio. En este esfuerzo de redescubrimiento del auténtico significado de la penitencia evangélica pueden ofrecer una aportación fundamental las parroquias y los santuarios, con las especiales predicaciones que se acostumbra hacer en el periodo de Cuaresma. Todo ello estimula a los creyentes a entrar en el espíritu pascual y, como "verdaderos adoradores", a "adorar al Padre en espíritu y verdad" Al dedicar esta iglesia, también he dado gracias al Señor que, en su misericordia, el 2 de octubre de 1928 quiso recordar a los hombres la universalidad de la llamada a la plenitud de la unión con Cristo, haciendo ver el Opus Dei al Beato Josernaría. (...) He suplicado a Dios omnipotente y eterno que derrame copiosamente su gracia sobre todos los fieles que entrarán en este templo para invocar su santo Nombre, para escuchar su Palabra, para nutrirse del santo alimento de la Eucaristía, para desarrollar su vida cristiana con la participación en los sacramentos que han sido confiados a la Iglesia por su Divino Hijo, y para hacer -de las actividades apostólicas que aquí tomarán vida ocasión de edificación y de crecimiento espiritual en la fidelidad a la Iglesia.

Por último, he rezado ardientemente al Señor por todos aquellos que, en los cinco continentes, han permitido con su propia generosidad la construcción de esta iglesia: en particular, he invocado la ayuda celestial para los fieles de la Prelatura del Opus Dei para que sigan llevando a cabo en todo el mundo una fecunda siembra de alegría y de paz, siguiendo el ejemplo de fidelidad al espíritu del Beato Josemaría testimoniado por Mons. Álvaro del Portillo, de venerada memoria, que quiso la edificación de este templo y trabajó con ese fin.

Un servicio a la diócesis

Antes de concluir la misa, el Prelado del Opus Dei Mons. Javier Echevarría, dirigió al Papa unas breves palabras de agradecimiento en nombre de todos los presentes. Entre otras cosas, recordó que dentro de pocas semanas se cumplirán 50 años del día en que el Beato Josemaría "se trasladó a Roma con el deseo de romanizar el Opus Dei: esta es la expresión literal con la que definía el anhelo que le había llevado a establecerse en la Urbe, con el fin de servir mejor a la Iglesia y al Papa".

Ese mismo anhelo lo imprimió también en al ánimo de los fieles de la Prelatura del Opus Dei. "Conscientes de esta realidad, cuando Mons. Álvaro del Portillo, que el Señor llamó a Sí hace dos años, ofreció a Vuestra Santidad una iglesia en Roma, los fieles y los Cooperadores de la Prelatura se adhirieron de todo corazón a aquel gesto, felices por poder contribuir con sus propios donativos -grandes o pequeños, pero siempre fruto de sacrificios personales tangibles- a prestar este servicio a la diócesis del Papa".

Mons. Echevarría señaló que se había procurado que el cuidado de los detalles materiales del templo reflejara, al menos en parte, "el núcleo del mensaje espiritual confiado por el Señor al Beato Josemaría: la búsqueda de la santidad a través del trabajo diario, desempeñado por amor de Dios y con la mayor atención posible, al servicio de los hombres y mujeres de todas las condiciones sociales".

En la parte posterior del altar (en cuyo interior se colocó el relicario que estuvo expuesto en la ceremonia de beatificación) se ha inscrito, en latín, la siguiente oración: "Oh Beato Josemaría, que como siervo bueno y fiel cumpliste siempre con prontitud la voluntad de Dios, intercede por nosotros para que, guiados por tu ejemplo, podamos santificar el trabajo y ganar almas para Cristo, iluminando los caminos de la tierra con la llama de la fe y del amor".

Conclusión

Esta rápida panorámica de la realidad y de la vida del Opus Dei permitirá, tal vez, captar mejor su espiritualidad y la vida de sus miembros.

Indudablemente, no sería ese reactivo espiritual del mundo contemporáneo que quiere ser si Dios no hubiese dotado de una personalidad excepcional al Fundador, quien, fiel a las inspiraciones divinas, "esculpió" el espíritu del Opus Dei hasta en sus menores detalles.

Para el Cardenal Kónig, "Monseñor Escrivá de Balaguer pertenece a ese número selecto de apóstoles, profetas, evangelizadores, pastores, doctores... (Cfr. Efesios, 4, 11), que han contribuido de manera singular a la edificación del Cuerpo de Cristo (...). La profunda humanidad del Fundador del Opus Dei reflejaba los rasgos e inquietudes de nuestra época; pero su carisma -carisma de elegido para realizar una obra de Dios- le ponía en un plano superior, lo proyectaba ya en el futuro. Por eso anticipó lo que han sido los grandes temas de la acción pastoral de la Iglesia en los albores del tercer milenio de su historia"'.

Conviene añadir que si, en un mundo en constante mutación, el Opus Dei permanece inalterable, tal como el Fundador lo vió el 2 de octubre de 1928, es porque sus miembros, con una misma vocación a la santidad y al apostolado en plena calle, se esfuerzan por vivir, sin fisuras, una unidad de espíritu, de fines, de gobierno y de formación espiritual. Hemos podido apreciar esta unidad no sólo leyendo el repertorio de obras que se citan en la bibliografía, sino también en nuestro contacto directo con el Fundador y con los fieles de la Prelatura.

No es arriesgado afirmar que estamos asistiendo a una de esas revoluciones silenciosas que sólo conoce el Espíritu. La importancia eclesial y la proyección social del Opus Dei apenas han comenzado apercibirse. Sólo el paso del tiempo permitirá descubrir toda su amplitud y profundidad, tanto más en cuanto que, como afirmaba el Beato Josemaría, "el Opus Dei (,..) no tendrá nunca problemas de adaptación al mundo (...) porque todos sus miembros son del mundo; no tendrá que ir detrás del progreso humano, porque son todos los miembros de la Obra, junto con los demás hombres que viven en el mundo, quienes hacen ese progreso con su trabajo ordinario"

O, por decirlo con palabras del Decreto de virtudes heroicas del Beato Josemaría Escrivá, emanado de la Congregación para las Causas de los Santos, "este mensaje de santificación en y desde las realidades terrenas se muestra providencialmente actual (...) Porque invita a los cristianos a buscar la unión con Dios a través del trabajo diario, que constituye una obligación y una fuente perenne de la dignidad del hombre en la tierra. Por lo que resulta patente la adecuación de este mensaje con las circunstancias de nuestro tiempo, y parece además destinado a perdurar de modo inalterable, por encima de las vicisitudes históricas, como fuente inagotable de luz espiritual".