La estructura jurídica del Opus Dei

LA BÚSQUEDA DE UNA FÓRMULA JURÍDICA ADECUADA

Novedad

El joven fundador había visto, con claridad, el 2 de octubre de 1928, que "la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor, que de todos espera amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio... No es necesario abandonar el propio estado en el mundo, para buscar a Dios... ya que todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo", según escribía el 24 de marzo de 1930. Hombres y mujeres de todas las razas y culturas, de todas las profesiones y oficios, en una verdadera movilización general de cristianos que, tomando plena conciencia de las exigencias bautismales, buscan la santidad y procuran realizar un intenso apostolado en y a través del ordinario trabajo profesional u oficio (Opus Dei, operatio Dei, trabajo de Dios) y en las circunstancias ordinarias de la vida secular propia de cada uno, recordando a sus parientes, amigos y compañeros de profesión y de actividades sociales que "en medio de los afanes nobles de la tierra, pueden ser santos: que la santidad es cosa asequible". Estos hombres y mujeres -intelectuales y obreros, solteros o casados, etc.- eran y son cristianos normales, corrientes, dedicados establemente por vocación divina -y no por un pasajero estado de ánimo- a crecer de ese modo en el trato personal con Cristo -contemplativos en medio del mundo- y a darlo a conocer a los demás. Su objetivo -escribía el 19 de marzo de 1934- no era "resolver la situación lamentable de la Iglesia en España" ni "llenar una necesidad particular de un país o de un tiempo determinados, porque quiere Jesús su Obra desde el primer momento con entraña universal, católica". Veía desde el principio el Opus Dei como una estructura u organización no circunstancial sino estable, con unidad de vocación, de formación y de régimen, compuesta por un grupo o porción de la grey del Señor, netamente secular -sacerdotes seculares y laicos corrientes-, universal, no circunscrita a un territorio.

Su mensaje era de tal novedad que no se adecuaba a las mentalidades habituadas a concebir toda institución nueva de la Iglesia según los esquemas de la vida religiosa, si se hablaba de la existencia de una "vocación", o bien -en caso contrario- de las asociaciones de fieles. El Fundador tenía frente a sí un vacío difícil de llenar; pero emprendió la tarea ardua de elaborar toda la doctrina ascética, jurídica y teológica que respondiese a ese carisma fundacional. El Código de Derecho Canónico de 1917 no proporcionaba una solución adecuada a la novedad de tal carisma, más aún teniendo en cuenta que tanto el Código como la doctrina de la época configuraban externamente a la Iglesia como una sociedad dividida estamentalmente. Pero aunque el peculiar fenómeno pastoral del Opus Dei no encontraba una fórmula apropiada en el ordenamiento jurídico de la Iglesia, el Beato Josemaría Escrivá tenía la completa seguridad de que al final la fundación se abriría camino. Lleno de fe, escribía el 9 de enero de 1932 a los primeros: "sed fieles, ayudadme a ser fiel y a saber esperar: sin prisa, porque -a su tiempo- el Señor, que ha querido su Obra, hará cristalizar el modo jurídico, que de momento no se ve, para que la Iglesia Santa reconozca nuestra manera divina de servirla, en el mundo... sin privilegios, conservando la esencia de nuestra vocación: sin ser religiosos, puesto que el Señor no nos quiere religiosos". A las características que debía tener su forma jurídica y que se han señalado al final del párrafo anterior, este texto añade una más: debía ser una forma jurídica de derecho común -es decir, prevista en el Derecho general de la Iglesia-, que no comportara por eso una condición excepcional o privilegiada. Consciente de que la vida ha de ir siempre por delante de la forma jurídica, de que "el derecho se hace, que el derecho no ha sido nunca en la historia de la Iglesia un conjunto de normas rígidas y prefabricadas, sino el armazón elástico de un cuerpo divinamente vivo"', y de que, por tanto, la norma está al servicio del carisma y no al revés, continuó trabajando durante los primeros años al ritmo de una oración y mortificación intensas, poniendo toda su confianza en Dios.

Desde los años de la fundación (1928 y 1930), intuía que esa movilización general de cristianos -sólidamente estructurada con cualificadas exigencias ascéticas, formativas y de régimen- debería adquirir una forma jurídica de algún modo parecida a las estructuras pastorales y jurisdiccionales personales, ya que, sin agotar todos los perfiles jurídicos, éstas daban respuesta a las necesidades señaladas anteriormente: estructura u organización para cristianos corrientes, secular, personal, sobre la base de un carisma o vocación particular de Dios que concreta y despliega la vocación común cristiana que tiene su raíz en el Bautismo. Un pequeño suceso ilustra con claridad hacia dónde discurría la mente del Fundador, en busca de la solución jurídica: un día de 1936, un miembro del Opus Dei -Pedro Casciaro-, mientras esperaba al Fundador en la iglesia de Santa Isabel de Madrid, se entretenía traduciendo dos lápidas mortuorias que había en el suelo; cuando don Josemaría salió de la sacristía, señalándolas con el índice, le dijo: "Ahí está la futura solución jurídica de la Obra". Aquellas lápidas contenían, precisamente, los epitafios de dos prelados que gozaron de una peculiar y vasta jurisdicción eclesiástica de carácter secular, y no territorial, sino personal. Hasta que esa fórmula se concretara y se abriera camino en el derecho común de la Iglesia, como una figura no privilegiada y capaz de acoger gentes de todas las profesiones, lenguas, culturas y clases sociales, el Fundador tenía que sembrar por todas partes su semilla, porque -ya lo hemos dicho- primero es la vida y la realidad pastoral y carismática, y después el derecho.

LAS APROBACIONES DE LA JERARQUÍA DE LA IGLESIA

Aprobaciones diocesanas

San Josemaría, profundamente respetuoso con la autoridad de la Iglesia, quiso siempre poner de manifiesto, con palabras y con hechos, su sumisión a la Jerarquía, ya que es a ella a quien compete, asistida por el Espíritu Santo, el juicio de autenticidad de los carismas, "no apagar el espíritu, sino probarlo todo y quedarse con lo bueno"'. Por ello, se puso a trabajar contando siempre con el beneplácito y el aliento del Sr. Obispo de Madrid, D. Leopoldo Eijo y Garay, y de su Vicario General, D. Francisco Morán. La novedad del fenómeno pastoral dio lugar a una serie de incomprensiones, que aumentaban también en la medida en que el apostolado del Opus Dei iba creciendo y desarrollándose, y llegaron a adquirir una forma organizada y sistemática. Para hacer frente a esa campaña, al Obispo de Madrid le pareció conveniente que la Obra contara con una aprobación eclesiástica otorgada por escrito, y sugirió al Beato Josemaría que solicitase la aprobación del Opus Dei como Pía Unión -asociación de fieles prevista en el Código entonces vigente-, aprobación a la cual procedió Mons. Eijo y Garay el 19 de marzo de 1941.

El Fundador -que ya había visto sacerdotes en la Obra en 1928- se daba cuenta de que era imprescindible contar cuanto antes con sacerdotes propios, provenientes de los miembros laicos, no sólo con una buena preparación eclesiástica, sino también con abundante experiencia profesional en el trabajo secular propio de cada uno y bien formados en el espíritu del Opus Dei: para poder prestar así una específica atención espiritual y proporcionar una intensa formación doctrinal religiosa a los demás miembros de la Obra, cada vez más numerosos. Por disposición del derecho de la Iglesia, nadie podía ser ordenado sin tener solucionado el problema de su decoroso sustento durante toda la vida y sin gozar de una estabilidad jurídica. Esta figura recibía el nombre de "título de ordenación". Ninguno de los títulos previstos para los sacerdotes seculares era aplicable a la Obra. El Señor le dio la solución el 14 de febrero de 1943: dentro del Opus Dei esos sacerdotes podrían tener su título de ordenación en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, quedando adscritos a ella.

A petición del Obispo de Madrid, la Santa Sede pone por primera vez sus manos sobre la Obra -appositio manuum, le gustaba decir al Fundador, que por piedad filial al Papa aplicaba en sentido amplio este término a esa intervención pontificia- concediendo, el 11 de octubre de 1943, el nihil obstat para que el Obispo de Madrid erigiese el pequeño grupo de miembros del Opus Dei que se estaba preparando para el sacerdocio en una sociedad de vida común sin votos; y así, el 8 de diciembre de 1943 se erigió canónicamente la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. El Fundador de la Obra tuvo buen cuidado de hacer constar en diversos documentos que la "vida común" no había de entenderse en el sentido canónico, sino de modo nuevo y más amplio: es decir, como unidad o comunidad de espíritu y no como la materialidad de vivir bajo el mismo techo. Con esta y otras aclaraciones procuró salvaguardar el carácter secular de los sacerdotes, cuidando de que la forma no ahogara el carisma y posibilitase el "ir adelante manteniendo lo esencial -que es intangible-, paso a paso", como escribía el 14 de febrero de 1944, sin dar saltos en el vacío. Los demás miembros del Opus Dei -varones y mujeres- continuaban siendo cristianos corrientes, laicos seculares que formaban una asociación de fieles como obra propia, inseparablemente unida a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

También el 14 de febrero de 1944, el Fundador, una vez más, reafirmaba por escrito que el Opus Dei no es "una nueva versión, acomodada a las circunstancias actuales, del estado religioso"; que no pretendía crear "un nuevo estado canónico", lo cual sería "algo completamente contrario a la sustancia de nuestra vocación... Se trata precisamente de lo contrario: de que conservéis el estado en el que os encontró la llamada divina al Opus Dei".

En esa misma carta de 1944 explicaba la reciente erección canónica de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Después de aducir las razones ya expuestas, que hacían necesaria la existencia de sacerdotes y, concretamente, de sacerdotes provenientes del Opus Dei, añadía un motivo más -ya explicado en otros documentos anteriores, por ejemplo en la Carta de 1 de abril de 1934- de esa necesidad: "para ocupar algunos cargos de gobierno... punto fundamental en la constitución misma de la Obra... estrictamente necesario para la figura jurídica que nos corresponde"; se entrevé ya en esta palabras que el Fundador está pensando en una estructura eclesial en la que sacerdotes y seglares formen una unidad, pero en la que las principales funciones de gobierno -que serán funciones de régimen eclesiástico- han de ser desempeñadas por sacerdotes, requerirán el sacerdocio ministerial.

La solución de una sociedad de vida común sin votos, junto con la asociación de fieles inseparablemente unida a ella, era "la única solución viable dentro de los marcos que ofrece el Derecho establecido, dispuestos a ceder en las palabras, siempre que... se afirme, de manera precisa, la verdadera sustancia de nuestro camino"; solución "necesariamente transitoria, pero valedera por algún tiempo, que será superada en cuanto haya un diverso iter jurídico que lo permita". No ocultaba el Fundador las dificultades de la reciente figura jurídica y por eso añadía: "Esta solución no es cómoda, para nosotros, porque lo que es principal -el Opus Dei- aparece como secundario".

Ya contaba con un grupo de fieles, de cristianos corrientes, con los sacerdotes para atenderlos y para desempeñar más adelante las principales tareas de gobierno; y era clara, desde 1928, la misión. Pero la misión era universal y la aprobación -y, por tanto, el régimen jurídico era solamente diocesana. Comienza la etapa de aprobaciones pontificias, propiamente hablando.

Aprobaciones de la Santa Sede

En 1946 el Fundador envió por segunda vez a Roma a D. Álvaro del Portillo -ya sacerdote-, para gestionar que aquella aprobación diocesana se elevase a pontificia, tratando de conseguir así un estatuto jurídico de derecho universal -necesario ya por el desarrollo ínter diocesano e internacional de la labor- y en el que además quedase más evidente que los sacerdotes incardinados en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y los laicos del Opus Dei formaban una unidad pastoral orgánica e indivisible. Al conocer la novedad de la Obra, un alto Prelado de la Curia Romana comentó: "Ustedes han llegado con un siglo de anticipación". A pesar de la grave enfermedad que padecía, el Fundador, a requerimiento de D. Álvaro del Portillo, viajó en junio de ese mismo año a Roma para obtener la aprobación pontificia. Desde el año 1940 se estaban realizando estudios en la Curia Romana -bajo la dirección sobre todo del P. Arcadio Larraona, C.M.F.- para dar solución canónica a iniciativas apostólicas de carácter variado (particularmente las Asociaciones de "laicos consagrados" fundada por el P. Agostino Gemelli, O.F.M.), ampliando los esquemas jurídicos vigentes. El Fundador del Opus Dei aceptó -no existiendo otra solución más adecuada la sugerencia que le hicieron de utilizar aquel cauce -un proyecto o esquema de Constitución Apostólica que, después de seis años de estudio, estaba ya en grado avanzado de preparación-, con el fin de obtener el necesario estatuto de derecho pontificio para la Obra: es una forma -le aseguraron- "más secular" que las sociedades de vida común sin votos, equiparadas a los institutos religiosos. Mientras tanto, la Santa Sede concedió diversas gracias espirituales a los miembros del Opus Dei, por el Breve Apostólico Cunz societatis de 28 de junio de 1946; y el 13 de agosto del mismo año emanó un documento, calificado por el Cardenal firmatario como "aprobación de fines", en el que se destaca la "santidad, necesidad y oportunidad del fin y del apostolado" de la Obra. El 2 de febrero de 1947, el Papa Pío XII, mediante la Constitución Apostólica Provida Mater Eclesial, creaba los Institutos Seculares.

El "Decretum laudis" de 1947

La introducción doctrinal de esa Constitución y algunos elementos de su parte dispositiva, fruto de un compromiso entre tendencias diversas, se prestaban a una interpretación teológica diferente al carisma fundacional del Opus Dei. Efectivamente, aunque se afirmaba claramente la secularizad de estos institutos, la Constitución los calificaba de religiosos "quo ad substantiam", y se requería como condición para la aprobación de un Instituto la llamada "vida consagrada", mediante la profesión de los tres consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia a través de vínculos sagrados: votos, juramentos, etc. Ya el Fundador, años antes, había escrito:

"Nos interesan todas las virtudes... No nos interesan en cambio las promesas ni los votos, aunque sean teológicamente dignos de todo respeto, y con mucho respeto los veamos en los demás" (8-12-1941).

Sin embargo, la extensión del Opus Dei requería cuanto antes que, dejando de ser una institución exclusivamente de derecho diocesano, pasase a ser de derecho pontificio, para disponer de un régimen jurídico universal y centralizado, que asegurase la unidad de gobierno y de espíritu ante el creciente desarrollo apostólico. Debido a la imposibilidad de encontrar una fórmula más adecuada en las normas vigentes, el 24 de febrero de 1947, a petición del Fundador, la Santa Sede erigió el Opus Dei como Instituto Secular, con el Decreto Primum Institutwn. Esta aprobación, a la vez que proporcionaba a la Obra el citado régimen jurídico universal y mantenía la facultad de incardinar sacerdotes, salvaguardaba la secularidad -aunque, como hemos visto, en un contexto teológico diverso del que correspondía al carisma fundacional del Opus Dei-, reforzando así la unidad organizativa y de espíritu.

Era, pues, un paso más en el camino jurídico. Por eso escribía el 29 de diciembre de 1947: "una vez más, en esta contienda por adquirir la cristalización jurídica en la Iglesia, que se acerque más al patrón que necesitamos, me he visto obligado a aceptar -en la letra y en lo posible algunas cosas, esperando siempre que todo se arreglará cada vez mejor, para poder llegar al ideal jurídico, que nos permitirá servir a la Iglesia y a las almas sin miedo a que el espíritu quede ahogado por leyes inadecuadas". Y, en la misma carta, añadía: "Hemos ido hasta ahora por donde no queríamos ir, pero convencidos de que estas andanzas son camino de Dios, [...] con la esperanza segura de que todo se arreglará, porque conviene para la Iglesia y para la sociedad. Pero es menester que pidamos esa solución al Señor, y que pongamos los medios para lograr cuanto antes dejar el atajo, y caminar por camino espacioso y seguro. Cuando llegue ese momento, es posible que no falten quienes nos digan que ya nuestro camino -este, por el que ahora andamos- es irrevocable. ¡No es irrevocable!: todos los caminos, todas las posiciones humanas son revocables, aunque estén tomadas y sostenidas durante muchos siglos". En muchas páginas de esta carta pone el acento en el peligro de que se siga una praxis de aún mayor equiparación al "estado religioso" en la aplicación de la Provida Mater Ecclesia, y añade que "nuestra posición se hará entonces mucho más incómoda, quizá intolerable".

Además, la normativa de los Institutos Seculares no se adecuaba sino por vía de excepción y de privilegio -lo cual repugnaba al Fundador- a otros aspectos de la vida y realidad social del Opus Dei. Sobre todo a dos: la unidad no sólo de espíritu y formación, sino también jurisdiccional o de régimen de gobierno entre hombres y mujeres, entre los sacerdotes y los laicos de la Obra, cristianos corrientes; la unidad y plenitud de vocación y de entrega de todos los miembros del Opus Dei, independientemente de sus concretas condiciones y circunstancias familiares y del grado de disponibilidad que -además del apostolado personal que cada uno realiza en su propio ambiente- puedan tener para las labores apostólicas organizadas.

El Decreto "Primum ínter" de 1950

Pero había que seguir adelante en el itinerario jurídico de la Obra, perfilando matices, ampliando el marco jurídico para que tuviese cabida todo lo que el Señor pedía, e intentando acallar o, al menos, atenuar una organizada campaña de calumnias contra el Opus Dei que ya había llegado a Roma. El 8 de diciembre de 1949 escribía el Beato Escrivá: "En conciencia, no podemos dejar de ir adelante: procurando salvar el compromiso, es decir, procurando conceder sin ceder, en las manos de Dios, que escribe derecho con líneas torcidas, Él nos hará llegar al fin". Por eso, solicita de la Santa Sede el 11 de febrero de 1950 una nueva aprobación. El 16 de junio de 1950, con la recomendación de 110 prelados de 17 países —entre ellos doce cardenales- el Decreto Primum inter aprobó el derecho peculiar del Opus Dei y simultáneamente -así lo quiso el Fundador- las normas fundamentales de su espíritu: clave justa de interpretación de esas normas jurídicas, no todas adecuadas todavía a la realidad carismática de la Obra.

Esa aprobación traía consigo una mejor posibilidad de defensa, nueva estabilidad y mayor facilidad para el trabajo apostólico. Se aprobaba de un modo más nítido el espíritu plenamente secular del Opus Dei y quedaba más clara la situación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz dentro de la Obra, subrayando así la unidad de los sacerdotes y de los miembros laicos. Se da entrada jurídica en el Opus Dei -aunque no de forma todavía satisfactoria- a aquellos que ya de espíritu pertenecían a la Institución desde la fecha fundacional: personas de todas las condiciones sociales, profesiones y estados de vida; no sólo célibes sino también casados y viudos. Se admite, como Cooperadores, a los no católicos y aun a los no cristianos. Los sacerdotes incardinados a las diócesis podrán adscribirse a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, para recibir de ella ayuda espiritual, sin menoscabo alguno de los vínculos canónicos y ministeriales que les unen a sus respectivos Ordinarios.

Se había dado un paso importantísimo; pero quedaban todavía problemas sin resolver, y se vislumbraba la amenaza de mayores dificultades a causa de la interpretación de las normas generales que se aplicaban a los Institutos Seculares: interpretación y aplicación que frecuentemente se realizaban tomando como punto de referencia el estado religioso o -en sentido más lato- el "estado de perfección" o "estado de vida consagrada". Para evitar esas dificultades y tener posibilidades jurídicas de defensa, por rescripto de la Sagrada Congregación de Religiosos del 2 de agosto de 1950, se concedió al Fundador del Opus Dei y a su Consejo la facultad de proponer a la Santa Sede modificaciones y adiciones a las normas aprobadas, cuando por cualquier razón parecieran útiles y convenientes, teniendo en cuenta la evolución, necesidades y extensión de su "excelente y singular apostolado".

Insuficiencia de la figura de Instituto Secular

El contexto teológico y jurídico en el que se había producido esa aprobación no respondía adecuadamente -ya se ha visto- al carisma fundacional. Por eso, el Beato Escrivá hablaba en textos a los que se ha aludido anteriormente de "conceder, sin ceder", pensando en recuperar: en conseguir un día normas más aptas y convenientes. Este contexto teológico -el del "estado de perfección" donde se insertaban los Institutos Seculares- posibilitó que muchas personas confundiesen a los miembros de los Institutos Seculares con una especie de religiosos "modernos", adaptados a los tiempos. Otro problema de esta solución jurídica fue la praxis que, como temía el Beato Escrivá, se introdujo en ciertos ámbitos de la Curia Romana, de aplicar indiscriminadamente a estos Institutos la legislación propia de los religiosos. Trajo esto como consecuencia -para los miembros del Opus Dei que, contrariamente a otros Institutos, no estaban obligados al secreto- no pocas dificultades de orden apostólico, en los más variados ámbitos de la vida civil y eclesial.

A pesar de todo, San Josemaría Escrivá, movido por un sentimiento de lealtad hacia la autoridad de la Iglesia, escribía el 24 de diciembre de 1951 que "mientras no exista peligro de deformación de nuestro espíritu... hemos de defender la figura de los Institutos Seculares, mientras no sea factible en conciencia".

Esta carta de 24 de diciembre de 1951 constituye un documento particularmente significativo, en el que el Fundador hace amplia referencia a las cuestiones jurídicas. Así, refiriéndose a la futura solución jurídica definitiva, dice: "No sé, insisto, cuándo se cumplirá el tiempo de esa solución jurídica apropiada, por la que tanto rezo y os empujo a rezar... Aunque no conozco ese momento y aunque suponga que se han de requerir bastantes años -lo vuelvo a escribir-, no dudo de que vendrá... No aceptaré una solución de excepción ni de privilegio, sino una fórmula canónica que nos permita trabajar de tal modo que los reverendísimos Ordinarios, que amamos opere et veritate, continúen siempre agradecidos por nuestra labor: que los derechos de los obispos se conserven como hasta ahora, bien asegurados y firmes. Y, finalmente, que nosotros sigamos nuestro camino de amor, de entrega y de dedicación, sin inútiles obstáculos a este servicio a la Iglesia, es decir, al Papa, a las diócesis y a todas las almas... Cuando se promulgue ese resultado jurídico verdaderamente decisivo, ha de quedar bien clara nuestra condición: no somos religiosos ni personas a ellos equiparadas, sino cristianos

A este respecto, señala Mons del Portillo en una entrevista a la prensa: "la contusión que a veces se producía, porque algunos afirmaban que los seglares del Opus Dei eran ''pesonas consagradas", llevaba erróneamente a dudar de su final autonomía con el ámbito social y profesional, originando increíbles incompare risiones y descubrimientos",Avvenire. Milán. 30-1 1-1982.

La estructura jurídica del Opus Dei

coherentes con su fe, decididos a ponerla por obra en toda ocasión: los seglares, por medio de un común contrato civil en cuanto a la forma, cuidando las virtudes cristianas como se señala en el espíritu y en los reglamentos de la Obra, por un tiempo determinado o por toda la vida; los sacerdotes, además, por las consecuencias que traen consigo la ordenación y la incardinación a la Obra". Se entrevén ya en este texto, como en otros muchos del Beato Escrivá, las referencias a una figura canónica que aún no existía, pero que se hará realidad en las Prelaturas personales.

En muchos documentos posteriores, dirigidos a sus hijos, el Fundador del Opus Dei reitera estas ideas. Son de destacar las cartas de 19 de marzo de 1954 -"de hecho no somos un Instituto Secular, como tampoco constituimos una común asociación de fieles, cuyos miembros carecen de vínculo mutuo y permanente con su respectiva sociedad; ni podemos ser confundidos con los llamados movimientos de apostolado..."-, y la del 2 de octubre de 1958, en el trigésimo aniversario de la fundación del Opus Dei. En esta carta, después de indicar los motivos por los que de hecho no eran un Instituto Secular, ni en lo sucesivo se podría aplicar ese nombre, anunciaba a sus hijos la decisión de pedir a la Santa Sede un nuevo estatuto jurídico: "informaré a la Santa Sede, en el momento oportuno, de esa situación, de esa preocupación. Y a la vez manifestaré que deseamos ardientemente que se provea a dar una solución conveniente, que ni constituya para nosotros un privilegio -cosa que repugna a nuestro espíritu y a nuestra mentalidad-, ni introduzca modificaciones en cuanto a las actuales relaciones con los Ordinarios del lugar".

Al mismo tiempo que escribía estas reflexiones a sus hijos, había manifestado a la Santa Sede, tanto de palabra como por escrito, las dificultades objetivas de la situación así creada. Pocas semanas habían transcurrido desde la petición de la aprobación de 1950, cuando tuvo que exponer su protesta respetuosa y firme ante el Decreto del 22 de marzo, con el que la S. C. del Concilio renovaba la prohibición de ejercer el comercio para los clérigos y religiosos, añadiendo además que esa norma se refería igualmente "a los miembros de los recientes Institutos Seculares". Por este motivo, y por otros semejantes -que afectaban tanto a los laicos como a los clérigos- Monseñor Escrivá de Balaguer hubo de ir presentando en diversos Dicasterios de la Curia Romana los motivos concretos de preocupación, a los que en ocasiones se buscaba solución provisional mediante la concesión de gracias y dispensas; estas, sin embargo, aún cuando soslayasen una u otra dificultad, iban creando un ius extraordinarium o singular, contra el deseo explícito del Fundador.

LA PREPARACIÓN DE LA SOLUCIÓN JURÍDICA DEFINITIVA

En el comienzo de los años sesenta

El Opus Dei disponía al principio de los años sesenta, como ya se ha visto, de una estructura organizativa de ámbito universal, con un gobierno centralizado presidido por su Fundador, y con una potestad otorgada por la Santa Sede similar a la de jurisdicción, al menos en cuanto a su contenido real. Tenía asimismo la Institución una tarea apostólica peculiar, netamente secular y laical: ayudar a comprender y vivir las exigencias de la llamada universal a la santidad, y más concretamente -es este un elemento teológico y ascético fundamental del carisma del Opus Dei- en y a través del ejercicio del ordinario trabajo profesional, vivido con espíritu contemplativo y apostólico. Para llevar a cabo esa misión, contaba con una porción o agrupación de fieles -clérigos y laicos, hombres y mujeres, casados y solteros, etc.- que constituían una unidad pastoral orgánica e indivisible, con unidad de vocación -todos con una vinculación estable, plena y mutua-, de espiritualidad, de formación y de régimen jurídico. Pero esta peculiar realidad carismática y social -sin precedentes en la historia de la Iglesia- no estaba adecuadamente institucionalizada. Como hemos visto, determinados aspectos esenciales del Opus Dei no se encontraban suficientemente reconocidos y salvaguardados en la forma jurídica de Instituto Secular (por ejemplo, la unidad de vocación y de régimen, o la igual pertenencia pleno al Opus Dei de solteros y casados, etc.). Asimismo resultaba comprometida la secularidad originaria, que el Fundador no deseaba que fuera una "secularidad consagrada", característica propia de la figura de los Institutos Seculares.

Resultaba imprescindible, por tanto, dar un paso más en la institucionalización jurídica del Opus Dei, para defender el carisma originario y fundacional y evitar que -con el paso de los años- fuese cristalizando como normal una situación jurídica y un encuadramiento eclesial inadecuados, que San Josemaría nunca había considerado convenientes y definitivos. El Fundador va a intentar dar ese paso adelante, confiado en Dios y en la intercesión de Santa María, y apoyándose en las oraciones y mortificaciones que todos sus hijos ofrecían perseverantemente desde hacía ya muchos años por esa intención. Le mueven además su conciencia -su responsabilidad de Fundador, frente a la voluntad de Dios- y las señales de los tiempos, que parecen empezar a estar maduros: el Concilio Vaticano II está ya a las puertas...

El 5 de marzo de 1960, el Papa Juan XXIII recibe en audiencia a Monseñor Escrivá de Balaguer y a D. Álvaro del Portillo. El 14 de marzo son recibidos por el Cardenal Domenico Tardini, Secretario de Estado, y el 9 de abril D. Álvaro del Portillo presenta al Cardenal Secretario de Estado una petición del Fundador para poner en marcha la solución jurídica capaz de resolver el problema institucional del Opus Dei. Se hablaba ya en esa petición de Prelatura y de la dependencia de la Sagrada Congregación Consistorial, hoy para los Obispos. No hubo contestación oficial. El Fundador, a pesar de ese silencio, se alegró: porque -decía- "se ha puesto la semilla, que no dejará de fructificar". El 7 de enero de 1962, se presenta una nueva solicitud formal al Papa Juan XXIII, por consejo del Cardenal Pietro Ciriaci. El Fundador daba todos estos pasos venciendo una fuerte resistencia interna, porque, como buen jurista, se daba cuenta de que había que forzar mucho la normativa entonces vigente para que cupiese en ella una prelatura de carácter personal. El Papa Juan XXIII hizo que se respondiese a esa solicitud que, de acuerdo con la legislación vigente, la petición no podía ser atendida. La respuesta tenía un carácter interlocutorio, porque en los trabajos previos del Concilio Vaticano II se empezaba a insinuar una normativa más amplia que podría acoger la figura de lo que hoy es la Prelatura personal.

El Papa Juan XXIII falleció en junio de 1963. Cuando fue elegido Pablo VI, el Fundador de la Obra, bien personalmente, bien a través de D. Álvaro del Portillo, reanudó sus gestiones ante la Santa Sede. El 24 de enero de 1964 el nuevo Pontífice recibió por primera vez a Monseñor Escrivá de Balaguer en una audiencia privada llena de afecto: se conocían desde 1946. A los pocos días (el 14 de febrero) el Fundador hizo llegar al Santo Padre una carta en la que, entre otros muchos temas, exponía la necesidad de una solución para el problema institucional del Opus Dei, aunque sin presentar ninguna petición oficial con ese documento. El Papa le hizo llegar una especie de dilata, dándole a entender que en los documentos del Concilio podrían encontrarse elementos para resolver la cuestión. Debe destacarse en todas estas intervenciones ante la Santa Sede una afirmación clarísima del Fundador: no pretende una configuración privilegiada, y quiere que las relaciones con los obispos diocesanos sigan sustancialmente igual que hasta entonces, sin menoscabo de sus derechos. En una carta de 25 de mayo de 1962 escribe pormenor¡ estas y otras características de la posible solución.

El Concilio Vaticano II

El Concilio Vaticano II y sus normas de aplicación iban a abrir, en la legislación general de la Iglesia, el camino jurídico adecuado.

El decreto Presbyterorcun ordinis, de fecha 7 de diciembre de 1965, declara, en su número 10, que podrá ser útil crear prelaturas personales para "la realización de iniciativas pastorales peculiares en favor de distintos grupos sociales en determinadas regiones o naciones, o incluso en todo el mundo". El Papa Pablo VI, en el "motu propio" iglesia Sanctae, de 6 de agosto de 1966, ponía en ejecución el número 10 de ese decreto del Concilio, dándole su interpretación auténtica. En el párrafo 1, número 4, decía, en efecto, que para llevar a cabo obras concretas, pastorales o misioneras, la Santa Sede puede erigir ese género de prelaturas, formadas con sacerdotes del clero secular, gobernadas por un prelado propio y con sus propios estatutos. Además de establecer las normas concernientes a los deberes del prelado respecto a su clero y las relaciones de estas prelaturas con las autoridades eclesiásticas, Pablo VI añadía que "nada impide que laicos, célibes o casados, mediante convenciones con la prelatura, se dediquen al servicio de las obras e iniciativas de ésta, haciendo uso de su competencia profesional".

Finalmente, el 15 de agosto de 1967, la Constitución Apostólica Regilnini Ecclesiae Universae, que reorganiza la Curia Romana, preveía, en el número 49, párrafo 1, que las prelaturas personales dependerían de la Sagrada Congregación para los Obispos.

La fase intermedia

Después de informar al Papa Pablo VI, que le animó a hacerlo, el Beato Josemaría convocó en 1969 un Congreso general especial del Opus Dei, dando así los primeros pasos para la transformación de la Institución en prelatura personal, con arreglo a las normas del Concilio Vaticano II. El Fundador redactó los nuevos estatutos del Opus Dei, dejándolos preparados para el día en que conviniese presentarlos a la Santa Sede.

Las gestiones emprendidas luego no se vieron interrumpidas ni por el fallecimiento del Beato Escrivá en 1975 ni por el de Pablo VI tres años más tarde, sino que fueron confirmadas y estimuladas por Juan Pablo 1 y por Juan Pablo II. El 3 de marzo de 1979, este último ordenó a la Sagrada Congregación para los Obispos, competente en la materia, que examinase la petición formulada por el Opus Dei, teniendo en cuenta "todos los datos de hecho y de derecho".

En un artículo publicado el 28 de noviembre de 1982 en L'Osservatore Romano, el Cardenal Baggio, Prefecto de dicha Congregación, precisaba de qué se trataba:

"Datos de derecho, porque, existiendo en el citado Motu propio unas normas que configuran una verdadera ley general o estatuto fundamental de las Prelaturas personales, se trataba de proceder no a la concesión de un privilegio -que, además, el Opus Dei no lo había pedido-, sino a la atenta valoración de tales normas generales y a su eventual y correcta aplicación al caso concreto en estudio. Datos de hecho, porque la Constitución de la Prelatura debía ser fruto no de la abstracta especulación doctrinal, sino también, y sobre todo, de la atenta consideración de una realidad apostólica y eclesial ya existente, el Opus Dei, con un carisma fundacional cuya legitimidad y bondad habían sido ya muchas veces reconocidas por la autoridad eclesiástica".

El estudio del tema duró más de tres años y medio, franqueando cuatro etapas:

 

  1. Examen general de la cuestión por parte de la Asamblea ordinaria de la Sagrada Congregación para los Obispos, el 28 de junio de 1979.
  2. Creación de una Comisión técnica, que se reunió veinticinco veces entre el 27 de febrero de 1980 y el 19 de febrero de 1981, estudiando todos los aspectos históricos, jurídicos, pastorales, doctrinales, apostólicos, institucionales y de procedimiento.
  3. Examen por el Santo Padre de las conclusiones de la Comisión, consignadas en dos volúmenes con un total de 600 páginas, comprendidas las normas estatutarias de la Prelatura a erigir. Conclusiones que Juan Pablo II quiso someter a la deliberación colegiada de una Comisión de cardenales designada teniendo en cuenta la finalidad, la composición y la universalidad del Opus Dei. Dicha Comisión expresó su parecer el 26 de septiembre de 1981.
  4. Finalmente, antes de pasar a la realización práctica, el Papa quiso que una nota referente a las características esenciales de la Prelatura fuese enviada a los obispos de los países donde trabaja el Opus Dei con centros canónicamente erigidos (es decir, más de 2.000 obispos), a fin de informarles y de permitirles -dejándoles amplio margen de tiempo- presentar sus eventuales observaciones y sugerencias. Estas-muy pocas- fueron atentamente estudiadas y recibieron una respuesta motivada. Al mismo tiempo, se procedió a un nuevo examen de los estatutos redactados por el Beato Escrivá, examen que confirmó -en palabras de Mons. Costalunga- "la validez y la sabiduría con que fueron confeccionados, pudiéndose apreciar en ellos el testimonio claro del carisma fundacional y del amor grande del Siervo de Dios a la Iglesia".

 

Acabado tan largo y detallado estudio, "quedando plenamente excluida cualquier duda acerca del fundamento, la posibilidad y el modo concreto de acceder a la petición, se puso plenamente de manifiesto la oportunidad y la utilidad de la deseada transformación del Opus Dei en Prelatura personal" (Juan Pablo II).

La erección del Opus Dei en Prelatura personal

El 5 de agosto de 1982, el Papa Juan Pablo II aprobaba una Declaración de la Sagrada Congregación para los Obispos que explicaba los rasgos fundamentales de la Prelatura tal y como quedaban definidos en su derecho particular aprobado por la Santa Sede. El 23 de ese mismo mes, se hacía pública la decisión del Papa de erigir el Opus Dei en Prelatura personal.

El 28 de noviembre, L'Osservatore Romano publicaba la Declaración, firmada por el Prefecto de la Sagrada Congregación de los Obispos y por su secretario, Mons. Moreira Neves, así como un artículo del Cardenal Baggio titulado "Un bien para toda la Iglesia" y un comentario de Mons. Costalunga, subsecretario de la Congregación "La erección del Opus Dei en Prelatura personal".

El 25 de enero de 1983, el Sumo Pontífice promulgaba el nuevo Código de Derecho Canónico, el cual dedica un título especial (Cánones 294 al 297) a las prelaturas personales.

El 19 de marzo de ese mismo año tenía lugar la ceremonia de inauguración oficial de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, en la basílica romana de San Eugenio. Mons. Romolo Carboni, Nuncio en Italia, representó al Papa en este acto, que consistió en la promulgación y la remisión de la Constitución Apostólica Ut sit, fechada el 28 de noviembre de 1982, que erigía el Opus Dei en Prelatura personal. Con la Constitución Apostólica, el Papa da también fuerza de ley pontificia a los "Estatutos" o derecho particular del Opus Dei.

El 2 de mayo de 1983, finalmente, las Acta Apostolicae Sedis publicaban la Constitución Apostólica Ut sit, así como la Declaración (vol. LXXV, Págs. 423-25, 464-68).

EL ESTATUTO DE PRELATURA PERSONAL

Las prelaturas personales en general

Las prelaturas personales son estructuras jurisdiccionales de carácter netamente personal (quiere decirse que, Ver Le Tourncau, D., "Les premiares poisonnelles: uno nouvelle struciurc pastorale ordinal re au service de L'Eglisc. L'application 3I'Opus Dei", en L'Annde canoniyue, vol XXVII, 1983. Fuenmayor, A. de. "La erección del Opus Dei en Prelatura personal", en lun Canonicnm, XXIII. 1983.de ordinario, no se rigen por el criterio de la territorialidad) y secular, erigidas por la Santa Sede para la realización de actividades pastorales peculiares en el ámbito de una región, de una nación o del mundo entero.

Para el cumplimiento de sus iniciativas pastorales peculiares, estas prelaturas se componen siempre de un prelado -su ordinario propio- con o sin carácter episcopal, y de sacerdotes seculares formados en los Seminarios de estas prelaturas. Está previsto que, mediante convenciones con las prelaturas, haya laicos que puedan dedicarse al servicio de sus actividades e iniciativas, según las modalidades determinadas en leyes particulares para cada caso.

El documento conciliar, y los posteriores documentos pontificios de aplicación, prescriben, además, que la erección de las prelaturas personales debe realizarse después de oír a las conferencias episcopales de los territorios interesados. En los estatutos dados por la Santa Sede a cada una de estas instituciones debe satisfacerse también otra exigencia conciliar, a saber: que la constitución de estas prelaturas respeta siempre los derechos de los obispos diocesanos, con el fin de asegurar que la actividad de cada prelatura se inserte con equilibrio perfecto en la unidad de la pastoral de la Iglesia universal y de las Iglesias locales (ver Anuario Pontificio).

La prelatura personal constituye un programa pastoral de la Iglesia jurídicamente estructurado, que se realiza en cada diócesis con el consentimiento previo del obispo respectivo.

Estas características concretas distinguen las prelaturas personales tanto de las Iglesias particulares o diócesis como de las instituciones de carácter asociativo (institutos de vida consagrada, sociedades de vida apostólica, asociaciones de fieles), aunque presentan elementos constitutivos comunes con las primeras (prelado, clero secular incardinado y en este caso laicos que participan plenamente de la tarea apostólica de la Prelatura y constituyen su coetus Christi fideliuni) y nada se opone a que un fenómeno asociativo sea el origen de una prelatura personal.

Las prelaturas personales se encuadran en el derecho común de la Iglesia, como lo prueba su integración en el Código de Derecho Canónico, y no en un ámbito de privilegios o de exenciones (como las prelaturas territoriales del Código de 1917 y las diócesis personales, que se fundan sobre el principio de la completa independencia o autonomía en relación con las Iglesias locales y los obispos diocesanos respectivos).

La Prelatura del Opus Dei. Naturaleza

Se trata de una Prelatura personal con estatutos propios, de dimensión universal, cuyo gobierno central reside en Roma; depende de la Sagrada Congregación para los Obispos. El oratorio de Santa María de la Paz, donde reposan los sagrados restos del Beato Josemaría, en la sede central (Viale Bruno Buozzi, 75), ha sido erigido Iglesia prelaticia.

El Ordinario propio de la Prelatura es su Prelado, actualmente Monseñor Javier Echevarría. Tiene poder propio ordinario de jurisdicción sobre los clérigos incardinados en la Prelatura y sobre los laicos que a ella se incorporan (para estos últimos, sólo en lo que concierne al cumplimiento de sus obligaciones concretas asumidas por el vínculo jurídico nacido de una convención con la Prelatura). Unos y otros, clérigos y laicos, dependen de la autoridad del Prelado en cuanto a la realización de las labores apostólicas propias de la Prelatura.

 

  1. El clero o presbiterio de la Prelatura está formado exclusivamente por los sacerdotes surgidos de los miembros laicos dol Opus Dei; por lo tanto, no se sustrae a las diócesis ningún sacerdote o candidato al sacerdocio. Los sacerdotes del Opus Dei dependen únicamente del Prelado, pero deben observar las normas de los obispos diocesanos respecto a la disciplina general del clero y todas las disposiciones territoriales valederas para el conjunto de los fieles.
  2. Los laicos de la Prelatura son hombres y mujeres, célibes y casados, de toda condición o situación familiar, profesional, etc., que han recibido una vocación específica para desempeñar las tareas apostólicas propias del Opus Dei. Dependen del obispo de la diócesis respectiva, según las normas del derecho, lo mismo que los demás fieles -cuyos iguales son- y de acuerdo con los estatutos de la Prelatura: del Prelado sólo dependen en todo aquello que se relaciona con los fines del Opus Dei.
  3. Las relaciones de la Prelatura con la jerarquía eclesiástica territorial están precisadas en los estatutos, como de forma general lo prescribe el Código de Derecho Canónico (c. 297). El obispo diocesano debe ser informado antes de que la Piciatura inicie una actividad estable en el territorio de la diócesis; su autorización es una condición sine qua non para la erección de un centro de la Prelatura. Tiene también derecho a visitar los centros canónicamente erigidos en lo que concierne al oratorio, el sagrario y el lugar de las confesiones. Se requieren además sus poderes ministeriales para que los sacerdotes de la Prelatura puedan ejercer su ministerio con los fieles que no forman parte de ella. En cada país, la Prelatura deberá mantener relaciones frecuentes y regulares con el Presidente de la Conferencia Episcopal y con los obispos de las diócesis en que trabaja. Además, si un obispo diocesano quiere confiar una parroquia a la Prelatura, deberá establecer una convención con ella.

 

Fines

Un documento de la Santa Sede precisa que la finalidad de la Prelatura del Opus Dei es doblemente pastoral:

"En efecto, el Prelado y su presbiterio desarrollan una peculiar labor pastoral en servicio del laicado -bien circunscrito- de la Prelatura, y toda la Prelatura -presbiterio y laicado conjuntamente- realiza un apostolado específico al servicio de la Iglesia universal y de las Iglesias locales.

Son dos, por tanto, los aspectos fundamentales de la finalidad y de la estructura de la Prelatura, que explican su razón de ser y su natural inserción en el conjunto de la actividad pastoral y evangelizadora de la Iglesia:

 

  1. De una parte, la peculiar labor pastoral del Prelado con su presbiterio para atender y sostener a los fieles laicos incorporados al Opus Dei en el cumplimiento de los compromisos ascéticos, formativos y apostólicos, que han asumido y que son particularmente exigentes.
  2. De otra, el apostolado del presbiterio y del laicado de la Prelatura, que llevan a cabo inseparablemente unidos, con el fin de difundir en todos los ambientes de la sociedad una profunda toma de conciencia de la llamada universal a la santidad y al apostolado, y más concretamente, del valor santificante del trabajo profesional ordinario".

 

Los sacerdotes ya incardinados en otras diócesis no forman parte del clero de la Prelatura. Pueden, sin embargo, adherirse a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, asociación de clérigos intrínsecamente unida a la Prelatura y

Citado por Mons. Álvaro del Portillo en "El Opus Dei, Prelatura pe lona". folletos Mundo Cristiano núms. 364-65.dirigida al mismo tiempo que ella por la Santa Sede. Esos sacerdotes responden a una nueva vocación a buscar la santidad en el ejercicio de su ministerio pastoral según el espíritu del Opus Dei. Su condición diocesana permanece invariable, así como su dependencia de los obispos respectivos. No tienen un superior interno en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, por lo que no puede surgir un problema de doble obediencia. Como en toda asociación, sólo están sometidos a los reglamentos internos, que, en este caso, no conciernen más que a su vida espiritual. El Prelado del Opus Dei es el Presidente General de la Asociación.

LA ORGANIZACIÓN INTERNA DEL OPUS DEI

El gobierno central del Opus Dei

El Prelado es elegido por un Congreso electivo convocado a tal fin; su cargo es vitalicio, y la elección ha de ser confirmada por el Papa. El Prelado debe ser sacerdote desde por lo menos cinco años antes de su elección. Puede designar un Vicario Auxiliar.

La Prelatura del Opus Dei constituye una unidad pastoral orgánica e indivisible. Realiza sus apostolados a través de sus dos Secciones, una masculina y otra femenina. El Prelado, que es el Ordinario de la Prelatura, gobierna las dos secciones con ayuda de los Consejos respectivos. Esta unidad de gobierno garantiza la unidad fundamental de espíritu y de jurisdicción de las dos secciones. La Prelatura del Opus Dei constituye un "organismo apostólico, compuesto de sacerdotes y laicos, hombres y mujeres, orgánico e indivisible al mismo tiempo, es decir, una institución dotada de unidad de espíritu, fin, gobierno y formación" (Constitución Apostólica Ut sit), bajo la dirección del Prelado, que es el ordinario propio.

En sus tareas de gobierno de la Sección de varones, el Prelado cuenta con la ayuda de un Consejo General formado por el Vicario Auxiliar -si ha sido nombrado-, el Vicario Secretario General, el Vicario para la Sección de mujeres (llamado Sacerdote Secretario Central), tres Vicesecretarios, un Delegado de cada región (por lo menos), el Prefecto de Estudios y el Administrador General. El Vicario Auxiliar, el Vicario Secretario General y el Vicario Secretario Central tienen que ser sacerdotes. Un Procurador, también sacerdote, representa a la Prelatura ante la Santa Sede y un sacerdote Director Espiritual Central vela por la dirección espiritual común de todos los fieles de la Prelatura, bajo la dirección del Prelado y de sus Consejos.

La Sección de mujeres está dirigida por el Prelado con su Vicario Auxiliar (si lo hay), el Vicario Secretario General, el Vicario Secretario Central y el Consejo Central, órgano semejante al Consejo General de la Sección de varones y con análogas funciones.

Todos los directores o directoras de esos dos órganos son nombrados por ocho años (con excepción del Vicario Auxiliar).

El gobierno regional y local del Opus Dei

El Prelado erige, de acuerdo con su Consejo, regiones o cuasi-regiones que son gobernadas por un Vicario Consiliario Regional nombrado por el Prelado de acuerdo con su Consejo; un Consejo Regional de cada Sección (similares en su constitución a los del gobierno central) le ayuda en sus tareas.

Todos los centros de la Prelatura erigidos canónicamente están gobernados por un director con su Consejo. Entre el Vicario Regional con sus Consejos y los respectivos Centros puede haber, a veces, órganos intermedios llamados delegaciones, las cuales, divididas también en Centros, ayudan al gobierno de la Prelatura en el marco de una circunscripción territorial determinada que forma parte de la región. Cada delegación está gobernada por un Vicario Delegado, que ha de ser sacerdote, ayudado por sus Consejos.