La espiritualidad del Opus Dei

El 2 de octubre de 1928, a San Josemaría Escrivá se le da a conocer exactamente lo que Dios quiere de él; ve claramente definido lo que ha de ser el Opus Dei. La luz que recibe no es una inspiración vaga o genérica, sino precisa y concreta; sabe que la tarea que ha de emprender "no es una empresa humana, sino una gran emmpresa sobrenatural que comenzó cumpliéndose en ella a la letra cuanto se necesita para que se pueda llamar sin jactancia la Obra de Dios".

Desde ese instante, el Fundador es capaz de describirla detalladamente a quienes reciben sus confidencias, los cuales tienen la impresión de que habla de cosas ya realizadas. En sus primeros escritos, presenta ya toda la novedad del mensaje del Opus Dei: cualquier hombre, sea quien sea, está llamado, sin abandonar el mundo, a la santidad y al apostolado, siempre que sea capaz de sobrenaturalizar las realidades temporales en que está inserto, el trabajo profesional y sus obligaciones familiares y sociales.

Lo que hoy parece evidente, no lo era en aquellos años. Por eso, conviene hacer unas breves precisiones históricas para comprender la novedad de este mensaje, radical para quien vive en el mundo y ejerce una profesión, porque la llamada a la santidad no tiene fundamento si no se reconoce que las realidades temporales son santificables y santificantes. Todo cambia, sin embargo, cuando se percibe el sentido cristiano de esas realidades y cuando, como el Fundador incita a hacer a quienes Dios llama, uno se compromete a santificarlas mediante una verdadera vocación, en el sentido exacto de este término. Monseñor Escrivá no se limita a proclamar, en abstracto, la doctrina sobre la llamada universal a la santidad de los laicos; suscita, en individuos concretos, la búsqueda de esa santidad y el ejercicio del apostolado en las tareas seculares y gracias a ellas. Se trata, pues, de un nuevo fenómeno pastoral, "suscitado en nuestra época por la Providencia divina para el bien de la Iglesia y de todas las almas, abundantemente bendecido por cinco Papas" (Mons. Carboni, en la ceremonia de inauguración de la Prelatura del Opus Dei).

PANORAMA HISTÓRICO

La concepción religiosa

En los primeros siglos del cristianismo, el trabajo pronto deja de ser considerado como algo bueno en sí mismo para convertirse en simple medio ascético para combatir la ociosidad, madre de todos los vicios. Así lo ven San Atanasio o Casiano, entre otros.

La vida cenobítica comienza a cobrar importancia. San Juan Crisóstomo, que se interesa mucho por el trabajo, es, entre los Padres de la Iglesia, el último que habla de la santificación de la vida ordinaria en los mismos términos que el Vaticano II. Después -estamos en el siglo V- da la impresión de que el cristiano corriente no estuviera llamado a vivir plenamente el Evangelio.

En cuanto al apostolado, no parece formar parte de las obligaciones del cristiano. En la Regla de San Benito, es más el monasterio que el mismo monje quien lo lleva a cabo.

Las órdenes mendicantes, aparecidas en el siglo XIII, hacen hincapié en la predicación fuera de los claustros, en las plazas y mercados de las ciudades, lo cual no comporta destacar el valor del trabajo profesional; se le resta importancia más bien, ya que el trabajo manual realizado antes en los monasterios poseía una cierta semejanza con el realizado en el mundo. Se hubiera podido, teóricamente, vislumbrar la importancia de éste como medio de santificación, pero la polémica que enfrentó a las órdenes mendicantes con el clero secular en el siglo XIII, llevó a las primeras a subrayar que era posible santificarse sin trabajar, ganándose la vida mendigando.

Los teólogos de las órdenes mendicantes, en efecto, no prestaron atención al trabajo y afirmaron que el trabajo manual en los conventos no era obligatorio. Santo Tomás presenta las ocupaciones seculares como un obstáculo para la contemplación y San Buenaventura y otros opinan lo mismo.

Otras instituciones más directamente presentes en el mundo, como las órdenes militares, las hermandades y los gremios, tampoco aportan una preparación ascética y doctrinal capaz de favorecer una toma de conciencia de la necesidad de santificar el trabajo.

Durante los últimos siglos de la Edad Media, se presta todavía menos atención al trabajo. El autor de La imitación de Cristo tiene del mismo un criterio incluso más negativo que el de los Padres del Desierto, los cuales distorsionaban la oposición ocio-trabajo al limitar éste al esfuerzo que implica la lucha ascética. Es la concepción de Cisneros en su Exercitatorio y de San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales, inspirados en la obra de Cisneros.

Una cierta evolución positiva se advierte en el Renacimiento, con hombres como Tomás Moro o Erasmo, pero no tarda en extinguirse. La actitud de Lutero, que da origen al protestantismo, y a la escisión con Roma en el siglo XVI, retrasará considerablemente el descubrimiento del valor santificador del trabajo, ya que la concepción protestante del pecado original como corrupción radical de la naturaleza humana y la negación de toda utilidad salutífera de las obras humanas, incluso realizadas en estado de gracia, se oponen frontalmente a ello.

El otro gran acontecimiento del siglo XVI, el descubrimiento de pueblos todavía no evangelizados, hubiese podido facilitar una mayor adaptación del sacerdocio y la vida de perfección a un apostolado más eficaz y más adecuado a las necesidades del momento. Sin embargo, la teología católica del Renacimiento y del Barroco se deja influir, en parte, por las ideas de una aristocracia que desprecia el trabajo manual y por un moralismo estrecho y mal orientado. Desconfía también de los excesos, sobre todo el misticismo, y proclama, con Melchor Cano, que los laicos no pueden alcanzar las cimas de la perfección cristiana. El jesuita Francisco Suárez, por su parte, elabora la teoría de los estados, según la cual los religiosos, los obispos -y los sacerdotes por analogía- se encuentran, por vocación, en un estado de perfección, pero los simples fieles no, por lo que nunca pueden alcanzar un alto grado de perfección; teoría que, en adelante, limitará rígidamente la llamada a la santidad.

En el siglo XVII empieza a dibujarse una reacción destinada a conducir a los cristianos corrientes por caminos de una mayor perfección. San Francisco de Sales es el más ilustre representante de esta tendencia, aunque de ordinario se limita a proponer a los laicos los mismos medios de santificación que utilizan los religiosos, adaptándolos a su situación.

La teología espiritual, por su parte, presenta las actividades de tipo eclesiástico como el único trabajo humano con valor sobrenatural, por lo que las tareas seculares que dan implícitamente al margen del camino que conduce a la santidad.

Después de la Revolución Francesa, la espiritualidad religiosa evoluciona hacia una mayor presencia en el mundo; se presta más atención a las actividades terrenas en general, no sólo al trabajo físico. Con todo, el ver el mundo desde fuera sigue siendo una actitud general: se trata de vivir "como" los demás, de "salir al encuentro" del mundo, de "acercarse", de "unirse" a los que trabajan, etc. Las asociaciones religiosas que se constituyen siguen colocando el centro de la vida espiritual al margen del mundo y el apostolado se concibe como un testimonio de presencia que, procedente del exterior, se superpone a la presencia de los que ya están en el mundo. No es extraño, pues, que en la época en que nació el Opus Dei muchos laicos se sintieran desgarrados y como divididos entre el deseo de santificarse -el cual parecía implicar un alejamiento del mundo- y el de permanecer en el mundo, donde habían edificado su vida familiar, profesional y social.

Algunos se orientaban hacia la práctica de una serie de devociones y de obras de caridad, con objeto de asemejarse, "en la medida de lo posible", a los religiosos que vivían en un estado de perfección evangélica. Lo cual tenía, entre otras, las siguientes consecuencias: a) aspirar a la santidad exigía disponer de ratos de recogimiento al margen de las obligaciones cotidianas; b) esa santidad laical era siempre una santidad de segunda clase en comparación a la santidad de primera de los religiosos; c) al ser la virtud de religión -según Santo Tomás- una virtud natural, una espiritualidad de ese tipo no introducía al laico, en cuanto tal, en la vida sobrenatural. Tratando de "acumular" actos de religión, virtuosos y de caridad, y dando la espalda a las tareas ordinarias, el laico "pío" o "devoto" terminaba por considerar sus obligaciones familiares, profesionales y sociales como un obstáculo para su santificación.

Para algunos otros, la santidad de los laicos debía tener un carácter esencialmente moral, es decir, impregnado de bondad: ser un buen padre de familia, cumplir como es debido los deberes conyugales, ser trabajador, tener una conducta recta, etc. Lo cual, siendo importantísimo, no basta para elevar al hombre al plano sobrenatural, entrañando además el riesgo -real- de una desviación hacia el santo laico -ateo en sus límites- que se contenta con ser "honrado", sin preocuparse de la llamada a la santidad.

La evolución del estado religioso y el nacimiento del Opus Dei coinciden, más o menos, en el tiempo, pero esa es la única coincidencia. El Beato Josemaría afirma que "el camino de la vocación religiosa me parece bendito y necesario en la Iglesia (...) Pero ese camino no es el mío, ni el de los miembros del Opus Dei. Se puede decir que, al venir al Opus Dei, todos y cada uno de sus miembros lo han hecho con la condición explícita de no cambiar de estado".

La diferencia esencial puede expresarse mediante dos movimientos de distinto signo. Uno interpela al mundo desde el exterior, sale a su encuentro y suscita una presencia en el mundo: es la evolución del estado religioso. El otro es un "ser del mundo"; es un movimiento para santificar al mundo desde dentro y conducirlo a Dios. Por eso, la espiritualidad del Opus Dei es netamente secular. La Obra agrupa a personas de toda clase que, "estando en medio del mundo, mejor dicho, que siendo del mundo -pues son seglares corrientes-, aspiran por vocación divina a la perfección cristiana. Nuestra vocación hace, precisamente, que nuestra condición secular, nuestro trabajo ordinario, nuestra situación en el mundo, sea nuestro único camino para la santificación y el apostolado. No es que tengamos esa ocupación secular para encubrir una labor apostólica, sino que es la ocupación que tendríamos si no hubiésemos venido al Opus Dei; y la que tendríamos si tuviéramos la desgracia de abandonar nuestra vocación. Nosotros, hijos, somos gente de la calle. Y cuando trabajamos en las cosas temporales, lo hacemos porque ese es nuestro sitio, ese es el lugar en el que encontraremos a Jesucristo, en el que nuestra vocación nos ha dejado". Lo cual hacía decir al Cardenal Luciani, futuro Papa Juan Pablo 1, que si San Francisco de Sales había propuesto una espiritualidad para los laicos, Monseñor Escrivá, por su parte, propone una espiritualidad laical, es decir, secular.

El fenómeno pastoral del Opus Dei "no nace en polémica con las espiritualidades religiosas; es un brote distinto de la perenne riqueza espiritual del Evangelio"; surge "de abajo", de la vida ordinaria, y no está, según el Fundador, en la línea de una mundanización -"desacralización"de la vida monástica o religiosa. No es el último estadio de una aproximación de los religiosos al mundo.

Se había producido, pues, una solución de continuidad de muchos siglos, ya que, de hecho, el mensaje del Opus Dei, "viejo como el Evangelio y como el Evangelio nuevo", enlaza con los primeros cristianos, que continuaron viviendo normalmente en medio de la sociedad de su tiempo.

LA SANTIFICACIÓN DEL TRABAJO

Los principios básicos

Un texto del Beato Josemaría puede servir para captar, en su conjunto, la concepción de la santificación que predicó: "No entenderían nuestra vocación los que pensaran que nuestra vida sobrenatural se edifica de espaldas al trabajo: porque el trabajo es, para nosotros, medio específico de santidad. Nuestra vida interior, contemplativa, en medio de la calle, toma ocasión y aliento de la misma vida externa, del trabajo de cada uno. No hacemos separación entre nuestra vida interior y el trabajo apostólico: es todo una misma cosa. La labor externa no ha de causar interrupción alguna en la oración, como el latir del corazón no interrumpe la atención a nuestras actividades, de cualquier tipo que sean".

"El hombre fue creado para servir y amar a Dios y para ofrecerle toda la creación", como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 358). Sin embargo, precisamente, "el trabajo humano procede directamente de personas creadas a imagen de Dios y llamadas a prolongar, unidas y para mutuo beneficio, la obra de la creación dominando la tierra". Así "el trabajo honra los dones del Creador y los talentos recibidos. Puede ser también redentor (...), un medio de santificación y de animación de las realidades terrenas en el espíritu de Cristo" (n. 2427). En este espíritu, el Beato Escrivá pone de relieve el alcance del pasaje del Génesis (II, 15) en el que se dice que el hombre ha sido creado ut operaretur, para que trabajase. Si tal es la condición del hombre, el trabajo ordinario constituye el eje de su santidad y el medio sobrenatural y humano adecuado para ayudar a sus hermanos, los demás hombres.

Esta afirmación divina se sitúa antes del pecado original de nuestros primeros padres, por lo que el trabajo aparece como una exigencia de la naturaleza del ser humano. Sólo su lado penoso y fatigoso puede ser considerado como un castigo del pecado original, pero no el trabajo en sí mismo, que es algo bueno y noble. El hombre se realiza plenamente trabajando. Es lo que le hace superior a las demás criaturas.

Así, pues, el trabajo, en su sentido más amplio, forma parte de los planes de Dios sobre los hombres; es "un medio con el que el hombre se hace participante de la creación; y, por tanto, no sólo es digno, sea el que sea, sino que es un instrumento para conseguir la perfección humana -terrena- y la perfección sobrenatural".

Además de co-creador, el hombre es también corredentor con Dios. En efecto: asumido por Cristo, que aprendió de San José el oficio de carpintero, el trabajo se presenta como una realidad que también ha sido redimida. No es sólo el marco en que se desenvuelve la vida del hombre, sino también medio y camino de santidad, una realidad santificante y santificable. El trabajo profesional se convierte así en el quicio sobre el que se fundamenta y gira toda la tarea de la santificación.

Es lo que llevaba al Fundador del Opus Dei a resumir la vida del hombre en la tierra diciendo que es preciso "santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar a los demás con el trabajo". El orden no es algo fortuito: traduce la convicción que abrigaba Monseñor Escrivá, según la cual santidad personal (santificarse en el trabajo) y el apostolado (santificar con el trabajo) no se llevan a cabo con ocasión del trabajo, como si fuera algo incidental o yuxtapuesto, sino a través del trabajo, el cual participa plenamente de la existencia humana y está llamado a ser santificado.

Santificar el trabajo

El primer elemento de esa trilogía consiste en santificar el trabajo que se lleva a cabo en el mundo. Este es bueno en sí mismo, porque ha salido de las manos de Dios. El odio, el orgullo, la violencia, las rivalidades, etc., son consecuencia del pecado original de Adán y Eva y de los pecados personales de cada hombre, que ensucian al mundo y lo apartan de Dios.

El espíritu del Opus Dei ve el mundo con optimismo: el cristiano ha recibido la misión de restituirle su bondad original, llevándolo de nuevo a Dios y haciendo de él ocasión de santidad. Frente al "desprecio del mundo" o al "alejamiento del mundo", propios de la vocación religiosa, el Beato Josemaría Escrivá preconiza el amor al mundo, "porque es el ámbito de nuestra vida, porque es nuestro lugar de trabajo, porque es el campo de batalla -hermosa batalla de amor y de paz-, porque es donde nos hemos de santificar y hemos de santificar a los demás".

Para el Fundador, es preciso reconducir a Dios la creación entera y, a semejanza del rey Midas, que transformaba en oro todo lo que tocaba, hacer del trabajo humano, "por amor, Obra de Dios, Opus Dei, operatio Dei, labor sobrenatural".

Establecido este principio, se puede afirmar que todas las ocupaciones honradas del hombre, especialmente sus actividades profesionales, pueden y deben ser santificadas. En cuanto participación en la acción creadora de Dios, el cristiano debe realizar su trabajo en un plano sobrenatural, sin que ninguna tarea quede al margen. A los ojos de Dios, todos los oficios son nobles, todos son importantes, pues, en último término, su "valor depende del amor de Dios que ponen en ellos los que los realizan".

San Josemaría Escrivá se rebelaba contra toda división de los hombres por su trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. Y precisaba: "¿Qué me importa a mí que un hijo mío sea ministro o barrendero? Lo que me importa es que se santifique con su trabajo".

Tal concepto del trabajo permite "poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas", es decir, llevarlas a su plenitud y sacar de ellas todas sus consecuencias espirituales. Lo cual implica que el cristiano adopte una doble actitud:

 

  1. Primero, que realice su trabajo con la mayor perfección de que sea capaz, tanto desde el punto de vista humano como sobrenatural. Para poder santificar el trabajo, el que lo lleva a cabo debe tener rectitud de intención y sentido sobrenatural, lo cual el Fundador del Opus Dei resumía así: "Pon un motivo sobrenatural a tu ordinaria labor profesional, y habrás santificado el trabajo". Es preciso, además, santificar la propia tarea sabiendo, gracias a la fe, descubrir su finalidad última -el bien absoluto, Dios-y realizarla por la caridad, en la esperanza. Este fin último sobrenatural se sitúa en el plan de la Redención; engloba y sublima los fines intermedios del hombre (fines naturales, en el plano de la Creación), que son elevados al orden de la gracia. Así, pues, una parte esencial de la santificación del trabajo ordinario consiste en "la buena realización del trabajo, la perfección también humana", en "el buen cumplimiento de todas las obligaciones profesionales y sociales".
  2. En segundo lugar, el cristiano tiene que hacer un juicio de valor sobre el ambiente en que vive, para así "restituir al mundo la bondad divina de su recto orden" y ejercer en él una influencia benéfica, de acuerdo con la doctrina social de la Iglesia. El trabajo imprime en la creación las huellas del hombre y le permite subvenir a las necesidades personales y familiares, contribuir a la mejora de la sociedad y hacer progresar a la humanidad entera suscitando modos de vida, de coexistencia y de fraternidad que, haciendo a sus semejantes más humanos, les dispongan a recibir el mensaje sobrenatural de la salvación.

 

Santificarse en el trabajo

El segundo aspecto de la espiritualidad del trabajo diseñada por el Fundador atañe a la santificación personal mediante la realización de ese trabajo.

"iQué me importa que me digan que fulanito es buen hijo mío -un buen cristiano-, pero un mal zapatero! Si no se esfuerza en aprender bien su oficio, o en ejecutarlo con esmero, no podrá santificarlo ni ofrecerlo al Señor; y la santificación del trabajo ordinario constituye como el quicio de la verdadera espiritualidad".

El trabajo se ofrece como el lugar privilegiado en el que se forjan prácticamente todas las virtudes. Realizado en la presencia de Dios, es una oración continua, pues pone en acción las tres virtudes teologales, que constituyen la cima de la vida cristiana.

 

  1. En primer lugar la caridad, "procurando informar todas nuestras acciones con el amor de Dios, dándonos en un servicio generoso a nuestros hermanos los hombres, a las almas todas", pues quien realiza su tarea profesional con responsabilidad rinde un servicio directo a la sociedad, aligera las cargas de otros y promueve obras de asistencia en favor de los individuos y de los pueblos menos favorecidos. Los problemas de la humanidad no pueden resolverse recurriendo sólo a la justicia. Hay que poner también caridad, como en el tiempo de los apóstoles, que se abrieron camino en un mundo corrompido y pagano mediante esta virtud sobrenatural que es "como un generoso desorbitarse de la justicia" que exige, en primer lugar, el cumplimiento, con la gracia de Dios, de los propios deberes de estado: "Se empieza por lo justo; se continúa por lo más equitativo...". Ahora bien, para obrar así hay que estar dispuesto a trabajar por todos... El Señor, en definitiva, coloca al hombre ante una alternativa: o trabajar egoístamente o poner todas las fuerzas al servicio de los demás.
  2. La fe también está presente en el trabajo. Por una parte, el Beato Josemaría enseña que las ocupaciones ordinarias, por banales y triviales que puedan parecer, tienen gran valor a los ojos de Dios y ocupan su lugar en el plan de salvación. Por otra parte, la presencia de Cristo en el alma actualiza la fe, la hace actuar continuadamente, favoreciendo la contemplación: "Nuestra vida es trabajar y rezar, y al revés, rezar y trabajar. Porque llega el momento en el que no se saben distinguir estos dos conceptos, esas dos palabras, contemplación y acción, que terminan por significar lo mismo en la mente y en la conciencia". Sin el trabajo, sin el cumplimiento de los deberes personales, para un cristiano corriente no puede haber vida de oración, vida contemplativa... Sin vida contemplativa, de poco servirá querer trabajar por Cristo.
  3. En tercer lugar, la esperanza de poder santificarse con el trabajo y obtener de Dios la recompensa que ese trabajo merece, pues ningún esfuerzo se realiza en vano. Se necesita mucha fortaleza de espíritu para perseverar día tras día, aunque cueste, y sean cuales sean las circunstancias exteriores; para terminar la tarea emprendida; para superar los inconvenientes, las incomodidades, la falta de medios; para esforzarse por ser siempre ejemplar. También se necesita prudencia, para considerar lo que hay que hacer en cada momento y cómo hacerlo. Y otras virtudes sociales, como la lealtad, la fidelidad a los compromisos adquiridos, a los amigos, a las limitaciones del trabajo, etc.; la naturalidad, que excluye las rarezas, lo que no está de acuerdo con la situación personal de cada uno. Una naturalidad que es señal de madurez humana y espiritual en quien asume plenamente sus responsabilidades y tiene al mismo tiempo la humildad de no buscar satisfacciones personales, sino únicamente hacer la voluntad de Dios ("Cuando percibas los aplausos del triunfo, que suenen también en tus oídos las risas que provocaste con tus fracasos").

 

Así, en la óptica de San Josemaría Escrivá, "no es algo sin valor la vida habitual. Si hacer todos los días las mismas cosas puede parecer chato, plano, sin alicientes, es porque falta amor. Cuando hay amor, cada nuevo día tiene otro color, otra vibración, otra armonía".

La santidad, por tanto, no debe quedar reservada para unos cuantos privilegiados que han recibido el sacerdocio o que la profesión religiosa aparta del mundo. El mensaje del Fundador del Opus Dei es resueltamente optimista, abierto e incluso revolucionario en cuanto que proclama que todos los hombres y todas las mujeres de cualquier raza, cultura, lengua, profesión y condición social (jóvenes y ancianos, solteros, casados o viudos, sanos o enfermos, sacerdotes o laicos) pueden y deben aspirar a la santidad. Es lo que, treinta y cinco años más tarde, afirmará el Concilio Vaticano II.

La santidad es igual para todos; consiste en la "identificación" progresiva con Dios mismo, a cuya imagen y semejanza el hombre ha sido creado, pero cada cual ha de buscarla en sus propias circunstancias: trabajo profesional, vida familiar, relaciones sociales, descanso, etc.

Santificar a los demás con el trabajo

La vocación profesional es inseparable de la condición de cristiano y se convierte en "candelero que ilumina" a colegas y amigos. En el pensamiento del Fundador, la santificación de las estructuras temporales es una faceta del apostolado indisociable de la acción apostólica con las personas, tomadas una a una. La situación profesional y civil de cada cual teje una serie de lazos con los compañeros de trabajo, con otras personas relacionadas con la propia profesión, con el ambiente social y familiar; así se crean relaciones de convivencia y de amistad. Una amistad auténtica, sincera, desinteresada, fundada en el mayor bien: Dios mismo. Una amistad basada en el sacrificio, de la cual nace espontáneamente la confidencia. El corazón del amigo se abre a los problemas fundamentales, a los deseos más profundos, a los más íntimos afectos del alma.

"Esas palabras, deslizadas tan a tiempo en el oído del amigo que vacila; aquella conversación orientadora, que supiste provocar oportunamente; y el consejo profesional, que mejora su labor universitaria; y la discreta indiscreción, que te hace sugerirle insospechados horizontes de celo... Todo eso es `apostolado de la confidencia'".

El Opus Dei es, con expresión del propio Fundador, "como una gran catequesis" que se esfuerza en realizar un amplio apostolado del ejemplo y de la doctrina para vencer la ignorancia, "el mayor enemigo de Dios". Esta actividad apostólica es obra, sobre todo, de cada uno de sus miembros, que la llevan a cabo allí donde se encuentran, con sus colegas y amigos, suscitando con naturalidad las ocasiones de hablar de Dios, de temas espirituales y de la vida que debe llevar un cristiano en las distintas situaciones que ofrece la existencia ordinaria. Hablando por experiencia, el Fundador decía: "Trabaja donde estás, procurando cumplir los deberes de tu estado, acabar bien la labor de tu profesión o de tu oficio, creciéndote, mejorando cada jornada. Sé leal, comprensivo con los demás y exigente contigo mismo. Sé mortificado y alegre. Ese será tu apostolado. Y, sin que tú encuentres motivos por tu pobre miseria, los que te rodean vendrán a ti , y con una conversación natural, sencilla -a la salida del trabajo, en una reunión de familia, en el autobús, en un paseo, en cualquier parte-charlaréis de inquietudes que están en el alma de todos, aunque a veces algunos no quieran darse cuenta: las irán entendiendo más cuando comiencen a buscar de verdad a Dios".

Tal es el servicio que la Iglesia Católica espera de los miembros del Opus Dei, como explica el decreto Pri,nuni inter que aprobó solemnemente el Opus Dei (16 junio 1950), un servicio que se realiza "por medio del ejemplo que dan a sus conciudadanos, a sus colegas y compañeros de trabajo, en la vida familiar, civil y profesional, esforzándose, en todas partes y en todas las ocasiones, por ser mejores".

El trabajo bien hecho siempre es ejemplar. El cristiano debe realizarlo con toda la perfección de que sea capaz en el plano humano (competencia profesional) y en el divino (por amor a Dios y para servir a las almas), mostrándose así como una obra bien hecha. Difícilmente se puede santificar el trabajo si no se hace bien, con la mayor perfección posible. Será casi imposible lograr el indispensable prestigio profesional, calificado por Monseñor Escrivá de "cátedra desde la cual se enseñe a los demás a santificar ese trabajo y a acomodar la vida a las exigencias de la fe cristiana". De aquí la necesidad de una formación profesional constante, con objeto de adquirir toda la ciencia humana de que se sea capaz. Para arrastrar a los demás, cada cual deberá empeñarse en cumplir su tarea como el mejor y, de ser posible, mejor que el mejor.

Así, pues, el apostolado no se reduce a enseñar a los demás a realizar una serie de prácticas piadosas sin conexión alguna con el trabajo y la vida. "Esa ansia que come las entrañas del cristiano corriente" auténtico, están íntimamente unidas a sus tareas ordinarias. La santificación con el trabajo conduce así, además de a la amistad y al apostolado, a rendir un servicio al prójimo y a la sociedad.

LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD

Concepto de la libertad

Una de las características del espíritu del Opus Dei, a menudo puesto de relieve por sus portavoces y con mayor insistencia aún por el Fundador, es el amor a la libertad. Un amor íntimamente conectado con la mentalidad secular propia del Opus Dei, la cual hace que, en todas las cuestiones profesionales, sociales, políticas, etc., cada miembro actúe libremente en el mundo, con arreglo a lo que le dicte su conciencia, rectamente formada, y asumiendo plenamente las consecuencias de sus actos y de sus decisiones. Eso les lleva no sólo a respetar, sino también a amar, de manera positiva y práctica, el auténtico pluralismo, la variedad de todo lo que es humano; así hacen realidad lo que la Declaración de la Sagrada Congregación para los Obispos de 23 de agosto de 1982 decía con motivo de la erección del Opus Dei como Prelatura personal: "Por lo que se refiere a sus opciones en materia profesional, social, política, etc., los fieles laicos que pertenecen a la Prelatura -dentro de los límites de la fe y de la moral católicas y de la disciplina de la Iglesia- gozan de la misma libertad que los demás católicos, conciudadanos suyos; por tanto, la Prelatura no hace suyas las actividades profesionales, sociales, políticas, económicas, etc., de ninguno de sus miembros".

Esta opción deliberada a favor de la libertad no es consecuencia de una prudencia humana o de una táctica, sino el resultado lógico de la conciencia clara que todos los miembros tienen de participar en la única misión de la Iglesia: la salvación de las almas.

Verdad es que el espíritu cristiano ofrece unos principios éticos comunes de acción temporal: respeto y defensa del Magisterio de la Iglesia, nobleza y lealtad en el comportamiento -con caridad-, comprensión y respeto de las opiniones ajenas, verdadero amor a la patria -sin nacionalismos estrechos-, promoción de la justicia, capacidad de sacrificio en servicio de los intereses de la comunidad, etc. Ahora bien, sobre la base de estos principios, cada cual determina qué solución le parece más pertinente entre las muchas opciones que existen. A este respecto, el Beato Josemaría concluía:

"Con esta bendita libertad nuestra, el Opus Dei no puede ser nunca, en la vida política de un país, como una especie de partido político: en la Obra caben -y cabrán siempre todas las tendencias que la conciencia cristiana pueda admitir, sin que sea posible ninguna coacción por parte de los directores".

Sólo la jerarquía de la Iglesia puede, si lo estima necesario para el bien de las almas, dictar una norma de conducta determinada al conjunto de los católicos.

Este programa de santidad personal y de apostolado en la vida ordinaria, en especial en el ámbito de las tareas profesionales, no se puede llevar a buen término sin la libertad que confiere la dignidad de hombres y mujeres creados a imagen de Dios. La libertad es esencial en la vida cristiana, pero siempre que cada cual asuma sus propias responsabilidades.

El cristianismo es, por naturaleza, una religión de libertad. Algo evidente para el Fundador del Opus Dei: "Dios quiere que se le sirva en libertad -ubi autem Spiritus Domini, ibi libertas (2 Cor. 3, 17)- y por tanto no sería recto un apostolado que no respetase la libertad de las conciencias".

Algunos temen que la defensa de la libertad entrañe un peligro para la fe, pero eso sólo sucede con una libertad desprovista de fin, de ley, de responsabilidad; una libertad, en suma, que no sería más que libertinaje y que consideraría como moralmente bueno lo que ansía, lo que apetece, y que lleva a rechazar a Dios. A eso conduce la libertad de conciencia, muy distinta de la libertad de las conciencias.

"Yo -decía el Fundador siguiendo a León XIII-, defiendo con todas mis fuerzas la libertad de las conciencias, que denota que a nadie le es lícito impedir que la criatura tribute culto a Dios". Si el hombre tiene obligación grave de buscar la verdad, nadie puede obligarle a profesar una fe que no ha recibido, o a profesarla de una manera determinada, en materias que Dios mismo ha dejado a elección de cada cristiano, o a limitar su ejercicio cuando la ha recibido de Dios.

Acusaciones contra el Opus Dei

El respeto a la libertad llevado hasta sus últimas consecuencias, tal y como el Beato Escrivá lo vivió y lo transmitió desde los comienzos del Opus Dei, no siempre ha sido bien comprendido, admitido e interpretado. Es posible que las mentalidades de la España del segundo cuarto de siglo no estuviesen preparadas para ello, sobre todo en los ambientes clericales.

Algunas corrientes espirituales de la época, surgidas de escuelas teológicas, orientaciones ascéticas y modalidades apostólicas divergentes, habían originado profundas divisiones entre los seglares y dado lugar a una cierta tendencia al mesianismo y a lo que el Beato Josemaría Escrivá llamaba "la mentalidad pseudo espiritual de partido único". Cada cual acababa pensando que sus principios y sus actitudes eran las únicas válidas y que todos los demás debían adherirse a ellos. De eso a considerar como perniciosas o heréticas las posiciones de otros, no había más que un paso.

Así se explican ciertas incomprensiones que empezaron a manifestarse ya en 1929, por desconocimiento del mensaje fundamental del Opus Dei: algunos no concebían que fuese posible aspirar a la santidad permaneciendo en el mundo.

Las calumnias y la persecución de los "buenos", que -decía el Fundador, perdonándolos- "tanto daño pretendían hacer, quizá pensando que hacían un servicio a Dios", se multiplicaron a partir de 1939.

Los ataques se producían a veces en el confesionario o se lanzaban desde lo alto del púlpito. Otras aparecían en la prensa o se transmitían mediante visitas a las familias de miembros del Opus Dei, las cuales quedaban angustiadas al saber que sus hijos "podían ir al infierno", porque les habían hecho creer que se podía ser santo en el mundo. Enviaban estudiantes a centros del Opus Dei para espiar y denunciar las herejías y las desviaciones que pensaban se producirían. En cierta ocasión, quemaron Camino públicamente en un colegio de religiosas de Barcelona, donde el gobernador civil de la ciudad había dado orden de detener a Monseñor Escrivá si se presentaba allí. El Fundador había sido denunciado también ante el Tribunal especial de represión de la masonería, calificando al Opus Dei de "rama judaica de la francmasonería". Más tarde, cuando la Santa Sede ya había dado su aprobación definitiva al Opus Dei, el Beato Josemaría Escrivá fue acusado ante el Santo Oficio.

El Fundador sufría con esta "contradicción de los buenos", como solía llamarla, sobre todo por el mal que causaba a las almas, empezando por las de los instigadores. Sin embargo, no perdía la serenidad. En el fondo, no le extrañaba demasiado. "¿Qué sería un cuadro todo lleno de luz, sin ninguna sombra?... ¡No habría cuadro! De modo que es conveniente que algunos no entiendan".

De este choque entre dos mentalidades -una religiosa y la otra secular-, que no hubieran debido ser antagónicas, sino complementarias, surgieron ciertas incomprensiones, ciertas campañas contra el Opus Dei. Desde algunos ambientes eclesiásticos -muy pocos-, se transmitieron a otros medios, hostiles de ordinario a la Iglesia. Todavía resurgen de vez en cuando.

Libertad y trabajo

La libertad de los miembros del Opus Dei se manifiesta, en primer lugar, en el trabajo: libertad para escoger la propia profesión u oficio y los medios adecuados para llevarlo a cabo de la mejor manera posible. Los miembros de la Obra no tienen que rendir cuentas de su trabajo más que a sus superiores profesionales, a los accionistas de su empresa, a los organismos oficiales en su caso, etc., pero jamás a sus directores del Opus Dei.

Si la Obra no interviene para nada en este tema, tampoco puede servirse del trabajo profesional de sus miembros para obtener ventajas o privilegios; sería ir totalmente en contra del carácter puramente espiritual de la Institución. Además, eso no correspondería tampoco al comportamiento que cabe esperar de cualquier persona honesta, sea o no cristiana. San Josemaría Escrivá lo dijo taxativamente: "El Opus Dei es una obra apostólica. Sólo le interesan las almas. Nuestro espíritu no nos autoriza a obrar como las sociedades de favoritismo o de bombos mutuos".

La única influencia que el Opus Dei ejerce sobre el trabajo de sus miembros consiste en darles una formación espiritual que los incite a tomar conciencia, con mayor hondura, de las implicaciones del mensaje evangélico en este terreno, y a esforzarse por aplicarlas a su trabajo diario. Lo cual lleva a una mayor sensibilidad hacia las cuestiones de justicia social, pero dejando la puerta abierta a una diversidad de respuestas. Para el Fundador no existe una sola "solución católica" a los problemas. Serán cristianas todas aquellas que respeten la ley natural y las enseñanzas del Evangelio. Ponía el acento sobre el espíritu que debía impregnar esas soluciones, no sobre la materialidad de las mismas.

Al mismo tiempo, incitaba vigorosamente a todos sus hijos a asumir sus propias responsabilidades, pues no cabe resignarse "ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano". Y exponía así la situación que se da a menudo en nuestras sociedades:

"Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, todavía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo acumulado en ojos que no quieren ver y en corazones que no quieren amar. Los bienes de la tierra, repartidos entre unos pocos; los bienes de la cultura, encerrados en cenáculos. Y, fuera, hambre de paz y de sabiduría, vidas humanas que son santas, porque vienen de Dios, tratadas como simples cosas, como números de una estadística".

Un empresario, por ejemplo, animado por esta inquietud, se opondrá a la competencia desleal, al fraude, a una subida de precios motivada por una situación de monopolio: favorecerá la honradez en las relaciones comerciales; estará especialmente atento a los problemas humanos y al marco de vida de su personal; mantendrá una auténtica justicia entre los obreros, etc. El trabajador, por su parte, se esforzará por cumplir sus propios deberes con lealtad y, como ciudadano, ejercerá sus derechos y asumirá sus obligaciones teniendo en cuenta el bien de los demás y de su propio país.

Esta influencia del espíritu del Opus Dei sobre la sociedad, fruto de la que sus miembros ejercen con su prestigio profesional en los distintos ámbitos en que desarrollan su actividad, no es en absoluto desdeñable. Además, el deseo de contribuir a la solución de los problemas que afectan al mundo contemporáneo -a los cuales el ideal cristiano tanto puede aportar- conduce a algunos miembros de la Obra a organizar actividades colectivas de apostolado de gran importancia social.

Respondiendo a "difamaciones organizadas", el Beato Escrivá arguyó, con firmeza, que sería absurdo pensar que el Opus Dei, como institución, se dedicara a explotar minas, dirigir bancos o promover empresas financieras. Tal afirmación puede ilustrarse con el ejemplo de una familia numerosa uno de cuyos hijos trabaja como obrero en la firma Michelin, otro como empleado en la Redoute y un tercero es un directivo de la BNP (Banca Nacional de París). ¿Podría decirse que esa familia es propietaria de esas grandes sociedades o que ejerce en ellas una influencia decisiva? Pues lo mismo sucede con el Opus Dei.

El Fundador no ignoraba en absoluto que una minoría sectaria no querría comprender jamás estas implicaciones prácticas de la libertad y que desearía "que lo explicásemos de acuerdo con su mentalidad: exclusivamente política, ajena a lo sobrenatural, atenta únicamente al equilibrio de intereses y de presiones de grupo. Si no reciben una explicación así, errónea y amañada a gusto de ellos, siguen pensando que hay mentira, ocultamiento, planes siniestros".

Los miembros del Opus Dei se rebelan contra tales insinuaciones. Para ellos, es impensable el servirse de su pertenencia a la Prelatura para obtener medros personales (éxitos profesionales, triunfos sociales, ayudas mutuas, etc.) o para imponer sus propias opiniones. Además, los demás miembros no lo tolerarían y obligarían al inoportuno "a cambiar de actitud o a dejar la Obra. Es este un punto en el que nadie, en el Opus Dei, podrá permitir jamás la menor desviación, porque debe defender no sólo su libertad personal, sino la naturaleza sobrenatural de la labor a la que se ha entregado. Pienso, por eso, que la libertad y la responsabilidad personales, son la mejor garantía de la finalidad sobrenatural de la Obra de Dios".

Si hay miembros del Opus Dei que ocupan a veces funciones o puestos relevantes, se debe a su esfuerzo personal por santificar su trabajo, nunca a presiones del Opus Dei o a favoritismo por parte de otros miembros. Cada cual sabe que es plenamente libre, no sólo en sus juicios, sino también para escoger sus colaboradores y resolver sus asuntos en el plano profesional. Y todos se esfuerzan por vivir escrupulosamente el precepto moral que exige dar puestos o cargos teniendo en cuenta la preparación de las personas y la utilidad pública, pues así lo exige ]ajusticia.

Libertad y política

Quienes no creen en la existencia de ideales religiosos y de valores morales capaces de unir a los hombres en una empresa común por encima de las divisiones políticas, pueden reflexionar sobre una realidad de orden sociológico: hay miembros del Opus Dei de casi un centenar de nacionalidades, de los cinco continentes, de toda condición social, de las más variadas razas y culturas, con distinta mentalidad y viviendo en su propio ambiente familiar, profesional y social. ¿Cómo, en estas circunstancias, podría imponer la Institución una especie de dogma en materia tan discutible y mudable como la política a personas tan distintas y tan alejadas unas de otras? ¿Cómo pedirle a un japonés o a un keniano que se comporte en política como un australiano, un filipino, un malayo o un luxemburgués?

De hecho, San Josemaría recalcó una y otra vez que, por su misma naturaleza, "el Opus Dei no está ligado a ninguna persona, a ningún grupo, a ningún régimen, ni a ninguna idea política".

En una instrucción para uso de los directores del Opus Dei, el Fundador les exhorta a no hablar de política y a mostrar que, en el Opus Dei, "caben todas las opiniones que respeten los derechos de la Santa Iglesia". Y añade que la mejor garantía para que los directores no se inmiscuyan en temas opinables es infundir en los miembros la conciencia de su libertad, pues "si los directores quisieran imponer un criterio concreto en una cuestión temporal, los demás miembros del Opus Dei que piensan de otra manera se rebelarían inmediata y legítimamente; y yo me vería en el triste deber de bendecir y alabar a los que se negasen firmemente a obedecer, y a reprender con santa indignación a los directores que pretendiesen hacer uso de una autoridad que no pueden tener".

Hay que conocer lo que le costó a Monseñor Escrivá fundar el Opus Dei para comprender, en toda su profundidad, el vigor de otra de sus declaraciones, que refuerza la precedente:

"He escrito, hace tiempo que, si alguna vez el Opus Dei hubiera hecho política, aunque fuera durante un segundo, yo -en ese instante equivocado- me hubiera marchado de la Obra. Por tanto no debe ser creída ninguna noticia en la que puedan mezclar la Obra con cuestiones políticas, económicas ni temporales de ningún género. De una parte nuestros medios son siempre limpios, y nuestros fines son siempre y exclusivamente sobrenaturales. De otra, cada uno de los miembros tiene la más completa libertad personal, respetada por todos los demás, para sus opciones ciudadanas, con la consiguiente responsabilidad, lógicamente también personal. Por tanto, no es posible que el Opus Dei se ocupe jamás de labores que no sean inmediatamente espirituales y apostólicas, y que nada tienen que ver con la vida política de ningún país. Un Opus Dei metido en la política es un fantasma que no ha existido, que no existe, y que nunca podrá existir; la Obra, si sucediera ese caso imposible, inmediatamente se disolvería".

El amplio pluralismo que se vive en el Opus Dei no plantea problemas. Ya en 1930 escribió el Fundador que es "una manifestación de buen espíritu, de vida corporativa limpia, de respeto a la legítima libertad de cada uno". Los miembros del Opus Dei responden individualmente de sus opiniones y de sus actos. Su compromiso espiritual con la Prelatura no condiciona en absoluto sus preferencias políticas, por lo que el pluralismo es una realidad auténtica.

En España, por circunstancias temporales que ya pertenecen al pasado, la presencia de varios miembros del Opus Dei en el gobierno franquista dio lugar a diversas interpretaciones que pretendían ignorar que, al mismo tiempo, otros miembros del Opus Dei militaban en la oposición -ilegal entonces- y eran víctimas, a veces, de las arbitrariedades de ese mismo gobierno.

Para la mayor parte de los fieles de la Prelatura, su intervención en política tiene las mismas características que para la mayoría de sus conciudadanos: consiste en asumir sus derechos y sus deberes cívicos y expresar sus opiniones por los canales de los distintos sistemas de participación que existen en la comunidad política a que pertenecen. Definir a alguien como miembro del Opus Dei por sus ideas políticas, o por sus intervenciones en la vida pública, si se trata de un político, carece de sentido.

Un periodista de Le Monde se preguntaba, en 1972, si se podía hablar de una "conspiración" del Opus Dei, y respondía:

"Los observadores imparciales piensan que no. Tendría que tener una filosofía temporal que no tiene. Es la libertad civil de que gozan sus miembros la que explicaría su éxito"

Respeto a la libertad

Los miembros del Opus Dei que, libremente, deciden participar de manera activa en la vida política actúan con plena libertad, sin recibir consignas ni recomendaciones de ningún tipo. La única influencia que ejerce el Opus Dei se sitúa al mismo nivel que en el trabajo profesional: se limita a recordar la necesidad de ser consecuente con la propia fe, de actuar con un espíritu cristiano manifestado "en el cuidado que ponéis en practicar, por encima de toda pasión humana, el mandamiento supremo de la caridad; en la ponderación con que dais a conocer vuestros puntos de vista, estudiando los problemas sin discusiones apasionadas; en el respeto a la libertad de opinión que existe en todos esos dominios de la actividad humana; y en la comprensión -la apertura- con que tratáis a las personas que defienden ideas contrarias".

Esta actitud de profundo respeto hace que haya en el Opus Dei personas de todas las tendencias políticas, intelectuales e ideológicas que son compatibles con una conciencia cristiana. Una realidad que se desprende también del hecho de la universalidad del apostolado de la Obra, que no se limita a personas de condiciones sociales o mentalidades determinadas; se dirige a todos los hombres de buena voluntad que desean participar de la labor apostólica que se les propone. Los que se acercan al Opus Dei, son atraídos por la fuerza de una fe que se les presenta profundamente vivida, superando toda barrera humana. De hecho, la mayoría de los miembros de la Prelatura, "en todos los países, son amas de casa, obreros, pequeños comerciantes, oficinistas, campesinos, etc., es decir, personas con tareas sin especial peso político o social".

El espíritu del Opus Dei pone muy claro el acento en esta libertad que debe darse en todas las cuestiones temporales, ya que no es legítimo imponer a los demás las propias opiniones. Algo que el Opus Dei ha repetido tanto que es imposible que no se viva realmente, pues si así no fuese, los miembros se hubiesen rebelado hace tiempo en nombre de esa libertad tantas veces invocada.

"Hay, por desgracia, entre los hombres, tanta tendencia al totalitarismo, a la tiranía, al fanatismo de las propias opiniones en materias discutibles, que nos hemos de esforzar mucho para dar ejemplo -en todas partes- de nuestro amor a la libertad personal de cada uno"; y por suscitar la comprensión entre los hombres, sin violencia.

"No la comprendo -decía de ella el Fundador-, no me parece apta ni para convencer ni para vencer: un alma que recibe la fe se siente siempre victoriosa. El error se combate con la oración, con la gracia de Dios, con razonamientos desapasionados, ¡estudiando y haciendo estudiar! Y con la caridad".

Otros dominios de la libertad

La investigación

Sin tratar de ser exhaustivos, merece la pena señalar lo que decía el Fundador sobre la libertad con respecto a la investigación científica. En el discurso que pronunció en el mes de octubre de 1967, con motivo del nombramiento de doctores honoris causa de la Universidad de Navarra a un grupo de destacados investigadores -entre ellos el Prof. Jean Roche, rector de la Sorbona-, el Beato Escrivá dijo que el papel de la Universidad consistía en servir a los hombres y ser fermento de la sociedad. "Debe -añadió- investigar la verdad en todos los campos, desde la Teología, ciencia de la fe, llamada a considerar verdades siempre actuales, hasta las demás ciencias del espíritu y de la naturaleza". La actitud cristiana del hombre de ciencia consiste en adentrarse, con audacia, por los arduos senderos de la investigación, con espíritu libre y sin retroceder ante el esfuerzo. Algo que, evidentemente, no es cómodo.

Durante una ceremonia análoga organizada en 1974 en honor del Prof. Jeróme Lejeune y de Mons. Hengsbach, el Fundador precisaba que "la necesaria objetividad científica rechaza justamente toda neutralidad ideológica, toda ambigüedad, todo conformismo, toda cobardía: el amor a la verdad compromete la vida y el trabajo entero del científico", que debe implorar la ayuda divina, consciente de que el descubrimiento de algo nuevo es fruto del querer de Dios, quien así se revela un poco más a los hombres.

Si son verdaderamente científicas, esas investigaciones deben conducir necesariamente a Dios. El Fundador no deseaba, por lo tanto, que la Teología invadiese el terreno propio de las demás ciencias. Al contrario: rechazaba toda pretensión que pudiese provocar una disminución de la autonomía de éstas. Era una consecuencia lógica de su amor a la libertad personal, de las exigencias de la naturaleza y de la competencia de quien ejerce su profesión con honradez (considerando, en este caso, sobre todo su búsqueda de la verdad).

San Josemaría Escrivá defendía "la libertad personal que los laicos tienen para tomar, a la luz de los principios enunciados por el Magisterio, todas las decisiones concretas de orden teórico o práctico (por ejemplo, en relación a las diversas opciones filosóficas, de ciencia económica o de política, a las corrientes artísticas y culturales, a los problemas de su vida profesional o social, etc.) que cada uno juzgue en conciencia más convenientes y más de acuerdo con sus personales convicciones y aptitudes humanas".

Las ciencias sagradas

En el terreno más restringido de la Teología, los miembros del Opus Dei pueden contribuir con toda libertad, mediante sus investigaciones, al apostolado de la doctrina; enriquecer con nuevas aportaciones el tesoro de los conocimientos y proponer nuevas soluciones a los nuevos problemas. Aceptan, de antemano, someterse al juicio de la Iglesia y no rebasar los límites de su doctrina. Tienen la misma libertad que los demás católicos para formarse sus propias opiniones en materias filosóficas, teológicas, de derecho canónico o de Sagrada Escritura, siempre que la Iglesia no haya dado un juicio definitivo. Pueden tener seguidores o discípulos, pero sin crear una escuela dentro del Opus Dei a la cual los demás miembros tengan que adherirse.

San Josemaría ponía de relieve que el espíritu y la mentalidad plenamente seculares del Opus Dei confería a sus miembros una especial facilidad para buscar la verdad en libertad, y que la libertad, unida a la caridad, conduce a desear y a defender la libertad personal de todos.

Esta exposición de la libertad quedaría incompleta sin una última precisión. Cuando le preguntaban al Fundador en qué consistía la "liberación" tan proclamada por todas partes, solía responder sin la menor vacilación: "¡Liberarse del pecado! ¡Liberarse de las cadenas de las pasiones malas! ¡Liberarse de los vicios! ¡Liberarse de las malas compañías! ¡Liberarse de la flojera! ¡Liberarse de la fealdad del alma y de la del cuerpo!". Y, para completar este cuadro de la libertad de los hijos de Dios, él, que había suscitado tantas obras de promoción social, añadía: "Querer liberarse del dolor, de la pobreza, de la miseria, es estupendo; pero eso no es liberación. La liberación es lo otro. Liberación es... ¡llevar con alegría la pobreza!, ¡llevar con alegría el dolor!, ¡llevar con alegría la enfermedad!, ¡llevar con una sonrisa el ahogo de la tos!".

La responsabilidad personal

Subyacente a la afirmación de la libertad, encontramos siempre, en las enseñanzas de San Josemaría, la noción correlativa e inseparable de la responsabilidad personal. Ambas -decía- deben tener la misma importancia; son como "dos líneas paralelas": sin libertad no puede haber responsabilidad, ni, sin responsabilidad, libertad. Mientras muchos tratan de esquivar las consecuencias de sus actos deliberados, los miembros de la Prelatura siempre deben estar dispuestos a responder de los suyos, a asumir todas sus consecuencias, porque "nadie puede escoger por nosotros".

Para el Fundador, sería intolerable que un miembro de la Obra -como cualquier otro cristiano- pretendiese comprometer al Opus Dei o a la Iglesia -o actuar en su nombre- cuando expresa sus ideas personales, legítimas, sí, pero opinables. Nadie puede presentar como doctrina del Opus Dei lo que sólo es consecuencia de una reflexión personal.

LA ESPIRITUALIDAD DEL OPUS DEI Y EL VATICANO II

El lector perspicaz habrá advertido una estrecha similitud entre los aspectos de la espiritualidad del Opus Dei aquí expuestos y algunos textos del Concilio Vaticano II, en especial los capítulos IV y V de la Constitución dogmática Lumen gentitun sobre los laicos, con la llamada universal a la santidad; el decreto Apostolicami actuositateni, sobre el apostolado; la Constitución dogmática Gaudium et spes, sobre la libertad del cristiano y la santidad del matrimonio; el decreto Presbyteroruin ordinis, sobre el sacerdocio y la santidad, etc.

"Es bien evidente para todos que la llamada a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad se dirige a todos los que creen en Cristo, cualquiera que sea su rango o su estado". Los laicos, por vocación, deben "buscar el reino de Dios a través de la administración de las cosas temporales, que ordenan según Dios". Viendo en el trabajo cotidiano "una prolongación de la obra del Creador", contribuyen, en su lugar, a consagrar todo el mundo a Dios, y a alcanzar "una santidad cada vez más alta, una santidad que será también apostolado"

En efecto: "la vocación es por naturaleza vocación al apostolado... en el mundo, a la manera de un fermento". Los laicos "se esfuerzan por cumplir sus deberes familiares, sociales y profesionales con una generosidad cristiana tal que su manera de actuar penetra poco a poco su medio de vida y su trabajo".

Estas breves citas del Concilio -que podrían multiplicarse- son como un eco fiel de la espiritualidad que el Beato Escrivá expuso de manera constante desde 1928. "Por eso, ha sido reconocido unánimemente como un precursor del Concilio" (palabras del Cardenal Poletti en el decreto de introducción de la Causa de Beatificación) y como "un pionero de la espiritualidad de los laicos, abriendo el camino de la santidad a hombres y mujeres de toda condición, adelantándose, con la intuición de un santo instrumento de Dios, a las declaraciones sobre la misión de los laicos en la Iglesia que leemos en los documentos del Concilio Vaticano II" (palabras del Cardenal Casariego en la homilía de ordenación de 54 miembros del Opus Dei). Expresiones análogas han utilizado otros dignatarios de la Iglesia, como el Cardenal Pignedoli, que calificaba al Beato Escrivá de "pionero de la espiritualidad laical y precursor de muchos aspectos doctrinales del Concilio Vaticano II". El Cardenal Frings, por su parte, hace alusión, en sus memorias, a las críticas de que fue objeto el Fundador en los comienzos y a la alegría que tuvo al comprobar que el Concilio "recogía sus ideas y las proclamaba abiertamente". Y el Cardenal Baggio dice algo parecido: "Muchos pensaban que era una herejía (proclamar que la santidad no es cosa de privilegiados)... Después del Concilio Ecuménico Vaticano II, esta tesis se ha convertido en principio indivisible. Pero lo que continúa siendo revolucionario en el mensaje espiritual de Monseñor Escrivá de Balaguer es la manera práctica de dirigir hacia la santidad a hombres y mujeres de toda condición, al hombre de la calle, por decirlo así". Por eso -añade-, "la vida, la Obra y el mensaje de Monseñor Escrivá de Balaguer constituyen un giro, o, más exactamente, un capítulo nuevo e inédito de la espiritualidad cristiana". Un capítulo que abrió el 2 de octubre de 1928 (fecha en que nació el Opus Dei) el Beato Josemaría, el cual, "ya cuando lo fundó, en 1928, anticipó mucho de lo que luego, con el Concilio Vaticano II, se convertiría en patrimonio común de la Iglesia" (Cardenal Kónig).

Estos estrechos lazos con el Concilio han sido puestos de relieve por muchos otros Padres conciliares y han encontrado su prolongación en la configuración jurídica definitiva del Opus Dei. Para concluir, bastará con citar unas palabras que el Papa Juan Pablo II dirigió a algunos miembros de la Obra durante una misa celebrada para ellos en 1979:

"Vuestra Institución tiene como finalidad la santificación de la vida ordinaria, permaneciendo en el mundo, en el propio trabajo y en la propia profesión: vivir el Evangelio en el mundo, inmersos en el mundo, pero para transformarlo y redimirlo por amor a Cristo. Verdaderamente, es un gran ideal el vuestro, que desde los comienzos se ha anticipado a la teología del laicado que caracterizó después a la Iglesia del Concilio y del postconcilio".