San Josemaría Escrivá

LOS BARRUNTOS

Infancia

Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás, el segundo de seis hermanos, nace el 9 de enero de 1902 en Barbastro (Huesca). Su padre y dos socios más son propietarios de un negocio de chocolates y de tejidos. Su madre, penúltima de trece hermanos, tiene antepasados franceses. Ambos impregnan su hogar de un ambiente de sólida piedad -sin mojigaterías-, convirtiéndolo en escuela de virtudes humanas. Aceptan duras pruebas con grandeza de alma: la muerte en tres años de tres de sus cuatro hijas, la quiebra del negocio y un nuevo comienzo profesional en Logroño.

Cumplidos los tres años, Josemaría empieza a ir al colegio. Ya adolescente, su cultura es muy superior a la de sus compañeros de bachillerato; se interesa por la historia y lee a los autores clásicos. Durante toda su vida, citará con precisión textos de escritores españoles y extranjeros.

Los barruntos

A punto de cumplir los dieciséis años, en diciembre de 1917, un hecho irrelevante en apariencia produce una fuerte impresión en el joven Josemaría. Las calles de Logroño están cubiertas de nieve y, en una que suele frecuentar, 12 El Opus Dei descubre las huellas, todavía recientes, dejadas por los pies desnudos de un Carmelita descalzo. Un deseo le asalta: responder generosamente, también él, al amor de Dios. Comienza a darse cuenta de que Dios espera algo de él, pero no sabe qué es. Sólo son como "barruntos de Amor". Decide oír Misa y comulgar a diario, intensificar su vida de piedad y de penitencia. Empieza a repetir a menudo la petición a Jesús del ciego de Jericó: "Domine, ut videam!" "¡Señor, que vea!".

Sacerdote

Abandona su proyecto de ser arquitecto y decide hacerse sacerdote, pues piensa que así estará más disponible para llevar a cabo ese querer divino cuyo contenido ignora.

En 1918 inicia sus estudios eclesiásticos en el Seminario de Logroño y en 1920 los prosigue en el de Zaragoza, donde el Cardenal Sol de Vila, arzobispo de la ciudad, se fija en él y le confía, en 1922, el cargo de Superior del Seminario. Sigue pasando muchas noches en oración, pidiendo a Dios que le ilumine.

Antes de terminar sus estudios de Teología, comienza a estudiar la carrera de Derecho, por libre, y estudia intensamente durante las vacaciones de verano.

El 28 de marzo de 1925 es ordenado sacerdote. Unos meses antes había muerto su padre, agotado de tanto trabajar.

Su primer destino sacerdotal es una sustitución en una parroquia rural. En mayo de 1925 regresa a Zaragoza; junto a las tareas pastorales de su cargo, enseña el catecismo en los suburbios, visita a familias pobres, ejerce como capellán de una iglesia, ayuda a sus hermanos en el sacerdocio. Al mismo tiempo, prosigue sus estudios en la Facultad de Derecho, donde realiza un intenso apostolado con los universitarios. Da, además, clases de Derecho Romano y de Derecho Canónico en una academia, con objeto de subvenir a las necesidades de su familia (su madre, su hermana y un hermano pequeño), que ha quedado a su cargo.

En el mes de marzo de 1927, es autorizado por el Ordinario para trasladarse a Madrid, a fin de doctorarse en Derecho. Nada más llegar, ofrece sus servicios sacerdotales a los enfermos de los hospitales, a los pobres y a los niños abandonados, empleando gran parte de la jornada en recorrer la ciudad de un extremo al otro. Es nombrado capellán del Patronato de Enfermos, institución de ayuda a los desheredados, y vuelve a dar clases de Derecho Canónico y de Derecho Romano. Sus agotadoras jornadas están jalonadas por largos ratos de oración, una ardiente devoción a la Santísima Virgen María e intensas mortificaciones corporales. Trata de obtener así que Dios le revele lo que quiere de él, pues continúa ignorándolo.

EL PERÍODO FUNDACIONAL

Fundación del Opus Dei

El 2 de octubre de 1928, mientras realiza unos ejercicios espirituales, don Josemaría ve -tal es el término que empleará luego- lo que Dios espera de él. Ve que el Señor le pide que ponga su vida entera y todas sus energías al servicio de lo que será el Opus Dei; que tiene que lograr que hombres de todas las clases sociales -empezando por los intelectuales- respondan a una vocación específica consistente en buscar la santidad y hacer apostolado en medio del mundo, en el ejercicio de su profesión u oficio, sin cambiar de estado.

A partir de ese momento, se pone a trabajar y pierde la "tranquilidad", sin abandonar por eso nada de lo que venía haciendo. Desprovisto por completo de medios económicos, no tiene más que sus "veintiséis años, la gracia de Dios y buen humor". Sigue buscando la fuerza que necesita junto a "enfermos incurables, pobres abandonados, niños sin familia y sin cultura, hogares sin fuego y sin calor y sin amor". Año tras año, atiende personalmente a miles de almas, practicando, además, un amplio apostolado epistolar con sacerdotes y gentes de toda condición.

Acababa de dejar constancia, por escrito, de que en el Opus Dei no habría mujeres, "ni de broma", cuando una nueva inspiración divina le hace comprender, el 14 de febrero de 1930, que el mensaje de santificación en medio del mundo también puede ser vivido por las mujeres. A partir de ese momento, el Opus Dei constará de dos secciones completamente separadas, pero con idéntico espíritu.

Al comienzo, este "trabajo apostólico" ni siquiera tenía nombre. Un día, un amigo de don Josemaría le pregunta: "¿Cómo va esa obra de Dios?"... Había dado con el nombre: Obra de Dios, Opus Dei, operatio Dei, trabajo de Dios; trabajo profesional transformado en oración en todas las encrucijadas de la tierra.

Desarrollo del trabajo apostólico

El Fundador lleva a cabo su labor apostólica allí donde puede: en los hospitales, en las iglesias, en las oficinas, en la Universidad... Surgen algunas vocaciones, pero las almas se escapan "como anguilas en el agua". A finales de 1933 abre la Academia DYA (Derecho y Arquitectura), primera obra corporativa del Opus Dei. Los agobiantes problemas económicos no frenan el celo apostólico de Don José María. Al año siguiente, la Academia queda instalada en un piso más amplio; a ella viene a añadirse una residencia para universitarios. Todo quedará destruido durante la guerra civil, a raíz de la lucha entablada muy cerca, en el Cuartel de la Montaña.

La persecución religiosa que se desencadena durante el conflicto obliga al Fundador a ocultarse y a cambiar constantemente de escondite, hasta que, en marzo de 1937, puede refugiarse en la Legación de Honduras. La abandona más tarde y sigue realizando una amplia labor sacerdotal, con riesgo de su vida.

Sus hijos -los primeros miembros de la Obra- logran convencerle de que debe abandonar la zona republicana y, a finales de noviembre y comienzos de diciembre de 1937, emprende, con algunos de ellos, el paso de los Pirineos, a pie y en condiciones materiales y climáticas muy duras.

Al cabo de catorce días llegan a Andorra y, vía Lourdes, vuelven a entrar en España. El Fundador empieza haciendo unos ejercicios espirituales y luego reemprende su labor apostólica en Burgos, reanudando sus contactos con muchas personas que había conocido antes de la contienda.

Al término de la guerra civil, regresa a Madrid. Cinco meses más tarde, abre una nueva residencia de estudiantes. Como es el único sacerdote del Opus Dei, tiene que ocuparse de la formación de las nuevas vocaciones y de la residencia. Desempeña además el cargo de Rector del Patronato de Santa Isabel, de las Agustinas Recoletas. Dirige espiritualmente a centenares de personas, hombres y mujeres, solteros y casados, estudiantes, profesores, escritores y artistas... Organiza retiros y cursos de retiro espiritual e impulsa la expansión del Opus Dei, viajando en tren los sábados por la noche a diversas ciudades (Valencia, Barcelona, Zaragoza, Valladolid, Salamanca, etc.) y regresando a Madrid, también viajando de noche, los lunes por la mañana. A petición de muchos obispos, acepta dirigir numerosos ejercicios espirituales para el clero diocesano (durante uno de ellos le informan de que ha muerto su madre); también predica a comunidades de religiosos y religiosas.

Durante los años cuarenta, desarrolla esta intensa actividad apostólica en medio de un clima de denuncias y de calumnias procedentes de clérigos que pensaban -de buena fe, sin duda- que proclamar y promover la vocación a la santidad en el mundo era una herejía. Sin embargo, el Obispo de Madrid-Alcalá, conocedor del espíritu que le animaba y de los fines y medios del Opus Dei (había alentado al Fundador desde el primer momento y bendecido su Obra), no cesa de apoyarle, y el 25 de junio de 1944 confiere personalmente las Sagradas órdenes a los tres primeros miembros del Opus Dei que acceden al sacerdocio.

Hacía mucho tiempo que venía buscando la forma de que hubiera sacerdotes en el Opus Dei, cuando, el 14 de febrero de 1943, mientras celebraba la Santa Misa, vio claramente la solución: ordenar miembros laicos de la Obra que, con el mismo espíritu que los demás, asegurarían su adecuada formación, facilitarían su proyección apostólica y garantizarían la pureza del espíritu y la unidad de la Obra. Así nació la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, inseparable del Opus Dei, que vino a representar en la Iglesia un nuevo fenómeno pastoral (sacerdotes con un título académico superior, de carácter civil, que han ejercido su profesión y que "van a servir, sin estipendio alguno, a todas las almas -especialmente a las de sus hermanos-") y jurídico (pues el hecho de ser sacerdote en el Opus Dei no modifica en absoluto la llamada de Dios a desarrollar, con la mayor perfección posible, la vocación cristiana a la santidad).

La expansión fuera de España

La guerra civil y luego la Segunda Guerra Mundial impidieron el inicio de la labor apostólica en otros países. Ya en 1935, el Fundador había decidido enviar a Francia algunos de sus hijos, pero el proyecto tuvo que ser retrasado. Por eso, en cuanto el final de la Segunda Guerra Mundial se lo permite, los primeros miembros del Opus Dei empiezan a repartirse por numerosos países: Portugal (1945), Inglaterra e Italia (1946), Francia e Irlanda (1947), Estados Unidos y México (1949), Chile y Argentina (1950), Colombia y Venezuela (1951), Alemania (1952), Perú y Guatemala (1953), Ecuador (1954), Uruguay y Suiza (1956), Brasil, Austria y Canadá (1957), El Salvador, Kenia y Japón (1958), Costa Rica (1959), Holanda (1960), Paraguay (1962), Australia (1963), Filipinas (1964), Nigeria y Bélgica (1965), Puerto Rico (1969), etc.

El Fundador sigue muy de cerca los comienzos en cada país. A menudo, no puede enviar a sus hijos más que con su bendición y una imagen de la Santísima Virgen. Lo demás, tendrán que ponerlo ellos. Mientras tanto, recorre diversos países de Europa, preparando el terreno o alentando a los que ya están allí.

A finales de 1946, el Fundador se instala en Roma, para estar en el corazón de la Cristiandad, lo más cerca posible del Vicario de Cristo, y poner de manifiesto así la dimensión universal del Opus Dei. En 1948 erige el Colegio Romano de la Santa Cruz, destinado a la formación espiritual de miembros varones procedentes de todos los países en que trabaja la Obra y, en 1953, el Colegio Romano de Santa María, para las mujeres.

Desde Roma, Monseñor Escrivá de Balaguer -nombrado Prelado doméstico de Su Santidad en 1947- alienta y dirige actividades apostólicas de todo tipo promovidas por sus hijos. Al mismo tiempo, gobierna el Opus Dei, asistido por un Consejo para cada sección (hombres y mujeres). Recibe también a numerosas personas -católicos, cristianos de distintas confesiones, judíos, agnósticos, etc.- que desean conocerle y pedirle consejo.

Acepta también aquellos cargos que el Papa le confía: miembro de la Academia Pontifica de Teología (1957), Consultor de la Sagrada Congregación de Seminarios (1957) y de la Comisión Pontifica para la interpretación auténtica del Código de Derecho Canónico (1961).

Sus últimos años

Como sufre mucho a causa de la confusión doctrinal sembrada en la Iglesia por quienes deforman las enseñanzas del Vaticano II, emprende peregrinaciones penitenciales a diferentes santuarios marianos: el Pilar y Torre ciudad (España), Fátima (Portugal), Guadalupe (México), Loreto (Italia), Lourdes (Francia), La Aparecida (Brasil), Luján (Argentina), ... Durante estas peregrinaciones, realiza una amplia labor de catequesis, hablando, a veces, a auditorios formados por varios miles de personas. Responde con viveza y oportunidad a las preguntas que le hacen sobre apostolado, vida de familia, formación espiritual, sentido del sufrimiento, etc. Las reuniones o "tertulias" con grupos diversos se suceden sin interrupción a lo largo del día: en 1970, en México; en 1972, en España y Portugal, que recorre a lo largo de dos meses, donde se reúne con más de 150.000 personas; en 1974, en Brasil, Argentina, Chile, Perú, Ecuador y Venezuela... En 1975, finalmente, vuelve a Venezuela y desde allí se traslada a Guatemala. En total, más de un millón de personas le escuchan en esos viajes.

El 28 de marzo de 1975, el Beato José María celebra sus Bodas de Oro sacerdotales en la intimidad, según su norma de conducta habitual: "ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca" (sus viajes han sido una excepción en una vida enteramente dedicada a su ministerio sacerdotal y a la labor de gobernar el Opus Dei).

El 23 de mayo visita el Santuario de Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad, que ha querido que se construya en prueba de agradecimiento a la Santísima Virgen. Como en la época de los "barruntos", repite constantemente Domine, ut videam!, ahora porque anhela ver a Dios cara a cara.

Muere súbitamente en Roma, el 26 de junio de 1975, en su cuarto de trabajo.

Una jornada habitual del Fundador en Roma

Al levantarse, besaba el suelo y decía Serviam!, para ofrecer a Dios la jornada; luego, repetía oraciones que su madre le había enseñado. A continuación hacía media hora de oración mental y así se preparaba para celebrar la Santa Misa, que oficiaba siempre con profunda devoción y prolongaba mediante la acción de gracias. Antes de ponerse a trabajar, rezaba el breviario. Luego, despachaba los asuntos ordinarios en curso. A últimas horas de la mañana recibía visitas, después, se recogía en el oratorio durante unos minutos. A mediodía, rezaba el Ángelus. Todos los días leía un pasaje de los Evangelios o de la Sagrada Escritura y de un libro de espiritualidad. No omitía tampoco el estudio de las ciencias sagradas ni su formación cultural, que alimentaba con lecturas oportunas.

El Beato Josemaría era muy austero en las comidas, aunque se ingeniaba para ocultar esa austeridad cuando tenía invitados. A veces, cuando estaba solo, ayunaba todo el día. Nada más terminar el almuerzo, hacía una visita a Jesús Sacramentado en el oratorio, visita que repetía en otros momentos de la jornada.

Después de comer, solía pasar una media hora de tertulia con sus hijos y luego reanudaba su trabajo. Rezaba a diario las tres partes del Rosario, repartidas convenientemente a lo largo de la jornada. Por la tarde, hacía otra media hora de oración mental, a hora fija.

Por la noche, tras otra breve tertulia con sus hijos, se retiraba en silencio para hacer el examen de conciencia y rezar las últimas oraciones del día. Se dormía recitando comuniones espirituales y repitiendo jaculatorias...

El hombre

Abundantes testimonios y documentos que cubren toda la vida del Fundador permiten descubrir la personalidad. Gentes ajenas al Opus Dei vieron en él un hombre de inteligencia excepcional (sus notas en el colegio, en el seminario y en la universidad siempre fueron brillantes, con raras excepciones). Sus enseñanzas quedaron marcadas por su formación de jurista y de canonista. Su capacidad para comprender y resolver los problemas y su conocimiento de los hombres y de las cosas eran muy profundos. Tenía también gran clarividencia para prever los acontecimientos futuros.

El psiquiatra judío Víctor E. Frankl dice haberle fascinado "la serenidad refrescante que emana de él e ilumina toda su conversación; después, el ritmo inaudito con que su pensamiento fluye; y, en fin, su asombrosa capacidad de establecer contacto inmediato con sus interlocutores", ya se tratase de una sola persona o de un vasto auditorio, de intelectuales o de obreros, de niños o de mayores, de europeos o indígenas de América...

Sentía afecto por todo el mundo, incluso por los anticlericales o los que le odiaban. Daba la impresión de que no tenía ninguna prisa cuando estaba con alguien. Ya mayor, su memoria le permitía recordar cosas de hacía muchos años, sobre todo detalles de las personas, de sus amigos, de los sucesos familiares.

Su simpatía y alegría eran contagiosas y todo el mundo se sentía a gusto a su lado. Cuando alguien enfermaba, pasaba largos ratos junto a su lecho, para distraerle y ayudarle a rezar. Con un visitante o con un grupo de personas, siempre se preocupaba de que lo pasaran bien, incluso encontrándose enfermo o falto de sueño.

Si no tenía más remedio que reprender a alguien -lo hacía con energía cuando era necesario-, era el primero en lamentarlo; sufría, y solía poner un detalle de delicadeza que, sin paliar la reprimenda, la hacía más llevadera.

No daba importancia a su persona y hablaba de sí mismo con humildad y sencillez, enderezando a Dios los cumplidos que algunos le dirigían.

Su capacidad de trabajo y sus dotes de organización le permitían vivir cada minuto con intensidad y proseguir su tarea con tenacidad, cuidando los detalles, hasta poner "la última piedra".

De espíritu abierto, su conocimiento de la literatura y de la historia, así como su buen gusto, perfilaron su talento literario.

Este rápido retrato quedaría incompleto si no hiciese referencia a su extraordinario sentido de lo sobrenatural. Monseñor Escrivá de Balaguer amaba a Dios y a la Iglesia, y eso se notaba. Tenía el don de conducir a las almas hacia Dios. En una carta que el Obispo de Madrid dirigió en 1941 a Dom Aureli M. Escarré, Abad de Montserrat, para desmentir una campaña de calumnias desatada por entonces contra el Fundador del Opus Dei en Cataluña, Mons. Eijo y Garay, que desde el principio le había alentado, decía: "El Dr. Escrivá es un sacerdote modelo, escogido por Dios para santificación de muchas almas, humilde, prudente, abnegado, dócil en extremo a su Prelado, de escogida inteligencia, de muy sólida formación doctrinal y espiritual, ardientemente celoso, apóstol de la formación cristiana de la juventud".

LA CONTINUIDAD

La sucesión

A la muerte del Beato Josemaría, el Opus Dei se había extendido por los cinco continentes y contaba con unos 60.000 miembros de ochenta nacionalidades.

Ha llamado la atención el hecho de que el súbito fallecimiento del Fundador no haya afectado a la Institución, que ha mantenido una fidelidad absoluta al depósito espiritual y al espíritu legados por él. A los tres meses de su muerte, el 15 de septiembre de 1975, ciento setenta y dos representantes de todos los miembros, reunidos en un Congreso electivo, eligieron por unanimidad, en la primera votación, a don Álvaro del Portillo y Diez de Sollano como primer sucesor del Beato Josemaría.

Nacido en Madrid el 11 de marzo de 1914, era Doctor Ingeniero de Caminos y Doctor en Filosofía y Letras y en Derecho Canónico. En 1935 se incorporó al Opus Dei. Muy pronto se convirtió en la ayuda más firme del Beato Josemaría, y permaneció a su lado durante casi cuarenta años, como su colaborador más próximo.

El 25 de junio de 1944 fue ordenado sacerdote. Además de desarrollar una intensa labor sacerdotal y ejercer el cargo de Secretario General del Opus Dei, participó activamente en la preparación y desarrollo del Concilio Vaticano II, como Presidente de la Comisión preparatoria de los laicos y como Secretario de la Comisión para la disciplina del clero y del pueblo cristiano. Hasta el final de su vida fue consultor de varios dicasterios de la Curia Romana.

El 28 de noviembre de 1982, al erigir la Obra en Prelatura personal, el Santo Padre Juan Pablo II le nombró Prelado del Opus Dei, y el 6 de enero de 1991 le confirió la ordenación episcopal. Toda la labor de gobierno de Mons. Álvaro del Portillo se caracterizó por la fidelidad al Fundador y a su mensaje, en un trabajo pastoral incansable para extender los apostolados de la Prelatura, en servicio de la Iglesia. Falleció en Roma, con fama de santidad, en la madrugada del 23 de marzo de 1994, después de regresar de una peregrinación a Tierra Santa.

El actual Prelado del Opus Dei es Monseñor Javier Echevarría Rodríguez, nacido en Madrid el 14 de junio de 1932. Fue ordenado sacerdote en 1955, año desde el cual empezó a trabajar en el gobierno del Opus Dei junto al Beato Josemaría. A la muerte del Fundador en 1975, fue nombrado Secretario General. Desde 1982, con la erección de la Prelatura personal, fue Vicario General del Opus Dei hasta el 20 de abril de 1994, fecha de su confirmación como Prelado por el Papa Juan Pablo II. El 6 de enero de 1995 recibió la ordenación episcopal.

La expansión del Opus Dei

Tras la muerte del Fundador, se inicia la labor apostólica en nuevos países y prosigue el desarrollo donde ya se había iniciado.

El proceso es similar en todas partes: cuando algunos miembros de la Obra se establecen para ejercer su profesión allí donde el mensaje del Opus Dei todavía no es conocido, comienzan a realizar un intenso apostolado personal con sus compañeros de trabajo y con sus amigos, organizando también círculos de estudios, charlas de formación, etc. Van surgiendo vocaciones y así, poco a poco, se forma un primer núcleo de miembros. Con permiso del obispo de la diócesis, un sacerdote del Opus Dei se encarga de la dirección espiritual, de la predicación, etc. Pronto se hace necesario un lugar estable de reunión que, con el tiempo, se transforma en Centro de la Prelatura.

De esta manera, se pone en práctica la recomendación del Fundador:

"Hay que extenderse, dispersarse por el mundo, en todas las tareas honestas de los hombres, llevando como prendidos de los dedos docenas de amigos, y estos a su vez más amigos (...) Hay que abrirse en abanico".

El número de vocaciones no ha cesado de aumentar. En 1994, diecinueve años después de la muerte del Beato Josemaría, el Opus Dei contaba con 79.000 miembros de los cinco continentes. Desde 1975 ha iniciado su labor en Bolivia, Honduras, Trinidad y Tobago, Nicaragua y República Dominicana, en América. También lo hizo en tres naciones africanas: Zaire, Costa de Marfil y Camerún. De Europa, en Suecia, Finlandia, Polonia, Hungría, República Checa, Eslovaquia y Lituania. De Asia, en Macao, Hong Kong, Singapur, Taiwan, India e Israel. Finalmente, en Nueva Zelanda. En total, se han sumado veintidós nuevos países a los treinta y dos en que el Opus Dei ya estaba presente antes de 1975.

La etapa de la continuidad, según el Fundador, proseguirá "mientras haya hombres en la tierra", pues "por mucho que cambien las formas técnicas de la producción", siempre "tendrán un trabajo que pueden ofrecer a Dios, que pueden santificar". En consecuencia, el Opus Dei siempre tendrá una tarea que realizar.

El Beato Josemaría solía repetir a menudo:

"Nos somos una organización circunstancial (...) Ni venimos a llenar una necesidad particular de un país o de un tiempo determinados, porque quiere Jesús su Obra, desde el primer momento, con entraña universal, católica".

Según los datos suministrados por la Oficina de Información del Opus Dei en Francia, la Prelatura cuenta en el país con 1.300 miembros repartidos casi por igual entre la sección de varones y la sección de mujeres. Residen en lugares muy diversos del territorio, pero, sobre todo, allí donde existen centros de la Obra, erigidos con la autorización previa del obispo de la diócesis: Aix-en-Provence, Grenoble, Marsella, París (donde hay una docena de centros), Toulouse, Estrasburgo... También, desde 1982, hay ciudades -Burdeos, Clermont-Ferrand, Lyon, Mulhouse, Rennes, etc.- donde se desarrollan regularmente actividades sin que todavía se hayan erigido centros.

Existen actividades apostólicas corporativas tales como la Escuela Técnica de Hostelería Dosnon, en el Aisne; el Centro Cultural Garnelles y el colegio Vabnonceau en París; clubes juveniles, hogares para jóvenes trabajadores, residencias para empleadas del hogar, etc. La labor apostólica, pues, va desde los medios intelectuales a los populares, desde los cuadros de mando a los obreros y campesinos, desde los jóvenes a los ancianos.

Fama de santidad

Ya en vida, Monseñor Escrivá de Balaguer gozó de una fama de santidad que el Papa Pablo VI resumió cuando dijo, en un comentario privado, que consideraba al Fundador del Opus Dei "como uno de los hombres que han recibido más carismas y que han respondido con más generosidad a esos dones" en la historia de la Iglesia.

Esa fama de santidad, "avalada por testimonios numerosos y autorizados", no cesó de aumentar desde el 26 de junio de 1975 "con significativa espontaneidad", como decía el Cardenal Poletti en el decreto que, seis años después de la muerte de Monseñor Escrivá abría en Roma su proceso de beatificación. Millares de cartas pidiendo que se iniciara habían llegado al Papa. Junto a las procedentes de jefes de Estado y de gobierno, de ministros, senadores y diputados, de familias enteras, de personas físicas y jurídicas de todas clases y de todos los rincones del mundo, estaban las dirigidas por 69 cardenales y 1.300 obispos (más de la tercera parte de la totalidad), hecho único en los anales de la Iglesia Católica. En su fase diocesana, el proceso se ha desarrollado a lo largo de 980 sesiones, en Madrid del 18 de mayo de 1981 al 26 de junio de 1984 y en Roma del 12 de mayo de 1981 al 6 de noviembre de 1986. Comenzaba entonces la instrucción por la Congregación para la Causa de los Santos. Ésta publicó el 9 de abril de 1990 un decreto, en el que el Papa Juan Pablo II proclama las virtudes heroicas de Monseñor Escrivá; a partir de ese momento recibe el título de Venerable. Luego, al término de un nuevo proceso, reconoce el 6 de julio de 1991 el carácter milagroso de una curación médicamente inexplicable, atribuida a la intercesión del Beato Escrivá.

El Santo Padre procedió a la beatificación de Josemaría Escrivá el 17 de mayo de 1992 en la Plaza de San Pedro en Roma, en presencia de 300.000 peregrinos -según la cifra publicada por L'Ossevatore Romano-, de 46 cardenales y 300 obispos. En su homilía, el Papa Juan Pablo II afirmó que "la actualidad y la trascendencia de este mensaje espiritual, profundamente enraizado en el Evangelio, son evidentes, como lo muestra también la fecundidad con la que Dios ha bendecido la vida y obra de Josemaría Escrivá". En la audiencia con los peregrinos que tuvo lugar al día siguiente, en la misma Plaza de San Pedro, el Papa declaró: "Yo también comparto esta confianza" a propósito de la convicción de que la elevación del Fundador del Opus Dei "a los altares proporcionará un gran bien a la Iglesia". El triduo de acción de gracias que siguió estuvo marcado, entre otras cosas, por misas solemnes celebradas en las basílicas romanas por dieciocho cardenales.

Lejos de disminuir, los favores atribuidos a la intercesión del Beato Josemaría siguen afluyendo a la Postulación General del Opus Dei en Roma. Provienen de todos los países, incluso de aquellos en los que todavía no está implantada la Prelatura. Se trata, a veces, de favores materiales, entre ellos curaciones inexplicables perfectamente avaladas por los correspondientes informes médicos, pero también, sobre todo, de favores espirituales que en la mayoría de los casos nunca serán conocidos. Una pequeña muestra de ello se da en la Hoja Informativa distribuida gratuitamente por la Vicepostulación del Opus Dei de cada país (en Francia, 5, rue Dufrénoy, 75116 París. En España, Diego de León, 14, 28006 Madrid).

El Fundador del Opus Dei sigue ejerciendo una gran influencia en el mundo a través de sus obras publicadas, cuya tirada global sobrepasa los seis millones y medio de ejemplares.

Están también en curso los procesos de beatificación de dos miembros del Opus Dei: el ingeniero argentino Isidoro Zorzano, muerto en 1943, y la joven estudiante catalana Montserrat Grases, fallecida en 1959, a los dieciocho años de edad.Opus Dei.


Informe sobre la realidad
Dominique Le Tourneau