El fundador del Opus Dei

 

Josemaría Escrivá de Balaguer nació en Barbastro, en el Somontano, región situada al norte de España, el 9 de enero de 1902. Era el segundo de los seis hijos que tuvieron don José Escrivá y Corzán, copropietario de un negocio de ventas al por menor, y su esposa, doña María Dolores Albás y Blanc. Los Escrivá eran cariñosos y pacientes con sus hijos, enseñándoles con el ejemplo y mostrándoles cómo vivir el optimismo cristiano frente a la adversidad. La quiebra del negocio paterno y las estrecheces familiares que siguieron ayudaron a fortalecer el carácter de Josemaría, que, en su juventud, era un buen estudiante con buen humor y profundamente religioso, aunque no tuviera ningún deseo de hacerse sacerdote.

Sin embargo, Dios quería algo de él. Él mismo dijo que pronto había tenido "barruntos de amor" que, poco a poco, abrieron su mente a las perspectivas del futuro. No obstante, hasta 1918 no decidió hacerse sacerdote, pensando en, como él mismo diría, estar disponible para lo que Dios quisiese de él. Al mismo tiempo, empezó a percibir que lo que se le pedía, aunque todavía no sabía lo que era, tenía que ver con la vida de los cristianos corrientes, no con la de los religiosos. Por eso empezó a estudiar también una carrera civil, la de Derecho, en la Universidad de Zaragoza. Más tarde, eso le permitiría ser profesor de Filosofía y de Ética profesional en la Escuela de Periodismo de Madrid y de Derecho romano en Zaragoza y en Madrid.

Tras su ordenación sacerdotal, don Josemaría pasó cortos períodos en parroquias rurales y de Zaragoza, antes de trasladarse a Madrid. Allí, además de enseñar Derecho romano y Derecho canónico en la Academia Cicuéndez, desarrolló una intensa labor pastoral entre los pobres de los suburbios de Vallecas y Tetuán, visitando a los enfermos en sus casas y en los hospitales. Durante esas visitas solía pedirles que rezasen por una intención suya, es decir, por lo que barruntaba que Dios quería de él. Como diría más tarde, "la fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas".

Por fin, el 2 de octubre de 1928, aquel joven sacerdote supo lo que Dios quería de él. Durante un retiro espiritual en la Casa de los Padres Paúles, en la madrileña calle de García de Paredes, don Josemaría "vio" el Opus Dei. La realidad ahora extendida por todo el mundo se hizo clara en su mente.

Más tarde diría que no le gustaba la idea de ser fundador de nada. Sin embargo, inmediatamente se puso,-con una absoluta falta de recursos, a llevar a cabo lo que creía firmemente que era la voluntad de Dios. "Y para abrir paso a este querer divino... -diría en cierta ocasión Dios me llevaba de la mano, calladamente, poco a poco, hasta hacer su castillo (...) No he tenido que andar calculando, como jugando al ajedrez; entre otras cosas porque nunca he pretendido averiguar la jugada del otro para poder dar jaque mate después. Lo que he tenido que hacer es dejarme llevar."

El joven sacerdote reunió enseguida un grupo de estudiantes universitarios, artistas y comerciantes, y empezó a darles formación cristiana. Se concentró especialmente en los estudiantes universitarios, pues creía que, a largo plazo, eso le permitiría contar con personas de todas las clases sociales. Esa forma de actuar sigue siendo la del' Opus Dei cuando inicia la labor en algún sitio.

El fundador se entregó a esa labor incansablemente y, poco a poco, el Opus Dei fue tomando cuerpo. El 14 de febrero de 1930, días después de que Monseñor Escrivá escribiera que nunca habría mujeres en el Opus Dei, Dios le mostró que quería que las hubiese.

En 1933, a pesar de las grandes dificultades económicas, se inició la primera empresa apostólica del Opus Dei. Se llamaba Academia DYA y estaba situada en un inmueble que se alzaba en la esquina de las calles de Luchana y Juan de Austria. El nombre tenía un doble significado, pues las letras hacían referencia tanto a las enseñanzas que impartían (Derecho y Arquitectura) como al espíritu que animaba la empresa (Dios y Audacia). La Academia, junto a esas enseñanzas profesionales, ofrecía también formación cultural y religiosa con charlas, meditaciones y retiros espirituales.

Poco después de que se abriera la Academia DYA, don Josemaría empezó a encontrar oposición, a veces de sectores de la Iglesia. Extraños rumores se fueron extendiendo y algunos decían que los miembros del Opus Dei se dejaban clavar en una cruz. Algunas de esas calumnias antiguas han sobrevivido y otras no, pero han surgido otras nuevas (un ejemplo: una emisora de televisión de Alemania Occidental -la Westdeutscher Rundfunk de Colonia, WDR- aseguraba, en 1986, que el Opus Dei estaba implicado en el tráfico de armas, lo que motivó una querella de la Obra).

A estos equívocos y dificultades que rodeaban al Opus Dei vino a unirse, en 1936, el estallido, en España, de la Guerra Civil. A lo largo de más de dieciocho meses, Monseñor Escrivá se vio obligado a esconderse varias veces a causa de la despiadada persecución religiosa, que costó la vida a miles de sacerdotes. Él mismo, en varias ocasiones, escapó del peligro casi dé milagro.

Monseñor Escrivá siempre había vivido personalmente la pobreza, contentándose con muy poco en la comida y el vestido. Su actividad y su capacidad de trabajo asombraban a cuantos le conocían. Pero los rigores de la guerra en España empezaron a cobrar su tributo. Don Josemaría adelgazó de manera increíble. En el otoño de 1937, cuando la situación se hizo insostenible, aunque profundamente quebrantado, se trasladó a Barcelona, en el nordeste de España, con objeto de cruzar los Pirineos a pie y pasar junto con algunos más, por Francia, a la zona de España nacional, donde los sacerdotes no eran perseguidos. El viaje, a través de un terreno sumamente accidentado, en una época del año húmeda y fría, duró dos semanas. Los fugitivos caminaban de noche y se escondían durante el día. Sus compañeros dicen que, a pesar de su lamentable estado, Monseñor Escrivá trataba de animar a todos. Uno de los fugitivos, Antonio Dalmases, dejó escrito en su diario: "...aquí tiene lugar el acto más emocionante del viaje: la Santa Misa. Sobre una roca y arrodillado, casi tendido en el suelo, un sacerdote que viene con. nosotros dice la Misa. No la reza como los otros sacerdotes de las iglesias. Sus palabras, claras y sentidas, se meten en el alma. Nunca he oído Misa como hoy, no sé si por las circunstancias o porque el celebrante es un santo. La Sagrada Comunión es conmovedora: como casi no podemos movemos, hay dificultad para administrarla. Todos vamos andrajosos, con barba de varios días, despeinados, cansados. Las manos sangran por los rasguños, los ojos brillan por las lágrimas contenidas, y sobre todo está Dios entre nosotros en unas Hostias".

La visión optimista de Monseñor Escrivá estaba basada en una profunda confianza en las palabras de San Pablo: "Para los que aman a Dios, todas las cosas son para bien". Aseguraba que quien perdía de vista esta realidad no estaba haciendo el Opus Dei: "Cumplid con vuestros deberes profesionales por Amor", aconsejaba a los miembros. "Os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de estar en el mundo; ese hogar, esa familia vuestra; y esa nación, en la que habéis nacido y a la que amáis."

A comienzos del año 1939, en cuanto terminó la contienda, don Josemaría regresó a Madrid y reemprendió su labor. Poco antes de estallar la guerra, la Academia DYA había sido trasladada a un local más amplio situado en la calle de Ferraz, pero ahora estaba en ruinas. Cuando don Josemaría vio a lo que había quedado reducido el fruto de sus esfuerzos, se echó a reír y renovó su fe en la voluntad de Dios. Durante los primeros años de la década de los cuarenta, se aplicó a la tarea de restablecer el Opus Dei y a una intensa labor sacerdotal.

El 14 de febrero de 1943 nació la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Las críticas a la Obra se reanudaron incluso con más fuerza, a pesar del decidido apoyo al Opus Dei del obispo de Madrid, don Leopoldo Eijo y Garay.

La Obra empezó a extenderse por otros países. En 1945 por Portugal y años después por Italia, Francia, Irlanda, los Estados Unidos, México, Chile y Argentina. En 1951 inició la labor en Colombia y en Venezuela y poco después en Alemania, Perú, Guatemala, Ecuador, Uruguay y Suiza. En 1957 se extendió a Brasil, Austria y Canadá. A partir de entonces, año tras año, prosiguió la expansión.

En 1946, el fundador se trasladó a Roma para, entre otras cosas, dirigir e impulsar el largo proceso destinado a encontrar una estructura legal conveniente para el Opus Dei dentro de la Iglesia. Ya en Roma, fue nombrado miembro de la Pontificia Academia de Teología, consultor de la Sagrada Congregación de Seminarios, consultor de la Sagrada Congregación para la Educación Católica y miembro de la Comisión Pontificia para la interpretación auténtica del Código de Derecho Canónico.

Monseñor Escrivá viajó por todo el mundo y habló a grupos numerosos de personas formados por miembros del Opus Dei, simpatizantes, colaboradores y amigos. Respondía a las preguntas que le hacían sobre la vida espiritual gentes de todas clases, hombres y mujeres, ricos y pobres , jóvenes y viejos. Las películas que se hicieron de algunas de esas tertulias -que así le gustaba llamarlas- revelan que era un hombre lleno de vida, con gran simpatía y sentido del humor, cuyas observaciones y comentarios calaban en el alma. Su mensaje podría resumirse en estas palabras suyas de una homilía que pronunció en 1967 en el campus de la Universidad de Navarra: "Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor la más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria...".

Monseñor Escrivá murió de repente, de un ataque al corazón, el 26 de junio de 1975, en Roma, en su cuarto de trabajo, ante una imagen de la Virgen María. Su pérdida fue un golpe terrible para los miembros del Opus Dei, pero no afectó al desarrollo de la Obra. Y es que Monseñor Escrivá había insistido siempre en que el Opus Dei era obra de Dios, no suya. "Habríais hecho un mal negocio -decía- si en lugar de seguir a Nuestro Señor hubieseis venido para seguir a este pobre hombre."

En el año 62, decía: "así como los hombres escribimos con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es Él el que escribe: eso es lo increíble, eso es lo maravilloso".

Es difícil definir en qué consiste la santidad, pero, cuando se encuentra, se reconoce. Es lo que el escritor inglés Malcolm Muggeridge ha escrito de la Madre Teresa de Calcuta: "Ha vivido tan unida a su Señor que posee el mismo encanto que hacía que las multitudes se apretasen a Su alrededor en Jerusalén y en Galilea, convirtiendo Su simple presencia en un presagio de curación". La reacción de quienes conocieron al fundador del Opus Dei e incluso de quienes sólo le han visto en película es a menudo algo similar. Les parece que están en presencia de alguien que se vació a sí mismo para llenarse de algo que supera las dimensiones de este mundo.

Una de las personalidades más destacadas de la moderna psicología, el profesor Viktor E. Frankl, de origen judío, describió así lo que tanto le había atraído del fundador del Opus Dei: "Si tuviera que decir lo que más me impresionó de su personalidad, me referiría sobre todo a la refrescante serenidad que emanaba de él y envolvía toda la conversación. Luego, al increíble ritmo con el que fluían sus pensamientos y, finalmente, a su asombrosa capacidad para sintonizar inmediatamente con su interlocutor". Y añadía: "Monseñor Escrivá vivía totalmente, sin duda, en el momento presente, se entregaba a él por completo. En una palabra: para él, el momento presente poseía todas las cualidades de lo decisivo".

Junto a sus cualidades personales, lo que más impresionaba a la gente era su predicación, clara, sencilla y, sobre todo, fiel al Evangelio y muy próxima a sus palabras. Solía ilustrar lo que decía con ejemplos y anécdotas, que enlazaba siempre con las enseñanzas de Cristo. Cuando se le escucha en alguna de esas "tertulias" filmadas no se tiene la impresión de verse arrebatado por una inteligencia privilegiada, sino simplemente humana. Los temas de su predicación eran siempre los mismos: sentido de la filiación divina, santificación del trabajo, amar al mundo sin ser mundanos, búsqueda y aceptación de la voluntad de Dios y confianza en la divina providencia. Todos estos temas iban siempre entrelazados con citas de las Sagradas Escrituras, de tal forma que cuando un crítico del Opus Dei -un académico- desencadenó un ataque contra Monseñor Escrivá basado en frases de sus homilías, resultó que muchas de ellas eran citas bíblicas.

Monseñor Escrivá consideraba que el Opus Dei formaba parte de ese proceso que estaba llevando a los laicos a asumir plenamente su papel en la Iglesia y a participar en su misión en cuanto tales. Estaba convencido de que una de las misiones del Opus Dei era acabar con la idea de la vida cristiana era algo exclusivamente "espiritual", propio de gente pura, privilegiada, que se mantenía al margen de "las cosas despreciables de este mundo". Creía que, con esa perspectiva, las iglesias se convertían en refugios de la vida cristiana y que "ser cristiano es, entonces, ir al templo, participar en sagradas ceremonias, incrustarse en una sociología eclesiástica, en una especie de mundo segregado que se presenta a sí mismo como la antesala del cielo, mientras el mundo común recorre su propio camino. La doctrina del cristianismo -añadía-, la vida de la gracia, pasarían, pues, como rozando el ajetreado avanzar de la historia humana, pero sin encontrarse con él". Y argüía que, si el mundo ha salido de las manos de Dios, si Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza y ha depositado en él una chispa de su propia Luz, entonces la mente humana debe descubrir el significado divino de todas las cosas.

"¡Que no, hijos míos! -exclamaba-. Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible lo encontraremos en las cosas más visibles y materiales.

No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver -a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares- su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo."

Cuando murió Monseñor Escrivá, el Opus Dei, que había empezado con un puñado de estudiantes universitarios, contaba ya con 60.000 miembros de 80 países. Como ya he señalado, Monseñor Escrivá estaba convencido de que el Opus Dei había nacido por voluntad de Dios. Para los católicos, esta convicción se ve reforzada por el hecho de que la Iglesia ha reconocido al Opus Dei en todas las etapas de su desarrollo. "Con grandísima esperanza, la Iglesia dirige sus cuidados maternales y su atención al Opus Dei, que -por inspiración divina- el Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer fundó en Madrid el 2 de octubre de 1928..."

"Desde sus comienzos, en efecto, esta Institución se ha esforzado no sólo en iluminar con luces nuevas la misión de los laicos en la Iglesia y en la sociedad, sino también en ponerla por obra; se ha esforzado igualmente en llevar a la práctica la doctrina de la llamada universal a la santidad, y en promover entre todas las clases sociales la santificación del trabajo profesional y por medio del trabajo profesional" (Constitución Apostólica Ut sit de Su Santidad Juan Pablo II, de 28 de noviembre de 1982).

El proceso de canonización de Monseñor Escrivá, apoyado por 69 cardenales y 1.300 obispos, prosigue su curso en Roma.

Durante su vida, Monseñor Escrivá fue víctima de calumnias y discriminaciones. Él siempre urgió a los miembros del Opus Dei a oponerse a estos males humanos. Tal vez donde mejor se ve es en Kenia.