Oposición y nuevo desarrollo (1940-1943)

Críticas y oposición

El Papa Pablo VI señalaba en una ocasión que “los santos representan siempre una provocación al conformismo de nuestras costumbres, que con frecuencia juzgamos prudentes sencillamente porque son cómodas”391. Las instituciones de la Iglesia y sus fundadores, incluso lo más santo, frecuentemente han sufrido la crítica y la persecución, no sólo por parte de los enemigos de la Iglesia, sino por los propios católicos. El fundador de la Compañía de Jesús, san Ignacio de Loyola, fue denunciado ante la Inquisición en repetidas ocasiones y pasó dos veces por sus cárceles. El nuncio del Papa en España hablaba de la gran reformadora de la orden carmelita, santa Teresa de Jesús, con calificativos como inquieta, holgazana, desobediente y obstinada. Sufrió tantos ataques y hubo tantos intentos de desacreditarla que confesaba a una amiga suya su asombro por la capacidad de inventar infundios que tienen algunos. Don Bosco, el fundador de los salesianos, fue desacreditado por los sacerdotes de su tiempo: algunos le llamaron revolucionario, loco y hereje. El fundador del Opus Dei no fue una excepción.

Ya antes de la Guerra Civil, Escrivá fue criticado, especialmente en algunos círculos clericales de Madrid. El crecimiento del Opus Dei al principio de la década de 1940 y la intolerancia característica del ambiente de posguerra hicieron que se intensificaran los ataques. La contradicción tenía tres focos: algunos miembros de la Falange, el partido político oficial, que no estaba de acuerdo con el énfasis que el Opus Dei ponía en la libertad que tienen los católicos en estas materias; determinados profesores universitarios, contrarios a la presencia de algunos fervientes cristianos en la universidad; y algunos sacerdotes y religiosos, que se alarmaron por la novedad del mensaje del Opus Dei o porque le veían trabajar en ambientes y con gentes que hasta entonces consideraban de su exclusiva competencia.

La oposición de la Falange

La Falange dominaba la vida política española después de la Guerra Civil. Era el único partido y controlaba tanto el sindicato único como la única organización estudiantil permitida en el país. Al igual que muchos españoles, algunos miembros del Opus Dei pertenecían a la Falange o a su organización estudiantil. Y otros no quisieron hacerlo.

Escrivá dejo claro a los del Opus Dei que disfrutaban de total autonomía en materias políticas. Como leales hijos de la Iglesia, estarían obligados a seguir las indicaciones dictadas por la jerarquía para salir al paso de las situaciones políticas que amenazasen los valores espirituales. Pero el Opus Dei no les daría ninguna orientación política. Aunque era bien conocido el apoyo de algunos obispos a la Falange, la jerarquía no señaló a los católicos que debían apoyar esta organización. Los miembros de la Obra, por tanto, gozaban de completa libertad para pertenecer o no al partido.

El Opus Dei animó a sus miembros y a quienes participaban en sus actividades de formación a ejercer responsablemente su libertad de adscripción política, pero en ningún momento trató de dirigir la elección de nadie. Así, cuando uno de los estudiantes de la residencia de Jenner propuso al director organizar una campaña a favor de la organización estudiantil de la Falange, el director, cortésmente, rechazó la iniciativa y explicó con claridad que la residencia respetaba la libertad política de quienes en ella vivían.

Cada fiel del Opus Dei es libre de manifestar sus opiniones. Y no sólo eso: algunos participan activamente en la vida política. Por ejemplo, Juan Bautista Torelló, un joven barcelonés del Opus Dei, pertenecía a una asociación cultural catalanista, considerada en su momento como un grupo clandestino contrario al régimen. Se lo contó a Escrivá, quien le insistió en que los miembros del Opus Dei eran libres para tomar sus propias decisiones en materias políticas y culturales. Le explicó también que ningún director de la Obra podría ejercer su influencia en estas materias sobre ningún miembro del Opus Dei ni sobre las personas que se acerquen a sus apostolados. Escrivá le sugirió que procurara no ser arrestado, ya que para entonces en Barcelona sólo eran seis de la Obra y sería un golpe para su desarrollo el que uno de ellos estuviera en la cárcel. Pero, concluyó, “haz lo que mejor te parezca”.

Como cabeza del Opus Dei y como sacerdote, Escrivá fue muy cuidadoso de no dar sus opiniones en el campo político. En los años inmediatamente posteriores a la Guerra Civil, cuando el himno nacional sonaba en las ceremonias oficiales, casi todo el mundo -también muchos obispos y sacerdotes- saludaban con el brazo en alto, según el uso adoptado por la Falange y el régimen de Franco. Escrivá nunca lo hizo, y no tanto por mostrar oposición, sino para no identificarse con ningún grupo político. Así, consiguió no influir sobre los miembros de la Obra ni retraer de la dirección espiritual a nadie que no compartiera sus opiniones en estos campos.

Además, Escrivá no dudó en tratar a quienes mantenían posturas contrarias al régimen o eran juzgadas impopulares entonces. La viuda de una persona que estuvo en la cárcel porque se sospechaba que pertenecía a la masonería escribió al fundador del Opus Dei para agradecer la amistad y atención a su marido, en momentos en que nadie, ni siquiera sus más íntimos, se atrevieron a manifestarle su afecto.

Este respeto a la libertad sentó mal en ambientes falangistas, que veían una amenaza a sus aspiraciones en cualquier grupo que no estuviera bajo su control directo. Así, la revista “¿Qué pasa?” y otras publicaciones falangistas publicaron crudos ataques contra la Obra y su fundador, permitidos por los censores oficiales del régimen.

Cierto día, alguien que trabajaba en la Secretaría General de la Falange entregó a Fray José López Ortiz, agustino buen amigo de Escrivá, una investigación sobre “la organización secreta Opus Dei” llevada a cabo por el servicio de información de la Falange. Además de referirse al Opus Dei como una organización clandestina, se le atacaba por su internacionalismo, su oposición a la nación y al régimen y su supuesto antipatriotismo. También acusaba a la Obra de ser contraria a la Falange y de maquinar sectariamente para hacerse con el control de la universidad. Fray José, que describió el documento como una atroz calumnia, no pudo contener las lágrimas al leerlo al fundador. Para su asombro, Escrivá le miró, sonrió y dijo: “No te preocupes, Pepe, porque todo lo que dicen aquí, gracias a Dios, es falso: pero si me conociesen mejor, habrían podido afirmar con verdad cosas mucho peores, porque yo no soy más que un pobre pecador que ama con locura a Jesucristo”392. En lugar de romper el documento, Escrivá se lo entregó a Fray José para que se lo devolviera a su amigo y éste no tuviera problemas después.

La persecución fue más allá de las calumnias. Una mañana, dos hombres siguieron al padre Mariano Gayar Moquedano, que regresaba a su casa después de celebrar Misa en el centro de la calle Lagasca. Cuando les preguntó qué querían, le informaron de que eran policías encargados de vigilar la casa. Estaban allí para investigar las actividades que se desarrollaban porque existía la sospecha de que pertenecía a la masonería.

El Opus Dei fue denunciado ante el Tribunal Especial de Represión de la Masonería y el Comunismo, acusado de pertenecer a la rama judía de la masonería. Como los miembros de la Obra no llevaban ningún distintivo ni pregonaban su pertenencia, los acusadores concluyeron que se trataba de una sociedad secreta. Y como juzgaban que la masonería era el arquetipo de las sociedades secretas, concluyeron que el Opus Dei debía ser catalogado de tal. En broma, un profesor contaba que alguien quiso encontrar la conexión judía por la similitud de las siglas de SOCOIN -Sociedad de Colaboración Intelectual- con el nombre de un antiguo grupo judío de asesinos llamado Socoim... Aunque hoy cause risa la acusación de ser la rama judía de la masonería, se trataba de un asunto muy serio en la España de posguerra. Para el bando ganador entonces gobernante, la masonería y el comunismo eran el compendio de todo contra lo que habían luchado en la guerra, y estaban decididos a erradicar cualquier rastro de su influencia en el país.

El Tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo había recibido amplios poderes y estaba sujeto a pocas restricciones. Las acusaciones no tenían que estar muy bien fundadas para ser tomadas en consideración. Escrivá confesó al dominico padre Silvestre Sancho Morales que el día en que tuvo noticia de las acusaciones fue uno de los peores de su vida. Nada más empezar el procedimiento, alguien informó de que los miembros del Opus Dei eran célibes. El presidente del Tribunal, general Saliquet, preguntó si vivían la castidad. Al recibir respuesta afirmativa, dio carpetazo y cerró el proceso, razonando que si eran castos, no eran masones, ya que no había necesidad de vivir esta virtud para alcanzar los fines que se proponía la masonería. A pesar del veredicto del Tribunal, la crítica de la Falange no sólo no paró, sino que continuó durante muchos años.

Oposición en la Universidad

A pesar de que el mensaje del Opus Dei se dirige a los hombres y mujeres de toda clase y profesión y de que Escrivá empezó su labor con un amplio espectro de gente, pronto decidió que debía centrar su atención por un tiempo en los estudiantes universitarios y los recién licenciados. Intentaba así construir una sólida base de seguidores en los ambientes intelectuales que fueran capaces posteriormente de extender el espíritu del Opus Dei en todos los estratos sociales.

En consecuencia, al principio de la década del 40 todos los miembros de la Obra eran estudiantes y licenciados universitarios. Escrivá animó a algunos de ellos, que destacaban por su cualidades para la investigación y la docencia, a convertirse en profesores universitarios. Como tales, gozarían de la inmejorable oportunidad de conformar la sociedad, llevando la luz del mensaje de Cristo a toda la cultura.

Para entonces, en España todas las universidades eran estatales y las cátedras se asignaban por oposiciones nacionales abiertas a todos los que reunieran un mínimo de requisitos académicos. Los tribunales eran nombrados por el Ministerio de Educación, que escogía a los profesores miembros en función de sus publicaciones y calificaciones en una serie de pruebas orales y escritas.

Salvo pocos casos, los fieles de la Obra eran todavía tan jóvenes que, en circunstancias normales, deberían pasar bastantes años antes de tener la esperanza de conseguir una cátedra universitaria. Sin embargo, los años inmediatamente posteriores a la Guerra Civil proporcionaron a los jóvenes recién licenciados excepcionales oportunidades. Muchos catedráticos habían marchado al exilio durante la guerra; otros, que permanecieron en España, fueron removidos de sus puestos por el gobierno a causa de sus ideas. De esta forma, quedó vacante un número inusual de plazas en la universidad española. Mucha gente, entre otros algunos del Opus Dei, aprovecharon esta oportunidad para presentarse a las oposiciones.

Esto ocasionó la acusación de que el Opus Dei intentaba tomar la Universidad, con el apoyo de José María Albareda, recientemente nombrado presidente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, y del ministro de Educación, Ibáñez Martín. Éste, perteneciente a la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, no era del Opus Dei, aunque tenía amistad con algunos de sus miembros.

En el momento en que empezaron las acusaciones, la única persona del Opus Dei en posesión de una cátedra era Albareda. Durante cinco años, de 1940 a 1945, once personas del Opus Dei consiguieron su plaza, lo cual representaba alrededor del 6% de los nuevos nombramientos y una cifra muchísimo menor en el total de profesores universitarios. Aunque significativa, su presencia difícilmente podría considerarse como una “maniobra de conquista” de la universidad, ya que no actuaban juntos ni recibían indicaciones del Opus Dei sobre cómo debían ejercer su trabajo en las distintas universidades. En contraste, en el mismo periodo, el 30% de las cátedras de Derecho y el 15% en otras facultades fueron ganadas por miembros de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas.

Fray José López Ortiz, catedrático de Historia del Derecho y más tarde ordenado obispo, formó parte de varios tribunales de oposición a comienzos de la década de 1940. En alguna ocasión coincidió que había miembros del Opus Dei entre los que se presentaron. El atribuía las acusaciones contra la Obra y sus miembros a tres factores: la oposición de algunos a la presencia en la Universidad de católicos consecuentes con su fe; la rivalidad entre las diversas escuelas de pensamiento presentes en la Universidad; y la tendencia de algunos perdedores en la oposiciones a atribuir su fracaso a oscuras maquinaciones más que a una insuficiente preparación. Fray José testifica “con toda claridad que ni el Padre, ni la doctrina que surge de la espiritualidad de la Obra, ni la práctica de sus miembros, ofrecen la menor tacha o reproche en este punto”393.

Oposición de otros católicos

La mayor contradicción para el Opus Dei no provino de los círculos políticos ni del mundo académico, sino principalmente de círculos eclesiásticos y clericales. La principal figura de esta campaña contra la Obra era un bien conocido religioso, unido a algunos miembros de órdenes religiosas, sacerdotes diocesanos y seglares piadosos que se movían en sus círculos. Ciertamente, no todos los sacerdotes y religiosos criticaron a la Obra; de hecho, muchos la defendieron afectuosamente. Las críticas llegaron a un punto tal que un catedrático aventuró que acabarían con el Opus Dei. Citando a Santa Teresa, Escrivá calificó la campaña en contra desatada por algunos católicos como “la contradicción de los buenos”. Asumió que los críticos actuaban, como ya había predicho Jesús , “pensando que hacían una cosa agradable a Dios” (Juan 16, 2).

En una carta de septiembre de 1941, el obispo de Madrid resumió el ataque que el Opus Dei recibía desde dentro de la Iglesia. Los críticos lo acusaron de “masonería, secta herética ..., antro tenebroso que pierde las almas sin remedio; y a sus miembros, iconoclastas e hipnotizados, perseguidores de la Iglesia y del estado religioso...”394. Desde las sacristías, confesonarios y púlpitos se advertía del gran peligro que representaba para la Iglesia. Se esperaba una próxima condena de Roma. En un noviciado, se habló de Escrivá como del anticristo; en un colegio de religiosas de Barcelona se quemó “Camino” como si de un auto de fe se tratase. Durante una Misa de la Congregación Mariana, a la cual pertenecían algunos de la Obra, el predicador los identificó como miembros de una secta peligrosa, los expulsó de la asociación y les obligó a abandonar el templo.

Algunos religiosos hicieron lo posible ante las autoridades civiles para que se cerraran los centros de la Obra y se metiera al fundador a la cárcel. Consiguieron convencer al gobernador civil de Barcelona para que dictara una orden de arresto si Escrivá era encontrado en la ciudad. la situación se tornó tan grave que el nuncio le recomendó que, si planeaba ir a Barcelona, viajara de incógnito.

A la vez, los críticos intentaron convencer a las autoridades eclesiásticas de que tomaran cartas en el asunto. Dos miembros de una orden religiosa visitaron al obispo de Santiago y le entregaron un documento que quería dar a entender que el obispo de Madrid había prohibido a Escrivá celebrar Misa y oír confesiones. En los círculos eclesiásticos de Madrid, corrió el rumor de que había sido denunciado ante el Santo Oficio. No hubo tal denuncia formal, pero sí hubo intentos bajo cuerda para que Escrivá fuera condenado por la Santa Sede.

Lo más doloroso y dañino para la Obra fueron las visitas que algunos sacerdotes y religiosos hicieron a las familias de varios jóvenes del Opus Dei o que estaban pensando en su posible vocación. Decían a los padres que su hijo había ingresado en una secta herética y que se encontraba en grave peligro de condenación eterna. La madre de Álvaro del Portillo recibió un buen número de anónimos, seguidos de la visita de un religioso que le advirtió del grave peligro espiritual en el que se encontraba su hijo. Afortunadamente, conocía bien a Escrivá y sabía que lo dicho por aquella persona era falso. Sin embargo, muchas otras familias quedaron profundamente golpeadas por esas acusaciones. En algunos casos, amenazaron a sus hijos con la expulsión del hogar si no cortaban de raíz su relación con el Opus Dei.

Las críticas se dirigieron en primer lugar al mensaje del Opus Dei sobre la llamada universal a la santidad y a la posibilidad de santificarse en medio del mundo, sin necesidad de ser sacerdote o de ingresar en una orden religiosa. Esta idea era vista como una peligrosa novedad, contraria a la fe y a la práctica de la Iglesia, que además robaba vocaciones para el seminario y las órdenes religiosas.

Estas acusaciones llegaron a oídos del nuncio, quien pidió una explicación por parte del Opus Dei. En ausencia de Escrivá, fue Álvaro del Portillo quien le visitó. A la pregunta del nuncio de cómo se atrevían a robar vocaciones y a destruir los seminarios y los noviciados, del Portillo respondió: “Nosotros somos todos profesionales, nos ganamos la vida trabajando, y a ninguno faltan veinte duros en el bolsillo. Pues bien, señor Nuncio, ¿sabe lo que le digo?: que hay maneras más divertidas de condenarse”395. El sentido común que encerraba esta respuesta desarmó al nuncio. Aprendió tanto sobre el Opus Dei en esa entrevista, que se convirtió en uno de sus más entusiastas defensores.

Resulta paradójico que el Opus Dei fuera acusado de quitar vocaciones al sacerdocio y al estado religioso. La gran mayoría de los jóvenes que se acercaron al Opus Dei en la década de 1940 nunca habían pensado en ir al seminario o al convento. Antes de su primer contacto con la Obra, algunos practicaban en serio su religión, pero otros muchos no. Sólo unos pocos habían considerado la posibilidad de entregarse a Dios.

Es más, un buen número de hombres y mujeres jóvenes que empezaron a tener una vida espiritual más intensa gracias a la Obra descubrieron su llamada al sacerdocio o a la vida religiosa. Escrivá encaminó hacia las órdenes religiosas a un buen número de personas que acudieron a su dirección espiritual. Un buen día, una joven se presentó en el centro de la Obra de la calle Lagasca y le dijo que se sentía llamada a ingresar en un determinado convento, pero que carecía de dote. Escrivá, después de asegurarse de que era sincero su deseo de ingresar en la vida religiosa, le entregó todo el dinero que había en la caja del centro.

Las acusaciones contra el Opus Dei no se quedaron en esto. Muchas de ellas eran tan extravagantes que es difícil comprender cómo pudieron tomarse en serio, si no es porque en el clima de exaltación religiosa y política de la posguerra había gente dispuesta a creer cualquier cosa.

En el pequeño centro de la Obra en Barcelona había una gran cruz negra de madera sin la figura del crucificado. Corrió el rumor de que se usaba para sangrientos ritos religiosos, en los que los del Opus Dei se crucificaban a sí mismos. Para acallar semejantes rumores, se sustituyó esa cruz por una tan pequeña en la que ni siquiera cabía un niño. En Madrid, algunos miembros de un grupo católico juvenil fueron a la residencia de Jenner para descubrir los “secretos” de la “secta herética con conexiones masónicas” que circulaba por la residencia. Dijeron que habían encontrado en el oratorio palabras en no se qué misterioso lenguaje y símbolos cabalísticos de origen judío. Lo que en realidad habían visto eran unos versos de un bien conocido himno eucarístico en latín y algunos símbolos cristianos tradicionales, como la cesta de panes, las espigas o el racimo de uvas.

Reacción a la persecución

Escrivá estaba convencido de que la providencia de Dios estaba por medio en esta persecución, descrita por el obispo de Madrid como de lo más cruel. Si Dios permite que sus hijos e hijas padezcan ataques injustos, es para fortalecerles y robustecer su fe. Este convencimiento le permitió conservar la paz y la alegría, a pesar de los amargos sufrimientos.

Quienes conocían a Escrivá estaban sorprendidos de su capacidad para crecerse en las dificultades. Monseñor José María Bueno Monreal, que llegaría a ser cardenal arzobispo de Sevilla, fue buen amigo suyo y cuenta: “Nunca noté que pudiera pasar por un momento difícil. No hay duda de que su fe en Dios, su esperanza en el auxilio de su Padre Dios y, en consecuencia, su alegría y su humor, le permitirían, no sólo no perder la paz, sino contagiar a los demás esa enorme confianza en que se cumpliría lo que Dios quería: todo era para bien”396.

Igualmente, otro de sus íntimos, monseñor Pedro Cantero Cuadrado, más tarde arzobispo de Zaragoza, recuerda que Escrivá le dijo: “Esas cosas que dicen son completamente calumniosas, pero, cuando Dios lo permite, Él sabe por qué lo hace: no lo dudes, de todo esto saldrán bienes. Y, cuando Él quiera, la verdad se abrirá paso”397.

El secreto de su alegría estaba en su fuerte sentido de la filiación divina, en la cual reside la base del espíritu del Opus Dei. Un día, en alta voz, decía en una meditación: “Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón -lo veo con más claridad que nunca- es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo y, por eso, ser hijo de Dios”398.

Escrivá consiguió mantener la paz y la alegría en medio de esas intrigas e inexplicables calumnias, que, a veces, llegaron a ser brutales. No quiere esto decir que fueran fáciles de sobrellevar. Una noche en que no podía conciliar el sueño, fue al oratorio del centro de Lagasca, donde vivía entonces, se arrodilló ante el sagrario y ofreció a Dios una de las cosas más preciadas para un hombre de bien, diciendo desde lo más profundo de su alma: “Señor, si Tú no necesitas mi honra, ¿yo para qué la quiero?”.

Uno de los documentos más reveladores del sufrimiento de Escrivá en aquellos momentos es la carta que le escribió a del Portillo el 9 de septiembre de 1941. Un día, Dios pareció apartar de él momentáneamente -como ya ocurrió en una ocasión en la década de 1930- el convencimiento de que la Obra era de Dios; y de ahí que surgieran ahora tantas dificultades. Escribió a del Portillo para describir lo que pasó y su reacción:

“Hoy ofrecí el Santo Sacrificio y todo el día por el Soberano Pontífice, por su Persona e intenciones. Por cierto que, luego de la Consagración, sentí impulso interior (segurísimo, a la vez, de que la Obra ha de ser muy amada por el Papa) de hacer algo que me ha costado lágrimas: y, con lágrimas que me quemaban los ojos, mirando a Jesús Eucarístico que estaba sobre los corporales, con el corazón le he dicho de verdad: “Señor, si Tú lo quisieras, acepto la injusticia”. La injusticia ya imaginas cuál es: la destrucción de toda la labor de Dios.

Se que le agradé. ¿Cómo me iba a negar a hacer ese acto de unión con su Voluntad, si me lo pedía? Ya otra vez, en 1933 ó 1934, costándome lo que sólo Él sabe, hice otro tanto”399.

A pesar de la angustia de ese momento de oscuridad interior, Escrivá siguió con la convicción de que Dios quería la Obra para llevar a muchas almas junto a Él. Y continuaba abriendo su alma a del Portillo así:

“Hijo mío: ¡qué hermosa mies nos prepara el Señor, después que nuestro Santo Padre nos conozca de verdad (no, por calumnia) y nos sepa -tal como somos- sus fidelísimos, y nos bendiga!

Se me vienen ganas de gritar, sin importarme de qué dirán, ese grito que a veces se me escapa cuando os hago la meditación: ¡Ay, Jesús, qué trigal!”400.

La carta termina con una confidencia reveladora del esfuerzo de Escrivá por tener paz y alegría en medio de semejantes pruebas:

“Alvarote: pide mucho y haz pedir mucho por tu Padre: mira que permite Jesús que el enemigo me haga ver la enormidad desorbitada de esa campaña de mentiras increíbles y de calumnias de locos; y el 'animalis homo' se alza, con impulso humano. Por la gracia de Dios, rechazo siempre esas reacciones naturales, que parecen y tal vez son llenas de sentido de rectitud y de justicia; y doy lugar a un 'fiat' gozoso y filial (de filiación divina: ¡soy hijo de Dios!), que me llena de paz, de alegría, y de olvido”401.

En estos momentos de dura contradicción, Escrivá alentó a sus hijos a rezar, callar, trabajar y sonreír. Hasta tal punto que les prohibió hablar entre ellos de la persecución de la que eran víctimas para no faltar a la caridad contra sus perseguidores. El director del centro de la Obra en Barcelona, ciudad donde la campaña fue más virulenta y los miembros no eran más que unos pocos jóvenes, escribió de vuelta a Escrivá: “Esté tranquilo, Padre, que aquí no tenemos ni un pensamiento de falta de caridad”402.

En cierta ocasión, el obispo de Madrid expresó a del Portillo su temor a que la persecución contra la Obra pudiera dejar un rastro de odio y rencor, especialmente entre los de la Obra más jóvenes. Álvaro del Portillo le quitó el miedo: “Nosotros vemos que esto es algo que permite Dios para que, con el sacrificio que nos manda, seamos mejores; y estamos contentos porque cuando un buen cirujano quiere hacer una buena operación, escoge un buen instrumento; y el Señor ha querido utilizar un bisturí de platino para esta contradicción”403.

Apoyo del obispo de Madrid

En medio de las pruebas, el Opus Dei recibió el apoyo firme y determinado del obispo de Madrid, don Leopoldo Eijo y Garay. Cierto día, con ocasión de una ordenación en la capilla del Seminario de Madrid, aprovechó la solemnidad del momento y declaró: “El Opus Dei es una Obra aprobada por la Jerarquía, y no tolero que se hable en contra del Opus Dei”404.

El abad del monasterio benedictino de Monserrat, de influencia y prestigio reconocidos en toda la zona, escribió al obispo Eijo y Garay sobre los rumores que le llegaron y pedía información al respecto. El obispo contestó: “Lo conozco todo, porque el Opus, desde que se fundó en 1928 está tan en manos de la Iglesia que el Ordinario diocesano, es decir o mi Vicario General o yo sabemos, y cuando es menester dirigimos, todos sus pasos... Créame, Rmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos... Y sin embargo, son hoy los buenos quienes lo atacan. Sería para asombrarse si no nos tuviese el Señor acostumbrados a ver ese mismo fenómeno en otras obras muy suyas”405.

En otra carta del 21 de junio de 1941 al abad, Eijo y Garay aborda la acusación de que los miembros del Opus Dei se oponían a las órdenes y congregaciones religiosas: “Es una de las más graves calumnias que le han levantado al Opus Dei; yo le garantizo, Rmo. Padre, que es pura calumnia. ¿Cómo podrían amar a la Sta. Iglesia sin amar también el estado religioso? Lo aman, lo veneran, lo proclaman medio de salvación para los llamados por Dios a él; pero no sienten esa vocación, sino la de santificarse en medio del mundo y ejercer en él su apostolado. Esto sienten y esto dicen, sin que ello implique el más leve menosprecio del estado religioso (...). Y ellos creen que, llamados a este género de apostolado, darán, si lo siguen, más gloria a Dios que si, desoyendo su vocación, entrasen religiosos”406.

El 1 de septiembre de 1941 Eijo y Garay contesta a dos cartas del abad en las que hablaba de que la campaña contra el Opus Dei crecía en intensidad. Y reiteraba su aprecio a la labor de los miembros de la Obra y a ésta en cuanto tal: “Va segura porque va de la mano de los Obispos, bien asida a ella y sin más afán que obedecerles y servir a la Iglesia; su lema y consigna y orden del día de todos los días es ¡Serviam!”407

En esa misma carta describe a Escrivá así: “Un sacerdote modelo, escogido por Dios para santificación de muchas almas, humilde, prudente, abnegado, dócil en extremo a su Prelado, de escogida inteligencia, de muy sólida formación doctrinal y espiritual, ardientemente celoso, apóstol de la formación cristiana de la juventud estudiosa, y sin más mira ni afán que preparar para utilidad de la Patria, y servicio y defensa de la Iglesia, muchedumbre de profesionales intelectuales, que aun en medio del mundo no sólo lleven vida de santidad, sino también trabajen con alma de apóstoles”408.

Y volviendo al Opus Dei, añade: “Y en el molde de su espíritu ha vaciado su Opus. Lo sé, no por referencias, sino por experiencia personal. Los hombres del Opus Dei (subrayo la palabra hombres porque entre ellos aun los jóvenes son ya hombres por su recogimiento y seriedad de vida) van por camino seguro, no sólo de salvar sus almas, sino de hacer mucho bien a otras innumerables almas”409.

Además de respaldar al Opus Dei contra sus detractores con el peso de su cargo como obispo, Eijo y Garay mostró a Escrivá y a los miembros de la Obra su amistad personal y su afecto. Muchos años después, el fundador recordaba con gratitud y emoción una de esas manifestaciones de cariño: “(...) una noche, estando yo acostado y empezando a conciliar el sueño -cuando dormía, dormía muy bien; no he perdido el sueño jamás por las calumnias y trapisondas de aquellos tiempos-, sonó el teléfono. Me puse y oí: Josemaría... Era don Leopoldo, entonces obispo de Madrid. Tenía una voz muy cálida. Ya muchas otras veces me había llamado a esas horas, porque él se acostaba tarde, de madrugada, y celebraba la Misa a las once de la mañana.

¿Qué hay?, le respondí. Y me dijo: ecce Satanas expedivit vos ut cribaret sicut triticum. Os removerá, os zarandeará, como se zarandea el trigo para cribarlo. Luego añadió: yo rezo por vosotros... Et tu.. confirma filios tuos! Tú, confirma a tus hijos. Y colgó”410.

Tras la muerte del cardenal primado de Toledo, Escrivá pensó que la defensa del Opus Dei por parte de Eijo y Garay arruinaría sus posibilidades de ser el próximo primado. Y se lo dijo: “Señor Obispo, no me defienda más, abandóneme. Porque defendiendo al Opus Dei se está jugando la mitra de Toledo”. El Obispo de Madrid le miró y repuso: “Josemaría, me juego el alma. No puedo abandonarle a usted, ni al Opus Dei”411. Años más tarde, el obispo Eijo comentaba a uno de la Obra que, frecuentemente, se dirigía así a Jesús delante del sagrario: “Señor: aunque yo no valga gran cosa, cuando llegue ante Ti por lo menos podré decirte: en estas manos nació el Opus Dei, con estas manos bendije a Josemaría. Y éstas espero que sean mis credenciales para presentarme ante el Juicio de Dios”412.

Primera aprobación del Opus Dei

Eijo y Garay se dio cuenta de que las declaraciones públicas de apoyo no eran suficientes para acabar con la campaña contra el Opus Dei, por lo que decidió concederle una aprobación oficial por escrito. Informó a Escrivá de su decisión en marzo de 1940 y le indicó que presentara una solicitud de aprobación y la documentación necesaria. Cualquier organización católica reciente se daría prisa para recibir esa aprobación escrita del obispo. No fue así en el caso del Opus Dei.

La razón del retraso en responder al ofrecimiento de Eijo y Garay se debía a que el obispo tendría que aprobar el Opus Dei dentro de alguna de las categorías existentes en el Derecho Canónico entonces vigente. Y el problema estaba en que ninguna de ellas encajaba bien con la realidad de la Obra, tal y como Escrivá la había visto el 2 de octubre de 1928 y en su desarrollo subsiguiente. Muchos podrían pensar qué más daría el molde jurídico en que meter al Opus Dei si lo que importaba realmente era que fuera aprobado. Escrivá, como buen hombre de leyes, sin embargo sabía que, aun no siendo la vida, si la ley no estaba en consonancia con la realidad que regula, acabaría por sofocarla y llevarla por cauces inadecuados.

Escrivá hubiera preferido esperar a recibir la aprobación de la Santa Sede bajo una forma jurídica nueva en la que encajara la Obra, pero era necesario acabar con las críticas y obedecer al obispo. Como no era posible otra cosa, había que elegir la alternativa menos mala. En aquel tiempo, el Código de Derecho Canónico contemplaba dos grandes categorías: las ordenes y congregaciones religiosas e instituciones similares, y las asociaciones de fieles.

Claramente, el Opus Dei no encajaba en la primera, la de las órdenes y congregaciones religiosas. El Código dividía las asociaciones de fieles en órdenes terceras, hermandades y cofradías, y pías uniones. La Obra no podía ser una tercera orden porque sus miembros deberían estar bajo la dirección de alguna orden y vivir según su espíritu. Tampoco se trataba de una cofradía o hermandad erigida para el engrandecimiento del culto público. Quedaba, pues, la figura de la pía unión, prevista para la práctica de ciertas obras de piedad y caridad413.

Existían algunas pías uniones, como las Conferencias de San Vicente de Paúl, pero éstas no exigían una vocación divina ni un compromiso de vida. Tampoco tenían sacerdotes incardinados para su servicio. No tenían una espiritualidad bien definida ni ofrecían a sus miembros una formación integral en el campo espiritual y doctrinal. Sin embargo, a pesar de las profundas diferencias entre el Opus Dei y esas asociaciones, nada del carisma original de la Obra ni de su desarrollo subsiguiente era incompatible con la figura de la pía unión.

Escrivá estudió a conciencia el problema y consultó a expertos. Uno de la Obra cuenta la siguiente escena: “El Padre en su dormitorio de Diego de León y frente a él, en otro sillón, don José María Bueno Monreal, el futuro Cardenal Arzobispo de Sevilla, entonces experto oficial en Cánones de la diócesis de Madrid. Los dos tenían en la mano un Código de Derecho Canónico y discurrían sobre un posible 'encaje' de la Obra en el Código, aunque se tratara de una solución provisional y a corto plazo”414.

Casi por eliminación, Escrivá se inclinó por la figura de la pía unión. Presentó la solicitud de aprobación el 14 de febrero de 1941 y el obispo Eijo y Garay la concedió pocas semanas más tarde, el 19 de marzo. La figura estaba lejos de ser perfecta, pero la aprobación era necesaria. Hubo que, en palabras de Escrivá, conceder sin ceder y con ánimo de recuperar más tarde lo que había de concederse momentáneamente.

Esta concesión no quería decir que el Opus Dei reclamara ser algo distinto de lo que actualmente es. Por el contrario, Escrivá pidió al obispo que no erigiera canónicamente la Obra, sino que únicamente la aprobara como pía unión para facilitar los cambios futuros cuando fuera posible.

Había una razón por la que Escrivá prefería la simple aprobación por encima de la erección canónica. El Código de 1917 contemplaba que cuando una asociación de fieles es erigida canónicamente, ésta adquiere personalidad jurídica, el derecho de posesión de su nombre y un título perpetuo. Por tanto, una asociación erigida tenía más entidad que la simplemente aprobada. Escrivá veía el Opus Dei como una familia dentro de la Iglesia, definida por un espíritu común, más que como un grupo o asociación. Ya en los primeros pasos de la Obra, Escrivá invitaba a los posibles miembros no a “pertenecer a algo”, sino a aceptar una vocación personal a la santidad y al apostolado que comprometiera toda la vida. Esto explica por qué al principio la Obra ni siquiera tenía nombre. Frecuentemente hablaba a quienes le seguían de proyectos de vida espiritual y apostolado, pero tenía problemas para recordar el nombre “Opus Dei”. Al no tener la Obra una erección canónica y aunque la Iglesia le exigiera encontrar un acomodo jurídico, Escrivá podía hacer hincapié en que lo importante no era tanto una organización con un determinado número de miembros, sino un espíritu que la gente trata de incorporar a su vida y extender a otras personas.

Para compensar la insuficiencia de una figura jurídica que no cuadraba del todo con la Obra, Escrivá tuvo buen cuidado de afirmar la verdadera naturaleza del Opus Dei en los estatutos y documentos que el obispo de Madrid aprobó. Por ejemplo, los estatutos preveían que los miembros del Opus Dei podían seguir estudios eclesiásticos y ser ordenados, aunque esto no estaba previsto en las pías uniones.

Esto fue una primera aproximación a lo que el fundador haría repetidamente en los años siguientes, cuando se vio obligado a elegir entre alguna de las formas canónicas existentes, sin que ninguna de ellas fuera enteramente válida. Para evitar cualquier confusión, cada vez que solicitaba una nueva aprobación para el Opus Dei, incluía los rasgos esenciales de la Obra en la ley particular que la Iglesia aprobaría para ella.

La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz

El Opus Dei crecía y necesitaba urgentemente sacerdotes. La experiencia de antes de la Guerra Civil con sacerdotes que habían entrado en contacto con la Obra después de su ordenación convenció a Escrivá de que los sacerdotes del Opus Dei debían proceder de entre sus miembros laicos. Debían ser capaces de transmitir el espíritu de la Obra por haberlo vivido ellos mismos durante años antes de ser ordenados presbíteros.

A principios de 1936, Escrivá preguntó a varios de la Obra si estarían dispuestos a ordenarse sacerdotes en algún momento, en el futuro. Poco después de la Guerra Civil, tres jóvenes ingenieros -del Portillo, Múzquiz y Hernández de Garnica- empezaron los estudios de Filosofía y Teología que la Iglesia exige a los candidatos a la ordenación. No fueron al seminario diocesano, sino que, con el permiso del obispo de Madrid, Escrivá seleccionó un distinguido grupo de profesores que les dieron clases particulares. Se examinarían en el seminario. Dos dominicos, profesores del Angelicum de Roma, a quienes el estallido de la II Guerra Mundial sorprendió en España, serían los profesores de Derecho Canónico. Otro dominico, miembro del Instituto Bíblico de Jerusalén, se encargaría de instruirles en la Sagrada Escritura. Don José María Bueno Monreal, futuro cardenal arzobispo de Sevilla, sería el profesor de Teología Moral. Fray Justo Pérez de Urbel, benedictino, de Liturgia. Fray José López Ortiz, agustino, profesor de Historia del Derecho en la Universidad de Madrid, se encargó de la Historia de la Iglesia. Por su parte, Escrivá les instruiría en la Teología Pastoral.

Los meses y los años pasaron, los tres hacían progresos en sus estudios, pero Escrivá todavía no conseguía encontrar la forma de ordenarlos para el servicio del Opus Dei. De acuerdo con el Código de Derecho Canónico, sólo el obispo diocesano, el superior de una orden o congregación religiosa o de una organización que el Código considerara similar a las órdenes, podían llamar a un hombre al sacerdocio. Además, todo sacerdote debía estar incardinado, es decir, pertenecer a una diócesis, a una orden o congregación o a una institución similar, con el fin de evitar que hubiera presbíteros vagos o errantes. Es más, antes de poder llamar a nadie al sacerdocio, debía dar al candidato el necesario “título de ordenación”, con el que proporcionarle los recursos necesarios para mantenerse dignamente. Ordenarse para servicio de una diócesis o de una orden religiosa era considerado suficiente como para constituir un título de ordenación. Si no, el candidato debía tener garantizado por otras vías -por ejemplo, por dotación o por fundación- el sostenimiento económico.

Escrivá estaba pensando en esta situación durante la mañana del 14 de febrero de 1943, cuando fue al centro de la calle Jorge Manrique para celebrar Misa a sus hijas en el aniversario de su fundación. En palabras suyas sucedió lo siguiente: “Yo empecé la Misa buscando la solución jurídica para poder incardinar en la Obra a los sacerdotes. Llevaba ya mucho tiempo tratando de encontrarla, sin resultado. Y aquel día, intra missam, después de la Comunión, el Señor quiso dármela: la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Me dio incluso el sello: la esfera del mundo con la cruz inscrita”415.

Escrivá raramente hablaba de los hechos extraordinarios de carácter sobrenatural que ocurrían en su vida. Y cuando lo hacía, era realmente parco. Por eso, no es fácil decir qué pasó exactamente el 14 de febrero de 1943. Aparentemente, Dios le reveló la forma de ordenar sacerdotes para el Opus Dei sin comprometer su verdadero carácter. No era necesario que la Obra adoptara una nueva forma jurídica que permitiera la incardinación de sacerdotes. Vio, dentro del Opus Dei, una sociedad en la que los sacerdotes podían ser incardinados -se llamaría Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz- sin dejar de formar parte de la Obra. El sello a que se refería Escrivá -la cruz inscrita en el mundo- refleja la misión de todos los fieles del Opus Dei: alzar la cruz de Cristo en todas las actividades cotidianas. En este sentido, enlaza con la locución divina que Escrivá recibió el 7 de agosto de 1931, en la que comprendió las palabras de Cristo “Y Yo, cuando sea levantado sobre la tierra, todo lo atraeré hacia Mí” como que Él quiere estar en la cumbre de todas las actividades humanas para transformar el mundo. Además, en el contexto en que Escrivá vio el 14 de febrero de 1943, la cruz inscrita en el mundo simbolizaba la presencia de un grupo de sacerdotes clavados en la Cruz de Cristo -como los miembros laicos del Opus Dei- y disueltos en el gran conjunto de la Obra.

 


 

Todavía quedaba mucho por hacerse antes de que los primeros sacerdotes pudieran ser ordenados. Era preciso determinar la forma canónica que adoptaría la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. En primer lugar, Escrivá debía obtener para ella la aprobación del obispo de Madrid, quien no podría concederla sin el permiso (“nihil obstat”) de la Santa Sede. En cualquier caso, lo ocurrido el 14 de febrero de 1943 dejaba claro que el Opus Dei pronto podría incardinar sacerdotes, algo necesario para la expansión de la Obra por España y el resto del mundo.

Introducción. Opus Dei
La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)
Los primeros años (1902-1925)
Años de preparación (1925-1928)
Los primeros pasos (1928-1930)
El ambiente se torna hostil (1931)
Nuevas luces (1931)
Intentos de abrir camino (1931-32)
Poner los cimientos (1933)
El primer centro (1933-1934)
Obstáculos y crecimiento (1934-1935)
Planes de expansión (1935-36)
Los comienzos de la Guerra Civil (julio de 1936 — marzo de 1937)
Huida en el Madrid revolucionario (julio 1936 - marzo 1937)
Las últimas etapas de la Guerra Civil (marzo 1937—abril 1939)
En la Legación de Honduras (marzo - octubre 1937)
El paso de los Pirineos (octubre-diciembre 1937)
La época de Burgos (diciembre 1937 - octubre 1938)
En Madrid y en Burgos (octubre 1937-marzo 1939)
España en una Europa en Guerra (1939 - 1945)
Reconstrucción y expansión en Madrid (1939 - 1940)
Expansión fuera de Madrid (1939-1942)
Vuelve a empezar la labor con las mujeres (1939-1943)
Oposición y nuevo desarrollo (1940-1943)
Epílogo