Vuelve a empezar la labor con las mujeres (1939-1943)

La Guerra Civil hizo que Escrivá perdiera el contacto con las pocas mujeres que pertenecían al Opus Dei antes de julio de 1936. No habían entendido plenamente el espíritu de la Obra y, en particular, su carácter laical y secular. Con la excepción de “Consideraciones espirituales”, los libros de espiritualidad que tenían a su disposición reflejaban la mentalidad dominante que consideraba que el único camino para una mujer que quería dedicarse enteramente a Dios era dejar el mundo. Si tenían la fortuna de encontrar a un buen confesor y director espitirual, habitualmente les sugería imitar la espiritualidad propia de la vida religiosa; en el peor de los casos, minimizaba sus deseos de buscar la santidad.

Así pues, no sorprende que después de la guerra Escrivá comprobara que su espítiru difería del propio del Opus Dei: habían seguido una espiritualidad basada en la renuncia al mundo y, con gran pesar, les dijo que no podían continuar en la Obra. Casi diez años después del 14 de febrero de 1930, sólo quedaba una mujer en el Opus Dei: Lola Fisac.

Lola entró en el Opus Dei en mayo de 1937. Vivía con su familia en Daimiel. Al comenzar la guerra, su hermano Miguel se había refugiado en su casa. Para no llamar la atención de los censores ni dar pistas sobre su paradero, no escribía a Zorzano ni a Escrivá, sino que le encargaba a Lola que lo hiciera de su parte. De este modo, Lola se puso en contacto con Escrivá por escrito. Miguel le explicó el Opus Dei y le dio un ejemplar de “Consideraciones Espirituales”.

La primera carta que Lola Fisac envió a Escrivá, en abril de 1937, simplemente le hacía saber que Miguel estaba a salvo. La respuesta de Escrivá fue igual de breve y reservada, pero expresaba su esperanza de que algún día ella pudiera ser miembro de su familia. A pesar del velado lenguage, Lola entendió el mensaje de Escrivá y respondió a finales de mayo de 1937, de modo igualmente discreto, que deseaba pertenecer al Opus Dei. Años más tarde recordaba que, a pesar de no entender del todo la vocación al Opus Dei en ese momento, “me parecía apasionante... y, dentro de mí, formulé la decision de vivir la llamada a la Obra de manera total y sin condiciones”369. Durante los meses siguientes, Lola y Escrivá mantuvieron correspondencia, aunque la censura les obligaba a ser muy discretos.

El 20 abril de 1939 Escrivá viajó a Daimiel para conocer a Lola y agradecer a su familia los paquetes de comida que habían enviado a Isidoro durante la guerra. En una larga conversación, Escrivá le explicó detalladamente la vocación al Opus Dei. Ella reiteró su deseo de pertenecer al Opus Dei y Escrivá le trazó un plan de vida espiritual con media hora de oración diaria, el Rosario, el examen de conciencia y la lectura de la “Historia de un alma” de Santa Teresa de Lisieux. Por encima de todo, le insistía en que cuidara la presencia de Dios, para lo que le ayudaría recitar comuniones espirituales, hacer actos de amor y reparación y dedicar cada día de la semana a una devoción particular: el domingo, a la Santísima Trinidad; el lunes, a las almas del Purgatorio; el martes, a los Ángeles Custodios; el miércoles, a san José; el jueves, a la Eucaristía; el viernes, a la Pasión, y el sábado, a la Santísima Virgen.

Como, previsiblemente, Lola se quedaría con su familia en Daimiel durante una temporada, Escrivá le indicó que escribiera frecuentemente y se esforzara por cultivar la comunión de los santos, por la que los cristianos permanecen unidos. Este consejo quedó más tarde reflejado en “Camino”: “Tendrás más facilidad para cumplir tu deber al pensar en la ayuda que te prestan tus hermanos y en la que dejas de prestarles, si no eres fiel”370. “Vivid una particular Comunión de los Santos: y cada uno sentirá, a la hora de la lucha interior, lo mismo que a la hora del trabajo profesional, la alegría y la fuerza de no estar solo”371.

En los meses siguientes Lola viajó varias veces a Madrid para hacer diversas gestiones. Aprovechaba esas ocasiones para ver a Escrivá y, también, a su madre y su hermana Carmen.

Escrivá tenía una razón especial para querer que Lola conociera mejor a su madre y su hermana y que pasara tiempo con ellas. En 1935 había escrito que un centro del Opus Dei “no es convento, ni colegio, ni cuartel, ni asilo, ni pensión: es familia”372. Para convertir esta idea en realidad, había previsto que, además de llevar a cabo los mismos apostolados que los varones de la Obra, las mujeres del Opus Dei se ocuparían de lo que definió como el “apostolado de los apostolados”. Con esas palabras se refería a la administración doméstica de los centros del Opus Dei para darles el tono y calor propios de un hogar de familia cristiana. Aunque su madre y su hermana nunca pertenecieron la Obra, Escrivá vio claro que el tono que ellas habían dado a su propio hogar era un ejemplo excelente del aire de familia que debía caracterizar la vida del Opus Dei. Al pasar tiempo con ellas, las mujeres del Opus Dei aprenderían a crear ese ambiente en los centros de la Obra.

Durante el tiempo que Lola pasó en Daimiel, Escrivá mantuvo contacto epistolar con ella. En enero de 1940 escribía: “No olvides que Dios sabe más que nosotros y, como suele decirse, escribe derecho con líneas torcidas: cuando menos lo esperamos, si somos fieles, queda todo arreglado y dispuesto”373. En otra carta la animaba: “Espero que pronto dispondrá el Señor las cosas de modo que puedas trabajar como deseas. Que estés siempre contenta. La tristeza es aliada del enemigo”374. En respuesta a una carta en la que Lola se quejaba de sequedad interior, le decía que no debía preocuparse por sentirla, ya que lo importante era la perseverancia en el cumplimiento de las normas de piedad, aunque a veces haya que arrastrarse.

El trabajo apostólico con mujeres en Madrid

En Madrid, Escrivá buscaba mujeres jóvenes que dieran señales de tener vocación al Opus Dei. En concreto, a quienes pudieran responder a la llamada de Dios a una vida de celibato apostólico y dedicaran todas sus energías a extender el Opus Dei. Confesaba habitualmente en diversas parroquias. Además, pedía a los miembros de la Obra y a los jóvenes que asistían a los medios de formación que rezaran por sus hermanas. Y les decía que les regalaran “Camino” o les animaran a acudir a su confesonario. Cuando Jenner quedaba libre por las vacaciones de los estudiantes, organizaba meditaciones para ellas en el oratorio de la residencia.

Para el otoño de 1940 ya había en Madrid un núcleo de mujeres jóvenes en contacto con el Opus Dei. Seis de ellas habían pedido la admisión en la Obra. Escrivá las animaba a santificar sus estudios o la actividad profesional que desempeñaran. Además, pidió a algunas que ayudaran a su madre y a su hermana en la administración doméstica de Jenner y de los dos centros de varones que ya había en la capital. Las mujeres del Opus Dei no se limitarían a esta tarea, pero Escrivá dejó claro que este trabajo se podía santificar igual que cualquier otro. También subrayaba que, al crear un ambiente agradable en los centros de la Obra, contribuirían de forma principalísima al apostolado que se hiciera en ellos.

En noviembre de 1940 las mujeres de la Obra, alquilaron un piso en la calle Castelló. Ninguna vivía allí. Simplemente lo utilizaron para las actividades de formación. A los pocos meses, estas actividades se trasladaron al centro de Diego de León, a la zona de la casa reservada para la madre y la hermana de Escrivá. Esto facilitaba el contacto frecuente con ellas y permitía a las mujeres de la Obra trabajar con Carmen en la administración de los centros.

Valencia

Encarnación Ortega quedó tan impresionada por “Camino” que asistió al curso de retiro que predicó Escrivá a finales de marzo de 1941 en Alacuás, cerca de su ciudad natal, Valencia. Después de la primera meditación fue a saludar al autor-predicador, que inmediatamente le explicó el Opus Dei y le dijo que necesitaba a unas cuantas mujeres valientes para llevarlo adelante. “Mi susto fue considerable”, recordó. “Perdí el apetito y el sueño y, aunque quería pensar que el retiro terminaría pronto y, tal vez, nunca volvería a encontrarme con nuestro Padre, me martilleaban esos planes divinos que me había dado a conocer”375.

La meditación final del retiro trató sobre la Pasión de Cristo. “Todo esto, !todo!, lo ha sufrido por tí”, dijo Escrivá al final de la meditación. “Ten la valentía, al menos, de mirarle de frente y de decirle: eso que me estás pidiendo, !no quiero dártelo!”376.

En cuanto terminó la meditación alguien dio a Ortega una palmadita en la espalda y le dijo: “Don Josemaría querría verte”. “En aquel momento”, cuenta Ortega, “tomé la decisión de decir que sí, que estaba dispuesta a ser una de aquellas mujeres que, muy cerca de nuestra Madre Dolorosa, pudieran ayudar al Padre a hacer el Opus Dei en la tierra”377.

Cuando ella le habló a Escrivá de su decisión, le señaló los obstáculos que la aguardaban. Sus hijas todavía no tenían un centro donde pudieran vivir juntas, como familia. La gente podría no entender su camino. Debían vivir una pobreza real y dejar no sólo lo que tenían, sino también lo que habían soñado para el futuro. Ortega no se desanimó por este panorama, sino que, a la mañana siguiente, se sintió obligada a decirle a Escrivá que no sabía hacer nada. Escrivá respondió con una pregunta: “¿Sabes obedecer?”378.

Durante la estancia de Escrivá en Valencia, Enrica Botella también pidió la admisión en el Opus Dei. Su vocación llevaba meses madurando. Su hermano Paco la había presentado, junto con una prima suya, a Escrivá. En su primer encuentro, Escrivá les había pedido que cosieran manteles y otros ornamentos para el oratorio del centro de Valencia, pero no les habló de la vocación al Opus Dei. “Nos ilusionó con ese encargo”, recuerda Enrica, “comentándonos la delicadeza de amor que suponía tener las cosas del Señor siempre bien cuidadas. Nosotras podíamos contribuir a esto, si cosíamos con cariño, en la presencia de Dios, esos lienzos que estarían tan cerca de Jesús Sacramentado”379.

Pocas semanas después, durante un viaje a Valencia, Enrica habló con su hermano sobre el Opus Dei: “¿Por qué me hablas de esto?”, preguntó. Le explicó que las mujeres también podían pertenecer a la Obra y ella respondió que le encantaba ayudar cosiendo, pero que no tenía ningún interés en incorporarse al Opus Dei. Sin embargo, durante las semanas siguientes, siguió pensando en lo que su hermano le había dicho y, cuando Escrivá fue a Valencia para predicar un curso de retiro, ella acudió a verle. “Yo estoy pidiendo tu vocación, hija mia”, le dijo. “Desde aquel instante”, sigue relatando, “me consideré ya de la Obra”380. Escrivá le escribió un plan de vida y quedó en verla unos días después.

En su siguiente encuentro, Escrivá habló a Enrica y Ortega del inmenso panorama de actividades apostólicas que emprenderían. Las mujeres del Opus Dei, les dijo, se santificarían y practicarían un apostolado personal de amistad y confidencia con sus amigas y compañeras en todos los ambientes, desde el más prestigioso al más humilde. Algunas serían profesoras universitarias, médicos, periodistas, abogadas y farmacéuticas. Otras, dependientes, enfermeras o empleadas domésticas. Además de sus actividades personales, que son el principal apostolado de todos los miembros de la Obra, las mujeres del Opus Dei colaborarían con otra mucha gente para crear centros educativos y sociales, desde universidades y colegios de segunda enseñanza a dispensarios rurales, escuelas técnicas y residencias.

Aquellas aspiraciones contrastaban vivamente con la realidad del momento en Valencia: ni siquiera tenían un pequeño piso donde realizar ninguna actividad. De momento, además de su apostolado personal con familiares y amigas, Escrivá les pidió que bordaran ornamentos para el oratorio, que dieran clases al personal doméstico de la pequeña residencia de Samaniego y que ayudaran a organizar los menús. Estas humildes tareas -decía- les ayudarían a preparar sus alma para las grandes empresas que les aguardaban. Se explicó leyendo un punto de “Camino”: “No se veían las plantas cubiertas por la nieve. -Y comentó, gozoso, el labriego dueño del campo: 'ahora crecen para adentro' -Pensé en ti: en tu forzosa inactividad... -Dime: ¿creces también para adentro?”381.

Tan grande era la fe y la confianza con que Escrivá hablaba de su futuro, que Enrica Botella y Ortega apenas notaron el contraste entre aquellos grandes sueños y las pocas, y tradicionalmente femeninas, responsabilidades que les había pedido que asumieran. “Nos marchamos radiantes”, escribe Botella. “Valencia nos parecía pequeña para la carga de ilusiones que llevábamos dentro”382. No les importaba no ver todavía nada del apostolado con las mujeres: “Bastaba la seguridad de nuestro Fundador”383.

A Ortega nunca se le había dado muy bien coser. En la cárcel de mujeres donde había estado retenida durante la Guerra Civil, prefirió cavar trincheras, cortar árboles y cargar camiones a trabajar en el taller textil. Claramente, sus gustos y ambiciones no casaban con los papeles que se asignaban a la mujer en la España de posguerra. Sin embargo, abrazó con entusiasmo no sólo los objetivos a largo plazo que Escrivá había descrito, sino también las realidades, mucho más prosaicas, de los principios. Escribió a las demás de la Obra: “Estoy dispuesta -si Dios me quiere cosiendo- a pasarme el día sentada en una silla y con la aguja en la mano; mejor que no me apetezca mucho, así tendré algo que poder ofrecer y desde luego, pienso hacerlo con alegría”384.

León

Durante el verano de 1941, en León, otra mujer pidió la admisión en el Opus Dei. Su primer contacto con la Obra había tenido lugar en agosto de 1940, cuando el obispo de la ciudad invitó a Escrivá a predicar unos ejercicios a los sacerdotes de su diócesis. Durante su estancia allí, un amigo sacerdote, don Eliodoro Gil Rivera, le presentó a Nisa González Guzmán. Vivía con sus padres y dedicaba su tiempo al estudio de idiomas y a los deportes. Le gustaban particularmente el tenis y el esquí, disciplina que recientemente le había valido un trofeo.

Se quedó sorprendida cuando, nada más saludarla, Escrivá le preguntó: “Hija mía, ¿amas mucho a Nuestro Señor?”385. Guzmán comenta: “Nunca me habían formulado esta pregunta con tal sencillez y claridad. Yo tenía grandes deseos de hacer la Voluntad de Dios, consciente de que es la manera de demostrarle el amor; pero también me daba cuenta de lo que esto exigía y, de momento, me parecía no tener fuerzas para tanto. Por eso, contesté con un gesto dubitativo, algo desconcertada”386.

A pesar de su poco entusiasta respuesta inicial, Escrivá le explicó el Opus Dei. Pintó el retrato de la mujer sacrificada y apostólica en todas las profesiones y ambientes sociales. Aunque no le habló de la vocación, Escrivá la animó a acercarse más a Dios en su vida cotidiana. Durante los meses siguientes, Guzmán pensó a menudo en su conversación con Escrivá y en abril de 1941 viajó a Madrid con la intención de incorporarse al Opus Dei. Sin embargo, Escrivá le sugirió que primero asistiera a retiro para rezar y pensar más su decisión.

Pero Guzmán se incorporó a la Obra antes, ya que, poco después de su última conversación con Escrivá, participó en una semana de estudio para las mujeres de la Obra y otras jóvenes que estaban madurando su posible llamada al Opus Dei. Al igual que la que se organizó para los hombres un tiempo antes, esta semana de estudio fue la precursora de los cursos anuales de formación en los que participan las mujeres de la Obra. Tuvo lugar en Lagasca, durante el mes de agosto, mientras los residentes estaban fuera. Empezó con un día de retiro predicado por Escrivá. Durante el resto de la semana, Escrivá dio una serie de clases y charlas sobre la doctrina católica y el espíritu del Opus Dei. En palabras de Guzman, “ponía ante nuestros ojos el mar sin orillas que es el Opus Dei, con una fe que nos hacía tocar ya el futuro”387.

En las meditaciones, a menudo volvía al pasaje del Evangelio en el que Cristo decía a los apóstoles que “fueran y dieran fruto” (Juan 16:15). Guzmán volvió a León al terminar la semana de estudio. Viviría con su familia hasta julio de 1942, momento en el que se trasladó al tan esperado centro de mujeres del Opus Dei en Madrid.

Muerte de la madre de Escrivá

En abril de 1941 la madre de Escrivá, a quien los de la Obra llamaban cariñosamente la abuela, enfermó de neumonía. Escrivá tenía que predicar unos ejercicios espirituales a sacerdotes de la diócesis de Lérida, pero se resistía a dejar Madrid. Manifestó a uno de la Obra su inquietud por la enfermedad de su madre, pero, como el médico le aseguró que no había peligro inmediato, concluyó que “están esperando cincuenta sacerdotes y mi obligación es ir a atenderles”388. Antes de partir se despidió de su madre y le pidió que ofreciera sus molestias por los sacerdotes a los que iba a predicar. Ella dijo suavemente: “¡Este hijo!”.

Al día siguiente, doña Dolores, contra todo pronóstico, empeoró y falleció en la mañana del 22 de abril de 1941. En cuanto recibió la noticia de su muerte, Escrivá partió hacia Madrid en un coche prestado. El coche se averió por el camino y no llegó a la capital hasta la mañana del día siguiente. Ante su ataud lloró inconsolablemente, según Orlandis, como un niño pequeño que ha perdido a su madre. “Dios mío, Dios mío, ¿qué has hecho? Me vas quitando todo: todo me lo quitas. Yo pensaba que mi madre les hacía mucha falta a estas hijas mías, y me dejas sin nada... ¡sin nada!”389.

El primer centro de mujeres

Desde la semana de estudio del mes de agosto de 1941 hasta el verano siguiente, la labor del Opus Dei con mujeres no parecía avanzar mucho. Al igual que sucedió años atrás con los hombres, muchas se entusiasmaban e incluso manifestaban su interés en pertenecer al Opus Dei. Pero al poco, ante la realidad del sacrificio que se pedía a los miembros de la Obra, perdían la ilusión y se marchaban. De las mujeres que pertenecían al Opus Dei en 1942, las únicas en quienes Escrivá se podría apoyar de verdad fueron Ortega y Botella en Valencia, Guzman en León, y Fisac en Daimiel.

Había dificultades para poner sólidos cimientos en el apostolado con mujeres, pero eso no impidió que a comienzos de 1942 se buscara una casa para el primer centro de mujeres de la Obra. Madrid había sufrido considerables daños durante la guerra y, como consecuencia, había un serio problema de falta de viviendas. Sin embargo, en junio de 1942 se descubrió una casa adecuada: se trataba de un chalet de dos pisos en la calle Jorge Manrique. A mitad de julio, Ortega y Guzman se trasladaron allí, aunque prácticamente no tenían muebles. Durante los primeros días, Carmen Escrivá pasaba con frecuencia para ayudarlas a instalarse.

De regreso de los dos cursos de retiro que predicó a sacerdotes en Segovia, Escrivá visitó el nuevo centro. Insistió en la necesidad de ser fuertes y valientes, a la par que amables y cariñosas hacia los miembros de la Obra. Les dijo que sus oraciones y demás actos de piedad deberían ser siempre cordiales.

Meses después Escrivá mostró a las residentes del centro una larga lista con algunas de las actividades apostólicas que esperaba que las mujeres del Opus Dei emprendieran en el futuro. Llevarían a cabo esas actividades además de la administración doméstica de los centros de la Obra y del apostolado personal con su amigas y compañeras. Les explicó: “Ante esto, se pueden tener dos reacciones: una, la de pensar que es algo muy bonito, pero quimérico, irrealizable; y otra, de confianza en el Señor que, si nos pide todo esto, nos ayudará a sacarlo adelante. Espero que tengáis la segunda”390.

Este reducido grupo de mujeres que pertenecía al Opus Dei a finales de 1942 poco podía mostrar al mundo, pero compartía la fe de Escrivá en que Dios quería que el Opus Dei se realizara. Esa convicción y su espíritu de sacrificio contribuyeron decisivamente al desarrollo de las actividades apostólicas del Opus Dei con mujeres en los años siguientes.

 


 

El crecimiento y la expansión del Opus Dei en los años de posguerra se produjeron en medio de fuertes críticas, provenientes de dentro y fuera de la Iglesia. Esta “contradicción de los buenos”, como la llamó Escrivá, fue, con mucho, una prueba más amarga que la sufrida durante la Guerra Civil.

Introducción. Opus Dei
La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)
Los primeros años (1902-1925)
Años de preparación (1925-1928)
Los primeros pasos (1928-1930)
El ambiente se torna hostil (1931)
Nuevas luces (1931)
Intentos de abrir camino (1931-32)
Poner los cimientos (1933)
El primer centro (1933-1934)
Obstáculos y crecimiento (1934-1935)
Planes de expansión (1935-36)
Los comienzos de la Guerra Civil (julio de 1936 — marzo de 1937)
Huida en el Madrid revolucionario (julio 1936 - marzo 1937)
Las últimas etapas de la Guerra Civil (marzo 1937—abril 1939)
En la Legación de Honduras (marzo - octubre 1937)
El paso de los Pirineos (octubre-diciembre 1937)
La época de Burgos (diciembre 1937 - octubre 1938)
En Madrid y en Burgos (octubre 1937-marzo 1939)
España en una Europa en Guerra (1939 - 1945)
Reconstrucción y expansión en Madrid (1939 - 1940)
Expansión fuera de Madrid (1939-1942)
Vuelve a empezar la labor con las mujeres (1939-1943)
Oposición y nuevo desarrollo (1940-1943)
Epílogo