Expansión fuera de Madrid (1939-1942)

Un retiro en Valencia

En los meses siguientes al fin de la Guerra Civil, el Opus Dei reanudó sus incipientes actividades en Valencia. Escrivá predicó ejercicios espirituales a un grupo de universitarios del 5 al 11 de junio de 1939 en el Colegio del Beato Juan de Ribera, situado en Burjasot a pocos kilómetros de la ciudad. La invitación para predicar los ejercicios vino de su buen amigo don Antonio Rodilla, rector del colegio.

Mientras paseaba por los terrenos del colegio, antes de empezar, los estudiantes se fijaron en un cartelón pintado a mano, abandonado por el ejército republicano, que había ocupado el edificio durante la Guerra Civil. En el cartelón se leía el verso atribuido a Antonio Machado: “Cada caminante siga su camino”. Uno de los asistentes se disponía a romperlo, pero Escrivá le paró, diciéndole que ese lema era un buen consejo. Durante esos días, utilizó repetidamente aquella frase para subrayar la importancia de la libertad en el servicio de Dios.

Este énfasis en la libertad contrastaba radicalmente con la tendencia mayoritaria de la España de posguerra. Uno de los jóvenes, que pidió la admisión en el Opus Dei poco después de la guerra recordaba “aquellos tiempos, en los que no se hablaba especialmente sobre este tema. Se estimaban otros valores como el servicio y el sacrificio por la Patria, la abnegación en los sufrimientos, la heroicidad hasta poner en peligro la propia vida en defensa de ideales nobles”343.

Lógicamente, Escrivá deseaba vocaciones para el Opus Dei, pero no habló de esto en las meditaciones que predicaba. Durante el retiro, sí charló en privado sobre este tema con varios jóvenes. Al final de esos días de retiro, Amadeo de Fuenmayor, estudiante de Derecho, vio claro que Dios le pedía que le entregara su vida en el Opus Dei. Pocas semanas después, otro de los asistentes, José Manuel Casas Torres, que simultaneaba los estudios de Derecho y Geografía, también pidió la admisión en el Opus Dei.

Escrivá deseaba encontrar gente que pudiera entender y vivir el espíritu del Opus Dei, pero, como director de almas, nunca coaccionaba a nadie, siempre llevaba a cada persona por el camino que Dios tenía previsto. Por ejemplo, a uno de los jóvenes que asistieron a aquellos ejercicios espirituales, aunque le explicó el Opus Dei, le insistió en que se dedicara al apostolado de la Acción Católica. Poco después aquel estudiante, tras consultar a un sacerdote, que era de su misma opinión, decidió renunciar a sus actividades en Acción Católica. Pero cuando consultó de nuevo a Escrivá, éste le aconsejó que siguiera sirviendo a la Iglesia en Acción Católica, según el plan de Dios.

El deseo de Escrivá de ayudar a cada uno a seguir la llamada personal de Dios le llevó a predicar numerosos ejercicios espirituales a sacerdotes diocesanos y religiosos. Nada más concluir el retiro de Burjasot para estudiantes universitarios, empezó otro para sacerdotes de la diócesis de Valencia, que había perdido la cuarta parte de su presbiterio durante la Guerra Civil. La mayoría de los supervivientes había pasado escondida durante los tres últimos años. El arzobispo de Valencia conoció a Escrivá en Burgos; ahora, para rejuvenecer las estructuras de la diócesis, destruidas por la guerra, le pedía que predicara unos ejercicios para párrocos recién nombrados. El retiro de Valencia fue el primero de los muchos que Escrivá predicó al clero diocesano de toda España y a numerosas comunidades religiosas.

“Gracias tumbativas”

Ni Fuenmayor ni Casas Torres conocían el Opus Dei antes del curso de retiro. Hoy en día sería inconcebible que alguien pudiera pertenecer al Opus Dei en tan poco tiempo. Pero, en los días anteriores e inmediatamente posteriores a la Guerra Civil, Dios concedía a la gente gracias especiales que les permitían percibir la vocación y dedicar su vida entera a Dios en el Opus Dei con tan sólo un breve contacto con la Obra.

Estas gracias, que en alguna ocasión Escrivá llamó “gracias tumbativas”, eran el fruto de su oración y de la de otros miembros de la Obra. Durante el retiro de Burjasot, escribió a los de la Obra en Madrid para decirles que rezaran por los que estaban haciendo los ejercicios. También envió una petición similar a los tres miembros de la Obra todavía movilizados en Olot. Pocas semanas antes había escrito al obispo de Avila, por quien sentía un especial respeto y afecto, pidiéndole oraciones: “Este pecador siempre acude al señor Obispo con la mano extendida: tengo pendientes varias tandas de ejercicios, algunas (en Valencia y Madrid) para sacerdotes..., y necesito sus oraciones y su bendición de Padre y Pastor”344. Durante el retiro en Burjasot renovó sus peticiones en otra carta dirigida al obispo: “Ya comencé la primera tanda de ejercicios y, para ésta y las que me quedan, necesito que nuestro Jesús especialísimamente me ayude..., y acudo a mi señor Obispo, porque sé que se lo dirá. ¡Él se lo pague!”345.

José Orlandis

Un ejemplo llamativo de esas “gracias tumbativas” es la vocación de José Orlandis, que pidió la admisión en el Opus Dei en Valencia en 1939. Su historia no es única, pero en sus sus memorias proporciona un relato detallado de su experiencia. Orlandis había empezado la carrera de Historia cuando estalló la guerra, durante la cual sirvió como oficial en el ejército nacional. En agosto de 1939 estaba destinado en Mallorca y decidió pedir un permiso de estancia en Valencia. Quería aprovechar la convocatoria extraordinaria de exámenes para quienes habían visto interrumpidos sus estudios por la guerra. Como era imposible predecir la duración de los exámenes, el permiso no fue fijado por un periodo exacto, sino hasta el final de las pruebas.

En Valencia, Orlandis se encontró con su viejo amigo Casas Torres, que acababa de incorporarse al Opus Dei. Casas Torres le sugirió que asistiera al retiro para estudiantes universitarios que Escrivá predicaría en el Colegio del Beato Juan de Ribera a partir del 10 de septiembre. Orlandis dijo que acudiría si le daba tiempo entre el final de los exámenes y la fecha en la que debía regresar a Mallorca.

Aunque no amenazaba directamente a España, el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, el 1 de septiembre de 1939, puso al Ejército en estado de alerta. Para evitar el pánico, las autoridades militares no anularon inmediatamente todos los permisos y Orlandis pudo seguir en Valencia para acabar los exámenes. Sin embargo, la tensa situación internacional aumentaba la presión sobre Orlandis para que regresara a su unidad lo antes posible. Reservó un pasaje de regreso a Mallorca para el 11 de septiembre y le dijo a Casas Torres que no podía asistir al retiro.

A punto de dejar Valencia, Orlandis fue a despedirse de don Antonio Rodilla, a quien conocía tiempo atrás. Se lo encontró con Escrivá en una calle cercana a la catedral. Después de presentarse, le explicó los motivos por los que no podría asistir al retiro: había terminado sus exámenes, se le había acabado el permiso, había comenzado una nueva guerra y ya tenía comprado el billete para volver a su unidad. Para su sorpresa, Escrivá no pareció impresionado: “Pues también puedes hacer otra cosa: si tienes el billete, vas y lo cambias por otro para el barco siguiente; y mañana empiezas el curso de retiro. Y si a la vuelta el coronel te arresta, muy bien, que te arreste: cumples el arresto”346. Sorprendentemente Orlandis, que no conocía a Escrivá de nada, respondió “muy bien, Padre” y fue directamente al despacho de billetes para cambiar su pasaje por otro en el barco de la semana siguiente.

Durante el retiro, Escrivá sugirió a los participantes que rezaran por Polonia, recién invadida por Alemania, pero el tema central fue su llamada para seguir a Cristo. Escrivá usaba frecuentemente los textos del Evangelio que narran la vocación de Nuestra Señora, la del joven rico que rechazó la invitación de Cristo a seguirle, y la de Bartimeo, el mendigo ciego, que respondió generosamente a la llamada de Jesús y fue curado. En conversaciones privadas, tanto Escrivá como del Portillo le explicaron a Orlandis la vocación al Opus Dei. El 14 de septiembre de 1939 pidió pertenecer a la Obra. En sus memorias, después de narrar su vocación, escribe: “Es posible que alguien esboce una sonrisa irónica y diga para sus adentros: hablando el propio Fundador y con la enorme personalidad humana que tenía, ¿quién sería capaz de resistirse? A ese escéptico se le podría responder que el atractivo de una gran personalidad puede explicar un arranque entusiasta, pero no una perseverancia de más de medio siglo. Esta sería imposible -y más en el Opus Dei- sin llamamiento de Dios y sin ayuda de la gracia”347.

Cuando Orlandis regresó a su unidad una semana después, el coronel no le hizo ninguna pregunta.

“El Cubil”

A comienzos del curso académico 1939-40, se proyectó abrir residencias en Valencia y Madrid. Como en Valencia no se encontró un lugar adecuado, en agosto se alquiló un pequeño apartamento. Sus reducidas dimensiones y pobreza sugirieron el apodo de “El Cubil”, nombre con el era llamado habitualmente. Tenía un comedor, un pasillo y dos habitaciones, una de las cuales servía de almacén para la reciente edición de “Camino”. La otra servía para múltiples funciones: sala de estudio, cuarto de estar y lugar de oración a falta de oratorio.

A pesar de tratarse de un piso diminuto, resultaba difícil pagar el alquiler y cubrir otros gastos. En un momento dado, la compañía telefónica cortó la línea por falta de pago. Había tan pocos muebles que, cuando Escrivá cayó enfermo, con fiebre alta, después de predicar un curso de retiro en septiembre de 1939, lo mejor que pudieron ofrecerle fue un camastro militar y una vieja cortina y unos cartones a modo de mantas.

A pesar de la pobreza reinante, el numero de jóvenes que acudía a El Cubil aumentaba. En enero de 1940, asistía ya al círculo de San Rafael que había comenzado en agosto de 1939 una docena de estudiantes. Siguiendo el consejo de Escrivá de que fuera reducido el número de participantes en cada grupo, el círculo se dividió en dos. Pronto llegaron nuevas vocaciones: Salvador Moret, Antonio Ivars Moreno e Ismael Sánchez Bella, y su hermano Florencio, estudiante de Derecho que trabajaba por la noche como linotipista de un periódico local.

Escrivá celebró Misa por primera vez en El Cubil el 1 de febrero de 1940. Un sacerdote amigo prestó los ornamentos y demás objetos litúrgicos. Antes de la Misa, predicó una meditación sobre la eficacia del sacrificio y la necesidad de morir a uno mismo, como el grano de trigo. Aunque no hablaba de sí mismo, su propia vida era un vivo ejemplo de sacrificio. En El Cubil no había un sitio adecuado para hablar con todos los estudiantes que querían dirigirse con él, así que se veía obligado a dar largos paseos con ellos a orillas del Turia. Uno de la Obra anotó en el diario de El Cubil: “El Padre dice que necesita distraerse y tomar el sol; lo cierto es que quiere reventarse a fuerza de andar, pues desde hace dos días tiene los pies hinchados, como siempre que viene a Valencia”348.

Una residencia universitaria en Valencia

A comienzos del verano de 1940, los fieles de la Obra en Valencia empezaron a buscar un local que pudiera servir de residencia durante el año académico 1940-1941. Tras recorrer gran parte de la ciudad, encontraron un lugar en la misma calle que El Cubil. Había servido de hospital durante la guerra y estaba ruinoso, pero era amplio y prometía mucho.

Unos pocos viajes con una carretilla bastaron para trasladar las escasas pertenencias de El Cubil a la nueva residencia, a la que pusieron el nombre de la calle, Samaniego. El 30 de julio de 1940 cerraron El Cubil y empezaron a acondicionar Samaniego, que tendría capacidad para veinte estudiantes. Casciaro, que se traladó de Madrid a Valencia para ser el director, se encargó de la decoración. El vestíbulo de entrada, que tenía un techo extremadamente alto, planteaba un desafío particular. Para llenar el espacio, Casciaro diseñó un gran repostero que cosió Carmen Escrivá. Representaba un escudo con cardos en su mitad inferior y estrellas en la mitad superior con la leyenda “Per aspera ad astra” (“Por la dificultad, hasta las estrellas”).

Cada vez que venía a Valencia, Escrivá procuraba llevar algún objeto que completara la decoración: unos procedían del hogar de su familia, otros eran regalo de la familia de alguien de la Obra, y algunos otros habían sido rescatados de las ruinas de la residencia de la calle Ferraz. Los miembros de la Obra que vivían en Valencia también pidieron a sus padres y familiares muebles para la nueva residencia. Poco a poco, la casa cobró el aspecto de un hogar de familia, aunque había tan poco dinero que, durante varios meses, no pudieron pagar la cuenta de la luz y tuvieron que apañarse con velas.

Escrivá bendijo la residencia el 20 de septiembre de 1940. Durante la ceremonia, expresó su esperanza de que pronto fuera posible tener allí a Jesucristo presente en el sagrario. Antes de destinarla al nuevo uso, la casa tenía un pequeña capilla que pasó a ser el oratorio de la residencia. Podía ampliarse abriendo unas puertas correderas que conectaban con dos habitaciones contiguas. El altar fue decorado con azulejos del siglo XVII. Federico Súarez, estudiante de Historia que se había incorporado recientemente al Opus Dei, los había encontrado entre un montón de escombros en un solar en construcción. Para el retablo del altar, Fernando Delapuente, miembro de la Obra que vivía en Madrid y que más tarde sería un afamado pintor, hizo una copia de una crucifixión de Van der Weyden. Escrivá celebró la primera Misa en el oratorio el 2 de noviembre de 1940. Después de reservar el Santísimo Sacramento en un sagrario prestado exclamó: “Estoy muy contento. ¡Otro Sagrario!”349.

Cuando la residencia de Samaniego abrió, vivían en ella tres fieles del Opus Dei: Casciaro, Fuenmayor, subdirector, y Jesus Urteaga, que había pedido la admisión en el Opus Dei durante el verano y fue a Valencia a empezar la carrera universitaria. Sólo había uno que no pertenecía a la Obra. Había muchas plazas libres y los residentes tardaban en venir. Para llegar a fin de mes, los miembros de la Obra abrieron una academia dirigida a alumnos de secundaria que se preparaban para ingresar en la universidad y que ofrecía también clases de Derecho Civil.

Poco a poco la residencia se fue llenando hasta alcanzar los veinte residentes previstos. Además, muchos otros universitarios iban allí a estudiar y a las clases de formación cristiana. En el primer año de funcionamiento, pidieron pertenecer al Opus Dei cinco de ellos.

Valladolid

Al acabar la Guerra Civil, también se extendió el apostolado a Valladolid, Zaragoza y Barcelona, tres ciudades universitarias que ofrecían posibilidades de conocer a jóvenes que entendieran el mensaje del Opus Dei.

El 30 de noviembre de 1939, Escrivá y Vallespín salieron en tren hacia Valladolid. La guerra había deteriorado considerablemente la línea y el tren tardó cinco horas en cubrir el trayecto de apenas 200 kilómetros. Sin dinero para tomar un taxi, cargaron con su equipaje por las frías y nevadas calles. El hotel donde habían previsto hospedarse no tenía habitaciones libres. Finalmente encontraron un cuarto en el Hotel Español. Habían llevado consigo una lista de estudiantes, amigos de gente conocida en Madrid. El plan consistía en hablar con todos los que pudieran sobre los ideales y la formación espiritual que ofrecía el Opus Dei.

Por la mañana Escrivá dirigió la meditación. Se centró en la llamada de Cristo a los apóstoles. “Nos encontramos en Valladolid”, comentó, “para trabajar por Jesucristo, luego ya hemos tenido éxito en nuestra empresa. Si no consiguiéramos ver a ninguno de estos muchachos, no por eso nos consideraríamos fracasados”350.

De hecho todos los jóvenes que tenían en su lista, salvo uno que no estaba en la ciudad, se presentaron en el hotel. Escrivá habló con ellos del amor a Dios, de santificar sus estudios y de ayudar a sus amigos y parientes a acercarse más a Cristo. A la mañana siguiente, uno de los universitarios volvió con un amigo y se presentaron otros dos para comer con Escrivá y Vallespín.

Barredo, Hernández de Garnica y Rodríguez Casado fueron a Valladolid a finales de diciembre de 1939. Conocieron a la mayoría de los estudiantes del primer viaje y a algunos de sus amigos. Al cabo de un mes, Escrivá, del Portillo, Botella y Rodríguez Casado volvieron a Valladolid en un coche de segunda mano que se averiaba con tanta frecuencia, que no llegaron a la ciudad hasta las 3 de la madrugada. Entre los univesitarios a quienes hablaron estaban Juan Antonio Paniagua, estudiante de Medicina, y su amigo Teodoro Ruiz, estudiante de Derecho. Ruiz describe su primer encuentro con Escrivá: “Apenas iniciadas las presentaciones, enseguida tomó la palabra nuestro Fundador para explicar el motivo de su presencia en Valladolid y las principales características de la labor apostólica que se trataba de realizar.

Comenzó diciendo que había que ser cristianos de verdad, y nos dio una explicación de qué significa vivir en serio la vida cristiana. Hoy nos parece muy claro y lo vemos hasta lógico, pero en aquella época constituía una novedad absoluta, porque se daba entonces mucha importancia a las manifestaciones externas de piedad, y quizá se descuidaba la importancia de trato personal de cada alma con Dios”351.

La idea de cultivar una vida interior de relación personal con Cristo mediante la oración y el sacrificio era novedosa, pero más lo era el mensaje del Opus Dei sobre el trabajo profesional: medio para alcanzar la santidad y hacer apostolado, y ámbito de práctica de virtudes como la laboriosidad, la lealtad, el compañerismo y la alegría. Era la primera vez en su vida que Ruiz oía hablar de que Dios contaba con sus luchas diarias, con el estudio del Código Civil y con su amistad para llevar la redención de Cristo a muchos hombres y mujeres. Décadas más tarde todavía recordaba su primera impresión: “Estaba [del Portillo] hablando con detalle de la vida de piedad que se vivía en esa labor de apostolado, insistiendo en el trato con Dios a través de la oración y de los sacramentos. Una vida espiritual intensa, pero procurando no hacer cosas raras, sin llamar la atención, sin ostentaciones. Una piedad sólida, pero evitando actuar cara al exterior. Que esto lo aconsejara un sacerdote, ya era una novedad; pero que lo dijera un señor normal y corriente que estaba acabando Ingeniería de Caminos -en España, por entonces, era la aristocracia universitaria-, le hacía ir a uno de sorpresa en sorpresa”352.

Tras la presentación de del Portillo, Botella dio una charla en la que “insistía con más detalle en la importancia del trabajo profesional, de hacer ciencia, aportando algo nuevo a lo que ya habían estudiado otros”353. Después, Rodríguez Casado, historiador, habló de la vida de los primeros cristianos. Oyéndole hablar, Ruiz dice que se dio cuenta de que conocía algunas anécdotas de los primeros cristianos, “pero que se me escapaba lo fundamental: los primeros cristianos vivían el Evangelio porque lo tenían bien aprendido, con un espíritu, una audacia, una remoción apostólica, que les hizo cambiar el mundo. No coincidía aquella descripción con la imagen que muchos teníamos de ellos: personas buenas, pero escondidas casi siempre en las catacumbas”354.

Después de explicar la teoría, los miembros de la Obra pidieron a sus nuevos amigos que la pusieran en práctica invitando a otros a venir al hotel. Ruiz y los otros se dispersaron por la ciudad y regresaron acompañados de algunos amigos, muchos de los cuales, a su vez, salieron y volvieron llevando a otros consigo. Pronto el hotel estuvo abarrotado.

A pesar su número, Escrivá habló con cada uno de ellos al menos durante unos momentos. El primer encuentro de Ruiz con Escrivá sólo duró unos diez minutos. Escrivá empezó preguntándole por sus estudios y le sugirió que pensara hacer el doctorado y seguir una carrera de enseñanza, ya que le abría muchas puertas para hacer apostolado. Luego dirigió la conversación hacia la vida espiritual. Dijo que deseaba hacerle algunas preguntas que, a lo mejor, consideraba incómodas y prefería no contestar: “Fue otro detalle de elegancia en el trato y de respeto a la libertad por su parte. La primera pregunta era sobre frecuencia de sacramentos; la otra versaba sobre posibles compromisos afectivos del corazón. Ocasión que aprovechó, con gran sentido sobrenatural, para insistir en la importancia de la comunión frecuente y de vivir los amores de la tierra noble y limpiamente. No recuerdo que me dijera nada más, pero sí tengo muy grabada la impresión que me dejaron aquellas pocas palabras, tan certeras y atinadas, de un sacerdote que me acababa de conocer hacía apenas un rato”355.

Varios de la Obra hicieron frecuentes visitas a Valladolid en febrero y marzo de 1940. Entre visita y visita escribían a los estudiantes que habían conocido. Durante un largo paseo por la ciudad a principios de marzo, Botella explicó a Ruiz que las actividades apostólicas en las que había participado no eran simplemente el resultado del celo de un sacerdote y de unos pocos entusiastas. Eran las actividades de una institución querida por Dios a la que Escrivá y los otros habían dedicado sus vidas. “¿Te llama Dios a entregarte a Él?”, preguntó Botella.

Ruiz habló con Escrivá esa misma tarde sobre su posible vocación. Escrivá le sugirió que buscara el consejo de Nuestro Señor en la oración. “Mira, lo único que puedo hacer”, dijo, “es encomendarte y pedir a Dios que te ilumine y te ayude a acertar. Si quieres, mañana asistes a mi Misa y encomiendas el asunto; yo también lo encomendaré”356. Después de Misa, Ruiz le dijo a Escrivá que estaba preparado para lo que fuera.

En las siguientes semanas, otros jóvenes de Valladolid descubrieron su llamada al el Opus Dei: Juan Antonio Paniagua, Alberto Taboada y su hermano Ramón, Antonio Moreno y Javier Silió. Además, un gran número de estudiantes quería recibir formación y algunos de ellos daban esperanzas de poder recibir la vocación en un futuro próximo. La necesidad de tener un lugar propio se hacía urgente.

En abril de 1940 alquilaron un piso que pertenecía al padre de Ruiz. Le llamaron “El Rincón”. Al principio, todo el mobiliario consistía en seis sillas. No había oratorio, pero pusieron una pequeña imagen de la Virgen en una repisa del cuarto de estar. Por las tardes, unos cuantos se reunían en El Rincón para estudiar. Interrumpían el estudio para hacer un rato de oración mental; sentados en torno a la imagen de Nuestra Señora, entre silencio y silencio uno de ellos iba leyendo puntos de “Camino”.

A final de junio de 1940, Escrivá predicó un día de retiro en un colegio dirigido por los escolapios. Ignacio Echeverría y Jesús Urteaga se encontraban entre los asistentes. Ambos acababan de terminar la secundaria en San Sebastián y pasaban una temporada en Valladolid para preparar el examen de ingreso en la universidad. Tras conocer al autor de “Camino”, pronto empezaron a tratar regularmente a la gente de la Obra de Valladolid. Antes de acabar el verano ambos eran ya del Opus Dei.

Zaragoza

Zaragoza era otro lugar natural de expansión del Opus Dei: tenía una importante universidad y Escrivá conocía a gente desde sus días de seminario. Además, había reanudado viejas amistades en sus visitas a la ciudad durante la Guerra Civil. Albareda procedía de Caspe, localidad cercana a Zaragoza, y su hermano mayor, Manuel, era muy conocido en la ciudad.

A finales de noviembre de 1939, Albareda viajó a Zaragoza. Pasó por la Basílica del del Pilar para poner en manos de la Virgen el futuro del apostolado del Opus Dei en la ciudad y explicó a su hermano lo que la Obra quería hacer. Como el Opus Dei siempre desarrollaba sus actividades con la bendición del obispo local, también le pidió a su hermano que solicitara al arzobispo la autorización necesaria para empezar la labor apostólica en Zaragoza. En este primer viaje, Albareda se puso en contacto con varios estudiantes y les explicó brevemente los objetivos e ideales del Opus Dei.

Animados por los resultados de este primer viaje, Escrivá, del Portillo y Albareda salieron en coche hacia Zaragoza el 26 de diciembe de 1939. A pocos kilómetros de Madrid, el coche se averió y tuvo que ser remolcado. Escrivá, que tenía fiebre, volvió a Madrid con del Portillo, mientras que Albareda cogía un tren para Zaragoza. Dos días después, aunque Escrivá no estaba repuesto del todo, él y del Portillo también viajaron. Albareda, su hermano Manuel y Alvira, que había acompañado a Escrivá en el paso de los Pirineos, los recogieron en la estación y los llevaron a casa de Manuel.

Las primeras actividades en Zaragoza fueron similares a las de Valladolid: ponerse en contacto con estudiantes y jóvenes profesionales, amigos de otros amigos ya conocidos, y explicarles el ideal de santidad y apostolado en medio del mundo, mediante la santificación del trabajo y de las demás actividades cotidianas. También hablaron de abrir pronto una residencia en Zaragoza.

Hasta mediados de febrero de 1940, no se hicieron nuevos viajes a Zaragoza. Desde entonces hasta el final del año escolar, Múzquiz, del Portillo, Botella y Rodríguez Casado pasaban allí muchos fines de semana. Ni la casa de Manuel Albareda, donde se alojaron en algunas ocasiones, ni las habitaciones de un hotel les proporcionaban un sitio adecuado para mantener una conversación personal. A menudo se iban a pasear por la ciudad para hablar en privado.

Múzquiz, por ejemplo, explicó el Opus Dei a un joven estudiante de Navarra, José Javier López Jacoíste, mientras daban vueltas y más vueltas a la plaza principal de la ciudad. Era una tarde agradable y la plaza estaba llena de cadetes de la academia militar, soldados destinados en Zaragoza, familias y niñeras con críos que habían salido a pasear. Cuando Múzquiz terminó su explicación y mencionó que Jesús Arellano, otro estudiante navarro, había decidido entregar su vida a Dios en el Opus Dei, López Jacoíste respondió sobre la marcha, sin esperar ni siquiera a regresar al hotel, “yo también”. A Arellano y López Jacoíste se les unieron en los meses siguientes Javier Ayala y José Ramón Madurga.

Escrivá no pudo ir a Zaragoza en muchas ocasiones, ya que debía atender también la labor de Madrid, Valencia, Valladolid y Barcelona, y además predicar numerosos ejercicios espirituales a sacerdotes diocesanos. Cuando podía viajar a Zaragoza, les hablaba en grupo y también personalmente con cada uno. Uno de estos jóvenes recuerda su conversación con Escrivá: “¿Serás capaz de saltar el parapeto? La metáfora, expresada con enorme fuerza y vibración sobrenatural, estaba cargada de sentido. Aún estraba reciente la Guerra de España, en la que dar el asalto final a las trincheras enemigas -expresión de arrojo y bizarría—consituía el colofón de toda batalla.

El planteamiento de nuestro Padre, además del atractivo humano, tenía una irresistible fuerza sobrenatural. Se trataba de supear con la ayuda de Dios todas las dificultades -saltárselas mediante el impulso divino-, para llevar vida de enamoramiento al servicio del Señor, afrontando el trabajo y el estudio cotidianos con denuedo sobrenatural a fin de situar al Señor, mediante el esfuerzo constante, en la cima de todas las actividades humanas”357.

El 16 de marzo de 1940 Escrivá predicó a los miembros de la Obra una meditación que tenía por tema el texto del Evangelio “No me elegistéis a mí, sino que yo os he elgido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca” (Juan 15:16). Más tarde, ese mismo mes, se reunió con ellos en un café. Como solía suceder en las reuniones informales que los miembros del Opus Dei designaban con el término genérico de tertulias, la conversación de Escrivá fluía con soltura y sin rupturas de una anécdota cómica a sucesos recientes y preguntas sobre los estudios de unos y otros y asuntos de vida interior y apostolado. En esta ocasión, uno de los participantes recuerda: “Nos habló de presencia de Dios, de múltiples industrias humanas para vivirla con estilo enamorado e intensidad siempre creciente. Muchas temporadas habría de constituir la materia del examen particular. De esta manera viviríamos vida de Fe, lo cual es vivir vida sobrenatural (...). Sólo así podríamos marchar adelante y ser contemplativos en medio de los absorbentes trabajos o del bullicio que pueda rodearnos a lo largo de la vida.

Seguidamente se refirió a la sinceridad. Nos pedía una sencillez total. Era el medio para vivir defendidos frente a toda insinuación del maligno. Particularmente esa sencillez es todavía más inexcusable en estas tres vertientes: fe, pureza, camino (...).

La explicación referente a los Ángeles Custodios fue profunda y especialmente atrayente: 'Os harán mil servicios, os sacarán de muchas dificultades, viviréis siempre seguros con su protección y su continua asistencia'”358.

A principios del curso 1940-1941 el apostolado del Opus Dei en Zaragoza estaba bien asentado. Durante los dos años siguientes se continuarían los viajes desde Madrid. El primer centro se abrió en 1942 y se llamó Baltasar Gracián, que era el nombre de la calle donde estaba situado.

Barcelona

Durante las semanas pasadas en Barcelona en 1937 antes de ir a Andorra, los miembros de la Obra habían rezado mucho por el futuro apostolado del Opus Dei en la ciudad. Dos años después, el 30 de diciembre de 1939, Escrivá y del Portillo pasaron un día en Barcelona. Visitaron a Alfonso Balcells, joven médico que había conocido a Jiménez Vargas durante la guerra y había asistido al curso de retiro predicado por Escrivá en Valencia en septiembre de 1939. También intentaron ver a Rafael Termes, compañero de del Portillo en la academia de oficiales, pero no se encontraba en la ciudad. Le dejaron una nota y, unos días más tarde, Casciaro, que debía resolver en Barcelona unos asuntos familiares, le fue a ver.

Estas breves visitas fueron el comienzo de las actividades del Opus Dei en Barcelona. Los jóvenes de la Obra escribían regularmente a su amigos y acompañaban sus cartas de abundantes oraciones. En una carta a los fieles de la Obra en Valencia Escrivá preguntaba: “¿Escribís a Ballcells? Creo que le he puesto un apellido algo enrevesado. Pero lo encomiendo a su Custodio, y algún día me dará las gracias”359.

A mediados de febrero de 1940, Vallespín y Fuenmayor viajaron de Valencia a Barcelona. Unos días después, Múzquiz aprovechó un viaje profesional para pasar algún tiempo con Balcells y Termes. Regresó a Madrid con la noticia de que Termes estaba dispuesto a pertenecer al Opus Dei, aunque primero quería hablar con Escrivá.

Escrivá, del Portillo, Zorzano y Hernández de Gárnica fueron de Zaragoza a Barcelona el 31 de marzo de 1940. Termes no podía reunirse con ellos por la mañana, ya que tenía que desfilar con motivo del primer aniversario del final de la Guerra Civil. Por la tarde fue a ver a Escrivá, todavía vestido con su uniforme de oficial adornado con cintas de combate. “Recuerdo muy bien sus primeras palabras”, recuerda Termes. “De entrada, sin duda para facilitarme el diálogo, me dijo cariñosamente: “¡valiente oficial, que no se atreve a saltar el parapeto!”. Después todo fue fácil y, disipadas mis dudas por la seguridad y confianza que me inspiraban las palabras y la persona de nuestro Padre, pedí la admisión en la Obra”360.Termes, que más tarde sería un prestigioso banquero, fue la primera persona que pidió la admisión en la Obra en Barcelona.

José María Casciaro, hermano menor de Pedro, vivía en Barcelona mientras terminaba sus estudios de secundaria. Vivía con un tío suyo, ya que sus padres tuvieron que exiliarse en Orán. Por Pedro, sabía ya bastante de la Obra y su espíritu y había conocido a Escrivá durante un viaje a Madrid en la primavera de 1939. Poco a poco, había pasado de la indiferencia hacia la religión a tener una vida espiritual relativamente fervorosa, y había empezado a pensar en la vocación al Opus Dei. En sus memorias describe su estado de ánimo: “La gracia de Dios me hacía ver, con bastante nitidez, que mi camino era el de elegirle a Él, en una aventura divina, por encima de todas las criaturas. Se me presentaba, sí, como una aventura, pero al mismo tiempo sentía una seguridad serena, una confianza interior, que no puede venir más que de Dios mismo, que llama. Pienso que no me costó mucho hacerme a la idea de una entrega total, y decidirme a ella libremente, sin traumas, aunque consciente de que aquella decisión implicaba algo muy serio. Y cada vez que consideraba esa elección -decir que sí a la llamada de Dios-, experimentaba un poco de miedo, pero mucha mayor alegría interna”361.

Aprovechó la estancia de Escrivá en Barcelona en mayo de 1940 para decirle que quería pertenecer al Opus Dei. Después de interrogar al joven con bastante detalle para comprobar que entendía lo que suponía la llamada al Opus Dei, Escrivá le preguntó en un tono serio: “¿Te ha presionado tu hermano Pedro?”. Ante su respuesta negativa, Escrivá le volvió a preguntar lo mismo otras dos veces con diferentes palabras. Después de comprobar que José María actuaba con libertad y que sabía a qué se comprometía, Escrivá le recibió en el Opus Dei.

Como en otras ciudades, los miembros de la Obra en Barcelona pronto se pusieron a buscar un piso en el que tener sus actividades. Como ninguno era mayor de edad para firmar un contrato, le pidieron a Balcells que firmara el alquiler del apartamento que encontraron cerca de la Universidad. No era de la Obra -y no lo sería hasta varios años más tarde-, pero accedió. Con un toque de ironía, llamaron “El Palau” al diminuto nuevo centro.

Desde Ávila, donde predicaba un curso de retiro a sacerdotes diocesanos, el 1 de julio de 1940 Escrivá decía a sus hijos de Barcelona: “¡Ya tenemos casa en Barcelona!: no imagináis la alegría que me produjo esa noticia. Ha sido, sin duda, la bendición de ese Señor Obispo -¡os bendigo con toda mi alma, y bendigo la casa!, dijo nuestro D. Miguel Díaz Gómara, la última vez que estuve yo ahí-, ha sido esta bendición la causa de que vuestros trabajos para encontrar el Palau tuvieran éxito. Se va muy seguro, no apartándose jamás -es nuestro espíritu—de la autoridad eclesiástica ordinaria. Siento que el Palau, silenciosamente, ha de dar mucha gloria a Dios”362. Terminaba la carta con una urgente petición de oraciones, unidos a sus intenciones: “!Orar, orar, y orar!: ésta es mi consigna. Así saldrá todo muy bien”363.

El crecimiento del Opus Dei en Barcelona fue paralelo al de otras ciudades, pero la campaña de calumnias contra la Obra, que tuvo lugar por toda España durante los siguientes años, fue particularmente virulenta en esa ciudad. La situación era muy difícil, ya que los miembros de la Obra de allí eran pocos, muy jóvenes y se encontraban a bastantes kilómetros de Escrivá y los demás. Hasta mayo de 1943 ni siquiera tuvieron un oratorio con el Santísimo Sacramento reservado en el sagrario. Uno de ellos resumiría la situación más tarde: “Éramos un puñado de estudiantes de primeros años de carrera, a quienes la gracia de Dios había hecho entender la Obra. No disponíamos de material escrito a excepción de “Camino”, ni de sacerdotes que conocieran nuestro espíritu, ni de experiencia espiritual y apostólica, ni de posibilidades de viajar a menudo a Madrid para hablar con nuestro Padre y con nuestros hermanos mayores. Sin embargo, ¡qué claro estaba el camino!: la entrega sin reservas, la santificación del trabajo ordinario, el apostolado entre los amigos, la humildad colectiva, la vida de oración... Aunque ignorábamos todavía muchos otros detalles de nuestro espíritu, teníamos una fe absoluta en nuestro Fundador”364.

En medio de la más amarga fase de la persecución, en mayo de 1941, Escrivá envió una breve nota a sus hijos de Barcelona. Resume en pocas palabras la primera historia del Opus Dei en la ciudad: “!Que Jesus bendiga a mis hijos del Palau! Spe gaudentes, in tribulatines patientes, orationi instantes. Os abraza, Mariano”365.

La actitud de los primeros

Una clave importante del rápido crecimiento del Opus Dei en España durante la posguerra fue la entrega plena y sin reservas de los primeros de la Obra para sacar adelante la labor apostólica. Todos ellos habían recibido la llamada a vivir en celibato apostólico. El 2 de octubre de 1928 Escrivá entendió que el mensaje que Dios le había confiado se dirigía a solteros y casados de todas las clases sociales y profesiones. Hoy, la mayoría de los fieles de la Obra están casados, pero en los años siguientes a la Guerra Civil no era así. Era necesario que un grupo de miembros, permaneciendo célibes, se dedicaran con todas sus energías a desarrollar las actividades formativas del Opus Dei. Para entonces, ya había personas casadas en contacto con el Opus Dei que luchaban por poner en práctica su espíritu, pero hasta el año 1949 no pudieron pertenecer a la Obra.

Los primeros fieles del Opus Dei pusieron todos los medios para conocer a mucha gente joven que entendiera la llamada divina al Opus Dei vivida en celibato apostólico. En las noches de los sábados, viajaban con alegría en la tercera clase de los traqueteantes trenes de la época, pasaban el domingo en la ciudad de destino y transcurrían otra noche sin dormir para estar en Madrid a tiempo de llegar a sus trabajos el lunes por la mañana.

El ambiente que se intentaba crear en el Opus Dei era el del hogar de Jesús, María y José en Nazaret, como Escrivá contaba en una meditación: “Allí no se oye hablar de mi honra, ni de mi tiempo, ni de mi trabajo, ni de mis ideas, ni de mis gustos, ni de mi dinero. Allí se coloca todo al servicio del grandioso juego de Dios con la humanidad, que es la Redención”366.

Este espíritu de alegre y voluntario sacrificio para impulsar el apostolado del Opus Dei nacía de su convencimiento de que estaban realmente comprometidos en una Obra de Dios. Orlandis resume su actitud como “una fe absoluta en el carácter sobrenatural del Opus Dei. Una fe fecunda en la creencia de que Dios -nuestro Padre que está en los cielos- interviene en la historia del mundo, porque ama a los hombres y desea su bien temporal y su eterna bienaventuranza. La Obra era de Dios -una iniciativa divina, un 'mandato imperativo de Cristo'- y había sido suscitada por Él para mucho bien de la humanidad entera, en la época actual y hasta el final de los tiempos; porque la Obra, aun siendo entonces tan pequeña -casi como una criatura recién nacida-, era para el mundo entero y para siempre. Esta fe llevaba a la plena certidumbre de que la Obra se realizaría, y de ahí la serenidad y el optimismo que se respiraba en el ambiente, pese a incomprensiones y obstáculos que parecían a aquellos hombres jóvenes anécdotas intrascendentes y cosas de menor cuantía”367.

Su actitud hacia Escrivá estaba muy relacionada con sus convicciones sobre la Obra. Como explica Orlandis, ellos entendían perfectamente que él era el fundador. A sus ojos no era alguien que había tenido una buena idea y se había puesto a realizarla: era más que un instrumento del Señor, era el hombre escogido por Dios para llevar adelante el Opus Dei. Escrivá solía subrayar este punto en su trato con los primeros miembros. En una ocasión lo hizo de modo dramático, el 1 de octubre de 1940, cuando reunió al pequeño grupo de gente que al día siguiente haría su compromiso definitivo con el Opus Dei y les preguntó: “Bueno, y si yo me muero mañana, ¿vosotros qué?”. Quedamos, como es fácil comprender bastante impresionados y no poco turbados por esas palabras, pero acertamos a contestar que si él -el Padre- viniera a faltar, nosotros continuaríamos la Obra. Parece que eso era lo que el Padre deseaba oír, pues se le vio satisfecho con la respuesta, y comentó: '¡Pues no faltaría más! ¡Bonito negocio habríais hecho si hubierais venido a seguir a este pobre hombre en vez de seguir a Jesucristo!'”368. Este convencimiento de que el Opus Dei era realmente de Dios ayuda a entender el sacrificio gustoso de sus primeros fieles para llevarlo adelante y el atractivo que su mensaje ejercía sobre los que lo iban conociendo.

 


 

El apostolado del Opus Dei con los hombes en la posguerra se edificó sobre los cimientos que se habían puesto durante la década anterior. Cuando empezó la guerra, la labor con mujeres estaba mucho menos desarrollada y no superó la amarga prueba. Tendría que comenzar de nuevo.

Introducción. Opus Dei
La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)
Los primeros años (1902-1925)
Años de preparación (1925-1928)
Los primeros pasos (1928-1930)
El ambiente se torna hostil (1931)
Nuevas luces (1931)
Intentos de abrir camino (1931-32)
Poner los cimientos (1933)
El primer centro (1933-1934)
Obstáculos y crecimiento (1934-1935)
Planes de expansión (1935-36)
Los comienzos de la Guerra Civil (julio de 1936 — marzo de 1937)
Huida en el Madrid revolucionario (julio 1936 - marzo 1937)
Las últimas etapas de la Guerra Civil (marzo 1937—abril 1939)
En la Legación de Honduras (marzo - octubre 1937)
El paso de los Pirineos (octubre-diciembre 1937)
La época de Burgos (diciembre 1937 - octubre 1938)
En Madrid y en Burgos (octubre 1937-marzo 1939)
España en una Europa en Guerra (1939 - 1945)
Reconstrucción y expansión en Madrid (1939 - 1940)
Expansión fuera de Madrid (1939-1942)
Vuelve a empezar la labor con las mujeres (1939-1943)
Oposición y nuevo desarrollo (1940-1943)
Epílogo