Reconstrucción y expansión en Madrid (1939 - 1940)

En el rectorado de Santa Isabel

El 29 de marzo de 1939, Escrivá, del Portillo, Zorzano, Fernández Vallespín y González Barredo fueron al edificio de Ferraz 16, donde se había trasladado la residencia DYA justo antes de estallar la guerra. Aunque sabían que había sufrido grandes daños, esperaban que aún pudiera servir como base para la reconstrucción de os apostolados del Opus Dei. Pero lo encontraron reducido a escombros.

Lejos de desanimarse, usaron el recurso inmediato de la oración. Entre las ruinas, Escrivá les predicó una meditación con las mismas ideas de la carta que les había enviado el 9 de enero de 1939. El tema fue el optimismo fundado en la confianza en Dios: se conseguirían los medios necesarios y no habría obstáculos si cada uno hacía de su vida un eficaz y operativo entregamiento a Dios. Pocos días después, en otra breve visita a la calle Ferraz, Escrivá encontró intacta la cartela con el mandamiento nuevo de Jesucristo. Consideró este hecho como un mensaje de Dios: el espíritu de filiación y de fraternidad que los unía era imprescindible para desarrollar sus actividades.

De momento, el Opus Dei tendría que trabajar desde el rectorado de Santa Isabel. Había sido utilizado durante la guerra por algún comité revolucionario. Todas las cerraduras estaban rotas; las habitaciones, sucias y llenas de basura. Tras una limpieza a fondo, se podría utilizar de nuevo.

Escrivá estaba pensando pedir a su madre y hermana que se ocuparan de las tareas domésticas de los centros del Opus Dei. Era reacio a pedirles que abandonaran su propia vida y asumieran esta tarea, pero no veía otro modo de lograr el ambiente cálido y hogareño que Dios quería para los centros del Opus Dei. Unos días después, González Barredo cocinó una paella, pero le quedó como una piedra. Entonces Escrivá les rogó que se trasladaran al rectorado.

Al llegar se pusieron a trabajar y convirtieron la casa en un hogar. En gran parte, el mobiliario consistía en las camas y mantas militares, pero el ambiente pronto fue cálido y acogedor. Contribuyó a ello el cariño de la gente que allí vivía, pero también el esfuerzo de la madre y hermana de Escrivá para hacer de aquello un hogar.

Los meses pasados en Santa Isabel fueron muy importantes para la formación de los miembros de la Obra que estaban en Madrid o podían ir con frecuencia. Botella, que estaba destinado en Burgos y solía viajar a Madrid los fines de semana, escribió: “Se vivían los modos y el calor de hogar que había en la casa de los Abuelos. Pienso que, por las circunstancias, salía con mucha naturalidad, como una prolongación del ambiente que el Padre había recibido de sus padres: era, además, una casa materialmente de dimensiones análogas y con poca gente. Muchos detalles de nuestra vida de familia tomaron raíz en aquellos meses tan entrañables de nuestra casa de la calle de Santa Isabel”325.

Una nueva residencia en Madrid

Poco a poco los miembros de la Obra localizaron a los amigos que habían pasado la Guerra Civil en la zona republicana sin contacto con el Opus Dei. En mayo, Escrivá envió una carta a todos los jóvenes cuya dirección conocía, en la que animaba a hacer apostolado y a reanudar tan pronto como fuera posible a sus estudios: “Volved a vuestros libros: ahí os espera Jesucristo”326.

Durante la primavera y principios del verano de 1939, los miembros de la Obra en Madrid buscaron una nueva sede para la residencia. Rezaron por esta intención y pidieron a otros que hicieran lo mismo. En el número de “Noticias” de junio, Escrivá decía: “Pronto tendremos casa..., si 'empujáis' con vuestra oración y vuestro sacrificio y vuestros deseos de coger los libros. Mientras, no me perdáis vuestra bendita fraternidad: vividla cada día más, y manifestadla con vuestra colaboración en este afán común de rehacer nuestro hogar”327.

A comienzos de julio encontraron tres pisos en el número 6 de la calle Jenner, muy cerca del Paseo de la Castellana. Los dos de la tercera planta albergarían el oratorio, la sala de estar, la biblioteca y las habitaciones de los residentes. En el de la primera irían la cocina, el comedor y las habitaciones de Escrivá, su madre y sus hermanos Carmen y Santiago. La nueva residencia tomó el nombre de su ubicación: Jenner.

Casciaro peinó El Rastro y los comercios de segunda mano en busca de muebles. Con buen gusto y mucho trabajo de restauración, logró dar a los tres pisos un aire acogedor con un presupuesto escasísimo. En el vestíbulo de entrada había un gran mapamundi con la frase tomada del profeta Malaquías “Desde donde sale el sol hasta el ocaso”, para recordar que gente de todo el mundo esperaba el encuentro con Cristo en la vida ordinaria. En otra habitación, el cuadro de una ciudad amurallada tenía la frase del Libro de los Proverbios que llamaba a la caridad fraterna: “El hermano ayudado por su hermano es como una ciudad amurallada.”

La mejor habitación fue destinada al oratorio. A pesar del deseo de dedicar a Cristo en la Eucaristía lo mejor que hubiera, no se pudo hacer mucho a causa de la pobreza. El sagrario, aunque revestido con pan de oro, era de madera. El altar, también de madera, tenía un paño frontal del color litúrgico del día. Los muros estaban cubiertos de arpillera plisada, sujeta por un rodapié de madera y un friso de color castaño junto al techo.

El gusto y el cuidado compensaban la modestia de los materiales. El oratorio invitaba a rezar. Todo centraba la atención en Jesucristo, presente en el Santísimo Sacramento. Dentro de las puertas del sagrario había escritas dos frases del himno Eucarístico Lauda Sion: “Ecce Panis Angelorum” (He aquí el Pan de los Ángeles) y “Vere Panis Filiorum” (Verdadero Pan de los Hijos). En el friso sobre el altar estaban escritas las palabras del himno Ubi Caritas: “Congregavit Nos in Unum Christi Amor” (El Amor de Cristo nos ha congregado en un solo cuerpo). En los muros laterales, el friso estaba decorado con una cita de los Hechos de los Apóstoles: “Erant autem perseverantes in doctrina apostolorum, in communicatione fractionis panis et orationibus” (“Y ellos perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la comunicación de la fracción del pan, y en la oración”). Los espacios entre las palabras se llenaron con cruces y otros símbolos tradicionales cristianos: la hogaza de pan, la espiga de trigo, el ramo de uvas, la lámpara y la paloma.

El oratorio se convirtió rápidamente en el centro de la residencia. Como apuntó en una carta de julio de 1939: “La casa es sitio de trabajo y de recogimiento: convivencia que estimula y ordena la labor de todos. Y antes que otra cosa, la casa es la vida junto a la Vida”328.

Los miembros de la Obra en la residencia

La residencia abrió a comienzos del año académico, en septiembre de 1939 y pronto se ocuparon todas sus plazas, unas veinte. Muchos de los residentes eran los miembros del Opus Dei que vivían en Madrid, lo que en esa época equivalía a decir casi todos. Entre ellos había un amplio abanico de profesiones: Zorzano, del Portillo y Hernández Garnica eran ingenieros; Jiménez Vargas era médico; González Barredo, físico; Albareda, edafólogo; Fernández Vallespín, arquitecto; Botella y Casciaro; matemáticos; y Rodríguez Casado, historiador.

Durante el año académico 1939-40, varios que pidieron la admisión en el Opus Dei al terminar la guerra se trasladaron a la residencia: Jose Luís Múzquiz, ingeniero; Francisco Ponz, que en esa época preparaba el examen de ingreso en la Escuela de Ingenieros Agrónomos, pero que más tarde cambiaría a Ciencias Naturales y se convertiría en un prestigioso fisiólogo; y Juan Antonio Galarraga y Jesús Larralde, ambos estudiantes de Farmacia. Justo Martí, abogado, que había vivido en la residencia de Ferraz antes de la Guerra Civil, abandonó el puesto de alcalde de su pueblo para trasladarse a Madrid y pertenecer al Opus Dei.

Otros estudiantes que se habían unido recientemente al Opus Dei en Madrid siguieron viviendo con sus padres, pero frecuentaban Jenner. Entre ellos estaba Fernando Valenciano, estudiante de Ingeniería que fue el primero en pedir la admisión en el Opus Dei en Madrid tras la guerra; Salvador Canals, abogado y futuro juez de la Rota Romana; Gonzalo Ortiz de Zárate, estudiante de Ingeniería Naval; Álvaro del Almo, genetista; Alberto Ullastres, economista y futuro ministro; y José Antonio Sabater, futuro catedrático de instituto y uno de los fundadores del primer colegio promovido por miembros del Opus Dei.

Para los fieles del Opus Dei vivir bajo el mismo techo es mucho menos importante que compartir el mismo espíritu y aspiraciones. De hecho, hoy en día la inmensa mayoría de los miembros del Opus Dei están casados y viven con sus familias. Incluso los fieles que son célibes viven con frecuencia fuera de los centros del Opus Dei, a causa de las exigencias de su trabajo. Ello no es un obstáculo para vivir plenamente la vocación. Sin embargo, como primer centro en el que vivieron juntos un buen número de personas de la Obra, Jenner representó un paso importante porque facilitó una rápida asimilación del espíritu del Opus Dei por quienes vivían en la residencia.

Discreción

La gente del Opus Dei se contentaba muchas veces, en esa temprana época, con explicar a sus amigos lo que intentaba hacer y el espíritu que le animaba, sin hablar directamente del Opus Dei como organización. Los estudiantes que asistían a las meditaciones y clases de formación cristiana en Jenner conocían la Obra por el espíritu que se vivía, pero no por una explicación teórica de la institución llamada Opus Dei.

Una razón importante para hablar durante esos años más de actividades concretas y del espíritu que las animaba que del Opus Dei en sí era que, con el código de Derecho Canónico en la mano, el Opus Dei sencillamente no existía. Escrivá mantenía informado al obispo de Madrid de sus actividades personales y de las de la Obra, y contaba con su bendición y apoyo. Pero no había todavía una entidad a la que la Iglesia hubiera dado su bendición oficial. En estas circunstancias, explicar el Opus Dei fuera del contexto de la vida espiritual de alguien que tenía interés personal en ello resultaba difícil, y a menudo infructuoso.

Su manera de explicar el Opus Dei reflejaba la naturaleza de la vocación que habían recibido. Consiste en vivir plenamente la vocación bautismal como católicos laicos en y a través del trabajo y de las relaciones con otra gente, sin diferenciarse exteriormente de los demás ciudadanos católicos. Como cualquier otro, los fieles del Opus Dei están llamados a ser testigos de Cristo, pero de modo personal y no institucional. Toman esta vocación en serio, y nadie que los conozca bien dejará de notar su fe y su compromiso con Cristo. Pero no sienten la necesidad de mostrar en público su decisión íntima y personal de dedicar sus vidas a Dios, ni van proclamando al mundo: “Intento vivir mi vocación cristiana de modo heroico y hacerme santo”. Tampoco tienen ninguna razón para ocultar su pertenencia al Opus Dei o mantener su existencia en secreto. Les alegra hablar de ello cuando alguien quiere saber algo o le resultará beneficioso, pero prefieren no pregonar su compromiso personal a los cuatro vientos.

El espíritu de la residencia Jenner

Una parte importante del espíritu del Opus Dei se reflejaba en la conciencia de pertenecer a una familia cristiana, unida no sólo por vínculos sobrenaturales, sino también por lazos de calor humano. La presencia de la madre y hermana de Escrivá y su trabajo para crear un ambiente familiar en la residencia contribuyeron en buena medida a inculcar ese sentido a la gente de la Obra.

Recordando su experiencia en Jenner, los miembros del Opus Dei destacan sobre todo el ambiente de alegría y optimismo que reinaba. Uno de ellos apunta que “el rasgo dominante de aquel período fue la alegría, con sus naturales secuelas de buen humor y optimismo. (...) Es cierto que hubo obstáculos de no pequeña entidad. (...) Pero no hubo dificultad o contradicción -aunque algunas fuesen penosas e increíbles-, que consiguiera turbar la atmósfera de luz, confianza y seguridad en el camino que impregnaba el ambiente de los centros de la Obra y la vida personal de los miembros”329.

La residencia también se caracterizaba por su espíritu de libertad. Un chico de Valencia que iba a empezar sus estudios en la Universidad de Madrid solicitó una plaza en la residencia en septiembre de 1940. Su padre, que le acompañaba, contó a Escrivá que buscaba un lugar seguro donde las idas y venidas de su hijo pudieran ser supervisadas. A medida que el padre del joven se explicaba, la cordial sonrisa de Escrivá se tornó en una expresión seria: “Se han confundido ustedes de puerta. En esta residencia no se vigila a nadie. Se procura ayudar a los residentes a ser buenos cristianos y buenos ciudadanos, hombres libres que sepan formar criterio y cargar con la responsabilidad de sus propias acciones. En esta casa se ama mucho la libertad y el que no sea capaz de vivirla y de respetar la de los demás no cabe entre nosotros”330.

Como en la residencia DYA antes de la guerra, los miembros de la Obra hablaban a sus compañeros residentes de tomar sus carreras muy en serio y de estudiar diligentemente. Muchos estudiantes que iban por primera vez a Jenner se asombraban del silencio y del ambiente de concentración que había en la sala de estudio. Los que volvían pronto entendían que los residentes no eran simplemente unos buenos estudiantes, sino que estaban animados por el mensaje del Opus Dei; la llamada a santificarse en el cumplimiento de sus deberes profesionales -en su caso, el deber de estudiar- y el deseo de hacer la Voluntad de Dios trabajando lo mejor que podían.

Al mismo tiempo, los miembros de la Obra subrayaban que la excelencia profesional y conseguir buenas notas no era el objetivo de sus vidas, sino un modo de dar gloria a Dios y de acercarle almas. El estudio, decían, es importante, pero a veces debe ceder ante otros deberes más urgentes. Escrivá decía en una carta a sus hijos de Valencia: “El estudio nos es indispensable: es la red. ¿Qué diríamos de un pescador que tuviera miedo de que la red se rompiera, y, sin ir a la mar, se pasara las horas contemplando el instrumento? A Pedro y a Andrés, les llamó Jesús cuando remendaban sus redes. ¡Cuántas veces, en cuestiones de estudio, ante la abundancia de pesca -la labor apostólica- nos habremos de conformar con 'remiendos'! No temáis, por eso, que dé un bajón vuestro prestigio. Os podría contar hechos bien recientes -hermosísimos- de vuestros hermanos mayores”331.

Mayores responsabilidades para los primeros

Hasta el final de la Guerra Civil, Escrivá se ocupó personalmente de la formación espiritual de todos los hombres del Opus Dei. Habitualmente no les confesaba, por respeto a su libertad; en esa época él era el único sacerdote del Opus Dei. Al no atender sus confesiones, no se ataba las manos para dirigir el Opus Dei y sus actividades, ya que no tenía que preocuparse de si alguna de sus indicaciones traslucía o no lo que hubiera oído en confesión. Pero los miembros de la Obra pronto adquirieron la costumbre de hablar con él brevemente cada semana sobre su vida espiritual y el apostolado.

El crecimiento de la Obra después de la Guerra Civil, la dispersion geográfica de sus miembros y el hecho de que obispos de toda España llamaban a Escrivá para predicar ejercicios espirituales a los sacerdotes de sus diócesis, le impidió seguir impartiendo dirección espiritual de forma regular a todos los de la Obra. A comienzos de 1940, del Portillo y los más antiguos del Opus Dei se empezaron a encargar de la formación y dirección espiritual de los nuevos que iban llegando.

Algo similar sucedió con los círculos de San Rafael. A mediados del curso 1939-1940, asistían más de cien estudiantes. Como el tamaño de cada grupo era reducido Escrivá daba entre 15 y 20 clases semanales de cuarenta y cinco minutos. Además, debía predicar meditaciones y retiros, impartir dirección espiritual a un gran número de personas y dirigir las demás actividades del Opus Dei. A comienzos de 1940 decidió que ya había llegado la hora de que otros asumieran la tarea de dar los círculos.

Los miembros en quienes recayó este encargo lo recibieron con un poco de nerviosismo. Eran laicos y, en muchos casos, todavía no habían recibido mucha formación sistemática sobre el espíritu de la Obra o sobre teología. Además, bastantes apenas eran mayores que la gente que asistía. Sin embargo, con el material que les proporcionó Escrivá y su ayuda para preparar las primeras clases, se encontraron con que el número de participantes en los círculos seguía creciendo y que algunos de ellos descubrían a través de estas clases su vocación al Opus Dei.

Nuevos centros y actividades de formación

El Opus Dei pronto dejó pequeña la residencia de la calle Jenner. Algunos que ya habían terminado sus estudios y empezado a trabajar se trasladaron en otoño de 1940 a un nuevo centro en la calle Martínez Campos. Entre ellos se contaban Jiménez Vargas, Fernández Vallespín, Botella, Rodríguez Casado y Múzquiz. El piso sirvió de base para actividades con jóvenes profesionales, muchos de los cuales se habían casado hacía poco. También era la sede de la Sociedad de Cooperación Intelectual (SOCOIN) que patrocinaba las actividades culturales y educativas que se organizaban

Por esa misma época, un grupo de miembros de la Obra se trasladó a una elegante casa con un pequeño jardín en la esquina de las calles de Lagasca y Diego de León, en el barrio de Salamanca. Este nuevo local serviría de sede central de la Obra y de centro de formación para las vocaciones recientes. La primera ola de residentes se redujo a Escrivá y su familia, del Portillo, Zorzano y José Orlandis, joven historiador que pidió la admisión al Opus Dei en Valencia al término de la la Guerra Civil. Escrivá celebró la primera Misa en Lagasca, como llamaron al nuevo centro, en la Nochebuena de 1940. Pocos meses después el obispo de Vitoria, Javier Lauzurica, dejó reservado por primera vez el Santísimo Sacramento en el sagrario del oratorio.

Los jóvenes que por entonces habían pedido la admisión a la Obra en Valencia, Zaragoza y Valladolid pasaron en Madrid unos días de formación más intensa en la primavera de 1941. Aprovecharon que los residentes habían salido de Madrid para pasar la Semana Santa con sus familias y habían dejado sitio en Jenner. A diario, Escrivá predicaba una meditación antes de la Misa. En las tertulias de después de las comidas, se mezclaban la conversación sobre acontecimientos del día, anécdotas de las actividades apostólicas en Madrid y otros lugares, comentarios sobre el espíritu del Opus Dei, canciones y bromas. Los “mayores” de la Obra (del Portillo, Zorzano, Jiménez Vargas, Casciaro y Botella), que tenían alrededor de treinta años, daban las clases sobre el espíritu y el apostolado de la Obra. En los tiempos entre clases, los participantes solían estudiar los textos mecanografiados de las “Instrucciones” que Escrivá había redactado antes de la Guerra Civil. Cada tarde, salían unas horas a hacer deporte o dar una vuelta por Madrid. Esta primera Semana de Estudio -así se llamó- fue precursora de futuros cursos en los que los fieles de la Obra estudiarían Teología y el espíritu del Opus Dei en un ambiente de familia.

Los miembros del Opus Dei estudian Filosofía, Teología y doctrina católica durante toda la vida. Para acelerar su formación, los numerarios normalmente pasan varios años en un centro de estudios donde se dedican más intensamente a esas materias, sin abandonar sus actividades profesionales o los estudios civiles. En otoño de 1941, el Opus Dei abrió su primer centro de estudios en el piso superior de Lagasca, en la parte de la casa que los antiguos propietarios habían reservado para el personal de servicio. Casciaro fue el primer director. Escrivá consiguió que prestigiosos profesores se ocuparan de las clases de Filosofía y Teología. La formación en el espíritu del Opus Dei la impartió el propio Escrivá, ayudado por Casciaro y los demás mayores. Para entonces, el centro de Martínez Campos se trasladó a una nueva sede y se abrió otro para la gente que ya había terminado los estudios universitarios, con lo que en octubre de 1941 el Opus Dei ya contaba con cuatro casas en Madrid.

Camino

La publicación de “Camino” en septiembre de 1939 facilitó la expansión del Opus Dei. Esta versión ampliada de su anterior libro “Consideraciones Espirituales” contenía 999 puntos de meditación, sacados de la vida interior del autor y de su experiencia como director espiritual.

“Camino” difería radicalmente de la mayoría de los libros de piedad que circulaban en la España de 1940. Incluso su aspecto físico era diferente. Al contrario de los pequeños libros de oración, de cubiertas negras, con una letra pequeña y difícil de leer abundantes en esa época, “Camino” tenía generosas dimensiones (15 por 25 centímetros), cubierta clara, tipos grandes y amplios márgenes.

El contenido de “Camino” era más radical que su tipografía. Para entonces, la santidad se consideraba tarea exclusiva de sacerdotes y religiosos; y el apostolado de los laicos, una prolongación de la misión de la jerarquía. “Camino” presentaba una visión completamente diferente. Desde el primer punto, hablaba de la llamada universal a la santidad, de santificación y del valor apostólico del trabajo ordinario. Se dirigía a hombres y mujeres metidos en los afanes del mundo y les invitaba a convertir su trabajo y demás ocupaciones en un servicio a Jesucristo y a la humanidad: “Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso. -Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. -Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón”332.

“Un secreto. -Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. -Dios quiere un puñado de hombres "suyos" en cada actividad humana. -Después... "pax Christi in regno Christi" -la paz de Cristo en el reino de Cristo”333.

Escrivá presentó su mensaje en “Camino” con la fuerza que nacía de su vida de oración, de su intimidad con Dios y de su experiencia como director de almas. “Camino” atrae a los lectores no con la fría luz de una síntesis intelectual bien elaborada, sino con el fuego y la pasión de un corazón profundamente enamorado de Jesucristo. La claridad de visión que caracteriza a “Camino” no viene de la especulación abstracta, sino de las gracias que Escrivá recibió el 2 de octubre de 1928, de sus esfuerzos cotidianos por convertirlas en tejido de su propia vida y de su experiencia al transmitirlas a los demás.

“Camino” enseña a sus lectores a rezar de una manera sencilla y directa, hablando confiadamente con Dios, que es Padre y Hermano. Más que someterles a esquemas rígidos, Escrivá anima a sus lectores a meterse en senderos de oración personales, hablando a Dios cara a cara, con las propias palabras:

“¿Que no sabes orar? -Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: "Señor, ¡que no sé hacer oración!...", está seguro de que has empezado a hacerla”334.

“Me has escrito: "orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?" -¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio”335.

El libro causó un extraordinario impacto a muchos lectores, especialmente estudiantes universitarios y recién licenciados. Un ingeniero industrial, que más tarde pertenecería al Opus Dei, describe su primer encuentro con Camino: “Un día, un amigo mío me prestó un libro llamado “Camino”; era la primera vez que caía en mis manos. La primera ojeada me reveló un contenido tan sumamente interesante que recuerdo perfectamente cómo volvía a casa de mi familia, cené rápidamente, me encerré en mi habitación y lo leí de un tirón, desde el número 1 hasta el 999. Esta lectura rápida fue acompañada, según recuerdo, de un entusiasmo indescriptible por ese camino que allí se esbozaba”336.

Isidoro Zorzano

Al final de la Guerra Civil, Zorzano reanudó su trabajo para los ferrocarriles como jefe de estudios de material y tracción. Sería recordado por sus subordinados tanto por su competencia como por la atención que dedicaba a las personas y sus problemas. Cuando uno de ellos tenía dificultades con un proyecto, en lugar de quitárselo y asignarlo a otro, Zorzano trabajaba con él hasta que supiera hacerlo, explicándole pacientemente las cosas que no entendía. A pesar del ambiente intolerante de esos años, colaboraba fácilmente y con naturalidad con gente de orígenes muy diversos, como, por ejemplo, un empleado que era evitado por los demás en los días inmediatamente posteriores a la guerra porque había sido acusado de ser “rojo”.

Zorzano entraba a trabajar a las 8:00. Esto le exigía levantarse a las 5:15 para hacer un rato de oración mental y asistir a Misa antes de ir a la oficina. Dedicaba toda la tarde a las actividades apostólicas y a trabajar como administrador del Opus Dei. Rechazó una oferta de empleo en Valencia, mucho mejor remunerado y que le habría permitido tener un horario más desahogado, ya que podría ayudar más al desarrollo del Opus Dei permaneciendo en Madrid.

Ser administrador del Opus Dei no suponía manejar mucho dinero. Sobre todo había que administrar las deudas. Zorzano se remangaba y ayudaba a instalar los centros que se abrieron en Madrid después de la Guerra Civil. El país había quedado desolado. Había escasez de casi todo y racionamiento de comida. Pasó muchas horas regateando, yendo de un lugar a otro intentando conseguir comida para la residencia. Cuando llegaba a casa, a menudo ayudaba a trasladar y arreglar muebles.

Zorzano llevaba la contabilidad con esmero, ajustando hasta el céntimo. Explicaba que, en sí misma, una diferencia de unas pocas pesetas era algo insignificante, pero que ya que ofrecía su trabajo a Dios, quería hacerlo bien, hasta el más pequeño detalle, como había aprendido de Escrivá. “Los empleados que dependen de un sueldo”, decía, “por no perderlo, procuran esforzarse en que todo vaya al día y primorosamente hecho” y “sería una falta de generosidad que a nosotros el amor de Dios no nos empujase a hacer por lo menos [otro] tanto”337. A finales de octubre de 1940, se trasladó al nuevo centro de la calle Lagasca. La caldera se había roto y no había dinero para repararla. Él había empezado a perder peso y a tener dificultades para dormir. El frío le afectaba más que a la mayoría de la gente, pero aceptaba la situación con una sonrisa y sin quejarse. En julio de 1941 el medico finalmente descubrió la causa de la falta de apetito de Zorzano, de su pérdida de peso y de su incapacidad para dormir: linfoma de Hodgkins, un cáncer de las glándulas linfáticas.

El medico le daba dos años de vida. En noviembre de 1941 empezó las sesiones de radiación que continuarían hasta mayo de 1942. A pesar de su debilidad, cada vez mayor, Zorzano mantuvo su ritmo de trabajo tanto en los ferrocarriles como en su tarea de administrador del Opus Dei. Supervisó la instalación de varios centros nuevos del Opus Dei en Madrid, lo que exigía de él un continuo ir de tienda en tienda para buscar muebles y demás utensilios del hogar. Nada en su conducta revelaba la gravedad de su estado. “Ya ves lo alegre y natural que es” comentó un día Casciaro a un joven que se acababa de incorporar al Opus Dei. “Bien, pues le quedan dos años de vida y él lo sabe”.

La semana anterior a la Navidad de 1942, Zorzano asistió a unos ejercicios espirituales con otros del Opus Dei en el centro de Diego de León. En la meditación de la muerte, Escrivá destacó que, como reza la Iglesia en el Prefacio de la Misa de Difuntos, “la vida no termina, se transforma”. Por consiguiente, explicaba, cuando un miembro del Opus Dei se enteraba de que su muerte era inminente, su reacción debía ser la del salmista: “Que alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor”. Después de la meditación, Zorzano se quedó en el oratorio. Creyendo erróneamente que estaba solo, dijo en voz baja, pero audible: “Señor, estoy preparado”.

A comienzos de 1943, Zorzano tuvo que ser ingresado. Escrivá le dijo que, tal vez, sólo le quedaran unos días en lugar de unos meses. Una mueca instintiva le pasó por la cara, pero reaccionó inmediatamente y le preguntó a Escrivá por qué intenciones tendría que rezar cuando llegara al cielo. Hablando a otros miembros de la Obra, Escrivá comentó que le gustaría tener las mismas disposiciones que él cuando le llegara el momento de la muerte.

Escrivá encargó a los de la Obra no ahorrar ningún esfuerzo en el cuidado de Zorzano y hacerlo con el cariño con el que una buena madre cuida a su hijo enfermo. “Si fuese necesario, robaríamos para él un pedacico de cielo, y el Señor nos disculparía”338. Durante seis meses, hasta que murió, los miembros de la Obra acompañaron a Zorzano continuamente, día y noche.

En Reyes, Zorzano recibió un tren de juguete, que puso sobre su mesilla de noche: “Es para entretenimiento de las visitas y para recordarme que pronto hay que emprender el viaje. Un poco pequeño es —el tren— pero así será más fácil colarse en el cielo”. Y advierte: “Yo tengo sacado el billete”339. El director medico de la clínica, que no era del Opus Dei, recuerda: “Siempre que entro, me recibe sonriendo y con bromas. El que lo vea creerá que está tranquilo, pero yo sé que tiene sufrimientos rabiosos. Esto no es un enfermo; es un santo”340. El secreto del buen humor de Zorzano radica en su fe y en el valor del sufrimiento ofrecido a Dios por amor. Dijo: “Nuestra obligación, dice, es cumplir el deber de cada instante. Mi único deber es sufrir [...]. No he de preocuparme por nada más. Sufro mucho. Es estupendo lo que uno puede llegar a sufrir. A veces parece que ya no se puede sufrir más, pero el Señor da más fuerzas. ¡Qué consuelo pensar todo lo que se aprovecha! Sufriendo con espíritu sobrenatural es como hemos de ir sacando la Obra adelante. El dolor purifica. Cuanto más larga sea la prueba, mejor; así nos purifica más”341.

El 15 de julio de 1943 murió Zorzano. Cuando el propietario de una tienda, a la que había acudido frecuentemente a comprar cosas para la residencia, recibió la noticia de su muerte comentó: “Don Isidoro era un santo”. Uno de la Obra escribió en su agenda el siguiente epitafio que resume la vida de Zorzano y el espíritu del Opus Dei que la había animado: “Muere Isidoro. Pasó desapercibido. Cumplió con su deber. Amó mucho. Estuvo en los detalles y se sacrificó siempre”342.

 


 

El Opus Dei crecía en Madrid y echaba raíces en otras ciudades. La Segunda Guerra Mundial impedía empezar en otros países, pero, en cuanto terminó la Guerra Civil, los miembros de la Obra viajaron por toda España para extender los apostolados del Opus Dei. En unos pocos años estaría bien establecido en las más importantes ciudades universitarias del país.

Introducción. Opus Dei
La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)
Los primeros años (1902-1925)
Años de preparación (1925-1928)
Los primeros pasos (1928-1930)
El ambiente se torna hostil (1931)
Nuevas luces (1931)
Intentos de abrir camino (1931-32)
Poner los cimientos (1933)
El primer centro (1933-1934)
Obstáculos y crecimiento (1934-1935)
Planes de expansión (1935-36)
Los comienzos de la Guerra Civil (julio de 1936 — marzo de 1937)
Huida en el Madrid revolucionario (julio 1936 - marzo 1937)
Las últimas etapas de la Guerra Civil (marzo 1937—abril 1939)
En la Legación de Honduras (marzo - octubre 1937)
El paso de los Pirineos (octubre-diciembre 1937)
La época de Burgos (diciembre 1937 - octubre 1938)
En Madrid y en Burgos (octubre 1937-marzo 1939)
España en una Europa en Guerra (1939 - 1945)
Reconstrucción y expansión en Madrid (1939 - 1940)
Expansión fuera de Madrid (1939-1942)
Vuelve a empezar la labor con las mujeres (1939-1943)
Oposición y nuevo desarrollo (1940-1943)
Epílogo