España en una Europa en Guerra (1939 - 1945)

A los seis meses del final de la Guerra Civil, casi todos los miembros del Opus Dei habían sido desmovilizados y habían vuelto a sus estudios o trabajo profesional. El fin de la persecución religiosa permitió reanudar las actividades de formación de la Obra en Madrid y abrió horizontes en otros lugares de España. Sin embargo, el Opus Dei no se encontraba en un entorno tranquilo que favoreciera su expansión. El fin de las hostilidades estaba lejos de traer un retorno a la normalidad. España seguía enfrentada a grandes dificultades internas exacerbadas por el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

España y la Segunda Guerra Mundial

Al igual que muchos de sus contemporáneos en Europa, Franco estaba convencido de que la época de las democracias había pasado y que el futuro de Europa se encontraba en los regímenes nacionalistas autoritarios. En marzo de 1937 se suscribió un pacto secreto con Berlín que exigía consultas mutuas sobre temas de interés común y una benevolente neutralidad en caso de guerra, aunque ello no impidió asegurar a París y Londres durante la crisis de Munich del otoño de 1938 que España permanecería neutral en caso de un conflicto europeo generalizado. Pocos días antes del final de la Guerra Civil, España se unió formalmente al pacto anticomunista, demostrando abiertamente sus simpatías por los otros regímenes autoritarios. Simultáneamente, firmaba un nuevo tratado de amistad con Berlín, secreto igual que el anterior, que también exigía consultas mutuas.

La firma del acuerdo germano-soviético en agosto de 1939 fue una desagradable sorpresa para Franco, que era profundamente anticomunista. El 3 de septiembre de 1939, cuando Gran Bretaña y Francia declararon la guerra a Alemania como respuesta a la invasión de Polonia, hizo un llamamiento público a todas las partes implicadas para volver a negociar, al tiempo que condenó la destrucción de la católica Polonia. Durante los meses en que Francia y Gran Bretaña estaban oficialmente en guerra contra Alemania, pero sin hostilidades significativas, España firmó acuerdos comerciales con Gran Bretaña, Francia y Portugal, pero se negó a la petición francesa de una garantía de mantener la neutralidad en caso de que Italia entrara en la guerra.

La rápida conquista de Francia en la primavera de 1940 hizo pensar a Franco que Alemania ganaría la guerra y dominaría Europa. El 12 de junio de 1940 anunció una nueva política: no beligerancia. Eso significaba que España no era neutral, sino que apoyaba a las potencias del Eje, pero no participaba en el conflicto.

Parece como si Franco hubiera considerado la no beligerancia como un primer paso para la entrada en la guerra junto a Alemania e Italia, pero fijaría un alto precio por esa participación. Presentó a Berlín la reclamación española sobre los territorios franceses del noroeste de África, al igual que una impresionante lista de provisiones, combustible, munición y otros materiales que España necesitaría para entrar en guerra. Hitler, enardecido por el éxito en Francia, no vio ninguna necesidad de considerar las demandas españolas.

Franco y sus consejeros se sintieron decepcionados por el hecho de que Berlín no tomara sus peticiones en serio y por su aparente desprecio de la capacidad de España de ayudar al Eje, a cambio de recuperar Gibraltar. Se encontraron en una situación difícil. Estaban convencidos de que Alemania resultaría victoriosa y no querían perder la oportunidad de participar en el reparto del botín de guerra, pero advertían los devastadores efectos que un bloqueo naval británico podría tener para España.

En su encuentro con Hitler en Hendaya, el 20 de octubre de 1940, Franco volvió a presentar su lista de exigencias coloniales, económicas y militares. Hitler no deseaba satisfacer esas peticiones, en parte porque hacerlo supondría enemistarse con el gobierno francés de Vichy, que para él era más importante que España. El encuentro terminó con un aguado acuerdo que comprometía a España a declarar la guerra a Gran Bretaña en alguna fecha futura que fijaría el gobierno español.

La victoria británica en la Batalla de Inglaterra hizo que se enfriara el interés español por entrar rápidamente en la guerra. Durante el resto de 1940 y comienzos de 1941, Franco resistió las presiones de Berlín con tácticas dilatorias y largas listas de artículos que España necesitaría para intervenir eficazmente en la guerra. Probablemente, la postura de Franco estaba marcada más por lo que podría obtener a cambio que por el deseo de mantenerse al margen del conflicto. A medida que pasaba 1941, Hitler perdió interés en España y Gibraltar y centró su atención a una posible invasión de la Unión Soviética.

El ataque alemán a la Unión Soviética del 22 de junio de 1941 hizo a Franco más cauteloso sobre la entrada en guerra, ya que la Unión Soviética era un adversario formidable. Por otra parte, muchos falangistas eran firmes partidarios de unirse a la guerra contra la Rusia comunista. Con el visto bueno del Gobierno, la Falange empezó a organizar una división de voluntarios para luchar en Rusia. Los diecinueve mil hombres de la “División Azul” entraron en combate el 4 de octubre de 1941 en el frente de Leningrado. Durante el verano de 1941, España también firmó un acuerdo con Alemania en el que prometía enviar a 100.000 civiles para trabajar en fábricas alemanas. De hecho, no fueron más de 15.000.

La entrada de los Estados Unidos en la guerra no minó del todo la confianza de Franco en la victoria alemana, pero la veía más difícil y distante. El estancamiento de la ofensiva alemana sobre Moscú hizo que Franco tomara mayores cautelas. Así, suspendió el permiso para que los submarinos alemanes se aprovisionaran en los puertos españoles. España, sin embargo, seguía siendo no beligerante y no neutral.

La reticencia de Franco a apoyar a las potencias del Eje no encontró eco en la muy controlada prensa española, que seguía mostrando fuertes simpatías por el Eje. En 1942, la de Madrid era la principal embajada alemana y llevó a cabo una incisiva campaña a favor del Eje. Además, el partido nazi mantenía un activo aparato de propaganda en España, que trabajaba en estrecho contacto con la Falange.

El desembarco aliado en el norte de África en noviembre de 1942 provocó la ocupación alemana de la mitad sur de Francia, que hasta entonces había sido controlada por el gobierno pro-nazi de Vichy. Estos acontecimientos acercaban la guerra a España: ahora había tropas alemanas en la frontera norte y sólo unos cuantos kilómetros de mar separaban su frontera sur de las tropas aliadas del norte de África. Estados Unidos y Gran Bretaña aseguraron a Franco que no tenía nada que temer de los aliados. El deseo de Alemania de pasar tropas por España para atacar Gibraltar hizo que Franco ordenara una movilización parcial. Con este gesto trataba de disuadir a Hitler de invadir Gibraltar. Sin embargo, al mismo tiempo, Franco enviaba materias primas estratégicas a Alemania. A finales de 1942, Franco hizo sus últimos comentarios claros a favor del Eje: “El mundo liberal se está hundiendo, víctima del cáncer de sus propios errores”.

A comienzos de 1943, Franco empezó a hablar de neutralidad: era partidario del Eje en la guerra contra la Unión Soviética y estaba a favor de los aliados en el conflicto que se libraba en el lejano oriente. En las últimas fases de la guerra, cuando la victoria aliada parecía clara, Franco se fue alejando de su postura proalemana. En 1944 reafirmó la neutralidad de España.

Estas idas y venidas tuvieron el efecto de ahorrar a España los horrores de otra guerra. Para el Opus Dei supuso tener un clima relativamente pacífico en el que desarrollarse, sin que sus miembros fueran llamados a filas ni dispersados. Por otra parte, la inclinación por el Eje llevó a Franco a mantener la política de no beligerancia demasiado tiempo y a recuperar la neutralidad cuando ya era tarde para congraciarse con los futuros vencedores. Por esto, tras el fin de la guerra, España sufriría un aislamiento prolongado.

El clima político

En los años inmediatamente posteriores a la Guerra Civil, el estado español no ejercía un control totalitario como el de la Unión Soviética, Alemania o la Italia fascista. Y sin embargo, el régimen de Franco era claramente una dictadura personal. Franco gobernaba sobre todo mediante decretos ley y ni siquiera se molestaba en consultar a su gabinete.

El carácter personal del régimen de Franco se reflejaba en el extraordinario grado de adulación pública a él dirigida. Por ejemplo, el inmenso desfile militar organizado en Madrid el 19 de mayo de 1939 para celebrar la victoria nacional fue una apoteosis personal para el Caudillo. En sus apariciones públicas era aclamado con gritos de “Franco, Franco, Franco”. Su nombre quedó en los muros de muchos edificios y su imagen fue acuñada en monedas y sellos.

El régimen de Franco estaba fuertemente centralizado y daba poca o ninguna autonomía a las provincias y regiones. Además, las dos regiones con una identidad más acusada, el País Vasco y Cataluña, pagaron caro su apoyo a la República. Además de perder sus prerrogativas políticas y su autonomía administrativa, vieron discriminados sus idiomas y demás manifestaciones culturales particulares. En la Barcelona de la posguerra podían verse grandes carteles que decían “Hablad el idioma del Imperio”.

Las medidas dirigidas contra los nacionalistas catalanes y vascos fueron parte de un cuadro más amplio de represión política. Al final de la guerra, la población de la zona republicana estaba agotada por las privaciones y aturdida por la derrota. Muchos deseaban ansiosamente la reconciliación. Franco, sin embargo, no hizo ningún esfuerzo por acercarse a sus antiguos enemigos ni por curar las divisiones del país. La ley marcial siguió en vigor hasta 1948. En febrero de 1939 se promulgó una Ley de Responsabilidades Políticas. Según esta ley podía ser encarcelado, con penas que oscilaban de seis meses a quince años, cualquier antiguo miembro de un partido revolucionario o liberal de izquierdas. Los delitos puramente políticos no eran punibles con pena de muerte, pero los “delitos políticos con violencia” sí podían serlo. En 1940 la Ley de Responsabilidades Políticas fue completada con una nueva Ley de Represión de la Masonería y del Comunismo. Desde luego, la represión no tuvo nada que ver en magnitud y violencia con la llevada a cabo en la Unión Soviética y la Alemania nazi.

Los gobiernos que Franco nombró en los años inmediatamente siguientes a la guerra han sido habitualmente calificados de falangistas, pero, de hecho, como Payne y otros han destacado, representaban un equilibrio entre los diversos grupos que apoyaban su régimen: el Ejército, la Falange, los carlistas, otros grupos monárquicos y grupos católicos, entre los que se contaban la Acción Católica y la ACNP. En realidad, el único grupo dominante era el Ejército, más que la Falange.

No se trata de negar la gran influencia de la Falange en la vida española de posguerra. En 1939 contaba con 650.000 afiliados varones. En 1942 eran ya más de 900.000, aunque muchos de ellos eran puramente nominales. Se trataba de la única organización política autorizada en el país y su sindicato era el único movimiento obrero legal. También controlaba la única organización estudiantil tolerada por el régimen.

La Falange proporcionaba al régimen los símbolos (camisas azules, saludo fascista con el brazo en alto, etc.) y unas pocas ideas. Su presencia se hacía sentir especialmente en la “Prensa del Movimiento”, consorcio oficial de periódicos y revistas. Las publicaciones falangistas, que se vieron libres de la censura en mayo de 1941, exaltaban continuamente al Caudillo, a quien presentaban como a un hombre excepcional y providencial. Saludaban con entusiasmo los éxitos de los ejércitos del Eje, atacaban a las democracias decadentes y ensalzaban las virtudes de una España tradicional y militarista. En definitiva, la Falange marcó poderosamente el estilo de vida en la España de posguerra.

El ambiente religioso

La caída de la República hizo posible reabrir las iglesias y restablecer el culto religioso en Madrid y en las zonas donde había estado prohibido. Los católicos de toda España respondieron con fervor y renacieron las manifestaciones de religiosidad popular.

En muchos casos, las celebraciones religiosas públicas cobraban fuertes tonos nacionalistas. Según un periódico católico, en la procesión del Corpus Christi de Madrid, en junio de 1939, los participantes alternaron los himnos religiosos con los falangistas y daban vivas a “Cristo Rey, al ejército español y a su invencible Caudillo”. A la vez, las celebraciones civiles solían cobrar un tono religioso, con una importante participación de sacerdotes y obispos. Esta mezcla hizo que muchos identificaran la religión con el nacionalismo español, rechazaran el secularismo y el liberalismo, y tuvieran a Franco por salvador de España y de la Iglesia.

La Iglesia recibió del régimen de Franco concesiones substanciales en las áreas de educación y de moralidad pública. Las órdenes religiosas dominaron la educación secundaria. En 1950, había aproximadamente 625 centros de educación secundaria dirigidos por religiosos y sólo 125 del estado. Los centros públicos no diferían mucho de los religiosos en lo que se refiere a su carácter católico. Había crucifijos en todas las aulas y la jornada escolar empezaba y terminaba con una oración; los alumnos acudían masivamente a los actos religiosos y los libros de texto oficiales presentaban el catolicismo como el alma de la cultura española. En lo que se refiere a la moralidad pública, los censores oficiales de periódicos, revistas, libros y películas vigilaban no sólo las críticas al régimen, sino también cualquier manifestación contraria a la moral o la doctrina católica.

En otras áreas de la vida, el régimen era mucho menos favorable a la Iglesia. Prohibió las organizaciones obreras, agrícolas o estudiantiles católicas. El régimen de partido único no contemplaba la posibilidad de una formación política como la CEDA. Franco esperaba que la Iglesia se recluyera en los templos y en las aulas, y que pasara sin una presencia institucional en otras áreas de la vida en las que durante casi un siglo había tenido un peso importante.

Algunos miembros del clero estaban preocupados no sólo por esta marginación de la Iglesia, sino también por la inclinación del régimen a favor del Eje. Les agradaba su anticomunismo, pero temían que una posición pro Eje pudiera degenerar en un sistema basado en el racismo nazi y la superioridad absoluta del estado sobre la Iglesia, la familia y la educación. En varias ocasiones, la jerarquía española habló contra el nazismo. En 1940 el cardenal Segura publicó una crítica velada contra la política española de intercambios culturales con la Alemania nazi. En 1941 el obispo de Calahorra publicó una carta pastoral de denuncia del nazismo. En 1942 el nuncio papal urgió a la jerarquía a condenar las teorías racistas y antirreligiosas nazis. En 1943, la revista oficial católica “Ecclesia” publicó el texto de una declaración, en la que el cardenal belga Van Roey negaba con claridad que la Alemania nazi estuviera luchando a favor de la cristiandad.

Estas declaraciones públicas contra el nazismo eran más bien aisladas. Aunque algunos miembros de la jerarquía y parte del clero estaban alarmados por los aspectos racistas y totalitarios del nacionalsocialismo y por las aspiraciones totalitarias de la Falange, pocas veces hablaban abiertamente contra ellas. Tampoco su ocasional denuncia pública del nazismo suponía una oposición a Franco ni, mucho menos, un apoyo al liberalismo o a la democracia. Tras la experiencia de la Guerra Civil, no sorprende que la mayoría de los obispos condenara abiertamente el comunismo ni que agradeciera a Franco el fin de la brutal persecución religiosa.

La economía

Aunque la economía quedó maltrecha, la Guerra Civil no fue físicamente tan destructiva como lo sería la Segunda Guerra Mundial. No hubo grandes bombardeos de ciudades y la mayoría de las industrias del país quedó en pie. Sin embargo, la producción industrial de 1939 bajó un tercio con respecto a los niveles anteriores a la guerra y la producción agrícola disminuyó un 20%. La renta per capita en 1939 era casi un 25% inferior a la de 1935 y alcanzaría el 90% del nivel de aquel año al final de la Segunda Guerra Mundial. El sector más seriamente afectado fue el del transporte: se perdió un tercio de los barcos del país y la mitad de las locomotoras fue destruida.

Los recursos disponibles para la recuperación eran escasos. España tenía poco capital doméstico; el sistema fiscal era ineficaz y el comercio, que se había sido interrumpido por la guerra, se vería todavía más alterado por la Segunda Guerra Mundial. El comercio exterior a comienzos de la década de 1940 estaba un 50% por debajo del nivel de 1935. Estas dificultades se acentuaron por la política de autarquía económica llevada a cabo y las severas sequías que frenaban la producción agrícola. Como resultado, los años de posguerra estuvieron marcados por el hambre. Los alimentos estaban estrictamente racionados y el mercado negro floreció.

A estos problemas había que añadir la fuerte inflación. El costo de la vida en 1940 era de unas dos veces y media superior al de 1936. En 1941 los precios triplicaban los de 1936. Los españoles recuerdan la posguerra como “los años del hambre”.


El Opus Dei reanudó sus actividades en Madrid al final de la Guerra Civil en un contexto que estaba muy lejos de ser favorable. La situación internacional impedía la expansión a otros países. El clima de tensión e incertidumbre y la crisis económica que afectaba al país complicaba mucho la apertura y el funcionamiento de las diversas iniciativas apostólicas. El fervor religioso del período de posguerra y el espíritu de sacrificio que muchos adquirieron durante la guerra favoreció el crecimiento del Opus Dei. Sin embargo, en muchos casos, la multiplicación de aparatosas manifestaciones externas de piedad y el estrecho vínculo entre religión y fervor patriótico dificultaron que muchos jóvenes comprendieran el espíritu del Opus Dei: la necesidad de una vida de oración personal y de imitación del trabajo no espectacular -por no decir oculto- de Jesucristo durante sus largos años en el taller de Nazaret. Finalmente, la tendencia a identificar el catolicismo con el régimen chocaba con el acento del Opus Dei en la libertad política de todos los católicos. Esto contribuyó en buena manera a las incomprensiones que el Opus Dei viviría en los años siguientes a la guerra.

Introducción. Opus Dei
La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)
Los primeros años (1902-1925)
Años de preparación (1925-1928)
Los primeros pasos (1928-1930)
El ambiente se torna hostil (1931)
Nuevas luces (1931)
Intentos de abrir camino (1931-32)
Poner los cimientos (1933)
El primer centro (1933-1934)
Obstáculos y crecimiento (1934-1935)
Planes de expansión (1935-36)
Los comienzos de la Guerra Civil (julio de 1936 — marzo de 1937)
Huida en el Madrid revolucionario (julio 1936 - marzo 1937)
Las últimas etapas de la Guerra Civil (marzo 1937—abril 1939)
En la Legación de Honduras (marzo - octubre 1937)
El paso de los Pirineos (octubre-diciembre 1937)
La época de Burgos (diciembre 1937 - octubre 1938)
En Madrid y en Burgos (octubre 1937-marzo 1939)
España en una Europa en Guerra (1939 - 1945)
Reconstrucción y expansión en Madrid (1939 - 1940)
Expansión fuera de Madrid (1939-1942)
Vuelve a empezar la labor con las mujeres (1939-1943)
Oposición y nuevo desarrollo (1940-1943)
Epílogo