En Madrid y en Burgos (octubre 1937-marzo 1939)

Cuando Escrivá se marchó de Madrid a principios de octubre de 1937, dejó a Zorzano al frente del resto de miembros del Opus Dei en la zona republicana. Del Portillo, González Barredo y Alastrué permanecieron en la Legación de Honduras y Rodríguez Casado continuó en la Embajada de Noruega.

Hernández de Garnica, que había sido movilizado por el ejército republicano poco después de abandonar la cárcel en julio de 1937, se encontraba ahora lejos, en la provincia de Granada. Zorzano le escribía con regularidad y urgía a otros miembros de la Obra a hacer lo mismo, aunque los meses pasaban y no obtenía respuesta. En las pocas ocasiones en que Hernández de Garnica iba a Madrid, Zorzano recorría grandes distancias para visitarle y asegurarse de que había tenido la oportunidad de recibir los sacramentos. Años después, Garnica recordaba que “era tal la naturalidad con que Zorzano afrontaba las adversidades de aquel momento, que yo llegué a pensar si era un inconsciente y no se percataba de la realidad de los peligros que nos rodeaban por todas partes”307.

Otra fuente de preocupación fue Rodríguez Casado, que, además del hambre, sufría la soledad en la Embajada de Noruega. Zorzano intentó varias veces, sin éxito, su traslado a la Legación de Honduras. Para junio de 1938, Rodríguez Casado había adelgazado 30 kilos. No le estaba permitido recibir visitas, pero una vez a la semana, aprovechando que estaba de portero un amigo, Zorzano se las arreglaba para pasar una hora con él y llevarle un poco de comida.

Zorzano se estaba quedando en los huesos y estaba tan débil que debía pararse a descansar en un banco del parque durante el corto paseo hasta la embajada. Rodríguez Casado le dijo que debía dejar de llevarle alimento y comer él un poco más, pero Zorzano no daba importancia a su debilidad e insistía en que él no necesitaba esa comida que llevaba.

Además de la comida, Zorzano llevaba a Rodríguez Casado la Sagrada Comunión, apoyo espiritual y noticias de los demás miembros de la Obra. Una carta resume el contenido de esas conversaciones: “En esta temporada en que D. Manuel [era el término que usaba para referirse a Jesús, a causa de la censura postal] nos concede la gracia de ayudarle a llevar su carga, debemos de aprovecharla bien considerando que cada uno de los instantes que pasan tiene repercusión eterna. Esta carga la debemos de llevar a plomo —como nos dice siempre el abuelo [así se refería a Escrivá]— con alegría y paz, reflejo del espíritu que nos anima y que constituye el 'aire de familia' que nos es peculiar. De esta forma, aunque aparentemente no se vea nuestra labor, para D. Manuel, que ve en lo oculto, tiene más valor que si estuviéramos actuando en primera línea”308.

El paso al otro lado del frente

Del Portillo, González Barredo y Alastrué estaban impacientes por dejar la Legación de Honduras e intentar pasarse a la zona nacional, donde podrían reunirse con Escrivá y otros para reconstruir la labor apostólica del Opus Dei. Antes de que el grupo de Escrivá abandonara Barcelona, pidieron permiso a Isidoro para intentar escapar, pero se lo impidió porque consideraba que el riesgo que corrían era demasiado grande. Los meses pasaban y ellos repetían su consulta, pero Zorzano siempre encontraba una razón por la que debían permanecer en la Legación. Unas veces, por pensar que los nacionales estaban a punto de tomar Madrid y que la guerra terminaría entonces. Otras, porque pensaba que podría arreglar las cosas para huir por vía diplomática. Aunque todos los planes se venían abajo uno tras otro, siempre les pedía paciencia.

Aunque en junio de 1938 del Portillo tenía poca esperanza de que Zorzano hubiera cambiado de opinión, le escribió de nuevo y pidió permiso para salir de la Legación, alistarse en el ejército republicano y, una vez en el frente, cruzar las líneas. Unos días más tarde, Isidoro le envió una nota: “Con la ayuda de D. Manuel he pensado detenidamente en tus proyectos [...]. Me parece que puedes realizar tus proyectos, y que D. Manuel y Dª María llenen tus deseos, que son los nuestros”309.

Del Portillo quedó asombrado: “Precisamente unos días antes supimos que Arquelao, un muchacho estudiante de filosofía de la Congregación de los Sagrados Corazones, que salió con los mismos propósitos del Consulado —el único que había marchado de nuestro refugio para atravesar las líneas del frente— cayó asesinado [...] entre las dos líneas, en el momento en que intentaba el salto. Eran más los que caían en la empresa que los que triunfaban en ella. Y en esos momentos nos concedía Isidoro el permiso, con tal fe en el triunfo humano del intento, que no podía por menos de asombrar la tranquilidad con que se jugaba a cara y cruz —mirando las cosas de tejas abajo— las vidas de varios miembros de la Obra”310.

Zorzano explicó que había cambiado su parecer después de pensarlo en la presencia de Dios. Rezando ante un crucifijo en su habitación, Dios le hizo ver no sólo que esta vez el intento tendría éxito, sino que el paso al otro lado del frente tendría lugar el 12 de octubre de 1938, fiesta de Nuestra Señora del Pilar. En Burgos, simultáneamente, Escrivá recibió la misma revelación, y se lo dijo a la madre de del Portillo, que para entonces vivía en aquella ciudad.

En esos momentos, ni del Portillo ni los demás sabían nada de esas inspiraciones. Lo único que sabían era que, por fin, habían sido autorizados para intentar cruzar las líneas. Alastrué se fue de la legación el 27 de junio de 1938 y se presentó en el centro de reclutamiento. Para evitar problemas por el hecho de no haber comparecido cuando su quinta fue llamada a filas, declaró que tenía 28 años, seis más que su verdadera edad. Del Portillo y González Barredo salieron de la legación y fueron a la oficina de reclutamiento pocos días después. El primero se alistó con el nombre de su hermano, siete años menor que él. Los oficiales de la caja de reclutas sospecharon, pero finalmente aceptaron su alistamiento y le citaron cuatro días más tarde para asignarle destino. Por su edad, González Barredo fue destinado a oficinas sobre la marcha. Zorzano pensó que sería mejor que permaneciese en Madrid y no intentase cruzar a la zona nacional.

Del Portillo y González Barredo se alojaron temporalmente en una pensión. Alastrué, en casa de un amigo. Por las tardes, se reunían en alguno de los dos lugares para hacer oración juntos. Los tres iban a comer al cuartel, donde frecuentemente se encontraban con Santiago Escrivá y Zorzano. Éste dejó por escrito una descripción de esas comidas: “Primero, la cola con el plato para la ración; después, buscar un acomodo en el suelo y unos ladrillitos para colocar el plato; y después, como no disponemos de cubiertos suficientes, mejor dicho, de cucharas, pues es lo único que se utiliza, hay que esperar a que uno termine para que la utilice otro; divertidísimo. Cuando llega alguna fiesta de la Santísima Virgen, lo celebramos por todo lo alto; siguiendo la costumbre del Padre de hacer un obsequio a los pobres en sus festividades, repartimos las tres comidas que sacamos entre los pobres”311.

Cuando del Portillo llegó a su destino, pudo comprobar las marcadas diferencias entre su aspecto de un joven de veinticuatro años y el de los reclutas de diecisiete, edad que él había declarado en el momento de alistarse con el nombre de su hermano. Para no correr el riesgo de ser acusado de impostor, regresó a la oficina de reclutamiento y se alistó con otro nombre.

El 21 de julio Zorzanó decidió que Rodríguez Casado debía unirse a del Portillo y Alastrué para intentar cruzar el frente. Al día siguiente, se alistó en el ejército. A final de mes, los tres habían recibido sus destinos, aunque en unidades que ofrecían pocas posibilidades para sus propósitos de pasar a la otra zona.

A comienzos de agosto, oyeron hablar de un lugar en la provincia de Cuenca desde donde era relativamnte fácil cruzar la línea. El primo de del Portillo trabajaba allí como ingeniero y tenía amistad con el comandante de las tropas de aquella sección del frente. Del Portillo y Alastrué decidieron desertar y volverse a alistar, con la esperanza de que les destinaran a una unidad situada en un buen punto. Desertar constituía un riesgo, pero las cosas en Madrid eran tan caóticas que había oportunidad de no ser sorprendidos. Rodríguez Casado trazó otro plan, aprovechando los contactos de su padre.

Pero todo se vino abajo a mediados de agosto. El comandante del frente de Cuenca fue trasladado y los esfuerzos de Rodríguez Casado resultaron inútiles. Llegados a este punto, decidieron que los acontecimientos marcharan por sí solos. Escribió del Portillo: “Llegamos a la conclusión de que el Señor quiere que nos pongamos por completo en sus manos, confiando en que Él resolverá por entero el asunto, como mejor le parezca; hemos buscado procedimientos y lugares para pasarnos, y tanto unos como otros resultaban imposibles. Como no podemos ni poner ni ver más medios humanos, no queda sino esperar a que Él, que sabe más, ponga los suyos y nos lleve como de la mano -ya que nosotros estamos ciegos- por donde le plazca”312. Los tres desertaron y se alistaron de nuevo.

El 24 de agosto de 1938, del Portillo y Rodríguez Casado fueron montados en un camión y conducidos a un destino desconocido. Alastrué quedó atrás. Después de unos días en un campo de instrucción situado en un pequeño pueblo de la provincia de Guadalajara, del Portillo fue asignado a un grupo de doscientos soldados en otro pueblo a unos veinte kilómetros del frente. Rodríguez Casado se presentó voluntario para unirse al mismo pelotón y fue aceptado. Ambos fueron nombrados cabos y enviados a Fontanar, a unos diez kilómetros de Guadalajara.

Había pasado un mes desde que dejaron a Alastrué y no tenían noticias de él ni de su paradero. Inexplicablemente, el 19 de septiembre de 1938, llegó a la localidad, formando parte de un destacamento que iba allí para completar el batallón. Al principio, fue destinado a una compañía distinta a la de Rodríguez Casado y del Portillo, pero solicitó el cambio de compañía y pocos días más tarde lo consiguió.

Del Portilló obtuvo un permiso para pasar el 2 de octubre, décimo aniversario de la fundación del Opus Dei, en Madrid. Con Zorzano, González Barredo y Santiago Escrivá se puso a la cola de los barracones donde repartían un poco de pan, algo de arroz cocido y una sardina. Sentados en la acera de la calle, comieron su “pequeño banquete” para celebrar la fiesta. Al despedirse, Zorzano entregó a del Portillo varias formas consagradas para que las llevase a los que habían quedado en el frente.

Del Portillo contó a Zorzano que esperaban ser enviados al frente tres días después y que planeaban escapar al otro lado lo antes posible. Zorzano le respondió que ya había escrito a Escrivá para decirle que llegarían en torno al 12 de octubre, fiesta de la Virgen del Pilar. Años después, del Portillo comentaba: “Quedé, naturalmente, más que medianamente desconcertado ante la respuesta de Isidoro. ¡Si él no sabía, hasta que se lo dije yo, que enseguida marchábamos al frente! Y, además, sólo Dios sabía si podríamos o no pasarnos cruzando la línea de fuego. Y, aun en caso de que lográramos evadirnos [...] ¿cuándo sería? Todo esto pensé, pero no comenté nada. E insisto en que la naturalidad con que aseguró Isidoro que había escrito en ese sentido —y con esa seguridad— al Padre, me desconcertó plenamente”313.

El 9 de octubre de 1938, el batallón de del Portillo, Alastrué y Rodríguez Casado emprendió una larga marcha que le llevaría, en las primeras horas del día siguiente, hasta posiciones en lo alto de una colina cercana a un pueblo próximo al frente. Del Portillo oyó comentar a uno de los oficiales de la unidad a la que sustituían que las tropas nacionales paraban en Majaelrayo, pueblo a pocos kilómetros hacia el norte.

Al día siguiente del Portillo y Alastrué fueron enviados a conseguir provisiones en un pueblo a mitad de camino entre su posición y Majaelrayo. Rodríguez Casado, por su parte, recibió permiso para ir al mismo pueblo a comprar una medicina. A las 6.00 de la mañana y después de comulgar, emprendieron la marcha en medio de un chaparrón que creció a medida que avanzaba el día. Subieron varias montañas y evitaron ir por los caminos principales para mantenerse fuera de la vigilancia.

Hicieron noche en una cueva y en las primeras horas del día 12 se pusieron en camino. Ascendieron por un bosque de pinos y veían abajo un pueblo, pero no sabían si estaba en manos de los republicanos o los nacionales. Al oír las campanas de la iglesia que llamaban a los fieles para la Misa, se dieron cuenta de que estaban en zona nacional. Corrieron pendiente abajo sin tomar ninguna precaución. Al llegar al pueblo -que no era Majaelrayo, sino Cantalojas- supieron que habían sido descubiertos antes. Pensando que podía tratarse de una avanzadilla del ejército republicano, el comandante de las tropas nacionales había ordenado abrir fuego de ametralladora si había un despliegue o una maniobra de retirada.

Pudieron oír Misa y comer algo. Entonces, Rodríguez Casado llamó a su padre, coronel del ejército nacional. Gracias a su influencia, no fueron enviados a un campo de refugiados y prisioneros, sino que les permitieron seguir viaje a Burgos.

El 12 por la mañana, Botella y Casciaro se marcharon a la oficina. Escrivá prometió llamarles en cuanto llegaran. Pasó el 12 sin noticias, pero Escrivá se mantenía “tranquilo, seguro, contento. Cada llamada, cuando sonaba el teléfono, creía que eran noticias. El 13 transcurrió lo mismo, el Padre de fiesta y de broma todo el día. Nos decía que estuviéramos alerta. El día 14 me dijo: “ya os avisaré al cuartel, cuando lleguen””314. Les llamó a las 8.00 de la tarde para comunicarles que ya estaban allí.

Reunión temporal en Burgos

Aunque, evidentemente, no se trataba de la primera vez que se veían del Portillo, Alastrué y Rodríguez Casado con los otros de la Obra que estaban en Burgos, el reencuentro fue muy emocionante. Casciaro y Botella no les habían visto desde hacía dos años y medio. Escrivá, hacía más de un año.

Pero no habría de durar mucho el reencuentro en Burgos. Poco antes de la llegada de los fugitivos, Alvareda se había trasladado a Vitoria, donde había conseguido una plaza de profesor de bachillerato. A los pocos días, del Portillo fue enviado a la Academia de Ingenieros para su instrucción como oficial. Estaba a pocos kilómetros de Burgos, pero se le exigía vivir allí. En noviembre, Rodríguez Casado fue destinado a Zaragoza, a la Academia de Suboficiales, también del cuerpo de ingenieros. A comienzos de diciembre, Casciaro fue trasladado a las oficinas del Ejército en Calatayud, a unos 150 kilómetros de Burgos. Al terminar el periodo de instrucción, del Portillo fue enviado a Cigales, un pueblo cercano a Valladolid, donde se encontró con Rodríguez Casado.

A mediados de diciembre, sólo quedaban en Burgos Escrivá y Botella. Sin duda les hubiera gustado alquilar un pequeño apartamento. Estaban deseosos de abandonar el Hotel Sabadell. Como no tenían dinero para pagar las cuatro camas de la habitación, les obligaron a compartir su espacio con otros. Escrivá dejó reflejado en su diario lo insostenible de esa situación: “Esto no podía seguir así: ni trabajar, ni llevar nuestra correspondencia, ni tener con libertad una visita, ni dejar confiadamente los papeles de nuestros negocios en la habitación..., ni un minuto de esa bendita soledad que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior... Además: cada día gente distinta. ¡Imposible! Pedí solución al Señor, en la Misa”315.

Poco antes de la Navidad, encontraron una habitación en una pensión, donde permanecierion hasta el final de la guerra. El edificio no tenía calefacción y su mobiliario era en su mayor parte provisional. Por ejemplo, la cajonera estaba montada sobre una columna de carretes de hilo vacíos pegados entre sí. Pero lo importante era que sólo costaba cinco pesetas diarias y que, al fin, tendrían una cierta intimidad.

Álvaro del Portillo

Al igual que los demás miembros de la Obra diseminados en la zona nacional, del Portillo trató de acercar a Cristo a sus compañeros con la palabra y el ejemplo. Tan pronto como llegó a la Academia, pidió permiso al coronel para asistir a Misa todas las mañanas en un convento cercano y prometió regresar siempre antes de la revista. El coronel lo autorizó, pero le dijo que se desentendía de lo que pasara si era detenido por la policía militar o cualquier otro. Naturalmente, los compañeros veían a del Portillo levantarse antes que el resto y le preguntaron... Al final del periodo de instrucción de oficiales, treinta iban con él a Misa todos los días.

Desde principios de 1939, Escrivá comenzó a apoyarse especialmente en del Portillo, que se convirtió en su colaborador más estrecho y le sucedió al frente del Opus Dei después de su muerte. El 10 de febrero de 1939, Escrivá fue a verle a él y a Rodríguez Casado. Les predicó la meditación con el pasaje del Evangelio en que Jesús otorga a Simón su nuevo nombre, Pedro. El comentario de Escrivá a esos párrafos era el siguiente: “Tu es Petrus,... saxum -eres piedra,...¡roca! Y lo eres porque quiere Dios. A pesar de los enemigos que nos cercan,... a pesar de ti... y de mí... y de todo el mundo que se opusiera. Roca, fundamento, apoyo, fortaleza,... ¡paternidad!”316. Aunque la meditación se dirigía a los dos, Escrivá aplicó el sobrenombre de roca especialmente a del Portillo. Le escribió unos días más tarde y repetía la metáfora: “Jesús te me guarde, Saxum. Y sí que lo eres. Veo que el Señor te presta fortaleza, y hace operativa mi palabra: saxum! Agradéceselo y séle fiel, a pesar de... tantas cosas (...)”317.

Últimos meses en Burgos

A final de 1938, la victoria del ejército nacional se hacía cada vez más evidente. En abril, Franco había conseguido cortar la zona republicana: Cataluña quedó separada de Madrid y Valencia. Sólo una masiva participación de fuerzas extranjeras podía impedir la toma de Madrid por los nacionales, con su consiguiente victoria. Las democracias europeas estaban lejos de intervenir decisivamente en España y su aquiescencia a la ocupación de los Sudetes por Alemania dejó claro que no emprenderían acciones para salvar la República.

Durante los últimos meses de la guerra, Escrivá se ausentaba con frecuencia de la ciudad para visitar a los miembros de la Obra y otros jóvenes con los que había tenido contacto en Madrid. Cuando estaba en Burgos, con frecuencia caminaba hasta el Monasterio de Las Huelgas para trabajar allí en su tesis doctoral en Derecho, que había tenido que empezar de nuevo ya que todo el material reunido años antes se perdió al estallar al Guerra Civil. También se dedicó a ampliar el libro de puntos meditación que había publicado en 1934 con el título de “Consideracione espirituales”. La nueva versión llevaría el título de “Camino” y se publicaría poco después de la guerra, en septiembre de 1939.

Escribía con frecuencia a los miembros de la Obra y sus amigos sobre el desarrollo de la labor apostólica que pronto llevarían a cabo, si eran fieles a lo que Dios quería de ellos. En una carta del 10 de diciembre de 1938 se lee: “(...) no hay más que motivos de optimismo, mirándolas con completa objetividad. Claro que esto es así, si todos procuramos cumplir con alegría nuestro deber”318. Y a los pocos días: “¡La oración! No dejarla por nada. Mira que no tenemos otra arma”319. El 23 de diciembre abría su corazón: “Hoy escribo a toda la familia, (...) pocas cartas porque somos pocos. Me acongoja pensar que por mi culpa. ¡Oh, qué buen ejemplo quiero -eficazmente- dar siempre! Ayúdame a pedir perdón al Señor, por todos los que di malos, hasta ahora”320. El día anterior había escrito a Fernández Vallespín: “(...) espero -para pronto- cambios notables, que faciliten la labor familiar.

Y los espero sólo de la bondad de Dios, porque yo cada día me veo más miserable.

Pasé hoy un mal rato.

Ya estoy optimista, contento, lleno de confianza. ¡Es tan bueno!

En estos días, ayúdame a pedirle: perseverancia, alegría, paz, espíritu 'de sangre', hambre de almas, unión...: para todos.

¡Ay, Ricardo, qué bien andaría la cosa si tú y yo -¡y yo!- le diéramos todo lo que nos pide!

Oración, oración y oración: es la mejor artillería.

Y amor al dolor. Entonces, ¿quién dijo miedo? Omnia vestra: todo será nuestro”321.

Preparativos para el regreso a Madrid

El fin de la guerra se acercaba y miembros de la Obra se preparaban para volver a Madrid. En primer lugar, se propusieron conseguir lo necesario para la instalación de un oratorio. Habían encargado un cáliz y un sagrario casi al principio de su estancia en Burgos. Escrivá pidió a varias mujeres su ayuda para coser los ornamentos. Era difícil encontrar telas apropiadas, y se alegró cuando le regalaron un cubrecama de seda que podría ser transformado en una casulla.

Otra de las prioridades era almacenar libros para las bibliotecas de la futura residencia que se restablecería en Madrid y de los centros de la Obra que se preveían en otras ciudades. Con la ayuda de Alvareda, Escrivá había reunido a un buen número de personas del mundo académico para que firmaran una solicitud de libros a diversas instituciones de España y del extranjero. En una carta de junio de 1938, participaba a los demás su alegría por ver que los libros comenzaban a llegar. En sus cartas de julio continuaba con su gozo por ver que los libros no paraban de llegar. Esperanzado en que ese “negocio” resultara un éxito, no dejaba de hacer referencia a los otros “negocios” y a tener la vista puesta en Dios.

A pesar de su entusiasmo, quedaba mucho por hacer y el fin de la guerra estaba a las puertas. En un punto de “Camino” relata el magro resultado de sus gestiones: “Libros. -Extendí la mano, como un pobrecito de Cristo, y pedí libros. ¡Libros!, que son alimento, para la inteligencia católica, apostólica y romana de muchos jóvenes universitarios. -Extendí la mano, como un pobrecito de Cristo... ¡y me llevé cada chasco! -¿Por qué no entienden, Jesús, la honda caridad cristiana de esa limosna, más eficaz que dar pan de buen trigo?”322.

Los libros y el material para el oratorio eran el último de los problemas. La casa de Ferraz 16 en la que habían instalado la residencia justo antes de estallar la guerra estaba prácticamente destruida. Escrivá pudo ver su estado con unos prismáticos cuando, en julio de 1938, fue a visitar a Fernández Vallespín, convaleciente en un hospital de campaña. Haría falta mucho dinero para reparar los daños o, en el peor de los casos, cambiar la residencia de lugar. En esos momentos, en que Escrivá y Botella no tenían ni las veinte pesetas que costaba a diario la habitación del Hotel Sabadell, calcularon que para restablecer las actividades apostólicas y sus instrumentos en Madrid haría falta un millón de pesetas.

Además de rezar ardientemente para conseguir los medios necesarios, Escrivá y los demás acudieron a parientes, amigos y conocidos para pedir su ayuda. Don Emiliano, padre de uno de los chicos de la residencia, sugirió que don Pedro, un buen amigo suyo, podría hacer un cuantioso donativo. Escrivá respondió: “(...) ¡Ojalá! Me alegraré por él, que iba a coronar magníficamente su vida de caridad oculta. Pero, créame don Emiliano: veo el apuro enorme que se nos viene encima: no veo la solución humana objetiva... Y, sin embargo, no me intranquilizo: trabajamos por Él y en lo que Él quiere: le hemos dado la hacienda -poca o mucha-, la actividad intelectual -que es lo más grande que tiene el hombre-, el corazón..., ¡la honra! Parece justo pensar, llenos de confianza, que el millón de pesetas que necesitamos vendrá, a su tiempo, quizá pronto. ¿Don Pedro? Puede ser. Pidámoslo al Señor. Me alegraré por don Pedro”323.

Nada llegaba por aquella petición, pero Escrivá continuaba optimista: “Se ha cumplido un año de nuestra llegada a Burgos, y es justo que tenga deseos -que pongo en práctica- de hablar con vosotros, para que, juntos hagamos un balance de nuestra actuación y señalemos el camino de la próxima labor.

Pero antes quiero anticiparos en una palabra el resumen de mi pensamiento, después de bien considerar las cosas en la presencia de Dios. Y esta palabra, que debe ser característica de vuestro ánimo para la recuperación de nuestras actividades ordinarias de apostolado, es optimismo (...).

¿Labor inmediata? Disponeos a vivir intensamente la obediencia, como hasta aquí la habéis vivido, y veréis, al llegar la paz, cómo renace con vida intensa nuestra casa (...). Después... ¡el mundo!

¿Medios? Vida interior. Él y nosotros.

¿Obstáculos? No me preocupan los obstáculos exteriores: con facilidad los venceremos. No veo más que un obstáculo imponente: vuestra falta de filiación y vuestra falta de fraternidad, si alguna vez se dieran en nuestra familia. Todo lo demás (escasez, deudas, pobreza, desprecio, calumnia, mentira, desagradecimiento, contradicción de los buenos, incomprensión y aun persecución por parte de la autoridad), todo, no tiene importancia, cuando se cuenta con Padre y hermanos, unidos plenamente por Cristo, con Cristo y en Cristo. No habrá amarguras, que puedan quitarnos la dulcedumbre de nuestra bendita caridad.

Tendremos medios y no habrá obstáculo, si cada uno hace de sí a Dios en la Obra un perfecto, real, operativo y eficaz entregamiento.

Hay entregamiento, cuando se viven las Normas; cuando fomentamos la piedad recia, la mortificación diaria, la penitencia; cuando procuramos no perder el hábito del trabajo profesional, del estudio; cuando tenemos hambre de conocer cada día mejor el espíritu de nuestro apostolado; cuando la discreción -ni misterio, ni secreteo- es compañera de nuestro trabajo... Y, sobre todo, cuando de continuo os sentís unidos, por una especial Comunión de los Santos, a todos los que forman vuestra familia sobrenatural”324.

El 26 de marzo de 1939 comenzó el último asalto de las tropas nacionales a Madrid. No encontraron especial resistencia. A través de un amigo que trabajaba en la Subsecretaría del Interior, Escrivá consiguió un salvoconducto para entrar en Madrid. El 28 se las arregló para montarse en uno de los primeros camiones de abastecimiento que llegaron a la capital.

 


 

Los tres años de guerra civil fueron una prueba muy dolorosa. Al cabo de diez años, el Opus Dei no tenía un centro ni recursos de ningún tipo. Dos de sus miembros -José Isasa y Jacinto Valentín Gamazo- cayeron en el frente. Otros tres, que quizá no habían asimilado totalmente la vocación antes de estallar la guerra, no perseveraron a causa de los prolongados periodos de tensión y aislamiento. Ninguna de las mujeres que pertenecía al Opus Dei al comienzo del conflicto pudo perseverar en su vocación, también a causa del aislamiento a que se vieron sometidas. Durante este periodo sólo se unieron a la Obra Lola Fisac y José María Albareda. El Opus Dei salía de la guerra con sólo dieciséis miembros -quince hombres y una mujer-, todos ellos sólidos, probados, poseedores de una profunda vida interior de oración y de sacrificio y firmemente dispuestos a vivir su vocación.

Antes de hablar sobre sus esfuerzos para sacar adelante el Opus Dei en los años inmediatamente posteriores, conviene describir las circunstancias políticas, sociales y económicas de la posguerra española.

Introducción. Opus Dei
La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)
Los primeros años (1902-1925)
Años de preparación (1925-1928)
Los primeros pasos (1928-1930)
El ambiente se torna hostil (1931)
Nuevas luces (1931)
Intentos de abrir camino (1931-32)
Poner los cimientos (1933)
El primer centro (1933-1934)
Obstáculos y crecimiento (1934-1935)
Planes de expansión (1935-36)
Los comienzos de la Guerra Civil (julio de 1936 — marzo de 1937)
Huida en el Madrid revolucionario (julio 1936 - marzo 1937)
Las últimas etapas de la Guerra Civil (marzo 1937—abril 1939)
En la Legación de Honduras (marzo - octubre 1937)
El paso de los Pirineos (octubre-diciembre 1937)
La época de Burgos (diciembre 1937 - octubre 1938)
En Madrid y en Burgos (octubre 1937-marzo 1939)
España en una Europa en Guerra (1939 - 1945)
Reconstrucción y expansión en Madrid (1939 - 1940)
Expansión fuera de Madrid (1939-1942)
Vuelve a empezar la labor con las mujeres (1939-1943)
Oposición y nuevo desarrollo (1940-1943)
Epílogo