La época de Burgos (diciembre 1937 - octubre 1938)

Navidades en Pamplona

Cuando Escrivá y los suyos entraron en España el 11 de diciembre de 1937, ninguno de ellos tenía ni idea de cuánto tiempo pasaría hasta que pudieran regresar a Madrid. Albergaban la esperanza de que el fin de la guerra estaba cerca, pero, en realidad, ésta todavía duraría otros quince meses. Durante ese tiempo, trabajaron para restablecer el contacto con los residentes y estudiantes de DYA a quienes la guerra había esparcido por los cuatro puntos cardinales, recomenzar el apostolado del Opus Dei, preparar la reapertura de la residencia y planear la expansión del Opus Dei a otras ciudades y países.

El grupo de Escrivá pasó la noche del 11 al 12 de diciembre en un pequeño pueblo cerca de la frontera. Al día siguiente fueron a San Sebastián y alquilaron una habitación en un hotel barato. Unas teresianas proporcionaron a Escrivá algo de ropa. Con la ayuda de varios amigos que residían en la ciudad, los demás miembros de la expedición adquirieron algunas ropas usadas y reemplazaron las destrozadas alpargatas por zapatos de segunda mano.

El grupo tuvo que separarse pronto. Albareda se quedó en San Juan de Luz. Alvira se dirigió a Zaragoza. Jiménez Vargas fue alistado como médico. Casciaro y Botella fueron conducidos a Pamplona para ser reclutados. El 17 de diciembre Escrivá tambíen partió para Pamplona. El obispo de la ciudad, su buen amigo don Marcelino Olaechea, le hospedó en el palacio episcopal y le consiguió una sotana.

En Pamplona, Escrivá hizo unos ejercicios espirituales. Al terminarlos, aunque estaba físicamente muy débil por la dureza del paso de los Pirineos y las privaciones de los dieciocho meses anteriores, decidió no dormir más de cinco horas por la noche y, en el tiempo de vigilia, rezar y desagraviar por todas las ofensas a Dios que la guerra había traído consigo. Además, pasaría la noche de los jueves enteramente en oración ante el Santísimo Sacramento.

El 24 de diciembre, Escrivá visitó a Botella y a Casciaro en sus compañías. A medianoche, volvió con Albareda que había ido a Pamplona para las Navidades. Aunque Botella y Casciaro estaban de guardia, Escrivá y Albareda lograron convencer al oficial para que les dejara pasar unos minutos juntos. Celebraron la noche de Navidad en los barracones, hablando de sus planes para contactar con la gente que habían conocido en DYA. Albareda consiguió una barra de turrón. Botella recuerda que “estos detalles de cariño, de vida de familia, en las circunstancias tan extraordinarias que vivíamos, se me clavaron en el corazón: me hacían sentir muy feliz y la entrega al Señor se me hacía gozosa”281. El día de Navidad, después de que Botella y Casciaro terminaran su guardia, los cuatro fueron a comer en un restaurante. Ya en el palacio episcopal, donde todavía se alojaba Escrivá, tuvieron una larga tertulia y pusieron unas popstales a los de la Obra y los amigos dispersos por España.

En los cuarteles de Pamplona no había espacio suficiente para todos los soldados, así que era relativamente fácil conseguir un permiso para vivir fuera. Escrivá aconsejó a Casciaro y Botella que alquilaran una habitación, ya que residiendo fuera del cuartel podrían asistir a Misa todos los días. También les dijo que no se preocuparan por cómo la pagarían.

Escrivá pasó la Navidad en Pamplona. Procuraba estar el mayor tiempo posible con Botella y Casciaro. El obispo Olaechea le insistió en que se quedara con él hasta que le fuera posible regresar a Madrid, pero Escrivá estaba deseoso de visitar a los miembros de la Obra esparcidos por todo el país y de restablecer contacto con la gente que habían conocido antes de la guerra. Trasladarse a Burgos haría todo más fácil. La ciudad era el cuartel general de los nacionales y siempre sería posible que alguno de la Obra o sus amigos fueran destinados allí o tuvieran alguna razón para estar por aquella zona. Burgos también tenía un mejor servicio de ferrocarril y de autobús, lo cual haría más fáciles los viajes para visitar a quienes no pudieran acudir. Además, Albareda se encontraba en Burgos, trabajando en un plan de reorganización de la educación secundaria; y Jiménez Vargas estaba también allí temporalmente mientras esperaba un destino en el frente. Casciaro y Botella habían sido destinados a servicios de apoyo, así que existía la posibilidad de que uno de ellos, o los dos, terminara en una de las muchas oficinas de Burgos.

Traslado a Burgos

El 7 de enero de 1938, Escrivá dejó Pamplona. Indicó a Botella y Casciaro que hicieran todo lo posible para que les enviaran a Burgos. Pasó por Vitoria y llegó a Burgos el día 8. Empezaba una nueva etapa en la vida del Opus Dei. Despues de un año y medio de forzosa inactividad era preciso reconstruir el apostolado y poner los fundamentos de la nueva expansión. La primera tarea de Escrivá fue escribir una larga carta a los miembros de la Obra para ofrecerles “luces y aliento, y medios, no sólo para perseverar en nuestro espíritu, sino para santificaros con el ejercicio del discreto, eficaz y varonil apostolado que vivimos, a la manera del que hacían los primeros cristianos”282.

El 9 de enero de 1938 les escribía: “No hay imposibles: omnia possum... ¿Olvidaréis nuestros diez años de consoladora experiencia?... ¡Vamos, pues! ¡Dios y audacia!”283. Les invitó a atender a su vida espiritual a través de la oración, mortificación y presencia de Dios y a meditar frecuentemente en la realidad de ser hijos de Dios, que no estaban solos, sino que eran “eslabones de una cadena”284.

El sentido de comunión de unos con otros y con él es un tema recurrente en la carta. Su amor por la Obra debía manifestarse, les dijo, en la preocupación por el Padre y por sus hermanos en el Opus Dei. Les urgió a vivir “cada día, con especial interés, una particular Comunión de los Santos”285 con los demás miembros de la Obra. Les sugirió que se propusieran rezar por él, sacrificarse por él y unirse a él. Al mismo tiempo les pidió que pusieran en práctica unos con otros el consejo de San Pablo a los Gálatas: “Con respecto al Padre: orar por él, sacrificarme por él, unirme en todo a él. Con respecto a mis hermanos: poner en práctica la doctrina, tantas veces inculcada: alter alterius onera portate, et sic adimplebitis legem Christi”286. Y también les animó a mantener correspondencia, “aunque no tengas nada que decir”287, con él y los demás de la Obra. Y se ofrecía: “Si te hago falta, llámame. Tienes el derecho y el deber de llamarme. Y yo, el deber de acudir, por el medio de locomoción más rápido”288.

Para ayudarles a aprovechar el tiempo, les animó a estudiar lenguas extranjeras y, cuando fuera posible, a realizar algún trabajo profesional o artístico. Volviendo al apostolado, les trazó un posible plan:

“1. Tu vida interior, que obtiene gracia para que sea eficaz el trabajo de los que estamos libres.

2. Tu buen ejemplo, con virilidad.

3. Busca un amigo, o dos o tres. Más, no. Y que cada uno de estos amigos busque a otro, para llevarlo por nuestro camino. No me digas que no puedes: dime, mejor, que no pones los medios.

4. Escribe a nuestros chicos de San Rafael o a los nuestros de San Gabriel: y llévalos a la frecuencia de Sacramentos; al amor a la Obra; al proselitismo; y a ayudar, ahora, económicamente nuestra empresa sobrenatural.

5. Procura mover, a nuestros amigos, a escribir quincenalmente a Burgos, y a hacer visitas periódicas al Padre: en cuanto pueda ser, se les recibirá en nuestra Casa de San Miguel en Burgos”289.

Al final de la carta, les indicó que incluyeran una petición por el Padre en las preces de la Obra que les había enseñado.

En Burgos, Escrivá contrajo una fiebre persistente, con tos y ronquera, que le hizo temer que padeciera una tuberculosis. Nunca se había preocupado de su propia salud, pero lo contagioso de esa enfermedad haría imposible que siguiera tratando estrechamente a gente joven. Vallespín y Botella le convencieron para que consultara a un especialista del pulmón, a pesar de su reticencia a gastar dinero en sí mismo. Éste le dijo que, aunque no había contraído una tuberculosis, sí tenía un serio problema respiratorio y debía consultar al especialista de nariz y garganta. El doctor no pudo determinar la raíz de su persistente tos y fiebre y concluyó que, fuera lo que fuera su mal, estaba “en tierra de nadie”.

En la carta del 9 de enero de 1938, Escrivá dejaba entrever su deseo de alquilar un piso que les proporcionara un mínimo de intimidad y la independencia necesarias para recibir visitas. Aquel deseo, sin embargo, no se cumpliría. Burgos rebosaba con más del doble de su población habitual en tiempos de paz. Aun teniendo dinero, habría sido difícil encontrar algo. Albareda consiguió una pequeña suma, pero como decidieron gastar la mayor parte en un cáliz y un sagrario para el próximo centro de la Obra, dondequiera que estuviese, Escrivá y él se conformaron con una habitación en una pensión modesta.

Escrivá quería partir inmediatamente para ver a miembros de la Obra, antiguos residentes y estudiantes de DYA, y a los obispos de las ciudades por donde pasara. Antes necesitaba obtener un salvoconducto que le permitiera moverse libremente. En 1931 Escrivá había conocido al general Luis Orgaz, vecino de la familia a cuya casa había trasladado el Santísimo Sacramento durante la quema de conventos en Madrid. Le había visitado más tarde, mientras estaba en prisión por su participación en el fallido golpe de 1932. Orgaz estaba ahora destinado en Burgos como jefe de Instrucción y Reclutamiento. Escrivá también conocía al general Martín Moreno por una de sus hijas. Estos contactos, y las facilidades normalmente concedidas a los sacerdotes en la zona nacional, le permitieron obtener el pase que necesitaba. Durante enero y febrero viajó a Valladolid, Ávila, Bilbao, León, Zaragoza y Pamplona.

El Hotel Sabadell

Hacia el mes de marzo la necesidad de mayor intimidad ya era imperiosa. Escrivá recibía muchas visitas, de dentro y fuera de Burgos. Además, el número de miembros de la Obra en la ciudad estaba creciendo. El primero en trasladarse fue Botella. Escrivá sugirió al general Orgaz que Botella, con la licenciatura de Exactas casi terminada, podría serle útil en Burgos. El general lo reclamó para el gabinete de cifra que él dirigía. El 23 de enero de 1938, Botella se reunió con Escrivá y Albareda en la pensión en la que se alojaban.

Casciaro no consiguió el traslado a Burgos hasta marzo. Al principio intentó, sin éxito, usar sus contactos familiares. Cuando cayó enfermo en Pamplona, Escrivá fue a visitarle. Mientras hablaban en la habitación de Casciaro, se presentó un soldado para decirle que todos los permisos se habían cancelado y que debía presentarse inmediatamente en el cuartel. Se extendió por Pamplona el rumor de que, debido a las bajas nacionales en Teruel, las tropas de Pamplona serían enviadas inmediatamente al frente. Escrivá se preocupó, pero dio a Casciaro su bendición y le aseguró que rezaría a la Virgen María y que todo se resolvería. Cuando terminó el confinamiento en las compañías, alrededor de la medianoche, y Casciaro volvió a su habitación, Escrivá estaba todavía esperándole: “Me recibió con el cariño con el que un padre recibe a su hijo superviviente de un gran peligro. Su amor de Padre -su corazón de padre y de madre- me emocionó, y juntos rezamos una Salve de acción de gracias a Nuestra Señora”290.

Escrivá regresó a Burgos resuelto a hacer todo lo posible para lograr que destinaran a Casciaro allí. Cuando se enteró de que quedaba otro puesto libre a las órdenes de Orgaz, escribió al general. El 8 de marzo de 1938 Casciaro fue transferido a Burgos y se unió a los otros en la pensión.

Como no conseguían un piso, a finales de marzo decidieron alquilar una habitación en la segunda planta del Hotel Sabadell. Para dar a la desnuda y poco atractiva habitación un aire más acogedor y hogareño, decoraron las paredes con mapas de varias regiones de España y colgaron banderines de fieltro con las palabras DYA y Rialp bordadas en ellos. Casciaro los diseñó al estilo de los usados por los equipos deportivos de las universidades españolas, y los cosieron algunas chicas que Escrivá conoció por la madre de Rodriguez Casado. Unos primos de Albareda, que trabajaban en una galería de arte, proporcionaron un crucifijo y una imagen de la Virgen. En 1948 esta imagen acompañaría a los primeros miembros del Opus Dei que fueron a los Estados Unidos. Hoy se encuentra en el cuarto de estar de un centro del Opus Dei en Chicago.

Esta habitación del Hotel Sabadell sería el centro del Opus Dei durante los siguientes nueve meses. La parte principal medía unos cinco metros de largo, tenía tres chirriantes camas de hierro para Albareda, Botella y Casciaro, un pequeño armario, una mesa diminuta y dos sillas. Junto a la puerta, separada del resto del cuarto por una cortina blanca, había una alcoba sin ventanas, de ocho metros cuadrados, con la cama de Escrivá, una mesilla de noche y un lavabo. Al fondo, un balcón con mirador, donde Escrivá solía recibir a las visitas. Para lograr algo de intimidad, cerraba las contraventanas y el resto de la habitación se quedaba a oscuras, obligando a los que estaban en la parte de dentro a encender la luz. Cuando eso ocurría, Botella susurraba en broma a Casciaro: “Buenas noches”.

Pobreza y penitencia

La profunda fe en la providencia amorosa de Dios hacía que Escrivá y los demás no perdieran la alegría, a pesar de los sufrimientos pasados en Burgos. Todos sufrían por el alejamiento de sus familias, que se encontraban en situaciones difíciles, y por no tener medios de saber algo de su suerte.

La situación económica era desesperada. Casciaro y Botella comían en el cuartel para no gastar. Ganaban sólo dos pesetas al día. La habitación del Hotel Sabadell costaba dieciseis por noche. Albareda cobraba un poco más, pero se encontraba lejos de estar bien pagado. Los miembros de la Obra en otras partes de España y los amigos de DYA enviaban lo que podían para ayudarles a sostener los apostolados, pero la mayoría de ellos no podía contribuir con mucho. Inspirado por el consejo del salmo 54, “Encomienda a Dios tus afanes, que Él te sustentará”, Escrivá renunció a los estipendios por decir Misa o predicar. En una carta al vicario general de la diócesis de Madrid, escribía: “He hecho el propósito serio de no recibir nunca estipendios para Misas, que eran la única entrada económica que podía tener ahora. Así puedo celebrar, con frecuencia, por mi Señor Obispo y por mi vicario general, y por estos hijos de mi alma..., y por mí, Sacerdote pecador”291.

Su armario da una idea de su situación financiera. El Ejército proveía de muy poca ropa a los soldados, que debían arreglárselas como pudieran. Tenían una camiseta de lana que les habían dado unas monjas en su camino a San Sebastián. Era muy larga y llevaba bordadas las iniciales de su anterior propietario. Un día, con sus pantalones militares, las botas y la camiseta interior colgándole hasta casi las rodillas, Casiaro decidió que parecía un soldado medieval y comenzó a imitar a Sigfrido en la ópera de Wagner, para diversión de Albareda y Botella. Desde entonces la llamaron “la camiseta de Sigfrido”. También pusieron nombres a los cinco pijamas que tenían para los cuatro. Se turnaban para cambiárselos mientras el de sobra se lavaba.

Escrivá tenía un manteo, la sotana que le había dado el obispo Olaechea y un sombrero negro de fieltro, también del obispo. A pesar del duro frío del invierno, rehusó comprarse un jersey o una bufanda o cambiar la sotana o el sombrero, los cuales estaban ya muy desgastados. Por fin, Botella y Casciaro cortaron el sombrero en pequeños trozos que enviaron a los otros miembros de la Obra y a sus amigos, como recordatorio de que debían rezar por Escrivá. Esto no le dejó más opción que comprarse uno nuevo.

Sus intentos para obligarle a comprar una nueva sotana tuvieron menos éxito. Un día de agosto de 1938, antes de irse al cuartel, rasgaron la espalda de su vieja sotana. Cuando volvieron, sin embargo, le encontraron inclinado sobre ella, cosiéndola pacientemente. El arreglo fue tan defectuoso que, cuando salía a la calle, debía usar el manteo para cubrir la sotana hecha trizas, y esto en pleno verano. Pasó mucho tiempo hasta que lograron convencerle de que se hiciera una nueva sotana.

A pesar de su penuria, ayudaban a otros. En su carta del 9 de enero a los miembros de la Obra, Escrivá se prestaba a enviarles dinero, manuales para estudiar idiomas, crucifijos y cualquier otro objeto religioso que necesitaran. La hoja informativa enviada en marzo de 1938 a los antiguos residentes y estudiantes de DYA ofrecía ayuda financiera a aquellos que la necesitaran: “Que nos pidáis con confianza libros, ropa, dinero. Os lo enviaremos enseguida con gusto. Pedir con sencillez y libertad. Muchos de vosotros nos enviáis dinero, para nuestra empresa: esos ahorros que hacéis, para nuestra pobre caja común, tendremos verdadera alegría en emplearlos a favor de quienes pasen apuros económicos”292.

También agasajaban a los visitantes que llegaban a Burgos. Una mañana después de Misa llevaron a desayunar a un joven oficial que estaba de paso en la ciudad. Más tarde Casciaro se quejó porque el joven se había tomado varias tazas de chocolate y unos cuantos bollos. Riendo, Escrivá le excusó y dijo que simplemente no había calculado bien: terminaba un bollo mientras todavía le quedaba chocolate y acababa el chocolate cuando todavía le quedaba parte del bollo...

Como había hecho en Madrid, Escrivá continuó practicando un rigoroso espíritu de mortificación y penitencia, mucho más allá de las incomodidades y limitaciones impuestas por la pobreza y la estrechez de la pequeña habitación, compartida por cuatro personas.

Muchas noches dormía en el suelo, usando su breviario como almohada. Cuando Albareda estaba en la ciudad, normalmente comía con él, mientras Casciaro y Botella comían en el cuartel. Pero en las frecuentes ocasiones en que Albareda estaba fuera de Burgos, se privaba de todas las comidas o tomaba muy poca cosa en un restaurante barato. Solía comprar unos cuantos céntimos de cacahuetes para que, cuando Casciaro le preguntara si había comido, pudiera contestarle que sí. Por las tardes, a veces, aceptaba tomar una peseta de tortilla en la cantina de la estación del ferrocarril; pero muchas otras, cuando Casciaro y Botella trataban de llevarle a que comiera algo, rehusaba, insistiendo en que no tenía hambre.

Muchos días, incluso, se privaba de beber agua. Una vez, Casciaro, que pensaba que Escrivá se estaba excediendo en su mortificación, le alcanzó un vaso de agua y le ordenó que lo bebiera. Cuando Escrivá lo rechazó, diciendo que se estaba extralimitando, Casciaro respondió que si no bebía el agua dejaría caer el vaso. Escrivá no cedía; soltó el vaso y se hizo añicos al caer. Imitando su tono de voz, Escrivá dijo pacientemente: “¡Rabioso!”. Unas horas más tarde, cuando se preparaban para ir a la cama, dejó caer, con afecto: “Lleva cuidado y no andes descalzo; no vaya a haber algún trozo de vidrio en el suelo”293.

A pesar de la negativa de Escrivá, Casciaro y Botella perseveraban en sus intentos de que se cuidara más y moderara su penitencia. A finales de abril de 1938, Escrivá escribió a Jiménez Vargas para que les hiciera desistir:

“Querido Juanito: Por muchos motivos, creí y continúo creyendo que conviene que me entreviste contigo. Sin embargo, si el Señor no lo arregla, Él siempre sabe más.

Antes de nada, como sé que estos pequeños te han enviado una famosa carta, en la que hablan de mi plan de vida, he de decirte que ellos van con la más recta intención, pero, sin darse cuenta, le hacen el juego al enemigo.

Y, naturalmente, ante las intromisiones -a veces, incluso un poco violentas- llenas de afecto y... desorbitadas, escarmentado por la experiencia de meses, en lugar de tratar el negocio de palabra, les puse unas líneas secas, a estos niños, y creo han escrito a Ricardo y te han escrito a ti.

Conste que yo -aunque no tengo en Burgos Director- nada he de hacer que suponga abiertamente peligro para la salud: no puedo, sin embargo, perder de vista que no estamos jugando a hacer una cosa buena..., sino que, al cumplir la Voluntad de Dios, es menester que yo sea santo ¡cueste lo que cueste!,... aunque costara la salud, que no costará.

Y esta decisión está tan hondamente enraizada -veo tan claro- que ninguna consideración humana debe ser obstáculo, para llevarla a efecto.

Te hablo con toda sencillez. Motivos hay: porque has convivido conmigo más que nadie, y de seguro comprendes que necesito golpes de hacha.

Por tanto hazme el favor de tranquilizar a estos pequeños, con un sinapismo de los tuyos”294.

Escrivá animaba a los miembros de la Obra y a las demás personas que dirigía espiritualmente a practicar el espíritu de penitencia y mortificación, especialmente en las pequeñas cosas de cada día. No sugería que siguieran los rigurosos ayunos y otras penitencias que él practicaba. Al contrario, se preocupaba de que comieran lo suficiente. En una carta de agosto de 1938 a sus hijos en Burgos, escrita mientras estaba de paso en Ávila, decía a Botella: “Me has de dar cuenta, al escribirme, de si meriendas o no: es una vergüenza que todavía hubiera, en el armario, unas latas de conserva. Que te compren botes pequeños de mermelada: un bote de esos, con un panecillo, puede solucionarte la 'obediencia' algunas tardes”295. Dirigiéndose a Casciaro, añadió: “Encárgate de eso y comprarle queso en porciones. Y los dos -tú te estás quedando en los huesos, con mucha elegancia- 'debéis' animaros y no dejar de merendar ni un solo día. ¿Está claro? A José María no le digo nada sobre este asunto, porque espero que no dará lugar: para eso no tiene tres añitos, como los otros”296.

De un Padre a sus hijos

El tono y el contenido de estas líneas reflejan el cariño de Escrivá por sus hijos en la Obra, un cariño que se muestra constantemente en sus cartas. Durante otro viaje escribió: “Cualquiera entiende al corazón: ¿queréis creer que, hasta última hora, anduve mirando a ver si llegabais antes de que arrancara el tren? Y ahora me queda el resquemorcillo de haber sido poco generoso con mi Señor Jesús, porque os dije que no vinierais a despedirme -y eso, siendo... 'malo', era bueno-, para después andar con el deseo de veros y de charlar unos minutos y abrazaros”297.

En junio, Fernández Vallespín, que había sido asignado al frente de Madrid, fue herido por la explosión accidental de una granada defectuosa. Tan pronto como recibió la noticia, Escrivá tomó un tren a Ávila y desde allí fue a un hospital próximo al frente, donde estaba siendo tratado de sus múltiples heridas. Poco después Escrivá se enteró de que el padre de Fernández Vallespín había muerto. En vista de la debilidad de Vallespín, y como no le sería posible asistir al funeral o visitar a su familia, decidió retrasar el momento en que se lo contaría. Algunos meses más tarde también se enteró de que le habían comunicado -equivocadamente, como luego se comprobó- que algunos otros miembros de su familia habían muerto. Escribió:

“Jesús te me guarde.

Mi muy querido Ricardo:

Acabo de colgar el teléfono, después de intentar inútilmente hablar contigo. El primer movimiento es ir a verte, con el autobús de mañana. No puede ser. Por eso, me decido a enviarte estas líneas.

¿A qué te voy a hablar de la participación que tengo en tu dolor, si todos tus dolores son dolores míos?

Supimos la muerte de tu padre (q.e.p.d.) casi cuando caíste herido. ¿Quién te iba a decir nada, entonces? Me limité a hacerle todos los sufragios que pude y a escribir (dos veces), para que estuvieran atendidos los tuyos económicamente. Otra cosa no se podía.

Las otras defunciones no las conocía: haré sufragios también. Dame tú los datos que sepas, y dime quién te las ha comunicado. De tu padre, se limitaban a decir: “falleció el padre de Ricardo, el 15 de abril”. Y nada más.

¡Cómo siento que no te pueda abrazar! Con el deseo, me pongo a tu lado, para decir al Señor: Fiat...

El pobre Josemaría querría decirte, sin llorar, que es ahora más Padre tuyo, si cabe.

Un abrazo muy fuerte y te bendigo”298.

El auxilio divino

Además de volcar su cariño en sus hijos del Opus Dei, Escrivá les recordaba sin cansancio que Dios les quería como Padre. Ayudados por la fe viva de Escrivá, los miembros de la Obra vieron el cuidado amoroso de Dios por ellos en las situaciones diarias. En más de una ocasión, sin embargo, la providencia divina se manifestó de una forma extraña. A finales de julio de 1938, un amigo contó a Escrivá que un alto funcionario del Ministerio de Hacienda, antiguo rival del padre de Casciaro en la política provincial, se disponía a denunciar a Casciaro. Le acusaba de haber cruzado las líneas para espiar e infiltrarse en un lugar tan sensible como el gabinete de cifra del cuartel general. Casciaro y Miguel Fisac, que estaba de paso en Burgos, intentaron persuadir a la esposa del funcionario para que convenciera a su marido de lo infundado de sus acusaciones. La visita no tuvo éxito.

En la mañana del 1 de agosto de 1938, Escrivá fue con Albareda a visitar al funcionario. Cuando las llamadas a su sentido de la justicia y a su compasión fallaron, Escrivá le avisó del daño espiritual que se estaba infligiendo y de la posibilidad de tener que responder ante Dios ese mismo día por sus obras. Las advertencias de Escrivá cayeron en saco roto. Refiriéndose al relevante puesto que había ocupado el padre de Casciaro en la política provincial en la República y sus supuestos crímenes durante la guerra, el funcionario repetía tozudamente “lo tienen que pagar, el padre o el hijo”. Albareda y Escrivá dejaron la oficina descorazonados.

Mientras bajaba las escaleras, Escrivá murmuraba para sí: “Mañana o pasado, entierro”. Unas horas más tarde, caminando por Burgos, Escrivá vio una esquela en la puerta de una iglesia para anunciar -como era costumbre en España en aquél tiempo- un funeral. El funeral era el de ese funcionario de cincuenta y un años, que había sufrido un repentino ataque y había muerto en su despacho aquella misma mañana, poco después de su encuentro con Escrivá y Albareda.

Cuando Casciaro regresó al hotel, Escrivá le relató, tan delicadamente como pudo, lo que había ocurrido. “Me dijo también que agradeciera a Dios el cuidado que había tenido de mí y de mi padre, aunque el hecho, en sí, fuera tan triste y doloroso (...). Desde aquel día he rezado durante toda mi vida por su alma, y por toda su familia. Estoy seguro de que, por la misericordia divina y la oración del Padre, goza de la Gloria de Dios; y de que el Señor le habrá premiado todas sus obras buenas y le habrá perdonado, sin duda, aquellos momentos de ofuscación, tan comprensibles en el clima turbulento de la guerra”299.

Grabado en piedra

Escrivá llevaba con frecuencia a jóvenes y mayores a pasear por la orilla del río Arlazón. En sus conversaciones, les insistía en que fuesen hombres de oración y que intentaran convertir todo lo que hicieran en trabajo de Dios. Para ilustrar el consejo, solía llevarlos a visitar las torres de la catedral gótica de Burgos. Muy por encima del nivel de la calle, donde apenas se podía ver, había “un auténtico encaje de piedra, fruto de una labor paciente, costosa”300. Mientras admiraban la bella ornamentación, Escrivá les recordaba que “aquella maravilla no se veía desde abajo”. Decía: “¡Esto es el trabajo de Dios, la Obra de Dios!: acabar la tarea personal con perfección, con belleza, con el primor de estas delicadas blondas de piedra. Comprendían, ante esa realidad que entraba por los ojos, que todo eso era oración, un diálogo hermoso con el Señor. Los que gastaron sus energías en esa tarea sabían perfectamente que desde las calles de la ciudad nadie apreciaría su esfuerzo: era sólo para Dios”301.

Adaptando la lección a las circunstancias específicas de los acompañantes, les urgía a que “aprovecharan el tiempo con tareas útiles; a que la guerra no constituyese como una especie de paréntesis cerrado en su vida; les pedía que no se abandonaran, que hicieran lo posible por no convertir la trinchera y la garita en una especia de sala de espera de las estaciones de ferrocarril de entonces, donde la gente mataba el tiempo, aguardando a aquellos trenes que parecía que no iban a llegar nunca”302.

Por tren y por carta

En la época de Burgos, Escrivá no se quedaba sentado esperando a la gente. Viajaba frecuentemente para ver a los miembros de la Obra y a quienes necesitaban especialmente su ayuda. A las pocas semanas de llegar a Burgos recibió la noticia de que Carlos Aresti, un antiguo residente de Ferraz, había sido gravemente herido y estaba en un hospital en Bilbao. Llegó justo a tiempo de ayudarle espiritualmente y permaneció con él hasta que murió.

En abril fue a Córdoba para visitar a un joven miembro de la Obra del que había perdido el contacto desde el comienzo de la guerra. Cuando fue a comprar el billete de vuelta, el empleado de la ventanilla le dijo que sólo quedaban de segunda clase y que era muy improbable que devolvieran alguno de tercera. Escrivá no tenía suficiente dinero: si iba en segunda, sólo podría llegar hasta Salamanca. Volvió a intentarlo más tarde después de haberse encomendado a su Ángel Custodio. El empleado, sorprendido, le dijo que en ese momento estaban disponibles doce de billetes de tercera. Llegó a Burgos al cabo de treinta y seis horas. Pasó dos noches sentado en los bancos de madera del maloliente y concurridísimo vagón de tercera clase, en el que se colaba por las ventanas el humo y el hedor del motor.

El 9 de mayo de 1938 partió al frente de Teruel para visitar a Jiménez Vargas. Aunque había salido de Burgos en el tren de la mañana, no llegó a Zaragoza hasta la medianoche, y todavía le quedaban unos 150 kilómetros para llegar. Necesitó cinco días para llegar a su destino. El viaje de vuelta fue igualmente lento. Hizo varias paradas en el camino para ver a otra gente. Cuando estuvo de regreso en Burgos era 25 de mayo.

Desde Burgos, Escrivá y los miembros de la Obra mantenían correspondencia con mucha gente. En marzo de 1938 volvieron a editar la sencilla hoja informativa “Noticias”, que habían estado mandando a los residentes y amigos de DYA durante el verano anterior a la guerra. Al principio, las imprimieron en León, gracias a la gestión de un sacerdote amigo que disponía de una primitiva máquina. Pero se rompió en octubre de 1938 y, desde entonces, tuvieron que elaborar la hoja informativa haciendo copias a carboncillo en la máquina de escribir.

En la circular se daban noticias sobre dónde estaba y qué hacía cada uno de los que se sabía algo. También, comentarios espirituales y palabras de ánimo. En el número de marzo, por ejemplo, Escrivá apuntaba: “La Revolución no ha interrumpido nuestra labor. Seguimos trabajando -como es natural y como es sobrenatural- con el mismo empeño de siempre. ¡Diez años de trabajo! Dentro del undécimo, que comenzará pronto, Jesús y yo esperamos mucho de vosotros. Ahora mismo en el cuartel, en la trinchera, en el parapeto, en el forzoso descanso del hospital, con vuestra oración y vuestra vida limpia, con vuestras contradicciones y con vuestros éxitos, ¡cuánto podéis influir en el impulso de nuestra Obra! Vivamos una particular comunión de los santos: y cada uno sentirá, a la hora de la lucha interior, lo mismo que a la hora de la pelea con las armas, la alegría y la fuerza de no estar solo”303.

En mayo, el mes que la Iglesia dedica a la Virgen María, les recomendaba: “Sale este número de 'Noticias' en pleno mes de mayo, mes de María. Cansados estáis de leer y oír contar que nunca los cruzados se lanzaron a la lucha sin encomendarse de un modo especial a la Señora. Tal vez este mes sea singularmente duro para algunos: noches de parapeto, largas caminatas, cansancio... Y en todo caso no faltarán cosas pequeñas: todo esto vamos a ofrecerlo en sustitución ventajosa de aquellas flores que siempre adornaban la imagen de la Santísima Virgen -Spes nostra, Sedes Sapientiae- en nuestro oratorio de Ferraz. ¡Que ella os guarde!”304.

Además de enviarles la hoja informativa cada mes, Escrivá, Casciaro y Botella mandaban muchas cartas personales a antiguos residentes y amigos, especialmente a aquellos que se encontraban en situaciones difíciles. En junio de 1938 Escrivá decía a Alejandro de la Sota, que había caído enfermo: “No sé a qué atribuir tu silencio. Pienso que quizá continúas enfermo... y eso no te excusa, porque, sabiendo cuánto y cómo se te quiere, puedes desahogarte con cartas largas y hondas, seguro de que te habrían de entender y sabríamos escribirte con frecuencia otras cartas de la misma extensión e intensidad.

¡Alejandro! Conste, pues, que espero pronto noticias tuyas (...). Si tú no vienes, me basta saber que deseas que vaya a verte, para que me tengas pronto por esa bendita Galicia. Tú tienes la palabra.

Acuérdate de aquella 'teoría', que os explicaba en Madrid, y ponla en 'práctica': Di muy bajito: 'Bendito sea el dolor, amado sea el dolor, santificado sea el dolor, ¡glorificado sea el dolor!'”305.

En algunas ocasiones, en las cartas a sus hijos, especialmente a aquellos que se habían unido a él hacía más tiempo, Escrivá les abría el corazón y les dejaba ver algo de su vida interior y de oración. En una carta a Jiménez Vargas a comienzos de junio de 1938, por ejemplo, escribía: “Esta mañana, camino de las Huelgas, a donde fui por hacer mi oración, he descubierto un Mediterráneo: la Llaga Santísima de la mano derecha de mi Señor. Y allí me tienes: todo el día entre besos y adoraciones. ¡Verdaderamente que es amable la Santa Humanidad de nuestro Dios! Pídele tú que Él me dé el verdadero amor suyo: así quedarán bien purificadas todas mis otras afecciones. No vale decir: ¡corazón, en la Cruz!: porque, si una herida de Cristo limpia, sana, aquieta, fortalece y enciende y enamora, ¿qué no harán las Cinco abiertas en el madero? ¡Corazón, en la Cruz!: Jesús mío, ¡qué más querría yo! Entiendo que, si continúo por este modo de contemplar (me metió san José, mi Padre y Señor, a quien pedí que me soplara), voy a volverme más chalao que nunca lo estuve. ¡Prueba tú!”306.

 


 

A terminar el verano de 1938, no se veía en el horizonte el final de la guerra. La victoria de los nacionales parecía segura, de no haber una intervención internacional a gran escala a favor de la República. En otoño el grupo de Burgos creció gracias a la llegada de del Portillo y otros miembros de la Obra que habían conseguido escapar de Madrid y cruzar el frente. Su peripecia se cuenta a continuación.

Introducción. Opus Dei
La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)
Los primeros años (1902-1925)
Años de preparación (1925-1928)
Los primeros pasos (1928-1930)
El ambiente se torna hostil (1931)
Nuevas luces (1931)
Intentos de abrir camino (1931-32)
Poner los cimientos (1933)
El primer centro (1933-1934)
Obstáculos y crecimiento (1934-1935)
Planes de expansión (1935-36)
Los comienzos de la Guerra Civil (julio de 1936 — marzo de 1937)
Huida en el Madrid revolucionario (julio 1936 - marzo 1937)
Las últimas etapas de la Guerra Civil (marzo 1937—abril 1939)
En la Legación de Honduras (marzo - octubre 1937)
El paso de los Pirineos (octubre-diciembre 1937)
La época de Burgos (diciembre 1937 - octubre 1938)
En Madrid y en Burgos (octubre 1937-marzo 1939)
España en una Europa en Guerra (1939 - 1945)
Reconstrucción y expansión en Madrid (1939 - 1940)
Expansión fuera de Madrid (1939-1942)
Vuelve a empezar la labor con las mujeres (1939-1943)
Oposición y nuevo desarrollo (1940-1943)
Epílogo