El paso de los Pirineos (octubre-diciembre 1937)

Incluso con un guía, cruzar los Pirineos sería una empresa difícil y peligrosa. El padre Recaredo Ventosa García, un refugiado de la Legación de Honduras con quien Escrivá se había confesado cada semana durante su estancia allí, trató de disuadirlo de intentar la travesía, pero Escrivá no veía ningún otro medio de ejercer abiertamente su ministerio sacerdotal y su trabajo para sacar adelante el Opus Dei. Urgido por Zorzano y los demás miembros del Opus Dei, se decidió a intentarlo, incluso aunque eso significara dejar atrás a su familia y a algunos miembros de la Obra.

Madrid-Valencia-Barcelona

Después de mucho discurrir y grandes esfuerzos para reunir el dinero necesario, trazaron un plan realizable. Escrivá, Albareda, Jiménez Vargas, Sainz de los Terreros y Alvira intentarían llegar a Valencia, donde se encontrarían con Casciaro y Botella. Desde allí irían a Barcelona, donde contratarían a los guías que los llevaran al sur de Francia.

Para octubre habían juntado algo de dinero, procedente de regalos y de préstamos de amigos y parientes. El resto de los fondos procedía del dinero que habían conseguido anteriormente para la nueva residencia. Siendo optimistas, la cantidad era apenas suficiente para llegar a Barcelona y pagar a los guías. Después de haber hecho todo lo posible para reunir más dinero, decidieron confiar en la Providencia.

Además del dinero, también necesitaban documentos de identidad, certificados de adhesión al régimen y salvoconductos con los que moverse por la zona republicana. Hacia octubre todos los miembros del grupo tenían algún documento de identidad. Escrivá continuaba usando los papeles que obtuvo en la Legación de Honduras. Albareda tenía su carnet de profesor de una escuela pública. El resto había adquirido documentos más o menos satisfactorios por medio de diversos personajes oscuros. Los certificados de afiliación a algún partido republicano fueron proporcionados por funcionarios de sindicatos anarquistas que, deseosos de aumentar el número de sus miembros en Madrid, no eran particularmente exigentes a la hora de expedirlos. En enero de 1937, el Gobierno había empezado a evacuar de Madrid a la población no imprescindible, ya que era difícil abastecer de alimentos a la ciudad. Por esta razón, fue fácil obter los salvoconductos para dejar la capital.

Aunque se tuvieran todos los papeles en regla, era difícil viajar porque los trenes con destino o salida de Madrid habían sido cancelados. A primeros de octubre, Jiménez Vargas consiguió meterse en un camión de vino y llegó a Valencia, donde comunicó a Casciaro y Botella que Escrivá y los otros llegarían en los próximos días.

Casciaro había sido reclutado por el ejército republicano en junio de 1937 a pesar de su visión deficiente. Fue destinado a oficinas en Valencia. Botella pasó en la ciudad todo el primer año de la guerra y trabajaba en el Instituto Municipal de Salud Pública. Se alegraron mucho al ver a Jiménez Vargas después de más de un año de separación y al saber que Escrivá y los otros pronto llegarían a Valencia.

Escrivá, Albareda, Sainz y Alvira consiguieron un coche y gasolina suficiente para viajar hasta allí. Fueron detenidos por un control de milicianos en un puerto de montaña, pero, después de revisar los documentos del conductor, les dejaron marchar sin hacer más preguntas. El 8 octubre de 1937 llegaron a Valencia, donde, emocionados, se encontraron con Casciaro y Botella.

En sus conversaciones con Casciaro y Botella, Escrivá les transmitió la convicción de que Dios estaba empeñado en que la Obra se realizase, pero que ellos debían poner de su parte todo lo que pudieran para contribuir a su crecimiento. Más tarde, esa misma noche, Jiménez Vargas repitió el mensaje, haciendo hincapié en que la juventud no era una excusa para no tomar en serio el Opus Dei. Después de que les dejara, los dos compararon sus notas y llegaron a la conclusión, en palabras de Casciaro, de “que hoy hemos dejado de ser un par de jovenzuelos inconscientes y que no tenemos más remedio que comenzar a ser hombres responsables”262.

El profesor Sellés, que había dado refugio a Escrivá en Madrid el otoño anterior, se había trasladado a Valencia y le alojó aquella noche. A la mañana siguiente, Escrivá celebró Misa en casa de Sellés. Pidió a Casciaro y a Botella que trataran de encontrar unos dulces para los niños y algún juguete para la hija pequeña del profesor, y así agradecerle su hospitalidad.

El grupo de Madrid quedó con Casciaro y Botella para almorzar en un restaurante frecuentado por soldados y milicianos. Mientras comían, entró una patrulla y empezó a pedir los documentos a alguien de cada mesa. Casciaro se echó a temblar, pero Escrivá le dijo en voz baja que mantuviera la calma y rezara a los Ángeles Custodios. Cuando los milicianos llegaron por fin a su mesa, sólo le pidieron la documentación a Casciaro, el único que la tenía totalmente en regla.

Aquella tarde, Escrivá, Albareda, Jiménez Vargas, Alvira y Sainz tomaron el tren nocturno a Barcelona. Quedaron de acuerdo con Casciaro y Botella en que les avisarían si encontraban medio de que ellos también cruzaran a la otra zona. Al arrancar el tren, Escrivá sonrió y, con la mano en el bolsillo de la chaqueta, les bendijo.

En Barcelona, Albareda se alojó con su madre. Los otros cuatro encontraron habitación en un hotel. Trabaron relaciones con un contrabandista conocido como “Mateo el lechero”, que estuvo de acuerdo en organizar la travesía hasta Andorra. Desde allí, podrían cruzar fácilmente a Francia y llegar a la zona nacional.

Unos cuantos días después de su llegada, enviaron un telegrama a Casciaro para que fuera al día siguiente. Confiaban en que sabría buscar una excusa para ausentarse. Casciaro pensaba que era la señal para unirse al grupo que intentaría pasar a la zona nacional y decidió no perder el tiempo pidiendo un permiso. Desertaría. Días antes, estando solo en la oficina, había tomado unos cuantos salvoconductos en blanco con el sello del coronel. Falsificó un permiso de varios días, abandonó el cuartel y tomó el tren nocturno a Barcelona.

Ya en Barcelona, Casciaro comprobó que le habían avisado no para unirse al grupo en su intento de fuga, sino para que aprendiera el modo de contactar con un guía y organizara la huida de otro grupo más adelante. Se informó con detalle y regresó a Valencia. En el camino de vuelta intentó desesperadamente encontrar una excusa plausible para justificar su ausencia, pero no se le ocurrió ninguna. Se encomendó a su Ángel Custodio y regresó al cuartel dispuesto a sufrir las consecuencias. Afortunadamente, el joven soldado, que tenía una buena hoja de servicios, le era simpático al coronel y éste le impuso el mínimo castigo posible, dieciséis días en una prisión militar. Tan leve castigo era tan inusual que el coronel encontró en toda Valencia una sola celda que se pudiese cerrar con llave. Casciaro cumplió las primeras veinticuatro horas de su condena en un almacén sin ventanas de su barracón, bajo la vigilancia de unos guardias armados.

En Barcelona, las cosas iban despacio y los escasos fondos del grupo se iban agotando a un ritmo alarmante. Originariamente, planearon permanecer en la ciudad durante tan sólo unos pocos días, pero los tratos con los guías llevaron mucho más tiempo del esperado. Cuando finalmente parecía que todo estaba arreglado, hubo un nuevo retraso a causa de las lluvias torrenciales que provocaron inundaciones en la zona de las montañas que deberían cruzar. Casciaro todavía permanecía prisionero cuando, el 25 de octubre de 1937, Jiménez Vargas fue a Valencia para contarle a él y a Botella el cambio de planes e invitarles a unirse al grupo que intentaría cruzar los Pirineos. Mientras esperaba la salida de prisión de Casciaro, Jiménez Vargas viajó a Daimiel, donde Miguel Fisac, otro estudiante de Arquitectura, se había escondido desde el comienzo de la guerra. Cuando Fisac se enteró de sus planes de huida, decidió unirse al grupo.

El 31 de octubre de 1937 Casciaro salió de prisión y volvió a desertar. Usando los salvoconductos en blanco que había sustraído anteriormente, Botella había falsificado los permisos que les autorizaban a él mismo, Casciaro y Fisac a viajar durante unos días a Barcelona por asuntos familiares. Los tres y Jiménez Vargas tomaron el tren de mediodía a Barcelona, pero a causa de las inundaciones tuvieron que bajarse en Amposta, donde pasaron la noche. Cruzaron el río Ebro al día siguiente en un carro tirado por un burro y reanudaron el viaje en el tren que les esperaba al otro lado. Llegaron a Barcelona bien entrada la noche del 1 de noviembre de 1937.

Espera sin fin en Barcelona

Llegado el grupo de Valencia, parecía que la partida sería inminente, pero el arresto y ejecución de los miembros de otro grupo, capturado mientras trataban de escapar hacia Andorra, hizo que los contrabandistas no dieran señales de vida durante dos semanas.

La comida en Barcelona escaseaba, incluso para gente con dinero y cartillas de racionamiento. En el edificio donde se alojaban, había una familia de buena posición, cuyo hijo de seis años solía hacer cola durante horas para comprar cigarrillos, que luego cambiaba a un soldado por una ración del mal pan suministrado a las tropas. El perro de la familia con la que Casciaro y los otros residían estaba tan famélico que un día se comió el cinturón de cuero de Casciaro, un par de calcetines que Botella había dejado en el baño y la única pastilla de jabón que tenían.

Los miembros del grupo de Escrivá no disponían de cartillas de racionamiento y hubiera sido peligroso intentar obtenerlas. No tenían dinero suficiente para comer los ocho en un restaurante o comprar alimentos en el mercado negro. La mayor parte de los días el desayuno consistía en una malta aguada con dos o tres pequeñas galletas saladas. Normalmente solo hacían otra comida más, y ésta era poco más sustanciosa que el desayuno. A veces almorzaron en un restaurante, más o menos limpio, donde servían carne de burro con setas estofadas, aunque las raciones eran minúsculas. Casi a diario iban a un pequeño y sucio restaurante donde la comida era menos refinada, pero las raciones más generosas. Escrivá guardaba a menudo sus galletas del desayuno o parte de su escasa cena para dárselas a los niños de la familia con la que se alojaban.

Un día Sainz vio un letrero en el escaparate de un restaurante que anunciaba que al día siguiente se serviría yogur. Jiménez Vargas, el médico del grupo, aconsejó que se gastara un poco más en este nutritivo alimento que ayudaría a fortalecerles para la ardua caminata a través de los Pirineos. Mientras disfrutaban de este manjar, la policía entró y empezó a ir de mesa en mesa, comprobando los documentos de todos. La situación era crítica. En tiempo de guerra, se solían expedir los permisos militares para cortos periodos. Para no levantar sospechas, Botella había rellenado sus pases para sólo unos días. A medida que su estancia en Barcelona se alargaba, se habían visto obligados a cambiar las fechas varias veces, raspando con una hoja de afeitar los dígitos antiguos y escribiendo los nuevos. Los cambios eran evidentes con un examen detenido de los documentos o con una simple mirada al trasluz. Escrivá y sus compañeros se encomendaron confiadamente a sus Ángeles Custodios, mientras trataban de charlar como si nada ocurriera. Cuando sólo faltaba su mesa por ser inspeccionada, la policía salió sin pedirles sus documentos.

Escrivá se enteró por el periódico de que un antiguo compañero de la Facultad de Derecho de Zaragoza, Pascual Galbe, ejercía como juez en el Tribunal de Segunda Instancia de Barcelona. Galbe siempre había manifestado que no era creyente, pero habían sido buenos amigos y Escrivá tenía ganas de verle. Alvira había sido compañero de clase de Galbe en el instituto y le dijo que Escrivá estaba en la ciudad y que le gustaría visitarle. Galbe invitó a Escrivá a comer a su casa. Cuando se encontraron, Galbe se mostró muy emocionado y se ofreció para ayudarle a escapar.

Escrivá declinó su ofrecimiento, ya que ayudarle podía poner en peligro a la familia de Galbe. Entonces, su amigo dijo que le encontraría un trabajo como letrado en el tribunal, pero Escrivá también declinó esa oferta: “No he ejercido antes la profesión de abogado porque me interesaba sólo ser sacerdote, ¿y voy a hacerlo aquí, donde me dais un tiro por el solo hecho de ser cura?”263. La conversación giró hacia la religión. Cuando Galbe expresó su escepticismo, Escrivá le urgió con fuerza a estudiar el tema más profundamente: “La lectura de un par de libros te hacen decir esas cosas; una gran cantidad de hombres de inteligencias extraordinarias han escrito muchos libros sobre estas cuestiones. Cuando hayas leído unos cuantos de ellos, podrás hablar con conocimiento de causa”264.

Galbe invitó a Escrivá a continuar su conversación esa misma tarde, en su oficina del tribunal. Cuando se dio cuenta de que Escrivá estaba resuelto a intentar la huida a través de los Pirineos, le hizo a presenciar el juicio de alguien que había sido capturado y fue condenado a muerte. Le explicó que había órdenes de disparar a matar; y le dijo que si le cogían se hiciera pasar por su hermano, por si podía hacer algo por él.

Los días de espera se habían transformado en semanas y empezaba a ser difícil para grupo de Escrivá no levantar sospechas. El gobierno republicano se había trasladado recientemente de Valencia a Barcelona, y el traslado provocó un incremento de la vigilancia. Para dar la impresión de que habían sido desplazados de sus hogares y de que habían encontrado empleo en Barcelona, Escrivá y sus compañeros dejaban cada día el piso donde se alojaban como si fueran al trabajo. Pasaban gran parte del día caminando por la ciudad. En esos paseos, hacían su oración y rezaban el Rosario. Todas las iglesias habían sido cerradas por orden del Gobierno, pero cuando pasaban delante de una, hacían actos de abandono en las manos de Dios y rezaban comuniones espirituales. Además de que estar en la calle era más seguro que permanecer encerrados en un piso, las idas y venidas por la ciudad fueron un buen entrenamiento para la dura travesía de montaña que se avecinaba. De todas formas, la falta de comida les impidió aumentar mucho su fuerza física.

Mientras esperaban una oportunidad para dejar Barcelona, Escrivá ejercía el ministerio sacerdotal en la medida de sus posibilidades. Un día, un viejo amigo de Zaragoza le dijo que su madre, maestra en un pueblo cercano, llevaba un año sin recibir los sacramentos por no disponer de un sacerdote. Inmediatamente Escrivá se ofreció a tomar, acompañado por otros miembros del grupo, el autobús al pueblecito costero donde vivía aquella mujer.

El autobús les dejó cerca de la playa y se acercaron hasta el agua. Alvira relata: “Al volver la vista, pude ver al Padre con la vista puesta en el mar y diciendo, en voz alta: 'Salve, Regina, Mater...'. Todos seguimos el rezo de la Salve.

A mí me produjo una gran impresión ver aquella presencia de la Virgen en el Padre. Para todos nosotros, las aguas del mar habían sido un motivo de contento, de admiración ante el paisaje. Para el Padre había sido algo más: el mar le había recordado a la Virgen, y la saludaba con la Salve”265.

Escrivá fue a la casa de esa señora y la confesó. En el camino de vuelta, un ataque aéreo de los nacionales les hizo bajar del autobús para resguardarse en el campo. Al final, regresaron a Barcelona sanos y salvos.

Escondidos en el bosque de Rialp

Su guía, Mateo el Lechero, restableció el contacto el 16 de noviembre de 1937, y les dijo que todo estaba preparado para el 19. Tomarían un autobús hacia un punto que se encontraba a unos 100 kilómetros al noroeste de Barcelona. Allí empezaría su intento de alcanzar Andorra.

Para el primer tramo se dividieron en tres grupos. Escrivá, Albareda y Jiménez Vargas, que eran suficientemente mayores para no levantar demasiadas sospechas, partirían el 19 y tomarían el autobús hasta Oliana, un pueblo a 40 kilómetros de Andorra en línea recta. Casciaro, Botella y Fisac, que estaban en edad militar, y por tanto corrían más riesgo de ser interrogados, tomarían el mismo autobús, pero se bajarían en Sanahuja, a unos 15 kilómetros de Oliana. Seguirían camino campo a través para evitar el control de Basella, ya que allí, debido a la proximidad de Andorra, sus documentos serían rigurosamente inspeccionados. Alvira y Sainz se unirían dos días después para evitar que viajaran juntas demasiadas personas en edad militar, lo cual también habría sido sospechoso.

Escrivá, Albareda y Jiménez Vargas llegaron a Oliana sin problemas. Allí les recogió Antonio Bach Pallarés, un relojero que también era secretario del pueblo, cartero y sacristán de la parroquia. Les condujo a Peramola, a una hora de camino, donde pasarían la noche en un pajar propiedad del alcalde.

El plan previsto era que Casciaro, Botella y Fisac se les unieran una horas después en el granero, pero cuando, poco antes del alba, Bach regresó con su hijo Paco, de 14 años, los tres jóvenes aún no habían llegado. Bach intentó tranquilizar a Escrivá asegurándole que llegarían pronto, pero insistió en que él y sus compañeros debían partir antes de que se hiciera de día. Al amanecer todavía no habían llegado, así que Escrivá dejó una nota esperanzadora, en la que pedía a Casciaro que realizara un dibujo a lápiz de Paco, como prueba de agradecimiento. Partieron hacia Vilaró, a unos 5 kilómetros de distancia. Allí les salió al encuentro Pere Sala, de cincuenta años, con una escopeta de cazador al hombro. Escrivá celebró Misa inmediatamente, a la que asistió la familia de Sala.

Las horas pasaban y Escrivá, Albareda y Jiménez Vargas estaban muy preocupados por la suerte de Casciaro, Botella y Fisac. Hasta la mañana siguiente no supieron que habían alcanzado Peramola la noche anterior y que se les unirían ese día. Escrivá continuó ayunando para poder decir Misa para ellos tan pronto como llegaran.

Se reunieron el 21 de noviembre a mediodía y relataron su aventura. El plan consistió en que uno de ellos llevaría un periódico y murmuraría una contraseña acordada con su guía en Sanahuja. Casciaro, el que se suponía que tenía que decir la contraseña, estaba tan nervioso que empezó a tartamudear y no podía pronunciarla. Cuando finalmente lo hizo, un joven pelirrojo se puso a su altura y, sin mirarle, les dijo en un susurro que le siguieran. Después de caminar por la carretera un rato, se metió en la espesura y ellos fueron detrás. Cuando trataron de comunicarse con él, descubrieron que no hablaba castellano ni catalán.

Se lanzaron campo a través alrededor de las tres de la tarde y tendrían que haber llegado a Peramola al anochecer. A medianoche la ciudad no estaba a la vista y el guía estaba irremediablemente perdido. Botella trató de ayudarle a reencontrar el camino, señalando por dónde se había puesto el sol. Tras más de veinticuatro horas de camino a través de los bosques, encontraron el granero de Peramola. Durmieron durante unas horas y continuaron su camino hasta la granja de Sala en Vilaró.

Casciaro, Botella y Fisac, junto a Escrivá, Albareda y Jiménez Vargas, pasaron la noche del 12 de noviembre de 1937 en lo que había sido la rectoría de la parroquia de Pallerols, a dos o tres kilómetros de Vilaró. Ambas, la iglesia y la rectoría, habían sido saqueadas. Su guía les instaló en una pequeña habitación del piso de arriba que tenía la ventana tapiada y el suelo cubierto de paja.

A la luz vacilante de una vela, Casciaro vio en la cara de Escrivá una expresión tan ansiosa y abatida como nunca desde que le conocía. Escrivá y Jiménez Vargas discutían en voz baja, pero apasionadamente. Botella estaba más cerca y pudo oír parte de la conversación. Le dijo a Casciaro que Escrivá se sentía incapaz de seguir adelante al pensar en los peligros que estaban pasando los miembros de la Obra en Madrid y que quería volver a la capital.

Escrivá pasó la noche en oración, llorando silenciosamente, roto, debatiéndose entre la necesidad de libertad para ejercer el ministerio sacerdotal y llevar adelante el Opus Dei y el pensamiento de que debía compartir el destino de los miembros de la Obra y los de su propia familia que permanecían en Madrid. Sumido en esta tremenda prueba interior hizo algo que nunca antes había hecho: pedir un signo extraordinario para resolver su dilema. Movido por su devoción a la Virgen María, a la que se invoca como Rosa Mística, le pidió que le diera una rosa de madera estofada si Dios quería que siguiese en su intento de cruzar a la otra zona de España.

Cuando despertaron a la mañana siguiente y comenzaron a prepararse para la Misa, Escrivá continuaba muy preocupado. Durante la noche, en su discusión, Jiménez Vargas le había dicho: “A usted le llevamos al otro lado, vivo o muerto”266. Esa mañana, ni Jiménez Vargas ni nadie dijo una palabra. Escrivá dejó la habitación en solitario, probablemente para rezar en la destrozada iglesia. Al regresar era otro, su cara estaba radiante de felicidad y de paz. En su mano sostenía una rosa de madera estofada. En 1936 los milicianos habían saqueado la iglesia y quemado el retablo. La rosa, que probablemente había formado parte del marco de rosas alrededor de la imagen de Nuestra Señora del Rosario, había sobrevivido. Escrivá lo entendió como la señal del cielo que había solicitado.

Escrivá raramente hablaba de este suceso. Cuando se le preguntaba por la rosa, normalmente cambiaba el tema de conversación o se limitaba a comentar que la Virgen es la Rosa Mística. Del Portillo, su más estrecho colaborador y primer sucesor, explicó por qué Escrivá no solía hablar sobre esta u otras gracias extraordinarias que había recibido: “En primer lugar, por humildad, porque era el protagonista de estos hechos, el que recibía esas gracias, esos mimos de Dios, de los que ha habido muchos en la historia de la Obra. Y, por otra parte, no le interesaba divulgar ni entre sus hijos estas caricias del Señor, para que todos nosotros supiésemos y viésemos que hay que hacer el Opus Dei no por 'milagrerías', sino porque es Voluntad de Dios”267.

Después de la Misa, apareció Sala con Alvira y Sainz, que habían salido de Barcelona dos días después que los demás y habían realizado el viaje sin ningún incidente. El grupo ya estaba al completo. Sala les condujo tres o cuatro kilómetros a través del denso bosque de Rialp. Allí se esconderían mientras los guías terminaban de reunir a un grupo más amplio con los que intentarían cruzar los Pirineos hacia Andorra. Llegaron hasta un refugio, parcialmente excavado en la tierra y techado con troncos y ramas. Lo llamaron “La cabaña de San Rafael”, en honor al Arcángel al que se encomienda el apostolado del Opus Dei con la juventud. Ahí estarían relativamente seguros. El bosque era espeso y por allí paraban muchos refugiados, algunos de los cuales iban armados, así que las patrullas de milicianos rara vez entraban.

De lo que el bosque carecía, no obstante, era de comodidades. La comida continuaba siendo escasa y, a finales de noviembre, el aire era frío y húmedo. Sala les había provisto de una delgada manta de algodón por cada dos refugiados. La primera noche encendieron un fuego, pero, como debían ocultar su posición, lo hicieron dentro de la pequeña cabaña, que pronto se llenó de humo. Prefirieron, en vez de eso, afrontar el frío. Para terminar de empeorar las cosas, también descubrieron que los anteriores inquilinos habían dejado el lugar lleno de piojos.

Como había hecho en la Legación de Honduras y en Barcelona, Escrivá elaboró un horario completo que incluía Misa, oración mental, Rosario y otras prácticas de piedad; caminatas para mantener la forma física, clases impartidas por algunos de ellos, tertulias y tiempo para la limpieza de la cabaña. Una persona estaba a cargo de la leña, otra de llevar un diario, y una tercera de tener en orden la cabaña. Casciaro escribe que en ese tiempo “no llegué a entender por qué empleábamos tanto tiempo en el aseo de nuestra cabaña y sus alrededores; por qué nos afanábamos tanto en mantener tan pocas cosas en tan meticuloso orden y, en general, por qué estábamos tan atareados en ocupaciones que, a veces, me parecieron innecesarias”268. La razón principal residía en el que espíritu del Opus Dei exige aprovechar bien el tiempo y cuidar los detalles pequeños por amor a Dios, como medios de crecer en santidad. Pero Escrivá también insistía en estas cosas para tener a todos ocupados, y así evitar la impaciencia, la pereza y el descorazonamiento que podía haberles invadido fácilmente mientras los días pasaban sin una idea clara de cuánto tiempo deberían permanecer escondidos en el bosque.

En las tertulias, Escrivá no hablaba de la marcha que les aguardaba, sino del futuro crecimiento de la Obra, de su expansión a otras ciudades de España y del mundo, y de las actividades apostólicas que promovería. “Soñad”, les decía, “y os quedaréis cortos”. El contraste entre la grandiosa visión de futuro de Escrivá y su situación de fugitivos en medio de un bosque difícilmente podría haber sido más claro. Sin embargo, Jiménez Vargas recordaría más tarde que lo que Escrivá proponía les llegaba, no como un sueño, sino como planes realistas para empresas específicas, por arriesgadas u optimistas que parecieran.

El grupo pasó una semana en el bosque. El invierno se acercaba y con él la probabilidad de encontrar nieve en mayores altitudes. Esto les preocupaba en gran medida. La nieve podía hacerles más visibles y dificultar mucho la marcha. Ninguno de ellos estaba físicamente preparado para la prueba. Desde el comienzo de la guerra, Escrivá había perdido mucho peso y su condición física en general se había deteriorado considerablemente. Las bajas temperaturas podían desencadenar otro ataque de reumatismo como el que le había dejado incapacitado durante casi dos semanas un año antes, cuando estaba escondido en la clínica del doctor Suils.

Ninguno tenía equipo adecuado para caminar por la montaña en ninguna época del año y mucho menos en invierno. Jiménez Vargas había comprado a Escrivá un par de botas de suela de goma que parecían apropiadas, pero que luego demostraron no serlo. Los demás calzaban alpargatas. El resto de la ropa no era mucho mejor.

En la noche del 27 de noviembre de 1937 apareció Sala, no con el estofado de ardilla que esperaban para la cena, sino con la orden de hacer el equipaje y partir. Había llegado el momento de salir del bosque hacia la frontera con Andorra.

A través de los montes

El grupo caminó durante unos cuantos kilómetros y paró para esperar a los demás que debían unirse. Mientras estaban sentados en la oscuridad, a Escrivá le atormentaron de nuevo las dudas. Encontrar esa rosa estofada en Pallerols le había convencido de que no ofendía a Dios al escapar a la zona nacional, pero ahora sentía de nuevo un impulso poderoso de regresar a Madrid para compartir la suerte de quienes había dejado atrás. Jiménez Vargas le agarró por el hombro para obligarle a seguir caminando si era necesario. Sin embargo, cuando llegaron los fugitivos a quienes esperaban y se dio la voz de continuar, Escrivá comenzó a andar sin protestar.

Unas horas después, en una cueva que estaba a dos kilómetros al norte de Peramola, se encontraron con “Antonio”, un contrabandista de veintitrés años que les guiaría a Andorra. Antonio, cuyo verdadero nombre era Josep Cirera, se dirigió a los hombres sentados a sus pies a la luz de una vela: “Aquí mando yo, y los demás a hacerme caso. Andaremos en fila, de uno en uno. Y no hablar: no quiero nada de ruidos. Cuando yo tenga que avisar algo se lo diré a los primeros de la fila, y os lo iréis diciendo unos a otros. Que nadie se pare ni se detenga. Si alguno se pone malo y no puede seguir, se quedará en el camino. Si alguno quiere acompañarle, se quedará también”269.

Más de uno tembló, temiendo lo que se avecinaba. Los de la Obra pensaron en Escrivá. Tenían plena confianza en que Dios les ayudaría, pero estaban convencidos de que su primera misión era asegurarse de que el fundador llegara a Andorra a salvo.

Dejaron la cueva y, en medio de una densa niebla, empezaron la ascensión como pudieron entre pinos y robles. A cada cruce de caminos, crecía la linea de fugitivos. Escrivá, que iba inmediatamente detrás de Cirera, consiguió pronto romper el silencio del guía y hacer buenas migas con él.

Llegaron a la cañada de Ribalera poco después de la salida del sol del domingo 28 de noviembre de 1937 y pasaron el día allí. En ese momento, el grupo había crecido hasta tener más de veinte miembros. A pesar de las maldiciones y blasfemias que se habían pronunciado durante la marcha de la noche anterior, Escrivá anunció: “Voy a decir Misa: el que no quiera estar respetuoso que no asista”270.

Sirvieron de altar dos piedras pegadas a la pared del barranco puestas una encima de otra, pero estaban tan bajas que Escrivá tuvo que decir la Misa de rodillas. Antoni Dalmases, un estudiante catalán que se incorporó al grupo, anotó en su diario sus impresiones de esta Misa: “Sobre una roca y arrodillado, casi tendido en el suelo, un sacerdote que viene con nosotros dice la Misa. No reza como los otros sacerdotes de las iglesias. Habla las oraciones en voz alta, llora casi y nosotros le imitamos, unos tendidos, otros arrodillados, otros medio sentados, aquel de pie, agarrados a las piedras para no caernos. No se oye más que al Padre. Sus palabras claras y sentidas se meten en el alma. Nunca he oído Misa como hoy, no sé si por las circunstancias o porque el celebrante es un santo”271.

Hacia las cuatro de la tarde, después de tan sólo unas horas de descanso, Cirera dio la orden de partir. Normalmente prefería viajar de noche para no ser vistos por las patrullas de los milicianos, pero tenían por delante el Monte Aubens de 1.583 metros. La subida era muy pronunciada y traicionera, por lo que decidió que debían llegar a la cima antes del anochecer.

Alvira desfalleció al empezar la parte más dura del ascenso. Cirera dio la orden de abandonarle y de seguir subiendo para alcanzar la cima antes de la caída de la noche. El guía dijo que, aunque Alvira lograra coronar el Aubens, no podría resistir las largas marchas y ascensiones que les aguardaban. Escrivá cogió a Cirera por el brazo y se apartó con él unos pasos. Casciaro alcanzó a oír algunos retazos de su conversación, arrastrada por el viento: “Piense, Antonio, que se trata de un hombre muy valioso, de un verdadero sabio de fama internacional, que ha hecho mucho bien a su patria y aún le queda mucho por hacer; usted es hombre de corazón; tenga paciencia y deje que le ayudemos hasta escalar la cima del monte; yo le aseguro que se repondrá después, aprovechando el primer descanso que tengamos y podrá seguir caminando normalmente; usted tendrá la satisfacción el día de mañana de haber salvado la vida de un hombre excepcional...”272.

Cirera, que años más tarde comentaría que Escrivá “era un hombre muy persuasivo”, cedió. Alvira se sentía incapaz de continuar, pero Escrivá le infundió ánimos. “No hagas caso. Tú seguirás con nosotros como los demás, hasta el final”273.

Con ayuda del resto del grupo, Alvira se puso en pie dificultosamente. Alcanzaron la cima Aubens justo cuando la noche estaba cayendo. Después de un corto y frío descanso en la hierba, comenzaron el descenso por la cara norte de la montaña. El sendero era empinado y resbaladizo y tenían que agarrarse a los arbustos espinosos para no caer. En un momento determinado, Jiménez Vargas resbaló fuera del camino y comenzó a rodar pendiente abajo hacia el río que podía oirse al fondo. Uno del grupo corrió por la ladera para rescatarlo del río. Lo encontró sano y salvo.

Pasaron el resto de la noche del 28 de noviembre de 1937 caminando hacia Casa Fenollet, cerca del pueblo de Montanisell, donde pasarían las horas del día. Anduvieron trece kilómetros, durante los cuales subieron un total de 1.200 metros, badearon un río y cruzaron otro por un puente. Si hubiera aparecido un coche, habrían estado completamente expuestos.

En el granero de Casa Fenollet, Escrivá dio la Sagrada Comunión a los miembros del grupo, comieron muy frugalmente e intentaron descansar algo. De madrugada, dos milicianos preguntaron a los dueños si habían visto algo sospechoso. La mujer les sirvió jamón y varios vasos de vino, y los despidió convencidos de que les ayudaría a capturar a cualquier fugitivo.

Escrivá durmió más bien poco. Se dedicó a rezar y a alentar a quienes parecían especialmente desanimados o cansados. El estudiante catalán, Dalmases, lo describió en su diario: “Su compañía inspira confianza a todos nosotros, pues parece como si Dios le hubiese mandado”274. Casciaro relata que cuando se levantó y advirtió que Escrivá no estaba dormido se enojó: “Pensé para mis adentros que si él no aprovechaba esas horas de descanso luego no podría resistir”275. Hacia las dos de la tarde, sus anfitriones les sirvieron unas buenas raciones de judías con carnero, la única comida sustanciosa que tendrían hasta Andorra.

El grupo de Escrivá ya se había desecho de los objetos pesados durante el ascenso al Aubens. Antes de salir de Casa Fenollet, también dejaron la ropa de repuesto y otros objetos que podrían ser útiles más tarde, pero que en ese momento les entorpecían. Durmieron un poco más y partieron alrededor de las seis de la tarde.

El guía repartió por persona una hogaza de pan y un queso redondo de unos diez centímetros de diámetro y tres de grueso, con la advertencia de que era toda la comida disponible hasta que llegaran a Andorra. Para el asombro de todos, Sainz sacó de su bolsillo una pequeña regla y empezó a calcular el tamaño de la porción que podrían tomar en cada comida. Escrivá le siguió el juego, pero Botella y Casciaro reaccionaron devorando el queso y el pan al momento, arguyendo que tenía más sentido llevar la comida en sus estómagos que en sus morrales.

En contraste con sus escasas raciones, Dalmases tenía abundantes provisiones. Escrivá, viendo su cesta llena de alas de pollo fritas, bromeó diciendo que debía de haber descubierto un nuevo animal, un cruce entre el pollo y el ciempiés, el “ciempollo”. Los del grupo de Escrivá apodaron a Dalmases -cuyo nombre sólo conocieron más tarde - “el chico del ciempiés”.

Según avanzaban, estaban cada vez más exhaustos y débiles por el hambre. En medio de la oscuridad y el frío, llegaban a perder la noción del tiempo. Casciaro describe su experiencia: “A partir de ese momento perdí la noción del tiempo, hasta en su relación con los días y las noches. No sabría cómo explicarlo; fue una sensación semejante, pero infinitamente más angustiosa y radical, a la que se experimenta cuando se hace por primera vez un vuelo transoceánico de varios días. Contribuyó a esa confusión el hecho de que solíamos caminar de noche, para que no nos descubrieran, y descansábamos durante las horas más luminosas del día, en algún lugar de confianza para los guías. Pero esto fue muy relativo, porque hubo bastantes excepciones. Además, ninguno llevábamos reloj, salvo Manolo, y no hubo comidas que marcaran las etapas de cada jornada. El resultado es que acabé perdiendo el sentido del tiempo; no sabía en qué día estábamos, ni qué hora era; las caminatas nocturnas me parecían interminables; y el cansancio, el sueño y el hambre las alargaban desmesuradamente. Las alargaban también lo agreste del camino, porque nunca seguíamos propiamente una senda de montaña: no hacíamos más que trepar y trepar riscos, y abrirnos paso, a duras penas, entre la maleza del bosque”276.

Durante la noche del 29 de noviembre de 1937 cubrieron otros 15 kilómetros y subieron un total de 900 metros. Después de dejar Casa Fenollet ascendieron el Monte Santa Fe, de unos 1.600 metros. A continuación comenzaron el pronunciado descenso entre rocas sueltas hacia un valle donde, alertados por el ladrido de unos perros, los milicianos habían ejecutado recientemente a toda una expedición. Consiguieron cruzar el valle sin problemas y atacaron el Monte Ares, también de 1.600 metros. La subida fue agotadora porque debían salvar un desnivel de cerca de 800 metros en un par de horas. La fuerte respiración y el pulso acelerado delataban que Escrivá se encontraba al borde del colapso. Los demás del grupo le escuchaban repetirse a sí mismo las palabras de Cristo en el Evangelio: “No he venido a ser servido, sino a servir”. A pesar de sus protestas, Botella y Fisac le llevaban en andas en ocasiones, de tal manera que sus pies no tocaran el suelo. Cuando caminaba por sí mismo, Escrivá tenía que agarrarse a los arbustos para impulsarse colina arriba. Finalmente alcanzaron la cima del Monte Ares. Tras media hora de descanso, Cirera ordenó de nuevo la marcha.

Poco tiempo después pararon otra vez y Cirera desapareció. El tiempo pasaba y los miembros de la expedición comenzaron a preocuparse. Algunos temieron que les hubiera abandonado. Finalmente regresó y les explicó que, al advertir que había desaparecido uno de ellos, volvió al último lugar donde habían descansado. Allí le encontró exhausto y sin querer continuar. Por miedo a que fuera un delator, le amenazó con su pistola y le obligó a seguir.

A pesar de que la parada no había sido larga, el frío y la humedad de la noche, combinados con la ansiedad por la ausencia del guía, habían surtido efecto. Poco después de que reiniciaran la marcha, Albareda sucumbió a la fatiga. Permanecía quieto y en silencio, sonriendo vagamente. Si alguno le tomaba de la mano, volvía a caminar, pero muy despacio. Tan pronto como le soltaban, se detenía y permanecía de pie sin oír nada de lo que se le decía. Afortunadamente, casi todo el camino era cuesta abajo y su destino no estaba lejos, así que con la ayuda de los demás, que también estaban al límite de sus fuerzas, Albareda consiguió alcanzar el granero de Baridá, donde pasaron las horas del día 30 de noviembre.

El grupo partió de nuevo tan pronto como el sol se ocultó ese día. Aquella noche no tenían que ascender ninguna montaña, pero durante los 15 kilómetros de marcha hasta Campmajor tuvieron que cruzar frecuentemente ríos helados y sus ropas pronto se empaparon. Un villancico pasaba por la cabeza de Casciaro una y otra vez. Cuando trataba de rezar el Rosario en silencio, perdía la cuenta a menudo y terminaba rezando misterios de veinte o treinta avemarías. Otros miembros del grupo tuvieron experiencias similares debido al extremo cansancio físico y mental. En medio de sus propios sufrimientos se preocupaban de Escrivá. Casciaro relata que, en su propio estado de confusión mental, solía pensar en cómo debía sentirse Escrivá si él se encontraba tan mal, teniendo en cuenta que había comenzado la aventura de Barcelona y el paso de los Pirineos en una forma física relativamente buena. En Torrevieja, Albacete y Valencia no había padecido el hambre que había pasado Escrivá durante un año en Madrid. Y además, tenía trece años menos que él y buena salud, mientras que él había sufrido periodos de fiebre alta con un prolongado ataque de reumatismo.

“Estas consideraciones me servían para hacer oración y encomendarle. Al mismo tiempo me irritaban algunas cosas que veía hacer al Padre: por ejemplo, no se protegía del frío, metiéndose periódicos entre la ropa, bajo el jersey, como hacíamos todos; procuraba comer menos para que a nosotros nos tocara más; apenas dormía cuando descansábamos en aquellos corrales y cuevas; y yo adivinaba que hacía todo aquello para mortificarse y para rezar más. Todo esto, al mismo tiempo que me conmovía, no acababa de entenderlo y, por el cariño que le tenía, hubiera querido impedirlo”277.

Al amanecer del 1 de diciembre de 1937 pararon en un campo elevado donde las rocas y los arbustos proporcionaban un buen escondite. En un momento dado escucharon sonidos de cornetas y tambores, probablemente de un campo de milicianos cercano. Saber que estaban tan cerca les hizo temer, aunque Casciaro afirma que “en aquellos momentos -por lo menos a mí-, me importaba más el frío que el miedo a ser apresado. Era un frío terrible, un frío inmisericorde y cruel, que me calaba hasta los huesos, y me hacía estremecer en medio de aquel agotamiento físico y psíquico que arrastraba desde hacía varios días”278. Según Jiménez Vargas, Escrivá “conservó la paz y la alegría, pasara lo que pasara, aunque fuese a costa de repetir innumerables veces la jaculatoria 'fiat' (...). Y puedo asegurar que, hasta entonces, yo no había llegado a comprender bien lo que es la alegría, y concretamente lo que quiere decir la alegría del que se sabe hijo de Dios”279.

Pasaron todo el día tumbados o sentados en el empinado y resbaladizo suelo, expuestos al viento que soplaba desde las montañas. En ocasiones salía el sol, pero a medida que el día avanzaba las nubes se hacían más gruesas y después de mediodía comenzó a nevar ligeramente. La nieve podría haber sido fatal en este último y más peligroso trayecto del viaje, pero afortunadamente no hubo más nevadas hasta que estuvieron a salvo en Andorra.

Antes de continuar el viaje, poco después de la puesta de sol del 1 de diciembre, el grupo de Escrivá rezó a Nuestra Señora y a los Ángeles Custodios. Comieron lo que les quedaba. El camino de aquella noche circulaba por zonas cercanas a la frontera, patrulladas constantemente por milicianos que tenían órdenes de disparar a cualquiera que pareciera sospechoso. Después de vencer un desnivel de 400 metros, descendieron lenta y penosamente entre rocas sueltas que, al desprenderse, hacían mucho ruido, con el consiguiente peligro de llamar la atención de los vigilantes. Al llegar a un riachuelo, el guía les ordenó guardar completo silencio porque había oído a una patrulla pasando cerca. Entonces empezó a rastrear la zona.

Calados hasta los huesos, los fugitivos se acurrucaron cerca del río, que estaba a una temperatura bajísima. Escrivá parecía haber llegado al límite. Temblaba incontroladamente y sus miembros estaban rígidos. A Jiménez Vargas ya no le quedaba nada del vino azucarado que les había administrado como estimulante en momentos críticos. Todo lo que pudo hacer fue frotar los miembros de Escrivá y cubrirle con más ropas húmedas. Escrivá no respondía, y Jiménez Vargas temía que no fuera capaz de moverse cuando regresara el guía.

Cirera volvió al cabo de dos horas. Escrivá apenas podía mantenerse en pie, pero, al ponerse en marcha, recobró la suficiente fuerza como para seguir el ritmo de los demás. Cirera indicó que estuvieran atentos a cualquier patrulla que pasara por el otro lado del río. Oyeron voces y pasos en el camino. Esperaron a que los milicianos se hubieran alejado para cruzar el riachuelo y atravesar el camino que corría paralelo a la orilla. Después de una ascensión muy pronunciada al paso de la Cabra Morta, se lanzaron a un descenso tan peligroso que muchos de ellos no lo habrían intentado a plena luz del día.

Poco después pararon de nuevo y estuvieron escondidos durante una hora. Retomaron la marcha cuando Cirera juzgó que había seguridad para encarar el último tramo hasta Andorra. Cuando llevaban quince minutos andado, oyeron detrás de ellos disparos de fusil. Sin embargo, en ese momento ya estaban fuera de alcance y a salvo en Andorra. Cirera esperó hasta que estuvieran a una distancia prudencial de la frontera para decirles que ya habían llegado. Los refugiados recibieron la noticia con gritos de júbilo. Escrivá empezó a rezar la Salve en agradecimiento a la Madre de Dios. Amanecía el 2 de diciembre de 1937.

En Andorra y Lourdes

Al salir el sol, Escrivá y sus compañeros partieron hacia el cercano pueblo de Sant Juliá de Loria, donde tomaron una taza de café. Buscaron una iglesia donde pudieran dar gracias. Era la primera vez en el último año y medio que entraban en una iglesia que no hubiera sido masacrada. Rezaron la Salve de nuevo y se dirigieron a Andorra la Vella, capital del principado.

Desde allí enviaron un telegrama al hermano de Albareda que estaba viviendo en San Juan de Luz. Se encargaría de conseguir un taxi que les recogiera en Andorra. Mientras esperaban sus papeles de refugiados políticos y un visado de tránsito para Francia, se alojaron en un hotel de Les Escaldes, a pocos kilómetros de Andorra la Vella.

Durante su primer día en Andorra, a Escrivá se le inflamaron las manos y le produjeron mucho dolor. Jiménez Vargas temió que se tratara de otro ataque reumático, pero pronto descubrió que la hinchazón era debida a las múltiples pequeñas espinas que se le habían clavado al agarrarse a los arbustos en su esfuerzo por permanecer de pie.

La nieve que había amenazado el último trecho de su camino comenzó a caer abundantemente el 3 de diciembre de 1937. Después de Misa -la primera que Escrivá pudo celebrar en un altar real y con ornamentos desde el comienzo de la guerra-, volvieron a Andorra la Vella para tomar unas fotografías. Las necesitarían en la frontera, pero también las querían como documento para la historia del Opus Dei.

La nieve bloqueó la frontera con Francia y ser vieron obligados a permanecer en Andorra hasta el 10 de diciembre de 1937. Pronto, en la mañana del día 10, el grupo de Escrivá y otras veinte personas que habían cruzado los Pirineos con ellos se acomodaron como pudieron en un pequeño camión equipado con asientos y cadenas para la ocasión. En ciertos momentos tuvieron que bajar y caminar al lado del vehículo. Al llegar a Soldeu ya no pudo continuar, así que siguieron a pie. Para protegerse del frío se envolvieron en papel de periódico. La nieve en algunos tramos les cubría hasta las rodillas y convertía el papel de periódico en pasta. Aun así, lograron continuar durante otros doce kilómetros hasta el Pas de la Casa, a 2.400 metros de altura. Se acurrucaron en un autobús que les llevó a la frontera francesa de L´Hospitalet, donde les esperaba el taxi que el hermano de Albareda había enviado.

Los ocho, empapados por su larga marcha en la nieve, se apretujaron en el taxi. Salieron hacia las cinco de la tarde con dirección a la frontera española de Irún. Pasaron la noche del 10 de diciembre de 1937 en la ciudad francesa de Saint Gaudens, donde se alojaron en un hotel modestísimo. A las seis y media del día siguiente, partieron hacia Lourdes. Escrivá aun vestía unos pantalones desgarrados y manchados de barro, un jersey de cuello alto y las botas de suela de goma. En el Santuario de Lourdes, no le fue fácil convencer al sacerdote encargado de la sacristía de que le permitiera decir Misa.

En el momento de hacer la señal de la cruz al comienzo de la Misa, se inclinó hacia Casciaro, que le ayudaba, y dijo en un susurro: “Supongo que ofrecerás la Misa por la conversión de tu padre y para que el Señor le dé muchos años de vida cristiana.

Me quedé profundamente sorprendido: realmente yo no había ofrecido la Misa por esa intención; es más, estaba poco concentrado y con la atonía natural de quien se ha levantado muy temprano y aún se encuentra en ayunas. Me impresionó además que el Padre, precisamente en esos momentos en que con tanto fervor se disponía a dar gracias a Nuestra Señora, y que tantas cosas iba a encomendarle, tuviera el corazón tan grande como para acordarse de mis problemas familiares. Conmovido, le contesté en el mismo tono:

-Lo haré, Padre.

Entonces, en voz baja, añadió: Hazlo, hijo mío; pídelo a la Virgen, y verás qué maravillas te concederá”280.

El grupo llegó a San Juan de Luz al caer el sol el 11 de diciembre de 1937. Escrivá no consiguió ponerse en contacto con el obispo de Madrid, pero sí pudo hablar con dos obispos que conocía, uno de los cuales dio fe de él y de sus compañeros en la frontera. Aquella noche entraron en la zona nacional.


Haber conseguido cruzar los Pirineos y llegar a la España nacional significaba para Escrivá y los demás poder llevar a cabo el Opus Dei sin temor a persecuciones religiosas. La guerra, sin embargo, les depararía aún grandes dificultades, especialmente porque se encontraban en una situación de extrema pobreza. Del Portillo y los otros continuaban atrapados en Madrid.

Introducción. Opus Dei
La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)
Los primeros años (1902-1925)
Años de preparación (1925-1928)
Los primeros pasos (1928-1930)
El ambiente se torna hostil (1931)
Nuevas luces (1931)
Intentos de abrir camino (1931-32)
Poner los cimientos (1933)
El primer centro (1933-1934)
Obstáculos y crecimiento (1934-1935)
Planes de expansión (1935-36)
Los comienzos de la Guerra Civil (julio de 1936 — marzo de 1937)
Huida en el Madrid revolucionario (julio 1936 - marzo 1937)
Las últimas etapas de la Guerra Civil (marzo 1937—abril 1939)
En la Legación de Honduras (marzo - octubre 1937)
El paso de los Pirineos (octubre-diciembre 1937)
La época de Burgos (diciembre 1937 - octubre 1938)
En Madrid y en Burgos (octubre 1937-marzo 1939)
España en una Europa en Guerra (1939 - 1945)
Reconstrucción y expansión en Madrid (1939 - 1940)
Expansión fuera de Madrid (1939-1942)
Vuelve a empezar la labor con las mujeres (1939-1943)
Oposición y nuevo desarrollo (1940-1943)
Epílogo