En la Legación de Honduras (marzo - octubre 1937)

La Legación de Honduras

En enero de 1937, González Barredo encontró asilo en la Legación de Honduras, gracias a un amigo del yerno del cónsul. La legación ocupaba dos pisos que habían sido la residencia del representante del Cónsul General de Honduras, que gozaba de una limitada inmunidad diplomática. Teniendo en cuenta que en diciembre de 1936 se habían invadido algunas embajadas, una simple legación, encabezada por el cónsul de un pequeño país, podía ser mucho menos respetada. En cualquier caso, ofrecía mayor seguridad que la clínica.

Al principio, las gestiones de González Barredo para que otros miembros de la Obra pudiesen reunirse con él fueron infructuosas. El cónsul estaba bien dispuesto, pero la casa estaba ya llena de refugiados. Por fin, el 13 de marzo, del Portillo fue admitido en la legación. Al día siguiente, Zorzano fue con un coche de la legación a recoger a Escrivá y a su hermano Santiago. En el camino de regreso, les detuvieron tres patrullas diferentes, pero no hubo problemas para seguir su camino. A los pocos días se les unió Eduardo Alastrué.

Vallespín, que servía en el ejercito republicano, aprovechó un breve permiso en marzo de 1937 para ir a Madrid. Con barba y un uniforme de la milicia, fue a ver a Zorzano, quien le llevó inmediatamente a visitar a Escrivá y a los demás en la legación. Vallespín consideró la posibilidad de quedarse allí, pensando que podía ser evacuado por canales diplomáticos, pero decidió volver a su unidad y buscar una oportunidad de cruzar el frente. Dos meses más tarde, en mayo de 1937, lo consiguió.

Jiménez Vargas se unió al grupo de la legación el 7 de abril de 1937. Con la convicción de que Escrivá y los demás le necesitaban en Madrid, había desertado de la milicia en la que había estado alistado y volvió a la capital. A pesar del peligro que representaba dar asilo a un desertor, Zorzano le acogió inmediatamente y fue corriendo a casa de Jiménez Vargas para llevarle ropas civiles. Después de arreglar que Jimenez Vargas pudiera quedarse con los demás miembros de la Obra en la Legación de Honduras, Zorzano volvió a su casa y quemó su uniforme.

Aunque lejos de ser completamente segura, la legación reunía bastantes ventajas. Tenía menos riesgos que la clínica. Además permitía a unos cuantos miembros de la Obra estar juntos. Y, lo más importante, había una cierta posibilidad de que el cónsul consiguiera evacuar de España a todos los refugiados de la legación a través de canales diplomáticos.

La legación estaba abarrotada con casi cien refugiados, la mayor parte hombres, unas pocas mujeres y un niño. La mayoría eran médicos, abogados e ingenieros, pero había también sacerdotes, profesores, oficiales del Ejército y un artista. Lógicamente, la legación era completamente inadecuada para albergar a tanta gente. En el piso donde se alojaban Escrivá y su grupo había sólo un cuarto de baño para treinta personas. La comida era muy escasa: básicamente algarrobas, a menudo infestadas de insectos.

La mayor parte de los refugiados no hacían más que esperar el fin de la guerra, preocupados por la posibilidad de que en cualquier momento los milicianos invadieran la legación y se los llevaran. Sobre todo se dedicaban a lamentarse por lo que habían perdido. Uno de los miembros de la Obra escribe: “Tras de la larga noche en el camastro, había que esperar turno para pasar al cuarto de baño, cuyo uso estaba minuciosamente reglamentado. No recuerdo que, seguidamente, se distribuyese desayuno de ninguna clase; la mañana aparecía entonces (para los demás) como un camino sin objeto que se recorría lentamente, charlando, soñando o durmiendo de nuevo, pues muy pocos eran los que leían o estudiaban. Después de una mísera comida, que se servía a mediodía en la destartalada mesa del salón, comenzaba la inacabable tarde que llenaban con mismas tediosas tareas de la mañana. La cena, tan pobre como el almuerzo, se distribuía a última hora del día y tras de ella se retiraban los refugiados en espera de una jornada tan gris y vacía como la pasada”245.

Los nervios estaban al límite y las discusiones estallaban frecuentemente. Alastrué recuerda: “Algunos pasaban el tiempo rumiando en silencio su desaliento y su desdicha; otros se desahogaban comentando con amargura las desventuras presentes y pasadas; otros lamentaban sin descanso sus desventuras familiares, su carrera o su negocio perdidos, o su futuro incierto y amenazado. A estos sentimientos se mezclaba el miedo despertado por los sufrimientos y persecuciones pasadas, miedo que hacía considerar el mundo exterior a nuestro asilo como un ambiente inhabitable. En algunos casos, se asociaba a este miedo el odio hacia los adversarios, odio impotente por el momento, pero que esperaba satisfacerse algún día en la revancha”246.

Al principio, Escrivá y su grupo estaban dispersos por la legación, pero pronto el cónsul les dio una habitación para los seis.. Medía alrededor de 10 metros cuadrados. Su única ventana daba a una chimenea de ventilación, que proporcionaba escaso aire y tan poca luz, que la mayor parte del día había que mantener encendida la desnuda bombilla que colgaba del techo. Los muebles no eran más que cinco largas y delgadas colchonetas que, enrolladas y apiladas junto a la pared durante el día, servían de asientos. Por la noche desenrollaban cuatro de las colchonetas, y con ellas cubrían totalmente el suelo donde dormían.

Debido a los miedos de los demás refugiados, la mayor parte de los sacerdotes escondidos en la legación raramente decía Misa, pero Escrivá no se dejó intimidar. Al principio, la celebraba en el vestíbulo y reservaba el Santísimo Sacramento en una caja de plata que se guardaba bajo llave en un un armario. Sin embargo, otros refugiados protestaron porque lo consideraban peligroso y el cónsul indicó a Escrivá que dejase de hacerlo. Desde entonces, dijo la Misa en su pequeña habitación. Unas maletas apiladas sobre cajas de cartón vacías hacían de altar, y una copa de cristal servía como cáliz. El Santísimo Sacramento quedaba reservado en una cartera que custodiaban por turnos.

Crecer para adentro

Escrivá veía la estancia de los miembros de la Obra en la legación no como un intervalo sin sentido, sino como una oportunidad de desarrollar su vida interior de oración y sacrificio. Haciendo una analogía con el trigo en invierno, más tarde escribió: “No se veían las plantas cubiertas por la nieve. -Y comentó, gozoso, el labriego dueño del campo: 'ahora crecen para adentro'.

-Pensé en ti: en tu forzosa inactividad...

-Dime: ¿creces también para adentro?”247.

Para facilitar este crecimiento interior, Escrivá estableció un horario con Misa, oración mental, lectura espiritual y Rosario; y también tiempo para el estudio, tertulias con los demás miembros de la Obra y espacio para relacionarse con los otros refugiados. Pensando en la futura expansión de la Obra, les animó a estudiar lenguas extranjeras. Por ejemplo, del Portillo comenzó con el japonés. Un sacerdote de la Congregación del Sagrado Corazón, también refugiado de la legación, observa: “Es significativo que en aquel ambiente, en el que pasábamos muchas horas jugando a los naipes, jamás vi a los chicos del Padre entretenidos en el juego. Daba la sensación de que el Padre estaba pensando en el después viviendo muy plenamente el hoy”248.

Gracias a su vida de oración y a tener el día lleno, los miembros de la Obra consiguieron mantener la paz, la serenidad y el buen humor. La hija del cónsul recuerda que ellos “mantenían entre los demás un ambiente muy cordial, hablando con unos y con otros (...). El Padre y los suyos estaban muy unidos, se ayudaban intensamente y demostraban tener una gran educación y sensibilidad. Como demostración graciosa de lo que estoy diciendo, pronto se conoció entre los demás aquel grupo con un mote cariñoso: 'el susurro', por lo delicadamente que hablaban”249.

Una característica de la conducta de Escrivá fue evitar cualquier manifestación de partidismo político. Se abstuvo de criticar a las autoridades de la República y de unirse a las celebraciones que los demás refugiados hacían al recibir noticias sobre las victorias nacionales. El yerno del cónsul relata que “estaba dotado de un increíble equilibrio, de enorme serenidad; era exquisitamente educado y correcto. Jamás le vimos un gesto de inquietud, o de depresión: era la persona que hacía fácil y amable la convivencia, que no planteaba problemas de ninguna clase, que nunca hizo un comentario menos positivo, ni para el gobierno rojo, ni para el blanco, ni para los bombardeos, ni para las dificultades. Y esta actitud, en lugar de resultar ficticia, parecía a todos normal, lógica y, sin proponérselo, contagiaba el ambiente de serenidad y de alegría. Porque don Josemaría transmitía su seguridad a quienes le rodeábamos”250.

Escrivá predicaba la meditación a sus compañeros casi a diario. Alastrué describe la escena: “Sentados en los colchones, sumidos en la penumbra que nos envolvía (...), oíamos casi día a día las pláticas y meditaciones del Padre. Sus palabras, unas veces serias, otras impetuosas y emotivas, siempre luminosas, descendían sobre nosotros y parecían ponerse en nuestra alma. Todo en ellas giraba en torno a la persona, la vida, las palabras, la Pasión de Cristo, en una referencia más o menos directa. Contemplar despacio y con amor a Cristo, gustar sus palabras, seguir paso a paso sus milagros, sus enseñanzas, sus sufrimientos eran su materia inagotable”251.

En aquellas circunstancias, muchos, incluso los que antes habían tenido una vida de piedad vigorosa, probablemente se hubieran contentado con esperar a que pasase la tormenta, manteniendo un mínimo nivel de vida cristiana. En las meditaciones y en sus conversaciones con los miembros del Opus Dei, sin embargo, Escrivá marcó metas altas de crecimiento en la vida interior: “La vida es lucha. Pero, insisto, esta lucha debe ser continua. Si no nos la presenta el enemigo, presentémosla nosotros. Si no distinguimos qué hemos de combatir en nosotros, examinémonos con mayor detenimiento y cuidado. Recojámonos profundamente en nosotros mismos. Acudamos así, alerta, al encuentro del enemigo, dispuestos a provocarle y a reñir con él en cuanto lo percibamos. No aceptemos la inacción; mientras vivamos, el enemigo de nuestra alma nos acecha.

Pero, además, estamos llenos de defectos que es necesario extirpar, y carentes de virtudes que es preciso adquirir. Busquemos en qué es necesario violentarse, qué es lo que hay que suprimir, qué es preciso hacer arraigar. ¿Qué debe ser nuestra existencia sino un sacrificio y un esfuerzo constantes para realizar la Voluntad de Dios, para darle alegría y gloria, con una perfección buscada a costa de mortificación y trabajo? Luchemos, luchemos siempre, con humildad, con perseverancia, con ánimo; luchemos, sabiéndonos hijos de Dios, que esta conciencia adquirimos de manera especial al llegar a la Obra. Luchemos, manteniendo en nosotros el gaudium cum pace, sin turbarnos, sin inquietarnos por fracasos y por reveses (...).

Pero de nada vale nuestro cuidado, si no contamos con Dios. Lo primero, casi lo único, es su ayuda. Pidámosle el gaudium cum pace para todas nuestras peleas. Supliquémosle que nos conceda gracia, fuerza, paciencia y humildad para que, conociéndonos, confiemos sólo en Él. Y recojámonos, finalmente, para que -contempladas nuestras necesidades- formemos nuestros propósitos concretos”252.

Escrivá urgía a los miembros de la Obra no sólo a sobrellevar con alegría el hambre, el frío, el aislamiento y la ansiedad que entrañaba su situación, sino también a buscar oportunidades de ofrecer pequeños sacrificios a lo largo del día. En esto él iba por delante hasta un grado que es difícil de entender. Adelgazó tanto por la escasez y pobreza de la comida, que cuando su madre fue a visitarle no le reconoció hasta que oyó su voz. A pesar de todo, para poder ofrecer a Dios algo más como reparación y penitencia, en repetidas ocasiones comía menos de lo que le correspondía, de modo que los demás pudiesen tener un poco más. Practicaba también otras fuertes mortificaciones corporales, como el uso de las disciplinas, movido por el deseo de desagraviar a Dios por los muchos sacrilegios y crímenes que la guerra traía consigo.

Con su intensa oración y espíritu de sacrificio ayudó a los miembros de la Obra a mantener la alegría a pesar de la dureza de su situación. Alastrué, haciendo memoria de los meses pasados en la legación, escribe: “Parecía como si la carencia de todo, la sombría estrechez del encierro, el peligro que se cernía en torno nuestro, trajeran una dulzura escondida; era una bendición real que tocábamos día a día. No era sólo que Dios nos diese fuerzas para soportar la prueba; es que, efectivamente, 'aquel yugo era suave y aquella carga ligera', es 'que podíamos correr con el corazón henchido de alegría por la vía de la voluntad de Dios'. Recuerdo la frase sencilla y sincera de uno de nosotros, José María, cuando un día, comentando esta disposición de ánimo decía: 'esto no puede continuar, es demasiada felicidad'”253.

Zorzano

Desde que Zorzano salió de su escondite en la casa de su familia al final de 1936, comenzó a funcionar como enlace entre los miembros de la Obra en Madrid. La pérdida de peso, un nuevo corte de pelo y gafas oscuras le proporcionaban alguna seguridad de no ser reconocido por nadie que le estuviese buscando. Eso sí, no estaba libre del riesgo de ser detenido en la calle por patrullas de milicianos ni del de ser arrestado por carecer del certificado de lealtad a la República. Un brazalete con la bandera de Argentina y un documento de la embajada que acreditaba su nacimiento en el país le ayudaban a moverse. Con estas inadecuadas protecciones, sus actividades requerían una considerable dosis de confianza en Dios y en su Ángel Custodio, a la vez que una gran valentía, ya que incluso la gente con pasaporte extranjero estaba lejos de encontrarse segura en el Madrid sitiado.

Zorzano visitó frecuentemente a los miembros de la Obra en las cárceles, a pesar del peligro real de ser identificado como enemigo del pueblo. Mientras Hernández de Garnica estuvo encerrado en San Antón, Zorzano le fue a ver casi cada día, también cuando los ataques aéreos obligaban a la gente a no salir a la calle. Hernández de Garnica relata: “Conmigo tuvo una caridad extraordinaria. A mí, en los tiempos que ningún hombre iba a visitar a los presos a la cárcel, por el peligro a que se exponía, me fue a ver”254.

Las prisiones no eran los únicos sitios peligrosos que Zorzano visitaba. Como muchas personas habían encontrado refugio político en las embajadas, los milicianos tomaban nota cuidadosa del nombre de todos los que entraban en alguna. A pesar de ello, Zorzano fue regularmente a la Embajada de Noruega, donde se escondió Rodríguez Casado, que había solicitado entrar en la Obra en la primavera de 1936.

Durante un tiempo, Rodríguez Casado estuvo al cargo de la puerta de servicio de la embajada. Esto facilitó que Zorzano fuese cada día y pasase una hora con él en el garaje, rezando y hablando tranquilamente. Sin embargo, al poco, la embajada prohibió las visitas. A veces, los sabados, aprovechando que la vigilancia no era tan estricta, Zorzano podía entrar sin ser visto por los guardias de la embajada. Rodríguez Casado estaba preocupado por los riesgos que Zorzano asumía al visitarle y le pidió que no fuese con tanta frecuencia. Zorzano era consciente del peligro de ser arrestado como simpatizante de los enemigos de la República, pero estaba decidido a transmitir a Rodríguez Casado el calor de familia del Opus Dei. No negaba que los riesgos fuesen reales, pero le dijo con una sonrisa que, si rezaban, tenían fe y tomaban todas las precauciones que pudiesen, Dios les protegería.

La visitas de Zorzano ayudaron a Rodríguez Casado a mantener la ilusión, a pesar del aislamiento: “Estaba peor que en una cárcel porque no se podía comunicar con el exterior. Nunca sabré expresar lo que sentí la primera vez que me entrevisté con Isidoro en el zaguán de la Embajada, ni el tiempo que transcurrió hasta su marcha. Estaba sediento de noticias del Padre, de los demás, de hablar de la Obra. Isidoro, mucho más delgado, era sin embargo el mismo. Trascendía de él una confianza tan enorme en Dios, hablaba con tanta naturalidad y sencillez de lo que el Señor iba a hacer por medio de la Obra, muy poco tiempo después, si nosotros éramos fieles, que mi fe se agigantaba al ponerse en contacto con la suya. No la había perdido; gracias a Dios, tenía una seguridad absoluta; pero al verle, al oírle, lo abstracto de mi fe se concretaba, lo ideal se actualizaba”255.

Del Portillo, a quien Zorzano visitó en la Embajada de Mejico, reaccionó del mismo modo: “Pasamos un largo rato de charla sobre lo que tanto nos interesaba: la situación del Padre, la de todos los demás... Recuerdo que su visión —tan sobrenatural— de tanta tragedia, su confianza grandísima en Dios y la naturalidad y la sencillez con que expresaba su esperanza, su seguridad de que Dios pronto habría de dar gran fruto de salvación de almas y de paz, por medio de la Obra, si nosotros éramos fieles, me hizo mucho bien”256.

Durante los meses en que Escrivá y otros miembros de la Obra estuvieron encerrados en la Legación de Honduras, Zorzano fue su contacto con el mundo exterior. Iba allí prácticamente cada día. Aprovechaba para colarse en el edificio los momentos en que los milicianos que vigilaban la calle estaban distraídos. Una vez dentro, las cosas no siempre iban siempre tan suaves. Algunos refugiados temían que las frecuentes apariciones de Zorzano pudieran atraer la atención sobre ellos; los oficiales de la legación, incluido el cónsul, hicieron todo lo posible para que dejase las visitas. Zorzano pasaba por alto sus a veces rudas protestas, y procuraba llevar a los miembros de la Obra todo lo que pudiera encontrar: comida, cuchillas de afeitar o cordones de zapato y, lo más importante, noticias de los demás miembros de la Obra.

Se llevaba consigo de la legación detallados resúmenes de las meditaciones de Escrivá, preparados por Alastrué. Los usaba para su propia oración mental y los compartía habitualmente con otros miembros de la Obra en Madrid y con José María Albareda y Justo Martí, dos jóvenes profesionales que acudían a las actividades de formación en DYA antes de la guerra. Cuando se estrechó la vigilancia en la Embajada de Noruega hasta el punto de que era peligroso llevar las copias a Rodríguez Casado, Zorzano decidió aprenderse los textos de memoria, para continuar compartiendo esas meditaciones. También transmitía por carta las ideas de las meditaciones a los miembros de la Obra en Valencia, utilizando un lenguaje velado para evitar problemas con la censura.

Zorzano pasaba buena parte del día buscando comida para los miembros de la Obra escondidos y sus familias y para su propia familia. La comida estaba tan estrictamente racionada que la leche, las verduras frescas y la carne sólo se conseguían con indicación médica. La comida que se podía adquirir con una cartilla de racionamiento era poquísima y algunos miembros de la Obra ni siquiera la tenían.

Zorzano consiguió crear una red personal de lugares donde complementaba las magras provisiones que llegaban a traves de los canales normales. Un día pedía algo en el establecimiento que la Embajada de Argentina tenía a disposición de sus ciudadanos. Otro, se las arreglaba con los buenos oficios de un amigo, para comprar productos en el almacén que la prisión de san Antón tenía para los guardias y sus familias. De vez en cuando, los miembros de la Obra que estaban en Valencia, donde no había restricción de alimentos, enviaban un paquete. En otras ocasiones, una familia de la provincia de Ciudad Real enviaba judías, arroz, patatas e, incluso, jamón.

Al principio de la primavera de 1937 parecía que podría acabarse esta ayuda de Zorzano a los miembros de la Obra, ya que se le ofreció la oportunidad de abandonar Madrid por canales diplomáticos. Escrivá, quien pensaba que tenía nacionalidad argentina con pasaporte en regla y que estaba relativamente a salvo, le señaló lo útil que era en Madrid, pero le dijo también que hiciese lo que considerase mejor. Sin preocuparse de aclarar que no tenía un pasaporte argentino, Zorzano optó, sin dudarlo, por permanecer en Madrid. Escrivá aplaudió su generosa decisión: “No esperaba menos de ti, Isidoro. La solución que has dado a tu asunto es la que Nuestro Señor quiere, sin duda alguna”257.

Escrivá y Jiménez Vargas dejan la legación.

Cuando Escrivá y los demás se refugiaron en la legación, parecía que el cónsul podría evacuar a todos los refugiados. Pasado algún tiempo, se frustraron esas esperanzas. Por ejemplo, cuando a comienzos de junio el cónsul viajó a Valencia para hacer gestiones, Zorzano escribió en su diario: "Quizás saldrán la semana próxima. Esta vez creo que es la definitiva". Sin embargo, el cónsul regresó de Valencia con las manos vacías, tal y como había sucedido ya varias veces antes.

Mientras tanto, Zorzano hacía gestiones similares en otras embajadas a pesar del riesgo personal que entrañaba. Estuvo en las de Checoslovaquia, Chile, Panamá y Turquía, pero todo sin resultados.

A mitad del verano de 1937, parecía claro que no se llegaría a un rápido final del conflicto. Escrivá estaba deseoso de dejar la legación y buscar una situación de libertad para ejercer su ministerio sacerdotal y desarrollar el Opus Dei. Los miembros de la Obra le urgían para que dejase Madrid y la zona controlada por la República, donde había persecución religiosa, y cruzase al territorio controlado por los nacionales. Escrivá comprendía la conveniencia de pasar a la zona nacional, pero le pesaba mucho dejar a su familia y a miembros de la Obra en Madrid. En cualquier caso, en aquel momento no había posibilidades reales de cruzar a la zona nacional, aunque lo quisiera hacer.

Por otro lado, las noticias que le llegaban, sugerían que a lo mejor era posible sacar adelante su ministerio sacerdotal y el apostolado del Opus Dei en Madrid, sin estar exento de peligro. Lo peor de la persecución religiosa en la zona Republicana parecía haber pasado ya. Las iglesias seguían cerradas y la actividad religiosa estaba todavía prohibida, pero, al menos, el gobierno republicano había parado parcialmente a los elementos incontrolados, responsables de la mayor parte de los asesinatos de sacerdotes en los primeros meses de la guerra. Desde luego, no podía actuar públicamente como sacerdote, pero, con la debida precaución, sería posible ejercer su ministerio secretamente a favor de mucha gente de Madrid que llevaba un año privada de los sacramentos.

Al comenzar el verano de 1937, Escrivá empezó a salir a la calle para hacerse las fotografías necesarias para los documentos de identidad -falsos, por supuesto-, investigar vías de escape de la zona republicana y ejercer, de un modo limitado, su ministerio sacerdotal. Mientras tanto, Zorzano arregló las cosas para que el hermano menor de Escrivá, Santiago, pudiese reunirse con su madre.

A final de agosto, el cónsul de Honduras entregó a Escrivá unos documentos que le acreditaban como empleado de la legación y una pequeña bandera del país para que la llevara sujeta en la solapa. Pertrechado con estos documentos, que él describió como "más falsos que Judas", abandonó el consulado el 31 de agosto de 1937 y se trasladó a una pensión. Pocos días después, el 4 de septiembre, recomendado por el cónsul de Honduras, Jimenez Vargas consiguió unos documentos similares del consulado de Panamá y se reunió con Escrivá en la pensión. En caso de ser arrestados e interrogados, de poco les servirían los documentos, pero sí ayudarían a salir del paso en caso de que les pararan por la calle.

Del Portillo, Alastrué y González Barredo permanecieron en la legación porque, en cualquier caso, corrían mucho peligro en Madrid. González Barredo era bien conocido como un profesor católico y del Portillo y Alastrué eran buscados por prófugos.

Escrivá y Jiménez Vargas de vez en cuando cenaban con Zorzano, y después tenían una larga tertulia. En ocasiones se les unían otros. Por ejemplo, Calvo Serer, que se alistó en el ejército republicano durante el verano de 1937 y había sido asignado a las Brigadas Internacionales, estuvo en Madrid dos días a final de agosto o principio de septiembre. Hernández de Garnica, que había sido liberado de la prisión en Valencia, también pasó algún tiempo en Madrid antes de ser llamado a filas por el ejército republicano y destinado a Andalucía. Zorzano describe la conversación en una de aquellas tertulias. “Empezamos a soñar —escribe Isidoro— lo que serán realidades dentro de un par de años; pasamos revista a las principales universidades del mundo y dejamos volar un poco la imaginación”258. Incluso se reían sobre lo delgados que estaban. Ninguno pasaba de los 45 kilos.

Mientras buscaban la forma de pasar a la zona nacional, Escrivá se movía por Madrid, vestía traje y corbata y llevaba la bandera de Honduras cuidadosamente prendida en su solapa. A menudo oía confesiones en la calle, caminando arriba y abajo por la acera. Decía la Misa y predicaba meditaciones a pequeños grupos en casas de amigos. Llevaba el Santísimo Sacramento consigo, dentro de una pitillera que guardaba en una pequeña bolsa con la bandera y el sello del Consulado de Honduras, para distribuir la Sagrada Comunión a más gente.

A pesar de que lo peor de la persecución ya había pasado, administrar los sacramentos y ejercer el ministerio sacerdotal en Madrid seguía siendo muy peligroso. Un día en que Escrivá llegaba a un edificio donde planeaba decir la Misa, una señora le saludó en alta voz:

“ -¡Qué alegría verte!

Luego, apartándose de aquel lugar, le explicó en voz baja:

-Perdón, don Josemaría, pero ¿va a decir Misa allá?

-Sí

-Pues en este momento están registrando todo. Si va usted, le cogen y le matan”259.

Escrivá tomó todas las precauciones que pudo para evitar ser detenido. Un día, por ejemplo, un amigo le pidió que bautizase a la hija de un vecino. Quedaron a las 7 de la tarde en la clínica, donde madre e hija estaban todavía recuperándose. Sin pensar en el riesgo que se corría reuniendo a un grupo de gente, el padre de la niña invitó a sus suegros y a varios amigos a asistir al bautismo, pero Escrivá llegó a las 5 de la tarde, bautizó a la niña y se fue antes de que llegasen los invitados.

Además, Escrivá atendió espiritualmente a miembros de órdenes religiosas que estaban ocultos en Madrid. La hermana Ascensión Quiroga y otras monjas vivían en una pensión. Para evitar ser reconocidas como religiosas, habían comenzado a maquillarse. Llegó un momento en que, según relata la hermana Asunción, habían caído en un estado de miedo y de tibieza espiritual. Recuerda una charla que Escrivá les dio: “Me llamó poderosamente la atención cómo don Josemaría empleaba el plural, poniéndose siempre por delante. Decía: 'Somos cobardes, nos da miedo dar la cara por Dios'. Me impresionó el modo de dirigir la plática: no era una predicación, se trataba de la oración personal de un santo, hecha en voz alta. Creo que todas -pero al menos yo- salimos de esa meditación confirmadas en la vocación, con hambre de entrega”260.

Hacia el final de septiembre de 1937, Escrivá predicó un retiro en Madrid a un pequeño grupo. Entre los asistentes, además de Zorzano, estaban Albareda, un profesor de instituto de Madrid, a quien Zorzano visitaba regularmente y que se había unido al Opus Dei poco antes, y Tomás Alvira, a quien Escrivá conoció en el piso de Albareda en el mes de julio durante una de sus breves escapadas a la ciudad desde la legación. Alvira describe así el retiro: “La reunión prolongada de un grupo de personas podía infundir sospechas (...). En Madrid, cada casa tenía su correspondiente control. Por eso, íbamos por separado al lugar de reunión, allí acudía el Padre, que nos daba una meditación y salíamos, también por separado. Por la calle, seguíamos meditando, rezando el Rosario, etc.

Después no reuníamos en otra casa, en la cual vivía otro del grupo, y teníamos la siguiente meditación. Los Ejercicios duraron tres días, y se comprende que durante ellos hubo una gran exposición. El último día celebro el Padre el Santo Sacrificio en la casa donde yo vivía (...), sobre una mesa, con un vaso y sin ornamentos”261.


La disminución de la persecución religiosa en la zona republicana hizo que mejoraran las desesperadas condiciones del año anterior, pero era todavía imposible cualquier manifestación pública de religiosidad. Incluso, hacer apostolado personal implicaba grandes riesgos. Sacar adelante el apostolado de la Obra sería mucho más fácil en la zona nacional. Cruzar de una zona a otra era una empresa peligrosa, pero Escrivá y los demás miembros de la Obra asumirían el riesgo si había una razonable esperanza de éxito.

Albareda supo que su hermano y su cuñada habían conseguido llegar a Francia desde Barcelona, cruzando los Pirineos. Fueron ayudados por gente que conocía bien los montes, ya que eran contrabandistas en tiempos de paz y en la guerra se ganaban la vida conduciendo a fugitivos al otro lado de la frontera. Una vez en Francia no tuvieron dificultad para entrar en la zona nacional por Irún. Albareda pasó esta información a Zorzano, quien, a pesar de los malogrados intentos anteriores, se entusiasmó con esta nueva posibilidad. Así se abrió un nuevo capítulo de la historia del Opus Dei, un capítulo marcado por grandes peligros y privaciones.

Introducción. Opus Dei
La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)
Los primeros años (1902-1925)
Años de preparación (1925-1928)
Los primeros pasos (1928-1930)
El ambiente se torna hostil (1931)
Nuevas luces (1931)
Intentos de abrir camino (1931-32)
Poner los cimientos (1933)
El primer centro (1933-1934)
Obstáculos y crecimiento (1934-1935)
Planes de expansión (1935-36)
Los comienzos de la Guerra Civil (julio de 1936 — marzo de 1937)
Huida en el Madrid revolucionario (julio 1936 - marzo 1937)
Las últimas etapas de la Guerra Civil (marzo 1937—abril 1939)
En la Legación de Honduras (marzo - octubre 1937)
El paso de los Pirineos (octubre-diciembre 1937)
La época de Burgos (diciembre 1937 - octubre 1938)
En Madrid y en Burgos (octubre 1937-marzo 1939)
España en una Europa en Guerra (1939 - 1945)
Reconstrucción y expansión en Madrid (1939 - 1940)
Expansión fuera de Madrid (1939-1942)
Vuelve a empezar la labor con las mujeres (1939-1943)
Oposición y nuevo desarrollo (1940-1943)
Epílogo