Las últimas etapas de la Guerra Civil (marzo 1937 - abril 1939)

La Guerra en el norte (marzo - noviembre 1937)

Obligado a renunciar a una toma rápida de Madrid, Franco centró su atención en el País Vasco, Santander y Asturias. La ofensiva nacional en el norte comenzó el 31 de marzo de 1937. El avance fue lento y hasta mediados de junio los nacionales no consiguieron entrar en Bilbao. Con la caída de Bilbao, la resistencia cesó en las provincias vascas, pero Santander y Asturias permanecieron en manos republicanas.

Antes de que los nacionales pudieran dirigirse a Santander, la República lanzó una ofensiva al este de Madrid, en las inmediaciones de Brunete. Reunió 150 aviones, 125 carros y 140 piezas de artillería. La sangrienta batalla de Brunete se libró entre el 6 y el 26 de julio de 1937. Al final, los republicanos sólo consiguieron un avance de cinco kilómetros en un frente de dieciséis, con 100 aviones destruidos y 25.000 bajas, muchas de las Brigadas Internacionales, que fueron utilizadas por la República como tropas de choque. En el ejército nacional cayeron menos de la mitad que en el republicano.

Con el frente de Madrid restablecido, Franco prosiguió su ofensiva en el norte, avanzando sobre Santander el 14 de agosto de 1937. La superioridad de la aviación y de la artillería nacional fue abrumadora. La República ofreció una débil resistencia. Los nacionales tomaron Santander a final de mes.

Antes de que Franco pudiera ocupar Asturias, la última fiel a la República en norte de España, el ejército republicano comenzó otra maniobra de distracción. Esta vez presentó batalla en el curso del río Ebro, al norte y sur de Zaragoza. La batalla empezó el 24 de agosto de 1937 y tuvo fases de distinta intensidad hasta finales de septiembre. La mayor parte tuvo lugar cerca de Belchite, pueblo del que la batalla tomó su nombre. Incluso como maniobra de distracción, Belchite demostró ser un fracaso notable para la República. Aun con una superioridad numérica muy notable, la ofensiva republicana fracasó. Los nacionales sólo se vieron obligados a desviar del frente del norte a una unidad grande y perdieron muy poco terreno.

Las fuerzas de Franco prosiguieron su ofensiva en el norte el 1 de septiembre de 1937. El accidentado terreno favoreció la defensa de Asturias, pero el 21 de octubre de 1937 los nacionales consiguieron ocuparla por completo. Con esto, el frente del norte dejó de existir.

Fusión de Falange con los Carlistas

En la zona nacional, todos los partidos de izquierda y liberales fueron proscritos desde el principio de la guerra. Así, los dos principales grupos políticos eran los carlistas -fuertes en Navarra- y la Falange. En el ambiente creado por la Guerra Civil, el nacionalismo, el autoritarismo y el tono militarista de la Falange resultaron atractivos para muchos españoles de clase media. Su programa social y económico nacional-sindicalista le hizo ganar algún apoyo entre la clase trabajadora de la España nacional. El partido creció rápidamente durante los primeros meses de la guerra, a pesar de carecer de líderes competentes.

La política, sin embargo, casi no existió en la zona nacional. En los meses que siguieron a su nombramiento como generalísimo y jefe del Estado, Franco se centró en asuntos militares y de política exterior y prestó poca atención a la política doméstica.

Pero con la guerra avanzada, Franco se dio cuenta de que necesitaba una organización política que legitimara su mandato y justificara la guerra. Para esta tarea, contó con su cuñado, Ramón Serrano Súñer, abogado, ex diputado en las Cortes y simpatizante del nacionalsindicalismo de la Falange. En abril de 1937, Franco anunció la fusión entre los carlistas y la Falange en la Falange Española Tradicionalista y de las JONS (FET). La FET sería el partido oficial del Estado y la única organización política permitida en la España nacional. Algunos líderes falangistas intentaron oponerse a la fusión, pero fueron rápidamente sofocados. A los pocos días, el régimen nacional adoptó algunos eslóganes y símbolos falangistas, entre los que se contaba el saludo fascista con el brazo en alto.

El decreto de unificación declaró que el nuevo partido único proporcionaría una base política organizada para el nuevo estado “como en otros países de régimen totalitario”. Cuando Franco se refería a la España nacional como un régimen totalitario, pensaba más en un estado de corte unitaria y autoritaria tradicional que en el control riguroso y total que ejercían los estados soviético o nazi. Los estatutos de la FET, que no se publicaron hasta agosto de 1937, recogieron parte de la política sindicalista de la primera Falange, pero hacían hincapié en el papel de Franco quien, como “Caudillo supremo”, personificaría todos los valores del movimiento nacional.

Gracias a su condición de partido oficial, la FET creció rápidamente: pronto se afiliaba quien aspiraba a progresar en la España de Franco, o quería encubrir un pasado izquierdista o liberal. La mayoría de los nuevos adeptos prestó poca atención a la filosofía oficial del partido. Cuando Franco designó el Consejo Nacional de la FET en octubre de 1937, no más de veinte de sus cincuenta miembros podrían considerarse auténticos falangistas. Trece eran carlistas, cuatro eran monárquicos no carlistas, y siete eran militares. El Consejo Nacional no se reunía a menudo ni tenía autoridad real, pero su composición reflejaba la política que fue habitual en Franco: aprovechar todos los grupos partidarios de su régimen, pero sin permitir que ninguno de ellos consiguiera una posición de dominio.

Crece la influencia comunista en la España republicana

En el otoño de 1936, con los nacionales a las puertas de Madrid, socialistas, anarquistas, comunistas y la izquierda moderada se unieron en un gobierno presidido por Largo Caballero. Superada la crisis militar, reaparecieron las tensiones en la coalición. Antes de estallar la guerra, el partido comunista, grupo escindido del socialismo español, tenía escasa importancia entre la izquierda. Sin embargo, en el curso de la guerra creció en tamaño e influencia por dos motivos: la Unión Soviética era la principal aliada de la República y la milicia comunista pronto destacó como la más disciplinada y eficaz del ejército republicano.

La política del comunismo en España era dictada desde Moscú. Stalin temía la gran amenaza que la Alemania nazi representaba para la Unión Soviética, y quería granjearse a toda costa el apoyo de Francia y Gran Bretaña. La Guerra Civil española le servía para presentarse como defensor de un régimen liberal democrático contra la embestida del fascismo. Los comunistas juzgaban que todavía no era el momento propicio para la revolución proletaria en España. Pensaban que la clase obrera debería abandonar temporalmente sus sueños revolucionarios y unirse con los liberales y demócratas para defender la legalidad de la República. Del mismo modo, las milicias populares tendrían que transformarse en unidades disciplinadas de un ejército regular, aunque los comisarios políticos tuvieran un papel importante en él.

La creciente influencia del Partido Comunista y su idea de hacer la guerra y no la revolución provocó la hostilidad y oposición de otros grupos de izquierda, especialmente de los anarquistas y los trotskistas del Partido Obrero Unificado Marxista (POUM). Esta enemistad fue especialmente grave en Barcelona, donde los anarquistas y el POUM eran fuertes. El 2 de mayo de 1937 se enfrenatron las fuerzas del Gobierno y los comunistas, por un lado, y los anarquistas y el POUM, por el otro. A los pocos días, en Barcelona se había creado otra guerra civil dentro de la que ya existía desde casi un año antes. El Gobierno envió a Barcelona dos cruceros y un acorazado con contingentes de tropas. También llegaron por tierra desde Valencia cuatro mil guardias de asalto. Con estas ayudas de fuera de la ciudad, la República recuperó el control de Barcelona el 8 de mayo de 1937: murieron unas 400 personas y otras mil fueron heridas.

La contienda en Barcelona debilitó a la extrema izquierda, socavó a la autonomía catalana y fortaleció al gobierno central y al partido comunista. El control central de Barcelona y Cataluña se estrechó aún más cuando, al final de octubre de 1937, el Gobierno se trasladó de Valencia a Barcelona.

El Gobierno de Negrín

El Partido Comunista se mostraba cada vez más contrario a Largo Caballero. Aprovechó los sucesos de mayo en Barcelona y que era el cauce por el cual llegaba la ayuda militar desde la Unión Soviética para presionar y exigir una mayor centralización, la práctica del terror por parte de la policía, una menor presencia anarquista en el gabinete y el incremento de la influencia soviética en las decisiones militares. Como Largo Caballero se negó a admitir sus exigencias, en mayo de 1937 maquinaron su caída y su sustitución por Juan Negrín. Negrín, socialista, fue diputado desde 1931 y ocupó la cartera de Hacienda en el gobierno de Largo Caballero. Demostró ser un administrador capaz, sin tener especial apoyo político ni poder significativo entre las bases, todo lo cual le hacía aceptable para los grupos políticos dispares partidarios de la República

Como presidente, Negrín fue un oportunista y se mostró dispuesto a cualquier sacrificio con tal de ganar la guerra. Puso a Indalecio Prieto al frente del Ministerio de la Guerra. Nombró también a un segundo socialista, pero no contó para su gobierno con ninguno de la tendencia de Largo Caballero. Los comunistas conservaron sus dos asientos en el Consejo de Ministros. Completaban el gabinete dos republicanos, un nacionalista vasco y un catalán. Negrín invitó a los anarquistas, pero no quisieron entrar.

Podría interpretarse como un revés para los comunistas el hecho de que Indalecio Prieto -decidido anticomunista- se hiciera cargo de un ministerio tan crucial como el de la Guerra. A la larga, sin embargo, Negrín se apoyó cada vez más en el Partido Comunista, gracias a que moderó en cierta manera sus posiciones, a su realismo ante la guerra y al hecho de que el ejército republicano dependía absolutamente de la Unión Soviética. El programa económico del nuevo gobierno restringió el crecimiento y la actividad de la agricultura, redujo el control de los trabajadores en la industria y aumentó el control del gobierno central sobre los aspectos más importantes de la economía.

En marzo de 1938, el Partido Comunista lanzó un ataque político en toda regla sobre Prieto, criticándole por su derrotismo. Mientras el ejército nacional avanzaba a través de Aragón hacia la capital catalana, Prieto se venía abajo. Fue destituido el 5 de abril de 1938, día en que los nacionales alcanzaron a divisar el Mediterráneo. Negrín asumió el cargo del ministro cesado. Sería éste el último cambio de importancia en la composición del gobierno de la República hasta el final de la guerra.

Continúa la guerra (noviembre de 1937—noviembre de 1938)

Tras una tregua de unos meses durante la cual ambos bandos reconstruyeron y redistribuyeron sus fuerzas, el 15 de diciembre de 1937 los republicanos lanzaron una nueva ofensiva sobre Teruel. El 16 rodearon la ciudad, que quedó casi enteramente bajo su poder el día de Navidad. El 29 de diciembre, los nacionales comenzaron una contraofensiva, pero sus esfuerzos resultaron inútiles a causa de las temperaturas bajo cero y el metro y medio de nieve que dejó sobre las carreteras una fuerte tormenta. El 8 de enero de 1938 se rindieron los últimos defensores nacionales que quedaban en la ciudad.

A largo plazo, la toma de Teruel no tuvo apenas consecuencias militares, pero sí era una victoria propagandística para la República. Teruel fue la única capital de provincia conquistada por la República durante la guerra: la victoria era bienvenida como antídoto a una larga serie de derrotas. Franco no estaba dispuesto a dejar a Teruel bajo el control de los republicanos y comenzó el asedio de la ciudad. A final de febrero los republicanos tuvieron que retirarse.

Teruel, pues, acabó en una derrota de la República, que tuvo diez mil muertos y catorce mil prisioneros. Quedó demostrado que, aunque el ejército republicano era capaz de sorprender a los nacionales e incluso plantarles cara durante un cierto tiempo, en el combate de desgaste acababa cediendo.

El 9 de marzo de 1938 los nacionales lanzaron una nueva ofensiva en Aragón, en un frente ancho de unos cien kilómetros. A pesar de que Francia y la Unión Soviética incrementaron su ayuda, el ejército republicano no pudo detener el avance enemigo, muy superior en aviación y artillería gracias a Alemania e Italia. El 15 de abril de 1938 el ejército nacional llegó a Vinaroz en el Mediterráneo y cortó en dos la zona republicana: Barcelona y Valencia quedaron aisladas entre sí. Pocos días más tarde la cuña abierta hacia el mar se ensanchó 80 kilómetros. La República parecía estar a punto de hundirse y la guerra casi acabada.

En lugar de girar en dirección norte para tomar Barcelona y cerrar la frontera francesa, Franco giró hacia el sur en dirección a Valencia. Avanzó lentamente por el estrecho espacio dejado entre el mar y la montaña. Al finales de julio de 1938, antes de que llegara a Valencia, los republicanos atacaron en el Ebro, al norte de Tortosa. Sorprendentemente, la República había logrado reorganizar sus fuerzas, gracias en buena parte a la ayuda de Francia y la Unión Soviética. El ejército republicano del Ebro ocupó una cabeza de puente de 22 kilómetros de largo por 16 de ancho. Pero, de nuevo, fue incapaz de explotar la ventaja tomada y los nacionales pronto estabilizaron el frente.

Llegados a este punto, muchos republicanos pensaban ya en una paz negociada, pero Franco sólo estaba dispuesto a aceptar la rendición incondicional. Ante esta perspectiva, Negrín y los comunistas entendieron que no había alternativa: lo único que podían hacer era contuinuar la guerra con la esperanza de que el estallido de una crisis Europea tuviera como consecuencia el cese de la ayuda alemana e italiana a los nacionales y, tal vez, también el apoyo activo a la República por parte de Francia y Gran Bretaña.

Desde un punto de vista estratégico, después de estabilizar el frente en el Ebro, Franco probablemente debería haber lanzado su contraofensiva en el norte de Cataluña, pero razones políticas le llevaban a no permitir que la República le arrebatara territorios que antes hubiera ocupado. Así pues, la contraofensiva nacional en el Ebro comenzó el 3 de septiembre de 1938. El avance de los nacionales fue lento. Hasta el 16 de noviembre no consiguieron reconquistar la zona que habían perdido durante el verano. La batalla del Ebro fue la más dura: la República tuvo 70.000 bajas -30.000 muertos, 20.000 heridos y 20.000 prisioneros- y los nacionales superaron las 30.000.

Tras una tregua de casi un mes, Franco prosiguió su ofensiva en Cataluña. Las defensas republicanas, severamente mermadas por la campaña del Ebro, se hundieron ante el nuevo ataque. El 26 de enero de 1939 las tropas nacionales tomaron Barcelona. El resto del ejército republicano en Cataluña se desplomó. Entre el 5 y el 10 de febrero de 1939, unos 250.000 republicanos cruzaron la frontera de Francia camino del exilio. Lo mismo hicieron Negrín y la mayor parte de su gobierno. El 10 de febrero de 1939 toda Cataluña estaba en manos de los nacionales.

Franco forma gobierno

Es probable que Franco hubiera preferido esperar al final de la guerra para formar un gobierno convencional, pero, como no se veía claro cuándo llegaría el final, aumentaba la presión para que se normalizara la situación. El 30 de enero de 1938 se promulgó una ley que otorgaba a Franco todos los poderes.

Al día siguiente, Franco nombró sus primeros ministros. El Consejo de Ministros que sustituyó a la junta técnica mantenía un equilibrio de las fuerzas políticas de la España nacional. El nombramiento como vicepresidente del Gobierno y ministro de Asuntos Exteriores del general Gómez Jordana, monárquico moderado y anglófilo, irritó a muchos falangistas. Dos carteras recayeron en generales que habían colaborado con Primo de Rivera, dos en monárquicos, una en un carlista, dos en técnicos sin adscripción política y tres en falangistas, de los que sólo uno era miembro del partido desde antes de la guerra. Las áreas en las que la FET tenía verdadero poder eran las de propaganda y censura.

Desde el principio de la guerra, los líderes militares prometieron reformas populistas y nacionalistas para regular la gran industria y mejorar la suerte de las clases bajas, especialmente de los agricultores. El Gobierno anunció que elaboraría una ley sobre el trabajo. Tras un considerable tira y afloja entre los falangistas y el sector más conservador del régimen de Franco, el 9 de marzo de 1938 se promulgó el Fuero de los Trabajadores.

El documento no fue más que una declaración de principios, que debía desarrollarse e incorporarse más tarde a la legislación. Parecía ser una vía intermedia entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, en la que se respetaría la propiedad privada y se protegerían los derechos de los trabajadores. El Fuero reconoció sobre el papel una impresionante relación de derechos de los trabajadores: salario mínimo, seguros sociales y de desempleo y limitación de horas de trabajo. No se permitía a los trabajadores constituir sindicatos independientes. El capital y el trabajo estarían organizados dentro de cada sector económico en sindicatos verticales dependientes del estado. Las huelgas y los cierres patronales tenían carácter de crímenes contra la nación; y se contemplaban tribunales específicos para la resolución de conflictos laborales. Durante el último año de la guerra, hubo algunos intentos de crear una organización sindical tanto en el ámbito nacional como provincial, pero no cuajaron.

El final de la Guerra Civil

Tras la caída de Cataluña, Negrín y algunos ministros regresaron a España para intentar negociar condiciones de paz. Franco insistió en que sólo aceptaría la rendición incondicional. El repliegue de Francia y el Reino Unido ante Alemania en Munich en el otoño de 1938 había socavado seriamente las esperanzas de la República de un cambio favorable en el clima internacional. Negrín, sin embargo, urgido por los comunistas, decidió que la resistencia era preferible a la rendición incondicional. Un grupo de oficiales, al mando del general Casado, dio un golpe en Madrid contra el gobierno de Negrín. A mediados de marzo, Casado controlaba la capital. El 19 de marzo, abrió negociaciones formales con Franco, pero pronto quedaron rotas por la negativa de éste a aceptar condiciones. Lo poco que quedaba del maltrecho ejército republicano empezó a disolverse y los nacionales entraron en Madrid sin oposición. El 1 de abril de 1939, Franco anunció oficialmente el final de la guerra.

 


 

Para el Opus Dei, los dos años entre marzo de 1937 y abril de 1939 fueron sobre todo un periodo de sacrificio escondido y de oración. Hubo momentos muy dramáticos y de gran peligro. Sin embargo, el significado profundo de esos años no hay que buscarlo en la dureza misma de los acontecimientos, sino en el esfuerzo diario de los miembros de la Obra para santificarse y hacer apostolado en circunstancias extremadamente desfavorables. Al cabo de esos dos años había pocos logros externos, pero el Opus Dei salió de la guerra fortalecido gracias a la lucha heroica en medio de las mayores privaciones.

Introducción. Opus Dei
La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)
Los primeros años (1902-1925)
Años de preparación (1925-1928)
Los primeros pasos (1928-1930)
El ambiente se torna hostil (1931)
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Poner los cimientos (1933)
El primer centro (1933-1934)
Obstáculos y crecimiento (1934-1935)
Planes de expansión (1935-36)
Los comienzos de la Guerra Civil (julio de 1936 — marzo de 1937)
Huida en el Madrid revolucionario (julio 1936 - marzo 1937)
Las últimas etapas de la Guerra Civil (marzo 1937—abril 1939)
En la Legación de Honduras (marzo - octubre 1937)
El paso de los Pirineos (octubre-diciembre 1937)
La época de Burgos (diciembre 1937 - octubre 1938)
En Madrid y en Burgos (octubre 1937-marzo 1939)
España en una Europa en Guerra (1939 - 1945)
Reconstrucción y expansión en Madrid (1939 - 1940)
Expansión fuera de Madrid (1939-1942)
Vuelve a empezar la labor con las mujeres (1939-1943)
Oposición y nuevo desarrollo (1940-1943)
Epílogo