Huida en el Madrid revolucionario (julio 1936 - marzo 1937)

Las primeras semanas de la Guerra Civil

En Madrid, el centro del levantamiento fue el Cuartel de la Montaña, situado justo en frente de Ferraz 16, donde se estaba terminando de instalar la nueva residencia DYA. El 19 de julio, las fuerzas de seguridad y los milicianos bloquearon las calles que llevaban al cuartel. Esa noche, Escrivá envió a sus casas a del Portillo, Hernández de Garnica y Jiménez Vargas y se quedó en la residencia con Zorzano y González Barredo. Los primeros, al llegar a sus casas, telefonearon a DYA para decir que estaban bien. A la mañana siguiente se reunieron en la casa de Jiménez Vargas.

En las primeras horas del lunes 20 de julio, las fuerzas de seguridad y las milicias populares atacaron el Cuartel de la Montaña, con el apoyo de carros de combate, piezas de artillería y uno o dos aviones. A mediodía ya habían tomado el cuartel y matado a la mayor parte de sus defensores. Con las masas populares enardecidas, no era prudente permanecer más tiempo en la residencia. Así, Escrivá, Zorzano y González Barredo se echaron a la calle. Para evitar ser reconocido como sacerdote, Escrivá se puso un mono de trabajo que encontró en DYA. Aunque llevaba la tonsura bien afeitada, como era la costumbre en los sacerdotes de la época, nadie se dio cuenta y llegó sano y salvo a casa de su madre. Zorzano y González Barredo también llegaron a salvo a las suyas.

El 25 de julio, Jiménez Vargas volvió a la residencia para recoger algunas cosas que se habían dejado allí. Un grupo de milicianos anarquistas irrumpió en el edificio minutos mas tarde. Le interrogaron, registraron la residencia y, después, le llevaron a casa de sus padres. A pesar de hacer un nuevo registro, no encontraron el archivo con los nombres y direcciones de todos los que participaban en las actividades de DYA. Se marcharon sin arrestarle.

Por la tarde, Jiménez Vargas y del Portillo quedaron en la calle para intercambiar noticias y decidir qué hacer a continuación. No sabían qué les depararía el futuro. Si el alzamiento fracasaba, la violenta revolución anticlerical haría imposible el desarrollo del Opus Dei en España. ¿Debían dejar España para tratar de llevar el Opus Dei a algún otro sitio? Concluyeron que Dios no podía haber preparado el comienzo del Opus Dei en Madrid sólo para desenraizarlo y hacerlo comenzar en otro sitio. Confiando en que Dios protegería a la Obra y a su fundador de cualquier peligro, resolvieron permanecer en Madrid y hacer todo lo posible para ayudar a Escrivá.

Durante la primera semana de agosto, Escrivá permaneció escondido en la casa de su madre, sumido en la ansiedad por no tener notocias de la suerte de Vallespín, Casciaro, Botella y Calvo Serer, que se encontraban en Valencia y sus alrededores. Estaba especialmente preocupado por Hernández de Garnica, que había sido encarcelado. Las vida de los prisioneros estaba constantemente amenazada. Casi a diario, se fusilaba a un buen número sin que hubiera nada parecido a un juicio. A mitad de agosto fue ejecutado un grupo de políticos moderados que estaban en prisión. Entre ellos había cuatro ex ministros de la República.

Por su parte, Zorzano también se encontraba en una situación crítica. A causa de sus convicciones religiosas, los trabajadores de los ferrocarriles le habían buscado por Málaga para asesinarle. La búsqueda fue en vano y enviaron su fotografía e información sobre él a los grupos revolucionarios de Madrid. Así, Zorzano casi no pudo salir de su casa durante dos meses. El piso quedaba más o menos libre de la posibilidad de un registro, ya que un documento acreditaba que estaba bajo la protección de la Embajada de Argentina. Aunque Zorzano había nacido en Argentina, no tenía pasaporte de aquel país, ya que salió de allí siendo niño y los hijos de los emigrantes españoles no tenían derecho a la nacionalidad si no cumplían el servicio militar. Sí poseía un documento que indicaba que había nacido enel país, pero que, en esos momentos, le proporcionaba poca protección en las calles del Madrid revolucionario.

Escrivá pasó la mayor parte de su tiempo en casa de su familia, rezando por la Iglesia, por el Opus Dei y sus miembros, y por España. Cuando se le acabaron las formas y el vino necesarios para decir la Misa, celebraba lo que llamó “Misa seca”: rezaba todas las oraciones previstas, excepto la de la consagración. Incluso en aquellas difíciles circunstancias, procuró impulsar el crecimiento y desarrollo de la Obra. Usaba frecuentemente para aquellas “Misas secas” los textos de la petición por las vocaciones, con el pasaje del Evangelio que narra la llamada de los apóstoles.

En movimiento

Un día, la multitud tomó por Escrivá a un hombre que se le parecía y lo ahorcó en una farola situada frente a la casa de la familia. Claramente, el piso había dejado de ser un escondite seguro. Mucha gente del vecindario sabía que era sacerdote. Sin embargo, no era fácil encontrar un lugar mejor. En aquellos momentos, hasta los amigos eran remisos a acoger a un sacerdote, ya que, si eran descubiertos, podía significar su propia muerte.

El 8 de agosto las cosas llegaron al límite. El portero de la casa avisó a los Escrivá de que los milicianos se habían enterado de que había gente escondida en algunos pisos del edificio. Vestido de seglar y con el anillo de casado de su padre, Escrivá salió por las escaleras de atrás y consiguió llegar a la pensión donde se alojaba Albareda. Al día siguiente fue al piso de Manuel Sainz de los Terreros, joven ingeniero de caminos que participaba en las actividades de DYA desde 1933. La familia estaba de vacaciones y Sainz, que en ese momento estaba solo en la casa con una criada de setenta años, pudo acoger a Escrivá. Pronto se les unieron Jiménez Vargas y un primo de Sainz, Juan Manuel.

Poco después de la llegada de Escrivá, fue registrado el piso de debajo. Después, vinieron unos días de mayor tranquilidad, mezclados con las tristes noticias de la muerte de amigos y conocidos, muchos de ellos sacerdotes y religiosos que murieron como mártires. También hubo algunas buenas noticias, como la carta de Vallespín a Zorzano, en la que contaba que los fieles de la Obra que habían quedado en la zona de Valencia estaban todos a salvo.

A final de mes, el ejército sublevado se había abierto camino hasta pocos kilómetros de la capital. El 27 de agosto la aviación nacional bombardeó la ciudad por primera vez. Esta circunstancia desencadenó más represión y endureció la vigilancia. El día 30, un grupo de milicianos entró en el edificio donde se escondían Escrivá y los otros y comenzó un registro sistemático de todas las casas. Cuando llegaron al piso de Sainz, la sirvienta, simulando una fuerte sordera, les entretuvo en la puerta principal para dar tiempo a que Escrivá, Jiménez Vargas y Juan Manuel subieran por la escalera trasera a un ático que se usaba como carbonera. Cuando comenzó el registro, Sainz estaba trabajando. Al llegar, fue arrestado inmediatamente.

En la carbonera hacía un calor sofocante. Los fugitivos oían cómo se acercaba el grupo de milicianos. Entonces, Jiménez Vargas preguntó a Escrivá qué pasaría si eran detenidos y asesinados. “Pues que nos vamos al cielo, hijo”238, respondió Escrivá. Jiménez Vargas se tumbó sobre el suelo cubierto por el polvo del carbón y se durmió profundamente.

Al fin, los milicianos llegaron al ático contiguo. Escrivá susurró a Juan Manuel: “Soy sacerdote; estamos en momentos difíciles; si quieres, haz un acto de contrición y yo te doy la absolución”239. Juan Manuel comentó más tarde: “Supuso mucha valentía decirme que era sacerdote ya que yo podía haberle traicionado y, en caso de que hubieran entrado, podía haber intentado salvar mi vida, delatándolo”240. Afortunadamente, los milicianos se fueron sin registrar su escondite.

En vista del arresto de Sainz, no era prudente volver a su casa. Los tres buscaron refugio temporal en otro piso del mismo edificio, que pertenecía al conde de Leyva. Aunque el conde había sido detenido días antes, su mujer e hijas les dieron la bienvenida.

El gobierno de la República quería descubrir a los partidarios de la sublevación en Madrid. Entre otras cosas, ordenó que se dejasen abiertas las ventanas y encendidas las luces de todas las casas para poder controlar desde la calle a los ocupantes. Esto obligó a los tres refugiados a pasar dos días en el comedor, la única habitación que no tenía ventanas exteriores. Uno de los niños de la familia recuerda: “A ratos pasábamos mucho miedo, pero don Josemaría conservaba su hondo sentido sobrenatural y el buen humor, haciéndonos reír, aunque estaba lógicamente muy preocupado por todos los suyos. A pesar de las circunstancias, no perdió ni un instante su alegría sobrenatural y humana, interesándose por todos”241.

Al comenzar septiembre, Escrivá y Jiménez Vargas dejaron la casa de los Leyva para buscar un lugar más seguro. Los intentos fracasaron y Escrivá se vio obligado a buscar cada noche un asilo diferente, en casas de amigos que querían ayudarle, pero que temían las consecuencias si les sorprendían. Un día fue al piso de González Barredo: estaba tan débil por el hambre y la falta de descanso que apenas se mantenía en pie. La familia le acogió momentáneamente, ya que temían ser denunciados por el portero del edificio, afiliado a un partido de extrema izquierda.

Del Portillo permaneció en la casa de sus padres hasta el 13 de agosto. Aquel día los milicianos registraron un piso vecino, que pertenecía al hijo de un general. Después fueron a la casa de los del Portillo. Cuando entraron en su habitación, del Portillo comenzó a masticar un trozo de papel que contenía una lista de sus amigos con sus direcciones y teléfonos. Cuando un miliciano le preguntó qué masticaba, contestó con calma: “Un trozo de papel”. No le arrestaron, aunque sí a su hermano y al hijo del general. Este último fue juzgado por un tribunal popular y ejecutado ese mismo día. Puesto que con sus padres ya no tenía un lugar seguro, del Portillo buscó refugio en una casa de la calle Serrano, propiedad de unos amigos de su familia.

El mismo día en que Escrivá llegó a casa de González Barredo, del Portillo se acercó al organismo donde trabajaba antes del estallido de la guerra para intentar cobrar su paga. Lo consiguió y para celebrarlo, en el camino de vuelta, se paró en una terraza a tomar una cerveza, sin reparar en que las patrullas de milicianos registraban con frecuencia bares y restaurantes y detenían a quienes careciesen -como era su caso- del certificado de apoyo a la República, expedido por algún comité revolucionario local. Mientras disfrutaba de la cerveza en la terraza, llegó corriendo el padre de González Barredo y le dijo que tenía escondido a Escrivá, pero que se encontraba en peligro. Del Portillo se llevó a Escrivá a la casa donde estaba. Allí permanecieron con un hermano de del Portillo y Jiménez Vargas durante la segunda quincena de septiembre.

Escrivá, del Portillo y su hermano, y Jiménez Vargas intentaron hacer una vida lo más normal posible durante las semanas que pasaron en la casa de Serrano. Procuraron aprovechar bien el tiempo, ya que la santificación del trabajo y de las actividades ordinarias es esencial en el Opus Dei. No disponían de libros para estudiar, pero sí pudieron dedicarse a otras actividades y a lecturas afines a sus carreras. Escrivá solía predicarles meditaciones. También fijaron en su horario momentos para otras prácticas de piedad. Este modo de comportarse fue el habitual durante toda la guerra. Siempre que se reunía un grupo de miembros del Opus Dei se elaboraba un horario para facilitar el aprovechamiento del tiempo.

Desde 1928, en cada 2 de octubre, aniversario de la fundación del Opus Dei, Escrivá se había acostumbrado a recibir algún favor de Dios, quizá una vocación o una inspiración de algún tipo. El 1 de octubre de 1936, mientras se preguntaba qué le tendría preparado Dios para el día siguiente, recibió la noticia de que los milicianos estaban registrando las propiedades de la familia en cuya casa estaban escondidos y de que habían matado a varias personas que habían encontrado. Escrivá dio la bendición a sus compañeros. Y a la vez que sintió alegría ante la posibilidad del martirio, experimentó un profundo miedo que hizo que temblasen las piernas sin control. Pensó en que este miedo contenía el mensaje de que toda la fortaleza es prestada y que sin Dios no se puede hacer nada. Esta convicción, concluyó, era el regalo que Dios había preparado para él en la víspera del octavo aniversario de la fundación del Opus Dei.

Era urgente encontrar otro escondite. Escrivá habló por teléfono con González Barredo, quien aseguró que podría encontrarles un lugar. Poco después se reunieron González Barredo y Escrivá, pero éste rechazó el escondite que le ofrecía. Escrivá tiró la llave por una alcantarilla cuando supo que la única persona en la casa era una joven sirvienta: “Hijo mío, ¿no te das cuenta de que soy sacerdote y de que, con la guerra y la persecución, está todo el mundo con los nervios rotos? No quiero ni puedo quedarme encerrado con una mujer joven, día y noche. Tengo un compromiso con Dios, que está por encima de todo. Preferiría morir antes que ofender a Dios, antes que faltar a este compromiso de Amor”242.

Escrivá regresó a la casa de la calle Serrano por un día. Allí se enteró del asesinato de dos íntimos amigos sacerdotes, don Lino Vea-Murguía, uno del grupo de sacerdotes que habían estado con él desde el comienzo de la década de 1930, y don Pedro Poveda, fundador de la Institución Teresiana, a quien había acudido en bastantes ocasiones para pedir consejo.

Escrivá, del Portillo y Jiménez Vargas se echaron de nuevo a la calle, sin papeles y sin un lugar donde ir. La policía y los milicianos intensificaron la vigilancia para evitar que los partidarios de los insurrectos pudieran organizar un levantamiento en Madrid y apoyar así al ejército nacional, que ya se encontraba a las puertas de la capital. Muchos días, los miembros de la Obra vagaban por las calles de la mañana a la noche, ya que era más seguro moverse que estar fijos en un sitio. Algunos amigos, como el profesor Sellés o el doctor Herrero Fontana, les alojaron durante unos pocos días porque no podían ofrecerles un escondite permanente.

Los recuerdos del profesor Sellés de los pocos días que Escrivá y los otros de la Obra pasaron en su casa son similares a los de la familia Leyva: “Se pasaba prácticamente todo el día en mi cuarto de estudio; allí le instalamos su dormitorio. Apenas salían de la habitación, por temor a que se les pudiese oír, si alguno venía a casa. A pesar de las circunstancias, las comidas (...) se llenaban siempre de la simpatía e interés que él ponía siempre en sus conversaciones. Resaltaba ante mí la confianza que tenía puesta en Dios, que hacía que se comportara con abandono absoluto en el Señor sin ninguna tensión, como si no pasara nada especial, cuando la verdad es que las circunstancias en que se encontraban eran muy comprometidas (...).

Lo que mejor recuerdo fue el Rosario que (...) rezábamos, dirigido por él, por la noche, de rodillas a los pies de una Sagrada Familia que teníamos en nuestro dormitorio. Con esto que digo, basta, porque ya se sabe lo que el Rosario significaba para el Padre y cómo hablaba con el corazón cuando rezaba”243.

En el sanatorio psiquiátrico del Doctor Suils

El doctor Suils, antiguo compañero de colegio de Escrivá en Logroño, ya había ya dado asilo a varias personas en una clínica psiquiátrica que dirigía en Madrid. Aunque no había visto a Escrivá desde el colegio, se ofreció para acogerle en cuanto supo de su difícil situación. El doctor Herrero Fontana trasladó a Escrivá en un coche del hospital en el que trabajaba desde su casa hasta la clínica. Escrivá ocupó el asiento posterior. Herrero dijo al miliciano que conducía que el paciente estaba loco, pero que no era peligroso. Durante el traslado hacia la clínica, Escrivá hablaba consigo mismo, afirmando de vez en cuando que era el doctor Marañón, un conocido médico y escritor. El hecho convenció al conductor, que comentó: “Si está tan loco, es mejor fusilarlo y no gastar tiempo con él”.

Para cuando Escrivá llegó a la clínica, era probable que los nacionales conquistaran Madrid en pocas semanas. Sin embargo, sus asaltos a la ciudad fueron rechazados por las milicias populares y las Brigadas Internacionales. Se hacía paulatinamente más claro que España se enfrentaría a una guerra civil larga y que, aunque eventualmente ganasen los nacionales, necesitarían mucho tiempo para tomar la capital.

Pronto se reunió con Escrivá en la clínica su hermano Santiago. González Barredo y Jiménez Vargas, que había sido arrestado y encarcelado por poco tiempo, también buscaron escondite allí, pero enseguida decidieron irse. González Barredo encontró varios refugios temporales en Madrid, y Jiménez Vargas se alistó en una brigada anarquista. Para evitar luchar a favor de un régimen que estaba persiguiendo a la Iglesia, se puso inyecciones que le provocaron fiebre. A pesar de todo, las autoridades militares ordenaron su traslado al frente.

La clínica estaba lejos de ser un escondite seguro. Un día, en un registro, los milicianos se llevaron a uno de los pacientes. Otro día, apareció un grupo de milicianos debido a un soplo de que algunos de los pacientes, en realidad, eran refugiados políticos. Mientras ponían en fila a los internos, uno de los pacientes reales se acercó hasta un miliciano y preguntó si su subfusil ametrallador era un instrumento de viento o de cuerda. El hecho asustó tanto al miliciano que se fueron sin hacer el registro, convencidos de que allí estaban todos locos de remate.

Una de las enfermeras, sin embargo, sospechaba que algunos de los pacientes no estaban tan locos como pretendían. Tras varios días en la clínica, Escrivá pudo celebrar la Misa a diario en su habitación. Una enfermera de confianza se sentaba en un sofá en el vestíbulo de fuera. Si parecía que alguien iba a entrar en la habitación, avisaba a Escrivá para que cerrase las puertas del armario donde había preparado las cosas para la Misa. Después de la Misa daba la Sagrada Comunión a algunos de los refugiados. Cuando se marchó en marzo, les dejó varias Hostias consagradas envueltas una por una en papel de fumar. Así, después de su marcha podrían recibir la Sagrada Comunión, a la vez que respetaban las leyes litúrgicas de aquel tiempo que prohibían a los laicos tocar las formas consagradas. Uno de los presentes comentaría después: “Recuerdo con todo detalle esta escena porque me impresionó el profundo respeto que tenía por la Sagrada Forma”244.

Los meses pasados en la clínica fueron de intenso sufrimiento. Había poca comida y estaban casi sin calefacción. Escrivá padeció un fuerte ataque de reuma, que le mantuvo en cama durante dos semanas. Peor que las privaciones físicas eran el aislamiento, la necesidad de fingir la locura y, sobre todo, la inseguridad sobre los demás miembros de la Obra, cuyas situaciones eran muy precarias.

Del Portillo, Hernández de Garnica, Jiménez Vargas y Casciaro.

Después de dejar la casa de la calle Serrano y pasar por las de varios amigos, del Portillo encontró refugio en la Embajada de Finlandia. Sin embargo, a comienzos de diciembre los milicianos la asaltaron y arrestaron a todos los refugiados. Del Portillo, junto con Hernández de Garnica, fue a parar a la cárcel de San Antón, una prisión provisional instalada en lo que antes había sido una escuela.

La amenaza de muerte pesaba constantemente sobre los prisioneros de San Antón. Había unos cuatrocientos encerrados en lo que había sido la capilla del colegio. Un día, un miliciano se subió al altar y le puso una colilla en la boca a una imagen religiosa. Un amigo de del Portillo se apresuró a quitarla y el miliciano le mató de un tiro. En otra ocasión, un guardia se acercó a del Portillo, le puso una pistola en la cabeza y afirmó: “Llevas gafas”, dijo, “debes de ser un cura”. Después, bajó su pistola y se alejó.

Del Portillo fue juzgado como enemigo de la República al final de enero de 1937. En ese momento había ya una cierta garantía en los procesos y fue puesto en libertad por falta de pruebas. Estar libre, sin embargo, no significaba tener seguridad. En cualquier momento podía ser detenido por un grupo de milicianos y de nuevo ser encarcelado o asesinado en el mismo sitio. Como su madre era mexicana, pudo refugiarse en la Embajada de México desde el final de enero hasta el 13 de marzo de 1937.

Hernández de Garnica no corrió la misma suerte que del Portillo. A pesar de sufrir una seria enfermedad de riñón, continuó encarcelado. Durante aquel tiempo, con frecuencia sacaban grupos de prisioneros y los ejecutaban, sin razones aparentes. Un día pareció que había llegado su turno. Fue esposado y subido a un camión con otros prisioneros para ser fusilado. El camión estaba a punto de salir, cuando alguien gritó su nombre y le ordenó bajarse y volver a su celda.

Más tarde, en febrero de 1937, fue trasladado a una prisión de provincias y, desde allí, a la Cárcel Modelo de Valencia. Cuando Escrivá lo supo, escribió a Casciaro para que hiciese todo lo posible por ayudar a Hernández de Garnica. En julio de 1937, fue liberado de la cárcel, en parte debido a sus problemas de riñón, pero poco tiempo después fue reclutado por el ejército republicano, donde sirvió hasta el final de la contienda.

El estallido de la Guerra Civil sorprendió a Vallespín en Valencia. Su situación era muy precaria. Había viajado allí días antes para firmar el contrato de la nueva residencia y no conocía la ciudad. No tenía trabajo, ni contactos -aparte de los pocos jóvenes miembros de la Obra- ni un sitio donde quedarse. En agosto, cuando parecía que el golpe había fallado y que el país se enfrentaría a un conflicto prolongado, se alistó en una milicia socialista. Como era arquitecto, fue asignado para ayudar en el diseño de fortificaciones en el frente de Teruel.

Casciaro fue el miembro de la Obra al que menos afectó el comienzo de la Guerra Civil. Acababa de marcharse a Torrevieja (Alicante) para pasar el verano con su familia. Enseguida fue llamado a filas por el ejército republicano, pero le declararon inútil para el servicio por su mala vista. Volvió a la casa de su familia. Su abuelo, que tenía pasaporte británico, había colocado un cartel en la puerta que decía que aquella propiedad pertenecía a un súbdito del Reino Unido. Sobre la casa ondeaba una gran Union Jack. Además, su padre, miembro de la izquierda moderada, tenía un puesto importante en la política local, lo que proporcionó a Casciaro alguna seguridad y cierta libertad de movimientos.

Los rumores que corrían en las provincias sobre la violencia en Madrid hicieron temer a Casciaro por Escrivá y los demás miembros de la Obra. Experimentó un profundo alivio al recibir una postal de Escrivá dos meses después. En aquella tarjeta, y en las breves cartas que después le envió, le urgía a rezar con insistencia y a no perder la confianza en Dios. Para evitar la censura, Escrivá no nombraba a Dios directamente ni empleaba términos religiosos, pero Casciaro entendió bien que, cuando Escrivá le animaba a “hablar a menudo con don Manuel y su madre”, se estaba refiriendo a Nuestro Señor y a la Santísima Virgen, y que, cuando le sugería que se dejase “guiar siempre por Manuel”, le estaba hablando de abandonarse en las manos de Dios.

Al final de 1936, cuando ya estaba claro que la guerra no terminaría pronto, Casciaro consiguió trabajo en un laboratorio cercano. Esto le permitió afiliarse a la Unión General de Trabajadores y al Partido Socialista. Con estas credenciales podía viajar por el este de España y visitar a Calvo Serer, uno de los mas recientes miembros de la Obra. Calvo Serer se había tenido que esconder, ya que era bien conocido en Valencia como dirigente de la Asociación de Estudiantes Católicos. En el verano de 1937 salió del escondite y fue alistado en el ejército republicano.

A pesar de las dificultades para recibir los sacramentos, Casciaro intentó mantener la vida de oración y sacrificio que había aprendido en la Obra. Consiguió asistir a Misa regularmente en un pueblo cercano, hasta que el comité revolucionario local prohibió al anciano párroco decir la Misa. Incluso después, pudo durante algún tiempo recibir la comunión y confesarse.

Casciaro entendió que, incluso en aquellas circunstancias extraordinarias, un miembro del Opus Dei no podía contentarse con cultivar únicamente su propia relación con Dios. Tenía que acercar a otros a Dios. Para Casciaro, era evidente que debía empezar por su hermano menor, José María. Le aconsejó que no dejase pasar los días y las semanas en vano. En concreto, le sugirió que estudiase francés mientras vigilaba el rebaño de ovejas de la familia. Además, animó a su hermano a vivir habitualmente algunas prácticas de piedad, como la oración personal y el Rosario.

 


 

Al fracasar los intentos de tomar Madrid, el conflicto se haría largo y se convertiría en una guerra de desgaste y ocupación. Este cambio de signo de la guerra no era fácil de percibir porque la información que circulaba era parcial y fuertemente manipulada por la censura. Aun así, los miembros de la Obra comprendieron que había llegado el momento de buscar refugio más estable y seguro. También, que debían pensar soluciones para sacar adelante el apostolado del Opus Dei en un país que podía quedar dividido indefinidamente. Para comprender cómo respondieron a esas nuevas circunstancias, puede ser útil hacer un breve resumen del curso de la guerra desde marzo de 1937 hasta su conclusión el 1 de abril de 1939.

Introducción. Opus Dei
La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)
Los primeros años (1902-1925)
Años de preparación (1925-1928)
Los primeros pasos (1928-1930)
El ambiente se torna hostil (1931)
Nuevas luces (1931)
Intentos de abrir camino (1931-32)
Poner los cimientos (1933)
El primer centro (1933-1934)
Obstáculos y crecimiento (1934-1935)
Planes de expansión (1935-36)
Los comienzos de la Guerra Civil (julio de 1936 — marzo de 1937)
Huida en el Madrid revolucionario (julio 1936 - marzo 1937)
Las últimas etapas de la Guerra Civil (marzo 1937—abril 1939)
En la Legación de Honduras (marzo - octubre 1937)
El paso de los Pirineos (octubre-diciembre 1937)
La época de Burgos (diciembre 1937 - octubre 1938)
En Madrid y en Burgos (octubre 1937-marzo 1939)
España en una Europa en Guerra (1939 - 1945)
Reconstrucción y expansión en Madrid (1939 - 1940)
Expansión fuera de Madrid (1939-1942)
Vuelve a empezar la labor con las mujeres (1939-1943)
Oposición y nuevo desarrollo (1940-1943)
Epílogo