Los comienzos de la Guerra Civil (julio de 1936 - marzo de 1937)

El levantamiento militar

El asesinato de Calvo Sotelo confirmó a los conspiradores militares y a sus partidarios civiles en su opinión de que el Gobierno no tenía voluntad o era incapaz de controlar la situación; pensaban que España degeneraba rápidamente en el caos y la revolución. El plan último de los conspiradores preveía un levantamiento militar el 18 de julio con el que esperaban hacerse rápidamente con el poder. Al principio, los rebeldes no tenían ningún nombre, pero a las pocas semanas empezaban a llamarse “nacionales”.

La Guerra Civil comenzó, de hecho, un día antes de lo previsto, el 17 de Julio de 1936, con el alzamiento del Ejército en Marruecos. Pronto se propagó al resto del país. Los líderes eran, sobre todo, oficiales jóvenes, ya que la mayoría de los generales más antiguos se oponían a la rebelión o estaban indecisos. Parte importante del Ejército de Tierra y la Marina y el Ejército del Aire casi en bloque se negaron a unirse al levantamiento militar. En muchas zonas, la Guardia Civil y la Guardia de Asalto lucharon vigorosamente contra las unidades del ejército sublevadas.

Desconcertado por la insurrección militar contra su gobierno, el presidente Casares Quiroga dimitió. Su sustituto, el republicano moderado Martínez Barrio, intentó llegar a un acuerdo con los líderes nacionales, pero fracasó y a las pocas horas fue sustituido por José Giral, un republicano de izquierdas que había ocupado el cargo de ministro de la Marina. Giral formó un nuevo gobierno compuesto por completo de liberales de clase media, que desde el principio contó con el apoyo explícito de socialistas, anarquistas y comunistas. El 19 de julio de 1936, urgido por los socialistas y anarquistas, dio un paso crucial para el desarrollo posterior de los acontecimientos: armó a la población. Las milicias de izquierda se echaron a la calle. Esta decisión llevó a unirse a los nacionales a muchos jefes militares que hasta entonces no se habían decantado.

El 20 de julio de 1936 el país estaba dividido, más o menos claramente, en dos zonas. Las fuerzas republicanas ocupaban aproximadamente dos tercios del territorio, con la mayor parte de la costa atlántica y toda la mediterránea, excepto una zona cercana a Cádiz. Los nacionales habían tomado gran parte de la mitad norte del país, salvo Cataluña, el País Vasco, Santander y Asturias. En el sur, tan sólo ocupaban pequeños enclaves alrededor de Sevilla y Córdoba, y una zona de gran importancia estratégica en torno a Cádiz, que les permitiría trasladar tropas a la península desde el norte de Africa, también controlado por los nacionales.

Dimensión internacional de la Guerra Civil

La Guerra Civil se convirtió rápidamente en un acontecimiento internacional. Ambos bandos buscaron con prontitud armamento y ayuda de los países que podrían simpatizar con su causa.

En los primeros días de la guerra, los nacionales acudieron a Alemania e Italia para pedir armas; los republicanos, a Francia. Alemania envió bombarderos -muy útiles para facilitar que el Ejército de África cruzara el estrecho de Gibraltar-, cazas, piezas de artillería antiaérea, ametralladoras y fusiles. Paco más tarde, Mussolini también suministró aviones.

Lógicamente, el gobierno frentepopulista francés simpatizaba con los republicanos. De todas formas, el primer ministro, el socialista Leon Blum, resolvió no involucrar al país en la guerra española para no provocar a los católicos y a la derecha francesa. Con esta medida también evitó enemistarse con el Reino Unido, que prefería mantenerse al margen del conflicto español. En efecto, Francia no prestó ayuda oficial a la República, pero facilitó el envío a España de aviones y armamento por vías extraoficiales.

En 1936, la principal preocupación exterior de la Unión Soviética era la Alemania nazi. Stalin adoptó una actitud conciliadora hacia Gran Bretaña y Francia, con la esperanza de contar con su apoyo en el caso de conflicto con Alemania. Por otra parte, había comenzado una campaña internacional para que los partidos comunistas y socialistas de Europa occidental se unieran en frentes populares que pararan el auge del fascismo y del nazismo. La Unión Soviética proporcionó ayuda financiera a la República y utilizó su red mundial de propaganda para conseguir apoyos, pero no envió armamento a España hasta más tarde.

El 30 de julio de 1936 se estrelló en el Marruecos francés un bombardero italiano que se dirigía a la zona española de la colonia. Este hecho puso en evidencia el apoyo de Italia al bando nacional. París y Londres hicieron un llamamiento internacional para no intervenir en España. Las principales potencias europeas se mostraron de acuerdo, salvo Alemania e Italia que continuaron enviando material a los rebeldes. En octubre de 1936, la Unión Soviética comenzó a proporcionar armas a la República. El Comintern, por su parte, promovió las Brigadas Internacionales para luchar junto al ejércirto republicano.

Durante la guerra, ambos bandos recibieron sustanciosa ayuda extranjera, aunque los historiadores están en desacuerdo en cuanto a la cantidad. Se estima que la República recibió entre 1200 y 1800 aviones. El número de los enviados al ejército nacional varía entre 1250 y 1500. Por otra parte, las Brigadas Internacionales alistaron a favor de la República a un número indeterminado de voluntarios: 30.000 según unos, 100.000 según otros. Lo más eficaz y valioso del armamento llegado de la Unión Soviética fueron los carros de combate. Pero no lo fueron tanto como toda la ayuda alemana e italiana a los nacionales.

Revolución y violencia anticlerical en la España republicana

El levantamiento nacional, y la reacción del Gobierno, desencadenaron la revolución popular, a pesar de que era precisamente lo que se intentaba evitar. La decisión de Giral de armar a las milicias socialistas y anarquistas impidió, en parte, una victoria nacional rápida, pero llevó a un colapso casi completo del gobierno.

El Gobierno sólo pudo mantener un cierto control en Madrid, aunque incluso allí se hacía caso omiso de sus órdenes la mayoría de las veces. Las milicias y tribunales populares se hicieron rápidamente con el control de las ciudades, pueblos y aldeas de la zona republicana. La legalidad en la República se desmoronó: se había producido una revolución proletaria en toda regla. En palabras de Dolores Ibarruri, la Pasionaria, todo el aparato del estado fue destruido y el poder del estado estaba en la calle.

El Gobierno legalmente constituido fue incapaz de controlar la situación en la zona republicana hasta varios meses después. Al principio de la guerra, los órganos revolucionarios, cuya composición variaba de provincia en provincia, tenían mucho más poder que el gobierno central. De hecho, la España republicana se convirtió en una confederación de regiones, gobernadas por juntas populares de distinto tipo.

El desmoronamiento del gobierno republicano fue acompañado por una escalada de terror. No sólo se organizaron milicias revolucionarias que imponían su ley en la calle, sino que en muchos casos, como por ejemplo en Madrid, fueron las mismas fuerzas del orden las responsables de numerosas matanzas.

Buena parte del terror revolucionario se dirigió contra la Iglesia, los sacerdotes y los religiosos. Entre el 18 y el 31 de julio, fueron asesinados en Madrid cincuenta presbíteros y se quemaron o saquearon un tercio de las 150 iglesias de la capital. La violencia anticatólica prosiguió ininterrumpidamente durante el mes de agosto en gran parte de la zona republicana, en la que murieron más de 2000 sacerdotes y religiosos. La persecución religiosa disminuyó gradualmente a partir de septiembre, pero los asesinatos de sacerdotes, religiosos y laicos católicos continuaron hasta el final de la guerra. Al término de la contienda, habían muerto doce obispos, más de 4000 sacerdotes diocesanos -uno de cada siete- y más de 2500 religiosos -uno de cada cinco-. En la diócesis natal de Escrivá, Barbastro, fueron asesinados 123 de los 140 sacerdotes. No es posible decir cuántos seglares fueron asesinados por ser conocidos como católicos, pero el número fue alto. Muchas de las víctimas fueron condenadas en juicios sumarísimos ante tribunales populares, constituidos por anarquistas, socialistas, comunistas y demás izquierda radical. Hubo numerosos linchamientos.

El terror del verano fue acompañado por una revolución económica. Las milicias obreras y sindicales se hicieron con el control de las fábricas y de los recursos. En Madrid y sus alrededores, el Gobierno dirigió un tercio de la industria hacia la producción bélica. En el campo, los sindicatos socialistas y anarquistas confiscaron muchos latifundios. A pesar del cambio de dueños, los campesinos seguían trabajando la tierra en las mismas condiciones que antes. En el este de España, se formaron cientos de colectividades agrarias, cada una con una configuración distinta.

El gobierno Giral y la revolución

Giral estaba entre la espada y la pared. Necesitaba restaurar la autoridad del Gobierno, pero también mantener el apoyo de la izquierda radical de la que dependía. En privado, mostraba su desacuerdo con las matanzas y la violencia que reinaba en la zona republicana, pero temía condenarlas públicamente por miedo a perder el apoyo de socialistas, anarquistas y comunistas.

Además de no condenar el terror reinante, el gobierno Giral tomó algunas medidas que podrían ser percibidas como una convalidación de los ataques a la Iglesia. El 27 de julio de 1936, por ejemplo, ordenó la ocupación inmediata de todos los edificios que habían sido utilizados por órdenes y congregaciones religiosas con fines educativos. El 11 de agosto de 1936 decretó el cierre de todos los establecimientos religiosos cuyos propietarios hubieran favorecido directa o indirectamente el levantamiento militar. Cierto es que no se aprobaba explícitamente la persecución religiosa, pero estaba claro que no se ponía ningún interés en defender a la Iglesia y a los católicos de los ataques que estaban sufriendo.

El gobierno tampoco controlaba enteramente el Ejército. Una gran parte del ejército regular no se había unido a la insurrección, pero fueron las milicias socialistas, anarquistas y comunistas las principales protagonistas del esfuerzo militar republicano. Muchos oficiales profesionales apoyaban a la República y estaban dispuestos a servirla, pero la desconfianza política reinante impidió que el gobierno republicano hiciera de ellos un uso eficaz. Así, las milicias populares no tuvieron el entrenamiento, la organización y el liderazgo que necesitaban. No eran capaces de vencer en el campo de batalla a las unidades del ejército nacional -aunque más pequeñas, mejor organizadas y dirigidas- que se acercaba cada vez más a Madrid. Las milicias comunistas eran superiores en orden y disciplina a las socialistas y anarquistas, pero, en campo abierto, también carecieron de la destreza del ejército regular mandado por oficiales formados. Además de las deficiencias señaladas en las fuerzas republicanas, lo más grave fue su falta de coordinación e incapacidad de poner en práctica planes estratégicos. A pesar de todo, el gobierno Giral no se atrevió a reorganizar las fuerzas armadas de manera más ortodoxa porque los anarquistas y muchos socialistas rechazaban la disciplina militar.

La revolución económica en el campo presentó un dilema similar. Muchos agricultores que apoyaban a la República se aferraban a sus pequeñas propiedades, aún cuando fueran económicamente ineficientes. Por otra parte, los campesinos no propietarios del sur, que constituían buena parte del apoyo rural a la República, exigían una reforma agraria radical, no contentos con las medidas de Giral que autorizaban la toma de tierras “abandonadas” por sus propietarios y la adquisición del título legal de las propiedades por parte de arrendatarios de muchos años.

La lucha por Madrid (julio de 1936 — marzo de 1937)

Los sublevados tenían la esperanza de acabar con los focos de resistencia en dos o tres días, pero desde el principio contaron con la posibilidad de que el levantameinto fracasara en Madrid. En ese caso, haría falta aislar y rodear la capital con ataques desde el norte y desde el sur. Esto, pensaban, podría llevarles varias semanas.

Los planes de ataque desde el norte se llevaron a cabo rápidamente. El 22 de julio de 1936, una columna procedente de Burgos llegó al Puerto de Somosierra; y otra que venía de Valladolid alcanzó el Puerto del León, al norte de la capital. Ambas columnas, sin embargo, fueron contenidas con una dura lucha.

La elite del ejército regular, el Ejército de Africa, se encargaría del ataque por el sur. Compuesto de 40.000 hombres, de los cuales 10.000 eran marroquíes voluntarios, tenía las unidades mejor entrenadas y equipadas del ejército español. Al principio, como los republicanos controlaban el Mediterráneo, no pudieron intervenir en la península. El general Franco, al mando del Ejército de Africa, pudo transportar gradualmente sus tropas al sur de España con la ayuda de los aviones alemanes e italianos.

Durante agosto y septiembre, las tropas del Ejército de Africa, junto con algunas guarniciones del sur de España, falangistas y otros voluntarios que se les unieron, consiguieron abrir camino hacia el norte por la frontera con Portugal. Después, giraron hacia el oeste en dirección a Madrid. A mediados de agosto conectaron con fuerzas nacionales que bajaban desde el norte. Después de seis semanas de guerra, los nacionales habían tomado el centro y sudoeste de España.

A medida que los nacionales se acercaban a Madrid, arreciaba la resistencia republicana, a lo que ayudó su supremacía aérea. En su avance hacia la capital, el ejército nacional se desvió para liberar el Alcázar de Toledo, asediado desde dos meses atrás. Cuando comenzó el ataque sobre Madrid, el 8 de noviembre de 1936, Franco encontró la resistencia decidida de las milicias populares, las Brigadas Internacionales y el recién constituido ejército del pueblo, reforzados por los aviones y tanques soviéticos. Para el 21 de noviembre de 1936, las fuerzas republicanas habían detenido el ataque desde el sur.

Después de fracasar el asalto por el sur, entre finales de noviembre de 1936 y principios de enero de 1937 hubo tres intentos nacionales de tomar Madrid desde el norte, pero también fallaron, a pesar de haber contado con el apoyo de aviones, artillería ligera y carros de combate alemanes e italianos. Los nacionales, entonces, se propusieron aislar la capital, cortando la carretera Madrid-Valencia con un nuevo ataque por el valle del Jarama. La ofensiva comenzó el 6 de febrero de 1937. La batalla del Jarama fue la primera a gran escala de la guerra. Durante dos semanas de lucha encarnizada, los republicanos sufrieron 25.000 bajas y los nacionales 20.000. Los nacionales avanzaron casi 16 kilómetros por un frente de 22 kilómetros de ancho, pero no consiguieron cortar la carretera.

En marzo de 1937, en otro intento más de aislar la capital, cuatro divisiones italianas, enviadas por Mussolini para ayudar a los nacionales, avanzaron sobre Madrid desde Guadalajara. Las fuerzas republicanas, en las que se había integrado la antifascista Brigada Garibaldi, repelieron el ataque con el apoyo de los carros y la aviación soviética. Tras este nuevo fracaso, los nacionales dejaron para más adelante la toma de Madrid.

De la insurrección militar al Movimiento Nacional

Pocos días después del alzamiento, el general Mola estableció una junta militar de defensa nacional de siete miembros. Sanjurjo, el general insurrecto de mayor rango, iba a ponerse a la cabeza del golpe, pero falleció en un accidente de aviación camino de España. La presidencia, más bien honoraria, recayó en el siguiente general en graduación: Cabanellas, un masón de cierta edad y bien conocido liberal que había sido diputado.

En un primer momento, la insurrección militar carecía de un programa político bien definido. El único punto claro era restablecer la ley y el orden bajo un gobierno militar. Excepto en Navarra, con una notable presencia carlista, parece que los nacionales no pensaban en restaurar la monarquía. La Falange todavía tenía poco poder e influencia. De hecho, las primeras proclamas nacionales terminaban con un “¡Viva la República!”, aunque la república que los rebeldes tenían en mente era bien distinta de la establecida por la Constitución de 1931.

Los líderes nacionales no sólo carecían de un plan político claro: tampoco se habían marcado unos objetivos ideológicos y culturales. Obedecían más a un estímulo contrarrevolucinario, al rechazo de la democracia liberal y al deseo de restaurar valores tradicionales. Durante la Guerra Civil, los nacionales utilizaron estos lemas para apoyar emocional e ideológicamente su causa.

El renacer religioso tuvo un lugar de primer orden en la batalla ideológica, aunque los líderes de la insurrección militar no lo contemplaban en sus planes iniciales. En sus primeras proclamas no se refirieron a la defensa de la Iglesia o de la religión. Por ejemplo, el general Mola declaró que la Iglesia y el Estado debían separarse por el bien de ambas instituciones. El mismo Franco, en octubre de 1936, afirmó que el Estado no sería confesional. Los falangistas deseaban que hubiera buenas relaciones entre la Iglesia y el Estado, pero querían una separación clara entre ambos. Por otra parte, el primer jefe de la Junta de Defensa Nacional, el general Cabanellas, era masón y favorable al Partido Radical, bien conocido por su anticlericalismo.

Es cierto que los insurrectos no se levantaron por motivos religiosos, pero la persecución religiosa en la zona republicana hizo que la inmensa mayoría de los católicos practicantes abrazara la causa nacional. Los obispos empezaron siendo cautos en sus declaraciones. El Papa Pío XI estaba bien dispuesto hacia quienes defendieron a la Iglesia de una de las más crueles persecuciones que jamás había sufrido, pero era reacio a tomar partido oficialmente. En una audiencia privada en septiembre de 1936, habló de mártires para referirse a las víctimas de la persecución religiosa y bendijo a quienes luchaban en defensa de la religión. Se centró claramente en los aspectos religiosos del conflicto español, “por encima de consideraciones políticas y mundanas”; y, apelando a la compasión y a la misericordia, advirtió del peligro de excesos que serían injustificables. La censura de prensa en la zona nacional suprimió parte del texto antes de permitir que se publicara.

Tampoco la jerarquía española hizo al principio una declaración colectiva a favor del levantamiento. Sin embargo, en otoño de 1936, varios obispos, entre los que destacaba Gomá, cardenal primado de Toledo, se sumaron abiertamente a la causa nacional. En su carta pastoral de noviembre de 1936, Gomá describió el conflicto como una guerra guiada por el espíritu cristiano y español.

Si bien es cierto que a la mayoría de los sublevados les movía la causa de la ley y el orden más que la religión o la ideología, también lo es que pronto vieron en estas últimas fuentes de apoyo popular. Así, a mediados de agosto de 1936 Mola prometió levantar la cruz sobre el nuevo estado.

La única excepción significativa se dio en el País Vasco. Allí, muchos católicos practicantes -también sacerdotes- se decantaron por la República. A pesar de que bastantes de ellos eran tradicionalistas y de que se podía esperar que las razones religiosas les llevasen a decantarse por el bando nacional, las aspiraciones autonomistas pesaron más que las consideraciones de otro tipo. El Partido Nacionalista Vasco se unió al gobierno de Largo Caballero en septiembre de 1936 a cambio del estatuto de autonomía. Los nacionales reaccionaron expulsando al obispo de Vitoria: aunque era sabido que apoyaba su causa, le echaron en cara no haber mantenido la disciplina entre los clérigos de su diócesis partidarios de los republicanos. En octubre de 1936, los nacionales ejecutaron a 12 sacerdotes vascos por crímenes políticos. Durante la Guerra, los nacionales ejecutaron en total a 14 sacerdotes vascos y los republicanos a 58.

Fue en agosto de 1936 cuando los insurrectos empezaron a llamar “nacional” a su movimiento, aunque la mayoría de sus jefes mostraban muy poco o nulo entusiasmo por las doctrinas de la Falange, el Partido Nacional Socialista o de otros movimientos nacionalistas radicales de Europa. Como se ha dicho, su intención era instaurar un gobierno militar hasta el fin de la guerra, sin unos planes claros a largo plazo que fueran más allá de un vago autoritarismo conservador.

Los nacionales encontraron una significativa oposición civil, también en las provincias del norte en las que el levantamiento triunfó y gozó del apoyo de la mayoría. En las zonas más deprimidas del sur y sudeste, que los nacionales conquistaron en los primeros meses de la guerra, una parte importante de la población estaba profundamente en contra.

En ambos bandos hubo una gran represión. Es difícil que los historiadores lleguen a un acuerdo sobre el número de ejecuciones, pero sí queda claro que murió un gran número de civiles y que los excesos fueron abundantes en uno y otro adversario. La dureza de la represión practicada obedecía, en parte, a la necesidad de pacificar las zonas donde pudiera haber resistencia civil. Además, en muchos casos los intensos conflictos ideológicos de los años precedentes sirvieron para demonizar al enemigo y justificar mentalmente la adopción de medidas extremadamente crueles. Todo ello, unido al horror de la persecución religiosa en la zona republicana, ayuda a explicar el silencio de parte de la jerarquía de la Iglesia ante los excesos de los nacionales. Los obispos y los sacerdotes intervinieron frecuentemente a favor de víctimas individuales de la represión nacional. Aunque por regla general no se pronunciaron públicamente, sí lo hizo el obispo de Pamplona, Marcelino Olaechea, quien en noviembre de 1936 lanzó una apasionada petición de compasión y misericordia: “Ni una gota de sangre y venganza”.

Franco toma el poder en la España Nacional

En los dos primeros meses de la guerra, la Junta de Defensa Nacional no desarrolló una estructura de gobierno ni una política común para las zonas de España bajo su control. Los jefes militares de los distintos frentes disfrutaron de gran autonomía y a menudo se produjeron discordias entre ellos.

Conforme se acercaban a Madrid, la necesidad de un mando único se hacía más urgente. A las alturas de septiembre de 1936, Franco no era miembro de la Junta, pero sí tenía gran autoridad en el bando nacional por estar al mando del Ejército de Africa y por haber conseguido las ayudas alemana e italiana. El 29 de septiembre, la Junta le nombró generalísimo y jefe del estado y le confirió todos los poderes.

Inmediatamente, Franco sustituyó la Junta de Defensa Nacional por una junta técnica, en la que sólo había un miembro de la Junta recién disuelta. No se pensó este nuevo organismo como una solución a largo plazo, sino como un ente supervisor de las operaciones bélicas. Funcionó como gobierno en la zona nacional durante un año y medio hasta que Franco nombró un gabinete convencional.

Largo Caballero sustituye a Giral

En septiembre de 1936, los socialistas retiraron su apoyo a Giral y su gobierno se derrumbó. Le sucedió Largo Caballero, líder del ala más revolucionaria del socialismo español. Formó un gobierno compuesto por cinco socialistas -dos revolucionarios, dos moderados y un quinto que, de hecho, era comunista-, cuatro republicanos de izquierdas, dos comunistas y un nacionalista vasco. Propuso entrar a los anarquistas, pero prefirieron prestar su apoyo sin formar parte del gabinete.

Contrariamente a lo ocurrido con otros movimientos revolucionarios que se tornaban más radicales con el paso del tiempo, la revolución española llegó a su punto álgido durante las primeras seis semanas de la Guerra Civil, un período en el que gobernaba la izquierda moderada. El gobierno de Largo Caballero era teóricamente mucho más radical que el de Giral. Sin embargo, con Largo se empezó a controlar el terror y la revolución social y económica de las primeras semanas de la guerra.

Largo Caballero estaba decidido a crear un ejército eficaz. Su objetivo de transformar las milicias populares en un ejército encontró la oposición de algunos de sus aliados políticos, especialmente de los anarquistas, para quienes esa sola idea constituía la antítesis de los fines por los que combatían. Sin embargo, gracias a su fama de ardoroso revolucionario, consiguió lo que hubiera sido imposible para Giral: creó un estado mayor con oficiales de carrera y reorganizó a los milicianos en brigadas regulares.

Largo Caballero también recuperó el poder de los comités revolucionarios que habían surgido en los primeros compases de la guerra. Poco a poco, reconstruyó el gobierno central, contando con los líderes de esos comités para puestos en la administración pública. Los organismos a los que los incorporó no eran en apariencia muy distintos de los comités, pero esta medida los neutralizó y permitió un mayor control por parte del gobierno central.

A principios de noviembre, con los nacionales a las puertas de Madrid y en un último intento de impedir su victoria, los anarquistas sacrificaron sus principios y entraron en el gobierno, que pasó de trece a dieciocho ministerios. Como la conquista de Madrid parecía inminente, el gobierno se trasladó a Valencia el 6 de noviembre. Los políticos de todos los partidos abandonaron Madrid, con excepción de los comunistas, quienes se hicieron con el control de la ciudad después de que las fuerzas republicanas consiguieran, inesperadamente, rechazar la ofensiva de los nacionales sobre la capital.

 


 

La rápida división del país en dos zonas y el colapso de las comunicaciones dentro de la republicana hicieron que Escrivá y los miembros de la Obra que estaban en Madrid quedaran separados del resto. El estallido de la lucha de clases y la violenta persecución religiosa en la zona republicana interrumpieron las actividades apostólicas corporativas del Opus Dei y dificultaron el apostolado personal de los miembros con sus amigos, colegas y parientes. Al igual que las de muchos otros españoles, sus vidas estaban en peligro y se vieron obligados a esconderse.

Introducción. Opus Dei
La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)
Los primeros años (1902-1925)
Años de preparación (1925-1928)
Los primeros pasos (1928-1930)
El ambiente se torna hostil (1931)
Nuevas luces (1931)
Intentos de abrir camino (1931-32)
Poner los cimientos (1933)
El primer centro (1933-1934)
Obstáculos y crecimiento (1934-1935)
Planes de expansión (1935-36)
Los comienzos de la Guerra Civil (julio de 1936 — marzo de 1937)
Huida en el Madrid revolucionario (julio 1936 - marzo 1937)
Las últimas etapas de la Guerra Civil (marzo 1937—abril 1939)
En la Legación de Honduras (marzo - octubre 1937)
El paso de los Pirineos (octubre-diciembre 1937)
La época de Burgos (diciembre 1937 - octubre 1938)
En Madrid y en Burgos (octubre 1937-marzo 1939)
España en una Europa en Guerra (1939 - 1945)
Reconstrucción y expansión en Madrid (1939 - 1940)
Expansión fuera de Madrid (1939-1942)
Vuelve a empezar la labor con las mujeres (1939-1943)
Oposición y nuevo desarrollo (1940-1943)
Epílogo