Planes de expansión (1935-36)

La situación política y social empeora

A medida que avanzaba el año 1935 la situación política y social española se iba deteriorando. El país sentía los efectos de la depresión económica mundial, y los partidos de izquierda estaban cada vez más decididos a provocar un cambio radical en España. A la derecha, los partidos extremistas crecían en tamaño y radicalismo. La Falange tomó del fascismo italiano parte de su vocabulario, de su apariencia externa y de su programa. Cada vez estaba más presente en las calles, donde sus jóvenes camisas azules se enfrentaban a grupos de izquierdas en choques cada vez más violentos. A finales de 1935 el gobierno de centro derecha no era capaz de hacer frente a la situación. A comienzos de 1936 el presidente de la República disolvió el parlamento y convocó elecciones generales.

Los partidos obreros de izquierda y los partidos burgueses de centro izquierda se unieron para formar el Frente Popular. Varios factores lo facilitaron. Uno de ellos fue la represión de la revolución de Asturias. La Internacional Comunista animaba la creación de frentes populares por toda Europa para contrarrestar la subida del fascismo y del nazismo. Además, los partidos de izquierda tomaron experiencia del desastre electoral de 1933 y vieron la importancia de presentarse unidos en las elecciones. Esta vez, los católicos y la derecha en general estaban lejos de concurrir juntos a las elecciones como en 1933. El cardenal de Toledo repitió insistentemente sus llamadas a la unidad en defensa de la Iglesia, de la familia y de la enseñanza católica, pero sin fruto.

La retórica de la campaña electoral llamaba al enfrentamiento. El líder socialista Largo Caballero declaró: “Soy socialista marxista y, por tanto, revolucionario. El comunismo es la evolución normal del socialismo, su última y definitiva etapa (...). Si ganan las derechas, tendremos que ir a la guerra civil”223.

El Partido Comunista, aunque pequeño todavía, multiplicó por cinco el número de afiliados en sólo unos meses. Su periódico oficial hizo un llamamiento a la revolución proletaria para llevar a España a la misma situación que la Unión Soviética224.

La derecha estaba convencida de que la revolución comunista era inminente. Los conservadores no hacían muchas distinciones entre comunistas, socialistas y anarquistas. Los tres eran “rojos” y su victoria traería una completa subversión social, como la de Rusia o, más cerca todavía, como la de Asturias de octubre de 1934.

Al contrario que los conservadores estadounidenses o británicos, que solían ser pragmáticos, los conservadores españoles, en su mayoría, estaban decididos a no ceder. Creían que estaba en juego todo un sistema de vida y que la única receta para sobrevivir era resistir hasta la muerte. Un panfleto político distribuido por el ala derecha de Acción Popular da el tono de comienzos de 1936: “!Contra la revolución y sus cómplices! Señores conservaduros [sic]. Lo que os espera si triunfa el marxismo: Disolución del ejército. Aniquilamiento de la Guardia Civil. Armamento de la canalla. Incendios de Bancos y casas particulares. Reparto de bienes y de tierras. Saqueos en forma. Reparto de vuestras mujeres. Ruina. Ruina. Ruina”225.

En términos de sufragios, las elecciones de 1936 representaron un ligero desplazamiento de los votos del centro y centro derecha hacia el centro izquierda, aunque los detalles exactos de lo que ocurrió no están muy claros. El Frente Popular obtuvo algo más del 40% de los votos, los partidos de derechas un 30% y los de centro un 20%. El 10% restante fue a parar a candidatos imposibles de catalogar. Partidos de izquierda moderada, como Izquierda Republicana, ganaron en muchos distritos. No pasó así con los candidatos comunistas. Por la derecha, la Falange obtuvo sólo el 0,5% de los votos. Estos datos permiten concluir, en líneas generales, que el electorado era moderado y dio la espalda a los extremismos de uno y otro signo.

Sin embargo, en términos de diputados el cambio fue mucho más dramático. Gracias al sistema de alianzas y a las peculiaridades de la ley electoral, el Frente Popular obtuvo el 56% de los parlamentarios. Los partidos de derecha, el 30%. El centro quedó muy fragmentado con tan sólo el 14% de los diputados y, en realidad, ninguna influencia.

Los socialistas habían participado en el Frente Popular, pero, liderados por Largo Caballero, marxista radical, se negaron a entrar en el gobierno que, tras las elecciones, formó Azaña. Se trataba de un gobierno de clase media y que ciertamente no podía ser considerado revolucionario, pero la ausencia de los socialistas lo convertía en un gobierno débil. No era capaz de resistir la creciente presión de los sindicatos ni de controlar la violencia callejera.

Uno de los primeros actos del gobierno fue una amnistía para los encarcelados por la revuelta de octubre de 1934, hecho que molestó profundamente a la derecha. Desde la primavera de 1936 se generalizó la violencia. En el sur, los agricultores, animados por los resultados electorales, ocuparon la tierra. En las ciudades se multiplicaron los ataques a edificios públicos o privados, particularmente a las iglesias. Se produjeron frecuentes huelgas y continuos altercados. Grupos armados de derechas patrullaban por las calles de Madrid y otras ciudades; a menudo se disparaba al azar desde los coches. Entre el 3 de febrero de 1936 y el comienzo de la Guerra Civil hubo unos 270 asesinatos y casi 1.300 heridos. Y la violencia no se limitaba a la capital: unas 150 personas fueron asesinadas en otras ciudades, y 120 murieron en pueblos y zonas rurales.

Antes de las elecciones, la familia Escrivá se había trasladado, temporalmente, a una pensión; se temía que en cualquier momento los alborotadores asaltaran Santa Isabel. En vista de la situación, decidieron que no era seguro volver a la residencia del rector y alquilaron un pequeño piso en la calle Doctor Cárceles. Escrivá se trasladó permanentemente a la residencia DYA.

Los temores resultaron justificados. El 13 de marzo de 1936 la multitud intentó incendiar Santa Isabel. Afortunadamente, se quedaron sin gasolina y, mientras iban a buscar más, llegó la policía y los dispersó antes de que causaran daños de importancia. Escrivá apuntó en sus cuadernos: “La gente por ahí está muy pesimista. Yo no puedo perder mi Fe y mi Esperanza, que son consecuencia de mi Amor (...). Hoy, en Sta. Isabel, donde no ganan para sustos no sé cómo las monjas no están todas enfermas del corazón, al oír a todo el mundo hablar de asesinatos de curas y monjas, y de incendios y asaltos y horrores..., me encogí y —el pavor es pegajoso— tuve miedo un momento. No consentiré pesimistas a mi lado: es preciso servir a Dios con alegría, y con abandono”226.

Planes de expansión

Escrivá procuraba que las difíciles circunstancias del país no le distrajeran de sus tareas apostólicas. Aunque en el año académico 1935-36 DYA sólo había cubierto la mitad de las plazas, a comienzos de 1936 Escrivá planeaba la adquisición de un local más amplio para el curso siguiente. No contento con esto, el 13 de febrero de 1936 escribió: “Veo la necesidad, la urgencia de abrir casas fuera de Madrid y fuera de España. Siento que Jesús quiere que vayamos a Valencia y a París (...). Ya se está haciendo una campaña de oración y sacrificios, que sea el cimiento de esas dos Casas”227.

En 1934 explicó al vicario general de Madrid que pretendía abrir centros similares cerca de las principales universidades del mundo. A comienzos de 1936 escribió al obispo auxiliar de Valencia para contarle sus planes de abrir un centro en aquella ciudad. También escribió al vicario general de Madrid para informarle de que esperaba tener una casa en Valencia a finales del verano y que estaba preparando a un pequeño grupo para ir a París.

Mientras tanto, trabajaba en la redacción de una serie de instrucciones que orientarían las actividades del Opus Dei en aquellas dos primeras avanzadillas y en los centros de todo el mundo con los que soñaba. La “Instrucción para los Directores” les urge a considerar su tarea como un servicio: “Os he repetido muchas veces, pues en esta frase se condensa una gran parte de nuestro espíritu: servicio a Dios, repito, a su Santa Iglesia y al Romano Pontífice; servicio a todas las almas”228. La instrucción toca muchos puntos, pero su tema fundamental es la necesidad de santidad personal: “Recuerdo a los directores locales que, al darse a los demás en las tareas de formación y en las apostólicas, no deben olvidar que siempre lo más importante para ellos mismos, para la Obra y para la Iglesia, es su propia vida interior: que todo el trabajo exterior o interno, con mayor razón el de los directores, debe fundamentarse en una sólida piedad”229.

En abril de 1936, Escrivá fue a Valencia con Vallespín, el director de DYA, para hablar con el obispo auxiliar y darle copia de las diversas instrucciones que había escrito para los miembros de la Obra. Estos contactos con la jerarquía no sólo eran una preparación necesaria para la prevista expansión, sino también la forma que tenía Escrivá de cerrarse la retirada. Después de haber informado oficialmente al obispo de Valencia y al vicario general de Madrid de sus planes, ya no podría echarse atrás en su empresa.

Aquellos planes se basaban en la confianza en Dios. El obispo José López Ortiz, agustino y catedrático de universidad, que había conocido a Escrivá en 1924 en Zaragoza describe una conversación que tuvo con él en Madrid en la primavera de 1936: “Él no me habló explícitamente de la Obra, pero me pidió lleno de fe que le encomendase, que rezase mucho por él, porque el Señor le pedía algo muy superior a sus fuerzas. Aludió genéricamente a que el Señor le enviaba un gran trabajo. Se sentía instrumento en las manos de Dios, dispuesto a hacer lo que Él quisiera, con una lucha amorosa por su parte, por no poner resistencia, lucha en la que el Señor iba llevándole por un camino extraordinariamente doloroso. El Señor le había mostrado qué quería de él y de su vida: su vocación, que él veía clara. Consideraba que superaba con mucho sus posibilidades, pero estaba decididamente dispuesto a seguirla con toda fidelidad, rodeado de contradicciones (...).

Aquel día, precisamente por verle sin aquella alegría suya que ha sido característica de toda su vida, se quedó grabada en mí la imagen del hombre que sufre, dispuesto a hacer la Voluntad de Dios sabiéndose nada y menos que nada, un mero instrumento. Esta actitud diametralmente opuesta a cualquier tipo de triunfalismo -humilde y yo diría que humillada- ha estado siempre en él como oculta, como la raíz con respecto al árbol, dando peso y sentido a esa constante alegría y a ese optimismo desbordante que sólo la rendida aceptación de la Cruz hace posible”230.

Para preparar la expansión a Valencia y el desarrollo de las actividades en Madrid con profesores y graduados universitarios, los miembros de la Obra decidieron formar dos corporaciones. La primera, Sociedad de Colaboración Intelectual, organizaría conferencias y otras actividades para graduados universitarios que finalmente formarían el núcleo de las actividades apostólicas del Opus Dei con gente casada. Escrivá se refería a aquellas actividades con el nombre de obra de San Gabriel. En tiempos de tensión política y de frecuentes redadas de la policía, era necesario tener una entidad reconocida por las autoridades civiles que pudiera organizar aquellas reuniones de diverso tipo sin despertar recelos.

El Opus Dei no podía organizarlo por sí mismo ya que todavía no tenía un reconocimiento formal ni de la Iglesia ni de las autoridades civiles. En cualquier caso, el papel del Opus Dei con respecto a la Sociedad de Colaboración Intelectual se limitaba a dar formación espiritual y doctrinal y a ayudar a sus miembros a acercarse a Dios en su vida cotidiana. Los miembros del Opus Dei organizarían, junto con otras personas, seminarios sobre temas históricos y culturales y muchas otras actividades no relacionadas con los fines espirituales del Opus Dei. Lo harían a título personal o mediante fundaciones civiles como la Sociedad de Colaboración Intelectual, porque tales actividades serían suyas y no de la Obra.

La segunda corporación, Fomento de Estudios Superiores, sería la entidad que alquilaría o compraría los locales necesarios para el nuevo centro en Valencia y otros proyectos apostólicos futuros. El Opus Dei no podía comprar o alquilar propiedades, y además no tenía ningún interés en poseer o alquilar inmuebles, aunque -está claro- necesitaría algún lugar donde llevar a cabo sus tareas de formación. Tales actividades las realizaría mejor una empresa -con o sin ánimo de lucro- cuyos fines corporativos incluyeran la posesión o arrendamiento de bienes inmuebles. No se trataba tanto de que el Opus Dei no quisiera ser visto, sino más bien que no quería verse mezclado en actividades que, siendo legítimas, no estaban directamente relacionadas con su misión espiritual.

Descenso al caos

A medida que avanzaba la primavera, el clima político se hacía cada vez más tenso. Aunque no se tenían noticias fiables, casi todo el mundo sospechaba, y al final resultó cierto, que el Ejército preparaba un golpe de estado. Los sindicatos y partidos políticos de extrema izquierda y derecha organizaban y armaban milicias populares que se enfrentaban entre sí y sembraban las calles de miedo y violencia. En el parlamento los debates eran cada vez más encendidos. El 15 de abril el secretario general del Partido Comunista amenazó abiertamente con asesinar al líder de la CEDA: “No puedo asegurar cómo va a morir el señor Gil Robles, pero sí puedo afirmar que si se cumple la justicia del pueblo morirá con los zapatos puestos”231. La derecha era cada vez más violenta en sus denuncias al gobierno por su incapacidad para mantener la ley y el orden y por consentir los desmanes de la extrema izquierda.

En abril las Cortes votaron el cambio del presidente de la República y a comienzos de mayo eligieron a Azaña para sustituirlo. El nuevo gobierno, dirigido por Casares Quiroga, continuó dominado por republicanos de izquierda moderada. Pero Casares carecía de la autoridad y prestigio de Azaña, y el nuevo gobierno fue todavía más débil que su predecesor.

Nuevos miembros y traslado de Zorzano a Madrid

A pesar de este desfavorable ambiente, Escrivá aprovechó la ausencia de muchos residentes en abril, durante las vacaciones de Semana Santa, para predicar un curso de retiro en la academia DYA. Fue el primero que se haya predicado en un centro del Opus Dei. Durante el retiro, al igual que en los días de retiro mensual, Escrivá insistió en la necesidad de estudiar y de tener vida de piedad para llevar la sal y la luz de Cristo a la sociedad. Era dolorosamente consciente de los males que atormentaban a la sociedad española, pero animaba a los estudiantes a no dejarse absorber por las actividades políticas hasta el punto de fracasar en su preparación profesional y espiritual. Sin subestimar los problemas políticos y sociales, les urgía a centrarse en sus raíces espirituales: “Un secreto. Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. Dios quiere un puñado de hombres 'suyos' en cada actividad humana. Después... 'pax Christi in regno Christi' -la paz de Cristo en el reino de Cristo”232.

En medio del torbellino político y social de la primavera de 1936, la oración, el sacrificio y los esfuerzos apostólicos de Escrivá y de los otros miembros de la Obra fueron recompensados. A mediados de abril, Vicente Rodríguez Casado, que estudiaba Derecho e Historia en la Universidad de Madrid, se incorporó al Opus Dei. Unos días después, durante el viaje a Valencia, Escrivá conoció a un joven estudiante de Filosofía, Rafael Calvo Serer, directivo de la Asociación de Estudiantes Universitarios Católicos en Valencia. En marzo, aprovechando sus viajes a Madrid por asuntos de la Asociación, Calvo Serer habló con Escrivá varias veces. El 19 de marzo, fiesta de san José, Escrivá le explicó el Opus Dei y le invitó a considerar su posible vocación. En aquella ocasión Calvo le había respondido, medio en broma, que ya había caído en sus redes... Ya en Valencia, tras una larga conversación con Escrivá paseando por las calles de la ciudad, también solicitó la admisión en la Obra.

A mediados de 1936, el Opus Dei tenía ya diecinueve miembros. Escrivá se sentía feliz con las nuevas vocaciones, pero necesitaba ayuda de los mayores para ampliar los apostolados de la Obra. En particular le urgía el deseo de apoyarse más firmemente en Zorzano, quien vivía en Málaga desde antes de pedir la admisión en el Opus Dei. En los últimos meses la situación de Zorzano se había vuelto muy difícil. La ciudad era un hervidero de actividad de la izquierda radical. En general, los hombres que trabajaban directamente para él le respetaban y apreciaban su honradez y su interés por ellos. Pero como ingeniero y como católico, Zorzano era detestado por los obreros que no le conocían personalmente. Un día un antiguo alumno suyo de la Escuela Técnica le informó de que un grupo de trabajadores anarquistas y comunistas planeaban asesinarlo. No habría sido prudente seguir mucho más tiempo en Málaga.

No era la primera vez que Zorzano había pensado trasladarse a Madrid. Durante años había buscado un trabajo en la capital porque sentía la necesidad de tener más contacto con Escrivá y con los demás de la Obra. Pero en plena crisis económica no había surgido ninguna oportunidad. La prevista expansión de DYA y la próxima apertura de una academia y residencia en Valencia le brindaron la posibilidad de trabajar en Madrid.

Vallespín se trasladaría a Valencia para comenzar la nueva residencia y Zorzano estaría al frente de DYA en Madrid, donde también pondría en marcha la nueva sección de estudios de ingeniería. Desde un punto de vista económico el puesto de director de DYA no era lucrativo, pero Zorzano tenía un familiar que se disponía a empezar negocios en Madrid: colaboraría con él y así obtendría más ingresos con los que llegar a fin de mes. A primeros de junio se trasladó a Madrid. En su nuevo cargo tendría la oportunidad de poner en práctica su formación técnica y su experiencia docente. También le permitiría contribuir de modo más directo al apostolado del Opus Dei en Madrid.

Dificultades en el apostolado con sacerdotes y mujeres

Los planes de expansión de DYA y los próximos comienzos de las actividades en Valencia y París daban cuenta del lento, pero constante crecimiento del apostolado del Opus Dei con universitarios y recién graduados. Sin embargo, la labor con sacerdotes y con mujeres no iba tan bien.

En 1934 unos cuantos sacerdotes se habían comprometido a obedecer a Escrivá en asuntos relacionados con la Obra. Aunque se trataba de un paso importante para su gradual incorporación al Opus Dei, no se daban cuenta del todo del origen sobrenatural de la Obra ni del papel de Escrivá como fundador. A alguno de ellos la decisión de seguir adelante con DYA a pesar de las dificultades financieras le pareció una locura. Peor aún, solían ir a su aire, y no prestaban atención a lo que Escrivá les decía sobre el espíritu de la Obra.

El problema fundamental, concluyó pronto, era que, con algunas pocas excepciones, “tienen poca visión sobrenatural, y un amor pobre a la Obra, que para ellos es un hijo postizo, mientras para mí es alma de mi alma”. Escrivá decidió: “Procuraré sacarles el partido posible, hasta ver si se maduran en el espíritu de la Obra”233.

En lugar de mejorar, las cosas empeoraron. En marzo de 1935 ya no se pudieron seguir teniendo las reuniones de los lunes con sacerdotes, que se celebraban semanalmente desde 1931. Tanto el director espiritual de Escrivá, el padre Sánchez, como su gran amigo don Pedro Poveda aconsejaron a Escrivá romper las relaciones con los demás sacerdotes, pero no fue capaz de hacerlo. A la vista de sus virtudes y de su “innegable buena fe”, optó “por el término medio de conllevarles, pero al margen de las actividades propias de la O., aprovechándolos siempre que sea necesario su ministerio sacerdotal”234.

Pero incluso con esta limitación fueron una fuente de confusión para los miembros laicos de la Obra, hasta el punto de que Escrivá a veces se refirió a ellos como su “corona de espinas”. Al final, prescindió de su ayuda por completo y acudió a otros sacerdotes, que no tenían ninguna relación con la Obra, cuando hacía falta alguien para celebrar Misa o confesar. Escrivá concluyó que los sacerdotes del Opus Dei deberían salir de sus miembros laicos y estar formados en su espíritu desde el inicio de su vocación. Todavía no tenía idea de cómo se podría realizar eso dentro de los límites que el Derecho Canónico imponía a las organizaciones capaces de incardinar sacerdotes. Estaba tan convencido de que se encontraría el modo de hacerlo, que en mayo de 1936 preguntó a algunos miembros de la Obra si estarían dispuestos a ordenarse si les llamara al sacerdocio.

El apostolado con las mujeres no corría mejor suerte. Con el tiempo, un grupo de mujeres pidió la admisión al Opus Dei, pero les resultaba muy difícil entender plenamente su espíritu. Buena parte del problema se debía al poco trato que tenían con Escrivá. Él las veía de vez en cuando en el convento de Santa Isabel y, en ocasiones, les predicaba una meditación en el oratorio de la residencia DYA, aprovechando la ausencia de los residentes. En general, las veía pocas veces fuera del confesionario donde las dirigía espiritualmente.

Había varias razones para este limitado contacto: las otras actividades de Escrivá eran tan exigentes que le dejaban muy poco tiempo; además, no había otro lugar en el que pudiera atenderlas convenientemente; por otra parte, aunque hubiera encontrado una solución a los problemas mencionados, como joven sacerdote decidido a evitar cualquier ocasión que pudiera poner en peligro su vocación, Escrivá no quería mantener ningún trato personal cercano con mujeres jóvenes.

En conclusión, Escrivá confió a la mayoría de las mujeres de la Obra a don Lino Vea-Murguía, sacerdote de la diócesis de Madrid. Había sido uno de los capellanes del Patronato de Enfermos de 1927 a 1932; desde entonces hasta su asesinato a comienzos de la Guerra Civil lo fue de las Siervas del Sagrado Corazón. Vea-Murguía tampoco había entendido completamente el espíritu del Opus Dei y, lógicamente, no pudo transmitirlo claramente a otros. Las pocas mujeres que pertenecían a la Obra al estallar la Guerra Civil quedaron separadas por completo de Escrivá, y aún no habían captado la esencia del Opus Dei. Una de ellas, Felisa Alcolea, comentaba con sencillez años después: “La verdad es que buena voluntad sí teníamos. Pero nada más”235.

La primera romería

La devoción a la Santísima Virgen tenía un lugar de primer orden en el plan de vida espiritual que Escrivá bosquejó para los miembros del Opus Dei. Preveía el rezo diario de las tres partes del Rosario, del Ángelus y otras prácticas de devoción mariana. Escrivá sintió, además, la necesidad de manifestar de un modo concreto la devoción a la Virgen durante el mes de mayo, que la Iglesia tradicionalmente le ha dedicado. Encontró la solución a raíz de un suceso en la vida del Opus Dei.

Fernández Vallespín contó a Escrivá que durante el verano de 1933 un ataque de reumatismo estuvo a punto de impedirle terminar el proyecto de fin de carrera de Arquitectura. Si no lo entregaba a tiempo, perdería el año académico. Había rezado a Nuestra Señora y le había prometido que, si lograba completar el proyecto satisfactoriamente, haría una romería al Santuario de Sonsoles, situado a las afueras de Ávila. Había conseguido presentarlo antes de pedir la admisión al Opus Dei, pero todavía no había cumplido su promesa. Escrivá se ofreció a acompañarle, no en una romería pública, sino en un grupo de tres formado por ellos dos y Barredo.

El 2 de mayo de 1935 tomaron el tren de Madrid a Avila y a continuación anduvieron los cuatro kilómetros hasta el santuario. Rezaron cinco misterios del Rosario durante el camino. El santuario se veía a lo lejos, en lo alto de una pequeña colina. En un momento dado, sin embargo, lo perdieron de vista unos instantes. Escrivá convirtió este episodio en una parábola de la vida espiritual: “Así hace Dios con nosotros muchas veces. Nos muestra claro el fin, y nos lo da a contemplar, para afirmarnos en el camino de su amabilísima Voluntad. Y, cuando ya estamos cerca de Él, nos deja en tinieblas, abandonándonos aparentemente. Es la hora de la tentación: dudas, luchas, oscuridad, cansancio, deseos de tumbarse a lo largo... Pero, no: adelante. La hora de la tentación es también la hora de la Fe y del abandono filial en el Padre-Dios. !Fuera dudas, vacilaciones e indecisiones! He visto el camino, lo emprendí y lo sigo”236.

En el santuario rezaron otros cinco misterios del Rosario, y los cinco últimos en el trayecto de vuelta a la estación del tren. El camino les llevó por campos de trigo maduros. Escrivá cogió unas pocas espigas de trigo: “Vino entonces a mi memoria un texto del Evangelio, unas palabras que el Señor dirigió al grupo de sus discípulos: ¿No decís vosotros: ea, dentro de cuatro meses estaremos ya en la siega? Pues ahora yo os digo: alzad vuestros ojos, tended la vista por los campos y ved ya las mieses blancas y a punto de segarse (lo IV, 35). Pensé una vez más que el Señor quería meter en nuestros corazones el mismo afán, el mismo fuego que dominaba el suyo”237.

Al regresar de Sonsoles, Escrivá estableció la costumbre de que todos los años los fieles del Opus Dei honrarían a la Virgen de esta manera en el mes de mayo: con una romería sencilla y penitente, hecha en un pequeño grupo, con el fin de ayudar a todos a tener más devoción a Santa María.

Últimas semanas antes de la Guerra Civil

A principios del verano de 1936, el clima político seguía empeorando. Por todas partes se oía hablar de complós contra el gobierno: ya fueran de la derecha con apoyo del Ejército, ya de los sindicatos y partidos de izquierda con el apoyo de las milicias populares. A comienzos de junio un grupo de oficiales del Ejército, dirigidos por el general Mola, tenía completamente planeado el levantamiento. Quería imponer un gobierno militar presidido por el general Sanjurjo, que había dirigido la intentona golpista de 1932. Una vez restaurado el orden, convocarían elecciones constituyentes y se redactaría una nueva constitución. Aparte de éstos, sus objetivos políticos eran vagos. Da la impresión de que su modelo era la dictadura de Primo de Rivera.

Sin traicionar los planes de los conspiradores, el 23 de junio de 1936 el general Franco escribió al presidente del Gobierno. Protestaba porque varios generales de derechas habían sido removidos de sus puestos y prevenía a Casares Quiroga de que la disciplina del ejército estaba en peligro. Nunca recibió respuesta.

El 1 de julio la prensa informaba, con grandes titulares, de que un destacado diputado socialista había amenazado de muerte en público al líder de la derecha Calvo Sotelo. El día 13 fue asesinado por las fuerzas de seguridad y su cuerpo arrojado junto a la tapia del cementerio de Madrid.

Como la mayoría de los españoles, los fieles del Opus Dei veían con horror cómo su país sucumbía a una espiral de violencia, pero no se quedaron paralizados por la inquietud. Justo cuando Zorzano llegaba a Madrid, se encontró una nueva casa para DYA en el número 16 de la misma calle Ferraz. El 17 de junio de 1936 firmaron el contrato de compra y a comienzos de julio empezaron el traslado. El 15 de julio se terminó, aunque quedaba mucho por hacer en la casa. Siguieron trabajando para preparar la nueva residencia y redoblaron su oración y sacrificio para llegar a una solución pacífica a la crisis.

 


 

Los anhelos de crecimiento y expansión se vieron frustrados por el estallido de una guerra civil que duraría casi tres años. La guerra y la persecución religiosa dispersaron a los miembros del Opus Dei. Dos de ellos, recientemente incorporados, murieron en el frente de Madrid; otros no perseverarían en su vocación a causa de las difíciles condiciones de la guerra. Al terminar la contienda, el Opus Dei contaba con menos miembros que cuando empezó y su único centro era un montón de escombros. Sin embargo, la prueba sufrida a causa de la guerra y la persecución religiosa fortaleció y templó la vocación de los que perseveraron y puso los cimientos de un nuevo periodo de expansión.

La Guerra Civil tuvo un efecto devastador para las todavía incipientes actividades apostólicas con las mujeres. El pequeño grupo de chicas jóvenes que pertenecía al Opus Dei en julio de 1936 quedó aislado de Escrivá durante tres años. Cuando empezó el conflicto, todavía no habían asimilado con profundidad el espíritu del Opus Dei, y para cuando se veía el final de la guerra ya habían enfocado sus vidas en otras direcciones. En abril de 1939, Escrivá concluyó que ninguna de ellas podía continuar en el Opus Dei. La única mujer con la que Escrivá podría contar para recomenzar la labro apostólica era Lola Fisac, que pidió pertenecer al Opus Dei en 1937, en plena Guerra Civil.

Las fuentes disponibles poco o nada dicen sobre las mujeres que eran del Opus Dei al comienzo de la guerra. Por eso, los siguientes capítulos están exclusivamente centrados en los hombres.

El siguiente capítulo resume los dramáticos acontecimientos que fueron el contexto de la historia del Opus Dei en el periodo de julio de 1936 a marzo de 1937.

Introducción. Opus Dei
La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)
Los primeros años (1902-1925)
Años de preparación (1925-1928)
Los primeros pasos (1928-1930)
El ambiente se torna hostil (1931)
Nuevas luces (1931)
Intentos de abrir camino (1931-32)
Poner los cimientos (1933)
El primer centro (1933-1934)
Obstáculos y crecimiento (1934-1935)
Planes de expansión (1935-36)
Los comienzos de la Guerra Civil (julio de 1936 — marzo de 1937)
Huida en el Madrid revolucionario (julio 1936 - marzo 1937)
Las últimas etapas de la Guerra Civil (marzo 1937—abril 1939)
En la Legación de Honduras (marzo - octubre 1937)
El paso de los Pirineos (octubre-diciembre 1937)
La época de Burgos (diciembre 1937 - octubre 1938)
En Madrid y en Burgos (octubre 1937-marzo 1939)
España en una Europa en Guerra (1939 - 1945)
Reconstrucción y expansión en Madrid (1939 - 1940)
Expansión fuera de Madrid (1939-1942)
Vuelve a empezar la labor con las mujeres (1939-1943)
Oposición y nuevo desarrollo (1940-1943)
Epílogo