Obstáculos y crecimiento (1934-1935)

La Academia-Residencia DYA

En la década de 1930, la mayoría de los universitarios españoles, también los madrileños, dejaban la capital durante el verano para huir del tremendo calor. Los miembros del Opus Dei, para mantener el contacto con los jóvenes que habían participado en las actividades de DYA, publicaban un boletín durante esa estación. Además escribían numerosas cartas a sus amigos, a las que el Padre solía añadir unas palabras que animaban a los lectores a no descuidar su vida de oración y a hacerle saber cómo les iba.

En agosto el flujo de cartas de DYA aumentó considerablemente. Tras semanas de búsqueda, habían encontrado un lugar adecuado para la academia y residencia, pero debían hacer un depósito de 25.000 pesetas que no tenían. Escrivá envió unas líneas a muchos amigos para pedirles oraciones. A uno le decía que rezara a la Inmaculada durante tres días; a otro le animaba: “Hazte un niño chico delante del Sagrario y di a Jesús esta oración, sencilla, confiada y audaz... y perseverante: 'Señor, queremos —son para ti— cinco mil duros contantes y sonantes'”201. La campaña de oraciones dio su fruto y pudieron hacer el depósito.

En septiembre, ocuparon dos apartamentos en el segundo piso y otro más en el tercero de un edificio situado en el número 50 de la calle Ferraz, cerca del nuevo campus de la Universidad Central. El apartamento del tercer piso sería la sede de la academia, mientras que en los dos del segundo iría la residencia. Zorzano y Vallespín vaciaron sus cuentas corrientes para pagar el depósito y el alquiler del primer mes, pero ¿de dónde iban a encontrar el dinero para las reformas y los muebles necesarios?

Escrivá pidió a su familia para DYA parte de una herencia recibida recientemente. Todavía no les había explicado el Opus Dei. Cuando le preguntaban “¿Para qué estamos en Madrid, donde pasamos tan mala vida?”202 evitaba la cuestión y cambiaba de tema. No se sabe por qué Escrivá esperó casi seis años para hablar a su familia de lo sucedido el 2 de octubre de 1928 y explicarles el porqué de lo que había estado haciendo desde entonces. En parte, se debe a que durante mucho tiempo todos sus esfuerzos no habían producido fruto visible alguno. Además, siempre fue muy reacio a hablar de esa o de cualquier otra experiencia sobrenatural de su vida. Sean cuales fueren los motivos de su reticencia, Josemaría pensó que había llegado el momento de hablar del Opus Dei a su familia.

El 16 de septiembre de 1934, después de rezar ardientemente por ellos, viajó al norte de España donde se encontraban y les explicó, en términos generales, su labor desde el 2 de octubre de 1928. Luego les pidió que dieran a la residencia parte del dinero que habían heredado. Al mismo tiempo les dijo que pensaba trasladarse lo antes posible a la residencia DYA.

En una carta a los miembros del Opus Dei unos pocos días después, describió la conversación: “Al cuarto de hora de llegar a este pueblo (escribo en Fonz, aunque echaré estas cuartillas, al correo, mañana en Barbastro), hablé a mi madre y a mis hermanos, a grandes rasgos, de la Obra. ¡Cuánto había importunado para este instante, a nuestros amigos del Cielo! Jesús hizo que cayera muy bien. Os diré, a la letra, lo que me contestaron. Mi Madre: 'bueno, hijo: pero no te pegues ni me hagas mala cara'. Mi hermana: 'ya me lo imaginaba, y se lo había dicho a mamá'. El pequeño: 'si tu tienes hijos..., han de tenerme mucho respeto los 'mochachos', porque yo soy... ¡su tío!'. Enseguida, los tres, vieron como cosa natural que se empleara en la Obra el dinero suyo. Y esto, —¡gloria a Dios!—, con tanta generosidad que, si tuvieran millones, los darían lo mismo”203.

Pero, aun con el dinero de los Escrivá y estirándo su crédito al máximo, no reunieron la cantidad suficiente para amueblar toda la residencia. Por el momento sólo pudieron instalar la habitación “de muestra”, esperando comprar el mobiliario del resto de la casa a medida que los nuevos residentes hicieran sus depósitos. El plan podía haber funcionado de no ser por la tormenta política que sacudió a España en octubre de 1934.

La revolución de 1934

Las raíces políticas inmediatas de octubre de 1934 se encuentran en las elecciones de otoño de 1933. Para entonces, los partidos conservadores se habían recuperado del desconcierto provocado por la derrota en las elecciones de 1931 y concurrieron en coalición a las de 1933. Se trataba de una unión de los partidos de centro y derecha, en la que partipaban no sólo los monárquicos, sino también la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), un gran partido católico de reciente creación dispuesto a aceptar indistintamente un régimen republicano o monárquico. Los partidos que formaban la coalición estaban divididos sobre diversos temas, pero coincidían en su objetivo de derogar las leyes anticlericales, en oponerse a las reformas agrarias que apoyaban los partidos de izquierda y en dar la amnistía a presos políticos de los primeros años de la Segunda República. Así pues, la derecha presentó una candidatura única en la mayor parte de los distritos y se benefició del sistema electoral mayoritario que tanto le había perjudicado en 1931. Parece también que la extensión del sufragio a la mujer -en 1931 sólo era masculino-vino mejor a los conservadores que a sus adversarios.

Por su parte, los partidos de izquierda y centro izquierda llevaban dos años de feroz lucha parlamentaria y se encontraban demasiado divididos como para ir juntos a las elecciones. Los anarquistas se abstuvieron de votar y de participar en la campaña. Los socialistas y los partidos de centro izquierda no llegaron a un acuerdo. Esta división les salió muy cara en 1933.

La CEDA obtuvo la mayoría en las elecciones de 1933, seguida del Partido Radical. Los socialistas quedaron con menos de la mitad de escaños que la CEDA. El partido de Manuel Azaña sólo consiguió unos pocos diputados.

En España no había mucha tradición democrática, por lo que era difícil aceptar pacíficamente las derrotas en las urnas. Los partidos de izquierda se consideraban dueños y valedores de la Segunda República y clamaron contra la ley electoral, que tan bien les había venido en 1931 y tan mal en 1933. Inmediatamente después de las elecciones empezaron a sucederse las huelgas de protesta y altercados, provocados en su mayoría por los sindicatos anarquistas. Los líderes sindicalistas hablaban con toda libertad de llevar a cabo en España una revolución a imagen de la rusa.

Después de las elecciones se formó un gobierno de centro. La CEDA mostró una considerable moderación; aceptó apoyar el programa del gobierno pese a que, siendo el primer partido del parlamento, no había recibido ninguna cartera ministerial. Durante el año siguiente el gobierno revocó parte de la reforma agraria de 1931. También concedió una aministía para muchos delitos políticos.

El giro hacia la derecha fue significativo, pero no dramático. La izquierda se alarmó y empezó con una estrategia de huelgas y alborotos, que hicieron vivir a España un año de fuerte desgarro social.

En otoño de 1934 la CEDA anunció que no seguiría apoyando al gobierno si no entraba a formar parte del gabinete. El 4 de octubre se formó uno nuevo. La mayoría de los ministros pertenecían al Partido Radical, pero la CEDA se hizo con las carteras de Justicia, Trabajo y Agricultura. La izquierda respondió con una huelga general de escala nacional y un levantamiento revolucionario. El movimiento fracasó rápidamente en la mayoría del país, salvo en Cataluña y en Asturias. Se tardó poco en recuperar el control de Cataluña, pero en Asturias empezó una revolución total.

Se llamó al Ejército de África para sofocar la revolución asturiana. Era un movimiento desesperado. Cerca de un tercio de las tropas eran marroquís. El ejército de África estaba entrenado para combatir los levantamientos coloniales con toda la energía que fuera necesaria. Para muchos españoles era impensable que se utilizara en la península. La batalla fue feroz: ni los revolucionarios ni el Ejército se rindieron. Más de mil civiles y unos 300 soldados, guardias civiles y policías perdieron la vida. Ardió, fue volado o sufrió algún tipo de daño cerca de un millar de edificios. Al término de la insurrección fueron encarcelados varios miles de personas.

La revolución asturiana tuvo un carácter fuertemente anticlerical. Para cuando se restauró la paz se habían destruido 58 iglesias y 34 sacerdotes y religiosos fueron asesinados. Este episodio marcó el comienzo de una nueva fase en la historia del anticlericalismo español. En los anteriores estallidos de violencia anticlerical se habían producido considerables daños materiales, pero, con excepción de los sucesos de 1834, habían sido raros los ataques a sacerdotes y religiosos.

Los líderes de la revolución de 1934 la justificaron diciendo que había que decapitar el golpe fascista. De hecho, en España en 1934 no había amenaza fascista importante. En realidad, la revolución galvanizó a los partidos de derecha y contribuyó al levantamiento militar de 1936. En definitiva, también facilitó que la Falange dominara la vida política durante el régimen de Franco. En este sentido hay un llamativo paralelismo entre la revolución de 1934 y el golpe militar de julio de 1936, cuyos autores justificaron para neutralizar la amenaza de una revolución comunista.

La crisis financiera de DYA

Las universidades españolas llevaban tiempo siendo focos de intensa actividad política. En la tensa atmósfera del otoño de 1934, lo último que quería el gobierno era reunir a miles de estudiantes en Madrid, así que retrasó indefinidamente el comienzo del año académico. Mientras la universidad estuviera cerrada, no había ninguna esperanza de conseguir los residentes que DYA tanto necesitaba para pagar sus facturas.

DYA hizo todo lo que se podía hacer para reducir gastos. Al igual que con el primer piso, los miembros de la Obra, sus amigos y otros estudiantes se encargaron de pintar y ayudaron en las demás obras, necesarias para transformar esos apartamentos en residencia y academia. Universitarios que nunca habían pensado en coger el martillo o la brocha de pintura en sus propias casas se encontraron de pronto echando una mano en DYA. Cuando José María Hernández de Garnica, estudiante de ingeniería, visitó DYA por primera vez en otoño de 1934, se encontró con Escrivá y un grupo de universitarios en plena faena, acondicionando la mejor habitación de la casa para su próxima función de oratorio. Nada más presentárselo, Escrivá le dio un martillo y unos clavos y le encargó instalar un baldaquino en el techo para resguardar el lugar donde iría el altar.

Escrivá, Vallespín -quien se había graduado hacía poco en la Escuela de Arquitectura y era el director de la residencia- y otros miembros de la Obra dedicaban muchas horas a lavar platos, limpiar habitaciones y hacer camas. Eran tareas que probablemente no habían realizado antes, dado que en la sociedad en la que crecieron hasta las familias de clase media tenían una o más criadas y las tareas domésticas eran una función exclusivamente femenina.

A pesar de los recortes de gastos, en el mes de diciembre la situación económica era desesperada. Antes de celebrar la Misa el 6 de diciembre, fiesta de San Nicolás de Bari, conocido por solucionar problemas económicos, Escrivá se encaró con el santo para que resolviera la crisis financiera de DYA: “¡Si me sacas de esto, te nombro Intercesor!” Cuando abandonaba la sacristía se arrepintió y añadió: “Y si no me sacas, también”204.

En febrero de 1935 DYA tuvo que abandonar el apartamento del tercer piso y trasladar la academia al segundo junto a la residencia. Después de tanta oración, sacrificios y trabajo esto representaba un serio contratiempo para este grupo de jóvenes entusiastas que habían puesto todas sus fuerzas para sacar adelante esta actividad apostólica.

Escrivá les apremió a no desanimarse. “Crécete ante los obstáculos. La gracia del Señor no te ha de faltar: 'inter medium montium pertransibunt aquae!' -¡pasarás a través de los montes! ¿Qué importa que de momento hayas de recortar tu actividad si luego, como muelle que fue comprimido, llegarás sin comparación más lejos que nunca soñaste?”205. Los miembros de la Obra adoptaron esta interpretación optimista de los acontecimientos. En una carta Zorzano escribía: “Nos comprimimos ahora para (...) dar a su debido tiempo el gran salto”206.

El primer oratorio del Opus Dei

A pesar de las dificultades financieras, Escrivá y los miembros de la Obra seguían con los planes para instalar el oratorio de la residencia. Pasarían meses antes de que consiguieran reunir el dinero necesario para un altar, un sagrario y demás objetos litúrgicos, sin los cuales no podrían obtener el permiso de reservar al Santísimo Sacramento. En un primer momento, la habitación destinada al futuro oratorio sólo tenía una mesa con un crucifijo y dos candeleros, un par de bancos y una imagen de la Virgen, obra del joven escultor Jenaro Lázaro. Los pocos residentes que había se reunían ahí para rezar el Rosario, asistir a una meditación o simplemente para hacer un rato de oración personal.

En febrero o marzo de 1935 adquirieron un altar de madera y un cuadro de Jesús con los discípulos de Emaus. La madre Muratori, religiosa de las Hermanas Reparadoras, les prestó un sagrario de madera. Escrivá estaba ansioso por tener a Jesucristo en la casa, reservado en el sagrario, lo antes posible. “Jesús”, rezaba, “¿vendrás pronto a tu Casa del Ángel Custodio, al Sagrario? ¡Te deseamos!”207.

El 13 de marzo de 1935 Escrivá envió una petición al obispo de Madrid, en la que explicaba las actividades formativas de la residencia y solicitaba la autorización necesaria para la instalación de un oratorio semipúblico donde se pudiera celebrar Misa y tener reservado al Santísimo. Esperaba celebrar Misa en el oratorio de DYA por primera vez el domingo 31 de marzo de 1935, pero todavía carecían de algunos objetos imprescindibles. Hacia final de mes un hombre barbado de aire distinguido, que llevaba una capa española pasada de moda, entregó, de forma anónima, un paquete que contenía todo lo que necesitaban. Escrivá comentó que el benefactor podría ser un amigo suyo, Alejandro Guzmán, pero los residentes dijeron, medio en broma medio en serio, que debían de haber sido san Nicolás o san José. Mencionaron a san José porque el Padre les había pedido que le rezaran continuamente pidiéndole el don del pan Eucarístico, prefigurado en el Antiguo Testamento por el pan que José distribuyó a los egipcios, a las órdenes del faraón.

El 31 de marzo de 1935, Escrivá celebró la Misa en la residencia. Por primera vez Jesús se quedaba en el sagrario de un centro del Opus Dei. Aunque a Escrivá le entristecía la pobreza del sagrario y de los vasos sagrados, estaba lleno de alegría por tener a Jesucristo en el centro. Animaba a los miembros de la Obra, a los residentes y a los alumnos que acudían a las clases de la academia a hacer compañía a Jesús: “El Señor jamás deberá sentirse aquí solo y olvidado; si en algunas iglesias a veces lo está, en esta casa donde viven tantos estudiantes y que frecuenta tanta gente joven, se sentirá contento rodeado por la piedad de todos, acompañado por todos. Tú, ayúdame a hacerle compañía”208.

Unas semanas después escribía al vicario general de Madrid: “Desde que tenemos a Jesús en el Sagrario de esta casa, se nota extraordinariamente: venir Él, y aumentar la extensión y la intensidad de nuestro trabajo”209.

Críticas y relaciones con la Jerarquía

La situación de Escrivá como capellán del antiguo Real Patronato de Santa Isabel permanecía incierta. Aunque había servido desde el verano de 1931, su nombramiento sólo era temporal. Durante el verano de 1934 la priora del convento supo que el rector pensaba jubilarse pronto. El puesto de rector conllevaba pocos deberes oficiales, ya que el capellán atendía a las monjas día por día. Y sin embargo el rector recibía un estipendio respetable y disponía del uso de una casa. Escrivá dudaba si solicitar el cargo, pero la priora lo hizo en su nombre. En diciembre de 1934 fue oficialmente nombrado Rector de Santa Isabel en un decreto firmado por el presidente de la República. Al mismo tiempo, se le concedió permiso de celebrar, confesar y predicar en Madrid hasta junio de 1936.

En Zaragoza, `su diócesis originaria, algunos juzgaron inadecuado que Escrivá aceptara un cargo conferido por el gobierno de la República. Cuando oyó rumores sobre este asunto escribió al obispo de Cuenca, pariente suyo, para pedirle que explicara al arzobispo de Zaragoza que él no había solicitado el puesto, que contaba con la aprobación del vicario general de Madrid y que estaba dispuesto a renunciar al cargo en el mismo instante en que el arzobispo de Zaragoza se lo indicara.

No era la primera vez que Escrivá recibía críticas. La apertura de la academia DYA creó malestar entre algunos presbíteros de Madrid, poco acostumbrados a ver a sacerdotes metidos en una actividad que no fuera oficialmente católica. Algunos hablaron de “secta apostólica”. Otros la llamaron “masonería blanca”: el hecho de que los estudiantes de DYA no hicieran alarde de su catolicismo ni llevaran etiquetas o insignias que les identificaran llevó a algunos a hablar de secretos. Otros, que habían oído algo del mensaje de Escrivá de que los laicos, hombres y mujeres, estaban llamados a la santidad y al apostolado, lo tomaron por loco.

Estos rumores permitieron a don Josemaría hablar en profundidad con el vicario general de la diócesis, don Francisco Moran, e informarle sobre las actividades de la academia y del Opus Dei. Escrivá se limitó a hablar de actividades -lo que él llamaba “la historia externa” del Opus Dei-, ya que consideraba que todavía no había llegado la hora de pedir una aprobación eclesiástica formal o de explicar la naturaleza profunda de lo que Dios le pedía que hiciera.

En sus notas se preguntaba si su reticencia a abordar detalles espirituales íntimos de la vida de la Obra, que en esta época coincidían en buena parte con su propia vida espiritual, tenía carácter clandestino. Él mismo respondía: “Ahora, dos palabras: ¿somos clandestinos? De ninguna manera. ¿Qué se diría de una mujer grávida, que quisiera inscribir en el registro civil y en el parroquial a su hijo nonnato?... ¿qué, si quisiera, si intentara matricularlo como alumno en una Universidad? Señora —le dirían—, espere Vd. que salga a la luz, que crezca y se desarrolle... Pues, bien: en el seno de la Iglesia Católica, hay un ser nonnato, pero con vida y actividades propias, como un niño en el seno de su madre... Calma: ya llegará la hora de inscribirlo, de pedir las aprobaciones convenientes. Mientras, daré cuenta siempre a la autoridad eclesiástica de todos nuestros trabajos externos —así lo he hecho hasta aquí—, sin apresurar papeleos que vendrán a su hora. Este es el consejo del P. Sánchez y de D. Pedro Poveda, y —añado— del sentido común”210.

El Opus Dei todavía no tenía un estatuto legal a los ojos de la Iglesia ni del Estado. Lo único que había era un grupo no organizado de gente joven que tenía dirección espiritual con Escrivá; algunos de ellos habían comenzado la academia DYA. Escrivá era consciente de que, con el tiempo, el Opus Dei necesitaría una estructura jurídica, pero por el momento se contentaba con existir.

Le preocupaba el hecho de que solicitar una aprobación eclesiástica prematuramente pudiera provocar un encasillamiento inadecuado de la Obra. En efecto, en el Derecho Canónico de la época no encajaba una institución como el Opus Dei, cuyos miembros eran hombres y mujeres que tenían un trabajo ordinario, permanecían en el mundo y, sin embargo, entregaban sus vidas enteramente a Dios. Escrivá era un hombre de arraigada mentalidad jurídica y sabía que no debía precipitarse a pedir una aprobación canónica que de momento no necesitaba. En enero de 1936, observaba: “Indudablemente, todas las apariencias son de que, si pido al Sr. Obispo la primera aprobación eclesiástica de la Obra, me la dará. Pero (es asunto de tanta importancia) hay que madurarlo mucho. La Obra de Dios ha de presentar una forma nueva, y se podría estropear el camino fácilmente”211.

Además de la falta de un lugar adecuado para el Opus Dei en la legislación canónica, existía el problema de que la mayoría de las autoridades eclesiásticas aún no entendían su naturaleza. El vicario general de Madrid era un buen amigo y sentía un gran afecto por Escrivá, pero declaró: “No coge la Obra... ¡No coge, no coge!”212. Si el vicario general de la diócesis, que había tenido numerosas conversaciones personales con Escrivá y era su amigo, no entendía realmente qué era el Opus Dei, obviamente a otros eclesiásticos también les iba resultar difícil comprenderlo.

Formalizar el compromiso de los miembros

La aprobación eclesiástica podía esperar; lo que se hacía cada vez más urgente era formalizar de alguna manera el compromiso de los miembros. En un principio fue algo puramente interno y no formalizado. Dios les había invitado a dedicarle su vida en el Opus Dei, ellos habían respondido con un “sí” y le habían comunicado su decisión al Padre. Sin embargo, no había nada que avalara su compromiso. Algunos sacerdotes, sin relación con el Opus Dei, llenaron de inquietud las almas de algunos de estos jóvenes al afirmar que su decisión de entregar sus vidas a Dios no era válida ya que no había tenido una manifestación externa.

Ni la Teología Espiritual ni el Derecho Canónico proporcionaban a Escrivá una solución satisfactoria. En la mente de casi todos los teólogos y canonistas la idea de un compromiso vocacional total a la santidad y al apostolado estaba relacionada con el estado consagrado o el sacerdocio. Los laicos podían unirse a diversas asociaciones y grupos, pero sólo con un compromiso parcial que afectara a algún aspecto de sus vidas.

Al parecer la única fórmula disponible era el voto. La mayoría de los católicos relacionaba los votos públicos con las órdenes religiosas, y Escrivá quería evitar cualquier posible confusión de los miembros del Opus Dei con los religiosos. Tenía en alta estima la vocación de religioso, pero la llamada al Opus Dei era algo totalmente diferente. No se trataba de renunciar al mundo, sino de afirmar la secularidad como un valor cristiano positivo.

También existía la posibilidad de hacer votos privados. No era raro en esa época que los laicos, hombres y mujeres, los hicieran para realizar cosas concretas, incluido el voto de obediencia al director espiritual. No se podía decir que fueran religiosos el hombre o la mujer que tuvieran un voto privado, pero la mentalidad general los asociaba casi inmediatamente con el estado religioso.

Con todo, hacia 1934 Escrivá juzgó necesario dar ya una forma concreta al compromiso de los miembros del Opus Dei. Después de consultar a don Norberto Rodriguez y a su director espiritual, el padre Valentín Sánchez, S.J., con muchas reticencias, pensó que, hasta que se dispusiera de una solución mejor, los que incorporaran al Opus Dei hiciesen un voto privado, que les ayudaría a tomar conciencia plena de la seriedad del compromiso adquirido. Puso la condición de que los votos quedaran reservados a la conciencia de la persona que los hacía. El Opus Dei no los recibiría ni constituirían un lazo entre la Obra y sus miembros. El vínculo se basaría en una simple declaración en la cual el miembro manifestaría su decisión de dedicar su vida a buscar la santidad y hacer apostolado conforme al espíritu de la Obra.

El 3 de marzo de 1934 varios fieles del Opus Dei formalizaron por vez primera su compromiso. Jurídicamente era un compromiso temporal, aunque implicara la firme decisión espiritual de dedicar su vida entera al Opus Dei. El 19 de marzo de 1935, fiesta de san José, por primera vez un grupo de miembros se comprometió de por vida. Ninguno de ellos llevaba mucho tiempo en la Obra: Zorzano, poco más de cuatro años y medio; Barredo y Vargas, dos; y Vallespín, sólo un año y medio, aunque por vivir en Madrid recibió una formación más continuada que Zorzano o Barredo.

Hoy en día no se puede hacer un compromiso definitivo con Dios en el Opus Dei hasta que hayan transcurrido, al menos, seis años y medio desde que se pidió pertenecer a la Obra. Pero en esta época el Opus Dei necesitaba con urgencia de personas completamente dedicadas a su desarrollo. Escrivá juzgó que la madurez humana y espiritual de esos jóvenes, las circunstancias de entonces y las gracias especiales que Dios concede en el periodo fundacional justificaban plenamente que se incorporaran definitivamente al Opus Dei en esos momentos. Vallespín, Vargas y González Barredo así lo hicieron el 19 de marzo de 1935. La sencilla ceremonia tuvo lugar ante la cruz de madera sin crucifijo en el oratorio de la academia DYA. Zorzano no pudo acudir a Madrid en esa fecha y tuvo que retrasar su incorporación definitiva hasta el 18 de abril de ese mismo año.

Escrivá explicó que la incorporación definitiva al Opus Dei implicaba “dedicar la vida para siempre a la Obra”213. Después de que ellos se comprometieran de forma permanente con Dios en el Opus Dei, Escrivá les preguntaba: “Tú, si el Señor dispusiera de mi vida antes de que la Obra tenga las necesarias aprobaciones canónicas, que le den estabilidad, ¿seguirías trabajando por sacar la Obra adelante, aun a costa de tu hacienda, y de tu honor, y de tu actividad profesional, poniendo, en una palabra, toda tu vida en el servicio de Dios en su Obra?"214.

La pregunta y el firme sí con que respondieron dan cuenta de la seriedad del compromiso que contraían. Hacía falta una gran fe para dedicarse, en celibato apostólico, a algo que todavía no existía a los ojos de la Iglesia y de la sociedad civil: de momento, lo único que podían enseñar era una pequeña academia-residencia financieramente inestable y un sacerdote de treinta y tres años, sin dinero, que les aseguraba que la empresa en la que se habían metido era Obra de Dios y estaba destinada a llevar el mensaje de la llamada universal a la santidad a hombres y mujeres de todo el mundo. Ese mensaje parecía una locura a la mayoría de la gente. Y a quienes no se lo parecía, con frecuencia tampoco lo entendían y confundían el Opus Dei con una nueva forma de vida religiosa. Los miembros de la Obra se comprometían a algo que claramente iba a exigir de ellos mucha oración y trabajo antes de encontrar su lugar en la Iglesia.

Nuevos fieles del Opus Dei

Un día de finales de enero de 1935, Pedro Casciaro, murciano, estudiante de Arquitectura, fue a DYA invitado por un amigo. Casciaro no tenía ningún interés en conocer a Escrivá ni a ningún “alzacuellos”, como solía llamar a los sacerdotes. Estaba bautizado y había recibido una instrucción religiosa elemental de labios de su madre. Sin embargo, compartía la actitud de su padre, quien acompañaba a su esposa los domingos a Misa, pero no quería tener nada que ver con el clero. Casciaro aceptó ir a DYA, principalmente por curiosidad y con el firme propósito de no hablar de nada personal con Escrivá.

Le sorprendió agradablemente el buen gusto de la decoración de la academia y su aire cálido y acogedor. Se sintió completamente desarmado por la alegría y buen humor contagioso de Escrivá y por el interés que el joven sacerdote mostró por él. Después de unos minutos, se encontró vaciando su alma y, al final de la conversación, le pidió que fuera su director espiritual, aunque apenas tenía una ligera idea de qué era un director espiritual.

Con el paso de los meses, Escrivá animó a Casciaro a practicar las virtudes humanas y a adquirir una vida interior de oración y sacrificio. También necesitaba remediar las serias lagunas que tenía sobre la Iglesia y sus enseñanzas. Por ejemplo, en su primera visita al oratorio de DYA, Casciaro ni siquiera se había dado cuenta de que no había sagrario. Cuando el Padre se lo hizo notar, Casciaro preguntó si el Santísimo Sacramento se solía guardar por la noche en las iglesias.

Casciaro empezó a asistir a los círculos que daba el Padre. En sus memorias lo recuerda: “Semana tras semana, sábado tras sábado, Círculo tras Círculo, nos iba moviendo a realizar un intenso apostolado con nuestros compañeros, nos enseñaba a amar a Dios y nos alentaba a llevar una profunda vida cristiana. Era patente que lo que nos decía no procedía sólo del estudio o de su profundo conocimiento de las almas, sino, sobre todo, de su profunda vida interior y de su oración. (...) El Padre aludía con frecuencia en aquellas charlas al 'fuego del amor de Dios': nos decía que teníamos que pegar este fuego a todas las almas, con nuestro ejemplo y nuestra palabra, sin respetos humanos; y nos preguntaba si no tendríamos entre nuestros amigos algunos que pudieran entender la labor de formación que se llevaba a cabo en la residencia”215.

Entre las cosas que llamaban la atención a Casciaro sobre el Padre estaban “su alegría, su buen humor constante, su don de gentes verdaderamente excepcional y su profundo amor a la libertad”216. Esto último era especialmente importante para Casciaro: “Yo era muy independiente. Esa independencia era un fruto natural de mi carácter y del clima de gran libertad en el que había sido educado. Quizá por eso, ese amor a la libertad de las conciencias que enseñaba el Padre me agradó especialmente. Nos recordaba siempre que el amor a la libertad consiste, antes que nada, en defender la libertad de los demás.

El Padre me fue mostrando las exigencias de la vida cristiana sin encorsetarla, sin asfixiarla en normas rígidas, o en cuadrículas mentales predeterminadas. Me ayudó a llevar una vida de piedad cada vez más intensa sin recortar nunca, ni ahogar -al contrario, las potenció- ninguna de mis legítimas aspiraciones humanas”217.

Se aproximaban las vacaciones de verano y Casciaro había hecho importantes progresos en su vida interior. Intentaba ayudar a sus amigos y compañeros a vivir una vida más cristiana. Ni Escrivá ni nadie de DYA le había sugerido la posibilidad de pertenecer a la Obra; ni siquiera le habían explicado que algunos de aquellos jóvenes dedicaban sus vidas a Dios en celibato apostólico. Casciaro se sentía satisfecho con el progreso que había hecho y no pensaba nada más. Estimaba que había “llegado al tope, al 'techo' espiritual más alto al que podía aspirar...”218.

Durante el largo y ocioso verano, pasado con su familia en la provincia de Alicante, la hoja informativa que recibía de DYA y algunas notas sueltas del Padre le ayudaron a mantener una cierta vida de piedad. En la hoja del mes de agosto se leía: “Seguid perseverantes en la oración y en el estudio: así es seguro que, dentro del próximo curso, el Señor dará a nuestro apostolado un impulso que supere nuestras esperanzas. No olvidéis que hay mucho por hacer... y que sería penoso oír a Jesús, diciendo como el paralítico de la piscina probática: 'Non habeo hominem!'. No encuentro hombres capaces de ayudarme...”219.

Casciaro empleó parte de su tiempo de verano en estudiar inglés para poder extender el apostolado a otros países: “Yo, a pesar de no ser del Opus Dei, ya me sentía parte, de alguna manera, no de un pequeño grupo circunstancial, sino de una labor apostólica naciente que duraría siempre. El Padre nos hacía partícipes de su ansia universal de apostolado y nos hacía rezar por esa futura expansión. Sabíamos que el aprendizaje de esos idiomas -alemán, ruso...- al que nos urgía tanto, tenía una poderosísima razón apostólica: había que extender el Opus Dei por los cuatro puntos cardinales”220.

Cuando Casciaro volvió a Madrid en septiembre, notó que su compañero, estudiante de Arquitectura que le había llevado a DYA y que había pasado todo el verano en Madrid, parecía pensativo. Cuando le preguntó qué sucedía, la respuesta fue que estaba intentando aclarar si Dios le pedía que fuera miembro del Opus Dei.

Casciaro inmediatamente empezó a preguntarse si Dios le llamaba al Opus Dei. Cuando suscitó la cuestión por primera vez, Escrivá le aconsejó que reconstruyera su vida de oración y sacrificio que había dejado enfriarse durante el verano, y que se esforzara seriamente en los estudios, dejando sus preocupaciones vocacionales en manos de Dios.

A comienzos del año académico, otro estudiante de Arquitectura, Francisco Botella, quien como Casciaro combinaba esos estudios con la licenciatura en Ciencias Exactas, le pidió que le presentara al Padre. Poco después, Botella empezó a asistir a círculos en DYA y a tener dirección espiritual con Escrivá.

El día de retiro mensual de noviembre tuvo como tema central la vocación. Escrivá utilizó para la primera meditación el pasaje del evangelio del joven rico a quien Cristo invitó a seguirle, pero que se fue triste porque no quiso abandonar sus posesiones. Botella recuerda que el Padre habló sobre sacrificio, la Cruz del Señor y la mortificación y animó a los estudiantes a buscar apoyo y fortaleza en Nuestra Señora.

Después del día de retiro, Casciaro pidió a Escrivá pertenecer al Opus Dei, pero éste le aconsejó que esperara un mes o algo así y que mientras tranto profundizara su vida espiritual. Casciaro no quería esperar tanto y regateó con el Padre hasta llegar a nueve días. Escrivá le aconsejó que hiciera una novena al Espíritu Santo en la que pidiera luz para discernir la Voluntad de Dios. Pero nueve días seguían siendo demasiado tiempo para Pedro, quien finalmente logró que Escrivá aceptara una espera de sólo tres días, durante los cuales el Padre le urgió: “Encomiéndate al Espíritu Santo y obra en libertad, porque donde está el Espíritu del Señor allí hay libertad”221. Después de los tres días escribió una carta al Padre para pedirle la admisión al Opus Dei.

En los días de espera, Casciaro había preguntado a su amigo Botella qué pensaba de su deseo de incorporarse al Opus Dei. Botella, que desde hacía tiempo tenía la sensación de que Dios le pedía algo, no le dio ningún consejo, pero unos días después él mismo pidió ser admitido en el Opus Dei.

En julio, unos meses antes que Casciaro y Botella, había pedido la admisión Álvaro del Portillo, estudiante de Ingeniería de Caminos. Del Portillo era un joven apuesto y atlético, de familia acomodada y aficionado a los toros. Escrivá rezaba por él desde 1931 cuando una tía suya, voluntaria en el Patronato de Enfermos, le habló de su sobrino Álvaro cuando Escrivá le preguntó si conocía a buenos estudiantes que pudieran interesarse en las actividades apostólicas que pensaba organizar.

Al contrario que Casciaro, del Portillo había recibido una esmerada educación religiosa e iba a Misa y rezaba el Rosario casi a diario, aunque manifestaba poco interés por las asociaciones religiosas de estudiantes, altamente politizadas y muy abundantes en Madrid durante esos años. En el año académico 1933-34, del Portillo y otros estudiantes participaban en las actividades de la Conferencia de San Vicente de Paúl en Vallecas, barriada extremadamente pobre en las afueras del Madrid de entonces. Allá acudían regularmente para enseñar catecismo a los niños e intentar aliviar los sufrimientos de los pobres y enfermos.

Algunos trabajadores socialistas y anarquistas que vivían en el barrio detestaban esas visitas y decidieron dar una lección a los estudiantes. El domingo 4 de febrero de 1934, el grupo de jóvenes que iba calle abajo por la vía principal de Vallecas notó que en los balcones de las casas había mucha más gente que de costumbre. Parecían esperar que sucediera algo. Pronto descubrieron de qué se trataba: un grupo de quince o veinte hombres les atacó brutalmente. A uno le arrancaron la oreja, a Álvaro le golpearon en la cabeza con una llave inglesa y le hicieron una gran brecha. Los estudiantes lograron escapar lanzándose a la estación de metro vecina y cogiendo un tren a punto de salir.

El médico de urgencias que prestó a del Portillo los primeros auxilios fue negligente y la herida se infectó. Tuvieron que pasar tres meses antes de que Álvaro se recuperara del todo de aquel ataque.

Otro estudiante que también acudía a las Conferencias de San Vicente de Paúl presentó a del Portillo a Escrivá en febrero de 1935. Su primera entrevista sólo duro unos minutos, pero antes de que concluyera quedaron citados para verse unos días después. Cuando del Portillo llegó para la cita, Escrivá no estaba y no había dejado mensaje.

No se volvieron a ver hasta comienzos del verano. Del Portillo estaba a punto de marcharse de vacaciones de verano y decidió despedirse de Escrivá antes de viajar. Esta vez pudieron hablar largo y tendido. Escrivá le sugirió que retrasara su salida un día para asistir al retiro que tendría lugar al día siguiente en la residencia. Del Portillo no sabía en qué consistía un día de retiro y no tenía ganas de asistir, pero accedió. Aunque sólo habían hablado una vez con profundidad, Escrivá vio que del Portillo podía entender el Opus Dei. Durante el día de retiro uno de los miembros de la Obra le explicó la vocación al Opus Dei, y él, inmediatamente, pidió la admisión. Era el 7 de julio de 1935.

Hasta ese día el procedimiento para pertenecer a la Obra había sido comunicar verbalmente a Escrivá el deseo de ser admitido. En esta ocasión, sin embargo, Escrivá indicó a del Portillo que le escribiera una breve carta. A partir de entonces, éste sería el procedimiento para pedir la admisión en el Opus Dei. La carta de Álvaro era corta e iba al grano, no decía más que que él había conocido el espíritu de la Obra y quería formar parte de ella.

Para aprender más sobre su vocación, del Portillo decidió quedarse en Madrid durante el verano. Para atenderle, Escrivá anuló sus planes de pasar unos días en casa del vicario general de Madrid. Tras un año de intensísimo trabajo, el Padre necesitaba un descanso. Además de sus deberes como rector de Santa Isabel y de visitar a los enfermos, llevaba el peso del apostolado del Opus Dei. Predicaba meditaciones y días de retiro, daba círculos y atendía espiritualmente a muchos y trabajaba continuamente para fomentar el espíritu de familia en la residencia. Visitaba a gente para pedirle dinero para DYA. Sustituía a un profesor enfermo, lavaba los platos, barría los suelos. Además, escribía largas cartas personales, instrucciones internas para los miembros de la Obra y libros para el gran público. A comienzos de verano estaba tan agotado -y se le notaba- que el vicario general se empeñó en que se tomara unos días de descanso, pero él decidió quedarse para dar a del Portillo la primera formación sobre el espíritu del Opus Dei.

Como del Portillo no había asistido a los círculos que se habían dado a lo largo del año, se los repetiría durante el verano. Años depués, del Portillo recordaba: “Me explicó el espíritu de la Obra y me aconsejó que rezara muchas jaculatorias, comuniones espirituales..., y ofreciese abundantes mortificaciones pequeñas a lo largo del día. Al hablarme de las jaculatorias, me comentó: hay autores espirituales que recomiendan contar las que se dicen durante la jornada, y sugieren usar judías, garbanzos o algo por el estilo; meterlas en un bolsillo, e irlas pasando al otro cada vez que se levanta el corazón a Dios, con una de esas oraciones. Así pueden saber cuántas han dicho exactamente, y ver si ese día han progresado o no. El Padre añadió: yo no te lo recomiendo, porque existe también el peligro de la vanidad o soberbia. Más vale que lleve la contabilidad tu Ángel Custodio”222.

A las pocas semanas se incorporó al círculo José María Hernández de Garnica. Había acudido regularmente a DYA desde su primera visita en otoño de 1934. Durante el año había asistido a círculos y recibido dirección espiritual del Padre. El 28 de julio pidió la admisión en el Opus Dei.

A finales del curso 1934-35 DYA había superado las dificultades del inicio. Se habían ocupado todas las plazas de la residencia. La academia contaba con un total de 125 alumnos inscritos en diversas asignaturas. El local estaba abarrotado y encontrar una habitación libre donde dar un círculo o, sencillamente, donde hablar en privado constituía un reto. Escrivá solía impartir la dirección espiritual paseando por Madrid, no tanto porque le gustara caminar, sino porque no tenía sitio donde meterse en DYA.

Aunque aún estaba cercano el desastre del año anterior, decidió ampliar DYA. No quedaban más pisos disponibles en el edificio, pero encontraron uno en el bloque contiguo. De nuevo la menguada herencia de la familia Escrivá sirvió para alquilar el apartamento del número 48 de la calle Ferraz. En septiembre de 1935 trasladaron allá la academia y dejaron para residencia todo el antiguo local.

 


 

A finales de 1935, el Opus Dei parecía madurar. Más importante que el éxito de DYA era el hecho de que el número de fieles del Opus Dei crecía despacio, pero firmemente. Entre los estudiantes y jóvenes profesionales que pertenecían a la Obra había un núcleo sólido que entendía bien lo que Dios quería de ellos. Eran hombres de talento y carácter, muchos de los cuales serían punteros en sus profesiones. Tenían gran fe en Dios y en la Obra y estaban dispuestos a sacrificarse por cumplir su misión. Se estaban convirtiendo rápidamente en hombres de oración, en “contemplativos en medio del mundo”. Escrivá planeaba ya la expansión del Opus Dei fuera de Madrid y a otros países.

Introducción. Opus Dei
La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)
Los primeros años (1902-1925)
Años de preparación (1925-1928)
Los primeros pasos (1928-1930)
El ambiente se torna hostil (1931)
Nuevas luces (1931)
Intentos de abrir camino (1931-32)
Poner los cimientos (1933)
El primer centro (1933-1934)
Obstáculos y crecimiento (1934-1935)
Planes de expansión (1935-36)
Los comienzos de la Guerra Civil (julio de 1936 — marzo de 1937)
Huida en el Madrid revolucionario (julio 1936 - marzo 1937)
Las últimas etapas de la Guerra Civil (marzo 1937—abril 1939)
En la Legación de Honduras (marzo - octubre 1937)
El paso de los Pirineos (octubre-diciembre 1937)
La época de Burgos (diciembre 1937 - octubre 1938)
En Madrid y en Burgos (octubre 1937-marzo 1939)
España en una Europa en Guerra (1939 - 1945)
Reconstrucción y expansión en Madrid (1939 - 1940)
Expansión fuera de Madrid (1939-1942)
Vuelve a empezar la labor con las mujeres (1939-1943)
Oposición y nuevo desarrollo (1940-1943)
Epílogo