El primer centro del Opus Dei (1933-1934)

Tensión y violencia como telón de fondo

En el curso 1933-34 las tensiones políticas y los actos de violencia seguirían dificultando el desarrollo del Opus Dei. La industrialización española estaba en sus comienzos y el país no se había integrado del todo en la economía mundial. Aunque no sufrió las peores consecuencias de la depresión de 1929 que asolaba a Estados Unidos y a muchos otros países, algunos sectores de la economía se vieron afectados. Todo el país se desgarraba en pleno conflicto social.

El salario real crecía poco y el porcentaje de paro era muy elevado. A falta de un seguro eficaz contra el desempleo, la situación de los parados solía ser desesperada. Frecuentes huelgas trastornaban la economía y afectaban a los sectores más comunes. En 1932 hubo 660 huelgas, que afectaron a 250.000 trabajadores y supusieron una pérdida de 3,6 millones de días de trabajo. En 1933 hubo más de 1.100 huelgas, con la participación de 850.000 trabajadores y una pérdida de 12,5 millones de días de trabajo. Muchas de estas huelgas eran violentas, especialmente porque el sindicato anarquista, la CNT, creía que la situación estaba madura para la revolución social.

El clima de violencia e inseguridad era peor para los católicos a causa de las nuevas medidas del gobierno contra la Iglesia y, en particular, contra las órdenes religiosas. El debate sobre la Ley de Ordenes Religiosas fue largo y ácido, y sus ecos llenaron la prensa y las conversaciones durante buena parte de la primavera.

La ley que finalmente salió del parlamento confiscaba todas las iglesias y conventos, aunque se permitiría a la Iglesia el uso de dichos edificios. Las órdenes estarían sometidas a un severo control gubernamental; a sus miembros se les prohibía la enseñanza, salvo la religión católica. En muchos casos los católicos se las arreglaron para mantener escuelas que antes dirigían los religiosos, a menudo con pocas modificaciones, aparte de su estatuto legal.

Aunque la ley fue relativamente ineficaz para acabar con la educación católica, sirvió para aguzar la hostilidad de muchos católicos hacia el gobierno. Un destacado parlamentario declaró: “Los republicanos católicos nos sentimos engañados por no haber respetado la República nuestros sentimientos y faltado a sus promesas”189. Muchos otros católicos no fueron tan comedidos a la hora de manifestar sus quejas.

La jerarquía respondió con una pastoral colectiva que denunciaba el sacrílego saqueo de los bienes de la Iglesia y prohibía a los católicos a enviar sus hijos a escuelas no católicas sin autorización del obispo local. El papa Pío XI afirmó, una vez más, que la Iglesia no tenía nada en contra de una forma de gobierno republicano y estaba dispuesta a cooperar con el gobierno de España. Sin embargo también denunció las nuevas medidas, que, decía, expresaban “odio contra Nuestro Señor y su Cristo, alimentado por grupos enemigos de cualquier orden religioso y social, como ya hemos visto, desgraciadamente, en México y Rusia”.

Las autoridades locales siguieron atacando a los católicos, a menudo por medios mezquinos. En julio de 1933, Zorzano asistió al primer encuentro de Acción Católica en Málaga, en la residencia del obispo. La policía interrumpió el acto acusando a los participantes de mantener una reunión ilegal y secreta. Aunque la reunión era claramente legal, el comisario de policía insistió en llevarlos a la comisaría donde estuvieron retenidos durante una hora antes de ser despedidos sin cargo alguno. El episodio en sí mismo no era importante, pero incidentes de este tipo enemistaron definitivamente a muchos católicos con la República y no aportaron nada positivo a los objetivos de los republicanos.

La Academia DYA

En este contexto tan poco propicio Escrivá decidió que había llegado la hora de abrir el primer centro del Opus Dei. El apartamento que había alquilado para su familia en diciembre de 1932 servía para conocer y hablar con estudiantes y otras personas, pero no era adecuado a largo plazo. Además de que el piso era pequeño, no era justo hacer que su familia aguantara el continuo trasiego de gente joven por su hogar, máxime cuando esperaba que el movimiento de gente aumentaría con el tiempo. Por otra parte, debido a la tensa situación política de la época, la policía desconfiaba de las reuniones a las que no encontraba explicación, especialmente si los reunidos eran estudiantes universitarios. El Opus Dei necesitaba un lugar donde se pudieran reunir grupos de gente joven, sin despertar sospechas injustificadas.

Su experiencia docente en el Instituto Amado de Zaragoza y en la Academia Cicuéndez de Madrid convenció a Escrivá de que la mejor solución sería una academia privada. Se trataría de una actividad profesional secular, de acuerdo con el carácter del Opus Dei, que además de proporcionar un lugar adecuado para clases y reuniones de estudiantes, ayudaría a conocer a alumnos y profesores que entendieran el mensaje del Opus Dei.

Aunque no tenía dinero para abrir una academia, a comienzos de 1933 Escrivá empezó a hablar con posibles profesores. Quizás porque sus recursos eran tan escasos, decidió llamar DYA a la futura academia: DYA era el acrónimo de las dos materias que se impartirían, Derecho y Arquitectura, pero sobre todo de “Dios y Audacia”. Durante el verano de 1933, Zorzano y Barredo viajaron a Madrid y buscaron un local para la academia; querían abrir sus puertas a primeros de octubre, con el comienzo del año académico.

No fue fácil encontrar un local adecuado a un precio asequible. En varias ocasiones parecía que lo habían conseguido, pero los acuerdos se venían abajo en el ultimo minuto. Cuando comenzó el curso académico, los miembros del Opus Dei seguían visitando pisos que o no reunían condiciones o estaban fuera de sus posibilidades.

Se encontraban impacientes por empezar. El 6 de octubre Escrivá apuntaba: “No pierdo la paz, pero hay ratos en que me parece que me va a explotar la cabeza, tantas cosas de gloria de Dios —su O.— bullen en mí, y tanta pena me da ver que no comienzan a cristalizarse todavía en algo tangible”190. Unos días después añadía: “18-X-1933: Me duele la cabeza. Sufro, por mi falta de correspondencia y porque no veo moverse a la Obra”191. A principios de noviembre comentó: “Estos días, ¡otra vez!, andamos buscando piso. ¡Cuántos escalones, y cuántas impaciencias! Él me perdone”192.

Finalmente, a mediados de noviembre encontraron un piso de cuatro habitaciones en el número 33 de la calle Luchana, cerca del nuevo campus de la Universidad de Madrid, en las afueras de la ciudad. Llenos de optimismo, comprobaron que servía para sus necesidades y calcularon que podrían pagar el alquiler con las cuotas de los alumnos y donativos de amigos. Zorzano, uno de los pocos miembros de la Obra que tenía un sueldo fijo, firmó el contrato de alquiler. Ricardo Fernández Vallespín, el arquitecto que se había incorporado al Opus Dei en octubre, empezó a buscar muebles de segunda mano en El Rastro.

El tono de la academia

De acuerdo con el espíritu del Opus Dei, la academia fue registrada, ante las autoridades civiles y religiosas, como un centro de educación creado por un grupo de laicos interesados por la educación, en pleno ejercicio de sus derechos como ciudadanos, no como centro promovido por la Iglesia. Escrivá era capellán de DYA, no su director. Éste sería el modelo característico de las actividades organizadas por miembros del Opus Dei en el futuro: los laicos dirigirían y serían responsables de las actividades culturales y educativas de los centros, y los sacerdotes se limitarían a la labor de capellanes.

En España por aquellos años era habitual que los católicos utilizaran nombres religiosos para designar actividades seculares. Muchos negocios sin particular relación con la Iglesia o las órdenes religiosas tenían nombres como Pastelería Santa Bárbara o Panadería San Pablo. Las iniciales DYA, aunque recordaban a Escrivá y a los demás miembros de la Obra la divisa “Dios y Audacia”, significaban “Derecho y Arquitectura”.

En algunas ocasiones, cuando hablaban entre ellos, los jóvenes que estaban vivamente implicados en las actividades apostólicas del Opus Dei llamaban a aquel piso “La Casa del Ángel de la Guarda”. Aquel primer piso de la calle Luchana, otros que fueron alquilados en la calle Ferraz de Madrid y un centro establecido en Burgos durante la Guerra Civil fueron los únicos centros del Opus Dei a los que los miembros de la Obra se hayan referido alguna vez, ni siquiera entre ellos mismos, con un nombre que tuviera connotación religiosa. Desde 1938 lo normal es que los centros y actividades del Opus Dei tengan nombres sin connotación religiosa, a menudo tomados de la calles en las que están situados, o de alguna característica geográfica local. Los edificios que albergan la sede central del Opus Dei en Roma, por ejemplo, se conocen con el nombre de Villa Tevere, por el río Tiber que fluye a unas pocas manzanas de allí.

A comienzos de diciembre, se trasladaron al piso de la calle Luchana los pocos muebles que Escrivá y los otros habían logrado reunir. Los miembros de la Obra, sus amigos y estudiantes que tenían dirección espiritual con Escrivá se dedicaron a limpiar, decorar y preparar el inmueble para su nueva función de academia. No podía ser de otra forma, ya que no tenían dinero para contratar personal de limpieza. En cualquier caso, Escrivá aprovechó la oportunidad para implicar personalmente a los jóvenes en el proyecto. Era preciso que quienes recibían formación en la obra de San Rafael, a los que llamaba chicos de San Rafael, sintieran el centro como propio: no solamente como una academia, sino como su casa.

Escrivá animaba a los que participaban en actividades del Opus Dei a responsabilizarse del apostolado de la Obra. Insistía en que la labor que se realizaba en DYA no era sólo un asunto de interés local, sino algo de alcance universal. Por ejemplo, en su primera conversación con un estudiante le dijo que hacía falta una gran confianza en Dios y audacia sobrenatural para extender el apostolado de la Obra. Subrayó la importancia de aprender lenguas extranjeras para extender la Obra a otros países. Y aunque era el primer contacto de este estudiante con el Opus Dei, le conmovió tanto la fe de Escrivá en la expansión de la Obra que preguntó qué idioma debería estudiar: “-Mira, me contestó, ya hay algunos que estudian alemán, japonés... Pero no hay ninguno que estudie ruso. Si quieres, puedes estudiar ruso”193. Tan contagioso era el celo de Josemaría Escrivá y tan grande su seguridad en la futura expansión de la Obra, que aquel estudiante compró un diccionario de ruso y empezó a estudiar. Ni siquiera se planteó la inutilidad de aprender ese idioma cuando aquél país estaba en manos comunistas.

Los miembros de la Obra intentaban dar un aire cálido y acogedor a la academia, y a menudo llevaban objetos o muebles de sus casas. Escrivá llevó tantas cosas de la casa de su familia, que su joven hermano le preguntaba cuando le veía salir de casa: “¿Qué te llevas hoy para tu nido?”. El tono de la academia DYA no era ni el de una chabola, ni el de un monasterio, ni siquiera el de un centro educativo más. Más bien, recordaba el ambiente de un hogar de familia de clase media con pocos recursos, pero buen gusto.

En la salita donde Escrivá recibía visitas se hizo alguna excepción a la regla. Estaba decorada con sobriedad y sencillez. Encima del escritorio había una calavera a la que, divertido, llamaba “la pelona” y en la pared una gran cruz sin crucificado. En los centros que se abrirían más adelante no habría cosas como la calavera. Pero la cruz sin Cristo seguiría siendo una característica de los centros del Opus Dei, aunque se trasladaría a los oratorios. Serviría para recordar a los que allí rezaran que la cruz “está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú”194.

Una isla de paz y trabajo en un mar turbulento

DYA se caracterizaba por su ambiente de estudio. Además de las tutorías y de clases de Derecho y Arquitectura, la academia ofrecía una sala de estudio donde trabajar tranquila e intensamente. Escrivá recordaba continuamente a los estudiantes que allí acudían que tenían la obligación de aprender todo lo que pudieran, y si fuera posible, destacar: “Oras, te mortificas, trabajas en mil cosas de apostolado..., pero no estudias. No sirves entonces si no cambias. El estudio, la formación profesional que sea, es obligación grave entre nosotros”195. Uno de los primeros miembros del Opus Dei cuenta que sus primeros recuerdos del centro son que le animaron a superarse a sí mismo, a adquirir una preparación exhaustiva y a tener celo apostólico.

En esa época, la universidad estaba desgarrada por conflictos políticos y muchos alumnos descuidaban sus estudios en favor de una actividad política desbordante. DYA constituía un oasis de caridad cristiana y de comprensión. Su primer director, Fernández Vallespín, decía que tenía un ambiente “de paz, de amor de Dios y de serenidad ante las circunstancias adversas del ambiente político y social”196.

De una de las paredes de la sala de estudio pendía, enmarcado, un pergamino con el texto latino de las palabras del Señor en la Última Cena: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor entre vosotros” (Juan 13:34-35). El ambiente se tornaba cada vez más tenso y Escrivá alentaba a los jóvenes que acudían a DYA a poner en práctica este mandamiento en su vida cotidiana, por difícil que resultara. Les advertía continuamente contra el peligro del sectarismo y les animaba a no permitir que las diferencias políticas degeneraran en odio. Les explicaba que cada uno podía tener su visión de las cosas, pero que eso no impedía que fueran codo con codo por el mismo camino.

Pedía a los estudiantes que acudían a la academia que dejaran sus diferencias políticas a la puerta y evitaran las discusiones. Así, convivían cordialmente estudiantes de opiniones políticas diversas. Esto no era lo habitual en la sociedad, ya que, de ordinario, la fuerte polarización política impedía que se entendieran entre sí personas de opciones diferentes.

En DYA se hacía hincapié en el estudio y, como ya se ha dicho, estaban de más las discusiones políticas. Esto no se debía a la falta de preocupación por la sociedad y sus problemas. Al contrario, Escrivá y Vallespín animaban a los jóvenes que acudían a la academia a cultivar una sincera preocupación por los demás y por la sociedad. Insistían en que los estudiantes debían contribuir a la paz y al progreso de la sociedad, llevándo el mensaje de amor de Cristo y no el espíritu de división y odio que parecía extenderse por España. Pero también aclaraban que no podrían construir una sociedad mejor sin una sólida preparación profesional: “Estudia. Estudia con empeño. Si has de ser sal y luz, necesitas ciencia, idoneidad”197. Fuera de DYA, los estudiantes podían participar en la organización política que quisieran; Escrivá y Vallespín, por su parte, les explicaban que si pasaban la mayor parte de sus años universitarios en mítines políticos, no adquirirían la competencia y prestigio profesional necesarios para contribuir eficazmente al progreso de la sociedad.

Aunque DYA estaba abierta a estudiantes de todos los credos políticos, no tiene nada de extraño que quienes acudían a la academia no cubrieran todas las tendencias políticas españolas de entonces. Apenas había universitarios en los movimientos obreros de izquierdas, principalmente el Partido Socialista y los anarquistas con sus respectivos sindicatos. Además, aquellos partidos eran en aquellos momentos enemigos declarados de la Iglesia. Por consiguiente los escasos estudiantes socialistas o anarquistas poco se interesarían por una academia que tenía capellán, donde se daban clases de doctrina católica y cuya sala de estudio estaba presidida por una imgen de la Virgen María y el texto del Mandamiento Nuevo de Jesucristo.

Había más universitarios en los partidos de centro izquierda, como el Radical Socialista. En aquellos años, los programas de esos partidos de caracterizaban por una dura oposición a la Iglesia y el deseo de eliminar la influencia católica en la educación y la cultura. Lógicamente, el estudiante que abrazaba su ideología tampoco se interesaba por una academia que animaba a sus alumnos a vivir una vida de piedad y a difundir la doctrina de Cristo por la sociedad. Por consiguiente, era normal que los alumnos interesados por DYA y sus actividades fueran, casi inevitablemente, apolíticos o miembros de partidos de centro-derecha y de derecha.

Actividades de formación en DYA

Además de Derecho y Arquitectura, en DYA se daban clases de doctrina católica y los ya referidos círculos de San Rafael. Muchos de los estudiantes que acudían a la academia también tenían dirección espiritual con Escrivá. A menudo el pequeño piso estaba tan abarrotado de gente que Escrivá tenía que confesar en la cocina.

En sus primeras conversaciones con estudiantes, Escrivá hablaba con calor, convicción y claridad sobre las verdades de la fe, sin añadir aires mundanos. Por ejemplo, nada más iniciar su primera entrevista con José Luis Múzquiz, Escrivá dijo con energía, y gran naturalidad a la vez, “no hay amor más grande que el Amor”.

José Ramón Herrero Fontana, estudiante que en esos años se dirigía espiritualmente con Escrivá, describió así su experiencia: “La conversación con el Padre abría un mundo nuevo con horizontes insospechados para la vida interior y el apostolado. Hablaba de cuestiones reales -era muy realista-, pero decía cosas que nadie había dicho hasta entonces: junto a él se sentía con fuerza la llamada de Dios a la santificación en medio del mundo [...]. El encuentro con el Padre me transformó: me descubrió un mundo interior insospechado y unas ansias grandes de acercar a los demás al conocimiento y trato con Nuestro Señor Jesucristo”198.

Otro estudiante, Francisco Botella, que en otoño de 1935 entró a formar parte del Opus Dei, dijo de su primer encuentro con Escrivá: “Aún tengo en mi memoria su mirada profunda que se me metió en el alma y su alegría que me removió llenándome de gozo y de paz”199.

Meditaciones

Escrivá empezó pronto a organizar días de retiro espiritual para estudiantes universitarios. Se tenían una vez al mes en la cercana iglesia del Perpetuo Socorro, de los Redentoristas. Se empezaba pronto por la mañana y se terminaba a media tarde. En esas horas había Santa Misa, Via Crucis, tres o cuatro meditaciones predicadas por Escrivá y espacios para la reflexión personal.

El estilo de las meditaciones de Escrivá no tenía nada que ver con la florida retórica que caracterizaba a los predicadores de esa época. Solía leer en voz alta algún pasaje del Evangelio y lo comentaba de un modo íntimo y personal. Aunque tenía una sólida formación escriturística, sus comentarios no eran nunca exégesis erudita, sino conversaciones personales con Cristo sobre su vida y las consecuencias que de ella se podían sacar.

El objetivo de las meditaciones no era tanto transmitir unos conocimientos sobre el Evangelio como llevar a sus oyentes a conocer personalmente a Jesucristo, a conversar con Él, a asimilar su mensaje y ponerlo en práctica en su vida cotidiana. Como dijo un autor, la esencia no era la instrucción y las explicaciones, sino el real encuentro con Cristo de quienes escuchaban, el diálogo, un sobrenatural tú a tú. La clave para captar el carácter de sus meditaciones está en que para Escrivá predicar no era un ejercicio retórico; se trataba de su oración personal con Jesucristo que mantenía en voz alta. A menudo se dirigía al sagrario y hablaba a Jesús, realmente presente allí mismo. También cuando no hablaba directamente al sagrario, resultaba claro a los oyentes que estaba conversando con Él. El Cristo con quien hablaba no era un personaje pasado, sino un ser vivo y cercano a quien amaba familiar y profundamente.

Las meditaciones eran fruto de su propia vida interior y de su experiencia de director de almas. Es frecuente que los asistentes tuvieran la impresión de que se dirigía a cada uno en particular, ya que Escrivá hablaba de los mismos problemas y aspiraciones personales que ellos tenían. Al oírle, se experimentaba un deseo enorme de amar a Dios, de servirle, de entregarse a Él. Escrivá abría amplios horizontes en sus oyentes. Lo que a alguno le parecía un bonito sueño, en la predicación de Escrivá se presentaba como algo completamente real, que se podía alcanzar con la gracia de Dios y la lucha personal de cada día.

Un agustino que asistió a unos ejercicios espirituales predicados por Escrivá relató, años más tarde, que expresaba con palabras lo que llevaba en el corazón y que nunca había oído comentar los textos del Evangelio como en aquella ocasión. A otro sacerdote, que participó en otros ejercios, le llamó profundamente la atención la fuerza de sus palabras y su ánimo para sacar a las almas de la mediocridad espiritual, lo cual revelaba su total dedicación al servicio de Dios.

Si el objetivo del apostolado del Opus Dei con los jóvenes es convertirlos en “hombres de oración”, esto se ponía particularmente de manifiesto en las meditaciones de Escrivá. Ayudaba a los asistentes a rezar por su cuenta, les enseñaba a conversar con Cristo en el silencio de sus corazones. Escrivá decía a sus oyentes que no se sintieran obligados a seguir el hilo de su discurso. Lo importante, les explicaba, no era escuchar sus palabras, sino hablar con Jesús sobre su vida y la de cada uno, siguiendo las inspiraciones del Espíritu Santo. Muchos coinciden en señalar que era imposible permanecer como un espectador cuando predicaba Escrivá, ya que él mismo rezaba e introducía a quienes escuchaban en la oración, ayudándoles a responder interiormente al Señor, a hablarle cada uno por su cuenta. Unas veces movía a hacer actos de compunción, de amor y de generosidad. Era frecuente que se volviera hacia el sagrario y dijera en voz alta que él estaba hablando con Dios y que los demás debían dirigirse también a Él, que no podían estar sentados en los bancos del oratorio como sacos de arena, sino que debían hablar personalmente con Dios.

Dificultades económicas

DYA era un éxito académico y apostólico, pero un desastre financiero. Las cuotas de los estudiantes y los donativos no bastaban para cubrir el alquiler del local y los sueldos de los profesores. Cuando llegaban las facturas, Vallespín debía decidir a quiénes tenía que pagar inmediatamente y a quiénes podía relegar unas cuantas semanas. El dinero que habían ahorrado para muebles, debía destinarse a una necesidad más urgente. En alguna ocasión la ayuda llegaba de los lugares más inesperados. Un día la compañía eléctrica amenazó con cortar el suministro si no se pagaba inmediatamente una factura de 25 pesetas. Mientras Escrivá rompía y tiraba un viejo sobre, algo le llamó la atención. Dentro había un billete de 25 pesetas que pegó y utilizó para pagar esa factura.

Tales respiros no bastaban para equilibrar la contabilidad. A comienzos de enero de 1934 Escrivá convocó a una reunión a dos sacerdotes y tres profesionales relacionados con DYA para discutir la situación financiera. Los dos sacerdotes le aconsejaron que cerrara la academia. Mantenerla en marcha, decían, era como saltar de un avión sin paracaídas, y esperar que Dios acudiera al rescate. Los laicos no eran mucho más optimistas. Pero Escrivá estaba decidido a que DYA siguiera funcionando; y además pensaba buscar locales más amplios para el curso siguiente. El 5 de enero de 1934 pidió a los pocos miembros de la Obra que vivían en Madrid que buscaran un lugar lo suficiente grande como para ampliar la academia y añadir una residencia de estudiantes con capilla.

Unos días después confió DYA al patrocinio de san José y le prometió que si resolvía sus problemas financieros, bautizaría el nuevo centro en su honor. Pocos días más tarde recibió un donativo de 6.000 pesetas, que reservó para el nuevo centro.

La determinación de Escrivá de seguir adelante a pesar de las enormes dificultades refleja su temperamento alegre y optimista, pero, sobre todo, su convencimiento de que Dios quería que él avanzara con rapidez. Cada vez que daba la Sagrada Comunión a las monjas de Santa Isabel a sus oídos venía el eco del reproche “obras son amores y no buenas razones”. Una residencia con una capilla permitiría que algunos de los miembros de la Obra vivieran juntos, en ambiente de familia y que aprendieran el espíritu del Opus Dei más rápidamente y con mayor profundidad. En sus notas, apuntó: “Prisa. No es prisa. Es que Jesús empuja”200.

 


 

Aunque el centro de la calle Luchana sirvió para conocer a mucha gente y tener actividades formativas, era evidente que se necesitaba algo más grande, capaz de albergar una pequeña residencia. Conseguirlo no sería fácil.

Introducción. Opus Dei
La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)
Los primeros años (1902-1925)
Años de preparación (1925-1928)
Los primeros pasos (1928-1930)
El ambiente se torna hostil (1931)
Nuevas luces (1931)
Intentos de abrir camino (1931-32)
Poner los cimientos (1933)
El primer centro (1933-1934)
Obstáculos y crecimiento (1934-1935)
Planes de expansión (1935-36)
Los comienzos de la Guerra Civil (julio de 1936 — marzo de 1937)
Huida en el Madrid revolucionario (julio 1936 - marzo 1937)
Las últimas etapas de la Guerra Civil (marzo 1937—abril 1939)
En la Legación de Honduras (marzo - octubre 1937)
El paso de los Pirineos (octubre-diciembre 1937)
La época de Burgos (diciembre 1937 - octubre 1938)
En Madrid y en Burgos (octubre 1937-marzo 1939)
España en una Europa en Guerra (1939 - 1945)
Reconstrucción y expansión en Madrid (1939 - 1940)
Expansión fuera de Madrid (1939-1942)
Vuelve a empezar la labor con las mujeres (1939-1943)
Oposición y nuevo desarrollo (1940-1943)
Epílogo