Poner los cimientos (1933)

Los primeros círculos de San Rafael

1933 trajo consigo progresos esperanzadores. Un año antes Escrivá había conocido a un joven estudiante de medicina llamado Juan Jiménez Vargas. El cuatro de enero de 1933 le explicó sus proyectos apostólicos, en particular sus planes para dar formación doctrinal religiosa a los jóvenes. Rápidamente, Vargas convenció a un grupo de amigos suyos para que le ayudaran a dar catequesis en el barrio de Los Pinos, donde hacía poco Escrivá había ofrecido su ayuda a las monjas en la catequesis de niños pobres. Pronto, Vargas y algunos de sus amigos acudieron con Escrivá a visitar a enfermos desamparados en hospitales o en sus casas.

Escrivá invitó a Vargas a asistir a las clases de formación religiosa. La primera tuvo lugar el 21 de enero de 1933, en la sala de visitas de Porta Coeli, un asilo para pilluelos, donde Escrivá echaba una mano de vez en cuando. Aunque había invitado a esta clase a bastantes jóvenes, y había rezado mucho por ellos, sólo acudieron Vargas y otros dos estudiantes de medicina. Terminada la clase, Escrivá condujo a los tres jóvenes a la capilla, para la bendición. Años después recordaba la escena: “Al terminar la clase, fui a la capilla con aquellos muchachos, tomé al Señor sacramentado en la custodia, lo alcé, bendije a aquellos tres..., y yo veía trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones..., blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer”171. Uno de los tres no volvió; los otros dos sí.

Aquella reunión del 21 de enero de 1933 fue el primero de los que Escrivá llamaría después Círculos de San Rafael: clases breves y prácticas de formación cristiana en las que los jóvenes aprenderían a poner en práctica las virtudes naturales y sobrenaturales, para convertirse en hombres y mujeres de oración y para vivir una vida más cristiana. Aunque Escrivá había trabajado con jóvenes desde la fundación del Opus Dei, consideraba que este primer círculo de San Rafael señalaba el comienzo de la Obra de San Rafael, es decir, del apostolado organizado del Opus Dei con los jóvenes.

Nuevos miembros

Vargas no se limitó a asistir a los círculos; pronto solicitó pertenecer al Opus Dei. Le siguió Jenaro Lázaro, artista que se ganaba la vida trabajando para los ferrocarriles, a quién Escrivá había conocido a través de los Filipenses. Unas semanas más tarde José María González Barredo también pasó a formar parte del Opus Dei. Escrivá se había fijado en Barredo en 1931 cuando celebraba Misa en la iglesia del Patronato de Enfermos. Le había pedido que rezara por una intención suya. La intención era que Dios concediera a Barredo la vocación a la Obra. Cuando se conocieron, Barredo ya había terminado los estudios de Química y hacía el doctorado en la Universidad. Poco después aceptó un puesto de profesor de ciencias en un colegio de la provincia de Jaén, y Escrivá le perdió la pista.

En febrero de 1933 Barredo regresó a Madrid para trabajar en su tesis doctoral en el Rockefeller Institute. Un día vio a Escrivá por la calle e intentó evitar el encuentro; temía que le pidiera que participara en alguna actividad parroquial o algo no relacionado con su trabajo profesional. Él quería servir a Dios, pero deseaba también seguir con su profesión. Escrivá se acercó a saludarle e insistió en que debían hablar. Cuando se reunieron para charlar, esa misma tarde, Barredo se dio cuenta de que lo que Escrivá le decía sobre el Opus Dei, tal y como lo describía, era lo que él había estado buscando sin saberlo.

El joven químico se sintió fuertemente atraído por el Opus Dei, pero no quería tomar una decisión tan importante para su vida sin aconsejarse convenientemente, así que propuso consultar a un religioso que conocía; Escrivá aceptó de buen grado. Aquel buen sacerdote intentó disuadirle de formar parte de algo que apenas se estaba poniendo en marcha. “Después de todo”, le dijo, “es mejor trabajar en una biblioteca ya instalada que en una que acaba de abrirse”. Barredo ponderó el comentario y le pareció que no era una objeción de peso. Lo esencial era que la Obra fuera lo que Dios quería para él. También desde un punto de vista puramente humano, al organizar “la biblioteca” uno contribuía a la tarea de muchos que llegarían más tarde. Barredo volvió a visitar a Escrivá el 11 de febrero de 1933, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes y pidió la admisión al Opus Dei.

En otoño de 1933 llegó otra vocación. Escrivá conoció a Ricardo Fernández Vallespín el 14 de mayo de 1933. Vallespín, brillante estudiante de Arquitectura, daba clases particulares a José Romeo en su casa un día en que Escrivá pasó a visitarle. Aunque aquel primer encuentro fue breve, dejó una profunda impresión en Vallespín, quien escribió en su diario: “hoy he conocido un sacerdote, muy joven, entusiasta y lleno de amor de Dios, que -no se por qué- pienso que va a tener una influencia grande en mi vida”172.

Escrivá y Vallespín se volvieron a ver unas pocas semanas después. Dos de los hermanos de Vallespín estaban encarcelados por delitos políticos, así que le llamó la atención el hecho de que Escrivá hablara de “cosas del espíritu” y no de política. Antes de marcharse Escrivá le regaló un libro sobre la Pasión del Señor. En la página en blanco al comienzo del libro, escribió la dedicatoria: “Madrid. 29-V-33. Que busques a Cristo. Que encuentres a Cristo. Que ames a Cristo”173. Aquel verano apenas pudieron verse ya que Vallespín estaba muy ocupado con otras cosas.

Hacia el final del verano Vallespín tuvo que guardar cama por un severo ataque de reuma. En cuanto se recuperó habló varias veces con Escrivá. El 4 de octubre Escrivá le explicó el Opus Dei, destacando su origen divino y el hecho de que no era una respuesta a la difícil situación de la Iglesia en España, sino algo llamado a cumplir una misión por todo el mundo y que duraría a través de los siglos. Para desempeñar esta misión, Escrivá insistía en que el Opus Dei necesitaba gente enamorada de Cristo que santificara su trabajo y se clavara en la cruz de Cristo en medio del mundo.

Vallespín era católico practicante, aunque no particularmente piadoso. En ningún momento de su vida había recibido la Sagrada Comunión tres días seguidos. Sin embargo, las palabras de Escrivá le afectaron profundamente. Hasta entonces nunca había pensado en entregarse del todo a Dios, pero ahora, como recordaría años después, se limitó a decir “yo quiero ser de eso”174, ya que no recordaba el nombre de “Obra de Dios.” Vargas, Barredo y Vallespín perseveraron en el Opus Dei, y fueron -junto con Zorzano y el propio Escrivá- el núcleo inicial de la Obra en los años siguientes.

En el hogar de Escrivá y en los hospitales y chabolas de Madrid

Además de llevar la dirección espiritual de los miembros de la Obra y de otras personas, Escrivá organizó clases y tertulias informales. Tenían lugar en el piso de la calle Martínez Campos que había alquilado para su familia en diciembre de 1932. Al celebrar dichas reuniones en su casa, donde solían estar su madre, su hermana y su hermano, le resultaba fácil fomentar el espíritu de familia entre aquellos jóvenes. El Opus Dei se convertía, realmente, en una prolongación de su propia familia.

Esto constituía una pesada carga para su propia familia. La llegada de la pequeña tropa de estudiantes no sólo alteraba la paz y tranquilidad del hogar, sino que sus pobres provisiones solían desaparecer al convertirse en merienda de los invitados. “Los chicos de Josemaría se lo comen todo” se quejaba Santiago, de 14 años. Sin embargo la madre de Escrivá, doña Dolores, y su hermana, Carmen, recibían con alegría a los huéspedes y los trataban con tal cariño y afecto que los jóvenes miembros de la Obra, que se referían a Escrivá llamándole Padre, pronto empezaron a llamarlas Abuela y Tía Carmen.

Escrivá invitaba a los jóvenes de la Obra y a otros chicos que se reunían a su alrededor a visitar enfermos en los hospitales y a enseñar el catecismo en barriadas pobres de Madrid. El ambiente cada vez más violentamente anticlerical de los hospitales y chabolas donde daban la catequesis hacía que la tarea fuese dura, peligrosa en ocasiones: en mayo de 1933 un grupo de hombres atacó el colegio de religiosas donde Escrivá y los estudiantes daban catequesis los domingos, en el barrio de Los Pinos. Mientras los hombres echaban gasolina sobre las puertas, un grupo de mujeres les animaba gritando: “Que no quede una viva, son ocho; matadlas a todas”175. La policía llegó y dispersó a la muchedumbre antes de que causaran daños, pero sólo los estudiantes más valientes y generosos estuvieron dispuestos a continuar con la catequesis. En los hospitales los incidentes eran menos dramáticos, pero la suciedad y los olores nauseabundos ponían a prueba a los jóvenes, y los pusilánimes y poco generosos dejaban de acudir. El contacto con la miseria, la ignorancia y el sufrimiento enseñaba a los que perseveraban a vivir la caridad, a olvidar sus propias necesidades y a dedicarse a los demás.

Además de acompañar a los estudiantes a los hospitales, Escrivá dedicaba muchas horas a visitar enfermos y a administrarles los sacramentos. Su fe ardiente, su optimismo y buen humor llevaban alegría a aquellos que no tenían otras razones para ser felices. Una de las monjas que trabajaba en el Hospital del Rey recordaba que los pacientes le esperaban con alegría. Cuenta que “cuando venía a confesar y ayudar, con su palabra y su orientación, a nuestros enfermos les he visto esperarle con alegría y esperanza. Les he visto aceptar el dolor y la muerte con un fervor y una entrega, que daban devoción a quienes les rodeábamos”176. Otra monja recuerda que, gracias a la ayuda de Escrivá, “los enfermos que morían en el Hospital no tenían miedo a la muerte. La miraban cara a cara y hasta la recibían con alegría”177. Su alegría contagiosa hizo que algunas mujeres volvieran a preocuparse por su aspecto, como detalle de atención hacia las demás mujeres del pabellón, peinándose y volviendo a utilizar el maquillaje que habían abandonado en un momento de depresión y desánimo.

Escrivá era consciente de la hostilidad de parte del personal del hospital y del peligro de sufrir el mismo final que don José María Somoano. También corría el riesgo de contraer alguna enfermedad infecciosa al confesar a tantos pacientes tuberculosos. Sin embargo, se lanzó con buen ánimo a su tarea sacerdotal de cuidar a los enfermos y continuamente les urgía a rezar y ofrecer sus sufrimientos por sus intenciones.

Plan de vida

Mientras trabajaba para encontrar almas que pudieran entender el mensaje de santidad y apostolado en medio del mundo, Escrivá se esforzaba por definir claramente los rasgos principales de lo que Dios quería de los miembros del Opus Dei. Desde la visión del 2 de octubre estaba claro que los miembros del Opus Dei estaban llamados a un “encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana”178.

Para ello necesitarían una intensa vida interior de unión con Dios mediante la oración, el sacrificio y la santificación de su trabajo y demás actividades. Tendrían que leer el Evangelio, acudir a la Santa Misa, hacer oración, hacer penitencia, pero no separada ni aparte de su vida y actividades ordinarias. Tenían que evitar “la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas”179. Al contrario, su vida interior, sus prácticas de piedad debían llevarles a santificar su vida cotidiana.

La cuestión era cómo alcanzar este ideal. ¿Qué practicas de piedad deberían realizar los miembros del Opus Dei? ¿Cómo podían integrarlas en el tejido de su vida cotidiana de modo que ésta fuera una única vida, basada en el amor de Dios, y no una esquizofrénica mezcla de piedad y vida ordinaria? Basándose en su experiencia personal y en la de la gente a la que atendía con su dirección espiritual, Escrivá trazó un plan de vida interior para los miembros de la Obra. Por ejemplo, desde el principio fue obvio que deberían leer la Sagrada Escritura, pero no estaba claro el modo en el que se realizaría esa lectura. Primero Escrivá pensó que sería bueno que todos leyeran los mismos textos cada día; finalmente decidió simplemente recomendar que cada uno dedicase unos minutos al día a leer los Evangelios u otro libro del Nuevo Testamento.

En febrero de 1933, consideró que ya había llegado la hora de escribir un “plan de vida”, una serie flexible de prácticas de piedad que los fieles del Opus Dei se comprometerían a intentar cumplir. Este plan incluye no sólo momentos dedicados exclusivamente a rezar (el Rosario o la meditación personal), sino también prácticas de piedad como las acciones de gracias a Dios o jaculatorias a Nuestra Señora. Al repartirlas a lo largo del día, los miembros de la Obra podrían descubrir, que “hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes”180 en medio de su trabajo y demás actividades laborales y familiares.

El plan de vida que Escrivá propuso fue diseñado para ayudar a los miembros del Opus Dei a “buscar a Dios, encontrarle y tratarle siempre, admirándolo con amor en medio de las fatigas de su trabajo ordinario, que son cuidados terrenos, pero purificados y elevados al orden sobrenatural”181. Las prácticas de piedad que Escrivá recomendaba, y a las que se solía referir como “las normas de nuestro plan de vida” o simplemente “las normas” no eran algo nuevo. Con la sola excepción de aquella pequeña serie de oraciones que había escrito para que las recitaran cada día los miembros de la Obra, todas las prácticas que estableció eran comunes de la piedad católica. De hecho, incluso las oraciones que compuso estaban sacadas en su casi totalidad de la Sagrada Escritura y de la liturgia de la Iglesia.

Lo nuevo en este plan de vida era su finalidad. Estaba pensado para ayudar a la gente comprometida en la búsqueda de la santidad a encontrar a Dios en medio del mundo. Al cumplir con diligencia sus responsabilidades familiares, profesionales, civiles y sociales “al servicio de Dios y de todos los hombres”182 podrían santificar su vida cotidiana, según decía Escrivá, “hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales”183. Por esta razón, además de asistir a la Santa Misa y rezar el Rosario, Escrivá incluyó el trabajo y el estudio entre los medios que los miembros del Opus Dei debían utilizar en su lucha por alcanzar la santidad.

Nuevas pruebas

La posibilidad de que Escrivá permaneciera en Madrid dependía del estatuto particular del convento de Santa Isabel, Fundación Real. En marzo de 1933 todas las fundaciones reales de Madrid pasaron a la jurisdicción ordinaria de la diócesis de Madrid. Parecía que Escrivá tendría que abandonar la capital, precisamente cuando el Opus Dei empezaba a crecer. Pero en junio de 1933, gracias a su amistad con don Francisco Morán, vicario general de la diócesis, y al apoyo de don Pedro Poveda, pudo renovar sus licencias para ejercer el sacerdocio en Madrid. A pesar de todo, seguía siendo una solución temporal y su situación permanecía inestable.

Desde el momento de su fundación Escrivá nunca dudó del origen divino del Opus Dei. A comienzos de 1932 el padre Postius, su director espiritual, le había advertido de que en algún momento sufriría la prueba de las dudas. Ésta se produjo en junio de 1933, durante unos ejercicios espirituales. Escrivá recordó el suceso: “A solas, en una tribuna de esta iglesia del Perpetuo Socorro, trataba de hacer oración ante Jesús Sacramentado expuesto en la Custodia, cuando, por un instante y sin llegar a concretarse razón alguna —no las hay—, vino a mi consideración este pensamiento amarguísimo: "¿y si todo es mentira, ilusión tuya, y pierdes el tiempo..., y —lo que es peor— lo haces perder a tantos?"”184.

Escrivá respondió inmediatamente con un completo desprendimiento, ofreciendo a Dios aquello que más amaba: “Si no es tuya, destrúyela”, rezó; “si es, confírmame”. La prueba, relató Escrivá, “fue cosa de segundos —dice—, pero ¡cómo se padece!”. Dios respondió a su generoso ofrecimiento con una renovada confianza. “Inmediatamente me sentí confirmado en la verdad de su Voluntad sobre su Obra”185.

Escrivá también sufría por la desmejorada situación de María Ignacia García Escobar, la paciente de tuberculosis que se había incorporado al Ous Dei en la primavera de 1932. La enfermedad se había extendido a los huesos y otros órganos. Escrivá habló con ella de la muerte y le aseguró que desde el cielo podría trabajar por el Opus Dei con mayor eficacia que desde la tierra. Le llegó a hacer una serie de encargos que pedir a Jesús y a María cuando llegara al cielo, especialmente vocaciones.

Escobar no sólo mantuvo la paz a pesar de los terribles dolores que sufría, sino que, como relataba Escrivá, “contemplaba la muerte con la alegría de quien sabe que, al morir, se va con su Padre”186. “Sé”, relató en una carta, “que sufro por Jesús y para Jesús. ¿Habrá palabras en la tierra comparadas con éstas? ¡Dichosa el alma a quien Nuestro Señor concede tal beneficio y sabe aprovecharle. Ayúdeme V. con sus oraciones a alcanzar la más íntima unión con Jesús. Amarle con locura, es mi única ambición en esta vida. Si Él dispone que yo no lo sepa mientras viva en la tierra, ¡no importa! con que lo sepa Él me basta....”187.

El 13 de septiembre de 1933 Escrivá redactó la siguiente nota para comunicar la muerte de Escobar a los otros de la Obra: “La oración y el sufrimiento han sido las ruedas del carro de triunfo de esta h. nuestra. —No la hemos perdido: la hemos ganado. —Al conocer su muerte, queremos que la pena natural se trueque pronto en la sobrenatural alegría de saber ciertamente que ya tenemos más poder en el cielo”188.

Escobar era el tercer miembro de la Obra que moría en un año y medio. Además, durante esos mismos meses otras personas, con quienes Escrivá contaba para sacar la Obra adelante, le abandonaron. Sintió su pérdida tan dolorosamente como las muertes de Somoano, Gordon y Escobar.

 


 

Visto desde fuera, en otoño de 1933 el Opus Dei parecía no haber encontrado su lugar. A los cinco años de su fundación apenas había frutos visibles que respondieran a tanto trabajo, oración y sacrificio. Sin embargo, se estaba empezando a formar un pequeño núcleo de jóvenes que perseverarían y le ayudarían a desarrollar la Obra. Entre estos primeros se encontraban Zorzano, Jiménez Vargas, González Barredo y Fernández Vallespín. Con su ayuda pronto se abriría el primer centro del Opus Dei.

Introducción. Opus Dei
La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)
Los primeros años (1902-1925)
Años de preparación (1925-1928)
Los primeros pasos (1928-1930)
El ambiente se torna hostil (1931)
Nuevas luces (1931)
Intentos de abrir camino (1931-32)
Poner los cimientos (1933)
El primer centro (1933-1934)
Obstáculos y crecimiento (1934-1935)
Planes de expansión (1935-36)
Los comienzos de la Guerra Civil (julio de 1936 — marzo de 1937)
Huida en el Madrid revolucionario (julio 1936 - marzo 1937)
Las últimas etapas de la Guerra Civil (marzo 1937—abril 1939)
En la Legación de Honduras (marzo - octubre 1937)
El paso de los Pirineos (octubre-diciembre 1937)
La época de Burgos (diciembre 1937 - octubre 1938)
En Madrid y en Burgos (octubre 1937-marzo 1939)
España en una Europa en Guerra (1939 - 1945)
Reconstrucción y expansión en Madrid (1939 - 1940)
Expansión fuera de Madrid (1939-1942)
Vuelve a empezar la labor con las mujeres (1939-1943)
Oposición y nuevo desarrollo (1940-1943)
Epílogo