Intentos de abrir camino (1931-32)

Del Patronato de Enfermos a Santa Isabel

Durante la primavera y comienzos del verano de 1931, Escrivá siguió buscando un modo de liberarse de las obligaciones del Patronato de Enfermos para dedicar más tiempo al Opus Dei. A partir del 13 de junio de 1931 rezó a diario en la Misa para encontrar una solución. Sus oraciones fueron escuchadas de una manera sorprendente el 18 de junio. “Creo que fue el quinto día de hacer esta petición cuando el Señor me oyó: fue Él: no cabe duda, porque accedió a mi súplica con creces... La concesión fue acompañada de humillación, injusticia y desprecio. !Bendito sea!”130. Escrivá no explica qué sucedió exactamente pero, al parecer, hubo una desagradable discusión.

La respuesta a sus oraciones fue sólo parcial. Dejó de ser el capellán titular del Patronato de Enfermos, pero no se designó a ningún otro, así que él siguió trabajando, como interino, hasta el mes de octubre. Necesitaba urgentemente un nombramiento para poder seguir en Madrid y mantener a su familia. Durante el verano, trabajó en la iglesia de Santa Bárbara, con un nombramiento temporal. Mientras tanto, se enteró de que las Agustinas Recoletas del convento de Santa Isabel, una de las multiples fundaciones reales de Madrid, necesitaban urgentemente alguien que les celebrara la Santa Misa y las confesara. Hacía meses que su capellán había caído enfermo y los Padres Agustinos le habían estado supliendo; pero la violencia anticlerical que arreciaba tras la proclamación de la Segunda República les impedía cruzar barrios peligrosos para llegar al convento, de modo que las religiosas a menudo no eran atendidas. Escrivá se ofreció voluntario hasta que encontraran a alguien.

Contentas como estaban con sus servicios, las monjas decidieron buscar su nombramiento de capellán. El convento tenía el estatuto de antigua Fundación Real, así que el nombramiento debía ser firmado tanto por las autoridades eclesiásticas como por las civiles. La aprobación eclesiástica fue concedida en noviembre de 1931, la del gobierno -con un estipendio regular—no llegó hasta mucho después.

El traslado del Patronato de Enfermos a Santa Isabel resultó providencial. En noviembre de 1931, la diócesis de Madrid inició una nueva campaña para expulsar a sacerdotes de otras dioceses y el puesto de capellán del Patronato de Enfermos no habría bastado para que las autoridades diocesanas le permitieran seguir en la capital, ni siquiera con el apoyo e influencia de la fundadora de las Damas Apostólicas. Pero su nuevo cargo estaba en una Fundación Real y no era sujeto de expulsion.

Por otra parte, la situación económica de Escrivá, era desesperada. Ahora no podía contar con su estipendio de capellán, y sus ingresos de profesor y tutor de la Academia Cicuéndez no cubrían ni siquiera sus gastos mínimos. “No sé cómo podremos vivir”131 exclamó. A comienzos de septiembre comentaba: “Estoy con una tribulación y desamparo grandes. ¿Motivos? Realmente, los de siempre. Pero, es algo personalísimo que, sin quitarme la confianza en mi Dios, me hace sufrir, porque no veo salida humana posible a mi situación. Se presentan tentaciones de rebeldía: y digo serviam!”132.

A finales de mes la situación no había mejorado: “Me encuentro en una situación económica tan apurada como cuando más. No pierdo la paz. Tengo absoluta confianza, verdadera seguridad de que Dios, mi Padre, resolverá pronto este asunto de una vez. ¡Si yo estuviera solo!... la pobreza, entonces, me doy cuenta, sería una delicia. Sacerdote y pobre: con falta hasta de lo necesario. ¡Admirable!”133.

Escrivá comparaba su pobreza con los golpes con que Dios preparaba su alma para realizar el Opus Dei. Sufría porque la mayoría de estos golpes caían sobre su familia. Pensó pedirle a Dios que en lugar de ello le enviara una seria enfermedad, pero su director espiritual se lo prohibió. En el tercer aniversario de la fundación del Opus Dei resumió parte de su oración de aquel día: “Y me encaré con Él y le dije: Que el padre Sánchez me tiene prohbido pedirle aquello; que, por eso, no se lo pido, pero que (así, en baturro) que arregle a los míos y me fastidie a mí solico”134. En otra ocasión rezaba: “Señor, lo pesado de mi Cruz es que de ella participan otros. Dame, Jesús, Cruz sin Cirineos. Digo mal: tu gracia, tu ayuda me hará falta, como para todo. —Contigo, mi Dios, no hay prueba que me espante: pienso en una enfermedad dura, unida, p.e., a una total ceguera —Cruz mía, personal— y audazmente, tendría, Jesús, el gozo de gritar con fe y con paz de corazón, desde mi oscuridad y sufrimiento: Dominus illuminatio mea et salus mea!... —Pero, ¿y si la Cruz fuera el tedio, la tristeza? Yo te digo, Señor, que, contigo, estaría alegremente triste”135.

A pesar de su intenso deseo de remediar la situación familiar, en febrero de 1932 Escrivá rechazó lo que habría sido una solución prometedora. El obispo de Cuenca, pariente lejano de su madre, se ofreció a nombrarle canónigo de su catedral. El puesto estaba relativamente bien pagado, y podría haberle abierto la puerta de una ulterior carrera eclesiástica. Pero Escrivá estaba convencido de que el Opus Dei debía crecer en Madrid. Su director espiritual también convino en ello. Si el Opus Dei había nacido en la capital, le dijo, era señal de que Dios quería que se desarrollara en ella. La decision de Escrivá de rechazar la oferta resultó más difícil porque todavía no había dicho nada a su familia sobre el Opus Dei, y por consiguiente no podía dar ninguna razón convincente de su postura.

No se sabe por qué Escrivá todavía no había revelado a su familia lo que había sucedido el 2 de octubre de 1928 ni le había explicado el significado de todo lo que había estado haciendo desde entonces. La razón puede estar en que, a pesar de su intenso trabajo, no tenía nada externo que mostrar: sólo podía relatarles la visión del 2 de octubre y, como ya se ha dicho, siempre fue reacio a hablar sobre aquella experiencia o sobre cualquier otro acontecimiento sobrenatural de su vida, ni siquiera a los miembros del Opus Dei.

De nuevo entre los enfermos

Nada más dejar el Patronato, Escrivá ya echaba de menos el contacto con los enfermos y los pobres. En una nota de marzo de 1932, que más tarde incorporaría a “Camino”, escribió: “Los niños y los enfermos: Cuando escribo estas palabras —Niño, Enfermo—, siento la tentación de ponerlas con mayúscula, porque, para un alma enamorada, son Él”136. Sentía un impetuoso deseo de ejercer su ministerio sacerdotal entre ellos. Además, creía que sus oraciones y sacrificios eran esenciales para el crecimiento de la Obra.

A través del sacristán de Santa Isabel conoció la existencia de la Congregación de San Felipe Neri, un grupo que visitaba y atendía a los enfermos en el Hospital General de Madrid. El domingo 8 de noviembre de 1931 acompañó por primera vez a los Filipenses, como les llamaban, para hacer las camas de los enfermos, bañarlos y cortarles el pelo y las uñas y para vaciar orinales y escupideras.

Escrivá hizo una buena amistad con unos cuantos jóvenes comprometidos con la tarea de los filipenses entre los que se encontraban Antonio Medialdea, dependiente, Jenaro Lázaro, artista, y Luis Gordon, ingeniero industrial de una buena familia del sur, que dirigía una fábrica de cerveza en las afueras de Madrid. Pronto tendrían dirección espiritual con él. Por su parte, él llevaría al hospital a un puñado de estudiantes a los que dirigía espiritualmente, entre ellos estaban José Romeo, Adolfo Gómez, su hermano Pedro, y José Manuel Doménech.

En medio de un ambiente cada vez más anticlerical, pasar las tardes de los domingos en el hospital era una señal de gran generosidad por parte de los jóvenes. Algunos de los pacientes rechazaban sus servicios con malos modos. El hospital olía a orina, excrementos y cuerpos sucios, y algunos de los cuidados que prestaban a los enfermos eran tan repugnantes que en más de una ocasión vomitaban al salir. Escrivá a menudo recordó aquella ocasión en la que pidió a Gordon que vaciara una jarra llena con los esputos de un paciente tuberculoso. Gordon tembló pero la cogió y fue a limpiarla. Notando su repugnancia, Escrivá corrió tras él. Cuando llegó al cuarto de limpieza, se lo encontró arremangado con la mano dentro de la jarra mientras decía, en voz baja, con una expresión feliz, “¡Jesús, que haga buena cara!”137. Este incidente terminó en “Camino” donde Escrivá anotó: “¿Verdad, Señor, que te daba consuelo grande aquella 'sutileza' del hombrón-niño que, al sentir el desconcierto que produce obedecer en cosa molesta y de suyo repugnante, te decía bajito: ¡Jesús, que haga buena cara!?”138.

A través de los montes las aguas pasarán

Además de llevar la dirección espiritual de estos jóvenes, Escrivá los reunía en pequeños grupos y compartía con ellos sus notas personales sobre santidad y apostolado en el mundo. También hacían planes para aumentar su reducido número y expandir el inicipente apostolado del Opus Dei. No tenían ningún sitio donde reunirse, así que, a menudo, se sentaban en un banco de uno de los principales bulevares de Madrid o en un parque cercano. Escrivá les hacía participar de sus ambiciosos sueños de apostolado mundial, que se prolongaría por los siglos. Esa visión contrastaba crudamente con la realidad: un puñado de chicos y hombres jóvenes sentados en el banco de un parque con un sacerdote que apenas tenía treinta años.

Escrivá, dolorosamente consciente de la desproporción entre lo que había visto el 2 de octubre de 1928 y la realidad de tres años después, se refugió confiadamente en la oración. A mitad de diciembre de 1931 escribió en sus cuadernos personales: “Ayer almorcé en casa de los Guevara. Estando allí, sin hacer oración, me encontré —como otras veces— diciendo: 'Inter medium montium pertransibunt aquae' (Ps. 103, 11). Creo que, en estos días, he tenido otras veces en mi boca esas palabras, porque sí, pero no les di importancia. Ayer las dije con tanto relieve, que sentí la coacción de anotarlas: las entendí: son la promesa de que la O. de D. vencerá los obstáculos, pasando las aguas de su Apostolado a través de todos los inconvenientes que han de presentarse”139.

No habló de estas experiencias más que con su director espiritual, el padre Sánchez, pero le dieron una gran seguridad, que él comunicaba a su alrededor. Sus explicaciones sobre lo que aguardaba al apostolado de la Obra no eran “una cosa vaga, imprecisa” sino, como recordaba un futuro arzobispo de Valencia que le conoció en 1932, “algo perfectamente real y concreto”140. Otro futuro obispo que conoció a Escrivá en 1936 tuvo la misma impresión. Recuerda que le llamó la atención la "idea clara y nítida que tenía de la Obra, no sólo en cuanto era una realidad apostólica que se hacía cada día, sino en cuanto hablaba de ella como algo muy preciso proyectado en el futuro”141. Esto se explicaba, aunque sólo en parte, concluía, por el pensamiento e imaginación de Escrivá: “La claridad de la idea no quedaba suficientemente explicada si Josemaría no tenía además una iluminación especial del Señor. Esta precisa definición de las metas y de los medios para alcanzarlas no podían ser imaginaciones suyas. Además, su anticipación a los tiempos no tenía, en ningún momento, el tono pretencioso, exagerado o vanidoso que tiene, con tanta frecuencia, el planificar humano, sino que estaba acompañado de la sencillez, naturalidad y humildad, que le eran propias; también eso me llevaba al convencimiento de que me encontraba ante algo fuera de lo normal. La seguridad con que hablaba del porvenir de la Obra no podía venir de un mero razonamiento suyo, de cosas que se le ocurrían: ahí había algo más, esto era evidente”142.

Somoano y las conferencias de los lunes

El 2 de enero de 1932 don Lino Vea Murguía llevó a Escrivá a conocer a un amigo suyo, don José María Somoano, joven capellán del Hospital del Rey. Para preparar la visita, Escrivá pidió a varias personas que rezaran y ofrecieran sacrificios por una intención suya. En cuanto le explicó el Opus Dei Somoano pidió ser admitido. Somoano escribió en su diario un breve resumen del encuentro: “Me entusiasmó. Le prometí 'enchufes' -enfermos orantes- para la Obra de Dios. Yo, entusiasmado. Dispuesto a todo”143. Somoano confió a uno de los enfermos que se había sentido tan feliz que no pudo dormir aquella noche.

Inmediatamente, Somoano empezó a pedir a los pacientes del hospital que rezaran y ofrecieran sus sufrimientos por una intención muy especial. Una joven llamada María Ignacia García Escobar, enferma de tuberculosis, se sintió tan impresionada por la alegría y entusiasmo de Somoano que anotó en su diario lo que le había dicho: “María: hay que pedir mucho por una intención, que es para bien de todos. Esta petición no es de días; es un bien universal que necesita oraciones y sacrificios, ahora, mañana, y siempre. Pida sin descanso le digo, es muy hermoso”144.

Antes de que terminara la semana, Somoano descubrió una nueva vocación para el Opus Dei, su amigo Jose María Vegas, un sacerdote dinámico y optimista de la dioceses de Madrid, de treinta años de edad. Al igual que Somoano, en cuanto descubrió el Opus Dei pidió ser admitido.

El lunes 22 de febrero de 1932 se reunieron por primera vez lo seis sacerdotes que pertenecían al Opus Dei. Estos encuentros periódicos serían llamados por Escrivá las Conferencias de los Lunes. En estas reuniones les explicaba con más detalle la naturaleza de la vocación a la Obra y estrechaba relaciones entre los participantes. Solían hablar de futuras empresas apostólicas y soñaban con el día en el que el Opus Dei empezaría su actividad externa. Escrivá creía que ese día no estaba muy lejos. En febrero de 1932 escribió en sus cuadernos: “Jesús, veo que tu Obra puede comenzar pronto”145.

A pesar de lo reducido del grupo, de su falta de actividad externa, e incluso de una sede propia, las Conferencias de los Lunes eran vibrantes y entusiastas. Los participantes salían de ellas cargados con la fe de Escrivá en el futuro de la Obra. María Ignacia Escobar observó que cuando Somoano “volvía los lunes de asistir a las reuniones espirituales de nuestra Obra, solamente al mirarle se le notaba lo contento y satisfecho que venía, y el cuadernito donde conservaba los apuntes de las meditaciones y demás cositas de ésta, era su joya más preciada”146. Sin embargo, a la mayoría de los participantes no les resultaba fácil entender lo que Escrivá les explicaba. Aunque estaban entusiasmados, no entendían del todo el mensaje.

Las primeras mujeres del Opus Dei

El apostolado del Opus Dei con las mujeres debía superar grandes dificultades. Escrivá vio que el Opus Dei estaba destinado tanto a solteros como a casados de toda condición social y cultural. También vio que en los comienzos debía buscar gente que se comprometiera a vivir en celibato apostólico y estuviera más disponible para formarse y formar a otros. Por esta razón, tras los esfuerzos iniciales por conseguir vocaciones entre obreros y empleados, decidió centrar su apostolado, temporalmente, en estudiantes universitarios y recién graduados que pudieran responder a esa llamada al celibato apostólico en medio del mundo. Sin embargo, en el caso de las mujeres no sería práctico centrarse en estudiantes universitarias o recién licenciadas ya que, aunque el porcentaje de mujeres en las universidades españoles se había más que duplicado en la última década, seguía habiendo muy pocas que hicieran estudios superiores.

Además, estaba convencido de que las primeras mujeres del Opus Dei debían ser célibes, y eso también planteaba problemas. Las españolas solteras tenían poca independencia en los años treinta; se esperaba que vivieran con sus padres o con algún hermano o hermana casado, dedicando sus afanes, principalmente, al hogar.

Por otra parte las actividades de Escrivá no le facilitaban más que unos contactos muy limitados con mujeres que pudieran entender el Opus Dei y responder a una llamada. El confesonario, donde pasaba muchas horas confesando e impartiendo dirección espiritual, o simplemente rezando y leyendo mientras esperaba penitentes, fue su principal fuente para conocer a gente. Allí acudió la primera mujer que pidió la admisión al Opus Dei. Se llamaba Carmen Cuervo, y tenía una posición de responsabilidad en el Ministerio del Trabajo, algo poco habitual en una mujer en esa época. En cuanto Escrivá la conoció, en noviembre de 1931, escribió a Zorzano: “¿Sabes que creo que el Rey me ha mandado un alma para comenzar la rama femenina?”147. Unos pocos meses después, precisamente el 14 de febrero de 1932, segundo aniversario de la fundación de la sección de mujeres, Cuervo pidió la admisión al Opus Dei.

Mientras tanto, Escobar ofrecía su grave enfermedad por la intención que Somoano le había pedido que encomendara. Sus sufrimientos se intensificaban, tenía frecuentes subidas de fiebre y fuertes dolores de estómago. Pocas veces podía levantarse. Un día le dijo a Somoano: “D. José María, pienso que su intención tiene que valer mucho porque desde que V. me indicó que pidiera y ofreciera, Jesús se está portando muy espléndido conmigo. -De noche, cuando los dolores no me dejan dormir, me entretengo en recordarle su intención repetidas veces a Nuestro Señor”148.

Pocas semanas después, Somoano habló del Opus Dei a Escobar y le preguntó si querría formar parte. Ella aceptó con alegría. Físicamente, su situación era lamentable. Los médicos habían abandonado toda esperanza de curación. Le aguardaba una muerte lenta y dolorosa. Pero con la luz del espíritu del Opus Dei, su enfermedad y sufrimientos cobraban un nuevo significado. No era una cruz que debiera llevar a contrapelo, sino el trabajo que Dios le había preparado, el sendero que la llevaría a Dios y le permitiría desarrollar un apostolado fecundo. La suya era, como diría Escrivá, una vocación de expiación. Tras ella vendrían miles de mujeres que trabajarían en una gran variedad de profesiones y empleos. Recostada en una cama de hospital, ayudaría a poner los cimientos del Opus Dei y a preparar el camino para las que llegarían después.

Al hablar con ella, Somoano insistía en la importancia de la santidad: “No queremos número, eso... ¡nunca!, le decía el capellán. Almas santas... almas de íntima unión con Jesús... almas abrasadas en el fuego del amor Divino ¡almas grandes! ¿Me entiende?”.

En el manuscrito de la enferma se leen, a continuación, otras palabras del capellán sobre el mismo asunto: “Nada, nada: hay que cimentarla bien. Para ello procuremos que estos cimientos sean de piedra de granito (...). Los cimientos ante todo, luego vendrá lo demás”149.

Pocos días después de que Escobar pidiera entrar en el Opus Dei, Cuervo fue a verla al hospital. Era la primera vez que dos mujeres del Opus Dei estaban juntas. En la siguiente Conferencia del Lunes, Escrivá propuso rezar el solemne himno de acción de gracias de la Iglesia, el Te Deum.

El apostolado del Opus Dei entre mujeres había dado sus primeros pasos, pero el camino que quedaba por recorrer sería duro. Además de la dificultad de encontrar mujeres que pudieran entender su vision y fueran lo bastante generosas para seguirla, Escrivá se topó con el problema de transmitirles el espíritu del Opus Dei. Era un sacerdote muy joven y, lógicamente, reacio a pasar horas trabajando estrechamente con mujeres jóvenes para formarlas. Así que decidió confíar esta tarea a don Norberto, que era mucho mayor. El tiempo probaría, sin embargo, que don Norberto no había entendido la naturaleza secular del espíritu del Opus Dei y acabó por transmitir a las pocas mujeres que Escrivá confió a su cuidado algo más parecido al espíritu de una orden religiosa.

Nuevos ataques del gobierno a la Iglesia

Las actividades del Opus Dei con mujeres estaban en sus comienzos cuando el gobierno dictó leyes y reglamentos para cumplir las medidas antirreligiosas de la Constitución. En enero de 1932, disolvió la Compañía de Jesús y confiscó sus propiedades. En febrero, introdujo el matrimonio civil y el divorcio y quitó los crucifijos de las aulas en las escuelas públicas. Pronto suprimió las capellanías de los hospitales públicos. Otro decreto disponía que cualquier persona que no hubiera declarado expresamente en acta notarial que deseaba un entierro religioso recibiría únicamente exequias civiles.

De modo muy particular en localidades pequeñas, algunos funcionarios furiosamente anticlericales disfrutaron prohibiendo procesiones, el toque de campanas de la iglesia y otras manifestaciones de religiosidad popular. Tales medidas no pasaban de ser molestias relativamente pequeñas, pero muchos cristianos, para quienes dichas ceremonias formaban parte del modo de vivir, se sintieron insultados; las medidas radicales, como la declaración de que España había dejado de ser un país católico, podían olvidarse rápidamente; pero los intentos de limitar la religión a la esfera privada llevaron a muchos católicos a alejarse definitivamente de la República.

Muertes en la familia

La supresión de los capellanes de los hospitales afectó directamente a Somoano. A finales de abril, recibió la notificación oficial de que su puesto había sido amortizado por el reciente presupuesto y que ya no podía vivir en el hospital. Somoano permaneció todo el tiempo que pudo, prestando oídos sordos a las repetidas órdenes de marcharse e incluso a amenazas de muerte que recibió de parte del personal.

Finalmente, el 15 de mayo de 1932 concluyó que no tenía elección. Dejó el hospital y aceptó un puesto en una parroquia cercana. Sin embargo estaba decidido a seguir visitando el hospital y celebrar la Misa los domingos, a distribuir la Sagrada Comunion, a confesar y a administrar la unción a los enfermos. A pesar de la presión para que se fuera inmediatamente, Somoano permaneció, desafiante, hasta el 3 de junio. Tras su expulsión continuaron la hostilidad y las amenazas por parte de algunos miembros del personal, pero no le hicieron desistir de su propósito de visitar regularmente a los enfermos. En su diario escribió: “¿Qué haré? -!En manos del Señor me pongo para que Él haga de mí lo que quiera! El Señor es el auxilio de mi vida. ¿Qué me hará temblar?”150.

Algunas semanas después, Somoano, que antes de pertenecer al Opus Dei se había ofrecido a Dios como víctima por España, se sintió muy enfermo con fuertes calambres en el estómago y vómitos. Los síntomas apuntaban a un envenenamiento por arsénico, tal vez administrado por alguien del personal del hospital. El 16 de junio de 1932, fiesta de Nuestra Señora del Carmen, de quien era muy devoto, Somoano murió víctima del mismo odio a la religión que llevaría a miles de sacerdotes y religiosos a la muerte durante la Guerra Civil.

En la nota que escribió para informar a los miembros de la Obra de la muerte de Somoano, Escrivá decía: “Nuestro Señor Jesús aceptó el holocausto y, con una doble predilección, predilección por la Obra de Dios y por José María, nos lo envió: para que nuestro hermano redondeara su vida espiritual, encendiéndose más y más su corazón en hogueras de Fe y Amor; y para que la Obra tuviera junto a la Trinidad Beatísima y junto a María Inmaculada quien de continuo se preocupe de nosotros... Yo sé que harán mucha fuerza sus instancias en el Corazón Misericordioso de Jesús, cuando pida por nosotros, locos —locos como él, y... ¡como Él!— y que obtendremos las gracias abundantes que hemos de necesitar para cumplir la Voluntad de Dios”151.

Vegas había conocido el Opus Dei a través de Somoano. Al igual que aquél, había ofrecido su vida a Dios por España antes de pedir la admisión al Opus Dei. En una carta a Escrivá en la que narraba su reacción ante la noticia de la muerte de Somoano, dijo: “Solo ante el Sagrario derramé lágrimas y entonces tuve la osadía de preguntar a Jesús si había aceptado el ofrecimiento que le hiciera antes de ligarme, como tú me dices muy bien, con otra obligación y ofrecimiento, y Jesús que (te voy a ser franco) por el amor tan grande que me tiene, amor que siento mucho más desde que por su misericordia infinita estoy a vuestro lado en la gran Obra, aunque indigno, me dijo: ¡Cómo no voy a aceptar ese ofrecimiento! Pero me es más grato que (...) te inmoles con la oración, el sacrificio y el trabajo y sumisión, por mi Obra, que es de mi especial predilección. A Somoano le he llevado al Cielo precisamente por mi Obra, para que interceda por ella”152.

Aunque Escrivá estaba convencido de que la Obra se beneficiaría de las oraciones de Somoano desde el cielo, su pérdida era un fuerte golpe. Somoano era un hombre extraordinariamente piadoso y lleno de celo. Entre los sacerdotes que habían pedido la admisión en la Obra parecía ser el que mejor entendía su espíritu y sus fines. Habría sido una gran ayuda en su desarrollo.

Tras la muerte de Somoano, Escrivá se ofreció voluntario para ocupar su lugar en el hospital, sin desanimarse por el peligro de ser la siguiente víctima de la violencia sectaria. Siguió las visitas regulares a los enfermos, incluso después de que un sacerdote de la parroquia local, dos profesores y una enfermera fueran asesinados por el odio a la religión.

Otro miembro del Opus Dei, Luis Gordon, murió pocos meses después de Somoano. Escrivá había conocido a Gordon gracias a su labor en el hospital con los filipenses y poco después había pedido pertenecer al Opus Dei. Durante el verano de 1932 contrajo una seria enfermedad pulmonar. Murió el 5 de noviembre de 1932, con poco más de treinta años. Gordón manifestó a Escrivá su deseo de nombrar al Opus Dei heredero de sus bienes, pero le aconsejó que no lo hiciera.

Escrivá estuvo con Gordon en sus horas finales y más tarde lo describiría en la necrológica que redactó para los miembros de la Obra como “buen modelo: obediente, discretísimo, caritativo hasta el despilfarro, humilde, mortificado y penitente..., hombre de Eucaristía y de oración, devotísimo de Santa María y de Teresita... padre de los obreros de su fábrica, que le han llorado sentidamente a su muerte”153.

Escrivá se consoló con el pensamiento de que Gordon sería un poderoso intercesor en el cielo, pero la pérdida era dolorosa. Además de sus virtudes y dedicación, Gordon podría haber aportado el dinero que el Opus Dei necesitaba para adquirir un local y empezar sus actividades apostólicas externas. La necrológica concluía: “Nuestro Gran Rey Cristo Jesús ha querido llevarse a los dos mejor preparados, para que no confiemos en nada terreno, ni siquiera en las virtudes personales de nadie, sino sólo y exclusivamente en su Providencia amorosísima. El Amor Misericordioso ha echado otro grano en el surco... y ¡cuánto esperamos de su fecundidad!”154.

En la cárcel de Madrid

En agosto de 1932 un joven miembro del Opus Dei, Adolfo Gómez, y otro estudiante, José Manuel Doménech, con quienes Escrivá había trabajado en los filipenses, fueron arrestados por participar en un intento de golpe de estado dirigido por el general José Sanjurjo. El fallido golpe estuvo mal preparado y peor ejecutado. El gobierno conocía todos los detalles del complot y abortó la intentona fácilmente. El levantamiento dio al gobierno la oportunidad de castigar a la oposición, cerrando más de cien periódicos y arrestando a varios cientos de conspiradores. También dio origen a una nueva oleada de ataques a conventos y edificios eclesiásticos, aunque no de la magnitud de la de mayo de 1931.

En cuanto oyó que Gómez había sido arrestado, Escrivá se dispuso a atenderlo. Lo localizó rápidamente y empezó a visitar la cárcel a diario. Llevaba la sotana, a pesar del peligro que suponía. En la cárcel Escrivá no se limitó a hablar con los prisioneros que ya conocía; también se acercaba a otros. Les urgía a considerar frecuentemente que Dios es nuestro Padre y que las cosas suceden para nuestro bien, incluso la amenaza de grandes castigos y hasta de muerte que pendía sobre ellos. Les sugirió también que intentaran utilizar las muchas horas de ocio que tenían para continuar sus estudios, haciéndoles ver el valor sobrenatural de utilizar bien el tiempo.

Unos meses más tarde, se unió a los prisioneros un buen número de anarquistas arrestados por un intento de revolución en el sur de España. Los dos grupos eran irreconciliables. Los pusieron en secciones separadas, pero compartían el mismo patio en las horas de recreo. Los jóvenes conspiradores de derechas estaban furiosos por el contacto diario con gente a quienes consideraban grandes enemigos de su fe y de sus ideales politicos. Escrivá, sin embargo, les animó a acercarse a los anarquistas y hacer amistad con ellos. Siguieron su consejo y los dos grupos terminaron jugando al fútbol, no unos contra otros, sino en equipos mezclados. Uno de los estudiantes que jugaba de portero con dos defensas anarquistas recordaba que “nunca había jugado partidos de fútbol más limpios y menos violentos”. Después de liberados, siguieron en contacto con los anarquistas, algunos de los cuales finalmente volvieron a la Iglesia.

Los frutos de un retiro

El 3 de octubre de 1932, al día siguiente del cuarto aniversario de la fundación del Opus Dei, Escrivá empezó un retiro en el Convento de los Carmelitas de Segovia, donde está enterrado San Juan de la Cruz. No hubo prédicas ni conferencias durante el retiro, sólo una semana pasada en silencio y oración.

El tema central del retiro fue su llamada al Opus Dei. “Dios no me necesita. Es una misericordia amorosísima de su Corazón. Sin mí la O. iría adelante, porque es suya y suscitaría otro u otros, lo mismo que encontró sustitutos de Helí, de Saúl, de Judas...”155. Aunque Dios podía encontrar a otros, Escrivá había sido elegido para fundar el Opus Dei y renovó su resolución de dedicar todas sus energías a responder a la llamada de Dios.

Se impuso un plan exigente que incluía una hora de oración mental por la mañana y otra hora por la tarde, y media hora de acción de gracias después de la Misa, rezo del Rosario, visita al Santísimo Sacramento, lectura del Nuevo Testamento y de algún libro de espiritualidad, examen de conciencia al mediodía y por la noche, y el rezo de las oraciones que había compuesto para los miembros de la Obra.

Su plan de mortificaciones no era menos exigente. Incluía un día de ayuno completo cada semana, no tomar nunca dulces y no beber agua salvo durante la Misa. También practicaba las mortificaciones tradicionales del uso de las disciplinas -un flagelo de cuerdas al que a veces añadía trozos de metal- y del cilicio, versión moderna de la tradicional camisa de pelo. También decidió mantener a raya los sentidos internos: “no hacer preguntas de curiosidad” y “no quejarme de nada nunca con nadie, como no sea por buscar dirección”156.

Además, dormía en el suelo tres noches por semana. Descansaba tan poco que a menudo le costaba mucho levantarse por la mañana. En una nota al padre Sánchez decía: “Me encuentro tan inclinado a la pereza que, en lugar de moverme a levantarme a mi hora por la mañana el deseo de agradar a Jesús, —no se ría— he de engañarme, diciendo: 'después te acostarás un ratito durante el día'. Y, cuando antes de las seis camino hacia Santa Isabel, bastantes veces me burlo de ese peso muerto que llevo y le digo: 'borrico mío, te fastidias: hasta la noche, no vuelves a acostarte'”157.

Escrivá consultaba regularmente a su director espiritual sobre las mortificaciones que debía practicar. Tras su retiro de 1933, por ejemplo, sometió su plan al padre Sánchez junto con una nota en la que decía: “Me pide el Señor indudablemente, Padre, que arrecie en la penitencia. Cuando le soy fiel en este punto, parece que la Obra toma nuevos impulsos”158. En sus cuadernos personales se quejaba frecuentemente de que el padre Sánchez no le permitía practicar una mortificación tan vigorosa como él quisiera, pero, incluso con las restricciones que el director le imponía, su penitencia era extraordinariamente generosa.

La Obra de los santos Rafael, Miguel y Gabriel

Durante el retiro, Escrivá vio cómo estructurar los incipientes apostolados del Opus Dei que, aunque pequeños, ya alcanzaban a un amplio abanico de gente. A partir de entonces, hablaría de tres obras de apostolado, confiadas a cada uno de los tres arcángeles mencionados en las Escrituras. La formación espiritural de los estudiantes y demás gente joven sería confiada a san Rafael y al apóstol san Juan. La formación de los miembros del Opus Dei que habían acogido una vocación al celibato en medio del mundo, a san Miguel y al apóstol san Pedro. Finalmente, el apostolado con la gente casada y la formación de los miembros casados del Opus Dei, a san Gabriel y al apóstol san Pablo.

Todas las futuras actividades del Opus Dei entrarían en una de estas tres Obras, a las que Escrivá llamaría de San Rafael, de San Miguel y de San Gabriel. Había estado pensando en fundar una asociación para gente joven, con el nombre de Pía Unión de Santa María de la Esperanza, afín a la Sociedad del Santo Nombre o a la Legión de María. Antes de asistir al curso de retiro había hablado sobre este asunto con el Padre Postius, su director espiritual tras la disolución de la Compañía de Jesús. Habían convenido que sería mejor no formar ninguna asociación, sino simplemente dar formación a la gente joven -tal vez mediante una academia como la Cicuéndez, donde daba clase-. Durante el retiro se reafirmó en esa convicción.

Hombres y mujeres de oración

Como director espiritual, Escrivá procuraba ayudar a los miembros de la Obra y a los demás a convertirse en hombres y mujeres de oración y sacrificio, que mantuvieran una profunda relación personal con Jesucristo. Quería que se dieran cuenta de que también estaban llamados a ayudar a sus amigos y colegas a vivir vida de oración. El 14 de noviembre de 1931 escribió: “La Obra de Dios va a hacer hombres de Dios, hombres de vida interior, hombres de oración y de sacrificio. El apostolado de los socios será una superabundancia de su vida 'para adentro'”159.

Escrivá animaba a practicar oración mental a todos aquellos que acudían a él en busca de dirección espiritual, sin importar lo difícil o aparentemente infructuoso que pudiera parecer. El tono de este consejo lo refleja una carta a Zorzano: “Ten absoluta confianza con Jesús. Cuéntale tus cosas. (...) Si alguna vez (o muchas veces) estás seco y árido, ante el Sagrario, sin saber qué decirle a Jesús..., hazle la guardia: persevera, como de costumbre, sin quitar un minuto: fiel, como un perrillo a los pies de su amo. Y esto, aunque vengan pensamientos inoportunos y hasta malos. Aquel día, es seguro, habrás merecido más con tu perseverancia y habrás consolado más a Dios”160.

A finales de 1932 Escrivá imprimió en un primitivo velógrafo 246 breves puntos de meditación, sacados principalmente de sus notas personales y basados en su propia experiencia y en la de aquellos que acudían a él para la dirección espiritual. Distribuyó el texto a la gente con la que tenía contacto personal. En 1934 revisaría y expandiría esta colección de puntos de meditación y los prepararía para ser publicados privadamente con el título de “Consideraciones Espirituales”. Inmediatamente después de la Guerra Civil Española publicaría una version corregida y aumentada con el título de “Camino”. El libro se convertiría en un “best seller”, con cerca de cinco millones de ejemplares vendidos en más de 40 idiomas.

Escrivá aconsejaba a los que acudían a él que abrazaran la Cruz de Jesucristo y vivieran una vida de sacrificio. Pero no les sugería que imitaran la rigurosa penitencia que él practicaba personalmente. En primer lugar subrayaba la amable y animosa aceptación de las dificultades del día y los sacrificios que exigía el cumplimiento de sus obligaciones. “A menudo”, les decía, “una sonrisa es la mejor mortificación”. Cuando hablaba de hacer alguna mortificación corporal, las prácticas que sugería eran moderadas.

El ascetismo que Escrivá aconsejaba era lo que llamaba “ascetismo sonriente”, reflejo de su propia experiencia. La severa penitencia que practicaba personalmente no le volvía triste o malhumorado. Al contrario, la gente que le conocía se sorprendía de su alegría y buen humor. Un atento observador podría conjeturar que el sufrimiento era parte de su vida, pero nunca habló a nadie más que a su director espiritual de las penitencias que realizaba o de las dificultades que pasaban él y su familia. Tenía pronta la sonrisa y un calido y contagioso sentido del humor.

Decía a los miembros de la Obra que debían ser alegres y estar contentos, no a pesar de los problemas y sufrimientos que tuvieran que soportar y de las penitencias que realizaran, sino a causa de ellos. Su fe le llevaba a ver la mano amorosa de Dios detrás de todo y a encontrar en todo la Cruz de Cristo, que era, escribió en una ocasion, “identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios”161. E identificarse con Cristo y ser hijo de Dios era la fuente de una profunda felicidad sin importar lo grande que fuera el sufrimiento. “La aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. -Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada”162.

La situación personal de Escrivá

Escrivá había pensado en conseguir una plaza de profesor en la Facultad de Derecho para mantenerse a sí mismo y a su familia. Durante su curso de retiro de 1932 se dio cuenta de que el tiempo que le exigiría dicho proyecto era incompatible con su vocación a dedicarse a la fundación del Opus Dei. Dios, concluía, le pedía “ser sola y exclusivamente —y siempre— eso: sacerdote: padre director de almas, oculto, enterrado en vida, por Amor”163. “Buscar yo una ocupación seglar, después de considerado lo que va delante, sería dudar de la divinidad de la O. —que es mi fin, en la tierra”164.

Aun así, decidió terminar sus doctorados en Derecho y Teología porque pensaba que estaría mejor preparado para desarrollar el Opus Dei. A pesar del poco progreso que había hecho desde su llegada a Madrid, estaba decidido a conseguir ambos títulos el año siguiente.

Sacar adelante el Opus Dei le llevaba casi todo su tiempo y el sostenimiento de su familia le impedía pagar las tasas de esos estudios. Por consiguiente, las cosas iban mucho más despacio de lo esperado. Cuatro años después, cuando estalló la Guerra Civil, había avanzado poco en el doctorado de Teología. Había cursado la mayoría de las asignaturas del doctorado de Derecho y había reunido bastante material para la tesis sobre la ordenación de mestizos y cuarterones en el imperio español, pero durante la Guerra Civil perdió todos los papeles y tuvo que empezar de nuevo. Eligió entonces un tema completamente distinto, la jurisdicción cuasi episcopal de la abadesa del Monasterio de Las Huelgas. No recibió el doctorado de Derecho hasta diciembre de 1939, y tuvo que esperar hasta 1955 para doctorarse en Teología por la Universidad Pontificia Lateranense de Roma.

Ya que no iba a ser catedrático, tenía que encontrar alguna otra fuente de ingresos para su familia. Su situación financiera se deterioraba. “Estoy —más que nunca— sin un céntimo. Nuestra pobreza (gran señora mía, la pobreza) es tan real, desde hace años, como la de los que piden en la calle. Nos alimenta y viste (sin nada superfluo y aun sin algo de lo necesario) nuestro Padre, que está en los cielos, lo mismo que alimenta y viste a las aves, según dice el Sto. Evangelio. No me preocupa nada, nada, nada esta situación económica. Estamos acostumbrados a vivir de milagro”165.

A pesar de lo insostenible de la situación concluyó que la solución de los problemas económicos de su familia pasaba por que él mismo se abandonara con confianza en los brazos de Dios: “Las cosas de Dios han de hacerse a lo divino. Yo soy de Dios, quiero ser de Dios. Cuando de verdad lo sea, Él —en seguida— arreglará esto, premiando mi Fe y mi Amor y el callado y nada corto sacrificio de mi madre y mis hermanos. Dejemos que obre el Señor”166.

Pronto tuvo la oportunidad de poner a prueba su resolución. Angel Herrera, presidente nacional de Acción Católica y editor del influyente periódico El Debate, quería abrir un centro en Madrid para preparar a destacados sacerdotes jóvenes de todo el país que dirigieran el crecimiento de Acción Católica en sus respectivas diócesis. Propuso a Escrivá ser el director espiritual del centro. La oferta era atrayente. El cargo le habría traído gran prestigio en los círculos eclesiásticos y llamado la atención de la jerarquía española que seguía de cerca el desarrollo de Acción Católica. Además, habría sido una oportunidad para influir en la expansión de Acción Católica por toda España.

Escrivá declinó la oferta porque le distraería de su esfuerzo por sacar adelante el Opus Dei. Le dijo a Herrera: “No, no. Agradecido, pero no acepto; porque yo debo seguir [...] el camino por el que Dios me llama”167. La Acción Católica era algo muy diferente de lo que Escrivá intentaba hacer. Los laicos que pertenecían a ella apoyaban las actividades apostólicas oficiales de la jerarquía. Pero el Opus Dei veía a los laicos, hombres y mujeres, haciendo apostolado principalemente en medio del mundo, en virtud de su bautismo, sin ningún mandato especial de la jerarquía. Como Escrivá anotó en otro contexto, en 1932: “Hay que rechazar el prejuicio de que los fieles corrientes no pueden hacer más que limitarse a ayudar al clero, en apostolados eclesiásticos. El apostolado de los seglares no tiene por qué ser siempre una simple participación en el apostolado jerárquico: a ellos les compete el deber de hacer apostolado. Y esto no porque reciban una misión canónica, sino porque son parte de la Iglesia; esa misión... la realizan a través de su profesión, de su oficio, de su familia, de sus colegas, de sus amigos”168.

Cuando, después de la entrevista con Herrera, regresó a casa, Escrivá intentó amortiguar el impacto de su decisión comentando que ya surgiría otra cosa en el futuro. Su hermano Santiago, de trece años de edad, le respondió: “Que te den una cosa que sirva para mucho bien de las almas, pero que sea lucrativa”169.

 


 

La realidad a la que Escrivá se enfrentaba en 1932 contrastaba crudamente con sus ambiciosos planes de apostolado. A pesar de tanto esfuerzo y sacrificio, no tenía prácticamente nada que mostrar. El número de sus seguidores se había visto tristemente reducido. Algunos habían dejado Madrid. Otros habían sufrido “enfermedades y tribulaciones” y terminaron por abandonar la Obra. Y algunos simplemente se habían cansado de seguirle porque “querían sin querer de verdad”. De los pocos que todavía seguían con él a finales de 1932, sólo Isidoro se mantendría fiel.

 

Escrivá era plenamente consciente de la desproporción entre sus fuerzas y la sobrecogedora misión a la que estaba llamado. En una nota se describía a sí mismo como un “un instrumento pobrísimo y pecador, planeando, con tu inspiración, la conquista del mundo entero para su Dios, desde el maravilloso observatorio de un cuarto interior de una casa modesta, donde toda incomodidad material tiene su asiento. Fiat, adimpleatur. Amo tu Voluntad [...], seguro —soy tu hijo— de que la O. surgirá pronto y conforme a tus inspiraciones. Amen. Amen”170. De hecho, el año 1933 vería un crecimiento que, aunque apenas apreciable en ese momento, retrospectivamente parece marcar el comienzo de la expansión del Opus Dei.

Introducción. Opus Dei
La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)
Los primeros años (1902-1925)
Años de preparación (1925-1928)
Los primeros pasos (1928-1930)
El ambiente se torna hostil (1931)
Nuevas luces (1931)
Intentos de abrir camino (1931-32)
Poner los cimientos (1933)
El primer centro (1933-1934)
Obstáculos y crecimiento (1934-1935)
Planes de expansión (1935-36)
Los comienzos de la Guerra Civil (julio de 1936 — marzo de 1937)
Huida en el Madrid revolucionario (julio 1936 - marzo 1937)
Las últimas etapas de la Guerra Civil (marzo 1937—abril 1939)
En la Legación de Honduras (marzo - octubre 1937)
El paso de los Pirineos (octubre-diciembre 1937)
La época de Burgos (diciembre 1937 - octubre 1938)
En Madrid y en Burgos (octubre 1937-marzo 1939)
España en una Europa en Guerra (1939 - 1945)
Reconstrucción y expansión en Madrid (1939 - 1940)
Expansión fuera de Madrid (1939-1942)
Vuelve a empezar la labor con las mujeres (1939-1943)
Oposición y nuevo desarrollo (1940-1943)
Epílogo