El ambiente se torna hostil (1931)

La Segunda República

Cuando en enero de 1930 Alfonso XIII forzó la dimisión de Primo de Rivera, esperaba que comenzara un periodo de normalidad política bajo una monarquía constitucional. El gobierno de transición de Berenguer tenía previsto avanzar paso a paso hacia ese objetivo, empezando por las elecciones municipales de abril de 1931.

La sociedad española estaba muy fragmentada y polarizada. La incapacidad manifiesta de la monarquía entre 1898 y 1923 para encontrar una solución a los problemas del país y su complicidad con el gobierno dictatorial de Primo de Rivera habían provocado la enemistad de muchos españoles con la institución. De hecho, sólo un pequeño porcentaje de los votantes económica y socialmente conservadores apoyaba a los partidos oficialmente monárquicos. Otros muchos conservadores, aunque preferían la monarquía a la república, no estaban apasionadamente comprometidos con ella.

Un importante número de votantes apoyaba a partidos burgueses como el Radical Republicano, que hundía sus raíces ideológicas en el siglo de las luces. Para ellos, era un objetivo primordial derribar la monarquía y establecer una república democrática.

El principal partido de la clase obrera era el socialista. Se proponía el cambio económico y social inspirado en el marxismo; al mismo tiempo, se inclinaba decididamente por el régimen republicano. Muchos otros trabajadores de la industria y de la agricultura, especialmente en el sur, eran anarquistas y se oponían a la monarquía, pero, por una cuestión de principios, no participaban en las elecciones. Sólo una pequeña minoría de los trabajadores pertenecía al partido comunista.

Las elecciones municipales de abril de 1931 fueron consideradas como un referéndum sobre el régimen político. Los primeros resultados -principalmente de las grandes ciudades- arrojaron una mayoría de votos republicanos. Descorazonado por este rechazo popular y por la falta de apoyo del Ejército, el Alfonso XIII abandonó el país el 14 de abril de 1931. Inmediatamente después se proclamó la república. Un buen número de católicos, sobre todo en las grandes ciudades, había votado a candidatos republicanos, y todos, en general, estaban dispuestos a dar una oportunidad al nuevo régimen.

Niceto Alcalá Zamora, antiguo monárquico convertido al republicanismo, presidió un gobierno provisional de coalición. Su catolicismo era garantía de moderación. El conservador Miguel Maura, al frente del Ministerio del Interior, y el regionalista catalán Lluis Nicolau, que ocupó la cartera de Economía, eran bien conocidos católicos. Con todo, la mayoría del nuevo gobierno era, más o menos abiertamente, anticatólica. Había tres socialistas, dos radicalsocialistas, dos radicales, uno de Izquierda Republicana y un regionalista gallego.

Una de las primeras medidas del gobierno provisional fue la declaración de libertad religiosa y proclamar la separación entre la Iglesia y el Estado. Se aseguró a los católicos que no se perseguiría a ninguna religión. Pocos aceptaron de buena gana estas medidas, pero la reacción inicial tanto de los cristianos de a pie como de la jerarquía fue contenida. La mayoría seguía abierta al nuevo régimen, tal vez con aprehensión, pero sin hostilidad.

En una carta al nuncio, el cardenal Pacelli, Secretario de Estado del Vaticano, animaba a los católicos a no dar importancia a la cuestión de monarquía contra república, sino a concentrarse en la defensa del orden social y de los derechos de la Iglesia. El nuncio, a su vez, animaba a los católicos, y particularmente a los obispos, a aceptar el nuevo régimen y a permanecer unidos en defensa de la Iglesia. La primera manifestación de hostilidad declarada de algunos miembros de la jerarquía llegó el primero de mayo de 1931, cuando el arzobispo de Toledo y Primado de España, el cardenal Segura, publicó una carta pastoral en la que alababa al rey.

El anticlericalismo español

La situación cambió radicalmente el 10 de mayo de 1931 como resultado de la quema de conventos. Para entender aquellos acontecimientos es preciso examinar con cierto detalle las raíces del anticlericalismo español.

A comienzos de la Segunda República los españoles estaban divididos; de hecho, llevaban divididos más de un siglo; y no sólo por cuestiones de política económica y social, sino también por serias diferencias de actitud hacia la Iglesia y su función en la sociedad. Como ha destacado un historiador, en España, la posición de la gente respecto de la Iglesia era lo que las situaba en la izquierda, centro o derecha del espectro político.

La inmensa mayoría de los españoles había sido bautizada en la Iglesia Católica. Muchos se tomaban la religión en serio y les gustaba ver la influencia católica en las leyes sobre el matrimonio y la educación. Algunos buenos católicos eran considerados anticlericales por ser críticos con los defectos del clero y querer ver a la Iglesia reformada en diversos aspectos. En algunas ocasiones Escrivá se definiría a sí mismo como anticlerical porque no quería que el clero se mezclara en asuntos políticos o económicos, sino que se dedicara a su ministerio.

Sin embargo, en el discurso político español, el término anticlerical normalmente se reservaba para los grupos que querían que la influencia de la Iglesia en la vida del país quedara reducida o eliminada del todo. Ese tipo de anticlericalismo, muy extendido entonces entre los políticos liberales burgueses, socialistas y anarquistas, tiene raíces profundas en la historia española. Para nuestro objetivo baste con examinar sus aspectos más importantes en el periodo siguiente a la revolución francesa y las conquistas napoleónicas.

En 1834 se difundió en Madrid el falso rumor de que los jesuitas habían envenenado los suministros de agua de la capital y provocado una epidemia de cólera como castigo a los liberales por su impiedad. En medio del tumulto que se organizó, fueron asesinados entre cincuenta y cien sacerdotes y frailes. El tipo de propaganda que encendía tales manifestaciones era similar, en tono y psicología, al burdo antisemitismo difundido en diversas partes de Europa. La pista de esos rumores de envenenamiento de pozos se puede encontrar en los propagandistas anticlericales de clase media, miembros de logias masónicas y otras sociedades secretas extendidas entre los liberales españoles del siglo XIX. El hecho de que las masas urbanas creyeran esos rumores y actuaran en consecuencia también sugiere que, a principios del siglo XIX, una buena parte de los trabajadores ya estaba lo bastante desligado de la Iglesia como para aceptar tal tipo de propaganda.

Entre 1830 y 1860 los gobiernos liberales confiscaron a la Iglesia grandes extensiones de tierras y otras propiedades productivas con las que se mantenían el clero y las órdenes religiosas. Había una escasa tradición entre los católicos españoles de contribuir al sostenimiento del clero. Así, tras la confiscación de sus propiedades, la Iglesia empezó a depender de la escasa compensación que el Estado pagó por las propiedades enajenadas.

Durante el periodo conservador, de 1876 a 1898, la Iglesia recuperó cierta influencia social, pero no sus propiedades. Durante este periodo pareció crecer el fervor y aumentaron las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. Por otro lado, también se recrudeció la oposición a la Iglesia por parte de los partidos liberales y de la clase obrera.

Cercano ya el siglo XX, ambos contendientes se consideraron cada vez más amenazados y asediados. Muchos católicos veían la sociedad y la religión en peligro ante el avance de una ola secular de librepensadores y masones, consideraban el liberalismo como una herejía y rechazaban la monarquía constitucional parlamentaria. Otros aceptaban el régimen constitucional como un mal menor, pero anhelaban un estado confesional que reforzaría la unidad católica. Para los liberales, el resurgimiento de la Iglesia significaba entregar España a los enemigos de las instituciones modernas y permitir que las fuerzas del pasado dirigieran la sociedad. Entre 1876 y 1898, la Iglesia se fue identificando cada vez más con el “stablishment” político y las clases pudientes. Al mismo tiempo, la brecha entre la Iglesia y las clases bajas urbanitas y los campesinos sin tierras del sur era cada vez mayor. La educación religiosa de estos grupos era prácticamente nula, y los esfuerzos por acercarse a ellos fueron frecuentemente infructuosos. Durante la primera década del siglo XX, españoles de todo credo político buscaron modos de regenerar el país. Los conservadores se centraron en la reforma de las instituciones políticas. Los liberales y radicales, además de hablar sobre la necesidad de una reforma política, querían transformar la sociedad entera; y una parte importante de su programa consistía en reducir o eliminar el papel de la Iglesia en la vida española.

Los republicanos de clase media buscaban un cambio político y cultural en el que la oposición a la Iglesia era casi tan importante como la oposición a la monarquía. Aunque las diferencias ideológicas de socialistas y anarquistas eran grandes, ambos coincidían en su anticlericalismo. Los socialistas, que eran marxistas, consideraban que el cambio económico era primordial. Aunque concebían a la Iglesia como un pilar del orden económico establecido que debía ser arrancado, juzgaban más importante la revolución económica que atacar directamente a la Iglesia. Por su parte, los anarquistas pretendían crear una nueva moralidad y una nueva cultura. La supresión de la religión era una característica que definiría el nuevo orden que ellos esperaban instaurar. Para ellos, la oposición a la Iglesia, y más en general a la religión, no sólo era algo que facilitaría la revolución económica, sino un componente vital del nuevo modo de vivir. El anticlericalismo se hizo especialmente violento en Barcelona en julio de 1909. El detonante no tuvo ninguna relación con la Iglesia. Tras una derrota en las colonias españolas del norte de África, el Ejército movilizó a las unidades de reserva y pidió tropas a Barcelona. La decisión provocó manifestaciones masivas que pronto cobraron un cariz revolucionario. El Partido Radical Republicano llevaba años sembrando Barcelona de consignas anticlericales, por lo que no es extraño que la violencia acabara en la quema de conventos y colegios y en la profanación de tumbas e imágenes religiosas. Cuando cesaron las manifestaciones, habían ardido veintiuna de las cincuenta y ocho iglesias de Barcelona, treinta de sus setenta y cinco conventos y monasterios, y treinta escuelas y edificios que se utilizaban para labores sociales promovidas por la Iglesia. Aunque en general la violencia se dirigió contra los bienes más que contra las personas, dos sacerdotes fueron asesinados y otro pereció en un incendio provocado.

Llama la atención que unos motines provocados por la leva derivaran en una amplia campaña de violencia anticlerical. Se han avanzado diversas explicaciones. La violencia se habría dirigido contra las propiedades de la Iglesia porque los amotinados la veían como aliada de los ricos y poderosos que aprobaban la leva, mientras que ellos mismos escapaban a sus efectos. También se ha sugerido que se consideraba a la Iglesia moralmente responsable de las injusticias de una sociedad que condenaba a los hijos de los trabajadores a morir en inútiles guerras coloniales. Está claro, sin embargo, que ninguna razón avanzada hasta la fecha explica por completo las profanaciones ocurridas. Sea cual fuere la causa, los tumultos de Barcelona confirmaron que un buen número de trabajadores urbanos no sólo habían crecido al margen de la Iglesia, sino que se habían vuelto violentamente hostiles a ella.

Durante las dos décadas siguientes no hubo grandes estallidos de violencia anticlerical, aunque continuó la propaganda contra la Iglesia. El apoyo que católicos eminentes prestaron al régimen de Primo de Rivera sirvió para exacerbar el anticlericalismo de muchos republicanos y otros liberales, que quedaron más convencidos que nunca de que la Iglesia era uno de los principales obstáculos a sus deseos de instaurar una nueva sociedad. Durante la dictadura de Primo de Rivera y el interludio que la siguió, las fuerzas anticlericales fueron contenidas por el gobierno que les impedía actuar directamente contra la Iglesia.

La quema de conventos

El gobierno provisional puso poco interés en frenar las manifestaciones de anticlericalismo. El 10 de mayo de 1931 la interpretación de un himno monárquico en un club de Madrid provocó una violenta respuesta por parte de un grupo de partidarios de la república. Este conflicto degeneró y se convirtió en tres días de violencia desatada contra iglesias, monasterios y conventos. Los asaltos se extendieron de Madrid a Sevilla, Málaga y otras cuatro ciudades.

Cuando el 11 de mayo de 1931 las masas desataron su violencia anticlerical, Escrivá temió que la iglesia del Patronato de Enfermos pudiera ser saqueada y profanada la Eucaristía. Vestido con ropas seglares prestadas y acompañado por su joven hermano se escabuyó por una puerta lateral de la iglesia “como un ladrón”, llevando un copón lleno de hostias consagradas envuelto en una sotana y el periódico. Mientras avanzaba rápidamente por las calles, rezaba con lágrimas en los ojos “Jesús, que cada incendio sacrílego aumente mi incendio de Amor y Reparación”91. Después de depositar el Santísimo Sacramento en la cercana casa de un amigo, Escrivá observó con horror el humo que cubría el cielo de Madrid a medida que ardían iglesias y conventos.

El 13 de mayo oyó rumores de que pronto atacarían el Patronato de Enfermos. Rápidamente localizó unas habitaciones que se alquilaban en la calle Viriato y trasladó allí a su familia con sus escasas pertenencias. Durante los meses siguientes tuvieron que apañarse en un diminuto apartamento cuya única ventana daba a un pozo de ventilación. La habitación de Escrivá era tan pequeña que no cabía una silla y tenía que escribir de rodillas, utilizando la cama por pupitre.

El gobierno provisional republicano no provocó la quema de conventos, pero muchos de sus miembros simpatizaban con los alborotadores. Manuel Azaña, de Izquierda Republicana, que se convertiría rápidamente en el político más influyente del país, dijo a sus colegas que todos los conventos de Madrid no valían la vida de un solo republicano. Además, amenazó con dimitir si una sola persona era herida en Madrid por esta estupidez92. Durante varios días el gobierno no hizo nada por controlar los tumultos.

En cuanto el gobierno se decidió a intervenir, la violencia cesó rápidamente; para entonces el daño ya había sido hecho. Habían ardido cerca de cien iglesias y conventos, cuarenta y uno en Málaga. La pasividad del gobierno durante los primeros días de los incidentes convenció a católicos de todo el país de que el nuevo régimen era enemigo implacable de la Iglesia. La reticencia de Azaña a utilizar la fuerza contra los alborotadores anticlericales le costaría cara a la república y al país.

Las medidas anticlericales del Gobierno Provisional

La idea de que la República era hostil a la Iglesia aumentaba, a la vista de los decretos y reglamentos que emitía el gobierno provisional. Se provocó la alarma de muchos católicos. Estableció plena libertad de conciencia y culto, hizo que la instrucción religiosa fuera voluntaria en los colegios públicos, disolvió el cuerpo de capellanes del Ejército y la Armada, sustituyó el tradicional juramento de un cargo por una simple promesa, privó a la Iglesia de representación en el Consejo Nacional de Educación y prohibió a los funcionarios la asistencia a actos religiosos públicos.

Algunas de estas medidas se habrían considerado aceptables en una sociedad tolerante y religiosamente plural, pero la mayoría de los católicos españoles había crecido en una sociedad en la que prácticamente todo el mundo era, al menos de nombre, católico y en la que durante siglos la norma había sido la de una estrecha colaboración entre la Iglesia y el Estado. Así, se consideraron estos actos como hostiles a la Iglesia. Esta sensación se acentuó porque el gobierno no quiso negociar ni consultar a los representantes de la Iglesia sobre los cambios en política religiosa.

En mayo de 1931, el gobierno expulsó al obispo de Vitoria. Al mes siguiente expulsó al cardenal Segura, principal figura eclesiástica de España, por sus declaraciones y actitudes antirrepublicanas, lo que confirmó a muchos en su convicción de que el nuevo régimen era enemigo de la Iglesia.

Las Cortes Constituyentes

En las elecciones para las Cortes Constituyentes, católicos y conservadores fueron derrotados. La ley electoral otorgaba cada escaño al partido que ganaba en el distrito, de forma que con pequeñas diferencias en el voto popular se podían producir grandes diferencias de representación parlamentaria. Los candidatos conservadores o declaradamente católicos sólo consiguieron unos pocos escaños, aunque habían obtenido un considerable número de votos.

Los partidos anticlericales obtuvieron una abrumadora mayoría en las Cortes Constituyentes. El principal bloque lo formaban los socialistas que, aunque estaban más preocupados por las cuestiones económicas que por la religión, apoyaban decididamente las medidas anticlericales. Otro grupo importante pertenecía al Partido Radical Republicano para quien el anticlericalismo era un elemento importante de su credo político.

La mayoría de la recién elegida asamblea no pretendía una sangrienta persecución de la Iglesia como la que se estaba produciendo en esos momentos en México o en la Unión Soviética. Eso sí, sus objetivos no se limitaban a convertir a España en un país no confesional, cortando las relaciones entre la Iglesia y el Estado, y poner un punto final a la subvención del Estado a la Iglesia. Los líderes republicanos querían que España se convirtiera en un país moderno y, a sus ojos, esto sólo podría hacerse reduciendo la influencia de la Iglesia en la vida cotidiana e imponiendo una cultura secular en la que la religión tuviera un protagonismo casi nulo.

Los líderes republicanos consideraban a la Iglesia, y en particular las órdenes religiosas que tenían un papel destacado en la educación española, como un obstáculo importante para sus planes de transformar España. Empezaron por expulsar a la Compañía de Jesús y limitar las actividades de las demás órdenes religiosas. Estaban decididos a eliminar, o al menos a reducir, la influencia católica en la educación, con lo que prohibieron dirigir escuelas a los sacerdotes y religiosos. Aunque muchos no se distinguieran por su fervor y una honda cultura religiosa, la mayoría de los católicos entendió estas medidas como un ataque sectario e injustificado a la Iglesia y la religión. Al principio, los obispos españoles se limitaron a exhortar a los católicos españoles a aceptar pacíficamente los decretos legítimos del gobierno y a permanecer unidos. Sin embargo, en agosto prepararon una carta pastoral colectiva que criticaba no sólo las propuestas de la Constitución, sino también “las libertades llamadas "modernas", que son consideradas como la más preciada conquista de la Revolución francesa, y tenidas como intangible patrimonio de las democracias enemigas de la Iglesia”93.Los miembros moderados de la jerarquía y el Nuncio consideraron inoportuno este documento, pero la facción intransigente, dirigida por el cardenal de Toledo, insistió, con éxito, en su publicación.

El borrador de la Constitución, preparado durante el verano y el otoño de 1931, incluía una serie de puntos que afectaba directamente a la Iglesia. La primera medida importante en ser aprobada, ponía fin a la unión de la Iglesia y Estado que había caracterizado a España durante siglos. “El Estado”, declaraba el artículo 3, “no tiene religión oficial”94.

El 14 de octubre de 1931 se aprobó, por 178 votos contra 59, lo que sería el artículo 36 de la Constitución, el principal sobre asuntos eclesiásticos. Prohibía a los gobiernos central, regionales y locales favorecer o apoyar en modo alguno a la Iglesia o a cualquier asociación religiosa. Casi un siglo antes, el Estado había confiscado los bienes de la Iglesia. Desde entonces, el Estado pagaba al clero diocesano. El artículo 26 eliminaba estos subsidios en el plazo de dos años.

Las medidas más importantes del artículo 26 afectaban a las órdenes religiosas. El primer borrador preveía la disolución de todas. Lo que se aprobó no fue tan lejos, pero sirvió para la expulsión de los jesuitas y la confiscación de sus bienes. Otras órdenes quedaron bajo la misma amenaza si el gobierno entendía que sus actividades podían constituir un peligro para la seguridad del Estado. Además, se prohibió a las órdenes religiosas la posesión de nada más que lo estrictamente necesario para el mantenimiento de sus miembros y el cumplimiento de sus fines específicos.

Lo peor del artículo 26 fue la prohibición a los religiosos de dedicarse a la educación. Esta medida sectaria da cuenta de que la mayoría anticlerical de la cámara quería minar a la Iglesia a cualquier precio. España adolecía desesperadamente de falta de escuelas; y, a pesar de que los diputados consideraban que la educación era una de sus principales prioridades, trataban de forzar el cierre de las escuelas que educaban a cerca del 30% de los alumnos de secundaria y al 20% de primaria. Y todo porque pretendían reducir la influencia de la Iglesia en el país.

La reacción de Escrivá ante el creciente anticlericalismo

Como a cualquier fervoroso católico, a Escrivá le entristecía la postura claramente anticatólica de muchos políticos de la Segunda República y el daño que pudieran causar a la Iglesia. El 20 de abril de 1931 escribió en sus notas personales: “¡La Virgen Inmaculada defienda a esta pobre España! ¡Dios confunda a los enemigos de nuestra Madre la Iglesia! República española: Madrid, durante veinticuatro horas, fue un inmenso burdel... Parece que hay calma. Pero la masonería no duerme... ¡También el Corazón de Jesús vela! Esa es mi esperanza. ¡Cuántas veces, estos días, he comprendido, he oído las voces poderosas del Señor, que quiere su Obra!”95.

No había consenso entre los católicos españoles sobre los mejores medios de defender a la Iglesia. Los monárquicos creían que el único modo era derribar la Segunda República y volver a poner la monarquía. Otros católicos afirmaban que la forma de gobierno no era un asunto esencial. Los católicos, decían, pueden y deben trabajar dentro de la estructura republicana para defender los derechos de la Iglesia. Las pasiones se encendían en los dos polos del debate. En el mejor de los casos los puntos de vista divergentes, a menudo, fueron considerados como señal de falta de dirección. Y en el peor, como falta de celo en el servicio a la Iglesia.

Escrivá no participaba en estos debates. Desde los días del seminario, le repelía el clericalismo que caracterizaba a muchos en la Iglesia española y se convenció de que los sacerdotes debían respetar el derecho de los laicos a formar su propia opinión política y a pertenecer al partido que desearan. Aunque sentía un vivo interés por los acontecimientos del momento, tomó como inflexible norma de conducta personal, que mantuvo toda su vida, no expresar nunca sus opiniones políticas.

Poco después de que se proclamara la república, Escrivá aconsejó a Zorzano: “No te dé frío ni calor el cambio político: que sólo te importe que no ofendan a Dios”96. En agosto de 1931 le escribía: “Supongo que toda esta guerra a nuestro Cristo habrá servido para enardecerte en su servicio, procurando ser cada día más suyo..., con la oración, y ofreciéndole, también cada día, como expiación —gratísima a sus divinos ojos— las mil molestias que de continuo trae la vida”97.

A las monjas del convento de Santa Isabel, que estaban muy preocupadas por la legislación anticlerical y aterrorizadas por los nuevos estallidos de violencia, les dio un consejo similar. Un día o dos después de la aprobación del artículo 26, Escrivá habló a las religiosas “de Amor, de Cruz y de Alegría... y de victoria”. “¡Fuera congojas! Estamos en los principios del fin” les dijo. En cuanto a él mismo, recordó que “Santa Teresa me ha proporcionado, de nuestro Jesús, la Alegría —con mayúscula— que hoy tengo..., cuando, al parecer, humanamente hablando, debiera estar triste, por la Iglesia y por lo mío que anda mal: la verdad: Mucha fe, expiación, y, por encima de la fe y de la expiación, mucho Amor”98.

Por sí solo, el consejo de Escrivá a Zorzano, “no te dé frío ni calor el cambio político”, podría sugerir una indiferencia hacia la política y una preocupación exclusiva por los asuntos religiosos. No era eso. Él animaba a tener un interés activo por la política y a esmerarse en el cumplimiento de las responsabilidades cívicas. Pero, en fuerte contraste con la mentalidad clerical de partido único, que era mayoritaria entre los católicos de aquella época, consideraba que era cosa de cada uno hacer sus propias elecciones sobre cómo poner en práctica las normas de la Iglesia.

Responder con Avemarías

Escrivá, que seguía vistiendo con sotana, recibía por la calle cada vez más insultos. Años atrás, en alguna ocasión, ya los había sufrido por el simple hecho de ser sacerdote. Un día, mientras pasaba por una parcela en construcción, un albañil se había burlado de él. Recordando el consejo de su director espiritual y frenando su temperamento, Escrivá regresó para hablar al grupo de obreros que habían dejado de trabajar y disfrutaba de la escena. Al final, recordaba en sus notas, “me dieron la razón, incluso el del grito, quien, con otro de ellos, me estrechó la mano”99. En otra ocasión, viajando en tranvía hacia la Academia Cicuéndez, Escrivá vio a un escayolista, que avanzaba hacia él con la clara intención de ensuciarle la sotana con la escayola que cubría su mono. Tomando la iniciativa, Escrivá le dio un abrazo mientras decía, más o menos, “vamos a acabar bien la faena”.

Tras la proclamación de la república los insultos se hicieron más frecuentes y más agresivos. Durante el verano de 1931, Escrivá decidió hacer una novena a Mercedes Reyna, Dama Apostólica recientemente fallecida. Su tumba estaba en un cementerio situado en una barriada pobre de Madrid. Cada día de la novena le costaba nuevos insultos. En una ocasión, al regresar del cementerio, un albañil se le acercó gritando: “Una cucaracha, ¡hay que pisarla!”. A pesar de sus propósitos de no prestar atención a tales cosas, Escrivá no pudo contenerse y replicó: “¡Qué valiente!, meterse con un señor que pasa a su lado sin ofenderle! ¿Esa es la libertad?”. Los otros obreros dijeron al albañil que se callara, y uno de ellos trató de excusar la conducta de su compañero. “No está bien”, dijo, con el aire de alguien que da una explicación razonable, “pero, ¿sabe usted?, es el odio”100. Otro día un crío que estaba en compañía de otros niños gritó: “¡Un cura! Vamos a apedrearlo”. Escrivá narra su reacción: “Con un movimiento anterior a mi voluntad, cerré el breviario, que leía, y me encaré con ellos: “¡Sinvergüenzas! ¿eso os enseñan vuestras madres?”. Aún añadí otras palabras”101, finaliza, sin precisar cuáles fueron.

En otras oprtunidades las cosas no terminaron tan bien. Varias veces le alcanzaron las piedras; en una ocasión, recibió un fuerte balonazo, muy bien dirigido, en plena cara. Algunas Damas Apostólicas sufrieron mucho más. Un día, en un vecindario de clase obrera, fueron atacadas y arrastradas por la calle mientras alguien les clavaba una lanceta de zapatero en la cabeza. Cuando una de ellas intentó defender a las otras, los agresores le arrancaron parte del cuero cabelludo y la dejaron desfigurada.

En medio de este ambiente hostil Escrivá luchaba por controlar su carácter y “apedrear con avemarías”102 a sus atacantes. No siempre tenía éxito, pero a mediados de septiembre de 1931 pudo escribir en sus notas: “Tengo que agradecer a mi Dios un notable cambio: hasta hace poco, los insultos y burlas que, por ser sacerdote, me dirigían desde la venida de la república antes, rarísima vez, me ponían violento. Acordé encomendarles, con un avemaría, a la Ssma. Virgen, cuando oyera groserías o indecencias. Lo hice. Me costó. Ahora, al oír esas palabras innobles, se me enternecen las entrañas, por regla general, considerando la desgracia de esa pobre gente, que, si obra así, cree hacer una cosa honrada, porque, abusando de su ignorancia y de sus pasiones, le han hecho creer que el sacerdote, además de ser un vago parásito, es su enemigo, cómplice del burgués que los explota”103.

Escrivá terminó la nota con una exclamación característica que reflejaba su convencimiento, incluso en esta temprana época en la que el fruto de sus esfuerzos todavía no era visible, de que Dios quería hacer grandes cosas a través del Opus Dei: “Tu Obra, Señor”, concluía, “les abrirá los ojos”104.

Pocos meses después, profundamente preocupado por el decreto de disolución de los jesuitas, escribió: “Ayer, al conocer la expulsión de la Compañía y los demás acuerdos anticatólicos del Parlamento, sufrí. Me dolió la cabeza. Anduve mal hasta la tarde. Porque, a la tarde, vestido de seglar, subí a Chamartín con Adolfo: el padre Sánchez, y todos los demás jesuitas, estaban ¡encantados! de sufrir persecución por su voto de obediencia al Santo Padre. ¡Qué cosas más serenamente hermosas nos dijo!”105.

 


 

En medio del sufrimiento que le causaban los ataques a la Iglesia, la dificultad de encontrar a gente capaz de entender y comprometerse con su mensaje, la falta de recursos para mantener a su familia y las incertidumbres sobre su propia situación, Escrivá experimentó durante la segunda mitad de 1931 una extraordinaria efusión de gracias, que aclaró más lo que Dios le estaba pidiendo.

Introducción. Opus Dei
La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)
Los primeros años (1902-1925)
Años de preparación (1925-1928)
Los primeros pasos (1928-1930)
El ambiente se torna hostil (1931)
Nuevas luces (1931)
Intentos de abrir camino (1931-32)
Poner los cimientos (1933)
El primer centro (1933-1934)
Obstáculos y crecimiento (1934-1935)
Planes de expansión (1935-36)
Los comienzos de la Guerra Civil (julio de 1936 — marzo de 1937)
Huida en el Madrid revolucionario (julio 1936 - marzo 1937)
Las últimas etapas de la Guerra Civil (marzo 1937—abril 1939)
En la Legación de Honduras (marzo - octubre 1937)
El paso de los Pirineos (octubre-diciembre 1937)
La época de Burgos (diciembre 1937 - octubre 1938)
En Madrid y en Burgos (octubre 1937-marzo 1939)
España en una Europa en Guerra (1939 - 1945)
Reconstrucción y expansión en Madrid (1939 - 1940)
Expansión fuera de Madrid (1939-1942)
Vuelve a empezar la labor con las mujeres (1939-1943)
Oposición y nuevo desarrollo (1940-1943)
Epílogo