Los primeros pasos (1928-1930)

Antes de describir los esfuerzos de Escrivá para llevar a cabo el Opus Dei, dirijamos nuestra atención, brevemente, hacia el lugar donde tuvieron lugar, así como al contenido de la visión del 2 de octubre de 1928.

La situación socio económica

Como parte de la Iglesia, la preocupación del Opus Dei es el bien de las almas. Y también, al igual que la Iglesia, su crecimiento se ve afectado por el lugar donde se desarrolla. En los primeros años del Opus Dei, se trataba de la atormentada España del primer tercio del siglo XX.

Durante los primeros decenios del siglo, España hizo progresos económicos y sociales. Entre 1910 y 1930 se duplicaron el empleo y los sectores industrial y de servicios de la economía. La tasa de analfabetismo bajó un 9% entre 1920 y 1930. De 1923 a 1930 el número de estudiantes universitarios se duplicó y el porcentaje de mujeres universitarias pasó del 4.8% en 1923 al 8.3% en 1927. A pesar de todo, en 1930 España seguía siendo un país atrasado. En términos de educación cívica, de niveles de analfabetismo y de desarrollo económico se encontraba al nivel de Inglaterra en las décadas de 1850 ó 1860, o de Francia en las de 1870 ó 1880.

Había fuertes tensiones sociales. En el campo, muchas familias apenas podían ganarse la vida. En el sur, unos pocos terratenientes poseían enormes extensiones de tierra improductiva, cultivadas por huestes de asalariados que podían considerarse afortunados si conseguían trabajar medio año. En algunas regiones del norte los pequeños propietarios intentaban ganarse la vida con parcelas diminutas, insuficientes para mantenerlos.

A comienzos de la década de 1920, la situación de la clase obrera urbana había mejorado, pero seguía siendo muy difícil. La mayoría de los trabajadores se dividían entre el sindicato anarquista (la CNT) y el socialista (la UGT), con cerca de un millón de afiliados cada uno. Había sindicatos católicos, pero eran pequeños. El gobierno tenía poco poder y carecía de recursos económicos con los que resolver los problemas del país. Los partidos políticos de derechas consideraban que el gobierno debía limitarse a mantener el orden. En la década siguiente a la fundación del Opus Dei, los sindicatos anarquista y socialista a menudo alcanzarían un protagonismo tal, que la vida política pasaría a un segundo plano a favor de la revolución social.

Contexto político

Tras un breve interludio de gobierno republicano, conocido en la historia española con el nombre de Primera República, la constitución de 1876 restauró una monarquía parlamentaria moderadamente liberal. Pero las elecciones eran tan corruptas que el sufragio universal masculino establecido por la constitución apenas se notaba. Durante décadas los dos principales partidos -el Liberal y el Conservador- se alternaron en el poder no por la derrota de sus rivales en unas elecciones honradas, sino porque sus líderes convenían que había llegado el momento de cambiar de gobierno y apañaban las elecciones para que se produjera el resultado deseado. El desastre de 1898 puso de manifiesto la necesidad de una reforma profunda del país, “regeneración” llamada en su momento. El sistema político se reveló incapaz de responder a dicha demanda y entró en una profunda crisis durante las dos primeras décadas del siglo XX.

España no participó en la Primera Guerra Mundial. Aunque el país se benefició económicamente de la demanda de sus productos que exigía la guerra, la tensión del momento colapsó la constitución monárquica de 1876. En 1923 el general Primo de Rivera dio un golpe de estado y exigió al rey Alfonso XIII que destituyera al gobierno y le otorgara plenos poderes. El general no tenía experiencia ni proyecto político alguno, salvo el deseo de resolver la crisis del momento. La dictadura que estableció era anormalmente blanda y en principio tuvo un considerable apoyo popular, incluso desde el partido socialista. El dictador estableció relaciones amistosas con la jerarquía eclesiástica y subvencionó a las escuelas católicas. La Asociación Católica Nacional Propagandista (ACNP) -un influyente grupo católico- fue el núcleo del partido político que se formó durante los últimos años de su mandato. Aunque con Primo de Rivera España progresó considerablemente, debido en parte al “boom” económico europeo, no resolvió sus problemas sociales. La situación política se complicó todavía más ya que el apoyo del rey a la dictadura minó la credibilidad política de la monarquía. Cuando el país empezó a sentir los efectos de la gran depresión de 1929, el dictador había perdido casi todo el apoyo popular. Permaneció algún tiempo más en el poder, pero con una oposición cada vez mayor entre la población civil y el ejército. Finalmente, en enero de 1930, cuando el rey le pidió la dimisión para evitar un golpe de estado militar, se exilió en Francia sin causar problemas. Le sustituyó el general Berenguer, que además de carecer de experiencia y habilidad política, estaba mal dotado para dirigir un país que tenía el reto de lograr un nuevo consenso político. El Opus Dei dio sus primeros pasos en este ambiente de calma externa, pero de serios problemas económicos, sociales y políticos soterrados.

El contenido de la visión fundacional

La clave para entender la historia del Opus Dei, y particularmente sus primeros pasos, se encuentra en la visión fundacional. Antes del 2 de octubre de 1928 Escrivá empezó a llevar una especie de diario al que denominaba “Apuntes íntimos”. Dichos apuntes son la mejor fuente para estudiar el espíritu del Opus Dei. Desgraciadamente, en algún momento del año 1932, Escrivá quemó el cuaderno que contenía las notas que leía cuando recibió la visión fundacional, los apuntes que había tomado el 2 de octubre de 1928 y los que anotó durante el siguiente año y medio.

La destrucción de aquellos papeles y su reticencia a dar detalles sobre lo que sucedió el 2 de octubre de 1928 hacen que sea imposible saber exactamente qué aspectos de su tarea fundacional surgieron claramente de la primera visión y cuáles quedaban por definir. Al explorar esa visión y su primer desarrollo, que en gran parte consistió en la lucha de Escrivá por aplicar a su propia vida el mensaje recibido, no tenemos más remedio que recurrir a la conjetura, basándonos en lo que dijo e hizo posteriormente.

En términos generales, está claro que recibió un mensaje sobre la llamada universal a la santidad, y la misión de promover en la Iglesia la institución que después llamaría Opus Dei. El mensaje y la misión fueron dos aspectos de una misma realidad. El objetivo de la institución sería difundir el mensaje y proporcionar a la gente la ayuda necesaria para ponerlo en práctica en sus vidas. Formarían parte de dicha institución personas que hubieran recibido una vocación para incorporar el mensaje a su vida personal y para difundirlo mediante el ejemplo y la palabra.

El núcleo del mensaje consistía en comprender que aquel mandato de Jesucristo “sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto” (Mateo. 5,48) no se dirige a unos pocos escogidos, sino a todos los cristianos. Escrivá vio, y no como una simple posibilidad teórica, sino como una realidad práctica, que todo hombre y toda mujer puede y debe aspirar a amar a Dios con todo su corazón y con toda su mente y con toda su alma, y amar a su prójimo como a sí mismo. En términos más técnicos, que Dios llama a todos los bautizados a la plenitud de la santidad.

Al mismo tiempo, Escrivá entendió claramente que para la inmensa mayoría la vocación a la santidad supone una llamada, pero no para hacerse sacerdotes, monjes o monjas, sino para santificarse en el mundo, en el medio habitual de su vida cotidiana. Él vio que Cristo ha redimido y santificado a toda la creación y llama a la inmensa mayoría de los hombres y mujeres a poner en práctica el gran mandamiento del amor de Dios y del amor al prójimo precisamente en el trabajo, en la vida de familia, en el descanso y en todas las demás actividades. Agentes de bolsa, trabajadores de fábrica, programadores informáticos, dependientes, estudiantes y jubilados son llamados a la santidad no a pesar de vivir en el mundo, sino precisamente en y a través de las situaciones y actividades que forman su vida cotidiana. Como escribiría en “Camino”: “Tienes obligación de santificarte. -Tú también. -¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto”55.

Escrivá también entendió, a la luz de la visión fundacional, que la santidad no es una empresa individual, sino que está íntimamente unida al apostolado, es decir, al esfuerzo de acercar otros a Cristo. Vio que todo católico está llamado a ayudar a otros a conocer a Cristo, a amarlo, y a incorporar su doctrina a su vida. En esta visión, el esfuerzo por ayudar a los amigos, parientes y colegas a vivir una vida cristiana más profunda y más auténtica no es algo ajeno al trabajo cotidiano y a las demás actividades de la vida corriente. Al contrario, el trabajo, la vida de familia y el descanso son su contexto habitual y el medio de llevarla a cabo. En palabras de Escrivá: “Para el cristiano, el apostolado resulta connatural: no es algo añadido, yuxtapuesto, externo a su actividad diaria, a su ocupación profesional. ¡Lo he dicho sin cesar, desde que el Señor dispuso que surgiera el Opus Dei! Se trata de santificar el trabajo ordinario, de santificarse en esa tarea y de santificar a los demás con el ejercicio de la propia profesión, cada uno en su propio estado”56.

En la época de la fundación del Opus Dei, muchos católicos buscaban modos de hacer más cristiana la sociedad. Desde Roma, el Papa promovía la Acción Católica. En España, muchos católicos trabajaban para desarrollar, dentro de la Acción Católica o como entidades separadas, grupos que promovieran una acción social y cívica inspirada en principios cristianos.

El mensaje que Escrivá recibió se centraba no en cambiar las estructuras sociales, sino en animar a los católicos a hacer un esfuerzo serio por alcanzar la santidad en sus actividades diarias. Como se puede ver en lo que más tarde escribiría en “Camino”, confía que la transformación de las estructuras sociales y el desarrollo de una sociedad más justa sean las consecuencias, esperadas y bien venidas, pero el punto central es la santificación de los individuos: “Un secreto. -Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. -Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. -Después... “pax Christi in regno Christi” -la paz de Cristo en el reino de Cristo”57.

La visión del 2 de octubre exigía la existencia, dentro de la Iglesia, de un grupo de gente, empezando por el propio Escrivá, que luchara por incorporar el mensaje en sus vidas y por ayudar a otros a hacer lo mismo. Ellos formarían una comunidad eclesial, una parte de la Iglesia, al servicio del mensaje. El papel de esa parte de la Iglesia -que se llamaría Opus Dei- sería difundir el mensaje y ayudar a la gente a vivirlo. Como escribió el Papa Juan Pablo II: “Desde sus orígenes, se ha esforzado no sólo en iluminar, sino en realizar la misión de los laicos en la sociedad humana”58. En palabras de Escrivá: “Dedicarse a Dios en el Opus Dei no implica una selección de actividades, no supone dedicar más o menos tiempo de nuestra vida para emplearlo en obras buenas, abandonando otras. El Opus Dei se injerta en toda nuestra vida”59. La vocación al Opus Dei supone “hacer el Opus Dei siendo personalmente Opus Dei”60, de modo que se pueda “recordar a todas las almas, con el ejemplo de vuestra vida y con la palabra, que existe una llamada universal a la perfección cristiana y que es posible conseguirla”61.

La gracia fundacional que Escrivá recibió el 2 de octubre de 1928 estaba destinada a personas de toda condición, tanto solteros como casados, y sus primeros esfuerzos por desarrollar el Opus Dei se dirigieron a un amplio abanico de gente. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que si el Opus Dei debía arraigar en todos los sectores de la sociedad, tenía que haber un núcleo de personas con disponibilidad suficiente para dedicar tiempo a sus actividades apostólicas y a adquirir la formación necesaria para después formar teológica y espiritualmente a los demás. Así pues, pronto centró su atención en estudiantes universitarios y recién graduados a los que presentó el ideal de una vida de celibato apostólico en medio del mundo. Fue de entre estos jóvenes de donde surgieron los primeros fieles del Opus Dei. Por esta razón, durante el periodo de tiempo en que se centra este libro, todos los miembros del Opus Dei fueron célibes, y la mayoría tuvieron títulos universitarios. Gracias a su dedicación y esfuerzo, durante los años siguientes el Opus Dei se pudo extender a sectores mucho más amplios de la sociedad. Hoy día, la mayor parte de los fieles de la Obra están casados y muchos trabajan en profesiones u oficios no universiarios.

Primeros obstáculos

Escrivá confiaba en que las inspiraciones y luces que recibió de Dios antes del 2 de octubre continuarían y le mostrarían cómo encarnar y poner en práctica lo que acababa de ver. Pero sucedió lo contrario; tras la visión del 2 de octubre, las inspiraciones cesaron y no se reanudaron hasta noviembre de 1929. Tanto para difundir el mensaje de la llamada universal a la santidad como para desarrollar el Opus Dei, Escrivá tenía que hacer frente a dos grandes obstáculos: una completa falta de recursos y la novedad de lo que predicaba.

El único recurso de Escrivá estaba en la oración. Era un sacerdote muy joven y recién llegado a Madrid. Conocía a pocas personas en la ciudad y no tenía una posición que le facilitara la tarea. Tampoco tenía dinero. Años después diría que, al principio, sus únicos recursos eran sus “veintiséis años, la gracia de Dios y el buen humor”62. Dos puntos de “Camino” reflejan su situación y actitud: “Es verdad: por tu prestigio económico, eres un cero..., por tu prestigio social, otro cero..., y otro por tus virtudes, y otro por tu talento... Pero, a la izquierda de esas negaciones, está Cristo... Y ¡qué cifra inconmensurable resulta!”63.

“Que eres... nadie. -Que otros han levantado y levantan ahora maravillas de organización, de prensa, de propaganda. -¿Que tienen todos los medios, mientras tú no tienes ninguno?... Bien: acuérdate de Ignacio: Ignorante, entre los doctores de Alcalá. -Pobre, pobrísimo, entre los estudiantes de París. -Perseguido, calumniado... Es el camino: ama y cree y ¡sufre!: tu Amor y tu Fe y tu Cruz son los medios infalibles para poner por obra y para eternizar las ansias de apostolado que llevas en tu corazón”64.

La novedad del mensaje era un obstáculo mucho más importante que la falta de recursos. Cierto que, como diría más adelante, el mensaje era “viejo como el Evangelio”65. El mismo Cristo había dicho a sus seguidores “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mat. 5:48) y san Pablo había dicho a los primeros cristianos de Tesalónica: “Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación” (1 Tes. 4.3). Al menos desde la publicación de la “Introducción a la vida devota”, de San Francisco de Sales, la teología católica había reconocido que, en teoría, los laicos, hombres y mujeres, pueden tener una intensa vida espiritual que les lleve a la plenitud del amor de Dios y del prójimo que es la santidad.

Y sin embargo el mensaje era, también en palabras de Escrivá, “como el Evangelio nuevo”66. Pocos habrían negado que era teóricamente posible para los laicos alcanzar la santidad, pero menos aún propondrían la santidad en medio del mundo como un ideal alcanzable. Que un joven o una joven tuviera una vida espiritual más intensa, o incluso el deseo de servir a Dios seriamente, se solía considerar como señal inequívoca de vocación al sacerdocio o a la vida religiosa. La mayoría de los sacerdotes nunca animaban a los laicos a esforzase seriamente por alcanzar la santidad en sus vidas de trabajo ordinario, como reflejo del convencimiento práctico de que lo más que se podía esperar de los laicos era el cumplimiento de sus deberes religiosos básicos. La santidad en medio del mundo podría ser un tema interesante para la especulación teológica, pero raramente era predicado ni propuesto como una meta alcanzable.

Dos sacerdotes que conocieron a Escrivá en los primeros años del Opus Dei, con el tiempo los dos serían obispos, dan testimonio de la novedad de su mensaje. Monseñor Laureano Castán Lacoma recuerda que en las primeras décadas del siglo XX “se hablaba poco de la llamada universal a la santidad”67. Incluso entre quienes habían estudiado Teología el tema era virtualmente desconocido. Monseñor Pedro Cantero Cuadrado, futuro arzobispo de Zaragoza, dice que al conocer a Escrivá en 1930 y 1931 “fue la primera vez que oí hablar de la santificación a través del trabajo ordinario”68. Si la idea de una dedicación personal y completa a la santidad en medio del mundo mediante la santificación del trabajo era extraña a los sacerdotes, lo era todavía más entre los laicos.

Así pues, era difícil que la gente entendiera a Escrivá cuando decía que “la santidad no es cosa para privilegiados (...); a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad”69. Aunque las palabras eran sencillas, la gente que oía hablar a Escrivá de un compromiso serio a la santidad y al apostolado pensaba instintivamente en hacerse sacerdote o en entrar en alguna orden religiosa. Apenas podían creer que lo que les sugería era que vivieran ese compromiso sin dejar su tarea o profesión ni el resto de su vida ordinaria.

Edificar sobre la oración y el sacrificio

Escrivá entendía que en una empresa espiritual el orden debía ser “oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en "tercer lugar", acción”70. Su primera preocupación, por tanto, fue intensificar su propia oración y penitencia y buscar las oraciones y sacrificios de otras personas. En una meditación predicada pocos meses antes de su muerte dijo: “¿Qué puede hacer una criatura que debe cumplir una misión, si no tiene medios, ni edad, ni ciencia, ni virtudes, ni nada? Ir a su madre y a su padre, acudir a los que pueden algo, pedir ayuda a los amigos... Eso hice yo en la vida espiritual. Eso sí, a golpe de disciplina, llevando el compás. Pero no siempre: había temporadas en que no”71.

Escrivá estaba convencido de que “después de la oración del Sacerdote y de las vírgenes consagradas, la oración más grata a Dios es la de los niños y la de los enfermos”72. Buscaba ansiosamente las oraciones de sacerdotes, y llegaba incluso a pararles por la calle, aunque no los hubiese visto nunca, para pedirles que rezaran por sus intenciones. En sus frecuentes visitas a enfermos y moribundos les rogaba que rezaran y ofrecieran sus sufrimientos por una intención suya.

Cada mañana, en su camino para celebrar la Santa Misa se encontraba con una mendiga que estaba siempre en el mismo sitio, pidiendo limosna. Un día se acercó a ella y le dijo, haciendose eco de las palabras de san Pedro en los “Hechos de los Apóstoles”:

“-Hija mía, yo no puedo darte oro ni plata; yo, pobre sacerdote de Dios, te doy lo que tengo: la bendición de Dios Padre Omnipotente. Y te pido que encomiendes mucho una intención mía, que será para mucha gloria de Dios y bien de las almas. ¡Dale al Señor todo lo que puedas!

Al poco tiempo, uno de los días que pasé a celebrar la Santa Misa, no estaba, tampoco al otro... Como en esa época íbamos a visitar los hospitales, en uno de ellos me encontré con esta mendiga en una de las salas.

-Hija mía, ¿qué haces tú aquí, qué te pasa?

Me miró y me sonrió. Estaba gravemente enferma. Le indiqué: mañana celebraré la Misa pidiéndole al Señor que te ponga buena. La mendiga me contestó:

-Padre, ¿cómo se entiende? Usted me dijo que encomendase una cosa que era para mucha gloria de Dios y que le diera todo lo que pudiera al Señor: le he ofrecido lo que tengo, mi vida.

Sólo le dije: "Haz lo que quieras, pero le pediré al Señor por ti, y si te vas, cumple muy bien este encargo".

"Yo os digo que, desde que aquella pobre mendiga se fue al Cielo, es cuando la Obra comenzó a caminar deprisa"73.

Los primeros pasos

La visión del 2 de octubre dejó muy claro a Escrivá que Dios quería que el Opus Dei existiera. Pero, teóricamente al menos, esto no significaba que tuviera que fundar una nueva institución en la Iglesia. Cabía la posibilidad de que Dios le llamara a trabajar en algo que ya existía. Esta idea le gustaba. Desde los primeros barruntos de que Dios le pedía algo, afirmaba: “He sentido en mi alma, desde que me determiné a escuchar la voz de Dios —al barruntar el amor de Jesús—, un afán de ocultarme y desaparecer; un vivir aquel illum oportet crescere, me autem minui (Ioann III, 30); conviene que crezca la gloria del Señor, y que a mí no se me vea”74. En 1932 escribió a los miembros del Opus Dei: “Sabéis qué aversión he tenido siempre a ese empeño de algunos —cuando no está basado en razones muy sobrenaturales, que la Iglesia juzga— por hacer nuevas fundaciones. Me parecía —y me sigue pareciendo— que sobraban fundaciones y fundadores: veía el peligro de una especie de psicosis de fundación, que llevaba a crear cosas innecesarias por motivos que consideraba ridículos. Pensaba, quizá con falta de caridad, que en alguna ocasión el motivo era lo de menos: lo esencial era crear algo nuevo y llamarse fundador”75.

Recordando su reticencia a fundar algo nuevo, muchos años después diría: “El Señor (...) viendo mi resistencia y aquel trabajo entusiasta y débil a la vez, me dio la aparente humildad de pensar que podría haber en el mundo cosas que no se diferenciaran de lo que Él me pedía. Era una cobardía poco razonable; era la cobardía de la comodidad, y la prueba de que a mí no me interesaba ser fundador de nada”76. “Me daba miedo la Cruz que el Señor ponía sobre mis hombros”77.

La esperanza de que eso que Dios quería de él pudiera existir le llevó a buscar información sobre instituciones católicas en España y en otros países. Pero, cada vez que recibía información de aquel nuevo grupo por el que se interesaba, comprobaba que era muy diferente de lo que Dios le estaba pidiendo.

Ni el 2 de octubre de 1928 ni en los días y meses siguientes hizo Escrivá un llamamiento a posibles miembros, ni preparó estatutos, ni hizo una declaración a la prensa, o publicó un artículo para explicar los objetivos de la nueva entidad o su mensaje sobre la llamada universal a la santidad en el mundo. Ni siquiera reunió a su familia, amigos y conocidos para explicarles lo que iba a hacer. Al contrario, empezó a trabajar, silenciosa y tenazmente, para difundir su ideal a la gente con la que entraba en contacto. Su planteamiento era radicalmente práctico y pastoral, y cobró forma lo que llamaría “apostolado de amistad y confidencia”, basado en el trato personal y en la conversación. Empezó con la gente que ya conocía por sus clases en la Academia Cicuéndez, su labor en el Patronato de Enfermos, las confesiones y la dirección espiritual.

Pocas veces hablaba en términos abstractos sobre la situación histórica y cultural de la Iglesia o de una teoría del laicado. Exponía la palabra de Dios, como una fuerza vivificante capaz de transformar las vidas de sus oyentes sin apartarles de su trabajo, de sus amistades o de su situación social. Procuraba ayudar a cada uno a acercarse a Dios, a adquirir virtudes y vida interior de oración y sacrificio, y a sentir la responsabilidad de difundir el mensaje de Cristo entre sus amigos, colegas y familiares a través de la palabra y el ejemplo.

Escrivá no intentó provocar cambios radicales y repentinos en la gente a quien trataba, sino mejoras paulatinas. Este enfoque se refleja en su libro de 1939 “Camino”, que lleva a sus lectores por un plano inclinado hasta convertirse en almas contemplativas en medio del mundo. Comienza con una llamada a dar a la propia vida significado y dirección: “Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso”78. Habla de carácter, de autocontrol y de deseo de excelencia. Introduce gradualmente al lector en la oración, el espíritu de sacrifico, el amor de Dios, el compromiso apostólico, la filiación divina, la infancia espiritual y la perseverancia.

A medida que pasaban los meses, Escrivá fue reuniendo y formando a pequeños grupos en el espíritu del Opus Dei, aunque sin explicarles todavía qué era. Entre los estudiantes universitarios y jóvenes licenciados que trataba estaban algunos de sus alumnos de la Academia Cicuéndez; y José Romeo, hermano menor de uno de sus compañeros en la Facultad de derecho de Zaragoza. Otro grupo lo formaban sacerdotes. Un tercer grupo, obreros y empleados, a quienes Escrivá conoció a raíz de participar en una misión organizada para ellos por el Patronato de Enfermos el verano de 1930.

Escrivá dirigía espritualmente a muchas personas y empezó a buscar posibles miembros del Opus Dei entre ellas. Cuando juzgaba que alguien podía entender, Escrivá le explicaba el ideal de santidad y apostolado en medio del mundo a través del trabajo realizado conscientemente por amor a Dios. No hablaba de pertenecer al Opus Dei, sino más bien de hacer la obra de Dios. La razón de este modo de procecer era que hasta el verano de 1930 el Opus Dei ni siquiera tuvo nombre.

En 1967 Escrivá recordaba: “Comenzaba por no hablar de la Obra a los que venían junto a mí: les ponía a trabajar por Dios, y ya está. Es lo mismo que hizo el Señor con los Apóstoles: si abrís el Evangelio, veréis que al principio no les dijo lo que quería hacer. Los llamó, le siguieron, y mantenía con ellos conversaciones privadas; y otras, con pequeños o grandes grupos... Así me comporté yo con los primeros. Les decía: venid conmigo...”79.

Al haber quemado Escrivá sus notas anteriores a marzo de 1930, es imposible dar un cuadro detallado de sus primeros pasos para desarrollar el Opus Dei. Está claro, sin embargo, que sufrió muchos desengaños. Bastantes estudiantes universitarios y jóvenes licenciados se entusiasmaban con los ideales que les proponía, pero poco después se cansaban y se alejaban, sin ni siquiera despedirse. Don Norberto Rodríguez, viejo sacerdote de mala salud, y don Lino Vea-Murguia, sacerdote de la edad de Escrivá que sería asesinado durante la Guerra Civil, respondieron afirmativamente cuando les propuso formar parte del Opus Dei, pero ninguno de ellos pareció entender bien de qué se trataba.

Mujeres en el Opus Dei

La visión del 2 de octubre de 1928 no incluía explícitamente a las mujeres, y durante el siguiente año y medio Escrivá estuvo convencido de que en el Opus Dei sólo habría hombres. No sabemos por qué creyó eso. Tal vez el limitado papel asignado a la mujer en la sociedad de principios del siglo XX inclinara a esta consideración. Tal vez se debía a que no había en la Iglesia instituciones que exigieran un compromiso vocacional y estuvieran compuestas tanto por hombres como mujeres. Tal vez por cualquier otra razón.

En cualquier caso, estaba convencido de que la masculinidad era una característica esencial de lo que Dios le pedía. Una señal clara de este convencimiento se encuentra en el período de búsqueda de alguna institución a la que unirse, en lugar de fundar algo nuevo. A finales de 1929 se fijó en la Compañía de San Pablo que había fundado el cardenal Ferrari, pero cuando se enteró de que había hombres y mujeres concluyó que no podía ser lo que Dios le pedía.

El 14 de febrero de 1930 Escrivá fue a celebrar Misa en una capilla privada. Sus notas personales reflejan lo que sucedió durante la Misa: “Inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina! No puedo decir que vi, pero sí que intelectualmente, con detalle después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual, cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei”80.

Al igual que los acontecimientos del 2 de octubre de 1928 la fundación de la sección de mujeres del Opus Dei pilló a Escrivá por sorpresa. Vio en ello una señal de la providencia divina: “¡No quiero mujeres, en el Opus Dei! Dios: pues yo las quiero”81. Darse cuenta de que la Obra debía comprender a hombres y mujeres supuso el punto final de la búsqueda de una organización que ya existiera. Desde entonces, no tuvo la menor duda de que estaba llamado a fundar algo nuevo en la Iglesia.

Zorzano

La primera persona que perseveraría en el Opus Dei, Isidoro Zorzano, no apareció hasta casi dos años después de la fundación. Zorzano había nacido en Argentina, aunque sus padres regresaron a España cuando tenía tres años. Fue compañero de Escrivá en el instituto de Logroño y había estudiado Ingeniería Industrial, uno de los títulos más prestigiosos y difíciles de alcanzar en esa época. Tras graduarse, trabajó durante una breve temporada para una compañía que construía piezas para ferrocarriles. En diciembre de 1928 entró en una compañía ferroviaria de Málaga. Además de su trabajo para el ferrocarril, Zorzano dio clases nocturnas de matemáticas y de electricidad en la Escuela de Comercio de esa ciudad.

Con el paso de los años, Zorzano y Escrivá se habían visto unas cuantas veces y habían mantenido un esporádico contacto epistolar, pero no un trato habitual. Poco después de la fundación del Opus Dei, Escrivá comenzó a rezar más por Zorzano, como posible vocación. En agosto de 1930, le envió una postal en la que le invitaba a verle en su siguiente viaje a Madrid, a la vez que le prometía: “Tengo cosas muy interesantes que contarte”82.

Cuando recibió la nota de Escrivá, Zorzano pasaba por una crisis espiritual. Le iba bien en lo profesional, pero se sentía insatisfecho. Se descubrió pensando con frecuencia que Dios quería de él una entrega completa. En su mente eso sólo podía significar una cosa: entrar en una orden religiosa. Sin embargo, amaba su profesión y le parecía inconcebible que Dios le pidiera dejarla. Deseaba armonizar su trabajo profesional con una completa dedicación a Dios, pero eso parecía imposible.

El 24 de agosto de 1930, fiesta de San Bartolomé, Zorzano se encontraba en Madrid por motivos profesionales. Aunque no se había citado con él, esperaba ver a Escrivá para averiguar qué eran esas “cosas muy interesantes” de las que le había hablado su amigo, y para ver si Escrivá le podía ayudar a resolver su crisis espiritual. Fue al Patronato de Enfermos, pero le dijeron que no estaba. Había acudido a visitar a José Romeo, quien, enfermo, guardaba cama.

En un escrito del día siguiente, Escrivá anotó: “Me sentí desasosegado -sin motivo— y me fui antes de la hora natural de marcharme, puesto que era muy razonable que hubiera esperado a que vinieran a su casa don Manuel y Colo. Poco antes de llegar al Patronato, en la calle de Nicasio Gallego, encontré a Zorzano. Al decirle que yo no estaba, salió de la Casa Apostólica, con intención de ir a Sol, pero una seguridad de encontrarme, me dijo, le hizo volver por Nicasio Gallego”83.

El mismo Escrivá normalmente no tomaba la calle Nicasio Gallego para regresar a casa, pero aquel día lo hizo y se encontraron. Apenas se saludaron Zorzano le dijo: “quiero entregarme a Dios, y no sé cómo ni dónde”84. Quedaron más tarde aquel día para charlar con calma. Aunque Escrivá no solía hablar con su director espiritual del apostolado del Opus Dei, en este caso le llamó por teléfono y le explicó lo sucedido: “Al preguntarle qué le parecía que debía hacer, me contestó: ¿qué ha de hacer? ¡Cogerlo!”85.

Después de hablar de las inquietudes y aspiraciones de Zorzano, Escrivá le explicó que hacía poco había fundado una obra cuyo objetivo era precisamente la santidad en medio del mundo. Zorzano respondió inmediatamente que eso era lo que estaba buscando. Esa misma tarde Zorzano dejó Madrid para visitar a su madre en el norte de España y luego volver a Málaga. Pocos días después en una carta a Escrivá decía: “Siento la necesidad de estar juntos y orientarme definitivamente, con tu ayuda, en la nueva era que abriste a mis ojos, y que era precisamente el ideal que yo me había forjado y que creía irrealizable por tratarse de aunar factores de diversos matices, he pensado sobre ello y cada día me parece más hermoso, es mí única ilusion cooperar en dicho ideal para llevar a feliz término nuestra causa”86.

Hasta 1936, el trabajo profesional de Zorzano le mantuvo en Málaga, así que una buena parte de su formación inicial en el Opus Dei se hizo por correo, y con algún viaje esporádico a Madrid. A pesar de sus deseos de servir a Dios, Zorzano no había recibido una educación religiosa profunda y no tenía la costumbre de dedicar mucho tiempo a la oración. Solía comulgar únicamente los domingos. Cuando iba de excursión con sus amigos, salían temprano de Málaga y oían Misa en el pueblo que fuera punto de partida de su viaje. Como en aquella época la Iglesia exigía para comulgar un ayuno total, también de agua, desde la medianoche anterior, eso significaba que Zorzano no comulgaba muchos domingos.

Al principio Zorzano sólo tenía una idea aproximada del espíritu del Opus Dei. No parece haber entendido del todo la idea del apostolado con amigos y compañeros a través del ejemplo y de la conversación personal. Al principio centró su dedicación a Dios en participar en organizaciones y actividades católicas. Se hizo miembro de los Caballeros del Pilar, se involucró en actividades sociales organizadas por grupos católicos, ayudó a la Casa del Niño Jesús y se incorporó al grupo de Acción Católica recién abierto en Malaga.

No contento con entrar en los grupos que ya existían, se dispuso a organizar una asociación de estudiantes católicos. En Málaga, como en el resto de España, la vida estudiantil estaba muy politizada. La principal organización estudiantil, la Federación de Estudiantes Españoles, era de izquierdas y anticatólica. Zorzano decidió organizar en Málaga una filial de la Federación de Estudiantes Católicos, que además de católica en su orientación era políticamente conservadora.

Dicha decisión le causaría algún problema. Zorzano, como no era estudiante, no podía ser miembro ni cargo en el grupo, pero en su asamblea constituyente fue nombrado presidente honorario. Cuando algunos de los estudiantes de la Escuela de Comercio donde daba clase se afiliaron a la Federación, miembros de la Federación de Estudiantes Españoles acusaron a Zorzano de favorecer injustamente en clase a los miembros del grupo católico. El director censuró oficialmente a Zorzano por activismo político y religioso en la escuela. Sin embargo, no aceptó su dimisión y a los pocos meses el incidente quedó prácticamente olvidado.

Desde el principio, Escrivá animó a Zorzano a construir, paulatinamente, una intensa vida interior de oración y sacrificio. En una carta fechada el 23 de noviembre de 1930 escribió: “Mira: Si hemos de ser lo que el Señor y nosotros deseamos, hemos de fundamentarnos bien, antes que nada, en la oración y en la expiación (sacrificio). Orar: nunca, repito, dejes la meditación, al levantarte; y ofrece cada día, como expiación, todas las molestias y sacrificios de la jornada”87. Paciente e insistentemente le urgía a frecuentar los sacramentos, y especialmente a recibir la comunión con mayor frecuencia, a diario si era posible. No le indicó a Zorzano que dejara las actividades de los diversos grupos a los que pertenecía, pero le ayudaba, poco a poco, a comprender que debían ocupar un lugar secundario, ya que debía centrarse en cultivar una vida de auténtica piedad y un apostolado más personal en el trabajo con amigos, compañeros y familiares.

El nombre Opus Dei

En diciembre de 1930, Escrivá compuso, con oraciones sacadas de la liturgia y de la Sagrada Escritura, unas preces para que las rezaran los miembros del Opus Dei. Cuando aquel puñado de personas que pertenecía al Opus Dei se reunió por primera vez fue para rezar esas oraciones. Escrivá anotó en sus cuadernos personales: “Se ve que el Señor, porque así ha de ser en la entraña su Obra, ha querido que comience por la oración. Orar va a ser el primer acto oficial de los sujetos de la Obra de Dios. Por ahora la labor es personal: sólo nos reunimos para hacer la oración”88.

Cuando escribió esa nota ya utilizaba el nombre “Obra de Dios”, tanto en español como en latín, para referirse a la empresa que Dios le había encomendado el 2 de octubre de 1928. A principios de 1930 había utilizado esas palabras, pero como en sentido descriptivo, no como nombre propio y sin una referencia especial a la santificación del trabajo. Decidió adoptarlo tras una conversación con el padre Valentín Sánchez que le preguntó: “¿cómo va esa Obra de Dios?”. Ya en la calle, comencé a pensar: “Obra de Dios. ¡Opus Dei! Opus, operatio..., trabajo de Dios. ¡Este es el nombre que buscaba!" Y en lo sucesivo se llamó siempre Opus Dei”89.

En busca de un nuevo puesto

En esta época Escrivá comprendió que debía dedicar más tiempo al Opus Dei. Sus deberes oficiales en el Patronato de Enfermos eran pocos (principalmente celebrar Misa y oficiar la Bendición). Sin embargo, estaba tan metido en las actividades del Patronato, especialmente visitando enfermos y moribundos, que le resultaría imposible encontrar mucho más tiempo para el Opus Dei mientras siguiera siendo su capellán.

No resultaría fácil encontrar de nuevo un puesto adecuado. Aunque la capellanía no estaba bien remunerada, proporcionaba un hogar gratis a Escrivá y a su familia. Si se trasladaba, tendría que conseguir dinero para alquilar un piso. Y resultaría todavía más difícil encontrar un medio para permanecer en Madrid, lugar donde había nacido el Opus Dei y donde él se veía llamado a desarrollarlo. Dada su condición de sacerdote extradiocesano, debía tener un cargo que le diera el derecho de permanecer en la capital, ya que la política oficial era la de expulsar a los sacerdotes de otras diócesis que no tuvieran poderosas razones para estar en Madrid.

Una mujer que conoció a través de su trabajo en el Patronato le presentó al don Pedro Poveda, fundador de las Teresianas y secretario del Patriarca de la Indias. Poveda ofreció a Escrivá la posibilidad de conseguir un nombramiento de Capellán Real Honorario. Cuando le explicó que el puesto, aunque de prestigio, no le daría derecho a permanecer en Madrid, Escrivá rechazó la oferta.

Pocas semanas después, surgió otra oportunidad. Esta vez se trataba de un nombramiento que dependía del Ministerio de Justicia. Pero, antes de poder hacer nada, se proclamó la República en España y el posible mentor de Escrivá perdió su trabajo y, con él, la posibilidad de nombrar a nadie para aquel puesto. Escrivá no se desanimó, sino que vio en esta nueva contrariedad una señal de la voluntad de Dios para él: “Dios no lo quiso. Yo estoy tan fresco. ¡Bendito sea!”90.

 


La proclamación de la Segunda República afectaría al Opus Dei, y no sólo por la pérdida de ese puesto que hubiera permitido a Escrivá mantener a su familia y continuar su tarea fundacional. Para entender los siguientes acontecimientos de la historia del Opus Dei es preciso referirse a los cambios políticos, sociales y económicos que provocó el advenimiento de la República y la reacción de Escrivá ante ellos. De ello trata el próximo capítulo.

Introducción. Opus Dei
La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)
Los primeros años (1902-1925)
Años de preparación (1925-1928)
Los primeros pasos (1928-1930)
El ambiente se torna hostil (1931)
Nuevas luces (1931)
Intentos de abrir camino (1931-32)
Poner los cimientos (1933)
El primer centro (1933-1934)
Obstáculos y crecimiento (1934-1935)
Planes de expansión (1935-36)
Los comienzos de la Guerra Civil (julio de 1936 — marzo de 1937)
Huida en el Madrid revolucionario (julio 1936 - marzo 1937)
Las últimas etapas de la Guerra Civil (marzo 1937—abril 1939)
En la Legación de Honduras (marzo - octubre 1937)
El paso de los Pirineos (octubre-diciembre 1937)
La época de Burgos (diciembre 1937 - octubre 1938)
En Madrid y en Burgos (octubre 1937-marzo 1939)
España en una Europa en Guerra (1939 - 1945)
Reconstrucción y expansión en Madrid (1939 - 1940)
Expansión fuera de Madrid (1939-1942)
Vuelve a empezar la labor con las mujeres (1939-1943)
Oposición y nuevo desarrollo (1940-1943)
Epílogo