Años de preparación (1925-1928)

Sin sitio en Zaragoza

En 1920 Zaragoza era una gran diócesis sin escasez de clero. A los sacerdotes recién ordenados se les asignaba, ordinariamente, a parroquias grandes de la ciudad, donde podrían aprender de sacerdotes con experiencia. Tal encargo habría permitido a Escrivá permanecer con su familia y sacarla adelante dando clases particulares a estudiantes.

El día de su Primera Misa, sin embargo, Escrivá recibió el encargo de trasladarse a Perdiguera, un pueblo agrícola con menos de mil habitantes, situado en una de las zonas más atrasadas del norte de España. Perdiguera estaba a 20 kilómetros de Zaragoza, pero sólo se podía llegar allí en coche de línea tirado por mulas, así que Escrivá quedó apartado de su familia. El pueblo era tan pequeño que no tuvo oportunidad de obtener ningún ingreso fuera de los estipendios que recibiría por la celebración de sacramentos.

El párroco titular había caído enfermo y había dejado el pueblo, así que Escrivá se encontró solo en ese lugar donde no conocía a nadie. A pesar de que la parroquia tenía una rectoría, todavía estaba llena de los muebles del párroco titular y de sus pertenencias. Escrivá se alojó con una familia del pueblo. Su primera tarea fue limpiar la iglesia, que estaba muy sucia. Después, con ayuda del sacristán y de su hijo, emprendió la tarea de conocer a sus nuevos parroquianos. En el transcurso de las siguientes semanas visitó a casi todas las doscientas familias que formaban la parroquia, especialmente aquéllas donde había alguien enfermo y guardando cama.

A pesar de que había pocos asistentes, Escrivá cantaba Misa todos los días y oficiaba la Bendición con el Santísimo Sacramento cada tarde. Los jueves dirigía la Hora Santa. Cada tarde permanecía horas en el confesionario, leyendo su breviario y esperando a los penitentes. Sus horas de oración delante del Santísimo Sacramento y su negativa a pasar las tardes jugando a las cartas con “las fuerzas vivas” del pueblo pronto hicieron que algunos le llamaran “el místico” o “la rosa mística”, como alguno de sus compañeros de seminario había hecho.

Escrivá organizó las catequesis de primera comunión. Uno de los niños de la familia con la que se alojaba no podía asistir a las clases porque pasaba todo el día pastoreando las cabras de la familia. Escrivá le daba clases particulares por la tarde. Un día Escrivá le preguntó qué haría si fuera rico. “¿Qué es ser rico?”, dijo el chico. Cuando Escrivá le explicó que ser rico significaba tener mucho dinero, montones de ropa, vacas gordas y cabras de piel reluciente, los ojos del chico se encendieron y respondió: “Me comería ¡cada plato de sopas con vino (...) Al oír la respuesta, concluyó pensando para sus adentros: Josemaría, está hablando el Espíritu Santo. Porque todas las ambiciones de este mundo, por grandes que sean, no pasan de ser un prosaico plato de sopas, nada que valga realmente la pena”46.

Escrivá permaneció algo menos de dos meses en Perdiguera, y volvió a Zaragoza el 18 de mayo de 1925. A su regreso, sin embargo, encontró que no tenía nuevo destino. A pesar de sus repetidas peticiones de un nuevo encargo pastoral, los funcionarios de la diócesis no le hicieron caso. Si el cardenal Soldevilla, que le había nombrado prefecto del seminario, estuviera vivo, Escrivá no habría tenido problemas. Sin embargo, el cardenal había sido asesinado por un pistolero anarquista, en medio del clima de violencia política reinante en Zaragoza. Escrivá no pudo acercarse al sucesor de Soldevila, el obispo Doménech, y sus tíos usaron de su influencia en las oficinas diocesanas para impedir que le asignaran un nuevo encargo pastoral.

Para mantener a su familia, Escrivá comenzó a dar clases particulares a estudiantes. Si esto apenas era suficiente para mantenerse él mismo, cuánto menos para mantener a los suyos. Finalmente, en mayo de 1925, encontró un puesto a tiempo parcial como capellán de la iglesia de San Pedro Nolasco, que atendía la Compañía de Jesús y era conocida popularmente como iglesia del Sagrado Corazón. Esto le dio muchas oportunidades de ejercer su ministerio sacerdotal, pero no resolvió su problema económico. Las cinco pesetas que ganaba cada día en la iglesia no le alcanzaban a Escrivá para mantener a su familia. Además, su madre temía que le enviaran de vuelta a un pueblo distante. Armándose de valor, decidió pedir ayuda a su hermano, Carlos Albás. Éste no sólo se negó a ayudarla, sino que la echó de su casa. Evidentemente no había futuro para los Escrivá en Zaragoza.

Durante su primer año de sacerdocio, Escrivá se dedicó con todas sus fuerzas a la oración personal y a las tareas sacerdotales de la iglesia del Sagrado Corazón: oír confesiones, celebrar la Misa y enseñar el catecismo. Para conseguir llegar a fin de mes, daba clases particulares a tantos estudiantes que una vez se describió a sí mismo como un “profesor condenado a galeras”. Además, se dedicó seriamente a la carrera de Derecho. Durante el año académico 1924-1925, la muerte de su padre y su propia ordenación no le dejaron apenas tiempo para seguir esos estudios, y sólo logró matricularse en una asignatura. En el año 1925-26, sin embargo, se matriculó de ocho asignaturas, de forma que a finales de los exámenes de otoño sólo le quedaba una para completar su licenciatura.

Aunque Escrivá continuaba siendo un estudiante “no oficial”, que no estaba obligado a asistir a clases, pasaba tiempo en la universidad. Allí, los intereses culturales y cualidades personales que años atrás habían molestado a algunos seminaristas le hicieron un estudiante popular e incluso un líder. El hecho de que fuera sacerdote y acudiera con sotana a clase le podría haber separado de los demás estudiantes, pero su talante seguro, su carácter abiero y comunicativo, su sentido del humor y su optimismo le permitieron hacer buenos amigos entre sus compañeros de curso, algunos de los cuáles no eran creyentes. Solía quedar con otros alumnos para estudiar, preparar resúmenes o simplemente para charlar. También animó a algunos a acompañarle los domingos por la mañana a dar catequesis a los niños de los arrabales. Años más tarde, un universitario relató que Escrivá era un “romántico de Cristo: alguien enamorado de Él, un hombre con una fe completa en el Evangelio”. Estas cualidades le permitían establecer amistades estrechas no sólo con otros compañeros estudiantes, sino también con profesores mucho mayores que él.

En el otoño de 1925 sólo le quedaba una asignatura para terminar la carrera. En octubre empezó a enseñar Derecho Romano y Canónico en una academia privada, el Instituto Amado, que preparaba para oposiciones a recién licenciados y ofrecía clases de repaso a estudiantes de la Facultad. En enero de 1927 se presentó al último examen y recibió su título.

Escrivá todavía no tenía un puesto estable en la diócesis y había sido rechazado para varios. Fue entonces cuando su antiguo profesor de Derecho Romano, don José Pou de Foxá, que estaba bien relacionado en la diócesis de Zaragoza y comprendía los enredos de la política clerical, le advirtió de que no había sitio para él en la ciudad y que debía trasladarse a Madrid.

San Josemaría en Madrid

Escrivá hizo un viaje a Madrid en el otoño de 1926 para informarse sobre la posibilidad de realizar un doctorado en Derecho en la Universidad de Madrid, la única en la que se otorgaba el título en esa época. Con una licenciatura, se podía ejercer la abogacía, pero para aspirar a un puesto estable en la universidad, con el que mantener a los suyos, debía alcanzar el grado de doctor.

Dos obstáculos se interponían en el camino del doctorado de Escrivá. Primero, apenas podía proveer a su familia de techo y comida. ¿De dónde iba a sacar el dinero para pagar sus estudios? Segundo: ¿cómo obtendría permiso para trasladarse a Madrid?

El problema no residía tanto en que las autoridades de su diócesis de Zaragoza pusieran pegas para que dejara la ciudad, sino en que el Madrid de esa década era un imán para todos los sacerdotes de España. La diócesis tenía muchos sacerdotes incardinados, y las autoridades eclesiásticas estaban decididas a reducir el número de sacerdotes extradiocesanos de la capital. La Santa Sede había prohibido a los obispos españoles dejar establecerse en Madrid a sus sacerdotes a no ser que hubiera una razón de peso y que hubieran recibido la aprobación del obispo de Madrid, permiso que que éste rara vez concedía.

Después de varios intentos infructuosos, en marzo de 1927 Escrivá se enteró por medio de un amigo claretiano de que la iglesia de San Miguel en Madrid estaba buscando un sacerdote para decir la Misa de 5:50 cada mañana. En una sociedad en la que la gente cenaba y se acostaba tarde, la iglesia, atendida por los redentoristas, no estaba inundada de peticiones. La ventaja del puesto, desde el punto de vista de Escrivá, era que la iglesia estaba bajo la jurisdicción papal del nuncio, y un sacerdote no necesitaba el permiso del obispo de Madrid para ejercer allí su ministerio. Las únicas aprobaciones necesarias eran las del nuncio y, en el caso de un sacerdote de fuera de Madrid, la del obispo de la diócesis de procedencia. El permiso del nuncio no era problema. Escrivá explicó al arzobispo de Zaragoza que deseaba realizar el doctorado en Derecho, pero que pretendía emplear la mayor parte del tiempo en actividades pastorales, ya que esa era la razón de su sacerdocio. El arzobispo concedió su permiso el 17 de marzo de 1927. Escrivá empezó los preparativos finales para el traslado a Madrid. El rector de San Miguel le urgió a que se trasladara lo antes posible, porque la iglesia necesitaba sus servicios para la semana siguiente.

Justo cuando se estaba preparando para irse a Madrid, Escrivá fue asignado por su obispo a una parroquia rural para la Semana Santa. Estuvo tentado de pedir que se le excusara del encargo, por miedo a que retrasar un mes su llegada a Madrid inclinara a la iglesia de San Miguel a buscar a otro. No obstante, siguiendo el consejo de su madre, aceptó el encargo y notificó al rector de San Miguel que llegaría en cuanto terminara la Pascua. Hacia el final de su vida, Escrivá recordaría con gozo su breve estancia en Fombuena.

Escrivá vio la mano de Dios no sólo en este inconveniente destino en Fombuena, sino en todas las aparentemente adversas circunstancias de su vida en Zaragoza. Todavía no sabía lo que Dios quería de él, pero continuaba pidiendo luces: “Señor, que vea”. Dios respondió a su oración con muchas gracias, incluso con locuciones que Escrivá anotó y meditó frecuentemente. Aunque no sabía hacia dónde le estaba dirigiendo Dios, estaba convencido de que la divina providencia actuaba en su vida. Vio su inminente viaje a Madrid como parte del plan que Dios había previsto. Escrivá descubría poco a poco una misión que todavía no se había manifestado por completo.

Escrivá llegó a Madrid a mediados de abril de 1927. Apenas sin ningún contacto, estuvo primero en alojamientos modestos, pero pronto se trasladó a una residencia de sacerdotes que las Damas Apostólicas, una orden de reciente fundación, dirigían en la calle Larra.

Entre los pobres y enfermos

Las obligaciones de Escrivá en la iglesia de San Miguel -limitadas a decir Misa diariamente- satisfacían muy poco su celo sacerdotal. Un mes después de trasladarse a la residencia de sacerdotes, la fundadora de las Damas Apostólicas, Luz Rodríguez Casanova, le pidió que fuera el capellán del Patronato de Enfermos, abierto por esta comunidad. Escrivá aceptó feliz el ofrecimiento. Sin embargo necesitaba el permiso del obispo de Madrid para poder decir Misa, predicar u oir confesiones fuera de la iglesia de San Miguel. Gracias a la fundadora, que disfrutaba de excelentes relaciones con el obispo Eijo y Garay, Escrivá pudo obtener el permiso requerido. No obstante, el obispo estaba tan decidido a reducir el número de sacerdotes de otras diócesis en Madrid, que sólo lo concedió durante un año. Escrivá tendría que pedir cada cierto tiempo renovar sus licencias eclesiásticas para administrar los sacramentos y predicar en Madrid, además de solicitar la renovación de licencias en su diócesis de Zaragoza.

Los deberes oficiales de Escrivá como capellán del Patronato de Enfermos se limitaban a decir Misa y oficiar los demás actos que se celebraban en la iglesia, pero pronto empezó a ayudar a las Damas Apostólicas de otros modos. El Patronato de Enfermos intentaba remediar alguna de las deficiencias de la sanidad de entonces. Prácticamente no existía la sanidad pública. Había algunos hospitales del Estado, pero no estaban a la altura de los más modernos, equipados con material técnico y personal áltamente cualificado. Eran casi barracones para los indigentes moribundos, que no tenían otro sitio a donde ir. Nadie que pudiera pagar una clínica privada acudía a un hospital público. Y sólo los muy afortunados de entre los pobres eran admitidos en ellos. El escaso número de camas hacía que a menudo los pobres simplemente se quedaran sufriendo en sus chabolas. El Patronato tenía una enfermería con veinte camas y una clínica móvil.

Las Damas Apostólicas también atendían unas 60 escuelas para niños pobres en los suburbios y otras zonas de clase obrera de Madrid. Allí, 14.000 estudiantes recibían educación primaria y aprendían los rudimentos de la religión. Las Damas Apostólicas también habían levantado seis capillas en las afueras de Madrid, en barrios donde los inmigrantes de las provincias vivían sin nada, casi siempre en chabolas hechas por ellos mismos. Sin embargo, ninguna de estas capillas tenía un capellán fijo.

Escrivá pronto se involucró en muchas de estas actividades. Oía confesiones, enseñaba el catecismo, administraba los sacramentos a los enfermos en sus casas y cada año preparaba a cerca de 4.000 niños para su primera comunión.

Escrivá obtuvo lecciones para su vida interior de su contacto con los niños. Considerando las tareas que Dios le estaba encomendando, pero que todavía no veía con claridad, concluyó que su fuerza debía proceder de su indigencia. Él tenía “nada y menos que nada”47, decía, pero, con la oración, todo saldría como Dios quería. La vida de infancia espiritual, dijo en una ocasión, “se me metió en el corazón tratando a los niños. Aprendí de ellos, de su sencillez, de su inocencia, de su candor, de contemplar que pedían la luna y había que dársela. Y yo tenía que pedirle a Dios la luna: ¡Dios mío, la luna!”48

La parte más exigente y agotadora del trabajo de Escrivá para el Patronato eran las visitas a los enfermos en sus casas, para oír confesiones, llevarles la comunión y administrarles el sacramento de la extremaunción. Las Damas Apostólicas estaban en contacto con miles de personas de condición humilde y recibían numerosas peticiones - a veces de la propia persona, y a veces de un pariente - para que un sacerdote llevara los sacramentos al enfermo. En aquellos tiempos sólo se llevaba la comunión a los moribundos. Las Damas Apostólicas obtuvieron permiso del obispo para llevarla a cualquier enfermo que lo pidiera, si el párroco del lugar estaba de acuerdo.

Gran parte de esta carga recayó en Escrivá. Viajaba de un extremo a otro de la ciudad, normalmente a pie o en tranvía, para ejercer su ministerio entre los enfermos de los barrios más pobres. Gracias a sus modales educados, pero sobre todo a su intensa oración y sacrificio, el joven sacerdote tenía un don especial para hacer que gente largo tiempo separada de la Iglesia se reconciliara con Dios en el lecho de muerte. En sus notas personales, por ejemplo, describía el siguiente caso: “Llegué a casa del enfermo. Con mi santa y apostólica desvergüenza, envié fuera a la mujer y me quedé a solas con el pobre hombre. 'Padre, esas señoras del Patronato son unas latosas, impertinentes. Sobre todo una de ellas'... (lo decía por Pilar, ¡que es canonizable!). Tiene Vd. razón, le dije. Y callé, para que siguiera hablando el enfermo. 'Me ha dicho que me confiese..., porque me muero: ¡me moriré, pero no me confieso!'. Entonces yo: hasta ahora no le he hablado de confesión, pero, dígame: ¿por qué no quiere confesarse? 'A los diecisiete años hice juramento de no confesarme y lo he cumplido'. Así dijo. Y me dijo también que ni al casarse —tenía unos cincuenta años el hombre— se había confesado... Al cuarto de hora escaso de hablar todo esto, lloraba confesándose”.49

Una de las religiosas que trabajaban en el Patronato en aquel tiempo recordaba más tarde: “Cuando teníamos un enfermo difícil, que se resistía a recibir los sacramentos, que se nos iba a morir lejos de la Gracia, se lo confiábamos a don Josemaría en la seguridad de que estaría atendido y que, en la mayoría de los casos, se ganaría su voluntad y le abriría las puertas del Cielo. No recuerdo un solo caso en el que fracasáramos en nuestro intento”50.

Algunos años antes de su muerte, Escrivá rezaba en voz alta, trayendo a la memoria esta etapa de su vida: “Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada; entre niños con los mocos en la boca, sucios, pero niños, que quiere decir almas agradables a Dios... Fueron muchas horas en aquella labor, pero siento que no hayan sido más”51

El celo apostólico de Escrivá no se limitaba a los pobres y enfermos. Estaba ansioso de extender el fuego de Cristo a todo el mundo, incluyendo los miembros de algunas familias aristocráticas que conoció. Las palabras de Cristo “Fuego he venido a traer a la tierra, y qué quiero sino que arda” (Lc 12:49) se desbordaban a menudo de su corazón en forma de canción.

Extender el fuego del amor de Cristo en el mundo. Ciertamente, esto era una parte de lo que Dios le estaba pidiendo desde su adolescencia, y Escrivá continuaba respondiendo a esa llamada divina con las palabras del profeta Samuel, “Aquí estoy, porque me has llamado” (1Sm 3:5). Uno de sus apuntes resume mucha de su oración mientras estuvo en Madrid en 1927 y 1928: “Fac, ut sit” (“Hazlo, haz que sea”)52. En respuesta a estas ardientes peticiones, recibía de Dios inspiraciones en forma de palabras oídas en su oración. Escrivá procuró meditar sobre ellas, y ponerlas en práctica. No obstante, seguían siendo oscuras y fragmentarias, acercamientos a ese “algo” todavía indefinido que Dios quería de él.

La Academia Cicuéndez

Las actividades del Patronato de Enfermos permitían a Escrivá ejercer su ministerio sacerdotal y llevar a las almas a Cristo. Sin embargo, lo que ganaba no bastaba para mantener materialmente a su familia. Para llegar a fin de mes, Escrivá dió clases particulares a un buen número de estudiantes. También encontró un puesto de profesor en la Academia Cicuéndez, una institución privada como el Instituto Amado donde había enseñado en Zaragoza. Allí acudían bastantes estudiantes de Derecho que no podían asistir regularmente a clases en la universidad y que se habían matriculado como “no oficiales”. Escrivá se encargó del Derecho Canónico y el Romano.

Un día, otro profesor contó a algunos estudiantes que Escrivá trabajaba en el Patronato de Enfermos. El rumor se extendió rápidamente entre los alumnos, que apenas podían creer que su culto y refinado profesor, cuya sotana siempre estaba impoluta y bien planchada, pasaba horas y horas en los charcos, el barro y las calles sin asfaltar de las zonas más pobres de Madrid. Los estudiantes hicieron apuestas sobre la veracidad del asunto, y varias veces, después de clase, siguieron a su profesor hasta barrios de la ciudad que nunca hubieran soñado pisar.

No contento con enseñarles Derecho, Escrivá procuraba hacerse amigo de sus alumnos. Su cálido y extravertido carácter y el interés por cada uno hicieron que se ganara su afecto. A menudo algunos estudiantes le acompañaban en su camino de vuelta a casa. La conversación pasaba de las materias tratadas en clase a sucesos de actualidad, asuntos de familia y preocupaciones personales. Como lo haría durante toda su vida, Escrivá introducía en la conversación referencias a Cristo, a la Santísima Virgen y a las virtudes cristianas. Lo hacía naturalmente, sin sermonear o adoptar un tono pío. Podía pasar fácilmente de la conversación sobre sucesos de actualidad a los temas religiosos, porque su diálogo con Cristo, con su Madre, los ángeles era profundo, personal, real, cotidiano. Como consecuencia del trato con los estudiantes y de su oración por ellos, algunos pidieron a Escrivá que fuera su confesor o director espiritual.

En noviembre de 1927, gracias a sus ingresos provenientes del Patronato de Enfermos, la Academia Cicuéndez y las clases particulares, Escrivá pudó alquilar un pequeño piso para él y su familia en la calle Fernando el Católico. Esta sería la tercera vez en quince años que los Escrivá hicieron las maletas para empezar una nueva vida en una ciudad extraña. Aunque se trataba de una experiencia dolorosa para los suyos, Escrivá no tenía otra alternativa: no podía permanecer en Zaragoza ni alquilar dos casas, incluso si él o su familia hubieran querido vivir separados.

Escrivá veía las desgracias de su familia como parte del plan de Dios para purificarle, fortalecerle y prepararle para una misión aún desconocida. “Señor”, rogaba, “yo no soy un instrumento apto, pero, para que lo sea, siempre haces sufrir a las personas que más quiero: das un golpe en el clavo y cien en la herradura!”53.

Más tarde, echando la vista atrás a los años que precedieron a la fundación del Opus Dei, Escrivá los describió con diferentes metáforas, pero siempre como un periodo de preparación. En una ocasión, dijo: “Dios Nuestro Señor, de aquella pobre criatura que no se dejaba trabajar, quería hacer la primera piedra de esta nueva arca de la alianza, a la que vendrían gentes de muchas naciones, de muchas razas, de todas las lenguas (...). Era preciso triturarme, como se machaca el trigo para preparar la harina y poder elaborar el pan; por eso el Señor me daba en lo que más quería... ¡Gracias, Señor! (...). Eran hachazos que Dios Nuestro Señor daba, para preparar -de ese árbol- la viga que iba a servir, a pesar de ella misma, para hacer su Obra. Yo, casi sin darme cuenta, repetía: Domine, ut videam! Domine, ut sit! No sabía lo que era, pero seguía adelante, adelante, sin corresponder a la bondad de Dios, pero esperando lo que más tarde habría de recibir: una colección de gracias, una detrás de otra, que no sabía cómo calificar y que llamaba operativas, porque de tal manera dominaban mi voluntad que casi no tenía que hacer esfuerzo. Adelante, sin cosas raras, trabajando sólo con mediana intensidad”54.

 


 

El período de preparación terminó con la fundación del Opus Dei el 2 de octubre de 1928. Desde entonces Escrivá supo lo que Dios le pedía y dedicó su vida a realizarlo. El resto de este libro cuenta la historia de esos esfuerzos.

Introducción. Opus Dei
La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)
Los primeros años (1902-1925)
Años de preparación (1925-1928)
Los primeros pasos (1928-1930)
El ambiente se torna hostil (1931)
Nuevas luces (1931)
Intentos de abrir camino (1931-32)
Poner los cimientos (1933)
El primer centro (1933-1934)
Obstáculos y crecimiento (1934-1935)
Planes de expansión (1935-36)
Los comienzos de la Guerra Civil (julio de 1936 — marzo de 1937)
Huida en el Madrid revolucionario (julio 1936 - marzo 1937)
Las últimas etapas de la Guerra Civil (marzo 1937—abril 1939)
En la Legación de Honduras (marzo - octubre 1937)
El paso de los Pirineos (octubre-diciembre 1937)
La época de Burgos (diciembre 1937 - octubre 1938)
En Madrid y en Burgos (octubre 1937-marzo 1939)
España en una Europa en Guerra (1939 - 1945)
Reconstrucción y expansión en Madrid (1939 - 1940)
Expansión fuera de Madrid (1939-1942)
Vuelve a empezar la labor con las mujeres (1939-1943)
Oposición y nuevo desarrollo (1940-1943)
Epílogo