Unos últimos recuerdos

 

Índice del capítulo: Epílogo

Tengo que interrumpir esta serie de recuerdos. Quedan muchas páginas sin escribir. Podría hacer referencia a las diversas visitas a Tajamar que han hecho Álvaro del Portillo y Javier Echevarría. De la carrera de relevos de 500 kilómetros que desde hace unos años organizamos a comienzos de curso desde Tajamar hasta Torreciudad, y que es una romería a la Virgen especialmente emotiva para mí y para todos los entusiastas del deporte que participamos en ella. Y tantos y tantos recuerdos.

Llevo ya más de cuarenta años en el Opus Dei y tengo que decir que han sido más de cuarenta años de felicidad, aunque en la vida haya tenido los lógicos y naturales momentos de dolor, como todo el mundo. Además, cuando el sufrimiento se padece por amor de Dios no es tal sufrimiento, igual que cuando una madre trae al mundo a un hijo: el dolor no tiene importancia porque es más grande el amor que siente por su criatura. Cuando salen bien las cosas, das gracias a Dios; y cuando salen mal, también das gracias. Pienso que ése es el secreto, ver detrás de cada cosa la mano de Dios.

Con frecuencia pienso en tantas cosas buenas que me han sucedido en todos estos años de mi vida en el Opus Dei. Pienso en cómo Dios pone en nuestro camino a tantas personas a las que podemos ayudar, y cómo resulta después que somos nosotros los que más aprendemos de ellas, los que más beneficiados salimos cuando procuramos ayudarlas.

Cuando miro hacia atrás veo un camino largo en el que ha habido muchas fatigas, pero también muchas alegrías. Entre otras, la de haber visto a Tajamar nacer, crecer y cobijar, en sus estudios y en el deporte, a unas cuantas generaciones.

Todo comenzó sin apenas medios humanos: éramos pocos, con poca experiencia y sin un duro. Pero Dios lo ha resuelto todo mucho mejor y mucho antes de lo que esperábamos. Se ha cumplido aquello que tantas veces habíamos oído al Padre: «...te quejabas, al verte de nuevo solo y sin medios humanos. —Pero inmediatamente el Señor puso en tu alma la seguridad de que El lo resolvería. Y le dijiste: ¡Tú lo arreglarás! —Efectivamente, el Señor dispuso todo antes, más y mejor de lo que tú esperabas.»

No puedo acabar estas páginas sin agradecer a Dios la vocación que me ha dado. Y agradecer que se haya hecho realidad en la vida de tantas personas aquello que Josemaría Escrivá repetía a los primeros que se acercaron a él para sacar adelante el Opus Dei, cuando les aseguraba que, si eran fieles a la llamada divina, su vida se convertiría en una aventura maravillosa...

—Soñad, soñad y os quedaréis cortos —les decía.

El Fundador del Opus Dei veía con ojos de fe. Ver con ojos de fe significa creer lo que no vemos, pero que también ver lo que otros no ven. Por eso el Padre asumió con audacia tantos desafíos que a los ojos de muchos parecían una locura.

El Opus Dei es todavía muy joven y la labor que nos espera es enorme, un mar sin orillas, puesto que, mientras haya hombres en la tierra, por mucho que cambien las cosas, queda mucho por hacer. Siempre que en mi vida echo la vista atrás, me vienen con fuerza a la memoria esas palabras del Padre: «Soñad y os quedaréis cortos». Y su seguridad de que «tus sueños y deseos se convertirán en realidad: ¡antes, más y mejor!». Sobre todo, porque no han tenido que pasar muchos años para que aquellos sueños que teníamos en la cabeza cuando le escuchábamos, se hayan quedado —efectivamente— muy cortos. Ha sido Dios quien lo ha hecho. Ha superado nuestros sueños más optimistas.

Y lo ha hecho antes, más y mejor.