La muerte de mi padre

Índice del capítulo: Epílogo

No quiero concluir estos recuerdos, que ya van llegando a su fin, sin referirme a algo tan íntimo para mi como fue la muerte de mi padre.

En 1975 hice escala en Roma a mi regreso de un viaje a Grecia. En el trayecto hasta Madrid, coincidí en el avión con Javier Echevarría —que ahora es el Prelado del Opus Dei— y nos sentamos juntos. En un momento de aquella larga conversación, me acuerdo que le comenté:

—Don Javier, llevo muchos años rezando y resulta que no he conseguido que mi padre se acerque a Dios.

—No te preocupes, Lázaro, que el Señor escuchará tu oración.

Pasó el tiempo. El 22 de agosto de 1982 me encontraba en Torreciudad, pasando unos días en una de las casas de convivencias que hay junto al santuario.

Mi padre estaba en casa, paralítico a causa de una tromboflebitis que padeció diez años antes y por la que tuvieron que cortarle una pierna. Por lo demás, se encontraba bien de salud. Hacía un año que le había regalado un rosario y él lo solía llevar en una chaquetilla que usaba en casa. Le había animado varias veces a que se confesara, pero siempre me decía que no estaba preparado.

—Pues por lo menos, papá, podrías leer este folleto —le sugerí un día.

Y le di uno que se titulaba Cómo confesarse bien. A él no le gustaba nada leer, pero, para mi asombro, lo tomó, se lo leyó y ¡se confesó!

Ese día de 1982 en Torreciudad, a las doce de la mañana recé el Angelus en el Santuario y, no sé por qué, pensé en mi padre. Le dije a la Virgen:

—Madre, cuando tú quieras, te llevas a mi padre, pero, por favor, que muera en gracia de Dios, que se salve.

Yo no sé, pero experimenté algo muy fuerte en mi interior, como si me dijese:

—Pues me lo llevo ya.

Sentí tal inquietud que llamé a casa.

—¿Cómo se encuentra papá? —pregunto a mi madre.

—Bien, se sentía peor esta mañana, pero ya está bastante bien.

—Dile a papá que estoy rezando mucho por él y que se acuerde de mí, que lo necesito.

Yo seguía intranquilo, por eso después de almorzar volví a llamar otra vez.

—Está bien. Se ha tomado una cerveza y está ahí sentado, tan tranquilo. ¿Por qué llamas tanto?

—No sé. Estoy aquí tan bien que no puedo dejar de acordarme de él...

A la mañana siguiente, cuando iba a asistir a Misa, sentí en mi interior que mi padre ya se había muerto. Un rato después, mientras desayunaba, me llaman por teléfono.

—Lázaro...

Tomé el coche para Madrid con la convicción de que mi padre se había salvado.