Viajes por Europa

 

Indice del capítulo: En la federación de Atletismo

En mayo de 1994 me trasladé a Chipre para asistir a una competición deportiva internacional.

Ese año había sido muy especial para mí. Mi madre enfermó en el mes de marzo. La llevé al hospital porque tenía una anemia muy fuerte. No era la primera vez que caía enferma. Anteriormente había pasado una neumonía bastante grave. Los médicos me dijeron que estaba entre la vida y la muerte. En vista del peligro, le hablé a mi madre sobre la importancia de aceptar la voluntad de Dios, y le pedí que lo ofreciese por el Opus Dei, para que fuésemos muy santos.

—Hijo mío, eso lo vengo haciendo desde siempre.

Salió de aquello, pero poco después los médicos dijeron que la causa de la anemia era un cáncer de estómago y que la situación era bastante grave.

—¿Y si se opera? —pregunté.

—La posibilidad de que eso resuelva algo es remota. Muy probablemente se hayan producido ya metástasis por todo el cuerpo.

Fueron días duros. Decidí dejarlo todo en manos de la Virgen y acudí varios días seguidos con mucha fe a hacer una romería a una ermita de la Virgen, pidiendo la curación de mi madre. Durante la quinta visita, tuve el convencimiento, no sé bien por qué, de que había sido escuchado y que mi madre se iba a salvar. Y así fue: la operación salió perfectamente y no encontraron metástasis.

Mi alegría y la de mis hermanos fue tan grande que celebramos una fiesta familiar. Todos la queremos muchísimo, porque nunca ha vivido para ella sino para sus hijos, con una preocupación enorme por cada uno. Se sentía muy feliz, emocionada en medio de todos nosotros, cuarenta ya de familia. Mis seis hermanos estaban todos casados, con familias bien estupendas y matrimonios felices.

Mi madre, como ya he dicho, vivía conmigo. En aquellas fechas empezaba la temporada anual de mis viajes al extranjero, pero como estaba aún convaleciente, no era aconsejable que se quedara sola. En ese mayo de 1994 tenía una competición internacional en Chipre, por eso mi madre pasó esos días con una de mis hermanas.

El encuentro deportivo se celebraba en Larnaka, una ciudad cercana a la frontera de la zona turca. Nos alojábamos en un hotel a siete kilómetros de la ciudad. Llegamos un sábado. Me dirigí a Larnaka con unos cuantos atletas para asistir a Misa. Era la única iglesia católica de la ciudad y me agradó comprobar que, aunque el país era de mayoría ortodoxa, asistía mucha gente.

Los días siguientes acudí también, aunque esas veces iba yo solo. Mi aspecto extranjero debía llamar un poco la atención, porque al acabar la Misa el sacerdote se acercó hasta donde yo estaba y me preguntó en inglés de dónde era.

Nos contamos brevemente quiénes éramos cada uno. Así supo que yo era un entrenador de atletismo que asistía a una competición internacional en su país y yo me enteré de su condición de franciscano misionero, que residía en Chipre desde hacía unos quince años. Después me preguntó:

—¿Cómo viene usted hasta aquí?

—Vengo y vuelvo en taxi desde el hotel. Es la única manera posible.

—Eso le supondrá un gasto...

—Mire, no sé bien cómo explicarle. Unos se gastan las dietas en cerveza, otros en comprar regalos y recuerdos, y algunos en otras cosas que es mejor no decir. En este viaje, yo me estoy gastando casi todas las dietas en venir a saludar al Señor y estar aquí un buen rato. ¿Qué quiere usted que le diga? Para mí esto es importante.

—¿Y hace usted esto en todos los viajes?

—En cada país, lo primero que hago es buscar una iglesia, para así organizarme. Por supuesto, cumpliendo con mi deber profesional por encima de todo, no se vaya usted a creer: lo cortés no quita lo valiente. Pero se pueden hacer bien las dos cosas.

Le intenté explicar cómo entiendo que debe ser la vida de una persona que se esfuerza por santificar su trabajo y sus ocupaciones ordinarias. Al final me dijo:

—No sabe lo que le agradezco todo lo que me está usted contando.

Charlamos un rato más, y al final me comentó que probablemente pasaría por España unos meses después. Le di mi teléfono:

—Me parece muy buena idea. Si viene usted por Madrid, nos encontraremos.

Y así fue.

 

Los viajes que, sobre todo en verano, me confiaba la Federación de Atletismo, me sirvieron para conocer muchos países, tratar con muchos atletas y pasar por situaciones muy diversas, algunas con cierta dosis de aventura.

En una ocasión, llegué a Checoslovaquia, procedente de Holanda. Llevaba un buen número de libros sobre Dios y la fe católica, que pensaba hacer llegar a unos amigos checos que me los habían pedido. No era mi primer viaje a ese país y tenía allí muy buenas amistades. La policía —en pleno rigor comunista de entonces— estaba registrando con minuciosidad todas las maletas. Me vi muy apurado porque en aquella época este tipo de libros estaban considerados como el peor contrabando. Me encomendé rápidamente a mi Ángel Custodio:

—¡Si me has hecho traer todo esto hasta aquí, a ver qué haces ahora!

Llegó mi turno y enseñé el pasaporte. El policía me miró sonriente:

—¿Trae algo?

—A little.

—Pase...

Fui el único al que no registraron. El amigo checo que me esperaba —Josef Buriakne— se quedó asombrado cuando se le conté.

—Los Ángeles Custodios son muy eficaces —le contesté.

Josef me dijo:

—Hay dos días que no olvidaré, el día que me casé y hoy.

Pero este comentario merece un capítulo aparte.