Nuevas visitas del Padre a Tajamar

 

Indice del capítulo: El fundador del Opus Dei en Tajamar

El 12 de octubre de 1968 volvió el Padre a Tajamar. Consagró el altar de la cripta del colegio. Después, en el salón de actos, hubo un encuentro con unas mil quinientas personas.

Fue una visita rápida, muy distinta de la que realizó después, en 1972, en la que el Padre, movido por la necesidad de hablar de Dios a mucha gente, estuvo dos meses de catequesis por España y Portugal y pudieron escucharle en directo decenas de miles de personas. Fue una auténtica maratón sobrenatural —por emplear una expresión de mi especialidad—, que continuaría después por América y que ya sólo interrumpiría su fallecimiento en 1975.

Son años difíciles para la Iglesia. El Padre quiere salir al encuentro de muchas personas para hablarles de fe, esperanza y amor, para insistir en su mensaje de cariño a la Iglesia y a los Sacramentos. Transcribo las palabras de aquel encuentro:

—Padre, ¿usted es pesimista? —se pregunta a sí mismo en el primero de aquellos encuentros en Tajamar, el día 15 de octubre de 1972—. No, soy optimista. Primero, porque Dios me hizo optimista. Después, porque el espíritu del Opus Dei está lleno de optimismo. Y luego, porque rezamos mucho y Dios nos escucha: dice que, donde haya dos o tres reunidos en su nombre, allí está Él en medio de ellos. Aquí está Dios, en medio de nosotros, porque vuestras preguntas llenas de sentido cristiano y mis pobres respuestas, que son sacerdotales, delante de Dios son oración.

En Madrid, los encuentros más numerosos de aquel mes de octubre de 1972 se celebran en Tajamar. Empieza el Padre con un:

—Atreveos a preguntar las cosas más impertinentes. ¡Venga!

Surgen las primeras preguntas. A veces, intervienen tres o cuatro personas al mismo tiempo.

—Padre, ¿por qué ha insistido tanto últimamente en confesarse con frecuencia?

—Hijos míos, mirad. Si consideramos las cosas despacio, veremos que un Dios Creador es admirable; un Dios, que viene hasta la Cruz para redimirnos, es una maravilla; ¡pero un Dios que perdona, un Dios que nos purifica, que nos limpia, es algo espléndido! ¿Cabe algo más paternal? ¿Vosotros guardáis rencor a vuestros hijos? ¿Verdad que no? Así Dios Nuestro Señor, en cuanto le pedimos perdón, nos perdona del todo. ¡Es estupendo!

Comenta cómo el Sacramento de la Reconciliación está también para fortalecernos, para darnos impulso, de modo que podamos caminar por las sendas del bien en la tierra. Habla luego de paz y lucha interior:

—Hemos de buscar la paz, primero, en nuestros corazones. (...) Para tener la paz en nuestros corazones, hemos de vencer en nuestra lucha interior. Porque todos hemos nacido así: proni ad peccatum, inclinados al pecado. Si no luchamos, caeremos y llevaremos una vida desgraciada. Seremos siempre derrotados, tendremos mentalidad de vencidos, con un criterio que no será recto, y además nos sentiremos continuamente desgraciados. (...) No hay más remedio que luchar, hijos míos, hasta última hora. ¿Qué sería de nosotros, si no supiéramos que hay en el fondo de nuestro corazón esas miserias, que nos hacen capaces de todos los errores y de todos los horrores? A mí me dan tanta compasión las personas que se comportan mal, porque sé que me puedo portar peor que ellos, si no lucho.

En uno de esos encuentros, en el rellano de subida al estrado, le dijeron:

—Padre, éste es Lázaro Linares, el de las pesas.

Le debí dar un abrazo muy fuerte, porque el Padre me dijo, riendo:

—¡No me aprietes mucho, que me espachurras!