Primero el hombre, luego el atleta

 

Índice del capítulo: La Escuela deportiva

Vuelvo a la Escuela Deportiva, que seguía cosechando éxitos. El deporte nunca se consideró un mero pasatiempo, sino una actividad con una gran dimensión educativa. Teníamos todas las modalidades, hasta la de campo a través. El equipo de atletismo ha sido siempre muy querido y admirado por su cantera, que era sobre todo el propio Tajamar.

A pesar de que siempre hemos tenido poco recursos económicos, el club ha conseguido lo que ningún otro, ser diez veces campeón de España en categoría Junior y mantenerse siempre en la 1ª División. En 1982, consiguió para Tajamar el Premio Nacional del Deporte, que se concede al centro que más se ha distinguido por su labor de promoción deportiva. Tajamar fue premiado también por su tarea de interés social, con un alto distintivo civil: la Corbata de la Orden Alfonso X el Sabio. Luego nos recibió el Rey. Me compré un traje oscuro para la ocasión, yo que siempre suelo ir de sport. Al darme la mano, el Rey me dijo:

—Yo te conozco, ¿no? ¿Nos hemos visto en alguna prueba deportiva?

Debió de confundirme con otro. Le dije que no, con este comentario:

—Yo a usted sí le conozco muy bien, aunque sólo sea de verlo en los sellos.

Se echó a reír, con ganas.

Sería muy largo contar con detalle todos los éxitos deportivos. Citaré sólo algunos. Tajamar ha conseguido medallas de oro Junior, como la de Fernando Cerrada en los 5.000 metros en Duisburg; también fue Medalla de Oro absoluto en los Juegos del Mediterráneo en Argel, Antonino Baños, de Maratón. En cuanto a la Escuela de lanzamiento de martillo, han salido decenas que han pasado de los 60 metros. Ha habido muchos campeones juniors. Francisco Fuentes ha sido siete años campeón de España absoluto en martillo, además de serlo tres años junior. Juan Carlos Álvarez, campeón absoluto de España de martillo. Jesús Ángel García Bragado quedó en Stuttgart campeón del mundo en 50 kilómetros marcha. Son atletas internacionales que han salido de Tajamar.

Llevo treinta años como director técnico del equipo de atletismo y es un lugar privilegiado para conocer y reconocer atletas. Y no me he dedicado nunca a los que venían sólo porque querían hacer músculo y ponerse el cuerpo bonito, sino a los que de verdad deseaban prepararse para un deporte.

Suelo decir que lo primero es el hombre y luego el atleta. Procuro hablarles siempre claro y ayudarles en todo lo que puedo. Por ejemplo, una regla es: primero, el estudio; luego, el deporte. La experiencia de todos estos años es que quien ha sido buen estudiante, ha salido adelante; quien no ha sido constante en el estudio, tampoco lo ha sido luego en el deporte, porque sin constancia no hay deportista.

Ha pasado mucha gente por la Escuela Deportiva. La mayoría son ahora profesionales de la Educación Física, profesores de Instituto que se han ganado la plaza por oposición o entrenadores en distintos clubes deportivos. Por ejemplo, Paco Martínez Lucía, responsable de la pértiga en Madrid; Francisco Villa, subcampeón de España de maratón, profesor de Educación Física y entrenador de la Federación de Atletismo para la zona centro; y tantos otros.

Siempre he intentado ser amigo de todos. He procurado vivir, en medio de mis fallos, lo que el Fundador del Opus Dei nos recomendaba: que no hubiera ninguna persona que excluyéramos de nuestra amistad, que nadie se acercara a nosotros y se marchara de vacío: que todos se sintieran queridos, comprendidos, tratados con afecto. Eso es lo que he intentado —aunque no sé si lo habré logrado— hacer siempre.

He procurado —por ejemplo— no juzgarles nunca. Pienso que las miserias y los errores de los hombres se deben en gran parte a que han recibido una formación deficiente y sus fallos han de ser un estímulo para procurar ayudarles. Por eso no me gusta hablar de gente mala y gente buena, ni dividir a los hombres en buenos y malos, porque en esos casos —como dejó escrito el Padre—, «aunque sus errores sean culpables y su perseverancia en el mal sea consciente, hay en el fondo de esas almas desgraciadas una ignorancia profunda, que sólo Dios podrá medir» .

Incluso cuando hay que corregir —y a veces hay que hacerlo—, no debe faltar la comprensión. Intento esforzarme en eso, que no siempre resulta fácil. Porque cada uno, antes de corregir a los demás, debe mirar en uno mismo; así ve lo que cuestan las cosas. Me alegró leer estas palabras del Padre: «cuando nos vemos capaces de todos los errores y de todos los horrores; cuando nos sabemos pecadores aunque peleemos con empeño para apartarnos de tantas infidelidades, ¿cómo vamos a pensar mal de los demás?, ¿cómo se podrá alimentar en el corazón el fanatismo, la intolerancia, la altanería? La humildad nos lleva como de la mano a esa forma de tratar al prójimo, que es la mejor: la de comprender a todos, convivir con todos, disculpar a todos; no crear divisiones ni barreras; comportarse —¡siempre!— como instrumentos de unidad» .

Tengo la impresión de que los profesores de educación física tienen un especial ascendiente sobre los alumnos jóvenes. Por eso tenemos una mayor responsabilidad de estar a la altura del modelo que esperan de nosotros, porque enseguida compruebas que te imitan en muchas cosas. Por ejemplo, en el orden y el cuidado de los detalles. Siempre les digo que uno se dignifica, no se rebaja, haciendo personalmente pequeños detalles de servicio a los demás. Más de una vez, dando un paseo con un alumno, he recogido un papel del suelo y lo he echado a la papelera sin decir nada. Con el tiempo, el propio alumno se adelanta a recogerlo, aunque nadie le vea.

Son detalles pequeños, pero que tienen importancia. Es una faceta más de formación del atleta, que le hace mejorar en lo humano. Alguna vez me lo han comentado en la Federación de Atletismo. Sinceramente, me alegra mucho que sea eso lo que más se note.