Campeón de halterofilia

 

Índice del capítulo: La Escuela deportiva

En ese tiempo, como he dicho, me dediqué con entusiasmo a la halterofilia. Tuve la suerte de quedar campeón de España de levantamiento de pesos en unos campeonatos celebrados en Gijón. En el campeonato de San Sebastián quedé segundo. Luego gané el campeonato de clubes. Y en una ocasión, en que me presentaba como favorito, tuve una indisposición por el camino y quedé el último. Entrenaba mucho y se me daba bien la especialidad, por lo que conseguí la mínima para la Olimpiada de Tokio, que se iba a celebrar en 1964.

Pipe Areta, un gran atleta, de mucha categoría, campeón español de triple salto y que fue récord de España durante bastante tiempo, vino a Tajamar por esas fechas. Pasó un rato de tertulia con los chicos de Requena, que, lógicamente, le observaban con gran admiración. Además Pipe, al ser del Opus Dei, conectaba con nuestro ideal cristiano en la educación. Me gastaba bromas, y me decía que la próxima vez nos veríamos en Tokio.

Y efectivamente él fue, pero yo no. Una lesión de abductores, al hacer una cargada cuando estaba calentando, me tuvo mucho tiempo fuera de combate y se frustraron de golpe todas mis aspiraciones a la Olimpiada. Fue una lección muy buena, porque aprendí a comprender a los atletas lesionados, a los que se les ha truncado una ilusión deportiva que esperaban con gran entusiasmo. Fue un momento duro, que pude pasar sin mucho quebranto pensando que si estas cosas las permite Dios es porque son lo mejor que te puede suceder en ese momento, aunque no sepas bien por qué. Y lo olvidé pronto. Pero comprendo que quien sólo piense en ese fin y tenga ese triunfo como la principal finalidad en su vida, sin otro recurso al que agarrarse, se le haga todo muy cuesta arriba cuando ve derrumbarse el sueño por el que había trabajado tanto.

En 1965, al año siguiente de la Olimpiada de Tokio, abandoné la halterofilia. Estaba metido de lleno en mi trabajo como entrenador, tenía a mucha gente a mi cargo y no podía llevar bien las dos cosas. Desde entonces, practiqué el deporte como aficionado y nunca más en competición.

Además, me dediqué a realizar los cursos de entrenador de atletismo para conseguir la titulación oficial y mayores conocimientos teóricos que añadir a la experiencia y la práctica. Hice el primer curso de monitores, y al final el director de la Escuela de Entrenadores me dijo:

—Mire usted, ha hecho el curso muy bien, pero no le puedo aprobar porque lo ha empezado usted dos horas más tarde que los demás.

Me pareció una exageración, digámoslo así. Me aguanté, no me desilusioné y al año siguiente lo saqué perfectamente. Cuando acabé el tercer curso, el último, me propusieron que hiciese el Curso de Entrenadores Diplomados, para el que hacía falta presentar una tesina y entrenar atletas con marcas nacionales e internacionales. Lo pude hacer porque tenía corredores de bastante nivel: Fernando Cerrada, Manolo Alcudia —ambos alumnos de Tajamar— y José Luis Serrano, corredores de fondo. Santiago Llorente, también un atleta de categoría. En martillo, Juan Carlos Álvarez, récord absoluto de España. Y Francisco Fuentes, campeón nacional varios años, hasta que lo dejó; luego volvió, y en 1995 fue otra vez campeón.

Aprobé el curso y actualmente soy entrenador diplomado de atletismo. Como no se han hecho más cursos de ese tipo, somos seis los que quedamos en España y esta categoría desaparecerá con nosotros.