Octubre del 66

 

Indice del capítulo: Tajamar que crece

Estamos en octubre de 1966. El despacho parroquial junto a Tajamar atiende asuntos diarios: inscripciones para la catequesis y la Primera Comunión, bodas, bautizos, etc. Las madres hablan de sus hijos:

—Mire usted, mi hijo aún no tiene la edad para hacer la Primera Comunión. Pero es un chico listísimo, ¿sabe usted? Con decirle que el otro día...

Sin embargo, a veces hay asuntos más extraordinarios. Ese día por la tarde un grupo de mujeres llegan llorando muy nerviosas:

—¡Los guardias están derribando nuestras chabolas!

Seis familias que se quedaban sin hogar. Don Rodrigo salió enseguida y se presentó ante el teniente que, con unos cuantos guardias más, protegía a los obreros que realizaban la demolición:

—Pero ¿qué hacen ustedes? —preguntó don Rodrigo.

—¿Cree usted que esto es un plato de gusto? —respondió el teniente. ¡Órdenes son órdenes! —y le enseñó el documento en el que se le ordenaba derribar aquellas chabolas.

Al momento Bernardo y don Rodrigo fueron a la Dirección General de la Vivienda, el organismo de donde procedía aquella orden de derribo. De camino hacia el Ministerio, visitaron varios periódicos. Pasaron el día entero haciendo gestiones, pero no encontraban un sitio donde alojar a las seis familias que se quedaban sin hogar si tiraban sus casas —es un decir— sin darles una solución. Consiguieron, eso sí, con ayuda de la prensa de la mañana siguiente, detener el derribo, pero... ¿qué hacer esa noche con los que estaban en la calle, sin techo donde cobijarse?

Llegaba la noche y aquellas gentes seguían a la intemperie, con sus pocos enseres. Una mujer estaba a punto de dar a luz; una familia tenía una hija bastante enferma... Les dijeron que llevaran los colchones y las ropas a las aulas de Tajamar y que pasaran la noche allí. Mientras, no hubo más remedio que reconstruir de inmediato las chabolas derribadas, porque las clases en esas aulas tenían que continuar a la mañana siguiente.

A esas horas, todavía estaban en Tajamar los alumnos del Bachillerato nocturno. Don Rodrigo pasó por las clases pidiendo voluntarios: todos levantaron el brazo. Don José Luis fue por los bares de El Cerro, pidiendo también ayuda a los que estaban allí, apurando los últimos ratos del día.

Y comenzaron a trabajar: los hombres, colocando tablones, ladrillos y uralitas, y las mujeres sin parar de traer tazones de café para que aguantasen el trasnoche. Don José Luis Saura resultó ser bastante diestro con la paleta y levantó una pared tan bien como el albañil de oficio que tenía a su lado, que no dejaba de mirar hasta que dijo:

—Si no lo veo, no lo creo. ¿Dónde ha aprendido usted el oficio?

A las dos de la mañana habían construido tres viviendas. Alguno sugirió a Pepe, uno de los que colaboraba, que ya podía irse a su casa, porque era muy tarde y no faltaba mucho para terminar. Pepe se negó:

—Total, una hora más y acabamos las seis.

El incidente de las chabolas no pasó inadvertido y tuvo gran eco en la prensa madrileña. Estaba en su apogeo el problema del chabolismo. Precisamente, a principios de ese mismo año 1966, don José Luis había hecho varios intentos para que se creara una cooperativa que resolviera el grave problema de vivienda de la zona. Convocó a algunos vecinos del barrio en un aula que les prestó Tajamar y les dijo:

—La cosa es difícil. No tenemos medios, pero hay que intentar algo. No perdemos nada. Si lo logramos, estupendo. Y si no lo conseguimos, tendremos la tranquilidad, por lo menos, de haber hecho todo lo que estaba de nuestra parte.

Don José Luis había intentado ponerse en contacto con el Director General de la Vivienda, para hablarle de la Cooperativa y de unos terrenos del Ministerio que estaban en el mismo Cerro, pero las gestiones no dieron resultado.

Tuvo que ser precisamente el eco de las informaciones de prensa sobre el incidente lo que moviera al Director General de la Vivienda a citarle en su despacho. A este señor le parecía que se estaba tratando el asunto de las chabolas del barrio de forma demagógica. Don José Luis le repuso:

—Si usted derriba las chabolas y no puede darles casa, recójalos a todos y devuélvalos a sus pueblos, donde sí que tienen casas.

—Eso no entra en mis atribuciones.

—Entonces, puede impedir que se construyan más chabolas, pero no debe usted ordenar destruir las que hay, dejando a esas personas en la calle. No se puede extrañar de que les ayudemos. Yo me alegro de poder hablar con usted, porque en el barrio queremos que se promueva una cooperativa para hacer unas viviendas dignas.

Las relaciones quedaron abiertas y aquel director general acabó visitando El Cerro. Conoció Tajamar y el barracón donde estaba provisionalmente la parroquia. Don José Luis le hizo ver la miseria que había en el barrio. Aquello debió surtir efecto, porque al final preguntó:

—¿Y cuáles son los terrenos que ustedes decían?

Don José Luis le mostró el lugar.

—¡Pero si son muy buenos!

—¡Precisamente por eso los queremos! ¡Porque son muy buenos!

Aquel hombre no comentó nada más. Regresaron a Tajamar y allí le dijo a don José Luis:

—Le prometo aquí, delante de estos señores, que si puedo, y voy a hacer todo lo posible para que sea así, esos terrenos serán para su cooperativa.

En una reunión posterior, dijo que el Ministerio no podía vender esos terrenos, porque no había compradores con solvencia, pero que si lograban que la "Cooperativa Jesús Divino Obrero", de Álvarez Abellán, que era conocida por su experiencia en ese tipo de proyectos, se hiciera cargo de la construcción, entonces se podría conseguir la aprobación. Alvarez Abellán era un hombre honrado y competente, que construía bien y a buen precio.

Y así nació, después de aprobar los estatutos el 26 de julio de 1967, la "Cooperativa Nuestra Señora del Cerro". Una iniciativa que, aunque ya tenía nombre, no dejaba de ser una pequeña aventura, porque aquellas familias no tenían posibilidades económicas de ningún tipo. Don José Luis estuvo muy activo. Procuró responsabilizar y alentar a sus feligreses a trabajar por su cuenta y a ejercer sus derechos en todos los recovecos de las oficinas de la Administración pública. Les animaba a superarse ante los obstáculos que surgían, que no eran pocos.

En la labor de la Cooperativa, merece una mención especial don Manuel Serrano, un coronel jubilado que había conocido a don José Luis cuando éste hizo el servicio militar en Aviación. Al jubilarse, sabiendo que su antiguo soldado estaba en El Cerro de Pío Felipe y, sobre todo, sabiendo qué es lo que hacía allí, se presentó un buen día y se ofreció a ayudarles. Gracias a su trabajo incesante, consiguió que todos los cooperativistas obtuviesen el dinero que les correspondía de sus respectivos Montepíos laborales para construir las viviendas.

En El Cerro sólo había una fuente, con un chorrito que requería armarse de paciencia para llenar un cubo de agua. También se logró que el Ayuntamiento pusiera varias fuentes y alcantarillado. Hasta entonces toda la porquería corría por un regato que estaba en el centro de las calles. Y después se consiguió agua corriente.

Por fin, en 1970, comenzaron las obras. Se construyeron 1.189 viviendas, que se adjudicaron a los que vivían en las cuevas, en las chabolas y en las casas bajas. La primera entrega, de 391 viviendas, se efectuó en julio de 1974; y los últimos 180 pisos se entregaron en octubre de 1975.

Apareció una nueva barriada, limpia y ordenada, en uno de cuyos extremos se elevó más tarde el nuevo templo de la parroquia de San Alberto Magno, inaugurado en noviembre de 1979, y que se alza enfrente de Tajamar.