En un barracón encalado

 

Indice del capítulo: Tajamar que crece

Pronto comenzó también cerca de Tajamar un centro femenino, llamado El Vado, donde algunas mujeres del Opus Dei empezaron a atender no sólo a madres de alumnos sino a todo tipo de personas de Vallecas. Y más adelante, en 1967, nació, a sólo unos centenares de metros, en Moratalaz, un colegio de parecidas características a Tajamar, pero femenino, llamado Senara.

Otro acontecimiento imponente para todo el barrio fue el comienzo de la parroquia de San Alberto Magno. La erigió el Arzobispo de Madrid, don Casimiro Morcillo, el 30 noviembre de 1965 y encomendó su dirección a sacerdotes del Opus Dei.

Su sede provisional fue durante años un barracón encalado, de techo de uralita, como el de las casas de la zona. En un extremo había altar de madera sobre el que estaba el sagrario, un crucifijo, los candeleros y unas flores frescas. En la pared, como retablo, un cuadro de la Virgen. En la pequeña nave, muy limpia, unos cuantos bancos y unas sillas plegables. Todos los días se celebraba la Santa Misa, por la mañana y por la tarde. Yo solía acudir con frecuencia: se rezaba a gusto allí, en esa iglesia en la que el Señor esperaba a las gentes del barrio.

Don José Luis Saura, el párroco, era un sacerdote de unos treinta y cinco años, alto, que se hizo bastante popular. Cuando llegó, la parroquia tenía pocos feligreses. Pero a base de acudir adonde estaba la gente, también a esos bares de El Cerro que estaban instalados en las mismas viviendas, acabó haciéndose amigo de todos. El "miedo al cura" fue desapareciendo. Era fácil verle en casa de uno o de otro, muchas tardes de domingo, charlando un rato con familias enteras, familias que en muchos casos se habían distinguido por su anticlericalismo.

Había un chico de unos dieciséis o diecisiete años que decía que él no creía en los curas. No pasó mucho tiempo cuando, un buen día, en plena calle, don José Luis oyó que alguien le gritaba desde lejos:

—¡Cura, cura... venga!

Don José Luis se volvió, y al ver quien era, le dijo:

—¡Ven tú, que tienes bici!

El muchacho se acercó y le dijo:

—Era para que viniera usted a comer a mi casa.

—Pero hombre —le dijo con tono divertido—, ¿cómo voy a ir a tu casa si tú no quieres a los curas?

—No, mire. Yo quiero que venga porque usted trabaja. Lo que yo no admito en mi casa es uno que no trabaje. ¡Hala, véngase, que queremos que coma con nosotros!

Acudían al barracón que servía de parroquia muchas madres para apuntar a sus hijos a la preparación de la Primera Comunión. Don José Luis les aconsejaba a las que sabían leer que repasaran el catecismo con sus hijos en casa. Un día en que estaba yo con él, escuché cómo se lo decía a una madre. No debía ser la primera vez, porque la mujer se volvió hacia su hijo y le dijo:

—Ya has oído a don José Luis, que te tengo que tomar todos los días la lección. Así que luego no me vengas con que tienes que ir a jugar al fútbol.

Y volviéndose hacia otra amiga le dijo, en voz más baja:

—¡Pues vaya con el señor cura! Ahora resulta que las que estamos aprendiendo el catecismo somos nosotras.

Otro personaje popular de El Cerro era un hombre, que hablaba muy poco, pero que, cuando lo hacía, la gente le escuchaba con respeto.

Era de los que no pisaban la iglesia. Sin embargo, como apreciaba al cura, asumió el papel de aconsejarle. Un día, en que don José Luis hizo algo que no había caído bien en El Cerro, este hombre se acercó al barracón y, sin mencionar ese tema en concreto, le dijo, sentencioso:

—Mire, don José Luis. Haga usted muchas cosas bien..., y pensaremos que eso es lo que tiene obligación de hacer. Pero haga usted algo mal, por pequeño que sea, y ya es usted malo. ¿Comprende? De todas formas, no se preocupe, intente seguir haciendo las cosas como las hace, y no se preocupe, que esto pasará.

Y así fue. Aquel hombre salía en defensa de don José Luis cuando le parecía oportuno..., a su manera. Una manera, como diría yo..., pero mejor lo explico con un ejemplo. En una ocasión, estaba tranquilamente en el bar, a última hora de la tarde, como de costumbre, y uno de los presentes se permitió decir algo malo contra el párroco. Inmediatamente, como un resorte, se levantó y le dijo:

—Retira ahora mismo eso que acabas de decir, porque no es verdad y tú lo sabes.

—Hombre, no es para ponerse así —le dijo el otro.

—Sí que lo es. ¡Y te digo que lo retires ahora mismo porque es mentira!

Como el otro no estaba dispuesto a desdecirse, se acercó y le puso la navaja en el cuello, lo que, según me contaron, aceleró bastante la cuestión.

Luego se sentó, satisfecho, porque no estaba dispuesto a que nadie en su presencia se metiera con un amigo suyo, fuera cura o no.