Lo primero, los padres

 

Indice del capítulo: Tajamar que crece

Desde el principio los profesores de Tajamar procuramos estar en contacto con los padres, que son los primeros responsables de la educación de sus hijos. Ya en el primer curso en la Colonia Erillas, Bernardo Perea comenzó a charlar y a entrevistarse con ellos.

Cuando estaba en la vaquería, hablábamos con algunos padres en un bar, o íbamos a su casa, porque no todos podían desplazarse hasta allí. Siempre se esmeraban por atendernos bien mientras hablábamos con ellos de la marcha del chico.

Los padres estaban contentos y algunos se animaron tanto que decidieron comenzar ellos mismos a estudiar el bachillerato nocturno. Era impresionante ver el interés que se tomaban por aprender, haciendo a veces un curso inferior al de sus propios hijos. Los tres primeros que lo hicieron, y pienso que demostraron con ello una valía humana muy especial, fueron Félix Haering, Teófilo Casado y Paco Feito.

Dos de ellos, Félix y Paco, formaron un trío, junto con León Hernández, que se llamó El Trío Trinámico (en alusión al famoso Dúo dinámico). Preparaban un número de payasos para festejar las tertulias de las fiestas de Tajamar, especialmente la de Navidad, a la que acudían muchos padres y familias de los alumnos y de los profesores.

La celebración del aniversario de Tajamar es particularmente emotiva para mí. Suele haber diversos actos académicos y deportivos, un partido de fútbol entre profesores y alumnos: las espadas siempre en alto, porque la ventaja va casi siempre de parte de los alumnos, pero hay veces en que la técnica y la experiencia de los profesores derrotan a la juventud y al empuje de los chavales. También hay una comida donde se reúnen todas las personas que trabajan en Tajamar, profesores y demás personal.

La fiesta de Nochebuena es otra tradición muy arraigada, que comenzó a celebrarse en el gimnasio de Requena. Se iniciaba a las 12 de la noche, con la Misa del Gallo. Luego venía la fiesta, con una asistencia de varios cientos de personas. No era extraño que se acercara alguna pareja de la policía para averiguar a qué se debía esa concentración y siempre acababan tomando un refresco con nosotros.

La Navidad traía también la costumbre de los belenes, que cada clase construía en su aula. El primer día de vacaciones lo visitaban las familias, y un jurado formado por padres y profesores otorgaba premios a los mejores.

Estas costumbres cristianas calaban en los chicos, porque la mayoría tenían fe. En Tajamar todos los actos de culto son voluntarios, aunque el espíritu cristiano estaba y sigue estando presente en mil detalles.

En aquellos años, en la Agenda Escolar que tenía cada alumno, donde apuntaba su labor diaria, estaban impresos dos puntos. Uno tomado de Camino, el número 823: «¿Has visto cómo levantaron aquel edificio de grandeza imponente? —un ladrillo y otro, miles. Pero, uno a uno. —Y sacos de cemento, uno a uno. Y sillares, que suponen poco, ante la mole del conjunto. —Y trozos de hierro. Y obreros que trabajan, día a día, las mismas horas... ¿Viste cómo alzaron aquel edificio de grandeza imponente?... —¡A fuerza de cosas pequeñas!». Y el otro punto era un breve poema de Antonio Machado: «Despacito y buena letra. / El hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas».

Desde el principio se respetaba la libertad de las conciencias de los chicos y sus familias, siguiendo el espíritu de aquellas palabras del Fundador del Opus Dei: «Nadie en la tierra debe permitirse imponer al prójimo la práctica de una fe de la que carece; lo mismo que nadie puede arrogarse el derecho de hacer daño al que la ha recibido de Dios.» O de aquellas otras: «Recibo a todo el mundo: tengo el corazón y las puertas de nuestras casas abiertas siempre a toda la gente, porque no puedo hacer la injusticia de privar a nadie de la caridad de Jesucristo» .

Hay entre los alumnos chicos de otras confesiones religiosas, a los que se trata con mucho respeto. En algún caso hay conversiones, como la de David, un alumno mío que era protestante, como su madre viuda, limpiadora de un bar de la Puerta del Sol. Se interesó por la fe católica y quiso ir a las charlas de formación religiosa. Le dijo a Manolo Plaza, su preceptor, que quería bautizarse. Tras un tiempo de preparación, se presentó a un examen de doctrina cristiana ante un sacerdote del Arzobispado, como se hacía entonces. El examen era por la mañana. Llegaron las doce y David le pidió al sacerdote que interrumpiera el examen para rezar el Angelus, como hacían todos los días en el colegio.

—Por supuesto —contestó el sacerdote—, rezamos el Angelus y se acabó el examen. No tengo más preguntas que hacerte.

El bautizo se celebró en una iglesia de Vallecas. Lo ofició don Rodrigo y fueron padrinos Bernardo Perea y su mujer, Lola. Después hubo un pequeño festejo en el club juvenil Palomeras, donde solía acudir David algunas tardes.

La labor de formación con los alumnos se completaba, como ya he dicho, con la que se hacía con los padres, sin cuya colaboración la educación difícilmente se consigue. En estos años se les atendió de muchas maneras, hablando mucho con ellos sobre la educación de sus hijos, y también sobre su propia vida cristiana, si lo deseaban, para que pudieran dar ejemplo también en esto a sus hijos.

Era gente buena y sincera. Tenían poca formación, pero tanto ellos como sus hijos tenían también muchas ganas de aprender y una disposición estupenda, que es lo importante. Vi en ellos lo que decía el Fundador del Opus Dei: «hay almas oscuras, ignoradas, profundamente humildes, sacrificadas, santas, con un sentido sobrenatural maravilloso, (...) un sentido sobrenatural que no raramente falta en las disquisiciones hinchadas de presuntos sabios, (...) y esas almas sencillas son poderosas delante de Dios, y obran prodigios apostólicos que pasan inadvertidos a los hombres» .

Esa estrecha relación entre el colegio y las familias la entendió muy bien el padre de un alumno de primer curso, que dijo un buen día a un profesor con el que se encontró a la entrada del colegio:

—Vengo tan a menudo por aquí porque Tajamar también es nuestro. Cuando viene a verme algún amigo le digo: voy enseñarte una nueva adquisición que he hecho. Y le enseño Tajamar.

El padre de otro alumno se presentó un día en Tajamar. Quería hablar con el preceptor de su hijo. Aquel hombre le dijo que agradecía mucho que su hijo ahora estudiara más y se portara mejor en casa, y que le parecía bien que su chico mejorara, que fuera a Misa los domingos, e incluso algún día entre semana si quería, pero...

—Pero, mire —continuó—, yo no puedo hacer eso. Yo quiero que mi hijo sea mejor que yo, pero, compréndame, yo llevo muchos años apartado de todo esto.

El preceptor comprendía lo difícil que resultaba a aquel hombre volver a la práctica religiosa. Le escuchó con interés y se pusieron a hablar de otros temas. Pasó el tiempo. Mientras tanto el chico, sin saberlo, iba haciendo cada vez más mella en su padre. Un día volvió aquel hombre:

—Me doy cuenta de que no hay nada que hacer. O prohibo a mi hijo que haga lo que hace, o tengo que cambiar yo y hacerlo también. Como lo primero no me va, aquí estoy para que me digan qué tendría que hacer para ser como él.

Cuento todas estas cosas y quizá parece que todo en Tajamar salía bien. No es así. Tuvimos muchos problemas, y cometimos fallos, como todo el mundo. Con esos errores, y con las "vueltas a empezar" que hay en toda tarea educativa, íbamos procurando llevar a la práctica el ideal cristiano y las enseñanzas del Padre.

Y otra aclaración antes de seguir: estos son mis recuerdos de Tajamar, contados desde mi experiencia y prisma personal. Cada una de las personas que dejaron parte de su vida —y en muchos casos lo mejor de su juventud— en este empeño educativo, podrían contar otros muchos aspectos de esta historia, aportando quizá más fechas y documentación que yo. Mi testimonio quiere ser sencillamente una fuente más para una historia de Tajamar que queda por escribir .