Formación integral

 

Indice del capítulo: Tajamar que crece

Desde sus comienzos en la Colonia Erillas, estaba presente en todos los que hacían Tajamar esta idea: la enseñanza no podía ser meramente instructiva o técnica. Había que conseguir una formación integral: académica, humana y espiritual, y eso sólo podía lograrse mediante una atención individualizada.

Para lograrlo, desde el principio se implantó en Tajamar la figura del preceptor o tutor: una persona que habla cada cierto tiempo personalmente con el alumno para orientarle en sus dificultades. Poco a poco, conforme la confianza crece, los chicos ven en el preceptor a un amigo del que pueden aprender muchas cosas. Así, además de los temas más académicos, pronto tratan, si quieren, en una charla sencilla y abierta, sobre sus ilusiones, sus proyectos, la relación con su familia y sus amigos. En esas conversaciones se conoce mejor a los alumnos y de esta manera se les puede orientar mejor en sus problemas.

He visto que la figura del preceptor es algo que agradecen, que buscan, que valoran. En una ocasión, un alumno me decía:

—Yo antes era de los alumnos diurnos; pero ahora trabajo durante el día y he de venir a clase por la noche. Lo que echo de menos es el preceptor. Quería pedirle a usted si quisiera ser el mío.

Le contesté que sí, y le expliqué que no había preceptores en la sección nocturna porque eran alumnos ya mayores, algunos incluso padres de familia.

Bernardo Perea, el director del Instituto, decía que sólo merece el nombre de educación —y lo digo con sus propias palabras— «la que ayuda al educando a tomar conciencia de su dignidad, de su inalienable condición de ser libre y de su correlativa responsabilidad». Y eso es algo que los alumnos de Tajamar comprendían enseguida en su vida, aunque si hubieran leído esta frase quizá no la hubieran entendido. Se comportaban con naturalidad, sin esos cambios de timbre de voz que, a veces, se advierten cuando los alumnos hablan con los profesores o personas mayores. Allí se expresaban con respeto, por supuesto, pero de la misma forma que lo hacían con sus amigos del barrio.

A propósito de esto, a comienzos de los años sesenta estuvo en Tajamar el Cardenal König, entonces Primado de Austria, acompañado por el entonces Consiliario del Opus Dei en España, don Florencio Sánchez Bella y el director del Instituto, Bernardo Perea. En su recorrido, estuvo hablando con un alumno de unos doce años que en ese momento venía por un pasillo en dirección contraria. El chico, fue respondiendo a sus preguntas: el curso a que pertenecía, las clases que más le gustaban, su horario, etc., y en un momento dado se refirió al preceptor. El Cardenal le preguntó qué era eso del preceptor.

—Es un profesor que me orienta en los estudios. Charlo con él cada quince o veinte días, y le cuento lo que me pasa.

—Pero... ¿le cuentas todo, todo?

—Todo, todo, sí.

El Cardenal, en tono de broma, le dijo:

—Bueno, eso lo harás tú, porque eres pequeño, pero ¿harán lo mismo los mayores?

Sin inmutarse, el chico contestó con ese desparpajo tan propio de Vallecas:

—Pues eso pregúnteselo usted a los mayores.

El Cardenal rió con ganas.