El día a día en Tajamar

 

Indice del capítulo: Tajamar que crece

En todos estos años, han sido muchos los días en que he ido y he vuelto a Tajamar. Tengo especialmente grabados aquellos primeros años, sobre todo aquellas mañanas de invierno de la meseta. Me da alegría recordar la marcha de los alumnos y de los profesores en el camino de entrada a clase. Venían chicos de las chabolas casi inmediatas, o de Entrevías, distantes varios kilómetros, o desde Doña Carlota, con sus casuchas levantadas junto a las torrenteras, o desde los nuevos barrios, ya mucho mejores, de Moratalaz, San Blas o La Quintana, con sus carteras de libros y apuntes, con sus bocadillos, y la ilusión del día recién estrenado.

Los profesores que vienen en coche o en moto aparcaban sus vehículos lo más cerca posible de Tajamar, es decir, a casi un kilómetro, más o menos, porque desde allí no había camino transitable. Todavía en 1969, para llegar desde Moratalaz, por ejemplo, había que cruzar un auténtico barrizal de terrenos arcillosos y, cuando llegabas, pesabas dos o tres kilos más. Por eso todavía se observa que en las entradas de las aulas, junto a la puerta, hay unas pletinas metálicas que eran precisamente para eso, para quitarse el barro. Otros venían con botas de agua y al llegar se las quitaban. O sea, que en esto no había cambiado mucho respecto de la vaquería.

En 1960 se pusieron, si no recuerdo mal, dos nuevas paradas en la línea 1 del Metro, que llegaba hasta la estación de Portazgo y facilitaba mucho la llegada de los que vivían más lejos. Yo iba también en el Metro y subía la cuesta desde Portazgo, cruzando ese barrio, lleno de desperdicios, viendo cómo salía el humo por la puerta de la cocina-habitación de las chabolas, o cómo las mujeres tiraban en las inmediaciones las aguas sucias.

Entraba en Tajamar y dejaba en la puerta, que estaba justo frente al barrio de chabolas, a un hombre ya mayor sentado en una silla baja de anea, fumándose un cigarrillo de picadura. Se llamaba Julián Galán, aunque en El Cerro todo el mundo le conocía como Tío Julián. Era el portero del Instituto: un hombre con mucha historia, puesto que fue nada menos que cofundador de El Cerro. Un día me reveló su misterio:

—Vine aquí por el año 1918, con el Tío Felipe, un compañero de trabajo, que me parece que era de Ávila. Él compró unos terrenos, hizo un corral y se dedicó a la recogida de basuras, un negocio que viste poco, pero que rinde. Yo apañé unos terrenos de renta para labrar y cuidaba del ganado de mi propiedad. La gente empezó a venirse a vivir a El Cerro a poco de cuando Primo de Rivera trajo la dictadura, allá por los años veinte. Después, en la guerra, perdí todo el ganado. Así que estoy como estaba: ni he subido ni he bajado.

Me gustaba charlar con aquel hombre, que tenía una conversación y una filosofía de la vida verdaderamente singulares.

Al caer la tarde, se repetía otra escena que me encanta rememorar. Hay alumnos que se retrasan jugando a las bolas y les animo a irse a su casa. Luego salgo de Tajamar y estoy en pleno campo. Allá abajo, en Madrid, empiezan a encenderse los anuncios luminosos. Un grupo de obreros, todavía con la cesta de la comida al brazo, regresan de trabajar. Algunos de ellos se quedan en Tajamar, porque esa tarde tiene lugar la charla mensual con los padres de los chicos.

A mí me queda todavía bastante tarea en las últimas horas del día. Los atletas estarán a punto de llegar al gimnasio de Requena. Y allá me voy, cerro abajo, esquivando los charcos, entre las chabolas, a la vez que encomiendo sus esperanzas al Señor.