Un traslado muy esperado

 

Indice del capítulo: Tajamar que crece

El traslado de la vaquería a la nueva sede fue muy esperado por todos. Por fin se hizo, un buen día de noviembre de 1961. Comenzaron las clases por la mañana en la vaquería, y por la tarde, con toda naturalidad, los propios alumnos mudaron sus pertenencias y pupitres a las nuevas instalaciones. Eran unos cuatrocientos metros de camino, y todo discurrió con rapidez y orden, encantados los chicos de estrenar los nuevos locales.

La inauguración oficial se retrasó hasta el 17 de marzo de 1962, con un acto al que asistieron destacadas personalidades de la vida nacional. También acudió el Obispo Auxiliar de Madrid, que bendijo los locales. Bernardo Perea, el director de Tajamar, recordó la breve pero intensa historia del Instituto, con los sucesivos cambios de sede, desde aquellos primeros tiempos en la Colonia Erillas. Recordó que todo ese camino estaba presidido por el deseo de profundizar en el respeto y el cariño a los alumnos y sus familias, a los que se procuraba ayudar en la medida de nuestras posibilidades.

Terminado el discurso, se hizo un recorrido por las instalaciones: cuatro pabellones, la biblioteca, los laboratorios, los talleres de carpintería, mecánica y electrónica. Había diversas exposiciones de dibujo, carpintería y electricidad. En las clases del curso de transformación —quinto—, se hizo entrega de los primeros títulos de Bachiller elemental que concedía el Instituto.

Al llegar a la sala donde se exponía la maqueta, veían los terrenos previstos terrenos para un campo de fútbol, pista de atletismo y otros deportes; también para salón de actos, biblioteca y un nuevo oratorio más amplio; locales para los clubes de música y de periodismo, seminarios, charlas y reuniones; una sección profesional en la que se cursaría un primer grado y, luego, especializaciones de mecánica, electrónica y artes gráficas. El director de Tajamar terminó con unas sentidas palabras:

—Todos estos proyectos ya no son sólo una ilusionada esperanza. Ya no hablan sólo de optimismo y de entusiasmo. Se trata de realidades que están cuajando, de trabajo esforzado de quienes sacan adelante día a día Tajamar, de tantas historias sencillas y conmovedoras de chicos y familias enteras que encuentran aquí la alegría, al darse cuenta que vale la pena vivir cara a Dios.

Todos le escuchamos en silencio, conscientes de estar viviendo un momento histórico y agradeciendo a Dios todo aquello.

Miraba a aquellas familias, que tenían poca consideración social a los ojos de muchos, pero eran una gente de mucha clase, como suele decirse. Así pensaba también el Padre: «Lo que la gente llama clases altas de un país, para nosotros son, sencillamente, las personas que llevan una vida limpia, santa, noble, con trabajo, con esfuerzo (...) No perdáis nunca este sentido y este modo de ver las cosas».