El Cerro del Tío Pío

Indice del capítulo: Tajamar que crece

No muy lejos de la vaquería, en lo que es el kilómetro 6 de la antigua carretera de Valencia, dejada ya la avenida de la Albufera y girando hacia la izquierda, se levanta un cerro al que ya me he referido antes, El Cerro del Tío Pío, o El Cerro de Pío Felipe, y que debe ese nombre a un legendario personaje que habitó por primera vez aquellos parajes, del que hablaré después.

En El Cerro del Tío Pío había unos cientos de modestas casas encaladas, construidas por sus ocupantes, de una sola planta —casas bajas, las llamaban—, de mampostería cubierta con techo de uralita, y muchas chabolas de latas, maderas y cartones.

En la ladera del cerro, también había cuevas excavadas en la tierra. Aún me acuerdo de cómo me contaba un "inquilino" de las cuevas su modo de vida:

—Si crece la familia, no tengo más que sacar tierra y me sale otra habitación. Además, la luz me sale gratis... —me decía, optimista, mientras señalaba el cable de la luz conectado a un poste de alumbrado público.

Esas chabolas y casas bajas estaban ocupadas por aquellos inmigrantes que no habían encontrado una vivienda barata ni siquiera en los suburbios. En lo alto del cerro había unos terrenos que se extendían hasta lo que ahora es la autopista de Valencia y que entonces eran todavía campos de labor. Enseguida comenzaron a alzarse unos edificios que serían testigos, durante años, de las duras condiciones de vida de esas gentes.

Aquellas viviendas no tenían agua corriente. De vez en cuando venía un camión cisterna militar con el agua. Al comenzar las obras de Tajamar, conectamos con la red de abastecimiento de agua y pretendimos construir unos lavaderos para uso de las familias que vivían en las chabolas. La administración municipal no lo permitió, pero lo que no pudo evitar es que respetáramos una chabola que se había levantado, sin ninguna autorización, dentro de los terrenos de Tajamar.

A base de ayudas —los socios protectores se mostraron muy eficientes—, comenzó la primera fase del proyecto de nueva sede del Instituto: tres pabellones de una sola planta, con tres aulas cada uno, además de un taller y otras dependencias. Todo se construyó de ladrillo visto, procurando dar a cada pabellón la orientación adecuada, de modo que tuvieran luz abundante y los muchachos estuvieran rodeados de espacios abiertos.