El deporte como profesión

 

Índice del capítulo: El Instituto Tajamar

Yo seguía durante esos años ayudando a sacar adelante a mi familia, en la que el menor de mis hermanos apenas tenía cuatro años. Como las necesidades no tienen espera, me veía obligado a trabajar todo lo que podía. Dejé el taller de escenografía, como ya he dicho, y con la empresa Avelimar me ganaba la vida pintando pisos y casas, con ese poco más de libertad que siempre da el llevar el propio negocio.

A golpe de viaje en Metro, con continuas idas y venidas, solía regresar a mi casa de Tetuán bastante tarde, estudiando durante el largo trayecto de Metro, porque, a todo esto, continuaba haciendo el bachillerato. Asistía a Misa temprano cada mañana antes de entrar a trabajar y después dedicaba bastante tiempo a la labor del Club Deportivo. El caso es que cada vez me fui aficionando más al deporte, y en concreto a la gimnasia con aparatos.

Un día, un entrenador me animó:

—Creo, Lázaro, que lo tuyo es la halterofilia. Eres chaparro pero fuerte. Vas bien para el levantamiento de pesos.

La halterofilia exigía muchas horas de entrenamiento, pero dio pronto resultado: en la primera competición en que me presenté, quedé campeón de Madrid, en mi categoría de peso pluma, y luego llegué a ser campeón de España.

Fue entonces cuando empecé a pensar en dedicarme profesionalmente al deporte. Nació en mí el deseo de ser entrenador, y dedicarme a la enseñanza deportiva. Fui alcanzando cierto nivel. Al poco tiempo me dijeron los directivos del Instituto:

—Lázaro ¿te interesaría ser profesor ayudante en las clases de Educación Física? Podrías entrar a prueba un año o dos.

Acepté el ofrecimiento, dejé la pintura y me lancé a mi nuevo trabajo en la enseñanza con gran entusiasmo. Tanto, que me animé a realizar, poco después, los cursos de entrenador: primero de halterofilia y de gimnasia deportiva, y luego de monitor, cuando se creó el Instituto Nacional de Educación Física —el INEF— y apareció la nueva figura, que hasta entonces no existía, de profesor de educación física.

Juan Marco siguió pintando en Avelimar, pero yo veía que también él tenía, como ya he contado, muy buenas condiciones para el deporte. Así que en 1963, cuando vio cómo crecía el deporte en Tajamar, se incorporó también como profesor de Educación Física, cortando con trece años de su vida dedicados a la pintura. Fue un buen profesor y un entusiasta del Instituto.

Cuando terminé el bachillerato me convertí en entrenador de atletismo, después de cursar cuatro años de estudios. El atletismo era lo que más me gustaba, entre otras cosas porque podía enseñar a muchas personas, no sólo a unas pocas, como en los otros deportes minoritarios. Mi gran deseo en lo profesional era y es ayudar a la gente a hacer deporte, que es un elemento muy importante de la educación.

El deporte me ha proporcionado muchísimos amigos a lo largo de mi vida, con los que he disfrutado mucho. Con ellos he hablado de todo, de Dios también, por supuesto, porque es hablar de lo que uno está convencido y de lo que uno lleva en el corazón. En eso de tener muchos amigos, mi ejemplo más cercano fue Paco Uceda, responsable del deporte en Tajamar y luego ayudante en el servicio médico del Instituto, como practicante, junto al doctor Pérez Cabaleiro.

Hacía deporte con mis amigos y a veces me iba después con ellos a un bar cercano, el Sol y Aire, donde se escuchaban giros vallecanos, llenos al tiempo de chulería y de aire castizo. Entraban dos jóvenes trabajadores, con el mono puesto, y decían, apoyándose en la barra:

—A ver, dos vinos y una cosa de capricho.

O una pareja, ella con la rebeca y el pelo recogido en cola de caballo, al estilo de aquel tiempo, y él con jersey a rombos... El chico pone cinco pesetas sobre el mostrador y dice:

—Champán y jamón hasta que se acabe el duro.

Era gente muy buena, muy trabajadora por lo general, noble, sincera, la mayoría con una fe un poco abandonada. Solían estar apartados de Dios sencillamente porque hacía mucho que nadie les había hablado de Él.

Vi cómo la gracia de Dios hacía maravillas en las almas de aquellas personas. Recuerdo a un hombre que se había criado en un ambiente ferozmente anticristiano, y que treinta años atrás, siendo apenas un adolescente, acompañaba a unos milicianos cuando incendiaban iglesias en los años previos a la guerra civil. Había seguido desde entonces alejado de la fe, hasta que su contacto con personas del Opus Dei, en Tajamar, le hizo cambiar poco a poco. Acabó siendo un cristiano ejemplar.

A esa historia se podría añadir la de tantos otros, que quizás no habían comulgado desde su Primera Comunión (si es que llegaron a hacerla), o que habían respirado un ambiente de indiferencia religiosa desde su niñez. Como la de aquel padre de varios chavales que venían por Requena, que no pisaba la iglesia, hasta que un día escuchó desde su habitación cómo dos de sus hijos leían en voz alta El valor divino de lo humano, un libro con mucha fuerza, que había escrito hacía pocos años un sacerdote joven, don Jesús Urteaga. Aquel hombre también escuchaba, y observó cómo iban cambiando sus hijos, y un buen día se presentó en Requena y me dijo:

—Oye, que quiero que me ayudéis a mejorar, como a mis hijos.

Empecé a hablar con él. Dios se metió en su alma, poco a poco. Un año después pidió la admisión en el Opus Dei. Era un escultor de talento, y llevó durante tiempo un club de escultura en el colegio, que creó gran afición en algunos chicos. Él esculpió la imagen de la Virgen que hay en el paseo de entrada al colegio.