Y luego los padres

 

Índice del capítulo: El Instituto Tajamar

Pronto llegaron solicitudes de padres de alumnos para las clases nocturnas. Eran hombres dispuestos a seguir los pasos de sus hijos, aunque comenzaran muchas veces en cursos inferiores. A mi me impresionaba ver la puntualidad, el interés que ponían en las clases, el esfuerzo por entender y hacer bien los ejercicios, y, sobre todo, su ilusión por compaginar a toda costa el trabajo, la familia y el estudio.

Desde los últimos días de noviembre de 1958 hasta finales de 1961, en que nos trasladamos a la sede definitiva, transcurrieron tres años en la vaquería. Me vienen a la memoria muchos recuerdos de esa etapa de la historia de Tajamar, como si los estuviera viviendo ahora mismo. El patio central se destinaba a deportes, con unas cuantas redes de balonvolea y varias canastas de baloncesto. Al fútbol, sin duda el deporte más popular, se jugaba fuera de la valla, donde en muy poco tiempo los surcos y barbechos que rodeaban la vaquería se allanaron por las pisadas y carreras, en intensos e interminables partidos, en los que tanto destacaban Manolo Plaza y Jesús Carnicero.

Conservo también el recuerdo de Salvador y Paco Toledo en secretaría. Del portero Heliodoro y de su perro, Moro, paseando durante el recreo. De La Nicanora, una camioneta aspirante a autobús, que entregó los últimos años de su vida a la dura tarea de trasladar a los chicos de Tajamar. O de aquel coro dirigido por Jesús Arenillas, que tanto éxito tuvo.

Y guardo muy viva también la imagen de aquel uniforme recio, de pana, que llevaban los alumnos y que tanto ayudó a combatir los intensos fríos de la vaquería. Sus escapadas al modestísimo puesto de chucherías que estaba junto a la casa de Sacristán, donde vendían palo fumeque y cigarrillos de anís.

Todo esto, que parecerá a los jóvenes de ahora algo inimaginable, viendo el progreso del barrio en la actualidad, compone en mi memoria una estampa inolvidable, unos años de trabajo y de ilusiones, de consolidación de un estilo educativo singular: porque aquel sistema pedagógico, con el preceptor, los encargos de clase, o ese ambiente de confianza y libertad, realmente lo era.