Una subida con aventura

 

Índice del capítulo: El Instituto Tajamar

Otro problema que hubo que solucionar era el barrizal que rodeaba la vaquería en las épocas de más lluvia. Una capa de barro tan gruesa que resultaba habitual que alumnos o profesores perdieran de vez en cuando un zapato y no siempre lograran recuperarlo. En una ocasión, un profesor perdió su dentadura postiza, que se le cayó mientras comentaba los sucesos del día, en la misma puerta del colegio. Fue imposible encontrarla.

Resultaba difícil llegar a la vaquería, porque no había calles ni caminos que llevasen hasta allí. Cada día tenía su emoción y en invierno, era casi una aventura. A un padre que un día se lamentaba de que su hijo hubiese perdido los zapatos en el barro, hubo que explicarle:

—Lo mejor es traer los zapatos en la mano y ponerse chanclos o botas catiuscas, como hacemos los profesores...

En aquellos meses, Bernardo Perea aparcaba su Seat 600 abajo, junto al cuartelillo de la policía, que estaba a bastante distancia. Se ponía los chanclos y subía con su hijo de la mano. Ignacio Pinedo, profesor de francés y entrenador de baloncesto (había sido internacional en 29 ocasiones), optó por la misma solución después de que su Seat 1400 azul claro le dejara plantado una noche y tardara dos días con ayuda de otros en sacarlo del barro, perdiendo además un zapato en el empeño. Y los otros tres profesores que venían en moto, hacían lo que podían, campo a través y también con chanclos...

La nieve, en cambio, daba menos problemas. El día en que blanqueaba los campos, estábamos más seguros que nunca de que no faltaría nadie. Los alumnos disfrutaban con ella como en un día de fiesta.

El frío se hizo sentir, en ese invierno y en los siguientes. Todos los que estudiaron en la vaquería guardan el recuerdo unánime de los rigores de las bajas temperaturas. Se estaba mejor al aire libre, moviéndose por el patio, que quieto en cualquier lugar cerrado.

Como es natural, las dificultades del barro y el frío eran aún mayores por la noche. Los estudios nocturnos comenzaron con mucha ilusión, pero enseguida se comprobó que la iluminación era tan débil que no se veía casi nada. Alguien comentó:

—Es que estamos al final de la línea. Los 125 voltios se han quedado en el camino y hasta aquí no llegan más que 70.

No se solucionaba el problema con lámparas de más watios. Ni se podían evitar tampoco los frecuentes apagones, que obligaban a encender velas.

La verdad es que llegar hasta aquel lugar, mojados y medio helados, y quedarse luego sentados en esa clase durante tres horas, resultaba realmente duro. Para el que viniera tanteando el camino, entre aquel laberinto de barracas y chabolas hechas de chapa y maderos y distribuidas por estrechas y retorcidas callejas de tierra, sin demasiada idea de dónde estábamos, no había más orientación que los lejanos tubos fluorescentes de las aulas, allá arriba. La situación llegó a ser tal que nuestros amigos del colegio San Ramón respondieron a nuestra llamada de auxilio y nos dejaron dos aulas por la noche. Como agradecimiento, Juan Marco y yo las dejamos bien pintadas, como nuevas.