Los comienzos en una vaquería

 

Índice del capítulo: El Instituto Tajamar

El segundo año, ya en septiembre de 1958, se llenó por completo el cupo de admisión para los dos cursos de bachillerato —primero y segundo— que se iban a impartir. La Concentración Deportiva del mes de junio en el estadio del Rayo Vallecano era ya conocida en el barrio, y el ambiente que daban los alumnos y profesores se encargaron del resto.

Había entonces dos cursos diurnos de ochenta alumnos cada uno y otros dos, menos numerosos, para el nocturno. El problema, una vez más, eran las aulas. Ya no se podía contar con la guardería de la Colonia Erillas, porque la necesitaban ese año. Así que otra vez a recorrer Vallecas, preguntando, visitando locales y... rezando para que se arreglara el asunto.

El solar para la definitiva construcción ya lo había encontrado Pelegrín Muñoz: un descampado de unas ocho hectáreas en el llamado El Cerro del Tío Pío, un lugar rodeado de chabolas. No había tiempo ni medios para construir allí, aunque comenzaran inmediatamente los proyectos y maquetas de los futuros arquitectos, César Ortiz de Echagüe y Rafael Echaide.

Cuando más difícil parecía encontrar unos locales adecuados, surgió la solución. Los propietarios de aquellos terrenos en El Cerro del Tío Pío estaban deseando venderlos. Al saber de nuestros agobios, y antes de que se cerrara el acuerdo, ofrecieron la posibilidad de utilizar una vieja vaquería que estaba al lado, también de su propiedad, con la condición de mantener en su empleo al guarda, que vivía allí con su mujer.

—¿Una vaquería? —era la pregunta de todos.

—Sí, una casa de labor grande, que llaman El Fontarrón. Hasta el año pasado se ha estado empleando para cuidar vacas, pero con unos arreglos puede servir.

Aquella vaquería, situada en pleno campo, en una zona extrema de Vallecas, era el único edificio que había en los alrededores. El resto eran campos en rastrojo y un huerto hacia la vaguada donde terminaría construyéndose la nueva carretera, y luego, la autopista de Valencia. Para los carteros, que pasaban poco por allí, la dirección era un tanto curiosa: Colonia de Irradiación, Calle C, Barrio de Doña Carlota... Sobre todo porque no había colonia, ni calle, ni barrio, ya que éste empezaba mucho más abajo, donde acababan las chabolas. Pero, desde luego, el lugar no tenía pérdida.

El amplio establo conservaba todavía los sesenta y tantos pesebres de las vacas. La finca tenía, además, tres o cuatro grandes graneros, la casa del guarda, unos cobertizos para animales, un par de higueras y un moral en el patio central de unos cuarenta metros en cuadro, todo cerrado por una valla alta, que le daba al conjunto el aspecto de fuerte, al estilo de las películas del Oeste.

Mientras se realizaban las obras elementales de adaptación de la vaquería, había que aceptar, una vez más, otra solución provisional: utilizar como aula el gimnasio de Requena. Para solucionar la falta de sede, se llegó a esta solución: los alumnos de primero tenían allí las clases por la mañana, mientras los de segundo hacían deporte en el campo de San Diego o visitaban museos, fábricas y empresas.

Por las tardes se cambiaban las tornas: los de segundo asistían a clase en el gimnasio y los de primero se dedicaban al deporte o al plan cultural. Por las noches se retiraban los pupitres del gimnasio, para que pudieran entrenar y hacer deporte los más de doscientos alumnos que se habían apuntado al Club Deportivo, que también seguía a pleno rendimiento. Los cursos nocturnos se daban en los pisos de Requena. Desde luego, no se podía pedir mayor rendimiento a las instalaciones que había.

Las obras se hicieron a toda velocidad. Hubo que tirar y levantar tabiques, arreglar puertas y ventanas desvencijadas, dar varias manos de pintura y de cal. Se lograron acondicionar cuatro aulas, un pequeño gimnasio y cuatro o cinco pequeñas habitaciones para dirección, secretaría, sala de profesores, biblioteca, etc.

Se hizo todo entre octubre y noviembre de 1958. De la pintura nos encargamos Juan Marco y yo. Hacía un frío espantoso y, para protegernos un poco, nos poníamos papel de periódico por dentro de la ropa. Había tanta urgencia que empezaron las clases antes de que nos diera tiempo a acabar nuestra tarea. En el patio, ya con algunos profesores, parábamos al mediodía para tomarnos la comida que cada cual se traía de su casa.

Uno de esos profesores era Jerónimo Padilla, que vivía en un Centro del Opus Dei que acababa de comenzar en un piso de la calle Picos de Europa número 1. Jerónimo tenía entonces 32 años, y era un hombre amable y simpático, con un gran sentido del humor y muy culto. Trabajaba como abogado en un bufete, pero le gustaba mucho la enseñanza y había venido como profesor durante el primer curso. Entonces era el subdirector de Tajamar. Tenía un sentido de la autoridad muy especial. Apenas se notaba que mandara. Es decir, nunca imponía esta o aquella manera de hacer las cosas. Parecía que ni siquiera encomendara tareas a los demás. Se limitaba a sugerir, a hacer preguntas que animaban a dar una respuesta personal: ¿Qué te parece tal cosa? ¿Qué podríamos hacer? ¿Qué se te ocurre? ¿Qué has pensado hacer? Y así siempre.

A pesar de que tenía una úlcera de estómago bastante seria y de que su salud en general no era muy buena, casi nadie lo notaba. Nunca le dio importancia. Tenía una gran capacidad de trabajo, y una serenidad que mantenía en toda circunstancia. Nunca le vi ponerse nervioso y eso que he pasado bastantes años conviviendo estrechamente con él.

Jerónimo fue luego director de Tajamar durante muchos años y ha dejado una herencia muy valiosa en el estilo de trabajo. Su principal virtud era el cariño que tenía a todo el mundo. Tenía un gran corazón, y muchos pensábamos que éramos el más querido por Jerónimo; era como si colmara la necesidad de afecto de las personas que trataba. Y luego veías que quería así a todos. No tenía, en realidad, preferencias por nadie, pero lo hacía de tal manera que el que estaba a su lado pensaba que era predilecto de su amistad.

Pero volvamos de nuevo a finales de noviembre de 1958. Por fin comenzaron las clases. Fue un día normal. La víspera, en una de esas salidas programadas con los alumnos, los profesores acabaron llevándolos hasta la vaquería convertida en Instituto:

—Fijaos bien, que aquí es donde tenéis que venir mañana a clase.

Esa noche un camión llevó las mesas, sillas y todo el material pedagógico. Los alumnos encajaron bien el cambio. A algunos les costaba bastante rato de camino llegar hasta allí, pero prefirieron seguir estudiando en Tajamar, porque sentían el colegio como propio. La mayoría se quedaban a comer al mediodía, y antes o después de jugar un partido de fútbol, daban buena cuenta de los bocadillos que traían, que eran de lo más variopinto: por ejemplo, de pan relleno con alubias o garbanzos.