El curso en la Colonia Erillas

 

Índice del capítulo: El Instituto Tajamar

Hacía falta resolver otro problema básico: encontrar un sitio adecuado para la instalación provisional. Esto produjo bastantes quebraderos de cabeza y cierto asombro a Bernardo Perea, que bromeaba diciendo que le habían llamado para dirigir un Instituto que no contaba todavía con alumnos ni aulas.

La solución llegó gracias a Pelegrín Muñoz, que logró alquilar una guardería, aún no terminada, en la Colonia Erillas, donde el Hogar del Empleado había construido unas viviendas familiares para sus miembros. La guardería era un edificio pequeño, de planta en forma de ele, que no iba a ponerse en marcha hasta el año siguiente. Como estaban todavía trabajando en ella los albañiles, preparamos dos aulas y dos pequeños despachos en torno al vestíbulo central.

Los exámenes de ingreso, previamente anunciados, se celebraron el 6 de febrero en unas dependencias prestadas por el Grupo Escolar San Ramón. Con gran sorpresa del tribunal, se presentaron más alumnos de los esperados. Después de la prueba oral y escrita, quedaron distribuidos en dos grupos distintos, de 30 y 28 alumnos respectivamente, y otro nocturno de 18. En total, 76 chicos, casi todos procedentes de Palomeras, Alto del Arenal, Californias, Entrevías y el Pozo del Tío Raimundo.

También había unos pocos que venían del Puente de Vallecas, una zona considerada entonces como lo mejor del barrio. Entre aquellos primeros alumnos puedo citar a Isidoro Soria, Elías Capapé, Agustín de las Heras, etc. A algunos de ellos les costaba una hora de camino llegar hasta el colegio. Las clases nocturnas también se daban allí, y estaban dirigidas a alumnos mayores de quince años que estuvieran trabajando y lo pudieran justificar. Uno de los primeros en matricularse fue el cobrador de autobús Claudio Villegas, que era el mayor de todos.

Los promotores de Tajamar tenían tantas ganas de empezar las clases, que el día 12 de febrero de 1958, sin ceremonia de inauguración, se dieron las dos primeras clases, mientras los empleados de la empresa de mobiliario escolar terminaban de montar los pupitres en ambas aulas. Cada vez que terminaban de armar uno de esos pupitres biplaza, prácticos y resistentes —y adquiridos de fiado, como casi todo aquel curso—, había dos alumnos más que podían seguir las clases sentados. No podíamos perder ni un solo día; el año escolar estaba muy avanzado.

A la mañana siguiente, el día 13, se inauguraba el curso con una Misa celebrada en la cercana parroquia de San Ramón y un desayuno en Los Faroles. Desde entonces, todos los años se recuerda en Tajamar esa fecha con una celebración del aniversario que para mí es muy entrañable.

La tarea se centraba ahora en este grupo de 58 niños de diez a doce años, que en su mayoría calzaban alpargatas, y en 18 aprendices, oficinistas, conductores, que eran los alumnos nocturnos. Queríamos ayudarles a mejorar su formación humana y profesional, y también, si lo deseaban, a ser mejores cristianos. Se formó un buen equipo de profesores .

Los habitantes de la Colonia Erillas al principio miraban al Instituto con cierto recelo, como si fuera el usurpador de su guardería. Esta postura se debía en buena parte a que los juegos de los alumnos —no hay que olvidar que eran chicos de arrabal—, molestaban a veces a los vecinos y dañaban los arbolitos recién plantados.

Nos ayudó mucho el apoyo del entonces secretario y luego presidente de la Colonia, Miguel Aldecoa, con quien tuvimos siempre un trato amable y de confianza. Su hijo, Miguel Ángel, se incorporó a Tajamar al año siguiente, y en los cursos sucesivos lo hicieron muchos otros chicos de la Colonia, con lo que les compensamos un poco por las molestias de aquel primer año. Algo parecido ocurrió con Matías Rodríguez, comandante de la Guardia Civil, que no nos entendió al principio, pero que después del primer año cambió de actitud y envió a sus dos hijos más pequeños a estudiar a Tajamar.

El hecho de haber comenzado las clases en el Instituto Tajamar planteaba la necesidad de seguir avanzando con el segundo aspecto del club, que era el deportivo, pero también cultural. Y así, se nos ocurrió programar un ciclo de conferencias en el propio gimnasio de Requena para los padres de los chicos. Era un fruto natural de Tajamar, que no estaba sólo para los muchachos, sino también para sus familias.

Estas primeras conferencias debieron de celebrarse en el mes de abril de 1958. Entre otros, acudieron dos catedráticos de Historia: Vicente Rodríguez Casado y Florentino Pérez-Embid. Al acabar, sacamos la conclusión de que el experimento no había sido muy acertado. Uno de los padres nos decía, a la salida de una de ellas:

—¡Qué bien habla este hombre, no nos hemos enterado de nada!

Así es que decidimos que las siguientes tenían que ser algo más asequibles.

En otra ocasión, pusimos una película con cierto contenido educativo. Era un dramón tremendo. A la salida, un grupo de madres nos dijo:

—Cómo le agradecemos que nos hayan invitado a esta película; lo hemos pasado muy bien, hemos llorado muchísimo.

También fue un éxito la celebración del día de la madre, que entonces se festejaba el día de la Inmaculada. Aquel 8 de diciembre, en el gimnasio, se organizaron diversas competiciones deportivas. Asistieron casi trescientas personas. El presidente del club explicó, en pocas palabras, cómo queríamos celebrar el día de la madre en Tajamar, donde existe un cariño sincero y concreto hacia las familias de sus socios. En el entreacto, se entregó un ramo de flores a la madre del vencedor del segundo Trofeo Tajamar. Ella se retiró, enseguida, emocionada. Los aplausos no acababan.

En el mes de diciembre organizamos un coloquio con Ana Mariscal, famosa actriz y directora de cine de la época, y tuvo mucho éxito. Así comenzaron unas actividades culturales por las que pasaron, ya en aquellos primeros tiempos, gente de gran relieve del mundo del deporte, como el seleccionador nacional Villalonga; del toreo, como Domingo Ortega y Antonio Bienvenida; de la literatura, como el poeta José Hierro; o la astronáutica, como Francisco González Guijarro; etc.

Hubo una conferencia inolvidable. La dio el Director General de Enseñanza Media, Lorenzo Vila, que como he dicho tomó desde el principio mucho aprecio a Tajamar. Apareció con un voluminoso paquete bajo el brazo, que depositó en la mesa presidencial, mientras Bernardo Perea presentaba el acto. Luego lo desenvolvió y extendió desde la mesa hasta el fondo de la sala... una piel de una enorme serpiente boa. Dijo que la había adquirido en un viaje de estudios y que nos iba a hablar del Africa Austral...; desde luego, en Vallecas, y cuando aún no existía la televisión, no estábamos acostumbrados a esas cosas.