La necesidad aguza el ingenio

Índice del capítulo: El Instituto Tajamar

Vuelvo atrás unos meses. A finales de 1957, el deporte ya estaba en marcha. Entre bromas y veras, podría decirse que si aquello era el Centro Cultural y Deportivo Tajamar, hasta entonces se había puesto en marcha lo deportivo, y ahora tenía que venir lo cultural. Se planteaba un nuevo reto: crear un Instituto de enseñanza y dar clases de bachillerato a los chavales del barrio.

En aquellos años, bastantes chicos del barrio estaban sin escolarizar, cosa que además de reducir enormemente sus posibilidades profesionales futuras les llevaba con facilidad a la delincuencia.

Hasta entonces, para estudiar bachillerato había que salir del Puente de Vallecas, ir a Madrid, como se decía en el barrio siempre que se iba al centro de la ciudad. En Vallecas no había enseñanza media, y sin ella no se podía dar una salida a los jóvenes que les abriese el camino, al menos a los mejor dotados, hacia la universidad. Para elevar el nivel de aquellos chicos era necesario subir el listón educativo.

Se trataba de poner en marcha un Instituto; y el deseo de todos los que participamos en esa aventura era que el Opus Dei asumiera la orientación cristiana del centro de enseñanza y facilitara la atención espiritual. Como ya había hecho con otros colegios o escuelas, el Fundador había puesto unas condiciones para aceptar que el Opus Dei asumiera la atención espiritual: la enseñanza debía dirigirse a todo tipo de familias: las acomodadas y las de escasos recursos (en nuestro caso, era bien fácil de cumplir); la institución educativa debía dar garantías de estabilidad económica y permanencia del proyecto a lo largo del tiempo (esa era nuestra principal preocupación y estábamos decididos a lograrlo); el Opus Dei sólo se responsabilizaría de la orientación cristiana y la atención espiritual (ya lo sabíamos); y la gestión docente, los métodos pedagógicos, etc., quedarían bajo la responsabilidad de los profesores y directivos de Tajamar (eso estaba claro desde el principio).

Dios quiso que por aquel entonces se produjera una coincidencia providencial para el nacimiento de Tajamar. Utilizo, para contar esta historia, los recuerdos que me han contado las personas que vivieron los hechos directamente. Mientras el proyecto daba sus primeros pasos, el Ministerio de Educación creó la figura de las llamadas Secciones Filiales. El objetivo del Ministerio era promover centros educativos que dependieran de un Instituto de Enseñanza Media, con el propósito de acercar el bachillerato a las barriadas populares y las zonas de ensanche de las grandes poblaciones, bajo el patrocinio de un Instituto ya consolidado.

El promotor de aquel proyecto era el Director General de Enseñanza Media, Lorenzo Vilas, que estaba interesado en que la primera experiencia piloto de una Sección filial la llevase una entidad de prestigio y tuviera éxito. Tuvo conocimiento de nuestro proyecto y, después de bastantes gestiones, nos ofreció la posibilidad de constituirnos en Sección Filial del Instituto Nacional de Enseñanza Media Ramiro de Maeztu, un centro docente de tradición y prestigio en Madrid, situado en la calle Serrano, junto al Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Tras muchas gestiones en el Ministerio de Educación, en enero de 1958 se firmó un documento fundacional, que era un convenio por el que el Centro Cultural y Deportivo Tajamar se aprobaba como Sección filial. Se cumplieron todos los requisitos que exigían, entre ellos uno que resultaba bastante difícil: poner al frente del Instituto a un director que fuera catedrático adscrito a un Instituto Nacional.

Era enero de 1958, como he dicho. A esas alturas había que proponer al Ministerio el director y el cuadro de profesores, encontrar alumnos y locales para impartir las clases, preparar unos exámenes de ingreso, poner en marcha todo lo necesario para el arranque de las enseñanzas, etc. A nadie se le ocurrió esperar al curso próximo. Había que empezar ya.

Han pasado más de cuarenta años desde entonces. La sociedad y la situación de la enseñanza era muy diferente a la de ahora, como se verá.

Bernardo Perea, un catedrático de griego de 39 años, tuvo el valor, junto con Lola, su esposa, de abandonar la tranquilidad y seguridad de su plaza en el Estado y venirse desde Cádiz, donde había trabajado durante catorce años, a Tajamar. Su hijo de nueve años fue alumno de la segunda promoción de Tajamar y, desde luego, el único hijo de catedrático.

Pelegrín Muñoz fue nombrado gerente, con funciones de promotor, procurador de fondos y director de relaciones públicas. Su aportación fue fundamental en la labor del Instituto.

La creación del Instituto Tajamar salió anunciada en la prensa diaria, informando del inmediato comienzo de las clases. Se indicaba que podía obtenerse más información en la sede del Centro Cultural y Deportivo Tajamar, en la calle Eduardo Requena 19.

Allí, como administrador y secretario, estaba Manolo Plaza, aquel compañero mío en el Colegio de Nuestra Señora de las Victorias, en el barrio de Tetuán. Manolo tenía entonces 20 años, era Perito Mercantil y se había ganado la vida trabajando en la contabilidad de pequeñas empresas. Ilusionado con la labor que se iniciaba en Tajamar y decidido como estaba a dedicarse a la enseñanza, fue cursando la carrera de Filosofía y Letras al tiempo que trabajaba.

Avanzaba el mes de enero de 1958, y Manolo Plaza seguía con su trabajo en el despacho de la calle Eduardo Requena, esperando los resultados del anuncio que se había puesto en la prensa. Como es natural, a esas alturas del curso, los pocos que pensaban en estudiar ya lo estaban haciendo en colegios o institutos de la zona centro de Madrid, y sólo se presentaron ocho o diez candidatos. Manolo los recibió. Uno de ellos, bastante talludito, llamado Claudio Villegas, mostró mucho interés y le hizo bastantes preguntas. Manolo quiso saber detalles.

—¿Qué edad tiene el chico?

Claudio contestó, confuso:

—Bueno, es que es para mí. Tengo 27 años. Soy cobrador de autobuses. Quiero estudiar el bachillerato en las clases nocturnas.

Y así fue. Hizo todos los cursos en Tajamar, se casó y ahora vive en Australia.

La poco fructuosa campaña de prensa se completó con un reparto de unos sencillos impresos que anunciaban los exámenes de ingreso. Era la primera vez que se imprimía el escudo de Tajamar. He visto hace poco un ejemplar, y en una de las caras, con el lenguaje propio de la publicidad de aquella época, decía: Tajamar, Centro de Enseñanza Media y Profesional (...) ofrece la posibilidad de cursar los estudios de Bachillerato elemental y la preparación para una profesión técnica, en un ambiente que asegura una completa formación humana y moral. Con el Centro de Enseñanza Media y Profesional colabora el Club Deportivo Tajamar. Sus instalaciones, profesores de gimnasia, entrenadores deportivos, etc., contribuyen a lograr la más completa formación de los alumnos.

Al anuncio en la prensa y a la difusión de aquellos impresos, siguió una serie de visitas de Bernardo Perea, uno por uno, a todos los grupos escolares de la barriada. Bernardo pedía a los profesores de aquellos colegios que informasen a sus alumnos de la posibilidad de continuar sus estudios de bachillerato en Tajamar hasta el cuarto curso y luego cursar una formación profesional. Los colegios respondieron bien. En años sucesivos, los profesores de esos grupos enviaron a Tajamar bastantes chicos, y en muchos casos, como muestra de confianza, a sus propios hijos.